Bulevares Periféricos

Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

Sobre "Alegrías de Cádiz"

Por: | 31 de enero de 2014

Cartel de ALEGRIAS DE CÁDIZHay muchas teorías sobre los orígenes de Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente. Se dice que los primeros gaditanos eran fenicios que venían de Tiro y de Sidón, pero yo creo que llegaban de otro mundo, muy libre y muy blanco, tan blanco como su luz de cal y de sal. Ya bien lo dijo el Beni, alienígena con estatua, en frase inmortal: “Mira si es antiguo Cádiz que ni siquiera tiene ruinas”.
Alegrías de Cádiz, el feliz retorno al cine de Gonzalo García Pelayo, es la película más libre y luminosa que he visto en mucho tiempo, y documenta que sus personajes bien podrían ser de ese otro mundo por su forma de hablar, de reir, de cantar y de moverse por la vida. Y por el brillo en los ojos y los cuerpos de las cuatro Pepas protagonistas (Laura Espejo, Beatriz Torres, Rosario Utrera y Marta Peregrino - y también, Pepas colaterales pero presentísimas, Jessica Sánchez, Silvana Navas y Patricia Galindo). Y por las sonrisas, el vacile, el balanceo, el dejarse llevar. Un mundo felizmente ritual, pautado por el alegre coro de las chicas del Revuelo, hermanas de sangre de las hadas zumbonas de El sueño de una noche de verano, y con apariciones monárquicas como la de Mariana Cornejo, reina y maga de ese mundo antiguo y sin ruinas, o el compás como narrador de Javier García Pelayo, el rey de la Sota Americana, uno de los últimos hippies verdaderos que quedan, que habla como un viejo sabio que lo ha visto todo pero aún sigue maravillándose y dejando que la vida centellee.
Hay otro narrador, un joven monarca ocioso y mujeriego, Jeri Iglesias, que lanza delirantes proclamas y se pone estupendo pero nunca falso, porque sus palabras, que en boca de otro podrían sonar pomposas o retóricas, brillan y brincan como peces locos en el agua. El Jeri parece la reencarnación de su padre, el gran Miguel Ángel Iglesias de Vivir en Sevilla y Corridas de alegría, vuelto a la tierra, al paraíso original gaditano, con más fuerza y todavía más locura pero, me atrevería a decir, sin una gota de su tormento: ese retorno es el mejor homenaje que podrían hacerle sus compadres, los García Pelayo. Y como los Pelayos son contagiosos en el mejor y más dichoso sentido de la palabra, ahí asoma también Oscar, poeta y boxeador, hijo de Gonzalo y sobrino de Javier.
Y no me olvido de la voz y la música de esa revelación que es Fernando Arduán.

Viendo Alegrías de Cádiz no dejé de pensar en lo mucho que le gustaría a Pasolini esta película. Todavía más: si Pier Paolo, en un salto digno de Gianni Rivera, su mediocampista favorito, hubiera esquivado la muerte en Ostia, bien podría haber marcado gol en Cádiz. O sea, que yo lo veo resucitado allí, mirando así, cantando por alegrías, descojonándose con el ingenio inagotable y la poesía auténticamente popular de las chirigotas y comiendo capirotes de camarones. En Cádiz podría Pasolini volver a sonreír y encontrar las sonrisas de todos los Ninettos y todos los Acattones: la sonrisa de aquellos barrios de Roma, los borgate de las orillas del Tíber, que todavía olían, como sus gentes, “a jazmín y a sopa humilde”.

Gonzalo García Pelayo, rodando ALEGRIAS DE CÁDIZ

Alegrías de Cádiz
, que atrapé el pasado diciembre en la sala Berlanga (CineMad) y todavía no ha llegado a los circuitos llamados “comerciales”, hace honor a su nombre: alegría de vivir, de rodar, de contar. A mí me da igual que comience historias que luego abandona, que los actores entren y salgan de sus personajes, o miren a cámara, o improvisen, o enmudezcan y rompan a reir, porque así es como brota la vida en los relatos.
A mitad de película, por ejemplo, se produce la irrupción gloriosa de las chirigotas, con su ingenio desinhibido y reluciente, y hay que parar como se para en Cádiz para recibir los carnavales. ¿Qué puede haber más importante? Juan Orol paraba la acción en una de sus películas porque los protagonistas se iban al fútbol y creía que el público tenía que ver el final del partido, y Clint Eastwood hizo algo parecido en Escalofrío en la noche para que escucháramos a Cannonball Adderley tocando en el festival de jazz de Monterrey.
Siempre habrá quienes digan que no se pueden mezclar las aguas, que una cosa es un documental y otra una ficción, y categorizaciones por el estilo: peor para ellos, porque sus vidas estarán igualmente encajonadas.
Felizmente, Gonzalo García Pelayo sigue fiel a su visión del mundo, a su lema de marino fenicio o, directamente, extraterrestre, por raro y por libre: “No hay puerto más seguro/que el de ser fiel a lo incierto”. Y la espléndida noticia es que su prodigiosa longitud de onda está encontrando múltiples y merecidos ecos en certámenes de toda España y del extranjero.Tras la presentación de Alegrías de Cádiz en el festival gaditano Alcances, y luego en el de Sevilla, sus películas se vieron, el pasado otoño y en salas repletas, en el Festival Internacional de Cine de Viena (Viennale 2013), y en febrero se verán de nuevo en el ciclo que le dedica a partir de mañana la Filmoteca en el cine Doré, al que seguirá una retrospectiva en el Museo del Jeu de Paume de Paris, del 18 de marzo al 6 de abril. Y ya está rodando la siguiente, Niñas, mientras prepara Que se me paren los pulsos, un viaje al corazón de la copla mas feroz: tras treinta años de silencio cinematográfico, esto es un retorno por todo lo alto. Que no decaiga.

 

El hombre que fue jueves: "Cuidado: contiene spoilers" (29/1/14)

Por: | 29 de enero de 2014

Cuidado: contiene spoilers

Puro teatro: "Emilia", caza mayor (25/1/14)

Por: | 25 de enero de 2014

"Emilia", de Claudio Tolcachir

El hombre que fue jueves: "Sondheim, el maestro" (23/1/14)

Por: | 23 de enero de 2014

Sondheim, el maestro

Rabos de pasa (5)

Por: | 22 de enero de 2014

Ultimo tren a Cincinatti - de Arnau Alemany

Tomás Delclós, defensor del lector de El País, señala varios ejemplos de anfibología  (“desorden sintáctico que entorpece y confunde la comprensión de la frase”) en titulares o destacados del diario, todos muy graciosos, de los que elijo éste, un clásico, al parecer, que no conocía y que convierte al director manchego en un virus letal: “Isabel Coixet termina en Canadá el rodaje de Mi vida sin mí, un drama sobre una joven con una enfermedad incurable que produce Pedro Almodóvar”.
Hará unas cuantas décadas, la recopilación de este tipo de trastrueques, unido a interpretaciones delirantes, creó una especie de minigénero que alcanzó categoría de best seller: recuerdo La cárcel de papel, antología de la sección del mismo título, espigada de la prensa de la época, que Evaristo Acevedo publicaba en La Codorniz, y Antología del disparate, que un profesor de bachillerato recopiló de las redacciones y exámenes de sus alumnos, con joyas como esta: “Los rayos catódicos eran Isabel y Fernando”. Me temo que hoy haría falta, en ambos casos, su publicación por fascículos.  

También hay anfibologías que sirven para explicar una situación. Guillermo Cabrera Infante me contó, en una sola frase, la suerte que corrió su guión Vanishing Point – en España, "Punto Límite Cero" – en manos de su director, Richard C. Sarafian: “Yo había escrito la historia de un hombre con problemas en un coche y la convirtieron en la historia de un hombre en un coche con problemas”.

Salvador Sunyer y Miquel Berga fueron los primeros, hará unos cuantos años, en verter No man’s land de Pinter al catalán, por puro placer, por lo mucho que les gustaba la obra. En el primer acto, dice Spooner, viendo a Hirst arrastrándose a causa del alcohol:
“I have known this before. The exit through the door, by way of belly and floor”
A Pinter, que tenía un humor muy cockney, le hubiera gustado muchísimo esta ingeniosa resolución, que además mantiene la rima:
“Això ho tinc vist. La sortida de les habitacions, arrosegant els collons”.
(“Eso ya lo he visto. La salida de las habitaciones arrastrando los cojones”)

Se me saltan las lágrimas, como si llorase otro, escuchando Les oiseaux de passage, el poema de Jean Richepin, que Brassens adaptó y al que puso música. Brassens supo hacer brillar, como joyas recién talladas, poemas perdidos de autores presuntamente menores, como Richepin o Paul Fort.
Escucho la versión de Maxime Le Forestier. La de Brassens es más seca. Le Forestier le da más vuelo, para mi gusto, a la melodía, y canta con más sentimiento.
El llanto, incontenible y muy feliz, estalla exactamente en el verso “des assoiffés d’azur, des poètes, des fous”. Recuerdo que me emocionó cuando la escuché por vez primera, a los dieciseis años, esa época en la que determinados poemas parecen escritos solo para ti. La emoción de ahora era doble, porque sumaba la de aquella primera vez, la del descubrimiento, y la de su recuerdo, pleno, intacto.

 

¿Porqué estoy pensando (más que de costumbre) en la época de mis quince o dieciséis años, soñándola incluso? Desde luego, por “primeras veces” como la de Les oiseaux de passage, aunque, a Dios gracias, las “primeras veces” siguen sucediéndose, y que dure.
Pienso también, entre otras muy diversas razones:
1) porque me estoy acercando a la edad que mi padre tenía entonces
2) porque flota en el aire una creciente conciencia de franquismo.

Hay algo en la poesía, en la mejor poesía, que acaba por irritarme: una aristocratizante encriptación del sentido. Soy consciente de que la poesía, y es una generalización, nació para atrapar lo que no puede decirse de otra manera, pero la prosa – o al menos la prosa que prefiero – es más neutra, más diáfana, más humilde, casi diría que más democrática. Demasiadas veces veo en la poesía la evidencia de su elaboración, la figura del poeta alzándose sobre sus coturnos, mientras que la mejor prosa parece brotar por sí sola, desgajarse de su creador como una perfecta, transparente, irisada pompa de jabón. Puede que esté equivocado, o que esta sensación no sea, a fin de cuentas, más que una forma de orgullo gremial.

El estanco de mi calle cerrará pronto. Las esponjitas para humedecer los sellos ya están sin agua, secas como piedras.

En mi vida secreta, la que se abre algunas noches, soy mucho más voraz y atrevido y despreocupado porque soy más joven, y tengo el cabello negro, fuerte y brillante como nunca lo tuve, y no me parezco físicamente al que era entonces. Soy otro, mi rostro es distinto, pero me reconozco en gestos olvidados, como encogerme de hombros y dejar que el sol me lave la cara. Camino sin prisa ni citas por un barrio tan peligroso, me dicen, que quienes lo visitan han de entrar en él montados en extraños vehículos con sidecar, y lo del sidecar me hace muchísima gracia, imagino un lugar lleno de peligro pero con algo de atracción de feria, el mundo como una feria dura y luminosa, como el antiguo parque de atracciones de Montjuïc, y en el aire resuena un ruido de montaña rusa desencadenada o platos voladores, y me encojo de hombros, dejo que el sol me lave la cara y entro y me digo que estoy en Valencia, porque todas las mujeres que veo me parecen valencianas y todo se cae a pedazos y todo parece estar muy cerca y el aire huele a naranjas y arroz, como en la canción de Sisa.

Puro teatro: "Humo y rosas, dos noches en el TNC" (18/1/14)

Por: | 18 de enero de 2014

Sobre "La rosa tatuada" y "Fum"

El hombre que fue jueves: "Soñando con teatros" (16/1/14)

Por: | 16 de enero de 2014

Soñando con teatros

Un dia perfecto para el pez Coll

Por: | 15 de enero de 2014

Dibujo-Coll

Tendríamos once o doce años. Le pregunté: “¿Tú no serás hijo de Coll, el dibujante?”.
Dijo que sí con la cabeza y le pedí que su padre me firmara un autógrafo. Me contó que ya no dibujaba: se ganaba la vida como albañil. Creí que me tomaba el pelo. ¿Un genio como Coll, de albañil? Pasó una semana y cuando parecía haberse olvidado de la firma, apareció el hijo con un dibujo, en papel de barba, a tinta y acuarela. Era uno de sus extraordinarios chistes mudos: un pescador trataba de escapar de un pez enorme, vivísimo. Aquel hombre, uno de mis héroes, que debía llegar a su casa reventado por el trabajo en la obra, había encontrado tiempo y ganas de dibujar una viñeta a todo color (¡un original de Coll!) para un compañero de clase de su hijo.
Luego entendí la tardanza. Era minucioso, perfeccionista hasta la extenuación. Imaginar y llevar a cabo una historieta, contaba, solía llevarle varios días: “Descubrí que en ese tiempo", decía, "no ganaba ni la mitad de lo que mis amigos poniendo ladrillos, y tenía una familia que mantener”.
Había empezado como albañil. A los trece años ya trabajaba en una cantera, en Montjuïc, pero le encantaba dibujar. Sus maestros, “los cuatro ases”, eran Opisso, Castanys, Urda y Benejam. A los veinte se presentó con una carpeta en la redacción del TBO y le contrataron.
Se convirtió en el dibujante más moderno, original y poético de todo el equipo. Practicaba un humor blanco, sin palabras ni personajes fijos. Sus protagonistas eran hombres solitarios, vagabundos, náufragos reales o metafóricos, siempre desconcertados por los mecanismos del mundo, de inconfundible trazo estilizado: altos, delgados, elásticos. También deslumbraba su tratamiento de la perspectiva, a base de sombras, y su magistral planificación del gag.
Muchas veces pensé que Coll era el equivalente, en historieta, del cine de Jacques Tati. Y el dibujante ideal para trasladar al papel las aventuras de monsieur Hulot. En Francia le habrían idolatrado, como a Sempé. Aquí se hartó de que en el TBO traicionaran su humor, añadiéndole diálogos, y de cobrar tan poco, y así fue como volvió a su primer oficio.
Esto sucedía a finales de los sesenta. Quince años más tarde, cuando Coll pensaba que ya nadie se acordaba de él, Joan Navarro, director y padre espiritual de Cairo, comenzó en su revista una especie de operación rescate y le pidió nuevos dibujos. Quería colocarle en el lugar que el correspondía: el de uno de los padres indiscutibles de la “línea clara” española. Albert Mestres, de la librería Continuará, le publicó el álbum antológico De Coll a Coll, que se presentó en el IV Salón del Cómic, donde obtendría, en mayo de 1984, el Premio Nacional de la Historieta.
Dos meses más tarde, cuando el gran retorno parecía cosa hecha, sucedió lo inimaginable. El 14 de julio, Coll apareció muerto en su casa, a los 61 años: se había suicidado.
“Diría que lo último que hizo en su vida”, me contó Navarro, “fueron las doce páginas que aparecieron en nuestra revista”. Siempre es arriesgado aventurar las causas de un suicidio. Victoria Bermejo (alma mater de Cairo), apunta que Coll comenzó a obsesionarse con la idea “de que aquel reconocimiento era un enorme malentendido, que no podía tener tanta suerte de golpe, tras todos aquellos años en el dique seco. Parecía una manía pasajera, aunque no hubo forma de quitársela de la cabeza. Fue un final atroz para una historia muy triste: la historia de una injusticia histórica con un gran artista”.
El dibujo que Coll me regaló lleva años en casa, pero cada vez que lo miro me parece verlo de nuevo. Tiene un color muy vivo, como si acabaran de pintarlo ayer.  

Puro teatro: "Montenegro y familia" (11/1/14)

Por: | 11 de enero de 2014

Montenegro y familia

El hombre que fue jueves: "Rendido ante "Masters of sex" (9/1/14)

Por: | 09 de enero de 2014

Rendido ante "Masters of sex"

El País

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