Néstor Sanmiguel Diest: “He prendido fuego a dos hogueras llenas de obra”

Por: | 30 de julio de 2014

Néstor Sanmiguel Diest
Durante décadas fue casi una sombra. Al menos para el mundo del arte. Pocos habían oído hablar de él. En esos tiempos de desconocimiento fue activista sindical y trabajó durante años en una fábrica textil de Burgos como patronista de ropa de mujer. Manejaba con destreza los números, los tejidos, las formas. Casi como un oficio secreto pintaba en las horas que podía robar a la planta y al trabajo. Incansable. Pero callado. Sin embargo, en 1999 dijo: “¡Basta!”. Descolgó el teléfono, habló con su jefe y le espetó: “No vuelvo”. Quería dedicarse a pintar. A ser artista. Algo para lo que había trabajado durante decenios. Aquel año, Néstor Sanmiguel Diest (Zaragoza, 1949) pintó casi 800 trabajos en formato Din A4. Fue como si estallara. Una liberación. Tenía 50 años. Aun así transcurrirían otros diez sin tener casi visibilidad. De repente, en 2012, ficha por la galería madrileña Maisterravalbuena y detona un éxito inesperado. Le compran museos (Reina Sofía, Macba), fundaciones (Arco, Helga de Alvear), coleccionistas potentes internacionales y hay lista de espera para sus trabajos. En 2013, en la feria Frieze de Londres, despacha todo el estand en una hora. Demostrando, por si alguien tuviera alguna duda, que ser artista es correr la maratón, no los 100 metros lisos. Toda una enseñanza frente a la voracidad del mercado y las prisas de algunos galeristas.

Pregunta. ¿Dónde ha estado todos estos años?
Respuesta. Trabajando. Pero con un cierto nivel de reclusión y moviéndome en los márgenes del gremio. Es decir, muy lejos de Madrid. Porque consideraba que tenía que seguir aprendiendo antes de dar el paso y acercarme no solo a lo contemporáneo sino a la dedicación absoluta a este trabajo. Hasta finales de los años ochenta no asumí que sabía lo suficiente para ponerme a trabajar en serio.

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'Canal del molino', de Néstor Sanmiguel Diest.

P.
Porque antes del oficio de pintor hizo otros.
R. Sí, para ganarme la vida. Estudié en la Escuela Oficial de Sastrería de Madrid. Ahí aprendí el trabajo de patronista, que es lo que me ha permitido mantenerme en pie hasta que he podido dedicarme solo al arte. Pero si me lo pregunta, he vivido de ser patronista; sobre todo de mujeres.

P. ¿Qué marca la decisión de sustituir un oficio por otro? ¿Hay algo que lo desencadene?
R. Son cúmulos de circunstancias. Estaba saturado de trabajar por cuenta ajena y de tener que cumplir horarios infernales, al menos para mi manera de ser. Imagínese estar a las 6.30 de la mañana, abrir la fábrica y poner las planchas a calentar para que cuando viniera la gente todo estuviera en marcha y después dedicarme a hacer patrones. Llega un momento que dices: "¡Se acabó!" Yo lo resolví en un día. Descolgué el teléfono y llamé a mi jefe. No iba a volver más, le dije. No le iba a pedir indemnización ni nada de nada. Pero no regresaba, eso seguro. Era 1999.

P. Sin embargo entre 1985 y 1991 forma parte del grupo A Ua Crag en Aranda de Duero. No estaba tan desligado de ciertas corrientes artísticas.
R. Es cierto. Yo venía de un trabajo político y sindical muy fuerte. Evidentemente fueron años que trabajé muy poco en arte. Pero lo abandoné porque acabé bastante desilusionado ideológicamente. Me caí cuando empecé a ver las realidades con toda su crudeza.

Nsd_Las flores secretas, 1992
'Las flores secretas'. 1992.

P.
Esa desilusión se siente en su trabajo. Al principio tenía un componente político que con el tiempo se ha ido diluyendo.
R.  Lo personal se va diluyendo con los años porque te interesan otros sentimientos. Evito todo tipo de referencias a emociones o sentimientos míos. Me interesa capturar los ajenos. Humanamente no he sido una persona de grandes amores, aventuras locas; y con las drogas he coqueteado, por cuestiones generacionales, lo justito. Me atrae más lo que les sucede a los otros.

P. Entonces, ¿su trabajo dónde encaja?
R. He hecho escultura y fotografía pero decidí que lo que realmente me interesaba era la pintura. Es lo que había estudiado y era lo que dominaba a ciegas. Recuerdo una época que llamé “emociones barrocas” donde vi que las emociones humanas no tenían límites ni número. Por eso nunca vienen solas. Llegan superpuestas o yuxtapuestas. Es inevitable. La radio, la televisión, las charlas en las comidas, las visitas de amigos, los paseos. Todo son cosas que se añaden al tema que vas ejecutando en el lienzo. Y es lo que intento que aparezca. A veces se crean superficies confusas, pero es lo mismo.

P. Lo interesante es que reivindica el oficio sin interferencias. Nada de asistentes, ni ayudantes ni taller.
R. Sí, además resistiendo las presiones.

NSD_El descenso_detalle (4)

'El descenso' (detalle).

P. ¿A qué se refiere?
R. A que mi producción es escasa. No niego el concepto de taller. Si Miguel Ángel y Rafael lo tuvieron, ya me dirá… Pero yo renuncio a todo tipo de maquinaria, desde un enmascarador (que se usa para tirar una línea recta) a cualquier tecnología que podría permitirme resolver mis fondos de manera fácil y sencilla. No me interesa.

P. Hay una asociación clara, al menos desde fuera. Sus retículas parecen sacadas de muestras de telas. Semejan tramas de tejidos. Patrones.
R. Puede ser. Pero no me di cuenta hasta que alguien me lo dijo a finales de los años noventa del siglo pasado. Al principio no era muy consciente. Para el patronaje se necesitan retículas muy definidas, sobre todo en prendas complejas.

P. Esa complejidad también se nota en el título de sus telas y series. Son oscuros y cerrados. El descenso del buscador de perlas (2006-2007) o el Libro para Manuel y el segundo nombre de las cosas (2009-2010).
R. Durante mucho tiempo hubo que evitar que tu trabajo pareciera que tenía una carga literaria muy alta, porque estaba mal visto. Me libero de toda esa pesadilla que es la pintura clásica española. Me refiero a la de antes de los años 2000. Todo eso deja de tener importancia. No solo eso, sino, además, lo acentúo. Porque cuando estás trabajando siempre surgen historias en los márgenes.

Néstor
'El pintor y la modelo'. Un acrílico sobre lino de gran formato (200 x 260 centímetros).

P.
¿Siente que su trabajo tiene un encaje generacional?
R. No. Me veo fuera. Siempre me he sentido así. Lo que está sucediendo ahora con mi trabajo: el éxito y la aceptación. Es algo inesperado. Empieza en 2012, cuando comienzo a exponer en Maisterravalbuena. No es que antes no se me conociera. En algunos sectores, no lo voy a negar, hasta se me respetaba, al menos eso me hacían saber.

P. ¿Cómo lidia con la presión de tener galerías, coleccionistas y una fuerte demanda de obra?
R. Pues con la mayor serenidad, aunque a veces aparece el estrés. El trabajo que hago tiene muchas fases. Eso lo conozco desde los tiempos de la sastrería y la moda. Todo tiene sus etapas. Si quieres hacer algo antes de tiempo, debes eliminarlas. Lo sé porque lo he estado haciendo toda la vida para, en ciertas ocasiones, cumplir con la entrega de un pedido. Podría hacerlo. De hecho hay muchos artistas que lo hacen. Se nota en sus piezas. Sin embargo, me he propuesta no eliminar nunca esas fases.

Vientos solares 4. La pintura. 1988
'Vientos solares 4. La pintura'. 1988.

P.
Ha pasado de vender muy poco durante décadas a despachar un estand en Frieze en solo una hora. ¿Qué reflexión hace? ¿Le preocupa tanta velocidad?
R. Es una sensación de alivio enorme empezar a ver huecos en el taller. Porque llegaba el momento de decir: aquí no cabemos. De hecho no había paredes, una pintura de 3 x 2,5 metros la creaba a ciegas, con la calculadora en la mano para pesar las distintas masas en la tela. Ahora estoy en el momento de la sorpresa, como de algo que uno no se acaba de creer. No sé qué palabra emplear. Porque no estoy en un circuito internacional. No he trabajado con comisarios estadounidenses, rusos ni checoslovacos. Se está moviendo todo a una gran velocidad y se está moviendo obra que daba por desahuciada. Había pensado en hablar con algún director de museo para dejarle piezas en depósito, incluso pensaba en prejubilarme, pero me faltaba un mes por cotizar. De repente empieza todo a moverse. Y aquí estoy.

Néstor obra P. De Tàpies se dice que uno de sus grandes defectos es que guardaba todo. No rompía nada. ¿Rompe obra?
R. He guardado obra, pero reconozco que he prendido fuego a dos hogueras. No soy un loco, estuvieron bien prendidas. No eran buenos trabajos.

P. ¿Cuántas obras ardieron?
R. Unas 50 o 60, sobre todo de los años setenta y ochenta.

P. Un ejercicio raro de honestidad.
R. Sí. He visto algunas exposiciones de grandes artistas que dices: “¡Y esto, porqué no lo habrá quemado!” Me pasó con Braque en la Fundación Thyssen. También es como algunos picassos que hay en circulación, seguro que los tenía tirados por ahí y ahora los exhiben.

 

Fotos: cortesía galería Maisterravalbuena.

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Sobre el blog

En un mundo de liquidez casi ilimitada, en el que los bancos centrales dan al botón de imprimir billetes a la misma velocidad que Billy el Niño desenfundaba su revolver, los ahorradores (que hoy en día somos todos) han redescubierto el valor de los activos tangibles y limitados.
O sea, que empiezan y acaban. Metales preciosos, arte contemporáneo, antigüedades, vinos, coches de colección, diamantes. Bienes que a su escasez y potencial económico aportan su carácter material. Bienes con arte y sonantes.

Sobre el autor

Miguel Ángel García Vega

Periodista y modesto coleccionista de arte contemporáneo, Miguel Ángel García Vega lleva más de 15 años escribiendo en EL PAÍS. A veces de finanzas, a veces de sociedad, a veces de arte, pero siempre conectando la vida y los números. Este blog quiere ser una piedra de Rosetta con el que entender el universo de los bienes tangibles, que en ocasiones parece, como el mundo, ancho y ajeno.

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