José Ignacio Torreblanca

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

¿España destaca en? Enfado.

Por: | 27 de abril de 2012


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Ayer se hizo pública una encuesta llevada a cabo por la BBC en 22 países (11.740 entrevistados) bajo un denominador común: tomar el pulso a cómo la ciudadanía global está enfrentando la crisis. La encuesta, bajo el título "Economic System as Unfair: Global Poll", puede ser consultada en este vínculo (pdf).

La encuesta muestra, bastante previsiblemente, que el sentimiento sobre hasta qué punto las consecuencias de la crisis están recayendo de manera injusta a los ciudadanos ha aumentado en todo el mundo respecto al último muestreo, realizado en 2009.

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Euroescepticismo, eurofobia y eurocriticismo

Por: | 25 de abril de 2012

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Eurocríticos, eurofóbicos, eurorrealistas, europragmáticos, gradualistas, rechazadores, revisionistas, minimalistas, reformistas, maximalistas, euroentusiastas, eurooptimistas, europesimistas, “duros”, “blandos”. 

Café Steiner tiene el gusto de presentar el libro Euroescepticismo, eurofobia y eurocriticismo: los partidos radicales de la derecha y la izquierda ante la Unión Europea del Profesor Césareo Rodríguez-Aguilera, que he tenido el placer de prologar y que acaba de publicarse.  Imposible encontrar un tema tan oportuno sobre el que reflexionar precisamente en la semana en la que nos quedamos deslumbrados por la fuerza electoral de la eurofobia del Frente Nacional en las elecciones presidenciales francesas. Retomo para los lectores del blog parte las ideas que he volcado en el prólogo del libro, que son las que me llaman la atención.

Tanto el término como el fenómeno del euroescepticismo son, pese a su vigencia y visibilidad actual, realidades complejas, rugosas, difíciles de capturar y explicar. El magma euroescéptico necesita herramientas conceptuales y empíricas para ser entendido correctamente.  Lo que este libro nos permite hacer es separar el euroescepticismo de derechas, más frontalmente antieuropeo y centrado fundamentalmente en la inmigración (es decir, la identidad),  y el de izquierdas, que mantiene una predisposición integradora pero que se muestra frontalmente crítico con el diseño económico y orientación (de corte neoliberal) del proyecto europeo. Ambos comparten, con matices diferentes, la preocupación soberanista y democrática, pero al encerrar entendimientos sustancialmente distintos del sentido y fin último tanto de la soberanía como de la democracia, esa unidad retórica en torno a los conceptos de soberanía y déficit democrático no es lo suficientemente sólida como para forzar una toma de posición común.

Más allá de las diferencias y similitudes entre unos y otros, esta distinción entre “eurófobos” en la derecha radical y “euroescépticos positivos” en la izquierda radical es sumamente útil no sólo en sí misma sino porque permite entender cómo se configura la fractura europeísta cuando añadimos las dos categorías restantes:  por una lado, los partidos “eurófilos”, representados por los partidos de centro-derecha y centro-izquierda que sostienen la integración europea hoy en día y que están generalmente conformes tanto con el concepto mismo de integración como con sus principales resultados; y, por otro, los “euroescépticos negativos” o partidos conservadores y agrarios, que rechazan el principio mismo de la integración aunque conviven con sus resultados de forma pragmática.

Así pues, lo que en principio fue una sombra en la periferia del sistema, el euroescepticismo británico de principios de los años noventa puesto en circulación y alentado por Margaret Thatcher en el Reino Unido, ha terminado por extenderse hacia el continente. El llamado “consenso permisivo” por el cual se gobernó la construcción europea durante sus primeros cincuenta años de historia ha sido barrido de la escena, enfrentando a la Unión Europea a una espiral sumamente peligrosa.

La UE cada vez tiene más difícil legitimarse por la vía de la eficacia, ya que han aparecido “perdedores” o “damnificados” que cuestionan la narrativa oficial que presenta a la UE como un proceso donde todos ganan todo el tiempo.

Tampoco puede legitimarse completamente por los procedimientos ya que, en última instancia, la democracia sigue residiendo en el ámbito nacional y ni los ciudadanos ni los políticos han querido o sabido democratizar la UE (de ahí los pobres resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y la paradójica aparición de partidos euroescépticos en el seno del propio Parlamento Europeo).

Ni tampoco puede, por último, legitimarse por la vía de la identidad, ya que, precisamente, la integración europea no sólo no ha creado el sostén identitario que necesitaría para sobrevivir sino que es percibida por algunos como una amenaza, no como una garantía de esas identidades. Por tanto, el euroescepticismo está para quedarse, así que deberemos convivir con él, lo que hace imprescindible su mejor conocimiento. De ahí la recomendación de este libro, una especie de "Todo lo que siempre quiso saber sobre los partidos euroescépticos pero nunca se atrevió a preguntar".

 

 

Atención a Merkolandia

Por: | 23 de abril de 2012

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Rezo porque España sea intervenida. No tengo nada contra España y soy perfectamente consciente de las consecuencias que tendría. Pero esta sería la única manera de que los neoliberales entendieran cómo la crisis está afectando a toda la economía. Quizá un gran ataque especulativo contra España serviría para que se entendiera que esta receta de rescates y medidas de austeridad impuesta a Portugal, Grecia e Irlanda no está funcionando.” Quien así se expresaba en una entrevista la pasada semana era la eurodiputada portuguesa Ana Maria Gomes, un comentario reproducido en el blog “Debating Europe”, bajo una entrada llamativamente llamada “¿Deberíamos rezar para que España fuera intervenida? (Should we pray for a Spanish bail-out?)

Si los sondeos a pide de urna de IFOP de la noche del domingo son ciertos, la eurodiputada portuguesa se podrá plantear dejar de rezar y fiarlo todo al mal mayor. Esos sondeos dicen que el 31% de los electores de Le Pen votará por Hollande, lo que sumado al  83% de los electores de Melenchón y el 32% de Bayrou darían la victoria a Hollande. Otros sondeos dan ya a Hollande el 54% y a Sarkozy el 46%.

Si esto es así, la toma de posesión de Hollande prácticamente coincidirá con la ratificación en el Bundestag (prevista para finales de mayo) de los dos pilares sobre los que sostiene la política europea de Alemania en estos momentos: el Tratado Fiscal y el ESM (o MEDE, Mecanismo Europeo de Estabilidad).

Teniendo en cuenta que Hollande ha dicho que quiere renegociar el Tratado y retrasar el cumplimiento de los déficits, la crisis entre Francia y Alemania se abrirá inmediatamente y con toda virulencia. Tengamos en cuenta, además, que habrá legislativas en junio, lo que mantendrá la tensión en Francia y bien podría desembocar en una mayoría socialista en la Asamblea Nacional Francesa.

¿Cómo entender qué puede ocurrir en Merkolandia? Mi colega Ulrike Guérot, directora de la oficina en Berlin del European Council on Foreign Relations y experta en relaciones franco-alemanas plantea una perspectiva interesante en una entrada en su blog titulada "Debería Merkel tener miedo de Hollande?". Aunque muchos piensen que Hollande puede dinamitar las relaciones franco-alemanas y avanzar hacia una política de ruptura, dice Guérot, la realidad es la contraria: es la excesiva simbiosis actual entre Merkel y Sarkozy lo que constituye un problema ya que aliena a los demás estados y deslegitima el eje franco-alemán. En realidad, dice, Francia y Alemania deben contrapesarse: la historia demuestra que su tensión es buena para ellos y para Europa. Se trata dos países completamente diferentes, con visiones radicalmente distintas del mundo y de la construcción europea: por eso, sus acuerdos, si representan un compromiso entre las dos partes, cosa que ahora no está ocurriendo, son buenos para todos. Además, en los temas institucionales, tanto Merkel como Hollande están a favor de reforzar democracia en la UE. Así que ese pacto entre austeridad y crecimiento que tanto estamos esperando podría venir de la mano de Hollande, y encima venir acompañado de una profundización en la integración.

Dicho en otras palabras, Alemania y Francia no necesitan química, sino algo más de física. 

La quiebra del euro: primera amenaza para los españoles

Por: | 20 de abril de 2012

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Ahí lo tienen, según la última oleada del Barómetro de opinión pública del Real Instituto Elcano, la crisis financiera internacional, junto con la posible quiebra del euro, constituyen las principales amenazas que perciben los españoles. En concreto, un 30.8% de los españoles, frente a un 57.3%, piensan que España tendrá que ser rescatada. Así pues, 1 de cada 3 españoles ha tirado ya la toalla y se ha apuntado a la resignación.

El barómetro es todo un síntoma de cómo en nuestras sociedades, las percepciones de la seguridad son de carácter económico más que militar. Así, la crisis constituye una preocupación superior al posible desarrollo por Irán de armas nucleares, a la situación en Afganistán y, también, a otras amenenazas menos convencionales, como el terrorismo islamista, la inmigración ilegal o el cambio climático.

En la tabla no se incluyen las amenazas a los intereses económicos españoles en el extranjero, de suma relevancia a raíz de la nacionalización de Repsol, aunque sí se tratan en otros segmentos de la encuesta. Si añadimos el caso Repsol-YPF estas observaciones tienen una gran importancia desde el punto de vista del debate sobre la seguridad en nuestras sociedades. Combinado con otros datos que se encuentran en la encuesta, y que hablan del pesimismo sobre el futuro (económico), es evidente que los españoles no se sienten seguros: algo a tener en cuenta ya que gracias al excepcional entorno internacional en el que vive España, su seguridad militar está garantizada.

Más bien, lo que resulta curioso es que, aunque la imagen de Alemania como país sea buena, sean las acciones del gobierno alemán las que generan mayor desasosiego: como destaco en mi columna de hoy en la edición impresa,  3 de cada 4 españoles piensan que Alemania no está teniendo en cuenta los intereses de España y un 87% piense que el país que manda en Europa es Alemania (no el país que más manda, nótese, sino simple y directamente, el que manda). El euro y Alemania son el centro no sólo del debate, sino de la percepción de seguridad de los españoles. Algo inaudito dentro de una UE precisamente construida para salvar esas percepciones entre los europeos.

Petroperonismo

Por: | 18 de abril de 2012

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En buena teoría económica, a un gobierno no le debería importar en absoluto la estructura propietaria de las empresas energéticas suministradoras de petróleo y gas sino que existiera un marco de competencia que garantizara a sus industrias y consumidores el más amplio y competitivo acceso a dichas fuentes de energía. Esto debería ser valido tanto para el gobierno argentino como para el español.

El problema es que, como sabemos, el petróleo y el gas son recursos estratégicos de primer orden, lo que explica, primero, que su sujeción a las reglas del libre mercado tienda a ser relativa y, segundo, que muchos soberanos aspiren a controlar o controlen estrechamente dichos recursos. 

Dicho esto, que dichos recursos estén en manos estatales tampoco representa necesariamente un problema. El gobierno noruego lleva años demostrando cómo una única empresa pública (Statoil) puede ser un instrumento eficaz desde el punto de vista tanto de los intereses de consumidores y productores como desde la sociedad en su conjunto.

Mientras, Repsol lleva varios años viviendo bajo la zozobra provocada por una lucha cruzada de intereses particulares (affaire Sacyr-Rivero) y el interés de algunos soberanos en hacerse con su control (Rusia vía Lukoil, México vía Pemex y Argentina en una instancia anterior vía el grupo Petersen). En estas circunstancias, los malabarismos de la petrolera española para sobrevivir en el mundo del petropopulismo (recuérdese el inefable paseo de Antonio Brufau con Hugo Chávez por la Gran Vía, con parada incluida en la Casa del Libro) han demostrado lo peligroso que el juego del petróleo sigue siendo un siglo después de que se acuñara el término. Sin populistas no hay acceso al petróleo, pero con ellos tampoco: como buenos mesías, ellos te lo dan, ellos te lo quitan. 

Para el gobierno argentino, que tiene petróleo pero no petrolera (al menos hasta antes de ayer) la pregunta difícil de responder es, si son ciertas sus alegaciones sobre falta de inversiones, desabastecimiento y encarecimiento, hasta dónde llega su responsabilidad regulatoria por una privatización fallida y falta de supervisión posterior y, en adelante, cómo va a garantizar las inversiones internacionales que necesitarán para explorar el gas no convencional que dispone y mejorar la producción y refino de petróleo. Una pregunta incómoda que es mejor responder a gritos para ocultar la huida hacia delante de una camarilla política con intereses muy definidos. ¿Se beneficiaron de la privatización anterior los argentinos? ¿Se beneficiarán ahora de la expropiación? ¿O serán víctimas del petropopulismo y de la inseguridad jurídica?

Para el gobierno español, que no tiene petróleo, pero sí petrolera (al menos hasta antes de ayer) también hay una pregunta sumamente difícil de responder en la que inquiere cómo calibrar su reacción para no dar muestras de debilidad cuando es evidente que la expropiación muestra su debilidad. España, recordemos, tiene muchos más intereses en Argentina que Argentina en España, lo que la hace sumamente vulnerable a una escalada en la tensión.

Claramente, las medidas “contundentes” que el gobierno han anunciado no pueden tener carácter de represalia económica contra intereses económicos argentinos, pues el conflicto entre Repsol y el gobierno argentino debe resolverse en las instancias internacionales adecuadas y no involucrando al gobierno español (que no es parte formal en este contencioso) contra empresas argentinas que tampoco lo son.Por tanto, esas medidas “contundentes” tienen que ser de carácter diplomático y ajustarse sobre todo a un hecho indudable: que el Gobierno argentino mintió al español cuando dio seguridades de que la expropiación no se produciría.

El problema es, una vez más, que esas medidas tendrán muy poco efecto. Primero porque Latinoamérica no va a tomar partido por España contra Argentina. Segundo, porque la Unión Europea no puede ir mucho más allá de lo que ya ha hecho, que es protestar y suspender una reunión conjunta. Mientras tanto, Argentina puede dedicarse a agitar a sus vecinos contra España y sabotear la Cumbre Iberoamericana de Cádiz o hacer la vida imposible a España en el G-20, donde Argentina es miembro permanente y España miembro permanentemente invitado. Así que las muestras de solidaridad, de haberlas, se desvanecerán pronto. En realidad, ya se han desvanecido pues como el propio Ministro de Exteriores español ha reconocido, la reacción de Hillary Clinton ha sido más bien tibia.

El gobierno español enfrentado a su soledad más estruendosa: sea en los mercados de deuda o en la diplomacia internacional, hay días ahí fuera en los que la vida internacional se parece a la vida que se describía en el estado de naturaleza hobbessiano: “nasty, brutish, and short”.

 

España: décima potencia mundial en fraude fiscal

Por: | 16 de abril de 2012

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España es la décima potencia mundial en fraude fiscal. Según un informe de la organización Tax Justice Network, que llega a Café Steiner vía la revista Foreign Policy un 22.5% de nuestra economía está sumergida, lo que origina una pérdida de ingresos a las arcas públicas que estiman en 107.350 millones de dólares. Si estas estimaciones fueran ciertas*, esto supondría que ahí fuera hay 82 mil millones de euros esperando a Hacienda, suficiente para cubrir todo el ajuste de déficit que nos pide Bruselas sin tener que recortar en nada.

Pero el fenómeno no afecta sólo a España, sino a toda Europa. Un dato sorprendente en época de recortes: los impuestos que se defraudan en Europa servirían para pagar el equivalente del 86% gasto sanitario de todo el continente.

El informe, titulado “El coste del abuso fiscal” (descargar aquí), estudia 145 países que representan el 98.2% del PIB , y estima que, como media, el 18% de la economía mundial está fuera de control fiscal, es decir, uno de cada seis dólares en el mundo escapan al control fiscal. Dados unos impuestos medios del 28.1%, la organización calcula que los Estados dejan de ingresar unos 3 billones de dólares en impuestos, lo que supone el 54% por ciento del gasto global en salud. Ahora que estamos con la discusión sobre el copago sanitario, da que pensar el hecho de que el fraude fiscal podría pagar la mitad de la factura sanitaria. Sólo en Europa, ese 20% de economía sumergida, que representa unos 3 billones de dólares, nos traería a las arcas fiscales 1.5 billones de dólares.

Pero hay más curiosidades: ¿Qué tienen en común Estados Unidos, Bolivia y Rusia? Ser los países con más fraude fiscal del mundo. Los ganadores de este peculiar medallero de los peores pecadores fiscales son:

Estados Unidos. Sí, en el país donde en teoría nadie está por encima de la ley y todos son iguales ante ella se calcula que hay 300.000 millones de dólares que escapan al control de Hacienda. No es un mucho en proporción al PIB (el 8.6%), pero teniendo en cuenta el tamaño de la economía estadounidense, se trata de una cifra considerable; tan considerable que excede al dinero presupuestado para el programa sanitario Medicaid. La laxitud con la que las grandes multinacionales y los individuos más ricos pueden esconder su dinero en paraísos fiscales es la responsable.

Bolivia. Aquí se da la situación inversa: la cantidad de dinero que escapa al fisco (3.000 millones de dólares) es insignificante globalmente, pero representa nada menos que el 66% del PIB boliviano. Evidentemente, a las desigualdades y tensiones sociales que existen en ese país les vendría muy bien contar con una Hacienda Pública capaz de recaudar algo más.

Rusia. Las empresas rusas consideran que pagar Hacienda es de mal gusto. Todas utilizan una maraña de empresas interpuestas llamadas “astronautas” para evadir impuestos. El resultado: casi el 45% del PIB escapa del control de Hacienda. Eso sí, al contario que en Estados Unidos, aquí sí que hay igualdad: el fraude masivo lo practican tanto las empresas privadas como las públicas como Gazprom, a la que se acusa de haber evadido 2.000 millones de dólares. Que los particulares engañen al Estado entra dentro de lo previsible, pero que el Estado se engañe a sí mismo resulta sorprendente.

 Otros destacados defraudadores:

 

  1. Brasil: nada menos que el 39% de su economía escapa al fisco
  2. Italia: 27% del PIB, o unos 237.000 millones de $ de economía sumergida.  
  3. Grecia: 27,5% 
  4. España: 22%
  5. Alemania: 16%
  6. Francia: 15%
  7. Irlanda: 15.8% 


* El informe toma del Banco Mundial los datos sobre el tamaño de la economía sumergida, que obviamente son estimaciones, y sobre la base de ellos hace las extrapolaciones. Véase la nota metodológica del informe.  

 

País busca sueño

Por: | 13 de abril de 2012

 Si hay una palabra manoseada es “narrativa”. “Debemos construir una narrativa”, “necesitamos cambiar la narrativa”, etc. En la mayoría de los casos, no se trata más que un subterfugio utilizado por políticos que se resisten a entender que la gente no les vota porque no les entiende (de ahí la continua apelación a un “debemos comunicar mejor”, “es que no nos explicamos bien”) sino porque les entiende demasiado bien, pero no les gusta lo que dicen.

Claro que todo eso cambia cuando escuchas a Obama defender una reforma fiscal (la llamada regla Buffet, en honor de Warren Buffet). Quien en España ande preocupado por las capacidades de comunicación del Gobierno, molesto por las reticencias de Rajoy a comparecer ante la prensa o sencillamente confuso por la descoordinación comunicativa que reina en todo lo relacionado con la crisis, seguramente entrará en estado de shock al ver y escuchar a Obama el pasado martes en la Universidad de Boca Ratón, Florida (en este vínculo está el texto transcrito).

En mangas de camisa, citando a un presidente republicano como Lincoln, Obama es capaz de hablar del papel del Estado, del mercado, de la igualdad, de la historia de EEUU en un lenguaje sencillo y directo. Todo ello sin papeles. “Este país se basa en una sola creencia”, dice Obama, “que si trabajas duro y eres honesto te irá bien y podrás prosperar”. Atentar contra la igualdad de oportunidades es destruir el fundamento de la riqueza de este país, recuerda Obama. Y la excesiva concentración de riqueza en manos de unos pocos, a costa de la posibilidad de que las clases medias se expandan, amenaza el principio meritocrático en el que se basa EEUU. La igualdad de oportunidades, recuerda Obama, es clave para la movilidad social, sin ella no hay auténtica democracia. Como recuerda Obama a la audiencia en tono irónico, aún llamándote Barack puedes llegar a Presidente. La sanidad, la educación, la investigación, dice Obama, son instrumentos que nos hacen más libres y, a la vez, más iguales, por eso hay que preservarlos y financiarlos vía impuestos.

Apagas CNBC y vuelves a España y escuchas al Ministro de Economía, Luis de Guindos, defendiendo los recortes en sanidad y educación con el único argumento de que si los recortes los hicieran desde Bruselas serían mucho peores y ves al Presidente del Gobierno saliendo por el garaje del Senado y te empiezas a preguntar si todo eso de la narrativa, incluso aunque fuera mentira, no estaría bien.

¿Qué tipo de futuro queremos? La narrativa dominante de la España democrática, además de la democratización, ha sido la modernización del país, política, económica y social, que se ha igualado a “europeización”.  ¿Cuál es la narrativa dominante ahora? ¿La competitividad? ¿La eficiencia? Todo eso son medios, no fines. Como se señalaba esta semana en la presentación del Sexto Informe sobre la Democracia en España de la Fundación Alternativas, los recortes en derechos sociales y laborales, así como en sanidad y educación inevitablemente provocarán un aumento de las desigualdades, ralentizarán la movilidad social y afectarán a la igualdad de oportunidades. Que lo hagan coyuntural  o estructuralmente dependerá de qué narrativa se adopte y qué futuro imaginemos. Así que, además del “en reformas, disculpen las molestias”, deberíamos ir pensando en que lo que queremos poner en pie. ¿País busca sueño? ¿O sueño busca país?

El triunfo del capitalismo autoritario sobre la democracia

Por: | 11 de abril de 2012

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Ivan Krastev es uno de los intelectuales más sugerentes y más interesantes de seguir. Su último artículo “El capitalismo autoritario contra la democracia” (Policy Review 172) contiene algunas reflexiones sumamente incisivas sobre lo que le está ocurriendo a las democracias occidentales. Krastev toma como punto de partida las discusiones sobre el fin de la historia y el declive relativo de Occidente para adentrarse en lo que denomina “el triunfo del capitalismo autoritario”.

Su tesis es sencilla: el fin de la historia que pregonara Fukuyama es muy verosímil, pero no proviene tanto del triunfo de la democracia liberal como del auge del capitalismo autoritario. No es el fin de la historia lo que debe preocuparnos, dice Krastev, sino el fin de Occidente como lo hemos conocido, es decir, como la conjunción del libre mercado con la democracia liberal y el Estado del Bienestar están en crisis.

El fin de la confrontación ideológica entre Occidente y la Unión Soviética ha dado lugar a un capitalismo mucho menos preocupado por la desigualdad dentro de sus fronteras. Aunque gracias a la globalización, las sociedades han prosperado, no todos se han beneficiado por  igual: como resultado, la desigualdad social ha aumentado y la movilidad social se ha reducido.

Krastev describe la emergencia de una elite global que como un hovercraft sobrevuela las sociedades sin tocarlas: es una élite sin fronteras, carente de ideología y desconectada emocionalmente de la ciudadanía. El pacto social entre esa élite global y la ciudadanía se ha quebrado, afirma Krastev, porque esas elites ya no dependen para su supervivencia de los ciudadanos-soldado, de los ciudadanos-trabajadores ni de los ciudadanos-consumidores. Tampoco, como vemos, rinden cuentas a los ciudadanos-votantes.  Las élites del nuevo capitalismo son móviles, y sus activos también, no dependen de una democracia liberal para existir. Es lo que Krastev muy agudamente denomina “la emancipación de las elites”.

Las implicaciones internacionales de esta conjunción de crisis y declive de las democracias liberales tradicionales (EEUU, Europa y Japón) son interesantes. No estaríamos tanto ante la emergencia de un mundo dominado por un conflicto ideológico de alta intensidad entre EEUU y China (lo que sería una buena noticia), sino ante la consolidación de un orden internacional liberal de carácter light, es decir, regido por principios e instituciones liberales (al menos en el orden económico, es decir, comercial y financiero), pero sin instituciones multilaterales de carácter liberal. Dicho de otra manera, estaríamos ante un liberalismo económico global donde los liberales son marginales o irrelevantes. Como demuestran las dificultades, vistas esta misma semana, de EEUU a la hora de establecer una alianza estratégica con Brasil, el hecho de ser una democracia liberal no necesariamente predice la convergencia en política exterior con otras democracias liberales. 

Así pues, aunque nuestras democracias no estén amenazadas desde el exterior, pues ni China ni Rusia ofrecen un modelo alternativo, sí que pueden coexistir pacíficamente con el capitalismo autoritario emergente. De forma más preocupante, lo grave sería que las democracias, en lugar de atraer hacia sí a los capitalismo autoritarios emergentes, sean ellas las que converjan con estos últimos en la medida que el éxito relativo de estos y su fracaso económico les obligue a rebajar sus estándares de vida y degrade la calidad de sus democracias.

Como conclusión, una pregunta provocadora: ¿y si el fin de la historia fuera cierto pero no fueran las democracias las ganadoras, sino el capitalismo autoritario? ¿Es el futuro el liberalismo sin liberales?

Los europeos son de Venus y los americanos de Marte: una década después

Por: | 09 de abril de 2012

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Ha llegado la hora de reconocer que somos distintos, dijo ahora hace diez años Robert Kagan, provocando una considerable polémica. Los americanos, escribió Kagan en su artículo (“Power and Weakness”, Policy Review 113/ 2002), somos de Marte (el Dios de la guerra) mientras que los europeos sois de Venus (la Diosa del amor). Los americanos, proseguía Kagan, vivimos en un mundo hobbesiano, un mundo regido por el uso de la fuerza, mientras que los europeos vivís (o pretendéis vivir) en un mundo kantiano, regido por el derecho y las instituciones. Así, mientras los europeos hacéis todo lo posible por desembarazaros del poder y la fuerza, los americanos utilizamos ambos instrumentos para moldear el mundo a nuestra imagen y semejanza.  Acabada la guerra fría, decía Kagan, los europeos se disponían a vivir en un mundo feliz. El 11-S, sin embargo, demostró que el mundo no había cambiado en el sentido que los europeos deseaban. Pero estos, en lugar de asumir la realidad, se empeñan en negarla.

 El artículo de Kagan dio lugar a un libro homónimo (Poder y debilidad, publicado en Taurus, 2003) y a ríos de tinta y críticas. Hoy, diez años, después, la revista en la que originalmente se publicara el artículo (Policy Review) nos plantea una interesante retrospectiva, encabezada por el mismo autor, Robert Kagan (“A comment on context”, Policy Review 172/ 2012) y seguida por un interesantísimo artículo de Robert Cooper (Hubris and False Hopes), uno de los arquitectos intelectuales de la política exterior europea.

Kagan nos cuenta varias cosas que no sabíamos y que ayudan a entender mejor su artículo. Primero, que el texto fue concebido antes del 11-S y, por supuesto, antes de la guerra de Irak, así que en modo alguno pretendía ser una justificación de esa guerra o de las políticas de Bush. Las diferencias entre Europa y EEUU, argumenta Kagan, son estructurales, y eran ya visibles en época de Clinton. La Administración Bush agravaría esas diferencias, pero en modo alguno las generaría, dice Kagan.

También nos cuenta Kagan que, en realidad, su mayor influencia a la hora de escribir el artículo provino de un europeo, Robert Cooper, el diplomático británico que durante una década asesoró a Javier Solana en la Unión Europea y autor de, también, un polémico texto, “El Estado posmoderno” (2002) donde se abogaba por un “nuevo intervencionismo liberal”. Las democracias europeas, sostenía Cooper tenían que superar sus recelos a intervenir militarmente en el exterior para defender los valores de la democracia liberal. El mundo de ahí fuera, decía Cooper, no sólo había entidades posmodernas como la UE, sino también estados modernos y estados fallidos que se regían por parámetros clásicos como la fuerza o el poder (véase una versión traducida en la Revista Académica de Relaciones Internacionales,  2005).

Que la  crítica de Kagan a las actitudes europeas hacia el uso de la fuerza fuera compartida dentro de la propia Europa resulta sumamente interesante ya que cuestiona su argumento sobre el carácter permanente e incluso irreconciliable de estas supuestas diferencias entre europeos y americanos.

Más interesante resulta la conclusión que el propio Cooper plantea, una década después, sobre el resultado de este “enfrentamiento” entre Venus y Marte. Después de los errores de Afganistán e Irak, Estados Unidos es víctima de la “debilidad del poder”: su inmenso poder militar ha servido de bien poco, y ha enseñado una dura lección de humildad. EEUU ha aprendido que necesita fijarse en la política, la legitimidad, la construcción de Estados, el derecho, no sólo en la fuerza. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, ese mundo kantiano posmoderno en el que los europeos creían tampoco termina de arrancar. Humildad a ambos lados. ¿Empate entre Venus y Marte sobre un trasfondo de auge chino?

 

Hola, somos el 43% y tenemos algo que deciros

Por: | 04 de abril de 2012

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Este fin de semana pasado se ha celebrado en Delhi la IV cumbre de los BRICS. BRICS en plural, no porque sean muchos, sino porque a los antiguos Brasil, Rusia, India y China (BRIC) se ha incorporado Sudáfrica. Con Sudáfrica, un socio muy menor desde el punto económico y estratégico, los BRIC no sólo ganan una letra sino la legitimidad que les da representar al continente africano.

¿Qué une, se preguntan muchos, a estos cinco países? China es una gran dictadura desarrollista, mientras que Rusia es una posdemocracia autoritaria. La primera está en auge, la segunda en declive. Para complicar las cosas, sus intereses en absoluto son convergentes sino más bien antagónicos, especialmente en lo relativo al espacio euroasiático. Añadiendo a India, la democracia más grande del mundo, las cosas se complican sobremanera, especialmente teniendo en cuenta las rivalidades y tensiones entre Pekín y Delhi, expresadas siempre en el apoyo chino a Pakistán y el ruso a India. Si añadimos a Brasil, la democracia latinoamericana más exitosa de la historia, y a Sudáfrica, otra sociedad ejemplarmente abierta y democrática, la visión se nubla por completo.

¿Qué espera obtener Dilma Rouseff de Pekín y Moscú? ¿Qué ofrecen Rusia y China a Brasil, India y Sudádrica que Estados Unidos y la UE no puedan ofrecer?

Como toda cumbre que se precie a si misma, los participantes han redactado una larga declaración (¡50 puntos!) que trata todos los aspectos de las relaciones internacionales. El excesivo número de puntos de esta declaración permite una doble lectura: “tenemos muchas cosas que decir” o, alternativamente, “no tenemos muchas cosas importantes que decir”. La verdad está, como siempre, a medio camino: los BRICS creen en un futuro marcado por “la paz global, el progreso económico y social y el desarrollo científico”, una obviedad si no fuera porque las palabras libertad y democracia no aparecen en ninguno de los 50 puntos. Como ocurre en tantas ocasiones, lo que no se dice suele ser más importante que lo que se dice.

Ahí reside la contradicción última de los BRICS. Lo que les une es un mensaje muy claro: “estamos aquí, somos casi la mitad de la población mundial, no creemos en un orden internacional monopolizado por Occidente y queremos tener voz”. Lo que esa voz diga es un poco lo menos, ni tiene que ser unívoca ni coherente: al fin y al cabo la voz de Occidente tampoco lo es.

Es curioso que los BRIC, que nacieron como un acrónimo inventado por el economista jefe de Goldman Sachs, Jim O’Neill, se hayan terminado convirtiendo en una realidad. ¿Son los BRICS un producto de Occidente, una reacción ante la dominación política y económica de esta? ¿Les une algo más que el deseo de hacerse oír ante Occidente? 

 

El País

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