Big Time 15 - Fumando hierba con Robert Mitchum (season finale)

Por: | 28 de diciembre de 2012

Habla Perico Vidal:

Perico Vidal en IrlandaLa mejor idea de casting de La hija de Ryan fue elegir a Robert Mitchum para el personaje de Charlie Shaugnessy, el maestro. Era un rol inusual para él: un buen hombre, tímido y vulnerable. Lean dijo: “Para interpretar a un hombre débil necesito a un actor fuerte. Si elegimos a un actor apocado será aburridísimo”. En su lista estaban George C. Scott, Anthony Hopkins y el actor irlandés Patrick McGoohan, al que había visto en la serie El prisionero. Yo recordaba que Mitchum ya había hecho un contratipo estupendo en Tres vidas errantes (The Sundowners, 1960), de Fred Zinneman, donde precisamente encarnaba a un irlandés, un sheep drover, un pastor de ovejas trashumante, en Australia, un personaje afable, casi frágil, pero diría que lo que acabó decidiendo a Lean fue Ceremonia secreta (Secret Ceremony, 1968), de Losey, que Mitchum había rodado en Londres. Le atraía mucho su “potencia silenciosa”. “Parece un actor japonés”, decía, muy acertadamente, porque eso atrapaba muy bien si no la esencia al menos una de las características fundamentales de Mitchum: mostrar mucho con poco.
Sarah Miles, que era muy guasona y que le conoció bien, me dijo un día que había tres Mitchum: “The sober Mitchum, the drunk Mitchum, and the marijuana Mitchum”. Yo no dije nada, porque no quería contradecirla y porque cuando alguien suelta una frase con pretensión de sentencia lo mejor es sonreir y punto, pero pensaba que no, que había muchísimos más.

Había en Mitchum un misterio que nunca llegabas a atrapar. Cuando creías que le tenías se escapaba por el lado contrario, como un gato. Era un hombre de orden, que llevaba muchísimos años casado con la misma mujer. Era creyente, metodista. Y por otro lado estaban el alcohol, la droga, los amoríos. Lo incontrolable.
Era un tipo inteligentísimo que jugaba a no parecerlo y a que todo le daba igual. Y es verdad que muchas cosas le daban igual, pero desde luego no todas: su trabajo no le daba igual. Siempre decía lo que pensaba, aunque pudiera perjudicarle. Y a veces decía lo que no pensaba por el puro placer de provocar, o porque se le acababa de pasar por la cabeza.
Cuando llegó a Irlanda lo primero que dijo a los periodistas fue: “No entiendo porqué me han escogido para este papel. Por una décima parte de lo que van a pagarme podían haber conseguido a un irlandés auténtico”, cosa que, lógicamente, no fue muy bien recibida. En realidad le encantaba el guión y le halagó muchísimo que Lean le hubiera ofrecido el papel de Charlie Shaugnessy. Y el dinero, por supuesto.
Robert Bolt había sido el encargado de persuadirle y le llamó a California. Luego contaron tantas veces esa historia que ya no sé si la inventó Bolt o la inventó Mitch, o era verdad, simplemente, como suele pasar con las mejores historias.
Bolt llamó y Mitch le dijo que no, que no podía hacerlo.
“¿Tiene usted otra película en perspectiva?”
“No. Lo que tengo en perspectiva es suicidarme”.
Hubo un silencio. Y luego Bolt dijo:
“Haremos una cosa. Si puede esperar, ruede La hija de Ryan, suicídese después, y todos los gastos del entierro irán a nuestra cuenta”.
Eso le hizo mucha gracia a Mitchum y dijo que aceptaba, aunque la verdad es que sí tenía una película en perspectiva: le habían ofrecido Patton y la desestimó. No solo eso: les dijo a los productores que contrataran a George C. Scott, el primero en quien Lean había pensado para Charlie Shaugnessy, y por su trabajo en Patton se llevó el Oscar al mejor actor de aquel año, un Oscar que parecía cantado para Mitchum.

Robert Mitchum en el set de La hija de RyanCuando ya tenía confianza con él le pregunté:
“¿Realmente no te interesaba Patton?”
“No. Me daba igual ese personaje, y no puedes interpretar bien si el personaje no te interesa, salvo que necesites el dinero. Era muy buen guión, pero exigía un tipo de energía que yo no tengo. Conmigo hubiera sido una película floja”.
Lo de recomendar a otros actores venía de lejos. Me contó que cuando Robert Wise le propuso Cualquier dia en cualquir esquina (Two on the Seesaw, 1962) contestó: “¿Por qué no contratais a Gregory Peck? El papel es perfecto para él”. Y luego adoró aquella película, pero no hablaba de su trabajo. Solo me habló de lo extraordinaria que había estado Shirley McLaine. No tenía ego. Poquísimo, el justo. 
Estábamos en la casa que había alquilado en County Kerry, después de cenar, escuchando a Jim Reeves y fumando hierba. Le gustaba mucho la música country, y tenía varios discos de Reeves. Y la hierba le gustaba con locura. Fumaba Coyote, una variedad colombiana, prensada, que parecía chocolate. La fumábamos en cachimba y en una especie de narguile. Con el narguile subía más lentamente, pero en cachimba iba directa al cerebro y te pegaba unos pelotazos cósmicos. No he vuelto a fumar nada igual.
“¿Y la mejor actriz con la que has trabajado?”
Habitualmente, cuando alguien le preguntaba algo se quedaba en silencio, pensativo, a menudo pensando en otra cosa. La duración del silencio dependía de la hierba que hubiera fumado. Aquella noche no tardó ni un segundo en contestar.
“Deborah Kerr”.
Yo hubiera apostado por Jane Greer. O por Gloria Grahame. O por Jane Russell. O por Eleanor Parker. Ese era mi poquer. Pero no: Deborah Kerr. Tenía sentido, porque con ella había repetido tres veces: Solo Dios lo sabe (Heaven Knows, Mister Allison, 1957), de Huston; Tres vidas errantes, y Página en blanco (The Grass is Greener, 1960), aquella comedia tan rara y tan inglesa de Stanley Donen.
A great woman and a real pro”.
La profesionalidad era capital para él. Dividía a la gente entre los que eran profesionales y los que no, y la verdad es que yo pensaba y pienso lo mismo. “Se habla mucho del talento”, decía, “pero el talento es solo el diez por cien del trabajo del actor. El noventa por cien restante es profesionalidad”. 
Repetía “Yo trabajo lo menos posible”, pero se entregaba como pocos. Una de aquellas noches le pregunté cómo se había metido a actor, cómo le vino la vocación. Sonrió.
“¿Vocación? En la cárcel, viendo una película de Rin-tin-tin. Pensé: si el perro puede hacerlo, yo también. Para mí siempre ha sido la forma más fácil de ganarme la vida”.
Lo que más le gustaba eran los westerns.
“Es como jugar a indios y cowboys pero con desayuno incluido. Me gustan porque son historias sencillas y tienes la posibilidad de hacer ejercicio al aire libre, aunque ahora me canso mucho más que antes y, por otra parte, cada vez se ruedan menos”.
La hija de Ryan le gustaba porque no le parecía un trabajo de equipo, no de estrellas. “No es una historia de protagonistas sino de grupo, y esas son las mejores”.
Susan y yo cenamos muchas noches con él. Era un conversador extraordinario, y un hombre de una enorme sencillez. Susan le preguntó por los directores que consideraba realmente grandes.
There are directors and there are cutters. Los que tienen la película en la cabeza, plano a plano, y los que molestan, los que interfieren con el trabajo del actor, los que tienen que moverse por el plató con un mapa. Laughton sabía dirigir cine y sabía dirigir a los actores, dos cosas que no suelen ir juntas”.
La noche del cazador era una de sus películas favoritas. En su pedestal estaban Laughton, Huston y Hawks. No tardó en añadir a Lean. Discutieron mucho y llegaron incluso a algún enfrentamiento, pero Mitchum le admiraba y le respetaba enormemente. Acabaron siendo íntimos amigos.
Al que no podía ver ni en pintura era al productor, Anthony Havelock-Allan. “Ya está ahí ese imbécil”, decía, en voz muy alta y delante de él. Un día le dijo a Lean que no rodaría ni un solo plano si veía a Havelock en el set, y se fue a jugar al frisbee con los críos del pueblo. Havelock dio media vuelta y se largó.

Robert Mitchum como Charlie Shaugnessy

Al principio, Lean me pidió que le vigilara muy de cerca para que no bebiera demasiado. ¡Menudo encargo! Hay que decir que Mitch no era alcohólico entonces: acabó siéndolo, como yo. En esa época los dos éramos heavy drinkers, pero solo bebíamos por la noche, al terminar el trabajo. El trabajo era siempre lo primero. Uno se da cuenta de que es alcohólico cuando necesita beber por la mañana. Nuestro único problema entonces eran las resacas. En este sentido, la hierba ayudó mucho, porque cuando fumaba bebía menos, y lo mismo sucedía con Trevor Howard, que no era en absoluto marihuanero pero se aficionó gracias a Mitchum.
Yo siempre he tenido mucho instinto para los actores, para saber cuando estaban bien en una toma y cuando no. En el rodaje, Lean comprobaba la toma con dos personas: miraba a Ernie Day o a Freddie Young, porque ellos eran sus ojos, y me miraba a mí. Con Mitch se desesperaba porque aunque era un extraordinario actor, siempre estaba mejor en el ensayo. Dependía de muchas cosas, pero la resaca jugaba un papel importante.
Había una escena en la que Shaugnessy, justamente, tiene una resaca espantosa: la escena en la que toca la campana. En el ensayo salió fantástica, insuperable. Lean casi temblaba de felicidad. Pero pasó demasiado rato entre el ensayo y el rodaje, y la resaca real se sumó a la resaca del personaje y ya no hubo forma. Cuatro, cinco, seis tomas. Salió muy buena, pero no insuperable, que es lo que quería siempre Lean.
Otro día tenía que rodar la famosa escena de la caracola, cuando Shaugnessy se da cuenta de que su mujer le ha puesto los cuernos. Lean estaba muy serio porque Mitch y él habían discutido.
Me llevó aparte y me dijo:
“Hoy no tengo la menor conexión con Robert. ¿Te importaría dirigirlo tú?”
Comprendí que lo que me estaba pidiendo era que le convenciera de que volviese al plató. Que también es una forma de dirigir, desde luego.
Fui a su caravana. Mitchum fumaba su cachimba, mirando al suelo. Yo nunca había fumado en pleno rodaje, pero cuando me la pasó acepté el envite. Él no hablaba, yo tampoco. Fumábamos, en silencio.
A los diez minutos ya habíamos dejado atrás Saturno. Me lancé.
“Vamos a rodar la escena, Bob. Are you ready?”
Yeah
OK, let’s go
Salimos juntos. Todos nos miraban y parecían contener la respiración. Y las ganas de aplaudir. Pero nadie se atrevió, por si acaso.
Lean arqueó las cejas. Yo le hice un gesto afirmativo.
“¡Listos para rodar!”, dijo.
Rodamos.
¡Cut and print!”, casi gritó Lean.
Eso quería decir que la primera valía.
Y entonces si que aplaudió todo el mundo.
I still can’t understand”, me dijo luego Lean.
Me preguntó qué le había dicho, cómo había conseguido que estuviera tan bien.
“Ha habido suerte”, contesté. 

Perico Vidal y Lean

Siempre he pensado que el papel de Charlie Shaugnessy fue muy importante para Mitchum porque le permitió mostrar otra faceta de su arte. Y que si no lo hubiera hecho tal vez no habría podido hacer luego sus grandes papeles de los setenta, que para mí son El confidente (The Friends of Eddie Coyle, 1973), de Peter Yates, y Yakuza (1975), de Sidney Pollack. Mitchum había hecho antes muchas cosas estupendas, pero para mí esos fueron sus tres grandes personajes, y se sucedieron en el plazo de cinco o seis años.

Mi hija Alana nació el 6 de noviembre de 1969. La hija de Ryan se estrenó en Nueva York justo al año siguiente, y en Londres un mes más tarde, si no recuerdo mal. Duraba 220 minutos y le pidieron a Lean que cortara 20, cosa que hizo, muy a regañadientes. Fue un gran éxito de taquilla en Inglaterra: en un cine de Londres estuvo dos años en cartel, cosa que entonces era insólita. Costó 13 millones de dólares y recaudó 31 o 32. Ganó dos Oscars: para Freddie Young, mejor fotografía, y para John Mills, mejor actor de reparto. Sarah Miles fue nominada a la mejor actriz, pero no lo ganó. La acogida de la crítica fue salvaje. Lean cometió el error de acudir a un banquete con los críticos de Nueva York. Lo más suave que le dijeron fue: “¿Cómo el hombre que hizo Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago ha podido hacer una mierda como esa?”. Luego apareció la reseña de Pauline Kael, que fue implacable, un auténtico ejercicio de demolición, y los otros la siguieron, porque en esa época era la que mandaba.
A la vuelta de Nueva York, Lean me dijo:
“Esta vez sí, Pedro. Esta vez lo dejo. No vale la pena tanto esfuerzo”

Tardó trece años en volver a rodar y ya no volvimos a encontrarnos.
En 1982 me llamó para empezar la preproducción de Pasaje a la India, pero yo estaba en uno de mis peores momentos.
Mi maravillosa historia con Susan se había acabado. Me fui a vivir a Marbella y me alejé del mundo del cine. I’m not in shape for India, David, le dije, y comprendió en el acto lo que pasaba: yo no hubiera aguantado un rodaje como aquel. Tardé varios años en escapar del hábito, pero lo conseguí gracias a Alcohólicos Anónimos y al deseo de reencontrarme con mi hija. Luego entré en AA de modo muy activo, organizando en Méjico grupos de ayuda como el que me había salvado a mí.
Volví poco a poco. Trabajaba como consultor y leía y sugería cambios en los guiones que me pasaban, más por amistad que por dinero.
Lean y yo nos veíamos cuando venía a España, nos encontramos alguna vez en Londres y me escribía para contarme las novedades de Nostromo, aquel inmenso proyecto que quería rodar en Almería y al que dedicó los últimos años de su vida. Por el guión pasaron Robert Bolt, Christopher Hampton y Maggie Unsworth, con la que había escrito, mil años antes, sus adaptaciones de Dickens y Breve encuentro. Entraron y salieron productores, de Spielberg a Serge Silberman, pero las aseguradoras no querían cubrirle porque ya había cumplido los ochenta años.
"Nos hemos hecho viejos, Pedro", me dijo un día.
Estaba a punto de lograrlo. Había conseguido la participación de Brando, Paul Scofield, Anthony Quinn y Peter O’Toole. George Correface iba a ser el protagonista. El presupuesto era de 46 millones de dólares. Faltaban seis semanas para comenzar el rodaje cuando murió de un cáncer fulminante.
Mi último recuerdo es en su funeral, en la catedral de San Pablo, en primera fila, porque Lady Sandra, su viuda, quiso que estuviera a su lado. Recuerdo a Alec Guiness, demudado, diciéndole: “Vengo a presentar mis respetos”. Recuerdo también que Maurice Jarre dirigió a la sinfónica de Londres y que a la salida una banda de granaderos tocó la marcha de El puente sobre el rio Kwai. Lady Sandra me cogió del brazo y me dijo que sus últimas palabras habían sido: "Me rindo, corten".
I give up – Cut!
Tuve la poderosa sensación de que una época había terminado. Una época irrepetible y un hombre irrepetible.
Bajo la lluvia, mientras sonaba la música, recordé la primera vez que le vi, a pleno sol, en el desierto de Almería, preparando un plano de Lawrence de Arabia y me dije: "¿Como han podido pasar tan rápidos esos veinticinco años?".

Así acababa la última cinta que grabé con Perico Vidal, que murió dos años más tarde, en Madrid, y así acaba, para decirlo en términos televisivos, la primera temporada de Big Time.
Por una de esas maravillas del destino, su hija Alana, que vivía y vive en Nueva York, me escribió al leer el primer episodio, para darme las gracias, me dijo, por haberle devuelto a su padre.
La pasada primavera nos conocimos en Madrid. Era el vivo retrato de Perico, física y espiritualmente. Comenzamos a hablar y accedió a que grabara las conversaciones, así que en breve tendremos, a modo de coda, una miniserie: Big Time 2: habla Alana Vidal.
Permanezcan atentos a esta pantalla. Muchas gracias por su atención.

Perico y Alana


Hay 34 Comentarios

Hola, Ignacio. Muchas gracias por tus palabras. Quiero editarlo en libro (con el permiso del diario, claro), pero ando metido en otro. Un fuerte abrazo.

Hola, Ignacio. Muchas gracias por tus palabras. Quiero editarlo en libro (con el permiso del diario, claro), pero ando metido en otro. Un fuerte abrazo.

Buenas tardes.
Es domingo y me he leído la serie de una tacada.Y ha sido estupendo.Y con ganas terribles de más,claro.
Los apartados dedicados a Sinatra me han recordado a aquel artículo-crónica de Gay Talese tan alabado ("Sinatra está resfriado" ¿se llamaba?),pero el relato de Perico Vidal parece aún más certero.
No dejo sin comentar que hace ya tiempo que soy adicto a su sección semanal de "El hombre que fue Jueves" en la prensa,y que una de las críticas más maravillosas que le leí al añorado Francisco Casavella fue sobre su novela "Tarzán en Acapulco"
Saludos.

Qué hermoso comentario, Din. Muchas gracias. Justamente ese es el tema de Big Time 2: la historia de amor de un padre y una hija. Espero ponerme a ella y espero que te guste. gran abrazo.

Qué hermoso comentario, Din. Muchas gracias. Justamente ese es el tema de Big Time 2: la historia de amor de un padre y una hija. Espero ponerme a ella y espero que te guste. gran abrazo.

Como ya comenté una vez, soy de lectura retardada. Han pasado 3 semanas desde que escribiste este post, pero no lo he leído hasta hoy, a las 6h de la mañana, cuando en casa todo era silencio y fuera todo tormenta. ¿Qué añadir a lo dicho anteriormente? Toda la serie ha sido un placer inmenso. Esta última entrega no iba a ser menos. Qué recreo como lectora! Que aprendizaje como espectadora! Qué capacidad de conseguir que nos metamos en la historia, porque, por supuesto, yo he estado en la casa de Robert Mitchum en County Kerry, he compartido con él y con Perico la cachimba y el poteen (una y no más...). También he sentido el amor de un padre por su hija, sé que en el contexto de una historia con personajes tan conocidos puede parecer algo secundario, pero no es así: un párrafo, una foto y tu comentario final, han bastado para convertirlo en todo lo contrario. Espero con ansia la entrega de Alana Vidal.

¡Gracias, Victor, Juan, todos!
Feliz año!

Estos Big Time han sido como los capítulos de cualquier serie maravillosa que se devoran uno tras otro .Qué decir que no se haya dicho aquí. No quiero caer en la redundancia.Gracias Marcos.

Qué gran homenaje a Mitchum y a otros tan importantes en nuestras vidas. Ha sido estupendo, gracias, pero ahora me voy a seguir leyendo a Modiano, gracias también por ello

Ha sido una temporada maravillosa y emocionante. Muchas gracias por este impagable regalo.

excelente serie, grandes cronicas, las he leido entusiasmado!!

Me ha tocado la fibra sensible.

Que tremendo que se acabe la serie... Ojalá que la segunda parte no se haga esperar mucho... Y me entretendré leyendo tus columnas y, llegado el momento, tu libro.
Estoy en fase de criminalizar a Internet por el destrozo que ha hecho en los medios y en la cultura en general, condenando a tantos profesionales al paro, pero este blog es una de los argumentos que puedo usar a favor de su existencia. Gracias, de corazón!!!

Magnífico de veras. Gracias.

Gracias Perico , Gracias Marcos. un Gran abrazo

Este me ha emocionado mucho. Gracias Marcos.

Grandísimo recorrido por el cine clásico, ha sido genial. Gracias a Perico Vidal y a Marcos Ordóñez.

carajo, qué subidón... gracias Marcos, gracias. BIG TIME!

¡Gracias, Mariano! Un fuerte abrazo. Y otro por tu amable comentario sobre "Ronda del Gijón". Feliz año!

Enhorabuena por la publicación de estos magníficos recuerdos transcritos del gran Perico Vidal, con el que estoy muy de acuerdo con su opinión acerca de la "potencia silenciosa", japonesa, del maravilloso Mitchum. Por algo no solo no desentonaba, sino que daba otro recital interpretativo en la soberbia "Yacuza".
Un "post" personal sobre la magnífica película de Lean, a pesar de ciertas irregularidades, aquí:

http://lacomunidad.elpais.com/miscelaneas-culturales/2010/9/25/cine-la-hija-ryan-david-lean-1970-

Y para los interesados en el gran actor, no se pierdan:
* Lee Server, Robert Mitchum. ¡Olvídame, cariño!, T&B Editores, 2002, traducción de Josep Escarré.

¡Felices fiestas y estupendo 2013!

¡Gracias de nuevo, de corazón!

Esta serie ha sido uno de los mejores textos que he leído jamás por la red. Deseando tener todo bien recopilado en un libro (de papel). Infinitamente agradecido por el currelo que habrá tenido plasmarlo todo por escrito. Chapó,

Lo he pasado genial leyendo el post, y sin necesidad de dar una sola calada. Gracias.
Saludos.

¡Que conexión mental Marcos ! ahora que mencionas tu libro, yo estaba en plan vago , viendo como los pajaritos picotean las migas del desayuno de esta mañana en mi jardín : Creo que estos no me abandonarán mientras haya provisiones.

Hola, José Luis y Antonio. De la historia marbellí ha de contarme cosas su hija Alana.
Gracias por el interés.
Por cierto, el 7 de febrero publico nuevo libro, "Un jardín abandonado por los pájaros", a caballo entre memorias y crónica familiar.

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Bulevares Periféricos

Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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