José Ignacio Torreblanca

Con mi voto en contra

Por: | 02 de agosto de 2015

Captura de pantalla 2015-08-01 14.25.42

¿Qué explica que Alexis Tsipras disfrute de una popularidad del 61% pese a haber firmado el acuerdo con el Eurogrupo que el pueblo griego había rechazado en referéndum?

Pocos habrán olvidado que el PSOE ganó las elecciones de 1982 tras una campaña en contra de la entrada de España en la Alianza Atlántica. De entrada, no, proclamaba el eslogan pergeñado por el publicitario Gabriel Giménez Inchaurrandieta, que en una tribuna publicada en este diario el 8 de mayo de 1982 (De entrada, no) exigía al entonces presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, que España no entrara en la OTAN “mientras no se nos devuelva Gibraltar”. Nada menos.

Pero una vez en el Gobierno, Helmut Kohl y Margaret Thatcher convencieron a González de que una cosa era no entrar en la OTAN y otra muy distinta salirse de ella en un momento de extrema tensión con la URSS debido a la concatenación de la invasión de Afganistán, la proclamación de la ley marcial en Polonia y el despliegue de los llamados euromisiles por parte de la Alianza. En contra del criterio de su ministro de Exteriores, Fernando Morán, González decidió que no tenía sentido que el primer acto internacional de su mandato fuera debilitar a los aliados europeos con los que tantas ganas tenía de compartir mesa comunitaria.

Lo difícil fue convencer a los españoles, no sólo genéticamente pacifistas sino instalados en el antiamericanismo debido al apoyo de EE UU a Franco y el silencio guardado por Washington durante el golpe del 23-F, infamemente calificado como un “asunto interno del Reino de España”. Cuentan los sociólogos de la época que pasaron semanas probando con encuestas piloto la pregunta con la que el PSOE podría ganar el referéndum y que ninguna lo lograba. En una de esas reuniones, alguien formuló la pregunta que, aseguraba, ganaría de largo. Rezaba: “¿Es usted partidario de que España permanezca en la OTAN con su voto en contra?”. Aunque la pregunta no se podía trasladar tal cual, sin duda reflejaba muy bien lo que tanto los españoles de entonces como seguramente los griegos de ahora pensaban: “Si ha de hacerse, se hace, pero que conste públicamente que estoy en contra”. Bien mirado, una posición llena de sabiduría.
 

Tu muro, mi valla

Por: | 30 de julio de 2015

Captura de pantalla 2015-07-30 09.36.37

En el mundo hay Gobiernos que no quieren que la gente salga y Gobiernos que no quieren que la gente entre. Durante la guerra fría, los países de la órbita soviética, también la España de Franco, prohibían a la gente salir o ponían muchas restricciones para hacerlo, no fuera a ser que no volvieras o que regresaras con ideas inadecuadas. Pero aun así muchos lo intentaban: cuando a la gente le prohíben votar con las manos acaba votando con los pies. En esa fea costumbre de prohibir salir siguen instalados muchos regímenes dictatoriales, incluyendo China, que restringen la salida de aquellos que disienten del régimen de partido único.

Pero tras el fin de la guerra fría las tornas han cambiado y los países que antes se quejaban de los muros de los demás se han dedicado a erigir todo tipo de vallas para impedir que accedan aquellos que, siguiendo una costumbre ancestral de la humanidad, utilizan sus pies para ir a buscar comida o garantizar la propia vida. Noten por favor un matiz importante: a las barreras que impiden la salida de los países de los demás les llamamos muros, pero a las que impiden la entrada en los nuestros (incluido España) les llamamos vallas, como si al llamarlo así el obstáculo fuera más liviano.

Paradojas de la vida. Recuerden si tienen un momento a ese Ronald Reagan que en junio de 1987, encaramado a una tribuna en Berlín, instaba a Gorbachov a derribar el Muro. O al Gobierno húngaro que en mayo de 1989 desmantelaba las alambradas en su frontera con Austria, permitiendo a los alemanes orientales huir de ese gigantesco presidio que era la RDA. Y ahora avancen los relojes y contemplen esa propuesta de Donald Trump de construir un muro sobre los 3.145 kilómetros de frontera que EE UU mantiene con México. O deténganse en las obras de construcción de la valla que aislará los 175 kilómetros de frontera húngara con Serbia. Hungría lleva en lo que va de año 80.000 solicitantes de asilo, en comparación con los 43.000 que recibió el año pasado. En ausencia de política, ponemos vallas, o directamente muros. Nos falta un Quevedo europeo que pudiera “mirar los muros de la patria europea” y lamentarse. 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 29 de julio de 2015

Diferenciar los territorios no es boicotear a Israel

Por: | 26 de julio de 2015

Captura de pantalla 2015-07-26 11.12.03En año 2000, Israel y la UE firmaron un acuerdo de asociación. En él, ambas partes manifestaron su compromiso con el derecho internacional, la democracia y los derechos humanos. Gracias a este acuerdo, Israel se beneficia del acceso a fondos y programas europeos y sus productos gozan de acceso preferencial al mercado europeo [véase plan de acción].

Sin embargo, dado que la UE no reconoce la soberanía israelí sobre los territorios ocupados en 1967, Bruselas tiene la obligación de diferenciar entre Israel y dichos territorios y asegurarse de que las personas y empresas radicadas en ellos no se benefician de fondos ni programas europeos ni sus productos acceden al mercado europeo en condiciones privilegiadas. El Gobierno israelí, preocupado por la proliferación de campañas internacionales que, ante el bloqueo del proceso de paz, llaman al boicot, desinversión o sanciones contra Israel, califica esta política de diferenciación como antisemita y se queja del supuesto sesgo pro palestino de la UE [véase web de BDS].

Pero como señalan mis colegas del European Council on Foreign Relations, Hugh Lovatt y Mattia Toaldo en un trabajo (EU Differentiation and Israeli Settlements) que ha tenido gran impacto (véase esta historia en Haaretz), diferenciar no es lo mismo que boicotear: es hacer cumplir la legalidad internacional, que no sólo obliga a una potencia ocupante a proteger a la población que habita el territorio ocupado sino que le prohíbe extraer beneficios económicos de dicha ocupación sin revertirlos a la población.

Nada de esto ocurre en los territorios ocupados. Como han documentado los activistas de Rompiendo el silencio  una iniciativa impulsada por soldados israelíes que han servido en dichos territorios, el día a día de la ocupación está presidido por una política que busca, mediante la intimidación y la humillación, suprimir los deseos de resistencia contra la ocupación (acaba de publicarse la versión española que agrupa esos impactantes testimonios, El libro negro de la ocupación, El Viejo Topo).

Y económicamente, es un hecho que Israel, mediante su política de asentamientos, utiliza en su exclusivo provecho los recursos de los territorios. Aunque la diferenciación no vaya a tener un gran impacto económico, pues sólo el 1% de lo que la UE importa de Israel se origina en los asentamientos, es un imprescindible primer paso para hacer ver al Gobierno y a la sociedad israelí que la ocupación no es gratis, y por tanto, que no se puede mantener indefinidamente sin coste alguno. 

P.S. Aquí tienen crónica del paso por nuestras oficinas de ECFR en Madrid del activista de Rompiendo el Silencio Yehuda Shaul

Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el sábado 25 de julio.

Ni idea, aquí nadie tiene ni idea de economía

Por: | 23 de julio de 2015

Captura de pantalla 2015-07-22 09.46.14Ni idea, nadie tiene ni idea. Preguntado en Der Spiegel por la visión crítica que el premio Nobel de Economía Paul Krugman sostiene sobre las prescripciones de la troika para Grecia, el ministro de Hacienda alemán, Wolfgang Schäuble, ha afirmado que Krugman sabe mucho de comercio (temática por la que recibió el Nobel) pero no tiene ni idea de cómo funciona la eurozona [vínculo entrevista].

Pero Krugman, que pidió el no en el referéndum griego argumentando que serviría para lograr un mejor acuerdo, le ha pasado la pelota a Tsipras. Preguntado por Fareed Zakaria en GPS por la paradoja de que el no de los griegos haya llevado a un peor acuerdo, Krugman ha afirmado que no se podía imaginar que el Gobierno de Tsipras no tuviera un plan para gestionar el no y ha confesado haber sobreestimado su capacidad [vínculo a Krugman]. Es decir, que es Tsipras quien ahora resulta ser el que no tiene ni idea, tesis a la que se suma otro economista, Kenneth Rogoff, por cierto picado con Krugman desde hace tiempo [vínculo a Rogoff].

Pero de acuerdo con Varoufakis son los ministros de Economía de la eurozona los que no tienen ni idea, tesis que ha secundado otro Nobel, Joseph Stiglitz, en un brutal artículo titulado Obligar a Grecia a ceder. Cada vez que les intentaba explicar lo mal que funciona la eurozona, cuenta Varoufakis en la entrevista que este diario publicó el miércoles pasado, se quedaban en silencio. Pero ahí no acaba la cosa. Vean lo que dice Varoufakis de Piketty, el nuevo héroe de la izquierda gracias a su libro sobre la desigualdad El capital en el siglo XXI. Me da pena criticarle después de lo que ha ayudado a Grecia con sus críticas a la troika y a Alemania, confiesa en su blog Varoufakis,[vínculo]  pero la realidad es que Piketty no tiene ni idea de lo que es el capital, no ha entendido a Marx y, peor aún, es un tonto útil que acabará dando ideas para que el capitalismo funcione mejor. Es la venganza de la izquierda marxista contra Piketty que ha osado decir que El capital de Marx nunca le interesó lo más mínimo [vínculo]. ¿De verdad nos podemos permitir tanta arrogancia? Ni idea.

Publicado en la edición impresa, página 2, del Diario ELPAIS el 22 de julio de 2015

 

El corchete que cambió la historia de Europa

Por: | 20 de julio de 2015

Captura de pantalla 2015-07-20 14.18.37

Es sólo un corchete. Un corchete a pie de página que cierra un borrador de cuatro páginas datado a las cuatro de la tarde de un sábado [ Descargar Draft-eurogroup-4pm-Copy]. Un corchete que apenas destaca entre una letanía de tecnicismos. En los párrafos que lo anteceden se habla del IVA de las islas, de si las panaderías abrirán los domingos, de si la oficina estadística será independiente, de si el sistema judicial será más ágil o de si acabará el fraude en el gasóleo agrícola que, parece, permite a miles de griegos darse de alta como agricultores encubiertos y así no pagar los impuestos especiales que gravan el gasóleo de automoción.

Pero de repente, en una primera vista al cándido corchete, aparece el botón nuclear. Hay que frotarse los ojos y leerlo dos veces porque puede que sea un error atribuible a fatiga acumulada por decenas de horas de negociaciones. El documento no lleva membrete de Gobierno ni institución europea alguna, pero esos cuatro folios son historia con mayúscula. “En caso de que no se alcance un acuerdo”, dice el corchete, “se ofrecerá a Grecia una negociación acelerada para una salida temporal de la eurozona, que incluya una posible reestructuración de la deuda”.

Un párrafo antes del corchete, el texto es meridiano respecto a la deuda: “El Eurogrupo enfatiza que no habrá quitas nominales de deuda”. Y por si acaso, lo completa con un “las autoridades griegas reiteran el compromiso inequívoco de honrar sus obligaciones financieras en su totalidad y en los plazos establecidos”. ¿No decían los expertos, desde el FMI a Varoufakis pasando por Krugman, que la deuda griega era impagable? Ahí tienen la oportunidad de ser consecuentes, les dice Schäuble. Si quieren una reestructuración, háganla fuera del euro.

Los Gobiernos e instituciones europeos han luchado durante años por convencer a los mercados de que el euro es un proyecto político, y por tanto irreversible. Ahora, de un solo plumazo, el Gobierno alemán, con la sola oposición de Italia, Francia y Chipre (España se sumó a la mayoría silenciosa dispuesta a enseñar a Grecia la puerta de salida), acaba de aceptar que la unión monetaria es un camino de ida y vuelta. Ha nacido otra Europa: de un corchete.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 18 de julio de 2015

Einstein en la eurozona

Por: | 15 de julio de 2015

0011380705

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si la eurozona organizara un concurso de ideas, sin duda que Wolfgang Schäuble y Yanis Varoufakis competirían por la medalla de oro. El primero con su propuesta de salida temporal de Grecia del euro, que ha sido el espantajo con el que Alemania ha doblegado a Tsipras. El segundo con su estrategia, nunca aplicada pero que conocemos ahora gracias a una entrevista en The New Statesman,de declarar el impago de la deuda, seguir dentro del euro y emitir una moneda paralela con la que sortear el corte de liquidez impuesto por el Banco Central Europeo.

La propuesta de Schäuble era coherente con la lógica alemana. Desde Berlín, donde una encuesta hecha pública ayer señala que el 61% de los alemanes respalda la gestión de Merkel en esta crisis (idéntico porcentaje al que dijo no en el referéndum griego), la eurozona es una unión de reglas a la que los Estados se suman voluntariamente. ¿Son injustas las reglas? ¿Son ineficaces? Pues intenta cambiarlas. Pero mientras existan y no logres cambiarlas no hay más remedio que cumplirlas, así que si no te gustan las reglas o no eres capaz de cumplirlas, te marchas.

Al otro lado, la propuesta de Varoufakis también tenía su lógica y su mérito. Si el euro está mal diseñado, la troika se ha equivocado, la deuda es impagable y la austeridad no funciona, la responsabilidad no es de Grecia, sino colectiva.

Como los tratados no solo no prevén la salida de la eurozona sino que comprometen a los Estados miembros a ayudar a los miembros en dificultades, Grecia tiene todo el derecho a seguir en la eurozona y recibir apoyo de sus socios.

Wolfgang Schäuble y Yanis Varoufakis han resultado ser los únicos dispuestos a desbordar el (fallido) marco existente. Pero al final, el Eurogrupo y Tsipras han optado por un tercer rescate, es decir, más deuda, más austeridad y más reformas. Se atribuye a Einstein la frase de que la definición de la locura es hacer dos veces la misma cosa y pretender obtener resultados distintos. Pero la cita es falsa: Einstein nunca lo dijo. Porque no hacer falta ser Einstein para saber que hacer tres veces la misma cosa y esperar que funcione es una locura. 

 

 

Cochinos socialdemócratas

Por: | 15 de julio de 2015

DescargaPara la izquierda radical sólo hay una izquierda verdadera. Los socialdemócratas, pobres diablos, son unos social-liberales, social-traidores o, si la discusión se acalora, incluso unos social-fascistas. Del lenguaje de la asamblea se deduce que los socialdemócratas son el principal obstáculo para el triunfo de los valores de la izquierda: unos vendidos que siempre acaban pactando con el capital y la burguesía y en lugar de superar la economía de mercado y la democracia liberal acaban reforzando a ambas. Cada vez que llegan al poder, esos cochinos socialdemócratas, miopes históricamente en cuanto a la dialéctica destructiva del capital y por completo insensibles ante la devastación liberal, se conforman con extraer del sistema unas migajas en forma de redistribución de impuestos y unas pocas oportunidades educativas. Una pena.

El hecho de que esos cochinos socialdemócratas hayan traído a Europa las mejores décadas de su historia en términos de libertad e igualdad no parece impresionar mucho a la izquierda radical. Como tampoco parece impresionarles el hecho de que cada vez que ellos han llegado al poder y llevado a cabo su programa original, sus buenas intenciones han devenido en escasez material, retroceso en las libertades e igualación a la baja de las oportunidades. El Muro de Berlín cayó, y muchos pensaron vanamente que en esa izquierda habría un aprendizaje sobre el pasado. Pero la realidad desmiente esa evolución: los nuevos experimentos de la izquierda radical latinoamericana están acabando, como siempre que el dogmatismo ideológico se impone, con escasez material e incluso con retrocesos en libertades y derechos.

Tras seis meses de retórica y confrontación, Tsipras ha llegado a un cruce de caminos muy familiar para la izquierda. En él ha encontrado el mismo dilema que todos los gobernantes de izquierdas que han accedido al poder han tenido que enfrentar en algún momento. Se trata de una elección entre pragmatismo y dogmatismo, entre incrementalismo y maximalismo, entre las certezas del pasado y las incertidumbres del futuro. Cuando la lucha ideológica desemboca en colas de jubilados en los cajeros, parecería prudente mandar parar máquinas. ¿Está dispuesto Tsipras a convertirse en un cochino socialdemócrata que pacte con aquellos a los que quería doblegar y que acepte volver a casa como un típico social-traidor? 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 11 de julio de 2015

Sin valores no resolveremos Grecia

Por: | 10 de julio de 2015

Atlas
La política gira en torno a dos disputas. La primera versa sobre la “asignación de valores”, es decir, la manera en la que una comunidad define lo que es deseable colectivamente y lo que no. Pero la política no sólo trata de fijar valores, sino de establecer la jerarquía entre ellos y dirimir cuáles se impondrán en caso de conflicto. Esa imposición requiere la autoridad de un Estado, autoridad que a su vez exige una legitimidad democrática, es decir, el consentimiento la ciudadanía. Sin esa legitimidad, la asignación de valores será coercitiva y, por tanto, tan inestable y temporal como la correlación de fuerzas entre los que imponen los valores y los que se ven obligados a aceptarlos.

Sin ese marco de legitimidad que otorga la existencia de una comunidad, la política no es posible, al menos como política democrática, quedando reducida a una mera negociación instrumental. Sin valores previos o superiores que ordenen esas negociaciones, la política se convierte en una mera (segunda), disputa acerca de “quién se lleva qué, cuándo y cómo”. En este caso, las soluciones vienen dictadas exclusivamente por el poder relativo de los participantes, es decir, por el “tanto tienes, tanto vales”.

El encadenamiento de estas dos disputas explica bastante bien lo que está pasando con Grecia. El marco de valores que gobierna la eurozona, que ya era débil y andaba justito de legitimidad democrática, se ha deteriorado y ha dejado de ser compartido por todos los actores. A un extremo griegos, a otro alemanes, y en medio muchos otros, rechazan los valores que ordenan la eurozona, su jerarquía y la manera de resolver las disputas entre ellos. Eso deja el resultado de las negociaciones con Grecia expuestas al poder de los hechos brutos. Desde que Tsipras rompiera la negociación, se retirara de la mesa y convocara el referéndum, ambas partes se han adentrado en el feo terreno de las negociaciones bajo coacción. Y en él seguiremos si no damos con unos valores que ordenen nuestras preferencias y permitan resolver este conflicto en beneficio de todos. ¿Lo peor? Que esos valores emerjan de la pura coacción, en un sentido u en otro, porque entonces no habrá comunidad posible.

Publicado en la página 2 de la edición impresa del diario ELPAIS el 8 de julio de 2015

Explotar las contradicciones

Por: | 04 de julio de 2015

0_4gize4ju

Celebrando el resultado de las elecciones europeas de mayo del año pasado ante sus seguidores, Pablo Iglesias anunció el comienzo de la liberación de los pueblos del sur de Europa del yugo colonial alemán. Un año más tarde, preguntado en una entrevista en la revista de cabecera de la izquierda radical, New Left Review (núm. 93, mayo-junio 2015) por su análisis sobre la situación griega y las lecciones que extrae de lo que allí está aconteciendo, el líder de Podemos, que acaba de cambiar su perfil en Twitter para incluir una fotografía abrazado a Alexis Tsipras, muestra su satisfacción por el hecho de que Syriza haya logrado, a pesar del reducido tamaño de la economía griega, convertirse en “un inmenso factor de inestabilidad para la eurozona”. Si Grecia, que representa sólo el 3-4% del PIB de la eurozona, aclara el líder de Podemos, ha logrado generar contradicciones tan importantes en “el bloque hegemónico de la eurozona”, España, que representa el 13% del PIB de la eurozona, estaría en condiciones incluso mejores de desafiar el modelo económico dominante en la eurozona.

¿Cómo manejaría Podemos la relación con la eurozona? Una vez en el poder, dice Iglesias, incrementaríamos el gasto público de manera significativa, tanto en inversiones como en políticas sociales, y elevaríamos los salarios con vistas a estimular el consumo para, a continuación, plantear al eurogrupo la restructuración de la deuda. Somos conscientes, confiesa Iglesias, de las enormes resistencias que esta política encontraría entre “los aparatos del Estado” y en Europa, pero al hacer visible la existencia de una alternativa expondríamos las debilidades de los socialdemócratas (léase el PSOE) generándoles también a ellos, contradicciones insuperables.

No necesitamos la experiencia griega de estos últimos meses para saber qué pasaría en España si un gobierno liderado por Pablo Iglesias rompiera unilateralmente su compromisos con la eurozona, disparara el déficit y planteara una restructuración de la deuda. Pero sí que sorprende que Pablo Iglesias se queje en la misma entrevista de se asuste a los votantes españoles diciéndoles “¿quieres votar a Podemos? Pues mira lo que está pasando en Grecia”. O Iglesias piensa que Podemos triunfará donde Tsipras está fracasando o, por el contrario, que Tsipras está triunfando. Decidan ustedes entre las dos opciones, yo me confieso incapaz. 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 4 de julio de 2015

El referéndum griego: una buena mala idea

Por: | 01 de julio de 2015

Captura de pantalla 2015-06-30 14.08.41La decisión de Alexis Tsipras de convocar un referéndum es una muy mala idea. Y no porque los referendos sean malos en sí mismos sino porque para que cumplan su función democrática tienen que reunir una serie de condiciones. Un referéndum exige una pregunta clara que la gente corriente pueda entender. Y las posibles respuestas, idealmente no más de dos y mutuamente excluyentes, deben estar igualmente claras, tanto en su formulación como en las consecuencias. Ninguna de esas condiciones se da aquí.

La pregunta del referéndum griego remite a un complejísimo texto de diez páginas sembrado de detalles sobre aumentos de impuestos, recortes en gastos y reformas estructurales que la inmensa mayoría de los griegos ni podrá leer ni mucho menos entender. Incluso la minoría que pueda entenderlo no podrá valorarlo fácilmente, ni en su contenido ni en sus implicaciones. Cada griego tendrá que hacerse dos preguntas de muy difícil respuesta: una, si las medidas que las instituciones europeas ofrecen son las adecuadas para relanzar la economía griega (¿comparadas con qué?); dos, si independientemente de la sabiduría de dichas medidas, el gobierno griego podría obtener mejores condiciones en una nueva negociación. A la primera pregunta, el gobierno griego responde que no, a la segunda que sí. ¿Entonces por qué convoca un referéndum?

El referéndum es instrumento de ratificación y, por tanto, de legitimación democrática de los acuerdos ya alcanzados, no un ardid negociador para acumular fuerzas de cara a una negociación posterior. Lo que hace un gobierno que convoca un referéndum para pedir el no a un acuerdo no alcanzado es confesar su debilidad en un doble plano: en el exterior, incapaz de cerrar un buen acuerdo, y en el interior, incapaz de lograr su ratificación. De ahí que, inevitablemente, el referéndum se convierta en un plebiscito sobre el negociador. Ahí es donde esta consulta acaba convirtiéndose en una buena idea: tras seis meses de negociaciones, todo griego debería tener una opinión formada sobre si Tsipras debe seguir al frente de la negociación o si es hora de ir a unas elecciones anticipadas. El referéndum versará sobre la gestión que Tsipras ha hecho de las negociaciones con los socios comunitarios. Una pregunta muy pertinente y que ayudará a clarificar el futuro de Grecia.

Publicado en la edición impresa, página 2, del Diario ELPAIS el miércoles 1 de julio de 2015

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro "¿Quién Gobierna en Europa?" (Madrid: Catarata) se ha publicado en mayo de 2014. Antes, publicó la "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). Todos los viernes en la edición impresa de EL PAÍS.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal