Hace unas semanas, me encontraba en Pekín en un pequeño restaurante de comida casera frecuentado por estudiantes y veinteañeros, a la espera de un sencillo, pero sabroso, plato de tallarines, cuando me di cuenta de que los cinco jóvenes –chicas y chicos- que estaban consultando su teléfono móvil a mi alrededor lo hacían todos deslizando el dedo arriba y abajo sobre la pantalla de un iPhone.
Mientras muchos extranjeros que conozco se conforman con un móvil pasado de moda, que utilizan durante años, es corriente ver a chinos con teléfonos que cuestan más que su salario mensual y cambian con frecuencia. Porque, en pocos países del mundo, la pasión por el último modelo tecnológico se une a la importancia de aparentar y ostentar como en China.
Circula por aquí la historia de un rico empresario de provincias que devolvió el coche de superlujo -pero de marca poco conocida- que se había comprado porque no lograba despertar la admiración de su entorno y lo cambió por un Mercedes, más barato, pero de famoso nombre.
Cuando en mayo pasado se puso a la venta la iPad 2 en China, los forofos de la marca de la manzana se abalanzaron a los comercios para intentar hacerse cuanto antes con un ejemplar del último modelo de la tableta de Apple. La pasión desatada por el paralelepípedo táctil fue tal que en la principal tienda de Apple en Pekín se produjo un violento tumulto entre los vendedores y los clientes que intentaban saltarse la cola, que terminó con la puerta de cristal del establecimiento destrozada y cuatro personas en el hospital.
Las expectativas ante la iPad 2 eran tan grandes que algunos potenciales clientes vendían sus lugares en la fila, mientras otros cedían la tableta reicén adquirirla a cambio de pingües beneficios.