40 Aniversario
José Ignacio Torreblanca

Podemos y el PSOE: ¿boxeo o ajedrez?

Por: | 20 de junio de 2016

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La política, ha observado con acierto Pablo Iglesias, es tanto boxeo como ajedrez. O más bien, convendría aclarar, el arte de saber cuándo hay que boxear y cuándo jugar al ajedrez. Podemos, por ejemplo, es un proyecto que ha usado los guantes para subirse al tablero político. Su estrategia de acceso ha sido buscar el contacto directo con el adversario, incluso declarar como adversarios a todos los adversarios posibles (incluso a Izquierda Unida, a la que ha derrotado). El cuerpo a cuerpo ha funcionado, primero, en los platós; luego, en las redes; finalmente, en las urnas. Podemos no solo ha llegado, sino que se ha quedado. Mejor aún: se ha convertido en el rival imprescindible al que todos tienen que enfrentarse, incluso, como en el caso del PSOE, aunque duden si deben hacerlo y cómo hacerlo.

Lo más irónico de todo, y que demuestra otra vez hasta qué punto Podemos maneja con suma eficacia los tiempos y las estrategias electorales, es que, como se demostró en el debate del lunes, una vez garantizado su lugar en el ring, Podemos ha decidido jugar al ajedrez con el PSOE. De ahí la extraña sensación que provocó ver cómo Pedro Sánchez, tras decidir calzarse los guantes y lanzarse al cuerpo a cuerpo con Iglesias, recibiera una invitación no solo para jugar al ajedrez, sino para hacerlo del mismo lado del tablero que Podemos. Debe de ser muy desconcertante que cuando por fin te armas de valor para ir a por tu adversario, este te tienda la mano. Máxime si sabes que esa oferta de reconciliación supone, como en el caso de Izquierda Unida, la admisión de una derrota en toda regla y un proceso de absorción.

El PSOE sabe que la oferta de jugar al ajedrez viene de alguien que considera que el ajedrez es la continuación del boxeo por otros medios. Dicho de otra forma, Podemos sigue boxeando, pero en su terreno y según sus intereses. Lo que deja al PSOE en una situación imposible: no puede jugar al ajedrez, y menos en el equipo de Podemos, y tampoco puede pasarse toda la campaña dando manotazos a un rival que corre por el ring negándose a plantear pelea.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 16 de junio de 2016

La guerra de Hillary

Por: | 10 de junio de 2016

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En esa bandeja de entrada del correo electrónico que tantos disgustos ha dado últimamente a Hillary Clinton ha aparecido una buena noticia: su nominación como candidata demócrata. No solo es una excelente noticia que, ¡por fin!, una mujer compita por la magistratura más importante del mundo sino que, además, lo haga precisamente contra alguien como Donald Trump, que tan bien representa toda la casposa misoginia que increíblemente todavía nos rodea. Por todas y cada una de las críticas que se puedan hacer a la política estadounidense, y a la propia Hillary Clinton como arquetipo del establishment (eso sí, demócrata), no deja de ser relevante que ese sistema político haya roto dos inmensos techos, ofreciendo a sus electores primero un candidato negro y ahora una mujer, en dos elecciones consecutivas.

Hillary Clinton enfrenta un reto hercúleo: llevar a las urnas a la izquierda de su partido, muy movilizada en torno a Bernie Sanders, un contendiente muy serio que, elegantemente, tendría ahora que tirar la toalla y sumarse a la candidatura de Clinton, y, a la vez, moverse hacia el centro para así atraer los votos de aquellos republicanos moderados desencantados con el racismo populista y aislacionista de Donald Trump. Para ello tendrá que encontrar el tono adecuado en los dos temas que se han mostrado transversales hasta ahora en la campaña y que recogen preocupaciones legítimas de una gran mayoría de votantes: la desigualdad y la globalización.

Pero no nos engañemos. La campaña presidencial va a registrar un nivel de polarización brutal: con todo el conservadurismo, blanco, religioso y del interior movilizado y agitado por el dinero y los medios afines frente a los demócratas, representantes hoy más que nunca de un Estados Unidos abierto, plural, multiétnico y liberal en valores. Cuando en una sociedad todas las fracturas que estructuran la competición política (ideología, religión, identidad étnica, valores, etcétera) se solapan y caen del mismo lado, dividiendo a toda la población en dos mitades tan perfectas como incomunicadas, entonces el riesgo de tensión, bloqueo e incluso ruptura es muy grande. La Guerra Fría acabó, sí, pero da la impresión de que las guerras culturales no han hecho más que empezar.

Publicado en el diario ELPAIS el 9 de junio de 2016

 

El Dunkerque de Cameron

Por: | 10 de junio de 2016

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A finales de mayo de 1940 el Reino Unido, desbordado por el empuje del ejército alemán, tomó la decisión de evacuar la fuerza expedicionaria que había enviado al continente para colaborar en la protección de Francia. Entre el 26 de mayo y el 4 de junio más de medio millón de soldados británicos, franceses y alemanes cruzaron el canal de la Mancha partiendo de la playa de Dunkerque y los puertos de Cherburgo, Saint-Malo y Brest. La evacuación fue un éxito militar, sí, pero no hay que olvidar que fue solo un paréntesis en un gigantesco fracaso enmarcado, por un lado, por los errores que llevaron a la guerra, entre ellos una suicida política de apaciguamiento hacia Hitler y, por otro, por los cinco años de guerra, millones de muertos y la descomposición del imperio británico que quedaban por delante. Aunque, por fortuna, vivimos en una Europa distinta, no debemos olvidar sobre qué cenizas está construida: las del nacionalismo y el populismo.

Aunque el resultado está todavía muy abierto, es muy probable que el próximo día 23 el primer ministro británico, David Cameron, logre extraerse con éxito a sí mismo y a los británicos del particular Dunkerque que se ha fabricado con su propia política de apaciguamiento ante los euroescépticos de su partido y los populistas-soberanistas del UKIP de Nigel Farage. Aunque todavía le queden largos años de lucha, es casi seguro que evacuará con éxito de la playa del referéndum sobre la permanencia a la mayor parte de su Gobierno (no sin algunas bajas destacadas) junto con los británicos más cosmopolitas y abiertos al mundo. Sus socios europeos, conscientes del colosal desastre que supondría una salida del Reino Unido de la Unión Europea, tanto para los británicos como para el proyecto europeo, han decidido colaborar en la evacuación con algunas concesiones que el primer ministro británico pueda blandir al regresar a casa. Muchos sostienen, dentro y fuera del Reino Unido, que en algún momento habrá que ajustar cuentas con este irresponsable prestidigitador llamado David Cameron. Pero otros recomiendan seguir aquellas sabias palabras de Churchill: en la guerra, determinación; en la derrota, resistencia; en la victoria, magnanimidad; en la paz, conciliación. @jitorreblanca

Publicado en el diario ELPAIS el 4 de junio de 2016

 

Trumperías: tonterías contadas por Trump

Por: | 02 de junio de 2016

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Dibujar un país en declive que necesita un caudillo. Contra toda evidencia empírica. Esa es la mayor genialidad de Donald Trump. Crear una gigantesca mentira, azuzarla de forma histérica y galoparla desenfrenadamente ante el electorado más ignorante. Una operación de propaganda que pasará a la historia del marketing político.

Vamos a hacer América grande otra vez, dice Donald Trump. Como si EE UU estuviera en declive. Un país que con solo el 4,3% de la población mundial representa el 22% del PIB mundial. Que ha salido de la crisis financiera antes que nadie y tiene una tasa de paro inferior al 5%. Que lidera todos los sectores imaginables de la actividad económica: desde la investigación médica a la nanotecnología, pasando por la innovación militar y espacial. EE UU lidera además dos revoluciones clave: la energética, donde ha logrado la autosuficiencia, y la digital, donde va por delante de todos. Las 10 empresas más grandes del mundo son estadounidenses y su moneda es la reserva que usan todos los países del mundo. Sus universidades no tienen rival. Su idioma se ha impuesto como lengua franca y domina hasta la industria del entretenimiento.

Vamos a hacer que respeten a América, dice Trump. Un país que a pesar de sus colosales errores en política exterior, léase Irak, cuenta con acuerdos de seguridad, aliados y bases militares por todo el planeta, desde Japón a Australia pasando por Alemania o España. EE UU representa el 50% del gasto militar mundial, más que todos sus rivales juntos. Con 10 portaaviones (China tiene solo uno y en pruebas) patrulla todos los océanos y garantiza los flujos comerciales que alimentan la globalización. Sufrió un atentado colosal en 2001, pero su capacidad de protegerse de subsiguientes ataques es y sigue siendo incomparable.

Vamos a construir un muro con México, dice Trump. Pero EE UU es el país del mundo que mejor y más rápido integra a los inmigrantes y que cuenta con el mercado de trabajo más dinámico y abierto del mundo. Un país con un presidente afroamericano y una identidad tan dúctil que cualquiera puede hacerse americano en cualquier momento. La envidia de cualquiera. Trumperías, tonterías contadas por Trump. Para el diccionario del populismo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 1 de junio de 2016

Pedir perdón

Por: | 30 de mayo de 2016

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Los perdedores no solo pierden sino que tienen que disculparse. Y lo tienen que hacer con sinceridad y estilo. Ahí tienen al canciller Willy Brandt un frío 7 de diciembre de 1970 hincando las dos rodillas ante el monumento conmemorativo del levantamiento del gueto de Varsovia. El gesto no estaba preparado: el plan era que Brandt, que combatió a los nazis, primero dentro de Alemania y luego desde el exilio, depositara una corona de flores. Pero la fotografía dio la vuelta al mundo, convirtiendo la “genuflexión de Varsovia” (Kniefall von Warschau)en categoría para describir este tipo de gestos.

Si el gesto de Brandt funcionó no fue solo por la sinceridad, sino porque reflejaba un cambio profundo en la política alemana: en esa visita, Brandt firmaba el tratado que reconocía la frontera de ambos países en la línea Oder-Neisse, poniendo fin a siglos de irredentismo y revanchismo. Hacia el oeste, otra fotografía, esta vez de François Mitterrand y Helmut Kohl de la mano el 22 de septiembre de 1984 en el aniversario de la batalla de Verdún, donde murieron casi 700.000 franceses y alemanes, cerró la reconciliación entre Francia y Alemania. Pero aquí también, si el gesto funcionó fue porque Alemania había emprendido una política de integración económica y política (la Comunidad Europea) y militar (la Alianza Atlántica) con sus antiguos enemigos.

En Asia las cosas han sido diferentes. EE UU y Japón se han reconciliado, qué duda cabe, hasta convertirse en socios y aliados. Pero ni el emperador Hirohito se disculpó públicamente con EE UU de un modo comparable al de Brandt (dicen los historiadores que MacArthur despreció un intento de hacerlo) ni EE UU ha pedido perdón por el lanzamiento de dos bombas atómicas. También se discute mucho sobre si las disculpas de Japón hacia China y Corea han sido sinceras o suficientes y quién es el responsable de que no funcionen: un soterrado nacionalismo japonés que emerge de tanto en cuando, o el nacionalismo de chinos y surcoreanos, interesados en mantener la hostilidad hacia Japón como elemento conformador de la identidad nacional. En Europa se ha pedido perdón y se ha perdonado. En Asia no se perdona. Perdonar es cosa de dos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 28 de mayo de 2016

Silencio venezolano

Por: | 26 de mayo de 2016

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Había una vez una bella idea cuya puesta en práctica degeneraba en una pesadilla cada vez que se intentaba. Unos lo achacaban a la inmadurez de las sociedades, otros a un enemigo exterior saboteador, también había quienes mencionaban las debilidades de los líderes. Pero tanto final fatal no podía ser casualidad. Ya en 1950, Herbert Wehner, comunista alemán y fundador de la Brigada Thälmann que combatiera en la Guerra Civil española, llegó a la conclusión de que el “comunismo significa la destrucción de los derechos humanos”. No debe extrañar que observando cómo la Alemania oriental se había convertido en una gigantesca prisión al aire libre, los socialdemócratas alemanes fueran los primeros en entender que el problema no estaba en la ejecución del modelo, sino en la filosofía que lo inspiraba, incompatible con la libertad. Solo tenían que mirar por encima del Muro. Por eso renunciaron en 1959 al marxismo, convencidos de que se trataba de una ideología letal para la libertad.

Algo parecido pasa ahora con el “socialismo del siglo XXI”, como los seguidores de la revolución bolivariana han gustado de describir el proceso vivido en Venezuela. En el país con las primeras reservas petrolíferas del mundo escasean hoy la electricidad y el papel higiénico tanto como los derechos humanos, la democracia y las libertades. Todos ellos, junto ante la igualdad ante la ley, son bienes igualmente escasos para los que la ciudadanía tiene que hacer cola desde primera hora de la mañana. Una vez más, la utopía socialista del paraíso en la tierra, la sociedad sin clases y la fraternidad sin límite ha acabado convertida en un gigantesco fracaso que se desliza hacia el caos y la confrontación civil. Pero la responsabilidad, una vez más, no es del modelo sino, como es habitual, de sus enemigos exteriores e interiores, a los que hay que reprimir. Sorprende que entre todos aquellos que tanto se implicaron allí y que hoy compiten por representar a la ciudadanía aquí no se deslice ni una sola reflexión, ni una sombra de duda, atisbo de aprendizaje o deseo de debatir honestamente sobre aquello. Si ese silencio y ausencia de debate es muestra de la conciencia de un fracaso, bienvenido sea. Algo es algo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 25 de mayo de 2016

Erizos

Por: | 23 de mayo de 2016

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Estamos rodeados de erizos. Cada vez hay más. Es una plaga. ¿Quiénes son? ¿Dónde están? Erizos son aquellos que se atrincheran detrás de una verdad absoluta, que tienen una solución simple para un problema complejo, que articulan una respuesta antes siquiera de que se formule la pregunta. A los erizos les gusta usar grandes etiquetas, enormes palabras y, sobre todo, señalar con el dedo. Nunca buscan responsables, sino culpables. Tampoco les interesa entender las causas de las cosas, porque las conocen de antemano: el capitalismo, la globalización, los mercados, Europa, los tecnócratas, el imperialismo, China, los Estados, las élites, el islam. Y así sucesivamente.

Dialogar con un erizo es imposible: si le preguntas, se siente cuestionado; si le pides que argumente, se enrosca; si le enseñas un dato, te lanza una púa. Mientras los demás rumiamos nuestras dudas e incertidumbres, los erizos se pasan todo el día chillando certezas. Saben cómo se gobierna una economía abierta en un mundo globalizado, cómo construir un orden internacional más justo, cómo solucionar la crisis de la democracia representativa, cómo construir la Europa social, cómo debe funcionar un sistema educativo, cómo se financian los servicios públicos, cómo se logra la inclusión social.

Para los erizos no hay dilemas, tensiones ni alternativas dolorosas entre las que elegir: hacemos un muro con México, o con Grecia; prohibimos entrar a los musulmanes, echamos a los que hay dentro o les obligamos a adoptar nuestras costumbres; nos salimos de España, la Unión Europea o las Naciones Unidas, lo que toque, y nos volvemos a la moneda nacional; cortamos el comercio con China, porque explota a sus trabajadores, o con Estados Unidos, porque también lo hace, o con los países en vías de desarrollo, porque no les van a la zaga. ¿No les da envidia? ¿No añoran las certezas del erizo?

Los erizos están en campaña. En Austria, EE UU o Reino Unido les va mucho mejor de lo que nunca soñaron. En España también se presentan a las elecciones. A ambos lados del espectro político. ¿Cómo se distinguen? Por sus gritos. Por sus miedos. Por su respuesta, que siempre es la misma: protegerse. ¿Han oído alguna vez a un erizo chillar: ¡pensad!?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 21 de mayo de 2016

Gobiernos en la sombra

Por: | 19 de mayo de 2016

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Tanto hemos sufrido por la opacidad que rechazamos todo lo que huela a cerrado y fuera de los focos. Consolémonos pensando que es un sano instinto, y no la pura ignorancia, el que explica el rechazo de ciudadanía, medios de comunicación (¡y hasta de los propios integrantes!) al “Gobierno en la sombra” nombrado por Pedro Sánchez. Porque la idea nada tiene que ver con la opacidad, como la propia publicidad dada a su nombramiento demuestra, sino con, una vez más, el intento de importar tarde y mal una institución que nos es ajena. Se trata en esta ocasión de la institución del shadow cabinet británico, que allí tiene una larga tradición, como su parlamentarismo.

Allí, esos gabinetes han servido para cohesionar a la oposición, arropar a su líder y facilitar su trabajo. Tienen sentido en un sistema bipartidista, donde solo un partido puede estar en el Gobierno y solo uno en la oposición, por lo que su utilidad en un sistema como el nuestro, que cada vez se aleja más del bipartidismo, no es muy alta. Y tienen aún más sentido en un sistema de distritos uninominales como el británico, no de listas cerradas y distritos con múltiples candidatos como el nuestro, ya que aquellos dan lugar a diputados con mucho peso político (si ganan muchas veces en su distrito) y mucha independencia (pues no le deben el puesto al secretario general del partido sino a sus votantes). De ahí que un gabinete en la sombra sea una manera de construir una coalición de notables que apoye al líder de la oposición.

Esos gabinetes implican la especialización de un diputado de la oposición en los temas de cada ministerio del Gobierno. Siguen al ministro responsable de un tema de forma pertinaz y contumaz, de ahí que se les describa como su sombra o espejo. Y si se llegan al Gobierno, es muy probable que ocupen su cartera, tanto por su peso político dentro del partido como por su experiencia previa. Nada de eso ocurre en España: el gobierno en la sombra de Pedro Sánchez revela precisamente la debilidad tanto de su grupo parlamentario como de su ejecutiva. No hay atajos para llegar al poder.
 

Golpe bajo

Por: | 17 de mayo de 2016

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La Constitución brasileña incluye en su artículo 86.5 la violación de la ley presupuestaria como un motivo de juicio político al presidente. Estos juicios políticos, distintos de la separación del cargo por motivos penales, pretenden evitar que en los sistemas presidenciales el presidente sea irresponsable políticamente. Eso sí, para evitar usos indebidos, requieren supermayorías de dos tercios en ambas Cámaras y la aprobación del Tribunal Supremo.

A Dilma Rousseff se le cayó la economía justo antes de las elecciones, lo que la llevó a multiplicar exponencialmente el valor de este tipo de créditos (pedaladas les llaman allí). Con una popularidad que ha pasado del 65 al 13%, una economía cayendo más del 3% dos años consecutivos (algo inédito en 100 años), un déficit público por encima del 10% y un fenomenal escándalo de corrupción en torno a Petrobras, sus socios de Gobierno han recurrido a un elemento cuestionable, pero no inconstitucional, para forzar su destitución.

No existen los golpes de Estado constitucionales, es un concepto imposible. Y menos cuando cuatro instituciones (Tribunal de Cuentas, Supremo, Congreso y Senado) refrendan el juicio político a Rousseff. Pero sí existen golpes políticos muy bajos por parte de socios de Gobierno corruptos y oportunistas que se aprovechan de la debilidad de alguien que, a su vez, no ha sabido atajar la corrupción ni gestionar la crisis para cambiar de bando y salvar el pellejo. Esos golpes bajos retuercen las normas y deterioran la democracia pero si son efectivos es porque se propinan a alguien a quien le han devuelto el presupuesto, ha perdido la mayoría en ambas Cámaras y ha abandonado una mayoría de la opinión pública. 

 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 14 de mayo de 2017

Desmoralizar Europa

Por: | 13 de mayo de 2016

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Celebramos el Día de Europa desmoralizados. Europa está sumida en una doble crisis: una crisis de política exterior que proyecta un arco de conflictos en sus dos vecindades, oriental y sureña, y una crisis interior, con un arco paralelo de tensión que se bifurca para dañar la legitimidad tanto de los sistemas políticos nacionales como del propio sistema político europeo. Por separado, cualquiera de las dos crisis sería de gravedad. Pero juntas, interactúan para someter al proyecto europeo a una presión insoportable.

La primera crisis, exterior, es la consecuencia de no haber entendido lo ocurrido al mundo en la última década. En lugar de usar esa década para construir una política exterior y de seguridad que superara la fragmentación del poder europeo y permitiera hacer frente al inmenso desplazamiento de poder político y económico desde el viejo Occidente hacia fuera, los europeos se enfrascaron primero en mal resolver una crisis institucional y luego en mal gestionar una crisis económica. La segunda crisis, interior, es consecuencia de la incapacidad europea de resolver los fallos de diseño de la eurozona. En lugar de aprovechar la crisis para completar la unión monetaria con los elementos necesarios para asegurar su supervivencia, se adoptó, por parte de Alemania, pero también por otros, una posición moral que insistió en atribuir la crisis a la inferioridad de un Sur derrochador, no competitivo y falto de carácter para reformarse. Al vincular la crisis con la culpa y su solución a la redención, se bloquearon las reformas que hubieran permitido remontar el vuelo. No es de extrañar que sobre ese paciente ya debilitado la crisis de asilo y refugio haya provocado una infección populista, xenófoba y antieuropea.

La construcción europea representa el triunfo de la razón pragmática frente a la razón moral. Los padres fundadores pudieron proyectar un futuro por encima de la culpa de dos guerras mundiales y millones de muertos y negociar acuerdos que lograran encadenar pequeños pero importantes avances. Su éxito fue sustituir la moral de la culpa por una ética política basada en el respeto a las diferencias y la obligación del compromiso. Entonces hubo que desmoralizar para poder avanzar. Ahora hay que desmoralizar para no desmoralizarse.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 11 de mayo de 2016

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

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