Bulevares Periféricos

Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

Puro teatro: "Como ser nazi en cinco días" (30-3-13)

Por: | 30 de marzo de 2013

Sobre "La ola", de Ignacio García May

El hombre que fue jueves: "Tres miradas sobre Huppert" (28-3-13)

Por: | 28 de marzo de 2013

Sobre Isabelle Huppert

Crónicas zelestiales (y V): las reencarnaciones de Sisa y Flavià

Por: | 26 de marzo de 2013

Carles Flaviá, pensativoDiría que conocí a Flavià en la primavera del 87. Acababa de montar un bar musical en la calle Borrell esquina Provenza, a la izquierda del Eixample, al que bautizó con el glorioso nombre de Baticano y que tuvo una vida tan corta como intensa. “Abrimos un miércoles de ceniza, con un fiestazo en el que tocó la Platería, y tuvimos que echar el cierre en verano: o sea, ni cuatro meses. La verdad es que iba como un trueno, porque era la parada obligada de los que subían desde el barrio de Ribera camino de Bikini, que entonces era el club de moda. Gato también actuó muchas veces y compuso el himno del local, que empezaba diciendo “Woytila es el papa de Roma/ y Flavià es el Papa de broma”. Ragna (el gran D.J. Ragnampiza) pinchaba en una cabina montada sobre un púlpito. Llenábamos todas las noches hasta que comenzaron las quejas. Los vecinos eran muy de orden y un local llamado Baticano les hizo poquísima gracia, unido a un problema de sonorización que resultó muy caro de resolver… y que nunca se resolvió”.
En los días olímpicos, Flavià recibe la propuesta de “levantar” el antiguo Don Chufo, en la plaza Joan Llongueres, junto a Calvo Sotelo (hoy Francesc Macià), feudo por excelencia de los adolescentes de la década anterior. Rebautizan el local como Nitsa, homenaje a la esposa de Miquel Horta, la chipriota Deonitsa Antoniou, y Flavià (ahora con la testa rapada a lo coronel Kurtz) deja su trabajo con la Platería “porque el mundo de la noche es agotador cuando lo vives desde el otro lado de la barra, por así decirlo. La verdad es que fueron los de la Platería quienes, muy amablemente, me dieron puerta, porque yo no podía ocuparme al mismo tiempo de una banda y de un local nocturno. Aposté por el Nitsa y perdí. El lugar estaba muy tocado económicamente y no conseguimos remontarlo. Aguanté cuatro años y en el 96 salté del barco. Por suerte para mí, porque si no todavía estaría allí. Entre mi divorcio y la ruina de aquellos bares me quedé sin blanca y gracias a eso volví a cambiar de vida. Para empezar, decidí acabar la carrera de Derecho y comencé a ir a clase por las tardes. Pensaba que como abogado podría ganar algún dinero, pero se me cruzó Rubianes. Me explico: éramos amigos y yo era su manager desde hacía bastante tiempo, pero fue él quien me animó a subirme a un escenario. Llevaba tiempo escribiendo cosas pero no me atrevía. Me lancé con la biografía de Pepe (¡Rubianes, payaso!) y en la presentación del libro Sergi Pàmies me redobló los ánimos: “¿Por qué no cuentas en un teatro todo lo que llevas años contando en los bares?”. Hasta que un día, en 1997, me ofrecieron actuar varios lunes en la Bodega Bohemia. Sisa me dijo que era una señal del destino, porque allí había presentado treinta años antes su primer single, L’home dibuixat, apadrinado por el Gran Gilbert. Pensé también que a fin de cuentas el sacerdocio tenía mucho de actuación, de modo que preparé un show que bauticé como Epístolas y me lancé al ruedo. Muerto de miedo, pero me lancé. Y así, cumplidos los cincuenta, me encontré convertido en lo que nunca pensé que sería: monologuista”.

Sisa y MelodramaVolvamos atrás. Habíamos dejado a Sisa en el momento del gran encuentro con el Páter, en los días de La Catedral. ¿Qué viene luego ? Viene su sueño (cumplido) de acercarse al pop y de encontrar un conjunto, a la antigua usanza. Dos en uno, compone las canciones - puro pop galáctico - de La magia de l'estudiant y se topa con Melodrama, la mejor banda de rock-pop de Barcelona, integrada por los hermanos Olivé (Toni y Dionís), Joan Navarro y Carles Collazos. Creo que por esa época ya habían sacado Sabor a tutifrutti, su primer y exitoso sencillo. Y en 1979 tocan con él, en la gira de presentación de La magia.
Al año siguiente aparece Sisa & Melodrama, que supo a poco: tenía que haber sido, imperativamente, un doble en directo. En 1981, Sisa vuelve al teatro con los Dagoll-Dagom a lomos de La nit de sant Joan. Floja acogida y varapalo crítico cuando se presentan en el Romea. Giran por toda España y de regreso a Barcelona, el espectáculo se convierte en un superéxito: cosas que pasan en el mundo de la farándula. En 1982 aparece Barcelona postal, una deliciosa rareza: canciones ajenas, de Chevalier a Sondheim, dedicadas a su ciudad natal. Discreta acogida, grata memoria.
¿Cuándo nos conocimos? Me parece que en 1983, el año de Roda la música, su pre-despedida. Escaseaban las actuaciones. A Gato le pasó tres cuartas de lo mismo. Estás en lo más alto y de repente…
Gato dijo: “Madrid. El futuro está en Madrid”. Se lo repiten mutuamente varias veces. Gato se queda en Sant Julià de Vilatorta, haciendo paellas para los domingueros, y actuando y grabando cuando puede.
Sisa planea seriamente instalarse en la capital del Reino . En 1984 lo tiene claro: va a cantar en castellano. El disco de réquiem es doble: Transcantautor/Última noticia. “Estaba cansado”, cuenta. “Tenía la sensación de que me estaba repitiendo. Y buscaba vender más, como todo hijo de vecino”.
Siempre que pienso en ese disco y en esa despedida me vuelve su mejor canción de aquellos años: Per camins de sorra il.luminats, un enorme bolero, hijo de El comptador d’estrelles. Lo grabó con Los Guacamayos, y le veo marchándose a ese ritmo, como si se fuera en barco por un desierto. Para marcharse a lo grande publicó una antología de poemas y canciones, Lletres galàctiques y organizó (o le organizaron) la exposición Memòria representada en el Palau Macaia.

En Madrid, con Krahe y Sabina

En 1985 está afincado en Madrid, junto a la plaza Mayor. Resucitó como Ricardo Solfa, se autoproclamó hijo de Machín, de Valderrama, de Bola de Nieve, de Marino Marini, de Gloria Lasso y Augusto Algueró, y versioneó y compuso canciones muy hermosas. En Madrid a Sisa/Solfa le quisieron y le arroparon mucho, pero tanto Carta a la novia (1987) como Cuando tú seas mayor (1989) duraron en las tiendas “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, como diría su amigo Sabina. Lógico: era un género de muy difícil colocación. En los primeros 90 se gana bien la vida presentando España en solfa, una serie sobre la música popular española que emite la 2, aunque tarda tres años en poner en circulación su nuevo disco, Ropa fina en las ruinas (1992).
Le pierdo un poco la pista en esa época, y me temo que no soy el único. 
En noviembre del 93 sufre un infarto mientras actúa en el Café del Foro. Comprensible pánico: Gato había muerto "de eso" en octubre del 90. Parón forzoso durante un año.
Reaparece en Valladolid (y de nuevo en el Foro) en la primavera del 94.

Sisa Mestres llamado SolfaRicardo Solfa va cediendo paso a Ventura Mestres y Armando Llamado, que ya habían asomado la cabeza y acabarán juntándose bajo el paraguas de El Viajante. Ese será, justamente, el título del disco-libro (antetítulo: Sisa Mestres llamado Solfa) que aparecerá en una edición de lujo de la revista El Europeo en 1996. Musicalmente no es la monda pero anticipa nuevos caminos y demuestra que Sisa (sí, de nuevo) cada vez escribe mejor, con más hondura y con más gracia. Ahí presenta detalladamente a sus heterónimos: Ventura Mestres es una “mezcla de exégeta y comentarista poético de Sisa: hombre de clara vocación liberal, nacido en Riudoms (Tarragona) en 1922, se dedica al negocio de la bodega. Vive entre viñedos y ama el vino, las canciones del cantautor galáctico, su familia, el agreste paisaje tarraconense y el General Prim”. Armando Llamado es “hombre solitario, nacido en Madrid en 1938, exiliado en México, Venezuela y Francia. En 1981 se instala en un pueblecito de Segovia, donde trabaja como corrector y traductor. Compone y escribe íntegramente Ropa fina en las ruinas. Bajo el seudónimo de Arcadio Reynes publica dos libros de poemas: Exaltación, en verso libre, y Trafalgar, alternando el verso libre con la prosa experimental”.
Entre los muchos textos breves de El Viajante destacan los estatutos de dos entidades “sin afán de lucro” promovidas por Sisa: la Asociación de Aburridos Anónimos y el Club del Forastero. La primera buscaba “la superación intrascendente del tiempo, entendido como fenómeno condicionante de la percepción de lo real”, por medio de una serie de ejercicios tras los cuales “el mero transcurrir de las horas y los días será motivo suficiente de atención y no existirá la urgencia de llenar ese fluir con proyectos, obras, o movimientos que conduzcan a algo”. En cuanto al Club del Forastero, “estadio superior del aprendizaje”, pretendía “aportar a la existencia una mayor y más completa adaptación a los múltiples y variados lugares del universo mundo”. De tal modo, “es forastero aburrido todo aquel que no necesita estar en tal o cual sitio haciendo esto o aquello para sentirse a gusto dentro de su piel: sabe que ni raices, ni tradiciones, ni el peso de la costumbre o la inercia de la comodidad aparente conseguirán sujetarle a otro lugar y acción que no sea la mismísima vida en libertad”.
Momento ideal, debió decirse Sisa, para volver a Cataluña (cosa que hizo a principios de 1997) donde nada más llegar formó pareja artística con Pau Riba para girar ampliamente el espectáculo Actors gramàtics, en el que recitaban poemas acompañándose de una panoplia de instrumentos de juguete.

Carles Flavià trabajando duramentePor esas fechas escribí: “Carles Flavià, excura, exmánager, superviviente de mil descalabros anímicos, sentimentales y generacionales, como cualquier tipo que haya llegado a los cincuenta con tantas noches como días a la espalda, ha presentado en el teatre Malic el espectáculo Prensamiento. Da gusto oirle monologar. Es la voz de alguien que, en cierta forma, ha llegado a un acuerdo con la vida y habla para pasar el rato, para entretenerse construyendo una idea, una observación; para transmitir una indignación y, al mismo tiempo, hacer reir a su interlocutor, exagerando los matices, hiperbolizando, jugando a desbarrar. Da gusto escucharle porque se ríe de la luna y de sí mismo, no se toma en serio nada y se toma salvajemente en serio todo. Flaviá, con su glorioso catalán cherokee, tan barriobajero y descreído como el slang de un taxista de Brooklyn o un humorista judío de los Catskills, con su eterno aspecto de “promotor de boxeo falto de sueño”, como le describió una vez Guillem Martínez, parece encarnar también al hombre perpetuamente cabreado, contra todo y contra todos. Pero solo lo parece: ahí está la gracia”. Entre Prensamiento (1998) y El estado del malestar (1999), Flaviá encontró un púlpito nocturno en la parrilla de BTV (Barcelona Televisión), para conducir un programa de comentarios a medianoche que parecía la versión canalla de El alma se serena o Habla contigo Jesús Urteaga: se llamó Qualsevol nit pots sortir sol (Cualquier noche puedes salir solo) y fue un banco de pruebas ideal para sus monólogos. Durante cinco o diez minutos diarios se dirigía a la audiencia, reflexionaba, imprecaba, desbarraba, ataba moscas por el rabo o las echaba a volar y, de paso, graduaba efectos, descartaba el material que no funcionaba y aprovechaba las mejores ocurrencias. Siguieron los espectáculos “de sala” (El evangelio según Flavià, Diez-Doce-Cuarenta y cuatro), y no hubo plataforma o formato que no aprovechara. En 2002 fue cómico de revista junto a Norma Duval (Imagine, en el Apolo); saltó a Madrid para participar en El club de la comedia y tomar parte en el espectáculo Cinco hombres punto com, en el Alcázar. Colaboró con Gemma Nierga (La ventana, en la SER), con Xavier Sardá (Crónicas Marcianas), con Manuel Fuentes (Corriente alterna), y volvió a BTV, ahora para hacerse cargo de un programa diario de entrevistas, bajo el bonito título de Jo qué sé, donde todavía continúa (y que dure).

Sisa, con un punto entre James Taylor (today) y Amancio Prada.En el 2000, Sisa se operó de ambos ojos, abandonó para siempre las gafas culovásicas y reapareció cantando en catalán con el disco Visca la llibertat, en el que colaboraba el gran Pascal Comelade, un hermano de sangre que parecía haberle estado esperando . Su re-presentación en sociedad tuvo lugar, el año siguiente y a lo grande, en el Palau de la Música, el mismo Palau que treinta años antes se había negado a abrirle las puertas (a él y a Pau Riba): sus directivos recibieron entonces, como dual respuesta, una elocuente butifarra anudada con la bandera catalana.
Desde entonces tampoco ha parado: En 2002 llegó Bola voladora, revisión de las diversas épocas de su repertorio, de nuevo con Comelade y con una nueva banda, el cuarteto La Verbena Galáctica, a las órdenes de Rafael Moll como productor. En 2005 recuperó las cintas de sus primeras actuaciones en Zeleste y seleccionó lo mejor de tres sesiones: el CD Sisa al Zeleste, 1975, una verdadera joya, se vendió por seis euros con el número 112 de la revista Enderrock. Ese mismo año apareció El congrés dels solitaris, producido, curiosamente, por Santi García, voz y guitarra del grupo hardcore No More Lies. En 2006, armó con Luis Mendo un homenaje a las inolvidables Santonja & Van Aerssen, Sisa y Suburbano cantan a Vainica Doble, y en 2008 cocinó con Joan Miquel Oliver, líder del muy galáctico combo mallorquín Antònia Font, su más reciente entrega, Ni cap ni peus

Gran contradictorio, Sisa puede ser iracundo y obsesivo, quejarse con vehemencia de los infinitos males de la sociedad moderna (con Internet a la cabeza), y al momento siguiente dejar asomar al poeta zen que lleva dentro, capaz de sentarse durante horas delante de la lavadora para proclamar luego: “La vida es esto: todo gira para no ir a ninguna parte”.  También gusta de contemplar el amanecer desde la ventana de su casa para “vaciarme la cabeza, quedarme en blanco y meditar sin gastar dinero en cursillos”, tras lo cual, naturalmente, vuelve a la cama. O baja al super, donde hay, asegura, “ofertas extraordinarias, y además te suben la compra”.
Carles Flavià considera que dos cosas le cambiaron la vida, y ambas se las debe a su amigo y excolega Manel Pousa, el “pare Manel”, párroco de los barrios de Verdum y Roquetes: “Me regaló un Vespino y me descubrió el Club Natación Barcelona. Tardé en darme cuenta de que los dos regalos estaban relacionados. Hasta entonces perdía mucho tiempo porque me encontraba a mil conocidos por la calle: con el Vespino lo gané, porque les saludaba desde lejos. Y ese tiempo ganado pude perderlo de nuevo, con entera tranquilidad, tirado al sol en el Club Natación, uno de los pocos sitios donde puedes estar bien sin gastar un céntimo y donde pillas frases extraordinarias escuchando a los más viejos del lugar, de los que estoy a punto de formar parte”.

Flaviá lleva veinticinco años (“con alguna excedencia”) junto a Lucila Aguilera, la esplendorosa dueña del histórico bar Raval. Sisa vive solo y es atendido por una solícita corte de exnovias. Flavià y él se han pedido la mano mutuamente. Parece que Lucila no lo ve claro, aunque hay momentos en que lo ve clarísimo. De momento representan Tan bé que anàvem en La Seca/Espai Brossa. Mañana ya se verá. 

Puro teatro: "Un hombre viene a decir que..." (23-3-13)

Por: | 23 de marzo de 2013

Sobre "Com dir-ho?" de Benet i Jornet

El hombre que fue jueves: "¡Una buena noticia teatral!" (21-3-13)

Por: | 21 de marzo de 2013

Sobre "Una historia catalana", de Jordi Casanovas

Crónicas zelestiales (IV): Con todos ustedes, el gran Flavià

Por: | 19 de marzo de 2013

Previously on Crónicas Zelestiales (para los que llegaron tarde).

Dos romanos post-bacanal - Flavià y Josep Lluis Soler Beethoven

1977. Ese hombre con camisa hawaiana que se acerca a la barra de Zeleste es cura y se llama Carles Flavià. Ha estudiado teología en París. Ha ejercido su apostolado en los barrios obreros del Pomar (Badalona); en Santa Rosa (Santa Coloma de Gramanet) y San Ramón Nonato (Collblanc). Ahora se ocupa de un centro de rehabilitación de jóvenes delincuentes en Hospitalet, a la manera del padre Flanagan, y les consigue los trabajos que puede. A través de ese centro, prueba definitiva de que los caminos del Señor son infinitos, ha entrado en contacto con el mundo del espectáculo: conoce al promotor musical Gay Mercader, que contrata a sus chavales para formar parte de los servicios de orden de sus conciertos, y de Gay Mercader a Zeleste hay un paso.
“La primera vez que entré allí”, cuenta Flavià, “sentí algo muy parecido a la tarde en que descubrí mi vocación: aquello era una apoteosis de vida”. Pocos meses antes ha vivido otra iluminación al escuchar La catedral, el magno doble disco de Sisa. Inflamado por la gracia, toma la palabra en una concentración de seiscientos clérigos, presidida por el cardenal Jubany y el abad monserratino Cassià Just. “Comencé diciendo que hablaba en nombre de un grupo anarco, pero que no se asustaran, porque yo era el único miembro. Les dije que tenían que abrir sus almas y sus ojos, que menos ejercicios espirituales y más paseos por las Ramblas. Y que corrieran a escuchar La catedral, que aquello era la verdadera música sacra de nuestro tiempo. Fue mi salto a la fama”.
Aquella noche, para celebrarlo, entra en Zeleste y al tercer whisky decide presentarse ante Sisa, pero acaba haciéndolo a la flaviana usanza:
“Hola, me llamo Carles Flavià y vengo a decirte que estás acabado: en las asambleas eclesiásticas aconsejan escuchar tu música”.

Sisa certifica que en aquel instante comprendió que serían amigos para siempre, aunque en su recuerdo Flavià no llevaba camisa hawaiana sino un gorro de papá Noel. Sea como fuere, no tardó en formar parte de la banda de los Cuatro. Sin dejar de ejercer su ministerio, claro está: más de una noche y más de dos y más de diez, alboreando ya y cerrados todos los bares del barrio de Ribera, los miembros de la banda escucharon la frase “¡Hostia, la misa!”, tras la que procedía acompañar a Flavià hasta la lejana parroquia de San Ramon donde el páter, pese a la monumental resaca, exhortaba vivamente a los escasos fieles matinales con prédicas como ésta:
“¡A Jesús hay que hablarle como se habla a un amigo! ¡Nada de hablarle de rodillas! ¡Cara a cara y tomándole por el hombro! A Jesús hay que decirle: “Oye, tú, Jesús, que esto no puede ser, que hace seis meses que me tienes en el paro!”.

En la cresta de la nueva ola(Ramón de España contó con mucha gracia una de esas veladas con remate litúrgico en su libro En la cresta de la nueva ola (Icaria, 1981). La homérica fiesta (o bachata, como decía Gato) comenzó una noche en el bar Los Campesinos, en Sants, a pocos metros del piso de Sisa; serpenteó por una veintena de locales de muy diversa catadura y duró – o al menos eso creía Ramón - hasta las ocho de la mañana siguiente, hora en la que decidió empiltrarse. Al mediodía le despertó un telefonazo: Sisa, Flaviá y una muchacha inglesa llamada Hilary, reclutada la noche anterior, seguían en pie y reclamaban su presencia para tomar el aperitivo desde un bar del mercado de San Antonio. Resumo: “Eran imparables. Cuando llegué estaban devorando cervezas y berberechos. Fuimos a comer luego una paella en el Siete Puertas, donde Sisa tenía cuenta abierta y le trataban como a un marqués. A las ocho de la noche recuerdo vagamente que bebíamos cubalibres en un bar cercano a la plaza San Jaime cuando Flaviá recordó que “tenía misa” y nos fuimos pitando hacia una apartada parroquia. Y no acabó allí la cosa, porque tras el sermón seguimos dándole hasta la medianoche. Yo había dormido, pero no me tenía en pie; ellos llevaban dos días de juerga y parecían recién levantados”).


Flavià contando la pasta después de un bolo. 1982.

¿La mejor época de sus vidas? Probablemente. El cielo parecía haberse abierto para los cuatro. Rebobinemos. Sisa acaba de componer las canciones de Antaviana, el exitazo teatral de Dagoll Dagom, sobre cuentos de Pere Calders, que va a estrenarse en la sala Villarroel de Barcelona y en su salto a Madrid se anuncia nada menos que como “Lo de Sisa”. Gato ha dado por acabada su colaboración como bajista en Secta Sónica, un combo de jazz-rock formado por tres guitarristas (su amigo Zarita, Jordi Bonell y Victor Cortina) y tres sucesivos baterías (Nacho Quixano, Tono Aracil y Jordi Vilella). Legado: Fred Pedralbes (1976) y Astroferia (1977).
Por esas calendas, con Manel Joseph y bajo el nombre de guerra de Gato & Trilla (respaldados por Victor Cortina, Luigi Cabanach y Quino Béjar)  arman un repertorio de rumbas propias y versiones salseras ,y presentan el material en Zeleste, despertando el interés del añorado locutor Jordi Vendrell, flamante jefe de Ocre, el sello “moderno” de la Belter. Un agradecido recuerdo para Vendrell, que en cosa de un año armó un variopintísimo catálogo (eran otros tiempos, decididamente) con Burning, La Banda Trapera del Río, Pep Laguarda & Tapinería, el debut en castellano de Enric Barbat y, por la parte que nos ocupa, Carabruta y La Voss por la gracia de Dios, los primeros discos en solitario de Gato y Trópico. Fin del paréntesis.
Poco a poco, y de la mano de Rafael Moll, Flavià entra en la farándula. Moll comanda la agencia Cabra, vinculada a Zeleste/Edigsa, que promociona, entre otros, a Sisa, la Orquestra Platería, Oriol Tramvía, Gato (ya plenamente convertido a la causa rumbera) y a la Compañía Eléctrica Dharma. “Comencé como asistente de Serrat”, cuenta Flavià, “y pasé luego, durante una década esplendorosa, del 82 al 92, a encargarme de la Platería. Me convertí en lo que los americanos llaman road manager, que suena muy bien pero en la práctica consiste en ser el señor que organiza el viaje e intenta cobrar los bolos en los pueblos”, contaba en una entrevista de la época con su habitual tono descreído, aunque no menciona un trabajo descomunal: la organización de los veintitrés bolos de la Platería en los mítines del PSOE, previos a su victoria en las elecciones del 82.

Flavià oficia la boda de Santi Arisa

En 1983, tras arduas cavilaciones (lo que llamó “la problemática”), y acicateado no menos arduamente por Trilla, Gato, Sisa y su nuevo amigo Pepe Rubianes, Flavià comienza su tercera (¿o cuarta?) vida: cuelga los hábitos y se casa con Pilar del Baño, que entonces trabajaba en la productora Imatco, de Carles Jové, y a la que Trópico dedicó el bolero María del Pilar. “Nos casamos el 28 de diciembre del 84, día de los Santos Inocentes. Para redondear la jornada, España ganó a Malta por doce a uno en la Eurocopa”.
Declaraciones a Pere Farreres, en El País: “El cristianismo como ideología humanista me parece bien, pero tiene muchas restricciones. La tesis del perdón, por ejemplo, es bastante inhumana. Creo que el inventor del cristianismo era tan sabio como limitado. Yo dejé el sacerdocio por muchas razones, que variaban según quien me lo preguntara. A unos les decía que fue por aburrimiento, a otros porque estaba cansado de tantas bodas, bautizos y funerales, pero la verdad es que en el fondo ya no me lo creía. Mi madre, que era muy lista, me dijo que tampoco se creyó que lo mío fuera ser cura. En definitiva, yo iba camino de los cuarenta y me di cuenta de que mi objetivo en la vida era no fichar en ningún sitio, nunca más”.
Uno de sus últimos “bolos eclesiásticos” fue casar al batería Santi Arisa en una ceremonia campestre, en Berga, como documenta la foto adjunta. En cuanto a los bolos civiles, no solo no desaparecieron sino que se multiplicaron, aunque todo hacía prever lo contrario.

Rompeolas, primeros ochenta. Manel Joseph y Flavià rodando el videoclip de Pedro Navaja

Un domingo de aquel año, Flavià y su amigo Miquel Horta vuelven en coche de Cadaqués a Barcelona. Horta, otro personaje singular, era propietario de la empresa Nenuco, comunista (primero del PSUC y luego de su breve facción extrema, el PCC) y mecenas (o filántropo, como se prefiera) de muy diversas aventuras culturales, como los sellos discográficos Zamfonia y Pequeñas Cosas. En el coche escuchan a José María García. Schuster acaba de marcar en Málaga, decidiendo el primer partido de la quiniela. Horta le dice que ya tiene un acierto. Flavià, según su costumbre, le contesta que eso es pura chamba, que no puede ganar, que uno y no más. Horta replica, a lo grande, que si gana le dará el diez por ciento de lo que toque. “Fuimos escuchando resultados”, cuenta, “y nos dimos cuenta de que tenía un catorce. Yo corrí a bajar las ventanillas para que el viento no se llevara el boleto. Lo repasamos seis o siete veces, porque no nos lo creíamos. José María García repetía que aquella iba a ser una quiniela loca y supermillonaria. ¡Y tan supermillonaria! Doscientos millones le tocaron a Horta. Y cumplió, como un señor: me dio veinte millones por pura caballerosidad. El sábado siguiente, al verme entrar en Zeleste, Gato me dedicó una canción diciendo: “Al exmosén Flaviá, ahora millonario Flavià”.

(Continuará)

 


 

 

Puro teatro: "Una pasión dialéctica" (16-3-13)

Por: | 16 de marzo de 2013

Sobre "A cielo abierto" (Skylight), de David Hare

Salmo

Por: | 16 de marzo de 2013

Nubes y claros - foto Pepita Galbany


Para Agustín Mendilaharzu

Ayer
¿rendiste tributo a la belleza
del día que no volverá?
¿Apartaste de tu cabeza
debidamente
todas las pequeñeces
todas las miserias
todas las quejas
que podían impedir el tributo
y conspiraban para hacerlo?
¿Besaste, abrazaste?
¿Reíste con ganas,
devoraste con toda la boca?
¿Ensanchaste tu corazón
o se te fue el día
- que es como decir la vida -
sin darte cuenta?
El día esplendoroso,
con su viento húmedo
y sus castillos de nubes cárdenas
y su luz azulada.


P.D. - Jodi Baker (Chicago, Illinois) lo tradujo ayer al inglés desde su ventosa ciudad. Thanks, Jodi.

PSALM

For Agustin Mendilaharzu

Yesterday
did you pay tribute to the beauty
of the day that will not return? 
Did you push aside
completely
all thoughts of the trivial
the little miseries
the complaints
that would hinder that tribute
and that were conspiring to do so? 
Did you kiss someone, did you embrace? 
Did you laugh out loud? 
Did you taste with your whole mouth? 
Did you open your heart
or did the day get away from you
- which is to say, life -
without your realizing it?
The glorious day
with its brisk wind
and its castles of purple clouds
and its blue light.



El hombre que fue jueves: "Escalofríos catódicos" (14-3-13)

Por: | 14 de marzo de 2013

Sobre "Black Mirror" (segunda temporada) y otras series de ciencia-ficción
Sisa a mediados de los años 70Para animar la nochevieja del 74 en Zeleste nace la Orquestra Platería, y con ella Ricardo Solfa, el primer heterónimo de Sisa, “un vocalista melódico que creció en alta mar y aprendió el oficio de mano de su padre, actuando en cruceros, estaciones de esquí y clubs de vacaciones”. De hecho son dos los personajes que surgen esa noche: Sisa recupera las canciones que escuchaba en la radio de su infancia (boleros y canción española, mayormente) y Jordi Batiste se transmuta en Rocky Muntañola para homenajear a sus clásicos en la más pura línea Sha-Na-Na. La banda, concebida por Rafael Moll, Gato (que quería bautizarla como “Las Perlas del Caribe”) y Sisa en el bar Aquilino, cercano a Zeleste, se formó para esa única sesión, pero tiene un éxito instantáneo y comienzan a lloverle ofertas.
Muy a su pesar, Sisa y Batiste abandonan el barco tras unas cuantas actuaciones. Sisa tiene Qualsevol nit en puertas. Batiste y su hermano del alma Ia Clúa (en arte, Ia & Batiste) llevan dos años componiendo y actuando. Un gran día, de 1973, ha pasado tan inadvertido como Orgía, pese a su enorme calidad. Tan inclasificables como Sisa, mezclan en su retorta ecos de folk, pop y psicodelia inglesa (Nick Drake, Colin Blunstone, Soft Machine) con armonías vocales deudoras de Simon & Garfunkel y Crosby & Stills & Nash & Young, a caballo de unas letras con fulgores oníricos. En 1973 montan un recital mano a mano con Sisa, Villa Montserrat, en el teatro Capsa de la calle Aragón, sede por excelencia (con la sala Villarroel) del teatro independiente. Más de lo mismo: gran talento, escaso éxito. Pero ahora las cosas también parecen a punto de cambiar para ellos: Serrat ha creado un nuevo sello, Òliba, y va a producirles su segundo disco, el esplendoroso Chichonera’s Cat, que aparecerá en 1975. De modo que ceden sus roles en la Platería a Jordi Farrás (a) “La Voss del Trópico”, del que pronto hablaremos, y a Manel Joseph (a) “El Trilla”, personaje imprescindible en todos lo que comienza a cocinarse: viene de Dos+Un, ha liderado ese mismo año Patatas Fritas, un efímero combo pop, está preparando con el valenciano Marià Albero (guitarra y voz de Patatas Fritas) el grupo La Rondalla de la Costa, y pronto compaginará su labor como líder y estrella de la Platería con su faceta de percusionista en la soberbia banda de Qualsevol nit, completada por Dolors Palau (flauta y voz), Xavier Riba (violín y voz), Paco Pi (bajo eléctrico) y Quino Béjar (batería).
A partir de aquí todo se acelera. Con Qualsevol nit (1975) Sisa consigue el éxito y el reconocimiento y puede dar salida a todas las canciones que había estado componiendo desde el 70 (y a unas cuantas recién salidas del horno). Son tres años de vértigo, con actuaciones por toda España, que arrojan una cosecha impresionante. Tras Qualsevol nit sigue, en el 76, Galeta Galáctica, otro joyero repleto de perlas, y en el 77 llega la culminación de La Catedral, su obra maestra, en formato de doble disco.

Portada de Galeta GalacticaEn esa época. Sisa se convierte en el rey lunar de Zeleste, en cuya barra oficia, noche tras noche, con los igualmente infaltables Gato y Trópico.
Gato Pérez vivía entonces casi puerta por puerta, y era de cajón fichar en Zeleste todas las noches, como contaría en Ebrios de soledad, una de sus grandes canciones. A finales del 74 se había disuelto Sloblo, efímera banda de country-rock, y con Rafael Zaragoza (a) “Zarita”, su compay desde los días del bachillerato, comienza a escribir canciones en inglés, porque en un rapto de magalomanía se plantearon nada menos que “el salto a la escena internacional”, decía, y acababan de formar un grupo que se llamó Gato, a secas, con el respaldo de una sección rítmica formada por Jordi Borrell, Flaco Barral y Andy Simon. Incluso llegaron a enviar una cinta con las maquetas a Rocket Records, el sello de Elton John, y que, contaba, “era un pastiche descarado de todo el pop-rock que escuchábamos en aquellos días”, pero el grupo tuvo corta vida.
Carles Flavià, el cuarto rey, ha hecho ya su entrada en la sala de la calle Platería, pero para el encuentro con Sisa hara falta, muy apropiadamente, la espoleta de La Catedral, como pronto se verá.

Aquella era una barra pródiga en historias y personajes irrepetibles. De entre las muchas y muchos quiero celebrar ahora el legendario episodio de aquel músico al que llamaremos Delaney y que parecía no dormir nunca, ayudado por las sustancias más puras del mercado, hasta que un verano la extrema pureza de su sustancia favorita le llevó al hospital, donde se despidió de la afición con una frase memorable.
Ahí lo tenemos, en una camilla, mientras la máquina que hace “píiii” muestra una alarmante línea recta sin sonido alguno. Un médico dice “¡Rápido, disfibrilador!”. Otro murmura “Lo perdemos, lo perdemos”. La enfermera jefe ya está a punto de anotar “Ingresó cadáver”. De repente, para pasmo general, Delaney abre los ojos. El médico jefe se frota los suyos, incrédulo ante lo que parece un milagro y le dice: “Amigo, hoy es el día más importante de toda su vida”.
Delaney, al que le quedan unos segundos de vida, niega con la cabeza. Luego indica al médico que acerque la oreja a su boca y, con un agónico hilo de voz, susurra:
“No: el día más importante de mi vida fue cuando conocí a El Fary”.
Y estira la pata.

Trópico canta, acompañado por Gato

Bien podía haber sido una frase de Trópico (apócope de La Voss del Trópico, obviamente), otro egregio suministrador de sentencias morrocotudas. Trópico, niño grande en todos los sentidos del término, era químico, “químico colorista”, precisaba, y tuvo varias vidas, como Gato y Sisa y Flaviá: por algo eran amigos, más que amigos, hermanísimos. El Grupo Salvaje, como se les conocía entonces. O la Banda de los Cuatro. O el Rodillo, según los días o, mejor, las noches.
Sisa era el Ciego o el Sátiro, a elegir. Los apodos de Flavià no eran demasiado originales: el Mosèn, el Páter, el Cura, el Padre Flanagan. Gato era Gato. Y Trópico era el Gordo o la Cuñada (apodo este último que compartió con Ia Clúa, si no recuerdo mal).
Trópico había tocado el bajo en algunos grupos de aficionados al jazz, en los años sesenta, hasta que, decía, de químico colorista mutó en “químico bolerista”, y versioneando a Gatica y a Roberto Cantoral con una voz semejante a un saco con veinte kilos de nueces rodando por una escalera (o un trueno a cámara lenta) conoció días de gloria con la Platería y luego con la Orquesta del Maestro Bellido, y repopularizó Camarera de mi amor, un viejo éxito de Machín que se convirtió en su tarjeta de visita o caballo de batalla, lo que le pedían siempre, cantara lo que cantase, y grabó varios discos con la crema layetana de la época, La Voss por la gracia de Dios en el 77 con Música Urbana, con dirección y arreglos de Joan Albert Amargós, y Las gavines de la Farga en el 79 a las órdenes de Jordi Sabatés, y en el 95 y el 99 No son boleros y Un poema de amor con el maestro Francesc Burrull, y murió joven, escandalosamente joven, a los 54 años. En el 2000 reventó Trópico por su mucha vida, reventó de exuberancia, de tanto alcohol y tanta risa y tanta comida y tanto trasnoche, y recuerdo ahora que pasó sus últimos años llenando el Pastís, decía, y no mentía, porque cuando cerró Zeleste se afincó en el diminuto bar francés de la calle Santa Mónica, donde apenas había espacio para su enorme barriga, para el teclado del enteco Burrull (y para Burrull mismo, por supuesto, pero Burrull ocupaba poco, casi lo mismo que su pianito) y para cuatro o cinco parroquianos, y también se reinventó durante unos años (o lo intentó al menos) como actor.

Trópico y el maestro BurrullSe contaban infinitas historias de Trópico en el teatro, y casi todas eran ciertas, como cuando hizo Tirant lo Blanc en el Romea, donde interpretaba a un monarca babilónico o asirio o persa, daba igual, lo importante es que con su panza y su túnica dorada y su barba postiza y afilada parecía la viva encarnación del Reyecito de Soglow, aquel personaje del TBO, y estrenó con éxito pero el segundo día tuvieron que ir a buscarle y casi cazarle a lazo, porque consideraba que con el estreno ya había cumplido, y bastaba y sobraba, y el resto sería repetición, y que mejor que el primer día ya no lo iba a hacer.
Pero su verdadero debut y su mejor historia teatral tuvo lugar un par de años antes, cuando Jêrome Savary le eligió para formar parte de un espectáculo escrito mano a mano con Quim Monzó llamado El tango de don Juan, una función que comenzó a cocinarse en Lyon, luego en Nueva York, luego en Barcelona, e hizo bolos en lugares tan lejanos e improbables como el puerto de Hamburgo, y es allí donde va a pronunciar la frase que prefiero de todas las suyas, y a fe que dijo muchas.  
En Hamburgo se acercaba la hora del estreno cuando Trópico, de natural bravío, sufrió un ataque de pánico escénico (pre-escénico, para ser más precisos) semejante al que apearía a Sisa del proyecto de Com quedem? (véase entregas anteriores).
El crítico Joan de Sagarra, enviado especial, intentó, durante varias horas, convencerle de que no podía salir por pies porque aquello era una enorme putada para sus compañeros, pero Trópico tenía otros planes: le había echado el ojo a un mercante que aquella misma noche salía rumbo a Helsinki, a su juicio un paraíso por descubrir, sin duda porque las películas de Kaurismaki no habían llegado todavía a nuestras pantallas.
“Venga, nos vamos tú y yo, que me has caído bien”, le dijo. “¿No has soñado nunca con empezar una nueva vida?”
“Hombre, una nueva vida… sí, claro… pero en Helsinki, Helsinki…”
Indesmayable, Trópico pormenorizó largamente las muchas bellezas de aquel lugar que no había visitado jamás. En un último y desesperado intento de introducir un átomo de racionalidad en su cabecita loca, Sagarra le dice:
“Sí, vale, muy bonito todo pero ¿de qué viviremos?”
A lo que Trópico replicó, como argumento inapelable:
“¡Yo te mantendré! ¡Soy químico!”
(Para las crónicas: El tango de don Juan se representó en Hamburgo. Con Trópico en un elevado grado de embriaguez, pero presente y actuante).

Escucho a Trópico en Zeleste, riendo como el mismísimo dios Baco (o Poseidón en un día soleado) por algo que le ha dicho Gato (que ríe como un ídem, con los ojos entrecerrados) o Sisa (al que se le empañan las gafas a cada carcajada), o por algo que tal vez ha dicho él mismo. Sisa, Gato, Trópico… y ahora entra Flavià, y va hacia la barra, dispuesto a decirle a Sisa, por primera vez, algo que va a dejarle pasmado, patitieso, algo que…
Sí, está a punto de producirse el inmortal encuentro, el coniunctio spiritum que tanto buscaron los alquimistas, pero lo dejaremos para la próxima semana. No se vayan.

(Continuará)

Bonus Tracks: unas cuantas fotos para el álbum
(gentileza de Manel Joseph)


La banda de Qualsevol nit

 
Sisa y Manel Joseph, abducidos por las lisergias del papel pintado.

Sisa, con la legendaria Dolors Palau, la respuesta catalana a Licorice Likky, plus Paco Pi, bajista memorable.

Sisa, Paco Pi y Manel Joseph, in the golden days of 75

El País

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