Heriberto Araujo y Juan Pablo Cardenal

UE-China: una relación asimétrica

Por: | 01 de junio de 2012

La asimetría en las relaciones económicas y comerciales entre China y la Unión Europea quedó convenientemente plasmada, hace pocos días, con la aprobación en la Eurocámara de un informe no vinculante que reclama a la Comisión Europea que tome medidas para corregir unos desequilibrios que juegan a favor de las empresas chinas y en contra de las europeas. Parece, por tanto, que Bruselas se ha decidido por fin a plantar cara a cuestiones como la competencia desleal china o la ausencia de reciprocidad que sufren las empresas europeas en el mercado chino.

El momento de la iniciativa no es casualidad, pues acontece en plena ofensiva china en territorio europeo. En los últimos meses, por ejemplo, ha adquirido activos estratégicos en países como Grecia (puertos) o Portugal (participaciones en compañías públicas lusas en el sector eléctrico), ha tomado participaciones de control en empresas europeas punteras en tecnología y ha comprado deuda soberana de países con dificultades financieras. Europa es ahora la cabeza de puente desde la que China quiere dar el salto adelante que le permita reducir su dependencia tecnológica de Occidente, al tiempo que ejerce una influencia creciente.

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Puerto de El Pireo, Atenas, gestionado por 35 años por la china Cosco.

Una Europa tambaleante y necesitada de inversiones ofrece a China gangas y oportunidades únicas, de ahí que con su iniciativa los parlamentarios europeos han pretendido lanzar un aviso a navegantes y alertar sobre los riesgos. Una de las recomendaciones de mayor calado es la de que la UE cree un organismo de control y supervisión de las inversiones extranjeras, que estaría inspirado en el que ya existe en Estados Unidos. En la práctica ha servido a EEUU para filtrar y bloquear proyectos de inversión chinos en sectores estratégicos, como las telecomunicaciones o el petroquímico.

Ello lleva directamente a un asunto que levanta ampollas en determinados ámbitos europeos: la competencia desleal de las compañías chinas, las cuales juegan con las cartas marcadas al contar con la ventaja comparativa que otorgan los subsidios gubernamentales o la financiación preferencial que conceden los bancos estatales chinos a sus empresas. La tecnológica Huawei, corporación puntera que simboliza como ninguna otra las fortalezas de la nueva China y los temores que despierta su emergencia, está desde hace tiempo en el punto de mira de Estados Unidos por sus vínculos con los servicios de inteligencia chinos, su falta de transparencia y los subsidios que supuestamente recibe de su Gobierno.

Huawei

Es por todo ello que, según se ha sabido esta semana, Bruselas estaría estudiando abrir una investigación formal contra Huawei y ZTE, la otra gran tecnológica china, por estar recibiendo supuestamente subvenciones ilegales de Pekín. Según las “evidencias sólidas” reunidas por los técnicos de la UE, según el Financial Times, ambas corporaciones chinas habrían vendido sus productos en Europa por debajo de su precio de coste, contribuyendo a su imparable expansión por todo el Viejo Continente. Si se prueba el dumping, lloverán las sanciones.

Por último, Bruselas trata también de corregir la falta de reciprocidad que sufren las empresas europeas en el mercado chino, mientras las del país asiático tienen vía libre (ahora más que nunca en medio del recrudecimiento de los efectos de la crisis) para desembarcar en Europa sin obstáculos. El asunto ha sido una queja tradicional de los empresarios europeos con intereses en China, quienes denuncian el trato de favor de Pekín a sus competidores chinos, las crecientes barreras de acceso al mercado y las dificultades para acceder a los contratos públicos chinos.

Por tanto, es sin duda una buena noticia que, pese a las urgencias de la crisis, Europa haya visto por fin las orejas al lobo y se plantee contrarrestar a China mientras no se restablezca la simetría en las relaciones bilaterales. La gran cuestión, con todo, es cómo va a poder ejercer Bruselas su influencia ante el coloso asiático.

El bolsillo y la vergüenza

Por: | 15 de mayo de 2012

En ocasiones, la diplomacia española se esfuerza por ideologizar la relación con China, pero esa no es la vía para triunfar comercialmente en el gigante.

Es apasionante leer en On China de Henry Kissinger la importancia del ritual para la diplomacia de la China del siglo XVIII. La corte imperial del Hijo del Cielo era un lugar elitista y minucioso en las formas cuando las primeras delegaciones británicas llegaron a Cantón para exigir que el país abriera las puertas al comercio internacional. Nada comparado con la vulgaridad que impuso siglo y medio después el maoísmo.

Rememora Kissinger el choque cultural acaecido cuando los mandarines quisieron imponer a los “bárbaros” británicos el kowtow como condición sine qua non para tener audiencia con el emperador. Los orgullosos anglosajones se negaban a conceder al Hijo del Cielo una reverencia mayor que a su rey, conscientes de que el gesto es el primer paso para dejarse dominar (algo que recuerda Chris Patten en sus memorias como último gobernador británico de Hong Kong). Los británicos del XVIII querían igualdad entre Estados. Los chinos, escandalizados, se negaban de plano: ¿cómo iba a ser el Imperio del Centro igual a otra nación? Zhongguo había sólo uno, y el resto eran Estados tributarios, sin importar el valor de sus artilugios de vapor o sus supuestos logros científicos. Por eso exigían a Lord George Macartney y a sus sucesores que se plegaran hasta acariciar el suelo con la cabeza cuando el emperador hacía acto de presencia.

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Los británicos han mantenido la dignidad en sus relaciones con China desde entonces. Eso no les impidió cometer tropelías, como las Guerras del Opio, o mostrarse deferentes en cuestiones como la devolución de Hong Kong en 1997, una concesión de la que extrajeron petróleo: trato preferencial para sus compañías y la aceptación de “un país, dos sistemas” por parte de Pekín. Está claro que siempre defienden sus intereses, y esa premisa destila algo de hipocresía cuando hablamos de relaciones entre naciones. Pero no es nada comparable a lo de nuestra diplomacia.

Durante mis cinco años y medio en Pekín he conocido a dos embajadores españoles, y les he escuchado declaraciones que, por el bien de España, espero que no trasciendan a los líderes chinos. Recuerdo decir al anterior representante -ahora en Camboya- que Zapatero no podía reunirse con el Dalai Lama porque “eso sería como si Hu Jintao recibe a miembros de ETA en Pekín”. El actual, más ducho en este arte de mediar entre países, no llega ya tan lejos en lo verbal, consciente quizá de que su expediente está cubierto tras decir en junio de 1989, cuando los tanques arrasaban Tiananmen, que se respiraba en la capital china la misma paz que en su natal Seu d’Urgell. La frase ha quedado para la historia en sus propias memorias chinas (La segunda revolución china, Destino, 2007), en las que flirtea con una teoría negacionista de la magnitud de la matanza.

 

 

El primer ministro británico, David Cameron, se reunió ayer con el Dalai Lama en Londres, y Pekín ha vuelto a poner el grito en el cielo. Londres aclaró desde el principio que se trató de una reunión “privada”, pero, pese a la crisis europea y los bolsillos hondos de Pekín, la cita deja claro que no habrá kowtow. Lo mismo hacen Francia, Alemania y Turquía, cuya talla en el mundo acaso sea similar a la nuestra, pero su dignidad en las relaciones con China es mucho mayor. Ankara no titubea en defender públicamente los derechos de los uigures, pese a ser otro de los temas tabúes para Pekín. Y todos siguen haciendo negocios, vendiendo trenes y centrales nucleares por valor de miles de millones de dólares, mientras a nosotros nos costó sangre, sudor y lágrimas que nos dejaran importar algo tan emblemático para España como el jamón. Y eso que prometimos apoyar el levantamiento del embargo de armas durante nuestro mandato en la UE

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Nuestra diplomacia debería aprender de la experiencia de otros países. No podemos ser pusilánimes y rebajarnos por voluntad propia. Hay que desideologizar las relaciones con China, porque esa estrategia no funciona. El gigante tiene, como todos, intereses. Nada más. Por eso no invertirá en nuestra deuda si somos insolventes y seguirá copiando la tecnología de nuestras empresas si no actuamos. ¿Por qué seguimos gritando a los cuatro vientos que somos “el mejor amigo de China en la UE”? ¿Por qué no ponemos el listón más alto? Postrarnos nos hace débiles de entrada. Y además atenta contra los valores de nuestra sociedad, donde la libertad –señor embajador- es un activo irrenunciable.

China en YPF

Por: | 17 de abril de 2012

Esta tarde llevaba un buen rato preguntándome, como se hacen desde algunos medios argentinos, de dónde saldrá no sólo el dinero que pagará la nacionalización de YPF, sino sobre todo de dónde sacarán los miles de millones de euros en inversión (supuestamente, 25.000 millones) que son imprescindibles para que la petrolera -que en breve pasará a control del Gobierno argentino- pueda aumentar la producción de petróleo y gas. En las arcas del Estado argentino abundan las telarañas, dicho sea de paso.

El nombre de China se me ha pasado inmediatamente por la cabeza, porque claro, en los tiempos que corren, cuando de necesidades de financiación se trata el nuevo banquero del mundo está siempre presto al quite. Sobre todo, como es el caso, cuando tiene a tiro adquirir activos petroleros, los cuales son de importancia estratégica para Pekín. Además, el interés chino por la petrolera española no es nuevo y, de hecho, ya le compró en 2010 un 40 por ciento de su negocio en Brasil.

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Ha sido entonces cuando la revista económica Caixin ha publicado en su edición digital que Repsol estaría negociando la venta de su 57 por ciento en YPF a la petrolera china Sinopec, por 15.000 millones de dólares. La noticia alude a fuentes de la propia petrolera china, lo que tiene un indudable valor teniendo en cuenta que Caixin es uno de los escasísimos medios de comunicación chinos que ha demostrado una y otra vez su solvencia periodística, atrevimiento y cierta independencia. La operación no es en absoluto descabellada.

Se trataría de una salida airosa -al menos económicamente- para Repsol, mientras que a China le permitiría adquirir unos valiosísimos activos que encajarían cabalmente en su estrategia nacional, al tiempo que sus inacabables recursos financieros servirían para afrontar las inversiones millonarias que exige el Gobierno de Cristina Fernández. Si la operación no fructifica, alternativamente los chinos podrían entrar en un acuerdo a posteriori con el Gobierno argentino (a saber con qué formato), porque los chinos parece que son los únicos que tienen la financiación que se requiere y el estómago para invertir en un país con tanto riesgo como Argentina.

Los chinos son maestros en el arte de pescar en río revuelto. Fuimos testigo de ello durante la investigación de nuestro libro La Silenciosa Conquista China, principalmente en Venezuela e Irán, segunda y tercera potencia petrolera del mundo en términos de reservas y producción. En lo político, les dan cobertura hasta el límite de la cólera estadounidense, por ejemplo dando una de cal y dos de arena en Naciones Unidas a propósito de las sanciones contra el régimen de Ahmadineyad, o haciéndole el juego a Hugo Chávez. Como nos dijo Héctor Ciavaldini, ex presidente de la petrolera venezolana PDVSA, “a los chinos tú les dices que eres fascista-leninista, y te lo compran a su favor”.

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Realmente, China es demasiado avispada y lúcida como para involucrarse en la cruzada contra el Imperio –haciendo uso de la retórica chavista- que le proponen los Chávez, Evo Morales, Correa, Castro y compañía. Tampoco participaría –se supone- en la deriva populista de la señora Fernández de Kirchner. Pero lo que sí hace es aprovechar las turbulencias para conseguir sus objetivos comerciales y estratégicos, de ahí que es perfectamente factible que la expropiación de YPF haya levantado las orejas a más de uno en Pekín. Así se escribe la historia de la expansión china del mundo: con inteligencia y cálculo, pero también de forma camaleónica y sin escrúpulos.

Lo que, indudablemente, tiene su mérito, porque es capaz de implicarse en proyectos a largo plazo y muchísimo riesgo en países en los que casi nadie en su sano juicio se atrevería a invertir ni un duro. Quizá el mejor ejemplo es su inversión de ‘minerales por infraestructuras’ por valor de 6.000 millones de dólares en la República Democrática del Congo, uno de los países más problemáticos y jurídicamente inseguros del mundo. O en la propia Argentina, donde una empresa estatal china va a desembolsar –pese a su riesgo-país- 1.400 millones de dólares en la provincia de Río Negro para habilitar 320.000 hectáreas de tierra yerma al objeto de fertilizarlas y exportar la producción a China. Todo ello impulsado por otra necesidad estratégica del gigante: su seguridad alimentaria.

Si China se mete en un proyecto así, con la inseguridad jurídica de Argentina, sus históricos cuellos de botella logísticos y un sector agrario conflictivo y politizado, ¿cómo no va a meterse en una operación que le permita entrar en el pastel de YPF?

La larga memoria de China

Por: | 10 de abril de 2012

Analistas extranjeros y chinos suelen coincidir en una premisa que, como periodista residente en Pekín desde 2007, he podido comprobar en numerosas ocasiones: China tiene una larga memoria y jamás olvida quiénes son sus enemigos y sus aliados. El tema ha vuelto a aparecer hoy en Pekín, durante una entrevista con Yang Zhimin, uno de los investigadores principales del Instituto de América Latina de la Academia China de Ciencias Sociales.

Conversábamos sobre México, un país que los últimos años ha tratado de estrechar lazos con China, pese que a nivel comercial no le puede ir peor con el gigante: China es su segundo mayor socio, después de Estados Unidos, pero el ratio de déficit comercial es de 1 a 9 a favor de Pekín (52.000 millones de dólares de importaciones chinas, 6.000 de exportaciones mexicanas) y la inversión acumulada (apenas 200 millones de dólares) revela el poco apetito del gigante por lugares donde hay mucha competencia internacional en la extracción de recursos.

En un momento de la conversación, Yang –vestido con la clásica chaqueta sport y corte de pelo del Partido- ha lanzado una advertencia al próximo presidente de México, que será elegido en julio. “Que no se reúna con el Dalái Lama, como hizo Felipe Calderón, lo que provocó que 2011 fuera el peor año de los 40 años de relaciones bilaterales”.

 

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Calderón se entrevistó en septiembre de 2011 con el Dalái Lama y, lejos de ser el primero en verse con el líder espiritual budista (“separatista que quiere dividir el país”, según la definición de Yang), se sumó a una larga lista de dignatarios, desde Barack Obama a Nicolás Sarkozy o Angela Merkel. Pero China no perdona, porque “tiene una larga memoria”.

Le he preguntado, entonces, si China recuerda también que su país tiene como principio la “no intervención en los asuntos internos de otro países” (lo que incluye no presionar para determinar la agenda personal de un presidente extranjero). O si Pekín recordaba que –como me explicó el ex canciller costarricense Bruno Stagno- gracias a la mediación de México el gigante asiático logró en 2007 uno de los mayores hitos diplomáticos recientes: establecer lazos con Costa Rica y romper la hegemonía taiwanesa en América Central. “China donó cinco millones de dólares a México para mitigar los efectos del virus H1N1”, ha contestado, con sonrisa maliciosa de quien jamás olvida lo que otros le deben.

Los que investigamos en China sabemos que es totalmente común este tipo de actitudes, en las que un analista, un académico supuestamente neutral o un simple ciudadano repite a pie juntillas las consignas del Partido. En ocasiones, sus argumentos sobrepasan lo ridículo, como cuando en una entrevista en 2008 un profesor de la Universidad de Pekín me aseguró que la contaminación de Pekín se debía exclusivamente al humo provocado por los vendedores callejeros de brochetas.

 

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La censura y el temor a decir la verdad son elementos comunes de las dictaduras. El estadounidense David Remnick lo explica con gran talento en su fascinante “La tumba de Lenin”, crónica de la caída del imperio soviético. Pero comparando mis experiencias y las de algunos colegas con las que relata el Premio Pulitzer en las más de 800 páginas que tiene la obra se percibe que China, pese a su pose de país abierto al mundo, sigue siendo pese a la reforma una nación mucho más secretista que la URSS del glasnost y la perestroika.

Remnick logra colarse en los 80’ en las insalubres minas siberianas de carbón, mantiene relaciones estrechas con militantes opositores como Sajarov o Yuri Afanasiev, entrevista a diputados y miembros del Politburó, y llega incluso a visitar el último campo de concentración soviético (Perm-35). Es decir, logra hacer pese a las dificultades periodismo del bueno. Una misión imposible en China, donde el cordón sanitario de la censura y el silencio sobrepasan el campo político y la propaganda tiene tanto empuje que está presente desde el campesino hasta el burócrata, del estudiante al profesor.

China, armas y reglas del juego

Por: | 20 de marzo de 2012

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El prestigioso Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI, en sus siglas en inglés) publicaba ayer un informe acerca de la progresión de la venta de armas en el mundo. En lo que atañe a China, lo interesante es el cambio de rol del gigante asiático.

El país ha dejado de ser el mayor importador de armas (casi todas rusas, a causa del embargo de la UE y Estados Unidos por la matanza de Tiananmen en 1989) para pasar a ser un importante exportador; el sexto mayor del mundo, para ser concretos.

Quizá lo más interesante son los datos que aporta el SIPRI acerca de la importación de armas por parte de Asia (con India, Corea del Sur y China como líderes), una tendencia que se ha disparado en los últimos años, hasta sumar el 44 por ciento del total de armas que se importan en el mundo.

¿A qué se debe ese rearme? Algunos autores atribuyen esa carrera armamentística asiática a la emergencia de China en la región y a la necesidad de algunos países de hacer frente al crecimiento de dos dígitos del presupuesto militar chino en los últimos años. En 2012 el gasto militar chino alcanzará los 105.000 millones de dólares (+11.2 %).

Pero, ¿por qué se señala a China, cuando Estados Unidos sigue siendo la potencia militar hegemónica, con más de 700.000 millones de dólares al año?

En una reciente entrevista, el viceministro de Defensa de Taiwán, David Lin, nos lo explicó de la siguiente forma:

“China no tiene un rival militar regional, ni siquiera Japón y Corea del Sur. Sin embargo, China ha continuado su expansión militar durante décadas. En consecuencia, es difícil entender semejante mentalidad. Es por eso que China es todavía percibida como una amenaza potencial para la estabilidad regional. Estados Unidos está presente militarmente en la región, pero nadie lo percibe como una amenaza, porque no tiene ambiciones territoriales. Aunque en las declaraciones públicas todo el mundo se congratula de la emergencia de China, en privado, muchos países de Asia expresan la preocupación que suscita la expansión militar de China”.

 

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Otros países como Filipinas y Vietnam (nada sospechoso de ser pro-estadounidense) piensan de la misma forma respecto al gigante. Critican que Pekín hable de “ascensión pacífica”, pero en realidad el país multiplique su gasto en defensa, desarrolle capacidades ofensivas (caza de quinta generación J-20 y sobre todo el portaviones que pondrá en marcha este año) y ejerza de potencia hegemónica en las disputas territoriales que mantiene abiertas en el Mar de la China Meridional y el Mar del Este de China, negándose al diálogo multilateral y utilizando sus capacidades navales para repeler actividades como la pesca o la prospección de recursos.

La desconfianza, aunque de otro tipo, se ha instalado incluso en Moscú, donde las últimas semanas se debate si el país debe venderle o no a China un paquete de 48 cazas de última generación SU-35 por unos 4.000 millones de dólares. El debate no está, como en Asia, sobre si el jugoso contrato puede poner en riesgo la seguridad en la región, sino más bien si ello amenaza con minar la superioridad del armamento ruso respecto al chino. Sobre todo porque China rechaza firmar una cláusula que le impida jurídicamente copiar los aviones rusos para venderlos posteriormente a terceros países (lo que ya ha hecho con el Su-27, el Su-30 y el MiG-29).

 

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Una vez más, la cuestión no es si China tiene derecho o no a hacer lo que hace el resto. Sino más bien si China, en su deseo de disponer de los privilegios de potencia, acepta también asumir los compromisos. En definitiva, si China está dispuesta a jugar siguiendo las reglas o seguirá saltándoselas, por ejemplo, cuando permite que transite material (¿nuclear?) de Corea del Norte a Irán o cuando tolera que sus empresas estatales vendan armamento a un Sudán sobre el que pesa sanciones de la ONU.

Perros del imperialismo

Por: | 23 de febrero de 2012

La primera vez que puse el pie en Hong Kong fue en 2003, apenas seis años después de que China recuperara la soberanía sobre la ex colonia británica. Por entonces, en las calles se oían, sobre todo, dos lenguas: cantonés e inglés. Ahora, en la ciudad donde hoy resido, el mandarín ha irrumpido en los últimos años con fuerza, consecuencia de un proceso de reunificación que -al menos jurídica y políticamente- concluirá en 2047, fecha en la que vencen los 50 años de autonomía bajo el lema un país, dos sistemas que pactaron en su día Deng Xiaoping y Margaret Thatcher.

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Septiembre de 1982.

Los casi 15 años transcurridos desde que volviera a ondear la bandera roja en la ex colonia no han supuesto el Apocalipsis que muchos preveían. Hong Kong sigue siendo una vibrante plaza financiera y comercial, un crisol de culturas y un lugar jurídicamente seguro. Sin embargo, el proceso de integración se intuye ya hoy imparable: en la docilidad con Pekín del Ejecutivo hongkonés, en la cercenada pluralidad y libertad en los medios de comunicación, en las promesas incumplidas de sufragio universal o en una creciente presencia de chinos provenientes de la llamada China comunista, que explica la propagación del mandarín.

Sin embargo, dicha integración entre dos comunidades -la china y la hongkonesa- que son étnicamente iguales no será fácil. Ello es así porque, en cierto modo, sus mundos están en las antípodas filosóficas. No podemos olvidar que gran parte de la población actual de Hong Kong huyó –décadas atrás- de la represión y pobreza de la China de Mao. Y que la mayoría de ellos se criaron en unos valores democráticos sobre los que no están dispuestos a transigir. A ello hay que añadir una actitud negativa hacia el sistema político de Pekín y, también, hacia ciertos hábitos culturales de sus primos continentales, vistos con irritación en la isla.

Hace días una trifulca grabada en un vagón del metro de Hong Kong certificó la creciente tensión entre unos y otros. Un pasajero hongkonés, que recibió el apoyo solidario de otra viajera, se enzarzó en una discusión subida de tono con una mujer de China continental, a propósito de los ‘noodles’ (fideos chinos) que engullía su hijo mientras el personal iba a trabajar. El metro de Hong Kong, como el de Singapur, es tan clínico que podría practicarse ahí una operación a corazón abierto. No está ahí permitido comer ni beber, y se habla por teléfono móvil con discreción, por aquello de la buena educación colectiva. Nadie discute los usos y costumbres. De ahí la trifulca.

 

El caso corrió como la pólvora y no sólo incendió Internet. Kong Qingdong, un académico de la Universidad de Pekín, cuyo linaje –asegura- le entronca con el mismísimo Confucio, saltó a la yugular de los hongkoneses: “perros del imperialismo” occidental, les llamó. También bastardos y ladrones. Semanas antes, se habían desatado otras polémicas. Desde manifestaciones para protestar por la inminente autorización a que los vehículos de Cantón puedan cruzar a Hong Kong, lo que según los isleños provocará atascos y contaminación y amenazará la seguridad del tráfico, hasta una publicidad insertada en un periódico hongkonés que se refería a los chinos del continente como “langostas”, en alusión a ser una plaga.

Con todo, quizá el asunto que más alarma provoca entre los residentes de la ex colonia es la llegada masiva de mujeres chinas para dar a luz en Hong Kong, para con ello beneficiarse del sistema sanitario local, conseguir la residencia o la nacionalidad, o saltarse la política de un solo hijo, entre otras razones. El año pasado en torno a 40.000 mujeres chinas dieron a luz en Hong Kong, lo que supone casi la mitad de los nacimientos anuales, lo que ha puesto en pie de guerra a la población local. Pese a que Hong Kong se ha enriquecido gracias a su vecindad con China –así ha sido históricamente, así sigue siendo en la actualidad-, únicamente el 17 por ciento de los hongkoneses se sienten chinos, según un reciente estudio de una universidad local.

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Publicidad en un periódico de Hong Kong en el que se acusa a los chinos de ser una plaga.

Viene esto a colación de lo siguiente: si este rechazo acontece en un lugar –Hong Kong- donde conocen a los chinos tan bien, imagínense a lo que se enfrentan éstos cuando deciden emigrar a lugares inhóspitos por medio mundo. A lugares donde son completos desconocidos, donde su cultura es casi antagónica, donde desbancan a sus competidores locales y son vistos como una amenaza. Pudimos comprobarlo a lo largo y ancho de nuestra investigación por 25 países: la comunidad china, que ante todo es sacrificada, silenciosa y mejor pagadora, sufre sin embargo el rechazo, la inseguridad y la xenofobia. Una indudable injusticia, sobre todo cuando la sufre ese ejército de pequeños emprendedores o emigrantes que prosperan compitiendo en buena lid.

Ahora bien, otras veces la animadversión se explica por la indiferencia y el desprecio que la China oficial (empresas estatales y la diplomacia) demuestra por las poblaciones locales. Por ejemplo, al imponer sus bajos estándares laborales, sociales o medioambientales, o cuando administran su poder de forma innecesariamente despótica. Cuando optan por implicarse de forma opaca únicamente con las élites y no con la población local, o cuando se enrocan en una situación de conflicto a largo plazo sin apenas inmutarse. Entonces estallan los problemas y el resentimiento.

En este sentido, resulta inaudita la escasa habilidad del país asiático para gestionar su imagen. Ciertamente, Pekín ganaría muchos adeptos si prestara un poco más de atención a las relaciones públicas, si apostara por la intangibilidad del poder blando, si no desaprovechara -incomprensiblemente- la oportunidad de explicar urbi et orbi todo lo bueno que está haciendo en el mundo en desarrollo.

Ese ejercicio de transparencia, que se intuye de obligada observancia para un país que aspira a ser una potencia del siglo XXI, chocaría de plano sin embargo con la propia naturaleza del régimen. Pero si China quiere ser aceptada, el músculo no basta; también hay que tener corazón.

El chino como objeto de deseo

Por: | 03 de febrero de 2012

El secuestro esta semana de medio centenar de trabajadores chinos en África ha puesto en alerta a Pekín. En dos incidentes de distinta gravedad en Egipto y Sudán, ingenieros, operarios y peones chinos han sido raptados por rebeldes para ser utilizados como moneda de cambio para sus reivindicaciones políticas.

 

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                                                        Obreros en Jartum, capital de Sudán del Norte - Foto de Luís de las Alas

 

El menos grave se produjo en el inflamado Egipto, donde la violencia no sólo se extiende por los campos de fútbol, sino también en la Península del Sinaí y El Cairo. Veinticinco trabajadores chinos de una fábrica de cemento fueron retenidos el martes durante más de 15 horas por beduinos armados que reclaman a la autoridad egipcia la liberación de varios de los suyos. El incidente fue solventado rápidamente y sin incidentes, pero refleja el empeoramiento de la seguridad para los chinos en el Egipto revolucionario. “En este marco general de inseguridad, los chinos nos llevamos la peor parte. Gente que lleva viviendo años en El Cairo [como las trabajadoreas de la foto] y jamás había sido atracada, ha sufrido varios ataques en apenas unos meses”, me explicaba un amigo chino residente en la ciudad.

 

Egipto                           Comerciantes chinas que venden sus productos por las calles de El Cairo - Luis de las Alas

 

El segundo caso se produjo el pasado fin de semana (28 de enero) y está aún sin resolver. Un grupo rebelde fiel al Gobierno de Sudán del Sur (el MPLS-N, para más señas) atacó un campamento de la empresa constructora estatal china Sinohydro en Korofán del Sur y trató de secuestrar a 47 trabajadores chinos, aunque sólo logró retener a 29. Los estrechos lazos de China con la dictadura de Sudán del Norte, que controla militarmente esta región rica en petróleo pero muy insegura, y el envío de una delegación por parte de Pekín no han servido por el momento para que los obreros que construían una carretera en la región fueran liberados.

Desgraciadamente, parece que el secuestro de los peones chinos –cuyo trabajo en el África más peligrosa y asilada es simplemente heroico- está siendo utilizado para reprender a Pekín por su disposición a financiar y construir una carretera de 63 millones de dólares cuyo objetivo sería permitir el transporte de las tropas norteñas de Omar al Bashir a la región.

Lo preocupante de la situación para Pekín es que el país tiene 5.5 millones de obreros desplegados por todo el planeta, buena parte de ellos en lugares peligrosos como Angola, República Democrática del Congo o el propio Sudán, donde construyen de todo, desde oleoductos a presas o refinerías. Pero este tipo de incidentes no parece ser exclusivo de los países más conflictivos de África. También en Mozambique, un país relativamente estable, los comerciantes chinos como los de la fotografía son víctima de los ataques, según nos explicaron en nuestro viaje al país hace algo más de un año.

 

Mozambique                                                 Propietarios chinos de un colmado en Maputo, Mozambique - Luis de las Alas

Incluso en Venezuela, país al que China ha prestado más de 32.000 millones de dólares, la violencia y el crimen organizado se ha cebado con la próspera comunidad china. En un marco de inseguridad total y absoluta en el que los crímenes se han multiplicado por cuatro en el país tras la llegada de Chávez en 1998 (123.091 homicidios en 12 años, el 81 % impunes, récord histórico de violencia en 2011), los chinos residentes en el país están siendo uno de los objetivos predilectos del hampa. Son el nuevo objeto de deseo: ricos, débiles y de un valor geopolítico suficiente como para obtener contrapartidas de los gobiernos locales.

¡Y Estados Unidos qué!

Por: | 23 de enero de 2012

Los zarpazos de la crisis actual, que han puesto al descubierto las debilidades, excesos y falta de respuestas del sistema occidental además de las carencias de su clase política, coincide con el renacer de China como potencia mundial. Ello dispensa una munición preciosa a quienes ensalzan las bondades del sistema chino, al conjugar los logros del llamado ‘milagro chino’ con la supuesta decadencia occidental para presentarlos como prueba del algodón de la infalibilidad y eficacia del modelo chino.

Quizá habría que empezar diciendo que sólo hay ‘milagro’ porque en la ecuación no se incluyen los efectos secundarios. Las deslumbrantes estadísticas, de hecho, no incluyen a los cientos de millones de chinos que no salen nunca en la foto; ni capturan tantas variables no cuantificables económicamente que también contribuyen de forma decisiva al bienestar. Ello sin mencionar otros factores como la explotación laboral o la represión financiera que sufren los ahorradores chinos, cuestión ésta a la que nos referiremos próximamente desde este mismo blog.

Milagro Crema de 'milagro chino', ideal para la piel.

Por tanto, que el modelo chino sea –por su naturaleza- indiscutiblemente efectivo, no implica que sea necesariamente mejor. De ahí que, ahora que China está desplegando por todo el planeta los tentáculos de sus -legítimos- intereses, se hace imprescindible saber qué y quién hay detrás de semejante expansión. Hay poderosas razones para ello: la opacidad que rodea al régimen chino, la apariencia de normalidad de éste ahora que emerge como tabla de salvación de nuestros desaguisados y la ausencia en el sistema chino de los contrapesos que son habituales en las democracias.

Es por ello que, ahora, en una época en la que los gobiernos de medio mundo rinden inusitada pleitesía a sus homólogos mandarines, la prensa y las ONG quedan como último recurso para afearle la conducta a China cuando ésta sea responsable -o cómplice- de los excesos y abusos. Lo vimos en muchos países durante nuestra investigación: desde el saqueo de recursos y sus nefastas consecuencias en el estado de Kachín, al norte de Birmania, a la pasividad del gobierno peruano para frenar los excesos en el proyecto minero chino en San Juan de Marcona.

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Pintada en una calle de San Juan de Marcona, Perú. (Marco Garro).

En Kachín y en Marcona nadie ampara a las víctimas, que sufren en silencio. En Birmania, denunciar los tejemanejes de los militares birmanos con los empresarios chinos conlleva la cárcel. En Perú, en medio del vital oxígeno económico que brinda China en estos tiempos de crisis, nadie osa poner coto a los desmanes laborales y medioambientales de la minera estatal china Shougang. Y ya que en China es del todo improbable que un medio de comunicación o una ONG denuncie la actuación impropia de sus empresas estatales, la fiscalización de la expansión internacional del gigante es ahora más necesaria que nunca.

Y no porque las empresas chinas sean necesariamente peores que las occidentales, sino porque el sistema chino carece de los contrapesos (imperio de la ley, sociedad civil, pluralidad política, prensa libre, instituciones fuertes, participación, separación de poderes) que sí tiene el occidental; contrapesos que, ciertamente, marcan la diferencia en el sentido de que hacen que la irresponsabilidad de las empresas occidentales esté mucho más vigilada.

En este contexto, no deja de sorprenderme la ferocidad de las críticas y descalificaciones personales que suelen -solemos- recibir quienes osen censurar o denunciar los excesos y abusos que China comete dentro y fuera de sus fronteras. Muchas de estas críticas usan la coartada de la comparación histórica en la colonización para relativizar los atropellos que China hace hoy, medio siglo después, en el mundo en desarrollo. La pregunta es obligada: ¿acaso el negro historial de Occidente en África y otros lugares concede a los chinos derecho para hacer lo mismo? ¿Les legitima lo más mínimo?

Otras críticas defienden a ultranza a la dictadura china directamente desde la trinchera del antiamericanismo. Arrinconados por la evidencia de los hechos, asestan un último embate casi a la desesperada, apoderándose en el fragor de la batalla del estilete que guardan escondido en el calcetín: ¡¿Y Estados Unidos qué?!, exclaman de forma recurrente.

Ante lo cual, qué quieren que les diga. Juzgar y, en su caso, criticar a China, realmente, no tiene nada que ver con Estados Unidos. Tiene que ver -únicamente- con cómo ve uno el mundo y la vida.

Prohibido criticar a China

Por: | 10 de enero de 2012

A finales del año pasado la organización de derechos humanos Human Rights Watch (HRW) publicó un informe en el que denunciaba los abusos laborales de las compañías mineras chinas en Zambia. El país africano cobija, con la vecina República Democrática del Congo, una de las mayores reservas de cobre y cobalto del mundo en el llamado cinturón del cobre del continente africano. Por tanto, por su imperiosa necesidad de hacer acopio de materias primas, China es el principal inversor en el sector minero de la región.

El informe de HRW denuncia el incumplimiento sistemático de la legislación laboral por parte de las compañías mineras chinas: desde jornadas interminables con salarios míseros a la ausencia de unas mínimas condiciones de seguridad, desde un trato denigrante a los trabajadores a una actitud corporativa abiertamente hostil contra los sindicatos. Las conclusiones de HRW coinciden, mayormente, con lo que nosotros vimos -meses antes- en ese mismo país durante nuestra investigación allí, la cual también abordaba las condiciones laborales en las minas chinas.

Zambia riots
Disturbios en las minas chinas en Zambia.

Y claro, en cuanto el informe vio la luz, ardió Troya. Dos académicos de Hong Kong de reconocida trayectoria en el seguimiento de las relaciones entre China y África, desautorizaron por escrito y públicamente el informe y acusaron a HRW y al autor de la investigación de faltar a la verdad: por su inadecuada metodología, por seguir la corriente mediática dominante (occidental, se entiende), por llegar a conclusiones tendenciosas y por tratar a China con distinto rasero, entre otras. Insinuaron incluso que el informe tiene tintes racistas.

O sea, que una organización seria y de prestigio, la cual me consta que tiene un estricto sistema de filtros y aprobaciones antes de que uno de sus informes vea la luz, y el trabajo de un investigador que viajó tres veces a Zambia, invirtió un año y entrevistó a 170 personas, lo tiran abajo dos teóricos sentados en su poltrona universitaria con argumentos más que discutibles. Suele ser habitual un lenguaje vitriólico -cuando no ofensivo- entre los que defienden a China a capa y espada, pero con ello no logran necesariamente argumentar mejor.

Durante nuestra presencia en Zambia comprobamos que, pese a que el coloso asiático es el principal inversor, crea puestos de trabajo y construye infraestructuras, no terminan de ser aceptados por las comunidades locales. ¿Raro no? Pero claro, hay una explicación: las condiciones laborales de sus empresas allí son claramente “las peores”, como nos dijeron a nosotros los afectados y tal cual reza el informe de HRW. Hay huelgas salvajes, violencia y accidentes con frecuencia, e incluso ha habido tiroteos, heridos y muertos. O lo que es lo mismo: la conflictividad es muy superior a la de su competencia zambiana, india o canadiense.

ZambiaMining shooting 2010
Huelga salvaje. Uno de los 11 mineros zambianos heridos por los disparos con arma de fuego de los patronos chinos en una mina china en Zambia, octubre de 2010.

Llama asimismo la atención que el nuevo presidente, Michael Sata, ganara las elecciones el pasado otoño con un discurso antichino y que, precisamente, su granero de votos estuviera en ese cinturón del cobre donde se encuentra buena parte de la inversión china en el país africano. El informe Chinese Investments in Africa: A Labour Perspective, realizado por sindicatos en 10 países africanos, incluido Zambia, llegó también a conclusiones arrolladoras: “tendencias que son comunes en los negocios chinos en África incluyen unas tensas relaciones laborales, actitudes hostiles hacia los sindicatos, violaciones varias de los derechos de los trabajadores, unas pobres condiciones de trabajo y casos de discriminación y de prácticas laborales injustas”. ¿Ecos de un colonialismo con características chinas?

Lo hemos visto en otros lugares: en Perú, en Birmania, en la República Democrática del Congo, en Mozambique... Conflictos laborales a largo plazo, la forma despótica en que las empresas estatales chinas administran su posición de fuerza y un desprecio habitual por los individuos: todo ello explica que nada erosione más la imagen de China en el exterior que sus formas y lógica laborales. Si hay imperio de la ley, sociedad civil e instituciones fuertes, China respeta la legalidad; si no hay todos esos contrapesos, como ocurre en tantos países del mundo en desarrollo, ocurre exactamente lo que se denuncia en el informe de HRW.

Finalmente, al aproximarnos a cómo China aborda la cuestión laboral a nivel doméstico, quizá sea conveniente saber que Pekín no fijó un salario mínimo hasta el año 2004. También vemos que mientras la curva del PIB de los 30 últimos años ha crecido exponencialmente, la curva de salarios se ha mantenido prácticamente plana, con la excepción de varias subidas desde 2008 para aliviar las tensiones sociales que provocan las desigualdades. ¿La brecha entre una curva y la otra no es lo que los economistas llaman “explotación laboral”? Aunque, realmente, no hace falta ponerse tan teórico: no hay más que ver cómo son hoy las condiciones en la fábrica del mundo para entender la sensibilidad laboral del régimen chino.

Por tanto, los profesores de Hong Kong, y tantos otros a los que les salta el automático cuando leen una crítica contra China, pueden ver la cuestión desde distintos ángulos y con todos los matices que quieran, minimizando o incluso ignorando lo obvio. También pueden decir, si quieren, que China es una democracia de referencia y que las condiciones laborales que las mineras estatales chinas ofrecen en sus proyectos en Zambia son un ejemplo para todos. Pero para un periodista digno de tal nombre, más si ha comprobado sobre el terreno y con sus propios ojos lo que acontece, no puede conformarse con poner la linterna debajo del foco. Su obligación es alumbrar los rincones oscuros.

Lágrimas chinas por el “Querido Líder” Kim Jong-il

Por: | 19 de diciembre de 2011

 

 

 

 

Ha muerto Kim Jong-il, líder de Corea del Norte, y su muerte se llora en Pyongyang y también en China, amo de llaves de la relación entre la dictadura comunista hereditaria y el resto del mundo.

“Estamos chocados al saber que el líder de Corea del Norte, el camarada Kim Jong-il, falleció, y expresamos nuestras profundas condolencias por su desaparición”. Esas han sido las palabras de China tras la muerte del dictador norcoreano, que los últimos meses se había convertido en un visitante asiduo, con al menos cuatro visitas en tan sólo 18 meses. A Rusia, el otro país fronterizo “amigo”, sólo fue una vez –en agosto- en la última década.

El ministerio de Relaciones Exteriores chino ha calificado a Kim, el “Querido Líder”, de gran estadista  para su nación, pese a que la hambruna de finales de la década de 1990 mató a una cifra cercana al millón de personas (en un país que apenas tiene 24 millones de habitantes) y que ha enfrentado al país con todo el planeta por su programa nuclear.

Hoy comprendemos qué razones motivaban las inusuales frecuentes visitas del deteriorado Kim a China a bordo de su tren de lujo. Su objetivo era dejarlo todo atado para que su hijo, Kim Jong-un, se hiciera –con apenas 28 años- con las riendas de una nación que dispone de la bomba atómica y que apenas tiene relaciones con el mundo.

China ha sido el gran aliado de Corea del Norte desde la Guerra de Corea (1950-1953), cuando el Gran Timonel Mao Zedong envió tropas para luchar contra las potencias capitalistas. Pekín ha brindado apoyo económico (es su principal socio comercial, con 3.400 millones de dólares de comercio en 2010, el 52.6 por ciento del total del comercio del país con el mundo) y diplomático a un régimen que ha instrumentalizado el uso de la bomba atómica para obtener concesiones de Estados Unidos y sus socios asiáticos.

No es sólo que Pekín se haya negado a dar la espalda a Pyongyang tras los ensayos atómicos de 2006 y 2009, lo que habría arrinconado al régimen, es que también ha permitido que por su territorio transite arsenal nuclear norcoreano con destino a Irán y Birmania. China ha tratado de erigirse en actor pacificador, organizando desde 2003 unas negociaciones multilaterales para poner fin a la expansión militar nuclear de Corea del Norte. Pero esa estrategia ha fracasado una y otra vez. Hoy mismo, Pyongyang ha efectuado un nuevo disparo de misil de corto alcance. Y desde abril de 2009, Pyongyang no quiere ni sentarse a dialogar.

 

Caricatura

¿Qué persigue, pues, China en su relación Corea del Norte? ¿Será el acceso a las reservas de carbón que albergaría el país del Querido Líder? ¿Será el privilegio de sus inversores, que tienen acceso a las zonas económicas especiales al norte del país, donde construyen carreteras y producen mercancías por sueldos de un dólar al día?

Para tratar de que algún chino respondiera a estas preguntas he intentado hablar hoy con un experto chino en la materia. “Lo siento, hoy no puedo hablar. Tenemos órdenes del ministerio de Propaganda de no hacer declaraciones”, ha dicho a mi secretaria este analista, que pertenece a una institución muy cercana al Gobierno chino. En la enorme Embajada de Corea del Norte en Pekín, donde ondeaba la bandera a media asta, la policía había restringido el tráfico en las calles colindantes.

La incógnita quizá tenga que ver con dos axiomas: la Coca-Cola y los refugiados. A Pekín no le conviene una revolución al estilo árabe que derroque el régimen y provoque un aluvión de exiliados en su frontera norte (además de dar ideas a su propia población). Una kilométrica valla de cuatro metros de alto construida, casualmente, desde el pasado abril en la frontera chino-coreana parece ser un buen indicador.

¿Y la Coca-Cola? China no querría de ninguna forma que Corea del Norte, país sobre el que siente que posee un gran ascendente, se abra súbitamente al mundo y avance hacia una reunificación con Corea del Sur que sitúe a la península en la órbita de Estados Unidos. ¿Qué amigos le quedarían a China en sus fronteras, ahora que Birmania parece haber dejado la senda de la dictadura? ¿Dónde podría profesar entonces las bondades del socialismo con características chinas?

El nuevo líder es joven, habla inglés y francés y ha tenido acceso a las bondades del mundo capitalista, tras estudiar en Berna. Le gusta la NBA y es supuestamente fan de Michael Jordan. Todo ello no garantiza nada (a su padre le pirraba el MacDonald’s), pero su perfil indica que será más difícil convencerle de que es mejor mantener un estatus de Estado paria. Quizá por ello Coca-Cola decidiera hace unos meses probar suerte para derribar una de las últimas fronteras que le quedan en su negocio.

 

Sobre los autores

Heriberto Araujo y Juan Pablo Cardenal son periodistas españoles en China desde 2007 y 2003, respectivamente. Juntos han escrito el libro "La silenciosa conquista china" (disponible ya en español, mientras se traduce a cinco idiomas), una investigación de dos años por 25 países en el mundo en desarrollo para comprender la expansión del gigante asiático y sus consecuencias. Ahora le siguen los pasos también a la irrupción de China en Occidente.

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