Heriberto Araujo y Juan Pablo Cardenal

La agenda china en el Ártico

Por: | 16 de mayo de 2013

“El Ártico pertenece a la población mundial y ningún país tiene soberanía sobre él”. La extemporánea frase de un almirante retirado de la Armada china dejó claras, allá por 2010, las pretensiones de China en una zona del mundo que no es limítrofe con su frontera pero que tiene un enorme potencial geoestratégico y económico. Las oportunidades que vienen con el deshielo, provocado por el calentamiento global, no pasan desapercibidas para las grandes potencia. Tampoco para China, que aspira también a su parte del pastel.

La parrafada del almirante chino la llevó Pekín al terreno diplomático con su petición de incorporarse al Consejo Ártico como observador permanente. El Consejo, fundado en 1996 por los ocho Estados Árticos, se reúne cada dos años para coordinar la política regional en materia medioambiental y desarrollo sostenible. Ahora, con el nuevo futuro que se vislumbra en esa zona del globo, el Consejo Ártico se ha convertido en un club de élite en el que todos quieren ingresar. Varias organizaciones internacionales y seis países, entre ellos España, ya son observadores permanentes desde hace años.

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Noticia en la TV china de la admisión de China en el Consejo Ártico como observador.

Ayer, en la cita celebrada en Suecia, se incorporaron otros seis. Entre ellos, China, premiada al fin después de dos rechazos consecutivos y una vez que su discurso ha pasado de desafiante a reglamentario, esto es, centrado ahora en la investigación científica. Tener estatus de observador permanente supone no quedar descolgado del debate sobre el Ártico y, eventualmente, tener sitio reservado en la mesa cuando empiece el banquete. El festín son las grandes reservas de petróleo y minerales que cobijan las aguas y territorios árticos, las cuales teóricamente podrán explotarse en las próximas décadas.

Con todo, el interés de China es mucho más actual. El Océano Ártico es ahora navegable en zonas que antes estaban cubiertas por el hielo, lo que significa que el Consejo Ártico tendrá supuestamente un gran peso a la hora de delimitar los derechos pesqueros. Y no hablamos de una zona de pesca cualquiera sino de una de las mayores reservas de peces del planeta. Todo ello es clave para un país que tiene la mayor flota pesquera faenando por los mares del mundo, y no necesariamente porque se haya disparado la demanda de proteína en el país más habitado del mundo. Su despliegue es por puro negocio. No en vano China es el mayor productor pesquero mundial además de exportador neto de pescado.

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Un informe del Parlamento Europeo del pasado año destapó un (nuevo) engaño del país asiático. Oficialmente, Pekín declaró a la ONU que capturó una media de 368.000 toneladas de pescado cada año en la última década en aguas lejanas. El citado informe calculó que las capturas reales en ese mismo periodo fueron, en verdad, más de 12 veces esa cantidad, o 4,6 millones de toneladas. Por tanto, resulta paradójico que un país con semejantes escrúpulos haya entrado a formar parte, de momento sin capacidad ejecutiva, en un Consejo Ártico que se fundó, precisamente, para salvaguardar la singularidad medioambiental del Ártico. A ver cómo se convence al zorro de que se comporte en el gallinero.  

La otra razón que interesa y mucho en Pekín es la posibilidad real de que en el futuro puedan abrirse rutas marítimas por el Ártico. Aún quedan muchos obstáculos por superar –legales, logísticas, comerciales, etc– antes de que se abra al tráfico comercial, pero cuando ocurra la ruta entre Shanghai y Hamburgo se reducirá en 7.000 millas, lo que supondrá un ahorro considerable en tiempo y combustible. Eventualmente, esas mismas rutas permitirán a China llevar los minerales que explote  en Groenlandia, territorio que también está en el punto de mira de los asiáticos, sin tener que navegar hasta el canal de Suez.

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Gráfico publicado en el SCMP.

Por todo ello es indudable que Pekín tiene intereses legítimos en la región y, en ese sentido, es perfectamente razonable que China se involucre con el resto de la comunidad internacional en perfilar el futuro del Ártico. El verdadero desafío para el resto es asegurarse de que el gigante asiático accede a jugar bajo las reglas establecidas.

Un zambullido en la vida de los chinos en nuestro país

Por: | 20 de abril de 2013

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A finales de 2012 se publicó en España el primer libro que documenta, con un ángulo diáfano, la vida de la comunidad china en nuestro país: "¿Adónde van los chinos cuando mueren? Vida y negocios de la comunidad china en España" Lo ha escrito Ángel Villarino, corresponsal en Asia del diario mexicano Reforma y de La Razón, y le ha dedicado casi dos años de trabajo.

En sus diez capítulos, el libro trata de diseccionar los intríngulis del quehacer cotidiano de los 200.000 inmigrantes chinos que viven legalmente en España. Y también de los que residen ilegalmente. Para ello, Villarino ha hecho viajes por nuestra geografía y por China, sobre todo en el este del gigante, según me explicó en una entrevista en la que confesó que “el principal desafío ha sido la reticencia a hablar por parte de la comunidad china, sobre todo en Madrid (en Barcelona fue algo más sencillo)”. Nada exclusivo de los chinos, en su opinión. “Por otra parte, después de 10 años trabajando en el extranjero me ha sorprendido muy negativamente la opacidad que hay en España respecto a cifras, datos oficiales, acceso a funcionarios, etcétera. Países como México están más avanzados que España en este sentido”.

Los diez capítulos del libro avanzan sobre las cuestiones principales de la comunidad, desde el conocido método de inmigración clandestina por medio de las cabezas de serpiente, hasta cómo piensan los chinos de segunda o tercera generación que, según Villarino, demuestran menos voluntad de trabajo y sacrificio que sus padres. Y quizá ahí resida la clave de una integración total con nuestra sociedad: el fin de considerar España o Europa como un lugar donde el único objetivo es prosperar económicamente y, en ocasiones, a cualquier precio.

La obra fue escrita antes de que la Operación Emperador saltara a las portadas de los periódicos. Villarino trabajó a posteriori en una actualización que el lector agradecerá, porque de otra forma algunos de los entrevistados por el periodista español, como Gao Ping o el policía Miguel Ángel Gómez, imputados en la trama, habrían aparecido con un ángulo equivocado.

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El libro, basado en más de 300 entrevistas, no pretende ser una obra de periodismo de investigación sobre cómo prosperan realmente los chinos. No hay que buscar en ella una inmersión al estilo Gomorra. El suyo es más bien un relato pintoresco y poliédrico, cercano a veces a la antropología, como cuando cuenta la importancia de las bodas chinas en el entramado financiero-institucional, o cuando relata a través de los recién llegados el infortunio de vender cervezas en la Gran Vía de Madrid mientras se soportan insultos y xenofobia.

Ello no implica que Villarino no aborde durante un capítulo entero (“Importo cien mil bragas cada semana”, personalmente creo que el mejor) la cuestión de la ilegalidad e irregularidad que tiñe de forma frecuente los negocios chinos en nuestro país. Inspirado en obras similares publicadas en Italia (“Chi ha paura dei cinesi?”, 2008; “I Cinesi non muoiono mai. Lavorano, guadagnano, cambiano l’Italia”, 2008), Villarino se adentra en los puertos de la Comunidad Valenciana, donde explica de forma clara los múltiples sistemas que los importadores chinos –claves en el entramado de los bazares, pero también en el suministro de las grandes superficies- zigzaguean por las regulaciones españolas y europeas para evadir impuestos. No sin la “ayuda” de los agentes que despachan la mercancía, como explica en la entrevista para este blog.

“Los importadores chinos, seguramente no todos pero sí muchos, han hecho muchas trampas, a menudo asesorados por agentes españoles. Sucede además que importadores que en principio eran honestos se vieron obligados a hacer trampas también para poder competir con los que no lo estaban siendo. El problema, creo, no es sólo de la comunidad china, sino de unas autoridades que han estado permitiendo, por falta de controles, por corrupción o por lo que sea, que se introduzcan toneladas y toneladas de mercancía mal tasada. Existía, y esto me consta, una sensación de impunidad a la que los chinos reaccionaban como reaccionarían muchos españoles (recordemos que España tiene una de las economías sumergidas más voluminosas de la OCDE). ‘Si no nos van a hacer nada, si no hay peligro, ¿por qué pagar más?’. Creo que la mentalidad china a la hora de hacer negocios ha engranado perfectamente en España, un país con una economía sumergida gigantesca y con normas sociales y económicas "flexibles", por decirlo con un eufemismo”.

China tiene que reinventarse en África

Por: | 01 de abril de 2013

 

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 Xi Jinping a su llegada a Tanzania, un histórico aliado de Pekín

La reciente visita del nuevo presidente chino a África, el segundo destino elegido por Xi Jinping tras Rusia, refleja bien las prioridades de la nueva administración china: socios no alineados con Occidente, potencias en emergencia (o re-emergencia, en el caso ruso) y ricos en recursos naturales.

En África, la nota dominante de los discursos de Xi Jinping ha sido enfatizar, como ya hicieron sus antecesores, la “dignidad” del pueblo africano, la “independencia” de sus naciones y el compromiso de Pekín con el continente. Sus interlocutores han sido, como es habitual, jefes de Estado y primeros ministro, además de empresarios locales y chinos.

Quizá su mayor capacidad de comunicación no verbal respecto a Hu Jintao, además de la elegancia de su esposa, Peng Liyuan, cuya campaña de relaciones públicas se ha visto empañada por las fotos que revelan su pasado como cantante de las tropas que masacraron a la población en la Plaza de Tiananmen en 1989, hayan dado un cierto aire de renovación a la imagen de China en el continente. Pero los problemas persisten y nada en los discursos de Xi permiten pensar que van a cambiar. 

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Injerencia en asuntos internos

Por: | 30 de noviembre de 2012

Una delegación de altos diplomáticos chinos ha estado esta semana en España comprobando ‘in situ’ el estado de cosas después del mayor golpe policial contra la mafia china realizado en nuestro país. Los representantes de Pekín justificaron su viaje por la necesidad de “conocer de primera mano” el asunto y para “tener pruebas para convencer a los chinos que viven en China de que en España no existe sinofobia”.

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Compruebo atónito que dicho viaje, y sobre todo el hecho de que los diplomáticos chinos fueran recibidos por altos cargos de Interior y Exteriores españoles, no haya levantado la más mínima polvareda. Como si los camaradas comunistas hubieran ido a España a tomar café.

La cuestión es estética y de fondo. ¿Qué hace el Gobierno español reuniéndose con el régimen chino a propósito de una investigación policial y judicial en curso en nuestro país? ¿Qué lleva al Ejecutivo español a tener que dar explicaciones a un gobierno extranjero a propósito de un caso que está en sede judicial? ¿Qué clase de pleitesía es esa? Que el régimen chino esté acostumbrado a trastear con sus jueces no significa que España deba prestarse a ese juego.

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Porque claro, no estamos hablando de un caso de discriminación, o de una cuestión de Estado, o de una causa humanitaria. Estamos ante uno de los mayores golpes dados nunca en Europa contra la mafia china, lo que supuso prisión preventiva para varias decenas de ciudadanos chinos. Un golpe contra supuestos delincuentes acusados de blanqueo de capitales, falsificación documental, fraude masivo a Hacienda, explotación de trabajadores y otros delitos. Por tanto, ante la delincuencia organizada no debe haber más diálogo que la ley.

Y, realmente, el Gobierno español debería explicar de qué se habló en esas reuniones con sus amigos comunistas. ¿Qué clase de información se les dio a los chinos? ¿Se negoció alguna cosa? ¿Hubo presiones en algún sentido? ¿Qué tipo de explicaciones pidieron? ¿Se vieron con alguien del poder judicial?

Aparte de lo anterior, además está la actuación de Pekín. Sorprende, a bote pronto, semejante movilización; ya querrían ver tanta sensibilidad gubernamental muchos residentes de la propia China, empezando por los millones de peticionarios chinos que llevan años pidiendo justicia –sin éxito– por los atropellos de distinta índole sufridos durante los 30 años del mal llamado ‘milagro chino’.

Pero sobre todo, lo verdaderamente sorprendente es ver cómo en este caso la dictadura china no haya aludido a la “injerencia en los asuntos internos de terceros países”, uno de los bastiones que guían la política exterior del gigante asiático. Ya presionaron en su día a Madrid a propósito de la causa tibetana abierta en la Audiencia Nacional, una coerción no sabemos si amistosa u hostil pero, en cualquier caso, una intrusión en toda regla.

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Ahora, la visita de la misión diplomática china a nuestro país es exactamente eso, una intrusión en los asuntos internos de España. Un país serio con políticos y diplomáticos de altura habría sacado a la palestra ese argumento para frenar en seco la intromisión china. Pero, claro, llevamos toda una vida siendo “los mejores amigos de China en la UE”, y así nos luce el pelo. De hecho, nada simboliza mejor la naturaleza de nuestra relación con el país asiático que el hecho de que nuestra diplomacia aluda siempre a esa frase pomposa, vertida por un alto político de Pekín.

Nuestros políticos en Madrid y –sobre todo– nuestros diplomáticos en Pekín, que abogan desde hace años por complacer a la mayor dictadura del planeta, deberían saber a estas alturas que dicha estrategia no nos ha reportado ningún beneficio. Deberían haber aprendido ya, de hecho, que el régimen chino sólo respeta a los países que se mantienen firmes en sus principios. De haber sido así, no habrían osado traspasar los límites de lo institucionalmente inaceptable.

China, cada vez más democrática

Por: | 05 de septiembre de 2012

Escribo desde un avión que me saca de Oslo, donde llevamos varios días abordando la fascinante tormenta política que se desató hace dos años y medio, y que aún continúa, entre China y Noruega. El episodio que provocó la polémica fue la concesión del Premio Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo, quien cumple condena de 11 años en una cárcel de Liaoning por un delito de opinión.

Para Pekín, que una institución como la del Nobel, que a lo largo de más de un siglo ha concedido el mismo galardón a personalidades tan relevantes mundialmente como Martin Luther King, Nelson Mandela, Andréi Sájarov, Carl von Ossietzky o el propio Dalai Lama, entre muchos otros, resultó una “intromisión inadmisible en sus asuntos internos”. Así que lleva dos años y medio castigando a Noruega en todos sus flancos, sobre todo en el político y diplomático.

Como decía, después de varios días en la capital noruega entrevistando a unos y a otros, metido de lleno en el debate de los principios versus los intereses económicos, leo en el mencionado avión una noticia estremecedora en un periódico estadounidense. Una noticia que describe el destino trágico de Li Wangyang, otro disidente chino que murió el pasado 6 de junio en un hospital de Hunan.

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Li Wangyang y su hermana.

Li Wangyang pasó 21 años en la cárcel por su participación en las protestas estudiantiles en la plaza de Tiananmen, en la primavera de 1989, siendo uno de los manifestantes que más tiempo tiempo cumplió entre rejas. Su tiempo en la cárcel fue un infierno: pasó buena parte de esas más de dos décadas en confinamiento solitario, y fue torturado de tal forma que cuando salió de prisión, en mayo de 2011, su salud era extremadamente precaria y se había quedado casi ciego y sordo.

Su determinación por seguir luchando por la democratización de China le llevó a conceder, días antes del 23 aniversario de la masacre estudiantil, una entrevista a una televisión de Hong Kong. Dijo que seguiría su cruzada por la democracia “incluso si me cortan la cabeza”. Días después fue encontrado muerto, colgado de los barrotes de la ventana de su habitación.

Las autoridades se apresuraron a asegurar que había sido un suicidio. Sin embargo la versión oficial tenía un boquete: los pies del cadáver colgado tocaban el suelo. ¿Cómo pudo suicidarse Li un año después de recobrar la libertad y no haberlo hecho durante los 21 años que estuvo encerrado? ¿Cómo pudo una persona ciega hacerse semejante nudo alrededor de su cuello? Además, jamás mencionó a su familia que el suicidio le rondara por la cabeza.

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¿Fue realmente un suicidio?

Aunque el cadáver fue inmediatamente incinerado, familiares y amigos de Li pudieron hacer fotos de la escena del suicidio (o del crimen) que circularon poco después por Internet y desataron una oleada de protestas en Hong Kong. La hermana, cuñado y varios amigos del disidente fallecido, fueron detenidos. Uno de ellos, que osó grabar y colgar en Internet un video del lugar donde murió, ha sido formalmente imputado con el delito de “incitar la subversión del poder del Estado”. Pueden caerle hasta 15 años de cárcel.

Ahora, un reconocido forense australiano, que tuvo acceso –a instancias de una organización de Hong Kong– a los distintos informes oficiales del caso, ha llegado a conclusiones que ponen en entredicho muy seriamente la versión oficial del suicidio y que, por tanto, alimentan con evidencias científicas la sospecha de que Li Wangyang fue asesinado.

El caso habla por sí solo acerca del trato inhumano que Pekín reserva a los pocos disidentes que, como Li Wangyang o el propio Liu Xiaobo, se atreven a enfrentarse al todopoderoso régimen comunista. En el caso del primero de ellos, no bastó con meterlo entre rejas durante 21 años por participar en las protestas callejeras que culminaron en la masacre de Tiananmen. Tampoco fue suficiente con torturarlo repetidamente en prisión, condenándole a una salud precaria. Tampoco bastó con destrozarle la vida. Tuvieron que acabar con él para callarlo para siempre.

En Noruega, el caso de la concesión del Nobel a Liu Xiaobo ha dividido a académicos, políticos, empresarios y periodistas. Unos creen que el galardón estuvo bien concedido. Aprueban el gesto de priorizar los principios sobre los intereses, y aplauden que mantengan el pulso que suponen las represalias chinas. Otros, por el contrario, califican de arrogante la postura noruega y critican la falta de cálculo en cuanto a las consecuencias por la concesión del galardón.

Pero nadie pone en tela de juicio que los derechos humanos son una cuestión ineludible en la relación con China. En muchos otros países, como el nuestro, los derechos humanos, por desgracia, simplemente no puntúan.

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Silla vacía el día de la concesión del Nobel de la Paz a Liu Xiaobo.

Podemos meternos en todos los circunloquios que ustedes quieran, incluso sacar a la palestra la habitual comparación –aunque ésta ofende bastante– con el “demonio” estadounidense para desdramatizar la situación de los derechos humanos y civiles en China.

Pero lo que no admite duda es lo que nos dijo hace unos días el secretario general del Comité del Nobel de la Paz, el historiador Geir Lundestad: “La reacción de China al Premio y la situación de los derechos humanos allí no hacen más que darnos la razón a diario, de ratificar que la decisión de darle el premio a Liu Xiaobo fue la correcta”.


Sobre los autores

Heriberto Araujo y Juan Pablo Cardenal son periodistas españoles en China desde 2007 y 2003, respectivamente. Juntos han escrito el libro "La silenciosa conquista china" (disponible ya en español, mientras se traduce a cinco idiomas), una investigación de dos años por 25 países en el mundo en desarrollo para comprender la expansión del gigante asiático y sus consecuencias. Ahora le siguen los pasos también a la irrupción de China en Occidente.

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