Bulevares Periféricos

Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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La edad de oro

Por: | 02 de abril de 2012

Aperitivo

¿Hubo una edad de oro,
o es simplemente un sueño que retorna,
una luz cálida como miel sobre un muro,
a media mañana, y el bar con las sillas en la plaza?
Llevo días, semanas
soñando con la edad de oro.
Dicen “la edad de oro” y con eso
parecen referirse siempre a algo del pasado;
algo, sentencian, irrecuperable,
y es cierto que suele coincidir con el esplendor
de la adolescencia o los primeros pasos
en el mundo adulto, de modo que
¿podrías ser un poco menos lírico y un poco más preciso?
De acuerdo: “Nuestra”. Nuestra adolescencia
(que rima con incandescencia) o primera juventud,
y el plural es importante, ese “nosotros” por primera vez
flotando en el aire, que era un aire de guitarra
por la ventana abierta, por la ciudad abierta.
¿Pero esa sensación de que la ciudad estaba llena
de lugares por descubrir y que era nuestra, no es algo
que cada generación entrega a la siguiente,
como un talismán al principio brillante y en seguida cansado?
Escucha: era una manera de dejarse llevar por la vida,
era un tráfago excitante por las noches, y de pronto
esa mañana que ahora vuelve, cada barrio (salvo los más feroces
y alejados) una pequeña ciudad con imaginario rumor de fuentes,
y la Rambla una calle mayor de provincia pero sin vestidos oscuros,
a la que se iba para encontrar y ser encontrado, ella recuerda
aquellos días, cuando pasaba media vida en la Rambla,
antes o después del trabajo, cuando se podía vivir
con un sueldo de media jornada, salir a la calle sin rumbo
o deslizarse hasta un cine de primera sesión,
en los ojos el asfalto como plata,
y entrar en la sombra fresca como vino,
y yo recuerdo así ciertas noches del verano del 77,
y sin embargo tardamos casi dos años
en encontrarnos: ¿como pudo ser eso posible?
Por supuesto que no era el paraíso:
a quién se le ocurre tamaña tontería.
Es tontería y baba la nostalgia, porque ahora
resplandece, por encima del tiempo,
el sentimiento de una plenitud sin aceleración,
que también recuerdo haber sentido
otras noches de verano, en Old Compton Street y en plaza de Santa Ana
todo bullía de gente, como bullen ingleses y madrileños,
pero nadie ni nada parecía apresurarse,
todos estaban en su lugar y en su hora, que era medianoche detenida
sin necesidad de ir corriendo al siguiente bar o la siguiente cita,
y eso mismo sobrevino luego, años más tarde, en el East Village,
todas aquellas tiendas abiertas, tiendas de libros y comics y garitos
de adivinas, la mano dibujada en fluorescente abriendo paso,
y nos dijimos “así pudo haber sido, en un universo paralelo,
la Barcelona de los setenta sin franquismo”.
¿Entonces el paraíso puede ser portátil,
y brotar en toda esquina, más allá
del tiempo abierto de cualquier vacación?
Todavía más: el paraíso será, cercado siempre por las eternas asechanzas,
definitiva tarea del presente.
Aunque, volviendo al tiempo de los setenta,
reconozcamos
que lo más poético de todo, lo más preciso,
más que la luz dorada y el aire de guitarra,
es la aparición final de la pizarra flotante,
negra como un escudo de obsidiana,
refulgente como las tablas de la Ley
y la mano que con tiza blanca
escribe majestuosa:
Huevos con patatas, diez pesetas.

(Para Mario Gas)

El País

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