El mes pasado, fui a comer a uno de mis restaurantes favoritos en Pekín. Antes tenía a la entrada una pared repleta de peceras en las que podías escoger el vertebrado o invertebrado acuático que te ibas a zampar ese día hervido al vapor, con jengibre, frito o preparado de cualquiera de las otras maneras en que los cocineros los estilan en este local especializado en comida de Hong Kong. El año pasado –o quizás fue hace dos-, todos los acuarios con la materia prima viva tan típicos de los restaurantes en China desaparecieron, y con ellos los rodaballos, langostas, centollos y navajas. Un cartel en las mesas explicaba que el pescado vivo y coleando había sido retirado por cuestión de seguridad alimentaria. El pescado seguía en el menú, pero ya no sería el mismo.