40 Aniversario
Heriberto Araujo y Juan Pablo Cardenal

Claudicación británica

Por: | 24 de junio de 2014

El primer ministro chino, Li Keqiang, estuvo en Reino Unido en viaje oficial la semana pasada. Y más allá de los acuerdos económicos anunciados, la visita dejó una prueba incontestable del poderío diplomático chino actual. Según relataron los medios británicos, el primer ministro exigió ser recibido en audiencia por Isabel II, la reina de Inglaterra, bajo la amenaza de cancelar la visita si el gobierno británico se oponía.

Aunque la reina sólo recibe a personalidades del más alto rango y, desde un punto de vista protocolario, el primer ministro chino no era acreedor a semejante honor, el número dos del gobierno chino fue finalmente recibido en el palacio de Windsor el 17 de junio. Li Keqiang tenía al fin su deseada foto.

 

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La instantánea que, en medio de la importancia que británicos y chinos dan a las cuestiones formales, expone tanto la influencia no exenta de prepotencia por parte de China, como la mansedumbre fronteriza con la pleitesía que exhibe el gobierno británico con el gigante asiático. Detrás del giro de 180 grados de Londres está, cómo no, el maldito dinero. Esto es, la convicción de que China es un socio fundamental para su economía y que, por lo tanto, es necesario estar a partir un piñón con el régimen comunista para no comprometer las oportunidades futuras.

Para sellar su amistad, Londres ha traicionado algunos de los valores que los anglosajones tan orgullosamente dicen defender. Todo se remonta a un encuentro que el primer ministro británico, David Cameron, tuvo en 2012 con el Dalai Lama. Se citaron en la catedral londinense de St. Paul, y no en el número 10 de Downing Street, la residencia oficial del primer ministro, creyendo que con ello atenuaría las críticas de Pekín. Nada más lejos de la realidad: a Londres le cayó la del pulpo.

 

Dalai



Y, al igual que le sucedió a Noruega tras la concesión del Premio Nobel de la Paz al disidente Liu Xiaobo, China cortó además fulminantemente las relaciones institucionales. Cameron se apresuró entonces a decir que no volvería a reunirse con el líder espiritual tibetano y, en los últimos 12 meses, ha tenido además constantes gestos de acercamiento con China. Ello pese a que en su visita oficial al país asiático del pasado mes de diciembre, fue tratado –según no pocos medios y observadores británicos– de forma casi humillante.

“El Reino Unido es sólo un viejo país europeo apto únicamente para viajar y estudiar. Ya no es una potencia a los ojos de los chinos”, publicó el Global Times, diario oficial chino. Tampoco faltaron las referencias a la vergonzante huella histórica de Reino Unido en China. Pero, pese al rifirrafe, Pekín no congeló el comercio bilateral. De hecho, en 2012 aumentó un 7% con respecto al año anterior. Lo que demuestra, mayormente, que China puede poner el grito en el cielo por algo, pero ello no implica que vaya a cortar de raíz las relaciones económicas bilaterales.

 

Globaltimes



También en el caso de Noruega el comercio entre ambos países aumentó un 19% en los dos años posteriores a la crisis por el Nobel. Por tanto, quizá los líderes europeos, con el británico a la cabeza, deberían reflexionar acerca de qué sacan realmente a cambio cuando dejan que un régimen dictatorial les marque la agenda política.

Este clima de recién estrenada camaradería habría sido clave para que China se decidiera a invertir a lo grande en las islas británicas. Además de la red ferroviaria de alta velocidad, las centrales nucleares de nueva generación y las inversiones inmobiliarias en Londres, para el gobierno de Cameron el gran objetivo es que la City de Londres sea elegida centro financiero offshore del yuan en Europa. Según los expertos, si la divisa china continúa su proceso de internacionalización y acaba convirtiéndose en moneda global, con una importancia similar a la que hoy tiene el dólar, el impulso económico que supondría para la capital británica sería formidable.

 

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Quizá la solución para que Pekín deje de influenciar la agenda política de los países (democráticos) europeos, es que la Unión Europea consensue una posición común con respecto a las recepciones con el Dalai Lama y otros asuntos sensibles para China. Sería una forma de blindar individualmente a cada país además de que mandaría un mensaje inequívoco a Pekín. Porque China puede ‘castigar’ a un país, pero no puede permitirse un enfrentamiento con toda la UE, su principal socio comercial.

Pero con las apremiantes necesidades económicas actuales, una Alemania que exporta la mitad de las mercancías comunitarias que importa China y, en general, un clima en Bruselas en el que cada cual hace la guerra por su cuenta, las posibilidades de que eso fructifique son mínimas. En ese contexto, Pekín se mueve, con su táctica de ‘divide y vencerás’, como pez en el agua.  

Tiananmen nunca existió

Por: | 29 de mayo de 2014

Siempre me he preguntado para qué sirve Casa Asia y en qué se gastan el dinero del contribuyente. Así que me he ido a su página web para averiguarlo. Dice textualmente: “Casa Asia se creó con la voluntad de fortalecer el conocimiento y el diálogo sobre Asia en España, a través del análisis y la discusión de temas cívicos, políticos, sociales, culturales, económicos y ambientales, dando apoyo a actividades y proyectos que contribuyeran a un mejor conocimiento entre las sociedades asiáticas y la española, así como promover el desarrollo de las relaciones entre las mismas”.

Y continúa: “Se trata, pues, de construir entre todos los agentes interesados en Asia y el Pacífico, un proyecto basado en la colaboración, con vocación de servicio y la aspiración de ser un referente del conocimiento sobre esta parte del mundo. Con este objetivo se fundó Casa Asia en 2001 (…)”. Es lógico pensar, por tanto, que por ser la segunda potencia económica y el país más poblado del mundo, China es uno de los países regionales que mayor interés despierta entre quienes creen que Casa Asia es un referente intelectual.

En base a ello deduje que tendría prevista alguna conferencia o actividad en torno al 25 aniversario de Tiananmen, que ahora se cumple.

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Pekín, junio de 1989.

Deducción errónea. Casa Asia no tiene prevista ninguna actividad sobre –acaso– el más importante acontecimiento histórico acontecido en China desde la muerte de Mao. Lo que no está nada mal para quienes aspiran a ser “un referente del conocimiento sobre esta parte del mundo”, (incluida China, se entiende).

Cómo lo justifican es aún peor: “No podemos tomar partido”, apuntan desde Casa Asia. ¡Tomar partido, nada menos! Precisamente, ninguneando el aniversario y contribuyendo a la amnesia colectiva están tomando partido por el mismo régimen que, en vísperas del aniversario, ha intensificado la represión con una oleada de detenciones e interrogatorios: desde familiares de los fallecidos y activistas a académicos, periodistas e intelectuales.

“La respuesta de las autoridades chinas al 25 aniversario ha sido más dura que en años anteriores, pues insisten en tratar de borrar de la memoria lo sucedido el 4 de junio”, dijo ayer Amnistía Internacional. Hasta la habitualmente timorata Unión Europea hizo ayer una condena oficial. Pero mientras en medio mundo se recuerda cada año el trágico aniversario, en España contribuimos al apagón, con Casa Asia a la cabeza.

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Conmemoración en Hong Kong.

Puede que ésta sea un consorcio público “formado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación a través de su Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la Generalitat de Cataluña y los Ayuntamiento de Barcelona y Madrid”, según se lee en la anteriormente citada web. Y puede que colaboren estrechamente con distintas embajadas, entre ellas la china. ¿Pero a quién se debe Casa Asia? ¿Está entre sus objetivos omitir todo aquello que irrita al gobierno chino?

La omisión de cualquier referencia al aniversario de Tiananmen no es un descuido patoso. Una búsqueda por palabras en su web da buena cuenta de cómo ha abordado los asuntos chinos políticamente sensibles en el pasado. Con cuatro palabras clave –“China”, “derechos humanos”, “Tiananmen” y “Tíbet”– busco qué actividades vinculadas a esos temas han organizado o promocionado. De los 154 resultados obtenidos, sólo una conferencia abordó los derechos humanos, pero fue en la Universidad Autónoma de Madrid y el ponente era un académico chino.

De las tres que abordaron la cuestión política en el Tíbet, sólo una se hizo en Casa Asia y sus ponentes dieron al acto un barniz de pluralidad y objetividad prodigiosas: todos eran funcionarios chinos del Tíbet o de la embajada china en Madrid. La más reciente de las conferencias es de 2008. Y respecto a las 150 actividades restantes, lo habitual: la magia del mandarín, la poesía china, el arte contemporáneo, las concubinas, la música tradicional china y un sinfín de charlas sobre la economía china y sus fabulosas oportunidades. Instituto Confucio en estado puro.

Al comprobar la bravura y arrojo casi suicida de Casa Asia para divulgar –desde 2001– la auténtica realidad de China, recordé a Ding Zilin, la promotora y portavoz de las ‘Madres de Tiananmen’ que, a sus 77 años, ha sido confinada una vez más a arresto domiciliario. La entrevista que le hice en la primavera de 2004 marcó mi llegada a China. En su domicilio, delante de una taza de té y junto a las cenizas de su hijo muerto, contó con todo detalle lo acontecido aquel 4 de junio trágico en el que su hijo adolescente murió en un callejón próximo a Tiananmen por las balas del Ejército chino. Mientras lo contaba, las lágrimas rodaban por sus mejillas.

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Ding Zilin junto a un retrato de su hijo.


Para Casa Asia, Tiananmen no existió. Tampoco para nuestra diplomacia, para nuestros gobernantes, para no pocos académicos y periodistas. Son los mismos que abogan por el fin del embargo de armas y los que se congratulan de que China nos considere su mejor amigo dentro de la UE. Los que se ponen de perfil con respecto a los derechos humanos en China o la represión en el Tíbet. Los que ceden a las presiones del gobierno chino y liquidan de un plumazo la justicia universal para desactivar con ello los dos querellas contra los líderes chinos en la Audiencia Nacional.

No somos el único país que actúa así con China, sobre todo ahora que es percibida como una potencia económica. Pero eso no es consuelo. Tenemos mucho de lo que avergonzarnos.

China, la ganadora de la globalización

Por: | 05 de mayo de 2014

Un informe del Banco Mundial asegura que China se convertirá en la primera potencia económica mundial antes de que acabe este año. Ya que hablamos del país más poblado del mundo, la noticia no sería tan extraordinaria si no fuera porque, hace menos de 40 años, China estaba metida de lleno en la locura de la Revolución Cultural y el maoísmo aún daba sus últimos coletazos. En cierto modo, el hito hay que relativizarlo, porque en PIB per cápita China sigue lejos de los países más prósperos; pero confirma la evidencia de que China es la gran ganadora de la globalización.

Una cifra arrolladora da buena cuenta de ello. El comercio de China con el resto de mundo se ha multiplicado por siete en los 12 años que siguieron a la entrada del gigante asiático en la Organización Mundial del Comercio (OMC): de 500.000 millones de dólares en 2001 a 3,87 billones en 2012. La adhesión de China a la OMC le permitió adquirir el estatus de ‘nación más favorecida’ que, en combinación con la ventaja comparativa de su mano de obra barata, tuvo máximo efecto. China se convirtió en la fábrica del mundo y muchas multinacionales optaron por deslocalizar parte de su producción.

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China se adhirió a la OMC a finales de 2001.

Pertenecer al club comercial obligó al país asiático a una profunda cirugía. Unas 2.300 leyes nacionales y 190.000 normativas locales fueron reformadas, poniendo con ello los cimientos de una economía más o menos próxima a una de mercado. Todo ello sirvió para atraer grandes inversiones foráneas y, con éstas, las multinacionales aportaron su tecnología. Un factor clave, porque permitió a China aprender y empezar a cambiar la estructura de su comercio, que ahora tiene un componente tecnológico mayor. Con todo, es justo admitir que el país asiático ha pagado un alto precio con la adopción de este modelo, sobre todo en términos medioambientales o en cuanto a las desigualdades de riqueza.

La paradójica consecuencia de todo ello es que las empresas occidentales han tenido un acceso al mercado chino menor del que preveían durante los 15 años que duraron las negociaciones con Pekín. Sí, se han reducido los aranceles y eliminado todas las barreras cuantificables, pero permanecen las no arancelarias. Por tanto, mientras las empresas chinas tienen libre y expedito su acceso a los mercados occidentales, para las empresas extranjeras el chino es un mercado minado de obstáculos. No sólo hay sectores completamente cerrados a la inversión extranjera y otros protegidos, sino que algunos de los que están teóricamente abiertos, en la práctica las barreras son casi insalvables.

La falta de reciprocidad no es la única asimetría. Cuando China entró en la OMC, Pekín fusionó empresas estatales para convertirlas en gigantes nacionales y les concedió el monopolio en los sectores estratégicos. Desde una lógica defensiva, parecía lo prudente teniendo en cuenta que en aquellos años China no tenía grandes empresas que pudieran hacer frente a una competencia extranjera mucho más sólida. Gracias a ello, las empresas estatales chinas han sido las que mejor han capitalizado la entrada en la OMC. Ahora, esas mismas empresas estatales tienen vía libre para competir en los mercados mundiales con las armas de su capitalismo de Estado.

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¿Competencia desleal china?/ The Economist.

El régimen de monopolio en China, los subsidios encubiertos y la financiación preferencial sirven decisivamente a esas empresas estatales chinas para competir deslealmente en otros mercados. No obstante, en medio de una alarmante falta de liderazgo en Occidente, los gobiernos occidentales no parece que estén priorizando esta cuestión más allá de los esfuerzos de Estados Unidos por llevar a buen puerto sendos acuerdos de comercio e inversiones con la UE y en la región del Pacífico.

En general, la prioridad ahora para los gobiernos occidentales es la recuperación económica. Y en ese propósito China tiene reservado, con sus inversiones que crean empleo a corto plazo, un papel fundamental. En el actual contexto, por tanto, la triste conclusión es que no se intuye que nuestros gobiernos vayan a tener la fuerza ni la influencia necesarias para exigir a China a que cumpla las reglas del juego.

Resistencia estudiantil contra China

Por: | 27 de marzo de 2014

Miles de estudiantes han tomado en los últimos días las calles de Taipei, la capital de Taiwán, para protestar contra la ratificación de un acuerdo comercial con China que creen que es muy ventajoso para ésta y muy peligroso para el futuro de la isla. El momento álgido de la protesta fue la toma y atrincheramiento de 200 estudiantes en el Parlamento nacional, lo que ha sacudido políticamente a un país muy polarizado en cuanto a cuál debe ser el alcance de sus relaciones con China.

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La razón de fondo detrás de estas turbulencias sociales no es muy difícil de adivinar. El acuerdo comercial, firmado en junio del pasado año pero pendiente de ratificar, conlleva la apertura del sector servicios, que en Taiwán permanecía restringido a la inversión china precisamente para preservar la independencia económica de la isla. Con dicha apertura, el gobierno taiwanés del Kuomintang, enemigo histórico del Partido Comunista chino (PCCh) convertido hoy en su mejor aliado, aspira a propulsar la economía taiwanesa.

Los estudiantes y no pocos críticos en la isla creen, por el contrario, que dicho acuerdo concederá al gigante asiático una exagerada influencia económica sobre la isla. Ello condenaría a Taiwán, aluden, a una dependencia económica de China que eventualmente podría desembocar en una dominación política. Esto es, una integración económica paulatina que sería la antesala de una asimilación definitiva, incluida la territorial, en el futuro.

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Aparte de los riesgos a medio y largo plazo, los críticos ven peligros más inminentes. Así, el nuevo marco legal daría por ejemplo acceso al mercado taiwanés a los grandes grupos mediáticos y editoriales chinos, los cuales están controlados prácticamente en su totalidad por el PCCh. El déficit democrático y de libertad de prensa que ello supondría, como de hecho ya se ha demostrado en Hong Kong, es una consecuencia inasumible por parte de esos miles de estudiantes y por una parte de la ciudadanía de la isla.

Durante la investigación en Taiwán en 2010 para la elaboración de nuestro libro “La Silenciosa Conquista China”, se cocinaba en la presidencia taiwanesa el llamado ECFA (Economic Co-operation Framework Agreement, en inglés), que relajaba las restricciones en el comercio bilateral y que acabó aprobándose ese mismo año. Dicho acuerdo marco, preludio del que estos días ha provocado las protestas en Taiwán, era para un ex ministro al que entrevistamos en Taipei la primera fase de una futura asimilación: “China ha entendido que es más fácil comprar y absorber Taiwán que atacarlo”, dijo.

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Que ahora Taiwán, o mejor dicho, el Kuomintang, otrora enemigo de los comunistas chinos, esté impulsando un aún más ambicioso acercamiento económico con China que estrecha los lazos bilaterales hasta límites que –según los críticos– podrían afectar al futuro del país, no es tan sorprendente. Con el ECFA aprobado, la segunda fase era simplemente una cuestión de tiempo.

Lo relevante, a mi juicio, es que Taipei haya optado por lo que a todas luces parece un camino sin retorno mucho antes de que China haya evolucionado lo suficiente políticamente como para que dicha integración, o incluso la unificación territorial, sea admisible para una mayoría de taiwaneses. Quiere esto decir que una eventual integración, de producirse, dependería antes de un requisito indispensable que hoy no se cumple: la democratización de China.

Muchos taiwaneses, especialmente las generaciones más jóvenes, no están dispuestos a renunciar a sus derechos y libertades por mucho que una relación comercial más estrecha con China aporte dividendos a la economía. Si el régimen chino sigue siendo el que es y el gobierno taiwanés se empeña en acelerar el proceso antes de que se den las condiciones para ello, las protestas sociales de los últimos días no serán las últimas.

España se arrodilla ante China

Por: | 27 de enero de 2014

La decisión del Gobierno español, a través del grupo parlamentario del PP en el Congreso, de dinamitar la causa abierta en la Audiencia Nacional contra cinco líderes chinos por genocidio en el Tíbet, demuestra fundamentalmente tres cosas. La primera, la pusilanimidad de la que hace gala España cada vez que hay un obstáculo en su relación bilateral con China.

Nuestro país ya sacó pecho cuando Fernández Ordóñez se convirtió en el primer ministro de asuntos exteriores de la Unión Europea en pisar Pekín después de la masacre de Tiananmen. También fuimos de los primeros en no sólo querer levantar el embargo de armas a China –en vigor precisamente desde 1989– sino también en hacerlo público nada menos que durante nuestra presidencia de la Unión, con la consiguiente cólera de nuestros socios comunitarios.

Eran los años en los que a los altos funcionarios españoles en China, o cualquier político de cualquier partido de visita en Pekín, se les llenaba la boca de orgullo al insistir en que el Gobierno chino nos consideraba “el mejor amigo de China dentro de la UE”. Un gran elogio viniendo de la mayor dictadura del planeta. Y lo que es peor: subyacía el falso espejismo de que ese servilismo nos iba a dar réditos comerciales.

Ahora tenemos un nuevo episodio: el intento del Gobierno de Mariano Rajoy de desactivar a toda costa el caso abierto en la Audiencia. Y para ello pretenden hacerlo por un procedimiento de urgencia que liquide el caso cuanto antes y evite que se ejecute la orden de busca y captura de cinco líderes de la cúpula china, incluidos Jiang Zemin y Li Peng.

 

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Jiang Zemin y Li Peng.

Ello nos lleva a la segunda cuestión, que no es otra que la injerencia de China en los asuntos internos de España. Y es que la maniobra del Gobierno coincide con la visita al Congreso español realizada por una delegación parlamentaria de la región autónoma del Tíbet, compuesta –no se confundan– por una mayoría de chinos Han afines al Partido Comunista chino y no por tibetanos. A ello hay que sumar las presiones del Gobierno chino al Ejecutivo español, tanto en Madrid como en Pekín.

No es la primera vez que ocurre. Semanas después de estallar la Operación Emperador a finales de 2012, que desmanteló una trama que logró evadir entre 800 y 1.200 millones de euros de dinero negro en tan sólo cuatro años, llegó a España una delegación parlamentaria de la provincia de Zhejiang, de donde es originario Gao Ping, el cerebro de la mencionada trama. ¿A qué vino esa delegación?

Durante la investigación de nuestro último libro, “El Imperio Invisible”, que documenta la criminalidad económica que hay detrás del éxito empresarial chino en España, tratamos de saber qué hubo detrás de esa visita y de las presiones de la embajada china en España, sobre todo teniendo en cuenta que el caso estaba judicializado. Y lo que averiguamos es que por la parte china hubo, al menos, amenazas veladas, y por la española, deferencias excesivas y una carta del ex embajador español en Pekín instando al Gobierno a hacer una declaración institucional para evitar las represalias chinas.

Lo que lleva al Gobierno español a blandear y, por ejemplo, a ponerse de perfil con el caso del Tíbet, es la percepción de que el coloso asiático es importante dado su peso económico para nuestra recuperación económica. Y en honor a la verdad, y he aquí la tercera conclusión, hay que decir que España no es el único país occidental que adopta una postura utilitarista con respecto a China. Ocurre con países de tanto peso económico como Canadá, cuyo gobierno ha pasado de ser uno de los más críticos por la situación de los derechos humanos en China y las circunstancias en el Tíbet, a estar a partir un piñón con el régimen comunista para poder venderle su petróleo y recibir sus inversiones.

 

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La propia Unión Europea ha capitulado también con el asunto de los derechos humanos, que están ya fuera de agenda en la relación bilateral y nos centramos ahora únicamente en lo comercial, donde también nos va mal. En el caso del Reino Unido, más de lo mismo, porque convertir a Londres en el centro financiero offshore para el renminbi exige, desde luego, el pago de un precio político. Y así sucesivamente, hay ejemplos por todo el planeta, con la notable excepción de Noruega.

China, por tanto, hace su voluntad a golpe de talonario. Pero lo paradójico es que, en el caso de España, ese servilismo no nos sirve absolutamente para nada, porque mientras los chinos están invirtiendo en toda Europa, las inversiones chinas en España, aparte de excepciones como Huawei, brillan claramente por su ausencia.

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Thubtne Wangchen, ciudadano español.

En todo caso, al margen de debates acerca de la conveniencia de la llamada justicia universal, lo tremendo de la actuación del Gobierno en el caso del genocidio tibetano en la Audiencia no es tanto que la recorten, como ya pactaron PP y PSOE en 2009, sino el procedimiento utilizado: de urgencia y por la puerta de atrás, no sea que se alargue más de la cuenta y se enfaden los chinos.

Y en esa táctica, dicho sea de paso, tienen también una indudable responsabilidad los jueces de la Audiencia, que se pasan mutuamente la patata caliente paralizando con ello la causa e impidiendo que se ejecute la orden de busca y captura.

Lo grave de todo esto es que el procedimiento demuestra lo obvio: que han cedido cobardemente a las presiones de Pekín. Ante lo cual procede hacerle al Gobierno una doble pregunta: ¿acaso el querellante Thubten Wangchen, un tibetano nacionalizado español, no tiene derecho a la tutela judicial efectiva? Mayormente, ¿de parte de quién está el Gobierno español, del pueblo español a quien se supone que representa o del mayor régimen totalitario del planeta?

 

 

Sobre los autores

Heriberto Araujo y Juan Pablo Cardenal son periodistas españoles en China desde 2007 y 2003, respectivamente. Juntos han escrito el libro "La silenciosa conquista china" (disponible ya en español, mientras se traduce a cinco idiomas), una investigación de dos años por 25 países en el mundo en desarrollo para comprender la expansión del gigante asiático y sus consecuencias. Ahora le siguen los pasos también a la irrupción de China en Occidente.

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