José Ignacio Torreblanca

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

Lula caído

Por: | 31 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-31 11.14.13

Hasta hace unas semanas, Lula era un icono global. Su trayectoria personal y la del Brasil que presidió entre 2003 y 2010 corrían tan en paralelo que era difícil no confundir una con otra. Porque la historia de lo logrado por aquel niño que no conoció el pan hasta los siete años y la de un país como Brasil, que de líder en pobreza y desigualdad consiguió convertirse en referente del Sur, encajan como un guante en una mano.

Gestionar esa fusión de biografía e historiografía no debe haber sido fácil, máxime cuando su salida del poder no coincidió con una gran crisis económica o institucional, sino con el punto más alto de su éxito. Lula no sólo dejó la presidencia después de haber logrado sacar de la pobreza a más de 30 millones de personas sino capitaneando una economía que crecía al 7,5% y liderando el Sur emergente contra el viejo y anquilosado Occidente. Su final de mandato no pudo ser más apoteósico: Brasil ganaba la sede de los Juegos Olímpicos y Lula entraba en el Olimpo de la izquierda.

 Hoy, el Brasil de su sucesora, Dilma Rousseff, decrece al 3,8% en medio de un brutal escándalo de corrupción, un conflicto entre el poder ejecutivo y la judicatura y una amenaza de choque con el poder legislativo a costa del proceso de destitución de la presidenta que hacen preguntarse a muchos brasileños si aquel milagro económico y social no se asentaba en unos pies de barro institucionales. Entristece la reacción de Lula al cuestionamiento de su figura, confundiendo su persona y las instituciones de su país y empeñándose en situarse por encima de ellas. El Lula cuyo origen humilde siempre le permitió ver más lejos que nadie parece hoy desorientado, sin nadie que le cuente la verdad sobre su caída.

Con todo, la caída del ángel Lula significa que hay un nuevo Brasil abriéndose camino: un país donde la legitimación carismática del liderazgo no se antepone a la separación de poderes, esencial para la estabilidad de las instituciones, y donde el desarrollo económico, por mucho que acabe con la pobreza, no justifica la corrupción. Una historia tan brasileña como global que seguro les suena muy familiar.

Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el miércoles 30 de marzo de 2016

Europa atacada

Por: | 27 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-27 18.50.06
En cada atentado terrorista cometido en suelo europeo, el guión es tan idéntico como desesperante: mientras que los terroristas atacan a Europa con mayúscula, Europa reacciona en minúscula. Tanto los textos justificatorios de los atentados como las declaraciones y trayectorias vitales de los yihadistas (especialmente los de origen europeo) muestran un odio visceral a todo lo que Europa simboliza: un espacio de libertad individual, valores democráticos y tolerancia religiosa sin igual.

Cualquiera que comulgue (nunca mejor dicho) con esa Europa, que es tanto una idea como un proyecto y una forma de vida, es un objetivo potencial, aunque sea musulmán: eso explica que los asaltantes del Teatro Bataclán en París en noviembre pasado no separaran por religión ni nacionalidad a las 1.500 personas que allí se encontraban para ejecutarlos selectivamente sino que consideraran que todos los que allí se encontraban eran objetivos legítimos.

 

En lugar de solicitar la activación de la cláusula de solidaridad prevista en el artículo 222 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, que hubiera implicado una respuesta colectiva y coordinada por parte de la Unión Europea, el gobierno francés prefirió recurrir a un artículo, el 42, que situaba la respuesta en el plano intergubernamental y fuera de las instituciones de la UE.

Detrás del tecnicismo jurídico había un mensaje muy claro: como mostró la decisión de Hollande de bombardear de forma inmediata bases del Estado Islámico en Siria, el gobierno francés quería reservarse una completa libertad de actuación en todos los frentes de la lucha antiterrorista.

Como en la crisis de los refugiados o en la política hacia Siria, los Estados miembros prefieren reservarse para sí toda actuación que toque materias sensibles de seguridad. Ya entonces, la conexión belga de los atentados de París mostró que esta óptica de soberanía nacional era un profundo error.

Para recordárnoslo, los yihadistas han atacado ahora Bruselas, la capital de la Unión Europea. Pero seguro que muchos seguirán pensando que ha sido un ataque sobre Bélgica. Europa es un ente abstracto por el que nadie quiere morir, pero que haya muchos dispuestos a matar europeos nos debería dar una medida de la fortaleza de nuestra identidad y proyecto.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 22 de marzo de 2016

 

Fascismo americano

Por: | 27 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-27 18.44.53

Son dos términos que chirrían juntos. Y con razón, pues al contrario que muchos europeos, los estadounidenses carecen de memoria y de experiencia autoritaria. Es cierto que en su historia ha habido momentos de peligroso deslizamiento democrático (la histeria anticomunista de la época del senador McCarthy, el asesinato de Martin Luther King o las leyes de seguridad nacional aprobadas tras el 11-S son buenos ejemplos). Y no deja de ser cierto que para muchos europeos una gran parte de la derecha americana más radical, religiosa y conservadora se sitúa en el filo de lo que a este lado del Atlántico entendemos por democracia. Sin embargo, pese a esas anomalías, aquella cultura cívica que tanto impresionara a Tocqueville siempre ha terminado por hacer bascular al país hacia el modelo de sociedad abierta, democracia representativa y prensa libre que está en su ADN fundacional.

Por mucho que nos choquen Ted Cruz, Marco Rubio o el Tea Party, están dentro del sistema. Pero Trump es diferente. Trump representa un genuino autoritarismo americano, un tipo de autoritarismo que solo podría surgir en Estados Unidos, precisamente como reacción frontal y visceral contra lo que ese país es. Trump es la adaptación televisiva y empresarial del Ku Klux Klan al siglo XXI, una reacción histérico-fóbica de blancos a los que se les ha hecho creer que están acorralados y a punto de ser aniquilados y que, por tanto, deben pasar al ataque.

El sistema político estadounidense descansa sobre tres pilares: la igualdad ante la ley, la separación de poderes y la libertad religiosa. Sin esos elementos, Estados Unidos deja de ser Estados Unidos. Por esa razón, el descarado racismo de Trump (¿cuántos afroamericanos o latinos ven sus mítines?), su total desprecio por el Estado de derecho y el poder legislativo y la radical intolerancia que muestra hacia los musulmanes (también es antisemita, y misógino) dibujan un candidato que se sitúa claramente fuera de la democracia. La presidencia de Estados Unidos no es cualquier sitio: que la primera magistratura del mundo cayera en manos de alguien como Trump supone una amenaza directa para las libertades de los estadounidenses y un riesgo global para todos los demás.
 

Pues que gobiernen

Por: | 17 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-17 09.49.37

Oímos estos días disparates de tanto calado sobre la supuesta irresponsabilidad política del Gobierno en funciones que cuesta superar el estupor. Como el Gobierno no ha sido elegido por el Parlamento, se nos dice, no responde ante él. ¡Vaya! Es difícil encontrar en los manuales de ciencia política una definición tan cristalina de lo que es una dictadura. Peor aún, se nos remacha, como el Gobierno está legalmente en funciones, todo lo que hace es por definición legal. Tiene toda la lógica: una vez enterrada la democracia parlamentaria, ¿por qué no acabar con cualquier vestigio de pensamiento liberal y aceptar, como en los regímenes totalitarios, que el Gobierno se legitima simplemente porque ejerce el poder del Estado? Todos los que se desgañitan pidiendo un cambio de régimen se habrán quedado helados al saber que el fin del régimen del 78 ya había llegado y que por culpa de la coincidencia de la pertenencia de España a la UE y el interregno electoral España vive en un estado de excepción. ¿Cómo lo harán las demás democracias?

Dicho esto, tampoco es que la actitud del tripartito PSOE, Podemos y Ciudadanos sea para darse golpes en el pecho. Estamos ante tres partidos que ya han señalado en dos ocasiones al Gobierno que los acuerdos firmados en Bruselas por el presidente (primero con Reino Unido para impedir su salida de la UE y ahora en relación a Turquía) no cuentan con el respaldo de la Cámara. Como los 199 diputados que suman entre los tres representan una holgadísima mayoría absoluta, tienen razón aritmética. Pero no razón política, ni democrática. Porque tan absurdo es pretender que el Gobierno no responda ante el Parlamento por el hecho de estar en funciones como aspirar a que una mayoría parlamentaria gobierne sin formar Gobierno. Este tripartito, ha descubierto, coincide en más cosas de las que imaginaba. Y por lo que parece, tiene una mayoría absoluta en cuestiones centrales relacionadas con la integración europea. También coinciden, se entiende, en temas relacionados con la regeneración política. Pues ya tienen por donde empezar a trabajar. Indignarse porque el Gobierno gobierna tiene un remedio muy sencillo: gobernar. 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 16 de marzo

Corriente arriba

Por: | 14 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-14 19.21.53

Foto: Aleppo, 81 opositores encontrados maniatados y con signos de tortura 

Cuando un río se desborda no hay otra opción que tratar con las consecuencias de la inundación. Eso es lo que Europa lleva ya casi un año intentando hacer, con poca fortuna, gran división y escaso acierto. Gobiernos e instituciones europeas llevan demasiado tiempo chapoteando en el fango: el que no está paralizado por el miedo lo está por el egoísmo, y el que no, por la incompetencia. El presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, que hizo de esta cuestión la prioridad número uno de su mandato, ha tirado la toalla y abandonado el cuadrilátero. Y el presidente del Consejo, Donald Tusk, ha conseguido, con sus declaraciones invitando a los refugiados a no venir, representar la vergüenza que todos sentimos estos días. No deja de resultar irónico que los refugiados sepan con tanta claridad a dónde van y qué es lo que quieren y que, a cambio, sea la Unión Europea la que esté desorientada y no sepa a dónde se dirige.

El principio de acuerdo con Ankara responde a una lógica cobarde: incapaz de organizarse internamente como tal, Europa abdica de sus responsabilidades colectivas para, a cambio de salvar Schengen, convertir a una Turquía en clara deriva autoritaria en la guardiana de las fronteras exteriores de la Unión. Con todo, el descarado cinismo que supura este acuerdo no es lo peor. Lo peor es que el acuerdo ignora que la política de Turquía hacia los kurdos es, a su vez, una parte importante del problema de los refugiados y, también, que los delirios geopolíticos de Erdogan y su visión neootomana de la región son un factor que aviva el conflicto en Siria.

Corriente arriba hay un tipo llamado El Asad que, apoyado [hasta ahora] por la aviación rusa, va a seguir enviando cientos de miles de refugiados corriente abajo, y un califato terrorista que provoca un efecto similar. Si la UE hubiera dedicado una fracción de las energías consumidas en la cuestión de los refugiados a una iniciativa de paz para Siria que mereciera tal nombre, no estaríamos aquí. Porque Europa no solo está dividida corriente abajo, sino también corriente arriba, donde tiene que solucionarse el problema. Corriente abajo solo se gestiona (mal).
 

Fallo informático

Por: | 10 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-10 09.42.37

La semana pasada se demostró que tenemos un nuevo sistema político pero no la cultura política para hacerlo funcionar. El 20-D, los votantes alumbraron un Parlamento en el que ninguno de los dos grandes partidos está en condiciones de formar Gobierno estable ni por sí solo ni con pequeños apoyos puntuales. Que el partido que ganó las elecciones no pueda gobernar sin el concurso del principal partido de la oposición y que ese partido no pueda formar una coalición ganadora lo dice todo sobre la profundidad del seísmo que ha sacudido la política española.

Es como si hubiéramos comprado un ordenador nuevo (el hardware) pero careciéramos del sistema operativo (el software) para hacerlo funcionar. Y como todo el mundo sabe, un ordenador sin sistema operativo no es más que una caja tonta que genera una enorme frustración. Los dos actores que están en el centro del tablero, PSOE y Ciudadanos, están intentando instalar un nuevo sistema operativo. Pero PP y Podemos insisten en hacer funcionar el nuevo equipo con el viejo sistema operativo. El PP porque busca seguir gobernando igual que en el pasado pero con el apoyo incondicional de Ciudadanos y el PSOE. Podemos porque a pesar de que habla de nueva política sueña con un sistema bipartidista en el que solo existieran PP y Podemos y el ganador se lo llevara todo.

El pacto PSOE-Ciudadanos refleja bien lo ocurrido en Alemania después de las últimas elecciones: a cambio de no reinicializar el sistema yendo a unas nuevas elecciones, los socialistas se movieron hacia la derecha en política económica y, a cambio, los conservadores se movieron hacia la izquierda en política social, de género y medioambiental. En España vemos algo similar en las cesiones en la flexibilidad laboral y el equilibrio presupuestario a cambio de las guarderías de cero a tres años, la sanidad pública universal, el ingreso mínimo vital y las ayudas a las familias en situación de precariedad. El supuesto de partida es que los votantes de un partido prefieren un Gobierno que ejecute una parte de su programa antes que quedarse fuera y que no se ejecute ninguna. ¿Perfecto? No, pacto. 
 

Avanzamos

Por: | 06 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-06 23.45.19
Dicen los más pesimistas que tras la votación de ayer estamos donde estábamos. Peor aún, que estamos abocados a unas nuevas elecciones que nos dejarán en el mismo punto de bloqueo, aunque nueve meses después. Todo lo ocurrido desde las elecciones del 20-D ha sido, concluyen, una inmensa pérdida de tiempo.

No necesariamente. El 20-D, los ciudadanos depositaron sus votos en las urnas afectados por una doble incertidumbre. Por un lado, aunque cada uno sabía lo que estaba votando, no sabía lo que votaría el de al lado. Muchos votaron estratégicamente para castigar a un partido o premiar a otro pero sin saber cuál sería el tamaño final ni del castigo ni del premio. Esa incertidumbre se despejó la noche electoral al saberse que el partido que ganó las elecciones no sólo no podría formar gobierno en solitario sino que ni siquiera podría hacerlo en compañía de otros. Una información muy relevante que explica por sí sola todo lo ocurrido desde entonces.

 La otra incertidumbre que velaba los ojos de los votantes el 20-D era la referida al valor y utilidad de sus votos. Nadie avanza antes de una elección si va a gobernar con alguien, y menos con quién lo va a hacer: su obligación es pretender que va a ganar por abrumadora mayoría y que no va a necesitar a nadie. A esa dificultad habitual hay que añadir que en la política española de hoy hay varios ejes posibles y no coincidentes entre sí en torno a los que agrupar fuerzas: derecha-izquierda, centro-periferia, viejo-nuevo, corrupción-regeneración. Pero estos dos meses han enseñado a los votantes para qué sirven los votos a los nuevos partidos.

Los votos a Ciudadanos, hemos sabido, no sirven para gobernar con el PP de Rajoy, aunque quizá sí con otro líder. Y los votos a Podemos no sirven para desalojar al PP de La Moncloa si no instalan allí un Gobierno de izquierdas y alineado con los soberanistas. Por su parte, ha quedado claro que el PP sólo puede gobernar consigo mismo y que el PSOE no quiere gobernar ni con el PP ni con Podemos. ¡Si hubiéramos sabido todo esto el 20-D!

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 5 de marzo de 2016

Consenso y conflicto

Por: | 03 de marzo de 2016

Captura de pantalla 2016-03-01 09.05.33
Alabamos el consenso y elogiamos a los líderes políticos cuando son capaces de alcanzarlo. Y repudiamos el conflicto y nos lamentamos cuando lo impregna todo. Es comprensible que a algunos les pueda resultar doloroso, incluso cínico, pero la realidad es como es: la política es tanto conflicto como consenso. En unas ocasiones la política debe ser conflicto y expresarse a través de él; en otras debe ser consenso y visualizarse como tal. Respecto a cuándo conviene uno u otro, hay que ser pragmático: bien manejado y dependiendo las circunstancias, un buen conflicto puede ser tan útil como un buen consenso. Quien no lo entienda o se niegue a aceptarlo no durará mucho en el mercado político.

El conflicto es útil para galvanizar a las bases, cohesionar a los votantes, reforzar la identificación con los líderes, cimentar las identidades y poner a los demás a la defensiva. El consenso es útil para comprar tiempo, seducir a los reticentes, ensanchar los apoyos, ganar en respetabilidad y limar las aristas más agresivas del liderazgo. Alguien interesado en el consenso minimiza las diferencias. Alguien interesado en el conflicto no solo las magnifica sino que convierte el debate en una lucha por la supervivencia: nosotros contra ellos, todo o nada, ahora o nunca.

Negociar, pactar, consensuar, es repartirse una diferencia. Si A y B tienen que repartirse 100 unidades de algo, el espacio intermedio para el acuerdo es enorme. Si el poder negociador de A no es muy alto, cualquier cantidad por encima de cero será aceptable. Hoy quizá acepte 40, pero si no cierra la puerta, mañana puede que llegue a 60. Sin embargo, las diferencias morales no se pueden negociar: nos permiten quemar los puentes que nos conectan con nuestro potencial aliado, ahora adversario, de ahí la utilidad de traducir las diferencias políticas en categorías morales. Si algo es bueno, su contrario tiene que ser necesariamente malo. ¿Y cómo se reparte lo malo? Esta semana, las fuerzas políticas no se van a dividir entre vieja y nueva política sino entre los que piensan que necesitan el conflicto para sobrevivir y los que vinculan su supervivencia al consenso.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 2 de marzo de 2016

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal