La primera vez que viajé a Shanghai, me alojé en un hotel cuyo amplio ventanal ofrecía una vista excelente sobre una obra en la que pululaban como hormigas cientos de obreros. Llegué a media tarde, y la actividad en el solar vecino era frenética. Recuerdo que salí a dar una vuelta y me acerqué hasta el Bund, el paseo junto al río Huangpu, cita obligada para turistas y visitantes. Allí estaban, al atardecer, chinos y extranjeros fotografiándose ante el escenario galáctico de Pudong, el distrito financiero de Shanghai. Para quien le guste hacerse fotos –que no es mi caso-, el Bund es el sitio en el que inmortalizarse como testigo del ascenso chino.
Tras cenar, regresé al hotel, y al pasar junto a la obra me sorprendieron el gemido de las grúas desplazando material y el ir y venir de los camiones. Los obreros –no sé si los mismos que había visto por la tarde o un turno nuevo- trabajaban bajo los focos como si el día no tuviera fin. Las chispas de los soldadores caían desde las alturas como lluvia de oro y fuego.
Mi habitación estaba bien aislada, y los zumbidos y el repiqueteo no me impidieron dormir; pero ante aquella vista llegué a una conclusión: si alquilas un apartamento en China, más vale hacerlo junto a un edificio en obras.