El nuevo episodio que se vive en China en el afán de su Estado por controlar su “nube”, resultará conocido por parte de los que siguen de forma cercana la actualidad de este país: China prohíbe comentar los 'microblogs' tras correr el bulo de un golpe de Estado. Se ha impuesto una restricción temporal para comentar en sus redes de microblogs. Dicha restricción no afecta a entradas originales, o al reenvío de las mismas, lo que sería en twitter el “tuitear o retuitear” sino a los comentarios a raíz de originales. No en twitter, que está cerrado en China, sino fundamentalmente en Weibo.
Se frena la posibilidad de elaborar una idea sobre la anterior o de rebatirla, y más que una censura de contenido, podríamos hablar de una censura de formato. A nivel de contenidos la situación sigue siendo la vigente anteriormente.
La noticia, para quienes no pasen su día a día metidos en la actualidad de China, lleva un caldo grueso y con sustancia. La caída de Bo Xilai (líder del partido con frustradas aspiraciones a más) explica, en el contexto del relevo de líderes que toca este año, un ambiente de aún mayor sensibilidad por parte del gobierno. En este ambiente se producen, justo antes de un pequeño periodo vacacional de 3 días, rumores sobre un hipotético golpe de Estado. Hipótesis que, por otro lado recogía la prensa extranjera hace más de una semana.
Estabilidad es una de las palabras clave para el gobierno chino, y una de las razones principales por las que prestan tanta atención al sismógrafo que son las redes sociales. No por casualidad, sino porque, por volumen, por escala, el gobierno más débil del mundo ante las redes sociales será el que opere sobre una población mayor. Los fenómenos “virales” en una población tan inmensa como la china pueden adoptar inercias difíciles de parar. Es en esa dinámica donde se pretende influir, ralentizándola al no permitir comentarios sobre contenidos.
Pueden darse pánicos susceptibles de tornar en profecías autocumplidas. Por ejemplo, sobre una materia prima como el agua o la gasolina, que pudieran tener como consecuencia el aprovisionamiento masivo y el desabastecimiento. O el colapso de cadenas de suministro en un mundo cada vez más “lean” y con menores márgenes distribuidos por intermediarios. Hay poco fuelle en el acordeón para estirar la nota mucho más. De modo que por un lado una oscilación cada vez menor puede provocar la ruptura de cadenas básicas de suministro fruto de unas cadenas de distribución optimizadas, y sin embargo hay una creciente capacidad viral en las redes sociales que puede dar lugar a violentos latigazos. Hablamos de cuestiones menores para contextualizar la importancia del asunto fuera de la batalla política en China. Como un chiste, una broma, un boicot, o una leyenda urbana que pueda influir en el consumo de bienes. Son, a fin de cuentas, los mismos mecanismos los que pueden llegar a desatar un pánico infundado con consecuencias en temas aún más importantes. Y esto es lo que preocupa a gobiernos como el chino.
“los rumores online minan la moral pública, y, fuera de control distorsionan seriamente el orden público y afectan a la estabilidad social”. Editorial en People’s Daily.
Ante el diagnóstico, el gobierno chino ha detenido a seis personas y cerrado dieciséis páginas web.
Parece más sencillo coincidir en la descripción de la situación que en el tratamiento de la misma. Una justicia que garantice ciertos derechos individuales, como el de la libertad de expresión, exige procedimientos y plazos que entran en contradicción con la vertiginosa realidad en forma de bola de nieve ladera abajo que se da en las redes sociales. Experimentos como el chino, de alta velocidad de actuación gubernamental nos sitúan ante una realidad de extensión plena de la soberanía del Estado a la red. Al igual que en la autopista hay que intentar detener de inmediato al conductor kamikaze que decide circular a contra-mano o al que lo hace borracho o claramente somnoliento, habría que hacerlo en la Red. Hay que eliminar esos peligros de las autopistas en tiempo real. Esta es la hipótesis de partida a entender para intentar predecir las lógicas por las que opera el gobierno chino.
Luego vendrían más disquisiciones al respecto. ¿Quién define qué es y qué no es peligro? ¿Quién controla al “controlador”? Debates que, en cierto modo, serían clásicos dentro de lo nuevo.
La forma en que China está intentando extender la soberanía del Estado a la Red difiere de la manera en la que lo están haciendo la mayoría del resto de países. Estamos en un cambio de paradigma donde choca fuertemente la contundencia y el signo de las medidas que adopta el gobierno chino. Provoca un rechazo frontal a priori. También provoca una reflexión sobre el curso que acabará tomando la Red en nuestra parte del planeta.