Hace unos días he regresado a Pekín tras haber estado en España y me he vuelto a encontrar con ese cielo ceniciento, cargado de contaminación, polvo y en esta época del año también humedad, tan característico de la capital china.
Cuando se vive en Pekín, sorprende el azul profundo, nítido y transparente del cielo madrileño, a pesar de polémicas no lejanas sobre la polución existente en la capital de España. Pero a los pocos días de volver a China, uno se olvida de aquel tono entre marino y turquesa y acaba acostumbrándose a los pardos, ocres y grises.
No es que quiera comparar ambas ciudades, ya que no juegan en la misma división, pero cuando Pekín nos deleita con uno de esos escasos días de firmamento azul y nubes blancas, como uno que recuerdo hace varias semanas, la ciudad se hace hermosa y los ánimos encrespados de sus habitantes se suavizan.
Hablo de ánimos encrespados porque es lo primero que me encuentro con frecuencia cuando aterrizo en Pekín, ya sea en la antigua terminal o en la flamante número 3, diseño del británico Norman Foster, quien se olvidó que en los aeropuertos no sólo hacen falta vestíbulos en los que quepan varias catedrales sino también trenecillos que no traqueteen y ascensores suficientes para que los viajeros no tengan que esperar largos minutos con los carros cargados de bultos para bajar a coger un taxi.