José Ignacio Torreblanca

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

Piojosos europeos

Por: | 28 de octubre de 2015

IMG_4305Hubo una época en la que millones de pobres y andrajosos europeos se echaron al mar para huir del desastre que era este continente. El éxodo fue masivo. Y Estados Unidos fue el principal receptor. Según los registros que constan en la Isla de Ellis, durante mucho décadas el más importante centro de acogida y clasificación de inmigrantes del mundo, por allí pasaron nueve millones de europeos provenientes de Irlanda, Alemania, Austria y Escandinavia, algo más de ocho millones de polacos, búlgaros, rumanos, húngaros, bálticos y rusos, y más de cinco millones de italianos y griegos. El espeluznante total da una cifra de 22,5 millones de europeos.

 

IMG_4306Vemos en las fotografías que se conservan de la época a esos europeos siendo despiojados en los puertos de salida, huyendo de  los pogromos, el hambre, la desesperación y las persecuciones. Vemos también los carteles avisando a las mujeres alemanes de que no se dejaran engañaran por falsas oferta de empleo para el servicio doméstico que en realidad encubrían redes de tráfico de mujeres destinadas a la prostitución una vez en Estados Unidos.  Pero más impactantes aún son las reacciones que con el tiempo generó semejante éxodo entre la población biempensante de Estados Unidos. Vemos en las viñetas y carteles xenófobos de la época a los monarcas europeos saltando de alegría mientras un flautista vestido con la bandera americana se lleva a todas las ratas europeas hacia Estados Unidos.

IMG_4302Vemos una olla (el famoso “melting pot”) desbordada por los miles de inmigrantes que se vierten sobre ella y una petición de cuotas que estrangulen un gigantesco embudo. Vemos a quienes en vano intentan cerrar las llaves de paso de lo que se describe como una “inundación de inmigrantes”. Vemos la llamadas a que alguien ponga orden y patee el trasero de los inmigrantes delincuentes que se cuelan en el “Hotel América”. Pero también vemos las viñetas de los que dibujaron al Tío Sam como a un moderno Moisés que enarbolando la bandera de la libertad, hizo que se abrieran las aguas del Atlántico y que por ellas pasaran todos aquellos que huían de la opresión. ¡Ay, la Historia!  IMG_4308

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Publicado originalmente en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 28 de octubre de 2015

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Vuelve el Sur?

Por: | 25 de octubre de 2015

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En los momentos álgidos de la crisis del euro vivimos un agudo deterioro de las relaciones entre el norte y el sur de Europa. Tras décadas de convergencia, se abrió una sima económica que se prolongó a la política, contaminando las relaciones entre gobiernos y las percepciones de las opiniones públicas.

“No podemos tener una moneda común mientras unos tengan tantas vacaciones y otros tan pocas o mientras en Grecia, España y Portugal la gente se jubile mucho antes que en Alemania”, dijo Angela Merkel en un mitin de su partido en mayo de 2011. A cambio, en las calles de Atenas y Lisboa aparecieron carteles con esvásticas y retratos de Merkel con camisa parda y brazo en alto.

Merkel falseaba los datos, pues la edad media de jubilación en España en aquel entonces era de 62,8 años y en Alemania de 61,5, y hacía electoralismo para frenar el auge de sus socios de gobierno liberales. Y en el Sur se acusaba injustamente a Alemania de buscar una dominación que nunca pretendió y se ignoraban los sacrificios que los alemanes se habían impuesto a sí mismos tras la unificación. En algunos momentos de esta crisis, Europa dejó de ser un proyecto político inspirador y se transmutó en una unión forzosa de acreedores y deudores.

Pero frente a los pronósticos más pesimistas, la democracia en el sur de Europa ha aguantado las presiones populistas y las economías están retornando a la senda de crecimiento y empleo que dejaron atrás en 2008. En Grecia, Tsipras ha conseguido expulsar a la facción más radical de su partido y abrir el camino de unas reformas pendientes desde hace mucho tiempo. Lo mismo se observa en Italia, donde Renzi está siendo capaz de reformar el sistema político italiano y hacer irrelevante al movimiento populista de Beppo Grillo. Y en Portugal, la izquierda está mostrando un pragmatismo que hace posible vislumbrar una coalición progresista hasta ahora imposible. En España también, el declive en las encuestas de Podemos muestra que la indignación ciudadana está siendo canalizada hacia preferencias reformistas, no rupturistas. Hoy, parece, las aguas están comenzando a volver a su cauce. ¿Vuelve el Sur? 

Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el sábado 24 de octubre de 2015

* Fotografía: portada del The Economist, julio 2012.

Ricos y populistas

Por: | 22 de octubre de 2015

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El triunfo del populismo suele asociarse con la existencia de grandes masas desheredadas que gracias al eficaz trabajo de un líder son, por fin, movilizadas en defensa de sus auténticos intereses, otrora silenciados por una oligarquía. Pero el populismo también se vincula con el súbito empobrecimiento de unas clases medias educadas y antes pudientes que ante la perspectiva de descender socialmente y reunirse con aquellos desheredados a los que siempre han despreciado se arrojan en brazos de caudillos mesiánicos. Eso explica que el foco de la sospecha populista se sitúe sobre los países en profunda crisis económica: sin duda, las dislocaciones sociales que produce una crisis son el caldo de cultivo ideal para el populismo.

Siguiendo ese esquema, y teniendo en cuenta la aguda crisis económica que han sufrido los países del sur de Europa, deberíamos esperar que el populismo se hubiera adueñado hace tiempo del arco de crisis que desde 2008 se ha dibujado desde Dublín a Atenas pasando por Lisboa, Madrid o Roma. Sin embargo, aunque en el sur de Europa ha habido y hay tensiones populistas, la realidad es bien diferente, más bien la inversa. Es precisamente en algunos de los países que disfrutan de las rentas per capita y niveles de bienestar más altos del mundo (piensen en Finlandia o Suiza, sin olvidar los Países Bajos, Francia o Alemania) donde observamos con gran preocupación el auge del populismo. Entre ellos, sin duda que la palma se la lleva Suiza, con una renta per capita envidiable y una tasa de paro aún más difícil de creer: el 3%, que ha registrado este fin de semana un considerable auge de la derecha xenófoba.

Esta dolorosa paradoja no nos debería llevar al pesimismo. Al contrario. Bien trabajado, aquellos suizos, alemanes, suecos o finlandeses que muestran tal miedo al futuro a pesar de gozar de un Estado que funciona, unos derechos de primera, una democracia de calidad, una policía que respeta impecablemente su derecho a manifestarse en contra de los extranjeros y unos envidiables recursos económicos deberían ser los primeros en poder entender qué es lo que piensa del futuro un sirio, afgano o eritreo y solidarizarse con él, o ella.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 21 de octubre de 2015

* El cartel que abre la entrada fue realizado por la UDC, que se hizo famosa por sus campañas agresivas en las elecciones generales de 2007, cuando en coalición con el Partido Popular suizo (SVP) consiguió el 29% de los votos. Más en http://blogs.publico.es/elmapadelmundo/601/la-ultraderecha-suiza-ataca-de-nuevo/

Traficantes de emociones

Por: | 19 de octubre de 2015

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La historia del león Cecil corrió como la pólvora por las redes sociales, indignando a millones de personas. Lo mismo ocurrió con el vídeo sobre el traficante de niños ugandés Joseph Kony, que detenta el récord mundial de viralidad (70 millones de visualizaciones en cuatro días). Y más recientemente, las imágenes del niño sirio de tres años, Aylan Kurdi, yaciendo ahogado en un playa turca, también conmovieron al mundo.

Esas imágenes activaron las emociones de millones personas. Sin embargo, en los tres casos, el vínculo entre emoción y acción se desvaneció rápidamente. El caso del león Cecil, que ejemplifica los problemas económicos y morales que rodean a la caza, sea furtiva o “enlatada”, no está siendo de gran ayuda para cambiar el horizonte de extinción que enfrentan muchas especies africanas (sobre todo los rinocerontes, huérfanos de la empatía popular que el cine y la literatura han creado en torno a los leones). Por su parte, el vídeo sobre Kony tampoco ha servido para dotar de más recursos a la misión con la que Naciones Unidas intenta estabilizar la República Democrática del Congo ni para llevar al ugandés Kony ante la justicia internacional. Respecto al conflicto sirio y la crisis de asilo y refugio, a la vista de todos está el hecho de que, reunión tras reunión, el Consejo Europeo no ha conseguido lo esencial: establecer corredores seguros para impedir que niños como Aylan se ahoguen cruzando el Mediterráneo.

 Todo esto, nos dice Byung-Chul Han, un coreano de nombre imposible doctorado en filosofía en la Universidad de Friburgo con una tesis sobre Martin Heidegger y autor de un inquietante libro (“Psicopolítica”), se debe a que las redes sociales no sirven para organizar la solidaridad ni para generar reflexión conducente a la acción, sino para comerciar con nuestras emociones. Nuestras emociones, tan auténticas y loables, son la materia prima (que encima suministramos gratuitamente) de un inmenso negocio consistente en recopilar dichas emociones, estudiarlas, agregarlas y así vender a otros la información con la que nos puedan ofertar productos de consumo. Las emociones se han convertido en una mercancía y las redes sociales en el mercado donde se trafican.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 17 de octubre de 2015

Bienvenida a la realidad, Angela

Por: | 15 de octubre de 2015

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Ahí la tienen. Discreta pero todopoderosa. Sencilla pero eficaz. Ha ganado tres elecciones. Se ha librado de los liberales y logrado convertir a los socialistas en comparsa. Ha conseguido liderar Europa sin que nadie se atreva a oponerse a ella. Todo pasa por la mesa de su despacho. Nada ocurre sin su consentimiento, nada ocurre con su oposición. En sus manos estuvo la decisión sobre si el euro sobreviviría o si Grecia debía marcharse de la eurozona. Nadie representa mejor que ella lo logrado por la Alemania unificada: 25 años después de la unificación, Berlín es el socio indispensable.

Pero una crisis se ha cruzado en su camino. Es la crisis de los refugiados sirios. Unos dicen que tomó la decisión en términos puramente emocionales, dejándose llevar (por una vez, señalan sus críticos) más por los principios y el sentido de la decencia que por un análisis coste-beneficio. Otros, también críticos, dicen que tomó la decisión con la frialdad que le caracteriza, atendiendo a las necesidades demográficas y laborales de Alemania. Quédense con la versión que prefieran: da igual. El hecho es que, por una vez, Merkel no sólo se saltó las reglas sino que las dinamitó al anunciar que acogería a los refugiados que llegaran a Alemania sin reparar en cuál fuera su país de tránsito. Y frente a las críticas, de Hungría pero también de sus socios bávaros y otros Gobiernos, preocupados por el efecto llamada de sus declaraciones y el auge de los ataques xenófobos, Merkel respondió desafiante: “No voy a disculparme por ofrecer una cara amable en una situación de crisis”, dijo.

Dicen que Merkel se ha vuelto humana. Pero no es eso. En lo que se ha convertido es, por fin, en una líder, alguien que no tiene miedo de saltarse las reglas cuando constata que son inútiles e incluso contraproducentes. Eso le ha granjeado problemas en casa, pues son muchos los que no comparten su visión sobre cómo gestionar esta crisis. Y la ha hecho vulnerable en Europa, pues depende de otros para que su política triunfe. ¿Angela tiene problemas en casa y depende de los demás para lograr sus objetivos? Bienvenida a la realidad.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 13 de octubre de 2015

Cameron enamorado

Por: | 12 de octubre de 2015

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“Créanme, no albergo ningún sentimiento romántico hacia la Unión Europea”, ha asegurado el primer ministro británico, David Cameron, en lo que se ha evidenciado como una torpe y seguramente inútil defensa frente a los euroescépticos de su partido, que le acusan de estar haciendo todo lo posible para que el Reino Unido permanezca en la Unión Europea.

La verdad es que no hacía falta una declaración de desamor. Puede que dentro del Reino Unido no, pero fuera de él es fácil creer a Cameron cuando dice que “sólo le interesa la prosperidad y la influencia en el mundo del Reino Unido”. Primero porque encaja con el tradicional pragmatismo británico. Segundo porque es difícil pensar que François Hollande, Angela Merkel y los demás líderes piensen de distinta manera.

Ahí justamente está el quid de la cuestión (británica). Gracias a esa flema tan británica, el Reino Unido ha logrado un estatus privilegiado dentro de la Unión Europea. Ha logrado que Londres sea la plaza financiera del euro sin tener que adoptarlo como moneda. Ha logrado exportar sus productos sin coste alguno a 435 millones de habitantes. Ha logrado que millones de británicos puedan circular libremente por toda Europa y establecerse donde les venga en gana. Ha logrado beneficiarse de las políticas europeas, incluida la agrícola, y recibir un cheque donde se le devuelvan una gran parte de sus contribuciones. Y ha logrado bloquear el paso a una política exterior de seguridad y defensa común europea y mantener su relación especial con Estados Unidos.

 Dice Cameron que Europa no funciona y que hay que reformarla o se marchará. Y puede que tenga razón en lo de que no funciona, pero vistos los antecedentes no es desde luego al Reino Unido a quien no le funciona. Al revés, pocos se benefician tanto de la UE y contribuyen tan poco a sostenerla como el Reino Unido. Por miedo a enfrentarse a los radicales de su partido, Cameron se ha subido al tigre del referéndum sobre la permanencia en la UE. Y ahora nos pide ayuda para bajarse. Lo que hace el amor (a uno mismo y a su cargo).
 

Firmado, Vladímir

Por: | 05 de octubre de 2015

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Esas columnas de humo dejadas por la aviación rusa tras su bombardeo de posiciones yihadistas en la provincia de Homs son la firma de Putin debajo de la convocatoria a Occidente para que se deje de remilgos y negocie de una vez con Bachar el Asad. Putin se lo dijo educadamente a Obama el lunes en la Asamblea General de Naciones Unidas, pero como este no pareció escucharle, el martes convocó a la Duma y pidió autorización para emplear las fuerzas que los satélites nos mostraban que llevaba semanas acumulando en el aeropuerto de Latakia, en pleno feudo del presidente El Asad.

Dice Putin que su objetivo es luchar contra el terrorismo, pero ya sabemos que todo lo que dice debe ser filtrado a través del tamiz de su única y verdadera obsesión: que se respete el lugar que Rusia merece en el mundo. Desde su acceso al poder en 1999 directamente desde la dirección del Servicio Federal de Seguridad (el FSB, heredero del KGB), Putin ha encontrado en el terrorismo un aliado de primer orden para consolidarse en el poder. No sólo se trata del uso electoral del terrorismo checheno, sino de la alianza con el brutal líder de los chechenos, Ramzán Kadírov, cuya pista aparece detrás de los asesinatos de la periodista Anna Politkóvskaya en 2006 y del líder de la oposición, Boris Nemtsov, en marzo de este año.

Se entiende que visto desde Moscú, El Asad no sea más que la versión exterior del Kadírov que ya tienen en casa. Si Kadírov mantiene a raya al islamismo en casa y encima alquila sus poco ortodoxos métodos de control de la disidencia a Moscú, ¿por qué iba Putin a renunciar a El Asad cuando este tiene un valor estratégico incalculable para Rusia? La debilidad militar de El Asad permite a Putin lograr lo que siempre es su principal objetivo: lograr ser la potencia indispensable a la que no sólo hay que sentar en la mesa sino conceder un poder de veto sobre todo acuerdo. No se extrañen de que Europa, desbordada por los refugiados sirios, esté implorando a Obama para que de una vez se deje de remilgos y negocie con El Asad, esto es, con Putin. 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 3 de octubre de 2015

Fracturas

Por: | 01 de octubre de 2015

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La ciencia política no es una ciencia exacta, pero los politólogos sabemos algunas cosas. Sabemos, por ejemplo, que cuando en una sociedad todas las fracturas se solapan, el conflicto es muy difícil de evitar. ¿Qué significa esto?

La identidad política resulta de una amalgama de componentes: la edad, el género, el nivel de estudios, la ideología, la clase social, el hábitat, la lengua materna, la religión, el grupo étnico o la identificación nacional. Esa pluralidad permite que las preferencias políticas de los ciudadanos puedan coincidir en unas dimensiones y divergir en otras: en un país cualquiera, un joven de izquierdas y uno de derechas tendrán preferencias muy parecidas respecto a las políticas de empleo, los jubilados coincidirán en muchas cosas a pesar de que hablen lenguas distintas y las mujeres apoyarán la igualdad salarial con los hombres independientemente de su nivel de estudios.

Sabemos que el entrecruzamiento de preferencias hace posible una democracia plural y vibrante. Y sabemos que cuando esas divisiones se solapan el conflicto está servido. Imaginen una sociedad donde la mitad de la población esté formada por católicos que hablen la misma lengua, sean pobres, tengan pocos estudios y vivan en el sur de ese país y la otra mitad por protestantes ricos que hablen una lengua distinta y vivan en el norte. ¿Qué hay que hacer para preservar la democracia y evitar el conflicto en una sociedad así? Lo primero es renunciar al uso de la mayoría simple para dirimir las diferencias. Porque una democracia donde un grupo puede imponerse por un voto al otro es una democracia condenada al fracaso los politólogos proponen que en casos así se sustituya la democracia mayoritaria por una democracia de consenso donde las decisiones, para ser democráticas y legítimas, sean aceptadas por una mayoría concurrente dentro de cada bloque, es decir, por una doble mayoría. También recomiendan que los Gobiernos sean de coalición e incluyentes para ambos grupos. Suiza o los Países Bajos nos ofrecen ejemplos exitosos de democracias plurinacionales o consociativas. Cataluña, por el contrario, se parece cada vez más a una sociedad dividida en dos en la que la mayoría no resuelve sino que agrava las fracturas. Pensemos un poco sobre ello. 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 30 de septiembre de 2015

El País

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