José Ignacio Torreblanca

Hay más Alemanias que la de Merkel

Por: | 23 de mayo de 2013

 Traigo a los lectores de Café Steiner dos estudios de la Fundación Friedrich Ebert (del Partido Socialdemócrata alemán) que me parecen relevantes precisamente porque nos traen ideas y visiones que viniendo de Alemania son distintas de las que comúnmente escuchamos de fuentes gubernamentales o de los partidos del centro-derecha.  Este tipo de visiones, críticas con la actual política que sigue el gobierno alemán, no sólo enriquecen el debate sino que muestran hasta qué punto, además de las identidades nacionales, es posible pensar la crisis en dimensiones distintas (políticas, sociales u ideológicas).

El primero (“Crisis del euro, Políticas de Austeridad y el Modelo Social Europeo”) nos trae el significativo subtítulo “¿Cómo las políticas anti crisis en el sur de Europa amenazan la dimensión social de la UE”?.  “Las políticas de austeridad”, dicen sus autores (Klaus Busch, Chistoph Hermann / Karl Hinrichs y Thorsten Schulten) “han llevado por segunda vez a Europa a recesión” y, en el caso particular de Grecia, Italia, España y Portugal han probado ser un “ataque sin contemplaciones sobre los salarios, los servicios sociales y el sector público”.

La interpretación dominante de la crisis como una crisis originada en el exceso de deuda, señala el documento, ha dado alas al reforzamiento del modelo neoliberal previsto en el Tratado de Maastricht. Y concluye advirtiendo: “la descentralización de la negociación colectiva, la caída de los salarios reales, la reforma del sistema de pensiones y las políticas de privatización, dice el documento, suponen el desmantelamiento del modelo social europeo y constituyen una amenaza de primer orden para la socialdemocracia y los sindicatos”. Como se observa en el gráfico que se reproduce a continuación, la represión salarial es una de las características más visibles de las políticas de austeridad. En Grecia, los salarios reales se han desplomado prácticamente un 20% y en proporciones menores, pero significativas, los de los españoles, irlandeses, portugueses y chipriotas.

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Deseducando a la ciudadanía

Por: | 20 de mayo de 2013

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España es un país con una escasa tradición democrática, una débil sociedad civil, y una raquítica cultura política. Resulta por ello sorprendente que este Gobierno, a costa de una Ley que se denomina de “Mejora de la Calidad Educativa” (LOMCE), decida suprimir la asignatura “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos”, vigente en la actualidad.

El Gobierno toma esta medida contraviniendo, primero, la práctica habitual en nuestro entorno europeo democrático, plasmada en la Recomendación (2002)12, de 16 de octubre de 2002 del Comité de Ministros del Consejo de Europa que señala “que la educación para la ciudadanía democrática es esencial para promover una sociedad libre, tolerante y justa y que contribuye a defender los valores y principios de la libertad, el pluralismo, los derechos humanos y el imperio de la ley, que son los fundamentos de la democracia”.

Lo hace, también, desoyendo la opinión del Consejo de Estado, que en su Dictamen 172/2013 sobre el proyecto de ley en cuestión manifiesta su desacuerdo por la supresión de esa asignatura del currículum escolar, tanto en Educación Primaria como en Secundario Obligatoria, argumentando que tal eliminación no sólo contravendría numerosas recomendaciones en ese sentido del Parlamento Europeo sino que situaría a los alumnos españoles en la extraña situación de ser los únicos de la Unión Europea que no cursarían una asignatura con valores cívicos.

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Deseducando a la ciudadanía

Por: | 20 de mayo de 2013

[Debido a un error de registro, esta entrada está duplicada]. La entrada correcta es

http://blogs.elpais.com/cafe-steiner/2013/05/deseducando-a-la-ciudadania.html

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¿Existe la germanofobia?

Por: | 16 de mayo de 2013

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Dirán que Café Steiner esta “Germanobsesionado” (véase últimas entradas sobre Alemania) pero, sin duda, con la posición tan central que tiene Berlín en esta crisis, tanto para bien como para mal, es difícil evitar centrar el foco de atención en Alemania.

Es por esa razón que desearía llamar la atención de los lectores de Café Steiner sobre el término “Germanofobia”, que está comenzando a extenderse (véase por ejemplo la reciente entrevista en Der Spiegel con el historiador británico Brendan Simms a raíz del artículo de este en The New Statesman sobre “El problema alemán o este programa de la televisión francesa, France2, dedicado monográficamente a la cuestión tras la polémica provocada por la acusación del PSF a Alemania de "intrasigencia egoísta").

En todo conflicto político, ideológico o económico, el lenguaje es importante. Por eso me parece relevante que, desde Alemania, se despachen las críticas hacia la política de Merkel con la acusación de “Germanofobia”. ¿Es esta acusación cierta, o se trata de una argucia que pretende evitar un debate político que produce incomodidad? En mi opinión, se trata más de lo segundo que de lo primero. ¿Por qué?

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El modelo aleman no es exportable

Por: | 13 de mayo de 2013

Dado que estamos en pleno proceso de germanización económica, aplicando reformas que nos asemejan a Alemania, conviene tener un debate sobre los límites y virtudes del llamado “modelo alemán”. Mi colega Sebastian Dullien ha escrito un interesante trabajo (“Las reformas alemanas como modelo para Europa”)* donde se hacen dos precisiones importantes sobre el modelo alemán.

Una, que muchos observadores han idealizado un llamado “modelo alemán” a partir de las reformas del Canciller Schröder sin tener un conocimiento muy profundo de estas reformas. En concreto, dice Dullien, pese a lo que se sostiene comúnmente, las reformas de Schröder no cambiaron el sistema de negociación colectiva, no cambiaron las reglas sobre trabajo temporal y no hicieron el despido más barato ni más fácil (véase gráfico).

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Ello no quita mérito a esas reformas, algunas de las cuales son muy interesantes para España (especialmente las relativas al cobro del subsidio de desempleo, que permiten a los que llevan más de 12 meses en paro compatibilizar la recepción de una prestación con el empleo temporal remunerado, lo que convierte el desempleo en un subsidio al trabajo). El problema es que, como siempre, de los modelos se elige selectivamente lo que se quiere.

Dos, señala Dullien, que la estrategia alemana de salir de la crisis mediante un crecimiento exponencial de las exportaciones no es algo que todos puedan hacer ya que Alemania tiene una industria exportadora particularmente complementaria con las necesidades de los países emergentes, cosa que no todos los socios de la eurozona pueden replicar fácilmente.

Más significativo aún, las increíbles ganancias de productividad alemana no se sustentan en una mejora de la competitividad sino en la pura y dura represión salarial que hizo que los salarios más bajos cayeran en términos reales entre 2000 y 2006. El resultado: un 20% de los trabajadores alemanes  (7 millones de personas) trabaja por menos de 9€ la hora. Si a ese modelo de salario bajos, y en parte subvencionados le sumas una muy baja inversión pública tanto en infraestructuras, incluidas las educativas (otra característica de Alemania que escasamente se hace notar), el modelo ya no lo es tanto (véase el gráfico comparando los aumentos de productividad en España y Alemania, de hecho muy similares).

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El retorno de la historia a Europa

Por: | 08 de mayo de 2013

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Escribe mi colega Hans Kundnani (autor de "Utopia y Auschwitz: la generación del 68 y el Holocausto" y de un fascinante y muy recomendable blog sobre Alemania) que una de las sorpresas que nos está trayendo esta crisis es el “retorno de la historia” a Europa (véase el artículo completo en el último número de la revista Política Exterior).  ¿Recuerdan la polémica provocada en 1992 por las tesis de Francis Fukuyama sobre “el fin de la historia”? (véase texto original en inglés de su artículo en la revista National Interest, en inglés o una versión traducida al castellano).

La tesis de Fukuyama era que la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría suponían que no había alternativa al modelo de democracia liberal asentada en una democracia de mercado y, por tanto, que la competencia entre modelos políticos-económicos había finalizado. La tesis fue rebatida por Samuel Huntington en 1993 con el argumento de que el conflicto ideológico entre comunismo y democracia se sustituiría por el conflicto cultural, es decir, por el “choque de civilizaciones” (véase artículo original en inglés en la revista Foreign Affairs así como una traducción al castellano).

Las tesis de Huntington han quedado desacreditadas por el paso del tiempo pero no así las críticas a Fukuyama. En un interesantísimo artículo de 2007 en la revista Policy Review (End of Dreams, Return of History), al que seguiría posteriormente un libro del mismo título (publicado en castellano por Taurus) Robert Kagan señalaría que el contexto posterior al 11-S y la emergencia de las rivalidades geopolíticas entre EEUU, Rusia y China en absoluto nos permitían hablar del “fin de la historia” sino precisamente de lo contrario: de su retorno.

Hasta la fecha, la Unión Europa, Europa, había sido ajena a este debate sobre el fin de la historia o su retorno. Fuera o no cierto el fin de la historia a escala global, lo que sí parecía fuera de toda duda era que dentro de Europa la historia sí que había terminado. El orden europeo, fundado sobre las Comunidades Europeas, luego Unión Europea, constituía el mejor ejemplo de la “domesticación” de los viejos Estados-nación. Europa era, en la expresión de Robert Cooper, el consejero diplomático de Javier Solana en la Secretaría General del Consejo de la Unión Europea y autor de "The Postmodern State and the World Orden", una entidad posmoderna, basada no en los principios de soberanía vigentes desde Westfalia, sino precisamente en su superación y sustitución.

Por tanto, mientras que ahí fuera seguía habiendo estado modernos (hobbesianos) que seguían chocando entre sí como bolas de billar en un tapete (en la metáfora típica de las visiones realistas de las relaciones internacionales), Europa había logrado el milagro de “eliminar las relaciones internacionales”, es decir dejar atrás el lenguaje del poder y la geopolítica, superar la diplomacia como forma típica de relación entre estados  y sustituir todo ello por la economía, el derecho y la gobernanza democrática.

No tan rápido, dice Hans Kundnani: “el liderazgo franco-alemán de la UE se basaba en el ‘equilibrio de los desequilibrios’ entre una Francia percibida como líder político y una Alemania Occidental más fuerte a nivel económico. Sin embargo, a lo largo de esta última década, a medida que Alemania luchaba por sus intereses nacionales dentro de la UE de manera más rotunda y Francia perdía competitividad respecto a Alemania, el equilibrio entre los dos países se perdía”.

La paradoja es más que evidente. La construcción europea, que nació como un vehículo para controlar el poder de Alemania, y la unión monetaria, cuya lógica era atar a la Alemania unificada, ha acabado asistiendo al resurgir de Alemania como el país con más poder relativo dentro de ella. La percepción, por parte de muchos países, de que Alemania, como condición para salvar al euro, impone la exportación de su modelo económico a todos los demás, ha vuelto a traer a Europa la preocupación por la hegemonía. El resurgir de los resentimientos significa que la historia, dice Kundnani, ha vuelto a Europa. ¿Para quedarse?

 

Una Europa alemana

Por: | 06 de mayo de 2013

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EL PAIS publicó ayer domingo una entrevista con Ulrich Beck, el sociólogo alemán a quien seguramente asociarán con el concepto de “sociedad del riesgo” (véase su libro homónimo de 1986). Beck ha defendido en su trabajo la idea de un cosmopolitismo global entiende la construcción europea con un experimento a escala continental de esa idea de sociedad global que debería suceder a los viejos Estados (véase “La Europa cosmopolita”, de 2006, junto con Edgar Grande).

Como no podía ser de otra manera, la crisis del euro ha capturado la atención de Ulrich Beck, que contempla con sumo pesar hasta qué punto el experimento europeo, único en su ambición, escala histórica y significado, se encuentra en peligro. En el contexto de las actuales discusiones sobre el papel de Alemania (véase la columna que publiqué en la edición impresa el pasado viernes con el título de “Mala Sangre”), resulta de enorme interés la lectura del libro de Beck “Una Europa alemana”, publicado por Paidós en noviembre pasado.

El libro de Beck es, ante todo, un libro valiente, pues su autor expone sus tesis, muy críticas con la política llevado a cabo por Alemania durante la crisis del euro, a sabiendas de que será criticado tanto por unos como por otros. Pero en ese consiste la honestidad intelectual, en pensar y criticar independientemente de argumentos basados en la identidad nacional la utilidad política.  ¿Cuáles son los elementos centrales de la reflexión que nos plantea Beck?

En primer lugar, la preocupación por cómo la crisis erosiona las democracias europeas: tanto en los países deudores como en los acreedores, los ciudadanos sienten que se toman decisiones sin su consentimiento y que la democracia se vacía de contenido (un argumento parecido al que expuse con Mark Leonard en “Choque de democracias”). Estamos ante un conflicto entre dos lógicas, dice Beck, la lógica del riesgo y la lógica de la democracia pues el riesgo, en realidad el miedo, nos obliga a tomar medidas que socavan la democracia. Lo que ocurre cuando los problemas cotidianos se convierten en problemas europeos mientras que las respuestas siguen siendo nacionales es “la quiebra del orden social y político”. En Europa ha aparecido una “nueva clase baja”: la que forman países como España, Italia y los demás países intervenidos que “tienen que aceptar recortes en su soberanía y vulneraciones en su dignidad”.

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27 estrategias de seguridad resultan poco estratégicas

Por: | 01 de mayo de 2013

EstrategiaHay lecturas que serían un delicia si no fuera por la cortedad de miras y estulticia que revelan. Es el caso del trabajo “Europe’s Strategic Cacophony” (“La cacofonía estratégica de Europa”) de mis colegas en el European Council on Foreign Relations, Olivier de France y Nick Witney. No es una novela, pero se lee como un drama.

Y eso que la materia es ardua y más bien tirando a espesa. Porque, quién sería tan masoquista como para leerse las 27 estrategias de seguridad nacional de los 27 Estados miembros de la UE.

Sí, esos mismos Estados que en el Tratado de Lisboa (2009) nos dijeron que estaban “RESUELTOS a desarrollar una política exterior y de seguridad común que incluya la definición progresiva de una política de defensa común que podría conducir a una defensa común [..] reforzando así la identidad y la independencia europeas con el fin de fomentar la paz, la seguridad y el progreso en Europa y en el mundo, tener una política exterior y de seguridad común”.  

Pues resulta que esos mismos 27 Estados miembros, pese a ser conscientes de que el peso relativo de Europa en el mundo está en declive, lo que exigiría una mayor coordinación; pese a ser consientes que gastan demasiado poco en defensa y que, además, gastan mal, lo que también exigiría una mayor coordinación; y pese a estar atravesando una severísima crisis económica que pide a gritos una racionalización del gasto en defensa, no han dedicado el más mínimo tiempo en los últimos años a sentarse a pensar de qué manera pueden armonizarse y complementarse sus estrategias de seguridad nacional.

 

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El embajador alemán está cansado

Por: | 29 de abril de 2013

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Se agradece que el Embajador alemán, Reinhard Silbergerg, baje a la arena política y se dirija directamente a los españoles para explicarnos la política de su gobierno (véase su tribuna en EL PAIS del pasado viernes, “Desde la profunda amistad”). 

Ahora bien, si lo que el Embajador pretendía en su tribuna era hacer un ejercicio de pedagogía y relaciones públicas a favor de Alemania y la política del gobierno de Angela Merkel, el tiro desde luego le ha salido por la culata. La diplomacia pública no es que sea una ciencia exacta, pero desde luego, el tono regañón de la misiva del Embajador es bastante poco afortunado precisamente en el día en el que España se despierta con el mayor dato de paro de su historia.

Preocupa que en el planteamiento del Embajador se mezclen dos supuestos bastante preocupantes: uno, que los españoles somos algo limitados y no entendemos bien la política de Alemania a pesar de su cristalina claridad; dos, que la entendemos perfectamente pero que actuamos de mala fe criticando a Alemania (esto insinúa en su primer párrafo cuando dice que el diálogo entre Alemania y España no siempre se mantiene de modo “honesto” y “limpio”).

Al contrario, machaconamente, cada párrafo comienza con un “Me cansa tener que leer u oír una y otra vez…”. Así hasta nada menos que ocho veces. ¿Y de qué está tan cansado el Embajador”? De que se difame a los alemanes comparándolos con los nazis y que se les acuse de egoístas, insolidarios, hegemónicos, obsesos con la austeridad, insensibles, aprovechados y anti-europeos. Lo más grave, el lamento de aquiescencia con la difamación: “¿Dónde estaban los españoles cuando se trataba de defender a la Canciller Merkel de las calumnias que la asemejan con los nazis”?, se queja el Embajador.  

 

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Los cuatro jinetes de la corrupción

Por: | 24 de abril de 2013


4jinetesEl lunes pasado tuvo lugar en Madrid un interesante debate sobre el problema de la corrupción. Lo promovió el Círculo Cívico de Opinión (del que soy miembro) con motivo de la elaboración del documento “Corrupción Política” (puede leer el documento íntegro pinchando aquí) y contó con la presencia de Victoria Camps, Catedrática de Filosofía Moral y Política, Santiago Muñoz Machado, Catedrático de Derecho Administrativo, José María Serrano Sanz, Catedrático de Economía Aplicada y Fernando Vallespín, Catedrático de Ciencia Política, moderados por Iñaki Gabilondo.

Lo más interesante fue la confluencia en el debate de cuatro perspectivas complementarias sobre la corrupción: la ética, la jurídica, la económica y la política. Cualquier de ellas explica por sí sola la corrupción y su persistencia pero es la conjunción de las cuatro la que explica tanto su extensión como la dificultad de erradicarla completamente.

La primera es la dimensión ética: más allá de la forma política (dictadura o democracia), la corrupción se origina en la inmoralidad individual. El sistema puede incentivarla o penalizarla pero, no está nada de más el recordatorio, la corrupción existe primero y ante todo porque hay individuos corruptos. “El derecho” recordó Victoria Camps, “no está para hacer buenas a las personas”, es decir, pueden mejorarse mucho las leyes y los mecanismos legales para que se cumplan, pero siempre habrá zonas grises donde el individuo tendrá que decidir si cumplir o no cumplir. Esa dimensión ética también alcanza a la sociedad: si la corrupción existe es también porque en ocasiones existe “complicidad social” con la corrupción: se reelige a políticos corruptos porque son “de los nuestros” o porque los de los demás son más corruptos. Todo ello refleja una sociedad con un ethos débil, es decir con valores débiles y no compartidos por todos.

 

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Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior) ha sido publicado en julio de 2011.

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