Bulevares Periféricos

Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

Big Time 15 - Fumando hierba con Robert Mitchum (season finale)

Por: | 28 de diciembre de 2012

Habla Perico Vidal:

Perico Vidal en IrlandaLa mejor idea de casting de La hija de Ryan fue elegir a Robert Mitchum para el personaje de Charlie Shaugnessy, el maestro. Era un rol inusual para él: un buen hombre, tímido y vulnerable. Lean dijo: “Para interpretar a un hombre débil necesito a un actor fuerte. Si elegimos a un actor apocado será aburridísimo”. En su lista estaban George C. Scott, Anthony Hopkins y el actor irlandés Patrick McGoohan, al que había visto en la serie El prisionero. Yo recordaba que Mitchum ya había hecho un contratipo estupendo en Tres vidas errantes (The Sundowners, 1960), de Fred Zinneman, donde precisamente encarnaba a un irlandés, un sheep drover, un pastor de ovejas trashumante, en Australia, un personaje afable, casi frágil, pero diría que lo que acabó decidiendo a Lean fue Ceremonia secreta (Secret Ceremony, 1968), de Losey, que Mitchum había rodado en Londres. Le atraía mucho su “potencia silenciosa”. “Parece un actor japonés”, decía, muy acertadamente, porque eso atrapaba muy bien si no la esencia al menos una de las características fundamentales de Mitchum: mostrar mucho con poco.
Sarah Miles, que era muy guasona y que le conoció bien, me dijo un día que había tres Mitchum: “The sober Mitchum, the drunk Mitchum, and the marijuana Mitchum”. Yo no dije nada, porque no quería contradecirla y porque cuando alguien suelta una frase con pretensión de sentencia lo mejor es sonreir y punto, pero pensaba que no, que había muchísimos más.

Había en Mitchum un misterio que nunca llegabas a atrapar. Cuando creías que le tenías se escapaba por el lado contrario, como un gato. Era un hombre de orden, que llevaba muchísimos años casado con la misma mujer. Era creyente, metodista. Y por otro lado estaban el alcohol, la droga, los amoríos. Lo incontrolable.
Era un tipo inteligentísimo que jugaba a no parecerlo y a que todo le daba igual. Y es verdad que muchas cosas le daban igual, pero desde luego no todas: su trabajo no le daba igual. Siempre decía lo que pensaba, aunque pudiera perjudicarle. Y a veces decía lo que no pensaba por el puro placer de provocar, o porque se le acababa de pasar por la cabeza.
Cuando llegó a Irlanda lo primero que dijo a los periodistas fue: “No entiendo porqué me han escogido para este papel. Por una décima parte de lo que van a pagarme podían haber conseguido a un irlandés auténtico”, cosa que, lógicamente, no fue muy bien recibida. En realidad le encantaba el guión y le halagó muchísimo que Lean le hubiera ofrecido el papel de Charlie Shaugnessy. Y el dinero, por supuesto.
Robert Bolt había sido el encargado de persuadirle y le llamó a California. Luego contaron tantas veces esa historia que ya no sé si la inventó Bolt o la inventó Mitch, o era verdad, simplemente, como suele pasar con las mejores historias.
Bolt llamó y Mitch le dijo que no, que no podía hacerlo.
“¿Tiene usted otra película en perspectiva?”
“No. Lo que tengo en perspectiva es suicidarme”.
Hubo un silencio. Y luego Bolt dijo:
“Haremos una cosa. Si puede esperar, ruede La hija de Ryan, suicídese después, y todos los gastos del entierro irán a nuestra cuenta”.
Eso le hizo mucha gracia a Mitchum y dijo que aceptaba, aunque la verdad es que sí tenía una película en perspectiva: le habían ofrecido Patton y la desestimó. No solo eso: les dijo a los productores que contrataran a George C. Scott, el primero en quien Lean había pensado para Charlie Shaugnessy, y por su trabajo en Patton se llevó el Oscar al mejor actor de aquel año, un Oscar que parecía cantado para Mitchum.

Robert Mitchum en el set de La hija de RyanCuando ya tenía confianza con él le pregunté:
“¿Realmente no te interesaba Patton?”
“No. Me daba igual ese personaje, y no puedes interpretar bien si el personaje no te interesa, salvo que necesites el dinero. Era muy buen guión, pero exigía un tipo de energía que yo no tengo. Conmigo hubiera sido una película floja”.
Lo de recomendar a otros actores venía de lejos. Me contó que cuando Robert Wise le propuso Cualquier dia en cualquir esquina (Two on the Seesaw, 1962) contestó: “¿Por qué no contratais a Gregory Peck? El papel es perfecto para él”. Y luego adoró aquella película, pero no hablaba de su trabajo. Solo me habló de lo extraordinaria que había estado Shirley McLaine. No tenía ego. Poquísimo, el justo. 
Estábamos en la casa que había alquilado en County Kerry, después de cenar, escuchando a Jim Reeves y fumando hierba. Le gustaba mucho la música country, y tenía varios discos de Reeves. Y la hierba le gustaba con locura. Fumaba Coyote, una variedad colombiana, prensada, que parecía chocolate. La fumábamos en cachimba y en una especie de narguile. Con el narguile subía más lentamente, pero en cachimba iba directa al cerebro y te pegaba unos pelotazos cósmicos. No he vuelto a fumar nada igual.
“¿Y la mejor actriz con la que has trabajado?”
Habitualmente, cuando alguien le preguntaba algo se quedaba en silencio, pensativo, a menudo pensando en otra cosa. La duración del silencio dependía de la hierba que hubiera fumado. Aquella noche no tardó ni un segundo en contestar.
“Deborah Kerr”.
Yo hubiera apostado por Jane Greer. O por Gloria Grahame. O por Jane Russell. O por Eleanor Parker. Ese era mi poquer. Pero no: Deborah Kerr. Tenía sentido, porque con ella había repetido tres veces: Solo Dios lo sabe (Heaven Knows, Mister Allison, 1957), de Huston; Tres vidas errantes, y Página en blanco (The Grass is Greener, 1960), aquella comedia tan rara y tan inglesa de Stanley Donen.
A great woman and a real pro”.
La profesionalidad era capital para él. Dividía a la gente entre los que eran profesionales y los que no, y la verdad es que yo pensaba y pienso lo mismo. “Se habla mucho del talento”, decía, “pero el talento es solo el diez por cien del trabajo del actor. El noventa por cien restante es profesionalidad”. 
Repetía “Yo trabajo lo menos posible”, pero se entregaba como pocos. Una de aquellas noches le pregunté cómo se había metido a actor, cómo le vino la vocación. Sonrió.
“¿Vocación? En la cárcel, viendo una película de Rin-tin-tin. Pensé: si el perro puede hacerlo, yo también. Para mí siempre ha sido la forma más fácil de ganarme la vida”.
Lo que más le gustaba eran los westerns.
“Es como jugar a indios y cowboys pero con desayuno incluido. Me gustan porque son historias sencillas y tienes la posibilidad de hacer ejercicio al aire libre, aunque ahora me canso mucho más que antes y, por otra parte, cada vez se ruedan menos”.
La hija de Ryan le gustaba porque no le parecía un trabajo de equipo, no de estrellas. “No es una historia de protagonistas sino de grupo, y esas son las mejores”.
Susan y yo cenamos muchas noches con él. Era un conversador extraordinario, y un hombre de una enorme sencillez. Susan le preguntó por los directores que consideraba realmente grandes.
There are directors and there are cutters. Los que tienen la película en la cabeza, plano a plano, y los que molestan, los que interfieren con el trabajo del actor, los que tienen que moverse por el plató con un mapa. Laughton sabía dirigir cine y sabía dirigir a los actores, dos cosas que no suelen ir juntas”.
La noche del cazador era una de sus películas favoritas. En su pedestal estaban Laughton, Huston y Hawks. No tardó en añadir a Lean. Discutieron mucho y llegaron incluso a algún enfrentamiento, pero Mitchum le admiraba y le respetaba enormemente. Acabaron siendo íntimos amigos.
Al que no podía ver ni en pintura era al productor, Anthony Havelock-Allan. “Ya está ahí ese imbécil”, decía, en voz muy alta y delante de él. Un día le dijo a Lean que no rodaría ni un solo plano si veía a Havelock en el set, y se fue a jugar al frisbee con los críos del pueblo. Havelock dio media vuelta y se largó.

Robert Mitchum como Charlie Shaugnessy

Al principio, Lean me pidió que le vigilara muy de cerca para que no bebiera demasiado. ¡Menudo encargo! Hay que decir que Mitch no era alcohólico entonces: acabó siéndolo, como yo. En esa época los dos éramos heavy drinkers, pero solo bebíamos por la noche, al terminar el trabajo. El trabajo era siempre lo primero. Uno se da cuenta de que es alcohólico cuando necesita beber por la mañana. Nuestro único problema entonces eran las resacas. En este sentido, la hierba ayudó mucho, porque cuando fumaba bebía menos, y lo mismo sucedía con Trevor Howard, que no era en absoluto marihuanero pero se aficionó gracias a Mitchum.
Yo siempre he tenido mucho instinto para los actores, para saber cuando estaban bien en una toma y cuando no. En el rodaje, Lean comprobaba la toma con dos personas: miraba a Ernie Day o a Freddie Young, porque ellos eran sus ojos, y me miraba a mí. Con Mitch se desesperaba porque aunque era un extraordinario actor, siempre estaba mejor en el ensayo. Dependía de muchas cosas, pero la resaca jugaba un papel importante.
Había una escena en la que Shaugnessy, justamente, tiene una resaca espantosa: la escena en la que toca la campana. En el ensayo salió fantástica, insuperable. Lean casi temblaba de felicidad. Pero pasó demasiado rato entre el ensayo y el rodaje, y la resaca real se sumó a la resaca del personaje y ya no hubo forma. Cuatro, cinco, seis tomas. Salió muy buena, pero no insuperable, que es lo que quería siempre Lean.
Otro día tenía que rodar la famosa escena de la caracola, cuando Shaugnessy se da cuenta de que su mujer le ha puesto los cuernos. Lean estaba muy serio porque Mitch y él habían discutido.
Me llevó aparte y me dijo:
“Hoy no tengo la menor conexión con Robert. ¿Te importaría dirigirlo tú?”
Comprendí que lo que me estaba pidiendo era que le convenciera de que volviese al plató. Que también es una forma de dirigir, desde luego.
Fui a su caravana. Mitchum fumaba su cachimba, mirando al suelo. Yo nunca había fumado en pleno rodaje, pero cuando me la pasó acepté el envite. Él no hablaba, yo tampoco. Fumábamos, en silencio.
A los diez minutos ya habíamos dejado atrás Saturno. Me lancé.
“Vamos a rodar la escena, Bob. Are you ready?”
Yeah
OK, let’s go
Salimos juntos. Todos nos miraban y parecían contener la respiración. Y las ganas de aplaudir. Pero nadie se atrevió, por si acaso.
Lean arqueó las cejas. Yo le hice un gesto afirmativo.
“¡Listos para rodar!”, dijo.
Rodamos.
¡Cut and print!”, casi gritó Lean.
Eso quería decir que la primera valía.
Y entonces si que aplaudió todo el mundo.
I still can’t understand”, me dijo luego Lean.
Me preguntó qué le había dicho, cómo había conseguido que estuviera tan bien.
“Ha habido suerte”, contesté. 

Perico Vidal y Lean

Siempre he pensado que el papel de Charlie Shaugnessy fue muy importante para Mitchum porque le permitió mostrar otra faceta de su arte. Y que si no lo hubiera hecho tal vez no habría podido hacer luego sus grandes papeles de los setenta, que para mí son El confidente (The Friends of Eddie Coyle, 1973), de Peter Yates, y Yakuza (1975), de Sidney Pollack. Mitchum había hecho antes muchas cosas estupendas, pero para mí esos fueron sus tres grandes personajes, y se sucedieron en el plazo de cinco o seis años.

Mi hija Alana nació el 6 de noviembre de 1969. La hija de Ryan se estrenó en Nueva York justo al año siguiente, y en Londres un mes más tarde, si no recuerdo mal. Duraba 220 minutos y le pidieron a Lean que cortara 20, cosa que hizo, muy a regañadientes. Fue un gran éxito de taquilla en Inglaterra: en un cine de Londres estuvo dos años en cartel, cosa que entonces era insólita. Costó 13 millones de dólares y recaudó 31 o 32. Ganó dos Oscars: para Freddie Young, mejor fotografía, y para John Mills, mejor actor de reparto. Sarah Miles fue nominada a la mejor actriz, pero no lo ganó. La acogida de la crítica fue salvaje. Lean cometió el error de acudir a un banquete con los críticos de Nueva York. Lo más suave que le dijeron fue: “¿Cómo el hombre que hizo Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago ha podido hacer una mierda como esa?”. Luego apareció la reseña de Pauline Kael, que fue implacable, un auténtico ejercicio de demolición, y los otros la siguieron, porque en esa época era la que mandaba.
A la vuelta de Nueva York, Lean me dijo:
“Esta vez sí, Pedro. Esta vez lo dejo. No vale la pena tanto esfuerzo”

Tardó trece años en volver a rodar y ya no volvimos a encontrarnos.
En 1982 me llamó para empezar la preproducción de Pasaje a la India, pero yo estaba en uno de mis peores momentos.
Mi maravillosa historia con Susan se había acabado. Me fui a vivir a Marbella y me alejé del mundo del cine. I’m not in shape for India, David, le dije, y comprendió en el acto lo que pasaba: yo no hubiera aguantado un rodaje como aquel. Tardé varios años en escapar del hábito, pero lo conseguí gracias a Alcohólicos Anónimos y al deseo de reencontrarme con mi hija. Luego entré en AA de modo muy activo, organizando en Méjico grupos de ayuda como el que me había salvado a mí.
Volví poco a poco. Trabajaba como consultor y leía y sugería cambios en los guiones que me pasaban, más por amistad que por dinero.
Lean y yo nos veíamos cuando venía a España, nos encontramos alguna vez en Londres y me escribía para contarme las novedades de Nostromo, aquel inmenso proyecto que quería rodar en Almería y al que dedicó los últimos años de su vida. Por el guión pasaron Robert Bolt, Christopher Hampton y Maggie Unsworth, con la que había escrito, mil años antes, sus adaptaciones de Dickens y Breve encuentro. Entraron y salieron productores, de Spielberg a Serge Silberman, pero las aseguradoras no querían cubrirle porque ya había cumplido los ochenta años.
"Nos hemos hecho viejos, Pedro", me dijo un día.
Estaba a punto de lograrlo. Había conseguido la participación de Brando, Paul Scofield, Anthony Quinn y Peter O’Toole. George Correface iba a ser el protagonista. El presupuesto era de 46 millones de dólares. Faltaban seis semanas para comenzar el rodaje cuando murió de un cáncer fulminante.
Mi último recuerdo es en su funeral, en la catedral de San Pablo, en primera fila, porque Lady Sandra, su viuda, quiso que estuviera a su lado. Recuerdo a Alec Guiness, demudado, diciéndole: “Vengo a presentar mis respetos”. Recuerdo también que Maurice Jarre dirigió a la sinfónica de Londres y que a la salida una banda de granaderos tocó la marcha de El puente sobre el rio Kwai. Lady Sandra me cogió del brazo y me dijo que sus últimas palabras habían sido: "Me rindo, corten".
I give up – Cut!
Tuve la poderosa sensación de que una época había terminado. Una época irrepetible y un hombre irrepetible.
Bajo la lluvia, mientras sonaba la música, recordé la primera vez que le vi, a pleno sol, en el desierto de Almería, preparando un plano de Lawrence de Arabia y me dije: "¿Como han podido pasar tan rápidos esos veinticinco años?".

Así acababa la última cinta que grabé con Perico Vidal, que murió dos años más tarde, en Madrid, y así acaba, para decirlo en términos televisivos, la primera temporada de Big Time.
Por una de esas maravillas del destino, su hija Alana, que vivía y vive en Nueva York, me escribió al leer el primer episodio, para darme las gracias, me dijo, por haberle devuelto a su padre.
La pasada primavera nos conocimos en Madrid. Era el vivo retrato de Perico, física y espiritualmente. Comenzamos a hablar y accedió a que grabara las conversaciones, así que en breve tendremos, a modo de coda, una miniserie: Big Time 2: habla Alana Vidal.
Permanezcan atentos a esta pantalla. Muchas gracias por su atención.

Perico y Alana


El hombre que fue jueves: "Sin embargo no lo soñé" (26-12-12)

Por: | 26 de diciembre de 2012

Sobre L'herbe des nuits, de Patrick Modiano

Puro teatro: "Una historia ejemplar" (22-12-12)

Por: | 22 de diciembre de 2012

Sobre El diccionario, de Miguel Calzada.

Big Time 14: en Irlanda con la hija de Ryan

Por: | 21 de diciembre de 2012

Habla Perico Vidal:

David Lean y Perico VidalEn marzo de 1969 comenzó el rodaje de La hija de Ryan en la península de Dingle, en County Kerry, frente a la costa atlántica de Irlanda, y duró un año o más. Fui feliz con Susan, fui feliz por mi amistad con Lean y por la confianza que había depositado de nuevo en mí, y fui muy, muy feliz cuando nació Alana, mi hija, en noviembre de aquel año, pero no fue un rodaje feliz para mí. Con una excepción: conocí a Robert Mitchum, uno de los tipos más extraordinarios y maravillosos con los que he tenido la suerte de cruzarme.
Buena parte del equipo nos instalamos en County Kerry, en casas particulares o en los dos únicos hoteles que había entonces, el Skelling y el Mill House. Sarah Miles y Robert Bolt alquilaron una preciosa casa llamada Fermoyle House; Mitchum tenía otra, igualmente espléndida, cuyo nombre no recuerdo. La gente de Dingle estaba encantadísima con nuestra llegada, porque significaba dinero por primera vez en mucho tiempo, y se desvivieron por nosotros.  
Roy Walker y Eddie Fowlie, al frente de una brigada de doscientos obreros, levantaron un pueblo imaginario, Kirrary, en una colina de la zona de Dunquin. Me recordó al trabajo de Doctor Zhivago, con la diferencia de que esta vez las tiendas, la iglesia, el pub o la escuela no eran de madera sino de piedra, construidas a la manera de principios del diecinueve.
¿Problemas en el rodaje? Todos los que quieras y veintisiete más de propina.
Para empezar, Lean intentó filmar la historia cronológicamente, y el clima irlandés decidió no ajustarse al plan. Luego hubo incontables problemas actorales.
Problemas de Lean con Christopher Jones, y de Sarah Miles con Christopher Jones, y de Christopher Jones con Christopher Jones. Problemas de John Mills con este y con el otro (el otro era yo). Problemas de Trevor Howard con todo el mundo. Problemas míos con buena parte del equipo inglés: ahora yo mandaba mucho, como jamás había mandado, y a unos cuantos no les hacía maldita gracia que les diera órdenes un español. Me recibieron de uñas y me montaron una guerra continua. Guerra de zapa, de decir que sí y que vale y hacer lo contrario o no hacerlo. Tuve la suerte de que allí tenía varios amigos fidelísimos, con Ernie Day, el gran operador, a la cabeza. Y Lean, por encima de todo, claro.

El equipo de rodaje de La hija de Ryan

Con los irlandeses no tuve nunca el menor problema, y esa afinidad tampoco les hacía mucha gracia a los ingleses más nacionalistas. Gracias a la gente de Dunquin descubrí el poteen, el aguardiente de patata, que entonces todavía era medio legal. Se encontraba en algunas tiendas, pero la mayoría lo destilaba bajo mano. En su propia bañera, por así decirlo. El que solíamos beber era una barbaridad que tenía, me dijeron, entre un 90 y un  95 por cien de alcohol. Y aunque no me lo hubieran dicho: la absenta purísima que me había descubierto Christian Marquand en París era una bebida colegial al lado del poteen, el brebaje perfecto para soportar el clima irlandés.
Horas de sol, las mínimas. Y lluvia, lluvia, lluvia. Yo pensaba que Lean podría muy bien haber rodado en la parte más salvaje de Asturias, por ejemplo, del mismo modo que convirtió Madrid y Soria en Rusia, pero no se lo decía, porque bastante tenía con lo que tenía. No paraba de llover, y a mi me desesperaba el saludo de un chófer encantador que cada mañana me decía “Nice day, mr. Vidal”. Yo nunca he echado a nadie de una película, ni a un extra, pero le dije: “Si vuelves a decir eso te quedas sin trabajo”.
Sin embargo, lo peor no era la lluvia, sino lo que llamábamos el falso sol. Un sol que parecía jugar al escondite con nosotros. Paraba la lluvia, salía aquel sol inesperadamente espléndido, se preparaba todo, y en cosa de un par de horas la luz se entenebrecía como si cayera la noche y volvía a llover a cántaros. La escena de amor en el bosque entre Sarah Miles y Chris Jones tardó meses en acabarse, y no exagero. Cambió el tiempo en Kenmare y durante semanas fue imposible rodar nada. Volvimos en septiembre y lo que había cambiado era el paisaje, por completo. Eddie Fowlie tuvo que inventarse una réplica del bosque en una sala de baile, en Murreigh, creo. Lo hizo árbol a árbol, casi hoja a hoja. Una auténtica obra de artesanía.
Otra vez, en cambio, tuvimos que esperar no sé cuanto tiempo hasta poder rodar la célebre escena de la tormenta en Bridges of Ross, en la costa de County Clare: llovía, desde luego, pero no era la tormenta que la historia y Lean necesitaban. Bien dice el refrán que nunca llueve al gusto de todos.
Las secuencias en la costa eran difíciles porque el oleaje era muy traicionero. En una de ellas, con John Mills y Trevor Howard, la lancha en la que iban volcó y golpeó a Howard en la cabeza. Por unos instantes interminables desapareció bajo el agua, y mientras corrían a socorrerlo todos pensamos que se había ahogado. Tenía una buena brecha en la nuca y estuvo dos días en el hospital. Otras escenas, comenzadas en la playa de Courmineole, tuvieron que desestimarse y se rodaron de nuevo en un lugar tan poco irlandés como la sudafricana Ciudad del Cabo.
Se ha convertido en un lugar común eso de “los paisajes son también protagonistas”, pero en el caso de Lean era una verdad como un templo, y por eso rodaba en 65 milímetros, en Super Panavisión. Paisajes gigantescos, enormes espacios abiertos. Muchos críticos se le echaron encima porque decían que era una escala demasiado grande para una historia que les pareció demasiado pequeña. Siempre hubo en las películas de Lean, ya lo hemos hablado, esa tensión entre lo íntimo y lo épico, pero quizás en La hija de Ryan se manifestó con una magnificencia más rotunda ese contraste. Mucho más, diría yo, que en Lawrence de Arabia y en Doctor Zhivago, que tampoco se quedaban cortas de paisajes.

Christopher Jones en La hija de Ryan
Hablemos de Christopher Jones. ¿Quién se acuerda hoy de Christopher Jones? Diría que muy poca gente, pero tuvo su gran momento a finales de los sesenta. Estábamos en que yo había ido a ver a Brando, y Brando había dicho que no, que no iba a hacer el papel del mayor inglés Randolph Doryan. Lean pensó luego en Peter O’Toole, como siempre. Pero O’Toole volvió a decirle que que no. Y no recuerdo si llegó a hablar con Richard Harris, que era el siguiente en la lista, o fue entonces cuando se cruzó Chris Jones en su camino.
Era americano y se creía el sucesor de James Dean. No es una especulación: lo decía, estaba convencido de eso. Le imitaba, e incluso le dio por ir a toda velocidad por aquellas estrechísimas carreteras irlandesas con un Ferrari, y si no se mató, como su héroe, fue porque Dios no lo quiso.
Había estado casado con la hija de Lee Strasberg, Susan. Y había estudiado en el Actor’s, y había hecho teatro en Broadway, un pequeño papel en La noche de la iguana. Hasta que de golpe pegó un pelotazo con una película que se llamaba El presidente. Se estrenó en 1968 y era la historia de una estrella de rock que conquistaba la Casa Blanca. Nada del otro jueves, pero todo el mundo empezó a decir que Chris Jones era un “ídolo contracultural” (fue la primera vez que escuché esa palabra), que los jóvenes le adoraban como a su personaje, y que tenía un gran futuro. Corrió la voz y en cuestión de meses le cayeron tres papeles en Europa. Le llamó Dino de Laurentiis para hacer una película en Italia, que se llamaba Una breve stagione y que no llegué a ver . Rodó luego El espejo de los espías, sobre la novela de John Le Carré, y Lean la vio, o vio fragmentos, no sé, y decidió contratarle para La hija de Ryan con un sueldo de superestrella: se decía que medio millón de dólares.

Ernie Day, David Lean y Perico VidalSe dijeron muchas cosas acerca de la elección de Chris Jones. Como, por ejemplo, que Lean le contrató sin haberle visto en persona, sin haber hablado con él. Y que por eso se quedó de piedra cuando descubrió que su voz, al natural, no era como en la película. Se dijo también que en El espejo de los espías le habían doblado porque no daba el acento inglés, cosa un tanto pintoresca, aunque no improbable. Yo no recuerdo si su voz era así o asá. Lo que recuerdo es que como actor era muy flojo. A mí me pareció el típico niño bonito al que la fama se la había subido a la cabeza, pero dudo mucho que un hombre como Lean, que cuidaba tantísimo los repartos, le contratara sin haberle visto, sin someterle a diez mil pruebas y preguntas. El caso es que cuando yo llegué, Chris Jones ya estaba allí. Y Lean estaba hecho polvo porque debió haber visto algo en él, algo que luego no volvió a ver ni de lejos durante el rodaje, y bastante problemático era el asunto como para preguntarle por los pormenores de la contratación. Se había equivocado y lo sabía, punto. No había más que hablar. Fue el mayor miscasting de su carrera, pero era imposible volver atrás: había que apechugar, como diría un castizo.
Lo supo desde que Chris Jones rodó su primera secuencia, el encuentro entre Doryan y Rosy Ryan, cuando él sufre un ataque de pánico por sus recuerdos de la guerra. Lo supo Lean, lo supo todo el mundo y lo supo Jones, que tras el difícil rodaje de la escena perdió la poca confianza que le quedaba cuando se vió en pantalla, en los rushes. La relación con Sarah Miles tampoco era buena. Decir que no había química entre ellos sería un eufemismo muy benevolente. Lean intentó por todos los medios que Jones mejorase su actuación, pero había poco que rascar, y al final optó por recortar el papel de Doryan y “pasarle” parte de sus diálogos a Gerald Sim, que interpretaba a su ayudante. A eso se sumó el hecho de que apareciera por el rodaje Olivia Hussey, la Julieta de Zeffirelli, a la que Jones había conocido en Italia. Era más o menos su novia oficial, o eso parecía, pero tarifaron muy seriamente cuando ella se presentó con la intención de casarse, o eso se decía. Sea como fuere, aquella ruptura no mejoró las cosas.
A partir de entonces, Chris Jones comenzó a comportarse erráticamente, según la clásica pauta maníaco-depresiva (un día maníaco, otro depresivo), depresión que se agudizó cuando se estrenó la película y llegaron las críticas. Diría que El espejo de los espías y La hija de Ryan se presentaron el mismo año con pocos meses de diferencia. La primera pasó sin pena ni gloria, pero con La hija de Ryan hubo tortas para todos y él se llevó una buena parte del lote. Y allí, por lo que yo sé, se acabó su carrera, y en gran medida la de David Lean, pero de eso ya hablaremos más adelante. La historia de Christopher Jones fue triste, pero la de Lean, que no levantó cabeza hasta Pasaje a la India, fue devastadora.  

Perico Vidal en el rodaje de La hija de Ryan

En el ranking de problemas seguían, en hilera, John Mills, Trevor Howard y Leo McKern.
McKern, que interpretaba a Ryan, el padre de Sarah Miles, no era mal tipo, pero destestaba a Lean. Odiaba su minuciosidad, odiaba tener que repetir las escenas hasta la extenuación, y odiaba aquel larguísimo rodaje. Discutía constantemente con Lean. Acabó tan harto que dijo que se retiraba el cine, que solo haría teatro y televisión. Y es verdad que tardó muchísimo tiempo en rodar otra película.
John Mills era un ser nefasto, inaguantable.  Para el personaje de Michael, el tonto del pueblo, Lean quería un actor cómico. “Un cómico-cómico”, decía.
“¿A ti qué cómico se te ocurriría para interpretar a real tramp?”, me preguntó un día.
“¿Cómico-cómico y real tramp? Hombre, pues se me ocurre Chaplin”, contesté.
Lean se quedó pensativo y le dio vueltas a la idea durante unos días, pero la desestimó. Chaplin seguía más o menos en activo, pero no como actor. Había vuelto a ponerse tras las cámaras en La condesa de Hong-Kong, que resultó un desastre, pero eso era lo de menos. Yo sabía que la propuesta no podía prosperar: demasiada confrontación. Dos egos del calibre de Chaplin y Lean hubieran convertido el plató en un campo de batalla. Y, como bien dijo Lean, Chaplin hubiera desequilibrado la película. Por otro lado, Lean tenía debilidad por Mills: se consideraba su descubridor desde los días de Grandes esperanzas. No puedo decir, desde luego, que me gustara como persona, y su interpretación me pareció un poco excesiva, pero se llevó un Oscar. El papel estaba cantado para eso.
Trevor Howard era otro de los viejos amigos de Lean. Había estado soberbio en Breve encuentro, pero desde entonces habían pasado muchos años y muchas copas, y los años y las copas le habrían agriado considerablemente el carácter. Lean y Bolt habían dibujado el personaje del padre Collins con Alec Guiness en la cabeza, y se lo ofrecieron, pero Guiness era un católico ultraortodoxo, como todos los conversos, y le pareció que el perfil de Collins era "muy cuestionable". O sea, que dijo que no. A Howard, por su parte, le entró la pájara de que el papel del padre Collins era un asco, una nadería, un secundario, y repetía a todo bicho viviente que lo hacía porque Lean se lo había pedido, solo por eso. A Lean eso le dolía en el alma y le decía que era un personaje central, lo que era una verdad como un templo, un personaje magnífico, pero Howard seguía emperrado con su obsesión. Luego hizo un trabajo estupendo, pero nos dio el rodaje.
Cuando Howard fumaba la impresionante marihuana de Mitchum todo iba bien o medio bien. Cuando pasaba al alcohol estábamos perdidos, y lo sabíamos desde temprana hora, porque en esos días fatales desayunaba con varias pintas de Guiness, una tras otra.
Yo tuve un enfrentamiento muy gordo con Howard y la sangre no llegó al río gracias a Mitchum. Estábamos una noche en su casa, cosa frecuente porque Mitchum era un anfitrión divertidísimo y además cocinaba extraordinariamente bien. Y esa noche Howard me saltó a la yugular. “You spanish mongolic bastard” fue lo más suave que me dijo. En esa época yo tenía una leche de borrega negra y por muchísimo menos me liaba a hostias, y a hostias muy bien dadas. Susan me llevó a la cocina para tratar de calmarme y entonces me entró un ataque de risa, porque desde la cocina veo a Mitchum, el tipo más cool del mundo, solucionando la crisis a su manera: sin dejar de sonreir, cogió a Howard del brazo y se lo fue llevando hacia el coche mientras le cantaba, como quien canta una nana, “It’s a long way to Tipperary”.
Pero las historias de Mitchum (y unas  cuantas historias más) dan para otro capítulo.

(Continuará)



El hombre que fue jueves: "Contra el anonimo" (20-12-12)

Por: | 20 de diciembre de 2012

Contra el anónimo en los medios digitales

Puro teatro: "Liquidacion por fin de existencias" (15-12-12)

Por: | 15 de diciembre de 2012

Sobre "Aventura", de Alfredo Sanzol

Cyrano nunca muere (15-12-12)

Por: | 15 de diciembre de 2012

Cyrano nunca muere

El hombre que fue jueves: "El protagonista secreto" (13-12-12)

Por: | 13 de diciembre de 2012

El protagonista secreto

Ignacio Vidal-Folch, un hijo de Jules Renard

Por: | 12 de diciembre de 2012

Foto de Txema SalvansIgnacio Vidal-Folch, que gusta de retratarse con cara de conspirador syldavo y mirada de “¡Cuidadín conmigo!” es, y no digo con esto nada nuevo, un espléndido escritor, miembro de honor de la Fox Society, es decir, de los pocos que pueden considerarse hijos legítimos de Jules Renard, el gran dietarista. En su prosa he encontrado también ecos de Pla, y de Léautaud, y de Bioy, y de Julio Ramón Ribeyro, entre otros maestros.
Lo que cuenta es la ilusión (Destino), su selección de entradas de diario, que acaba de publicar, me parece un libro admirable, de los que hacen muchísima compañía: lo cierras por la noche y ya añoras el momento en que volverás a él, como una cama fresca, recién hecha.
Como Renard, Vidal-Folch sabe mirar hacia adentro y hacia afuera: hay una enorme curiosidad, tanto por los movimientos del espíritu como por los paisajes, los hombres y las cosas. Encontramos aquí la misma mirada, sorprendida y sorprendente, de Barcelona Museo Secreto (2009), artículos que vieron la luz en la edición de Cataluña de El País, luego recogidos en libro por una pequeña editorial, Actar, y que merece una urgente reedición, porque no es fácil de encontrar y debería serlo.
En Lo que cuenta es la ilusión se refiere a esa antología citando un texto de Novalis que ilustra muy bien su poética y hubiera podido ser su pórtico (o el de este): “Cuando doy a las cosas vulgares un sentido augusto, a las realidades cotidianas un aspecto misterioso, a los objetos conocidos la dignidad de lo desconocido, a los seres finitos un reflejo del infinito, hago romanticismo”.
Su nuevo libro va mucho más allá del formato de dietario: supone un formidable muestrario de crónicas, retratos al minuto (imagino que cocinados muy lentamente), aforismos que huyen de la impronta categórica del género, viajes a territorios muy lejanos o, a la manera de Novalis, a cercanías inexploradas, que Vidal-Folch nos hace ver con ojos nuevos.

Hay páginas soberbias sobre Lisboa, Cabo Verde o Praga; hay una profunda zambullida en el mar de Aral y una fascinante recalada en Muynak, pueblo de pescadores convertido en desierto, “turbio de tempestades de arena” (p.191), pero también incursiones en el inframundo yonqui de Can Tunis (p. 68 y ss.), en los mecanismos y rituales del hospital de Bellvitge (83 y ss.), o en la prostitución ramblera, siempre con el tono justo, sin grandilocuencias ni malditismos impostados, sin desmesuras sentimentales, porque ya ha quedado muy claro que el romanticismo de Vidal-Folch es otra cosa y nada tiene que ver con quincallerías exóticas ni postales de cielos tormentosos.
No es un “turista del ideal”, de ningún ideal, ni un turista a secas: si habla de los afanes de Patricia, Giselle y Adriana (y la crónica sobre las vidas de esas tres prostitutas es una novela completa en veinte o treinta páginas) es porque las ha conocido sin disfrazarse de Genet, porque ha compartido, a la manera de Aldecoa, sus preocupaciones, su lucidez, sus engaños, su vocación para la alegría, del mismo modo que ha intentado ayudar a Shinranhit, la esposa fugitiva (p. 283), en otro extraordinario episodio: pocos han escrito así, con una visión tan ecuánime, de la Barcelona oculta de los emigrantes, de los humillados y ofendidos, de los supervivientes, de lo que solo conocemos por referencias tremendistas o edulcoradas.
A veces asoma, en cambio (y esa es la parte que menos me gusta), una mirada inclemente, áspera, que suele ser bienvenida cuando el escritor se convierte en agente doble de sí mismo, pero no tanto cuando enfoca a un amigo o un conocido, como en el retrato del fiscal homosexual y agonizante (p. 267). A no ser que se trate de una ficción, que también podría ser. Predomina, sin embargo, un humor elegante, incisivo pero sin herida, ese humor “honesto y vago” del que hablaba Pla, a veces un poco esclerotizado por las manías y los emperramientos que en todos nosotros van acarreando los años.
Hay, hablando de Pla, un encuentro con Roca i Junyent (p.123) que podría haber figurado en El quadern gris (no cuesta imaginar a Vidal-Folch con sombrero hongo, bajo los arcos voltaicos) y un episodio, donde combina la compra de un colchón viscoelástico y el cobro de un cheque en la Western Union, que podía haber firmado Jorge Ibargüengoitia.   

Portada de Lo que cuenta es la ilusiónHay tantas cosas que me han gustado en este libro que se impone una selección “ilustrada”, como quien inserta canciones de You Tube, porque lo de citar el asunto y el número de página viene bien como indicación de lectura, pero queda un poco esquelético, y aquí se trata de que a ustedes les entre hambre, o sea que vamos a echar un vistazo a algunas vituallas del bufé.

En una de las entradas, Vidal-Folch especula con la posibilidad de que el Liceo se alquilase para funerales, aquellos funerailles d'antan que cantaba Brassens, y remata el texto con una coda de gran estilo, en la que resuena el valseo, la melodía verbal de Maupassant:
“La gente podría darle el pésame a los deudos directamente en la platea, por encima del pasamanos, según van desfilando hacia la salida, y de allí a los restaurantes tardíos donde entre risas se brindará por el muerto, y bajo el mantel las manos explorarán la suavidad sedosa de rodillas ajenas”.

En otra se autorretrata oblicuamente, fuera de la manada, contemplativo, con los ojos entrecerrados por un desdén entre risueño y altivo, y saca de la chistera otro broche brillante, que veo dibujado por Gallardo:
“Las truchas nadan a contracorriente y saltan anhelantes río arriba, pero alguna hay que conculca todas las normas, se rezaga, se queda en la poza, recostada en una piedra, mirando pasar las nubes por el cielo, fumando un cigarrillo Kent”.

Puede ser tan preciso como inusitado describiendo un rostro, en este caso el del escritor argentino Marcelo Cohen: “Esa seriedad adusta, de rasgos corrientes, corregidos y espiritualizados por la marca de la permanente meditación intelectual, desprendida de las contingencias del yo, y que parece un signo de que la humanidad, aunque haya sido condenada, está haciendo exactamente lo que tiene que hacer”.

También consigue decir mucho en muy pocas líneas, como en esta felicísima y terrible meditación sobre el paso del tiempo, de estructura poemática:
“¿Suena el teléfono de madrugada? Serán los amigos, que están de ronda y vienen a arrancarte del sueño para que te tomes con ellos las copas del amanecer. ¡Ah, pero no, no puede ser, eso fue hace mucho!...
¿Suena el teléfono de madrugada? Ve preparando la corbata negra”.

O esta evocación, casi pavesiana, de un lejano amor estival:
“Tenía un cuerpo sin curvas, pequeño, de niña. Aquel verano se echó el primer novio, un chico de su edad, y al anochecer, cuando el calor cedía un poco, salían a pasear de la mano por las calles desiertas de la ciudad, entre las casas grises, en el aire caliente de agosto. Ella llevaba un vestido corto y los primeros tacones altos. Andaban los dos, un poco andróginos, muy despacito, dándose besos de vez en cuando, y a ella le temblaban un poco las delgadas piernas, inseguras como las de un potrillo”.

Y, ya cerrando, este otro (castellanísimo) autorretrato, a la altura del mejor Sánchez Mazas:
“Al llegar al castillo de los Silos. Veo en su silueta noble, sombría, severa, erguida sobre la ondulación de los dorados campos, la efigie de un alma que perdí y que me hubiera estado esperando calladamente desde entonces, petrificada en la forma de un castillo aislado, rodeado de trigales ondulantes. Casa del alma austera, orgullosa y otoñal. ¡Ojalá fueras más amable, más alegre, y tuvieras más color, y que en alguna estancia sonase de vez en cuando Meraviglioso, de Domenico Modugno! Pero hay que aceptarte así, espaciosa y desierta, batida por corrientes de aire cada día más glacial, perfumada sólo por la flor de amapola, flor sin aroma, flor española que se deshoja al tocarla.

Según informa el subtítulo, Lo que cuenta es la ilusión está compuesto por notas escritas entre 2007 y 2010, pero, a juzgar por la numeración, el dietario completo cuenta con la friolera de veinte mil entradas. O sea, que daría para diez o veinte tomos.
Si yo fuera editor no dudaría en publicar todo ese material, año tras año.

Ignacio Vidal-Folch


Puro teatro: "Vuelo, podredumbre, y mucha risa" (8-12-12)

Por: | 07 de diciembre de 2012

Sobre "El principito", de José Luis Gómez, y "Poder absoluto", de Roger Peña

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal