
Dicen los médicos que a Luis Arbea Aranguren cada vez que mira el reloj siente que el tiempo le amenaza. Dicen que sufre esclerosis múltiple. Una enfermedad con un pronóstico duro. Pero los galenos se equivocan. Este filósofo y sicólogo navarro, que en los años de plomo no dudaba en plantar cara a ETA desde la universidad, es una ola de vida y energía. Ni la enfermedad ni sus inconvenientes logran arañarle. Parece tallado en madera de boj. “Un hombre que vive con intensidad el presente no muere nunca”, afirma rotundo citando al filósofo Wittgestein. Así que uno descuelga el teléfono y pregunta: “¿Profesor, qué es hoy en día, en esta España ceniza, tener calidad de vida?” Y el periodista martillea. “¿Se puede tener calidad de vida sin trabajo? ¿Sin salud? ¿Con miedo? ¿Problemas? ¿Desespero? ¿Incertidumbre? ¿Sabiendo, como cuentan todos los números, que somos cada vez un país más pobre?”
A estas dudas se han enfrentado, a través de los siguientes párrafos, economistas, filósofos, escritores, sociólogos, altos directivos, sicólogos, políticos. Cada uno con su particular lectura. Aunque hay una reflexión que lo inunda todo. La falta de trabajo es el gran escollo de nuestro país y nuestro tiempo. “El principal enemigo de la calidad de vida, que yo prefiero llamar “vida buena”, es el paro”, afirma el filósofo Javier Sábada. Sin embargo, no es una alcuza de peso insoportable. Hace tiempo que sabemos que el trabajo da sentido al ocio, pero la falta de empleo no debe congelarnos. “Una situación de crisis no tiene que eliminar la búsqueda de la felicidad; no tiene que arrasarla. Al contrario. Cuanta más crisis más tenemos que intentar ser felices para sobreponernos a ella”, reflexiona Javier Sábada.
Desde luego no resulta fácil, pero estar en paro no es algo esculpido en bronce. Es un periodo, y como tal hay que esforzarse para que finalice pronto. “El desempleo merma nuestra calidad de vida, pero no solo por la pérdida de ingresos sino porque repercute en cuestiones tan profundas como la autoestima, la integración o la realización personal”, narra Manuel Pimentel, expolítico y empresario. Por eso resulta prioritario que la persona no pierda esa percepción de que es valiosa.

"Hay que aprovechar la crisis, que nos ha bajado de la nube", asegura el filósofo Luis Arbea Aranguren. "Ni somos tan libres ni tan demócratas ni tan opulentos".
A veces, sobre todo estos días, vivir es también un ejercicio de pérdida. Luis Arbea Aranguren tiene trabajo, de hecho es un reconocido profesor de sicología de la UNED en Pamplona, pero le falta la salud, afectado, como hemos visto, por una enfermedad degenerativa bastante cruel. Aun así ha alzado un parapeto construido de realismo. “Hay que aprovechar la crisis, que nos ha bajado de la nube. Nos hemos sentido libres, demócratas y opulentos”, desgrana Arbea Aranguren. “Y no somos ni tan libres ni tan demócratas ni tan opulentos”.
Evidentemente esto último es innegable. Solo hay que sentarse en un banco y mirar nuestra realidad. O leer los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). La tasa de riesgo de pobreza está en el 21%. Y el 12,7% de las familias cuenta que llega a final de mes con mucha dificultad. Como país, y en términos de riqueza, en 2007 éramos la 8ª potencia del mundo y en 2011 fuimos la 12ª. Por si fuera poco, la Caixa anticipa que este año el PIB de España decrecerá un 1,5%.

"Si vivir bien es solo acumular, entonces es una vida de almacén", reflexiona el filósofo y escritor Fernando Savater.
La economía se ha puesto en nuestra contra. Pero, ¿también la calidad de vida? No. Simplemente hay un cambio de paradigma. La parte material –que es importante hasta tener cubiertas las necesidades básicas– se ve compensada por otras voces que llegan, sobre todo, desde dentro. “Cada uno tiene que crear su propio concepto de calidad de vida”, recomienda el filósofo Fernando Savater. “Si vivir bien es solo acumular, entonces es una calidad de vida de almacén”, advierte. “Tenemos que aprender a fabricar humanidad y no a atesorar pertenencias”. Y deja una imagen para la reflexión: “La gente que no es capaz de disfrutar de un soneto, se tiene que comprar un coche”.
Como se ve, el enfoque es importante. Javier Urra, doctor en sicología y ex Defensor del Menor en Madrid, cree que, al igual que si se tratara de un singular Aleph, todo se concentra en “tener un proyecto de vida. Es lo más valioso y a la vez lo más complicado, porque exige vocación, criterio y voluntad”. Sobre esta terna, Javier Urra dibuja una respuesta a nuestra pregunta que le lleva a una serie de ideas, que cita como un torrente. “Tener alguien que te quiera y a quien querer; tener la conciencia de que cuando nos vayamos de aquí hicimos algo que mereció la pena; tener sentido crítico para entender la vida, para saber envejecer y aprender a manejarse con el deterioro que vendrá con la edad; tener un sentimiento espiritual y saber apreciar la belleza”.

"Una persona solo es feliz cuando tiene una calidad ética alta", recuerda Antonio Garrigues Walker citando a Fernado Savater. /ALVARO GARCÍA.
Es como una vuelta a un cierto renacimiento o a un tiempo ilustrado, que parece que en los últimos años nos lo hemos ido dejando a jirones por las esquinas de la burbuja inmobiliaria, los mercados financieros, la avaricia de algunos, o de decenas, y la pérdida de valores esenciales que han sido irremplazables durante décadas para edificar una sociedad sana. Es la reivindicación de la variable ética, elemento insustituible en la calidad de vida.
Un maestro del pensamiento liberal, Antonio Garrigues Walker (imagen inferior), letrado de gran prestigio, abre la conversación con una cita de Fernando Savater: “Una persona solo es feliz cuando tiene una calidad ética alta”. Y España, asegura, vive un descenso evidente de esta virtud. Pero junto a esta llamada a la conciencia, también incide en el valor de “conservar la curiosidad intelectual, puesto que ayuda a mantener un sustrato de futuro y de esperanza”.
Además, hoy más que nunca, conviene recordar que lo que vendrá no está escrito. E incluso con una economía a la contra es posible mejorar la percepción que tenemos sobre la calidad de vida, “ya sea porque disminuyen las expectativas o bien porque sube el aprecio hacia cosas que antes se daban por sentadas y que no percibíamos que eran privilegios”, razona María Dolores Dancausa, consejera delegada de Bankinter.
Se podría decir que en esto de la calidad de vida es como si hubiéramos mirado a todas direcciones menos dónde deberíamos haberlo hecho. Quizá debimos haber mirado a nuestro lado. Hay que recuperar el toque humano; al otro. “Es importante ir más allá de lo inmediato y apoyarnos en la inversión afectiva”, recomienda la sicóloga Laura Rojas Marcos. “Tener el cariño de nuestros seres queridos y sentir que significamos algo en la vida de los demás. Podemos perder el trabajo, pero hay que hacer una verdadera trastada para perder a un amigo”. Siguiendo este hilo, Manuel Pimentel relata cómo desde hace tiempo vivir bien tiene más proximidad con “las relaciones humanas que con las económicas”. Y también con la cercanía de la cultura. “Una persona culta es capaz de disfrutar más de la vida gastando menos dinero que una inculta”, observa Savater. “Recomiendo la cultura para ahorrar”, ironiza a media sonrisa.
Esta defensa de lo próximo y de lo culto es tan importante como valorar esas cosas en apariencia menores. Un café con los amigos, una conversación, una llamada de teléfono a tiempo o besar a alguien que te llena todo. Pequeños gestos que son una victoria.

Conviene no olvidarlo: el futuro no está escrito.
Y es que en la “vida buena” –en terminología de Javier Sádaba– “el primer mandamiento moral es ser feliz. Pero no es una felicidad light o posmoderna; es una felicidad que hay que trabajarse”. La cultura del esfuerzo como reacción frente al riesgo de perder calidad. Pero también la búsqueda de respuestas a ciertas preguntas. Porque en momentos difíciles es cuando nos planteamos los caminos. “¿Cómo puedo mejorar? ¿Era sostenible hacia dónde estábamos yendo?”, se interroga el escritor Albert Figueras. “Lo que nos está pasando es una oportunidad para repensar la sociedad. Es el momento de plantearse una sociedad más humana, pero también es el tiempo de decir no a los abusos. Recortar en educación, sanidad, cultura… ¡Esto es intolerable! ¡Es lo básico!”, exclama. “Hay que pensar en estas cosas y a partir de aquí construir en positivo. De una forma que recoja a todos, no que sea excluyente, como ha pasado hasta ahora”.
“Todos”. Quizá desde el inicio de la Transición nunca había tenido tanta trascendencia este adjetivo en España. “En época de crisis habría que desarrollar el nivel moral, la “conciencia satisfecha”. Es ponerse en la piel del otro. Esto da una enorme felicidad”, aconseja Javier Sábada.

"Recortar en educación, sanidad y cultura es intolerable. ¡Un abuso!", exclama el escritor Albert Figueras.
Pero ¿y el dolor? ¿Y lo físico? ¿Y esa piel? ¿Se puede tener calidad de vida en el sufrimiento de una enfermedad grave? En la sección de oncología pediátrica del Hospital Montepríncipe de Madrid, la oncóloga Blanca López-Ibor convive a diario con él (pero también con la alegría), y su experiencia de tiempo le dice que sí. “Incluso en las situaciones más límites, más duras, la vida de un enfermo terminal o en cuidados paliativos merece la pena. Cada día que amanece merece la pena”, recalca.
Desde hace años se reúne dos veces al mes con padres que han perdido a sus hijos por accidentes o enfermedades. Y les lanza preguntas difíciles. Como estas:
– ¿Si cuando tenías en brazos a tu bebe te hubieran dicho que a los ocho años se iba a morir de un tumor cerebral, lo habrías tenido? ¿Hubieras preferido evitar el dolor de los días venideros?

Tener los servicios sanitarios públicos garantizados es un elemento innegociable de la calidad de vida. En la imagen, el Hospital Rey Juan Carlos de Móstoles (Madrid)./CRISTÓBAL MANUEL.
Blanca López Ibor asegura que siempre escucha de esos padres la misma respuesta: “Sí, lo hubiera tenido”. Y recuerda: “A lo largo de estos años de práctica profesional si algo he aprendido es que la vida, por el mero hecho de vida, siempre tiene calidad”. Quizá otros médicos podrían aportar sus matizaciones, pero entraríamos en los predios de qué consideramos “morir con dignidad”. Y no son las palabras de este reportaje. Por eso, tal vez, deberíamos quedarnos con la voz sosegada del economista José Luis Sampedro, y escuchar: “Tenemos una sola vida y la obligación de vivirla”.
Porque justo en este momento llama a la puerta uno de los elementos que más frena sentirse bien y que tanto constriñe en esta época: el miedo. Y aquí hay un axioma irrefutable: “No tener miedo es vivir mejor”, apunta Albert Figueras. Frente a este sentimiento, Laura Rojas Marcos opone la serenidad. “Es necesaria, pues tenemos demasiadas incertidumbres y ansiedades y esto hace que tengamos mala calidad de vida”.

“¿Y conseguiste lo que querías en la vida?/ Lo conseguí/. Considerarme amado, sentirme amado sobre la tierra/” Raymond Carver. En la fotografía, el escritor y poeta (fallecido en 1988) junto con su mujer, la poetisa Tess Gallagher.
Desde luego, con lo que cae, no resulta sencillo disipar esas nubes negras, pero al final se trata de recuperar la esencia, aquello que nos resulta imprescindible; y cuidarlo. Aquello que, quizá, trabaja contigo, vive contigo o duerme a tu lado. En el verano de 1988, poco antes de morir de cáncer, el escritor y poeta estadounidense Raymond Carver puso título en su casa de Port Angels (Washington) a uno de sus poemas finales. Lo llamó Último fragmento. En una cuartilla, en la cocina de la planta baja, escribió: “¿Y conseguiste lo que querías en la vida?/ Lo conseguí/. Considerarme amado, sentirme amado sobre la tierra/”. Quizá solo de esto se trate este oficio de tinieblas que algunas veces llamamos vivir.
(Imagen de apertura: EFE/Nic Bothma).