22 agosto, 2007 - 03:58 - ELPAIS.com
Final de trayecto
El 14 de abril de 1921 llovió, por lo que muy pocos asistieron a la primera excursión dadaísta. André Breton, Tristan Tzara, Paul Éluard y otros ocho vanguardistas recorrieron las calles de París, su ciudad, para "descubrir los lugares que no tienen ninguna razón de ser", según se leía en el panfleto que publicitó el paseo. En Google sale una foto de la cita frente a Saint Julien le Pauvre si se teclea el nombre de la iglesia. Once personajes llevan sombrero; cuatro, bastón. Según explicó luego el poeta George Hugnet, que no fue pero al que se lo contaron (era íntimo de Tzara), durante la caminata se improvisaron "numeritos": "El más exitoso [lo cual no significa mucho] fue un tour por el camposanto, parando aquí y allá para leer al azar definiciones sacadas de un gran diccionario... El resultado fue el mismo que seguía a todas las manifestaciones dadá: depresión nerviosa colectiva".
Atrapado en su ciudad, el Condenado cree que ya nadie hace cosas así ni lleva sombrero. Se equivoca en lo primero. El reciente libro Experimental Travel propone experiencias turísticas que se salen totalmente del tiesto. Algunas convierten la ciudad propia en una aventura. En Viaje al final de la línea se toma el metro hasta la última parada y se aterriza en otro mundo. En K2 se explora el cuadrado marcado por las coordenadas K-2 del mapa. En la ciudad del Condenado corresponden a un nuevo barrio residencial (Sanchinarro, Madrid). Para un urbanita recalcitrante, pasear entre idénticos chalets adosados supone irse mucho más lejos que visitar París. Algunas ideas beben del surrealismo (pasear con una cabeza de animal de cartón piedra); otras, de la filosofía del juego de Roger Caillois (visitar los lugares que aparecen en el Monopoly). Todas están colgadas en Latourex.org, abreviatura de Laboratorio de Turismo Experimental, con sede en Estrasburgo, Francia.
En Exeter, Reino Unido, tiene su cuartel general Wrights & Sights (Mis-guide.com), una pandilla de "artistas investigadores" que edita antiguías turísticas para reinterpretar la urbe. "¿Qué ocurre si superpones un mapa de Moscú al de tu ciudad? ¿Qué hay donde estaría el Kremlin? Busca referencias rusas. Para en los bares y pide vodka", recomiendan.
En Roma, Stalker, una asociación de jóvenes arquitectos, explora las afueras, acampando en los márgenes de la ciudad, las chatarrerías, las carreteras en obras, para comprender cómo funciona la bestia que todo se lo come. Además de en Roma, existen en Stalkerlab.it.
En Glowlab.com, con base en Nueva York, anuncian el evento del año: Conflux, el festival de psicogeografía contemporánea que se celebra del 13 al 16 de septiembre. Su intención: "Explorar la ciudad, convirtiéndola en un patio de recreo". La psicogeografía fue idea de los situacionistas y según Wikipedia.com "incluye casi cualquier cosa que obligue a los peatones a salirse del camino predecible, empujándolos a una nueva comprensión del paisaje urbano". En Conflux dos personas navegarán por espacios distintos con paseos idénticos gracias a una conversación de móvil (camina hasta encontrar algo azul, gira 180 grados, etcétera).
Harto de moverse sólo por Internet sin levantarse del sofá Kipplan de siempre, el Condenado se aventura en su ciudad. No se le ocurre adónde ir. Opta por un experimento llamado turismo alternante. Parece liberador, no hay que tomar decisiones. Sólo una: sales de casa y giras. A partir de ahí, en cada bocacalle, tomas la dirección opuesta. Derecha, izquierda, derecha, izquierda... hasta dar con algo que te impida el paso. El Condenado recorre así su barrio pisando callejuelas desconocidas que no están camino del metro, ni del cajero. La ausencia de destino, la deriva, enciende la curiosidad con la que mira. O no. Quizás lo está forzando en pro del éxito del experimento. Quizás sobreactúa. Algo le detiene. Sin darse cuenta, está en la puerta de su videoclub. Ha dado un rodeo. En la mochila le pesan un par de películas que debía haber devuelto hace siete días.


El Condenado imprime (en el curro) un mapa de su barrio. Con una chincheta y un lápiz unidos entre sí por un trozo de celo (en las oficinas, como en las celdas, no hay cordones), traza un círculo con un diámetro, a escala, de 500 metros alrededor de su piso sin aire acondicionado. Veinte calles y una plaza. Durante días cuenta con palotes los espacios para aparcar. En una columna, los sitios en los que hay, o podría haber un coche; en la otra, los ocupados por otras cosas. La primera calle que mide se llama Leganitos; está en el centro de Madrid, pero podría existir en cualquier gran ciudad. El resultado es escalofriante. Cabrían 145 utilitarios, pero sólo se puede aparcar (con suerte, y pagando) en 81. Dos están reservados para incapacitados. Vale. ¿Pero y el resto del 43,3% de la calle que le está vetado? Parafraseando el libro aquel del queso y la autoayuda, el Condenado se pregunta: "¿Quién se ha llevado mis sitios?".
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