Consumimos presente (2)

Por: | 22 de marzo de 2012

El consumo es una celebración del presente. Pero no sólo eso. El consumo también modifica la experiencia subjetiva del presente. La estira. La alarga. No la profundiza, porque eso supondría que existen jerarquías –la sociedad de consumo es fundamentalmente cuantitativa: la calidad, la intensidad de la experiencia es menos importante que el acceso a cuantas más posibilidades, a cuantas más identidades, mejor. No la profundiza pero sí la ensancha.

El consumo ha producido un cambio fundamental en nuestra manera de vivir el tiempo. Y en el tiempo. 

Por dos tendencias que transcurren paralelas, si es que no hay relación causal entre ellas:

1.- Existe un mito, indiscutido hasta hace bien poco, que dicta que la experiencia subjetiva del tiempo es igualitaria. La misma para todos. Democrática. Más allá de la calidad de la vivencia, derivada del valor que cada individuo otorga a su propia experiencia temporal, el tiempo era un elemento unificador. Nos hacía iguales. Nos hacía humanos. Su pasar era el mismo para todos. Quizá hubo un tiempo en el que eso fue verdad, en aquellos tiempos premodernos en los que la experiencia subjetiva del tiempo estaba íntimamente ligada con la biología, con el 'reloj biológico' de cada uno de nosotros –interpretado, eso sí, siempre de forma cultural, pero biológico de todas formas. El tiempo interno era la base sobre la construía el tiempo común. El tiempo de mi cuerpo era idéntico al tiempo de los demás cuerpos.

Hoy esto ya no es así. Con la modernidad se produjo la erradicación de la corporeidad temporal y el fin del tiempo subjetivo como elemento regulador de la vida en común. El tiempo ya no es cosa de cada uno, sino que se ha convertido en algo administrado por factores externos. Ya no nos despertamos al amanecer sino que nos levantamos a las órdenes de un despertador. Ya no trabajamos en función de nuestras fuerzas o nuestras necesidades sino según el ritmo que marca la ficha. Vivimos en un mundo en el que la programación de la televisión marca la hora de irse a dormir. O más finamente: la enajenación del tiempo subjetivo supone la pérdida del anclaje identitario, en ese juego moderno que es la emancipación de la Naturaleza vía la tecnología. 

Hoy, enajenada la 'corporeidad', no nos queda otra cosa que un tiempo externo cuyo valor depende, también, de factores externos. Un tiempo experimentado como subjetivo que se valora en función de factores no-subjetivos y que da como resultado una ruptura de la experiencia temporal 'igualitaria'. Democrática

El tiempo y su experiencia subjetiva ya no son un atributo común, no construyen comunidad.

O, al menos, no como hasta ahora.

y 2.- Porque, y de forma simultánea, en la sociedad de consumo esa temporalidad enajenada se ha convertido en el objeto de consumo supremo, sobre el que se construye el sujeto y sus lazos con la comunidad. Con el Otro. El presente, y la cantidad de presente que se consume, se ha convertido en el primer factor de integración social. Y de exclusión, por ende. O, como explica Dominique Quessada, un ex-publicitario por cierto, en su libro La era del Siervo-Señor, la sociedad de consumo ha supuesto una superación de la dialéctica hegeliana mediante la cual se estructuraba la idea del individuo premoderno, el Ciudadano Ilustrado, vamos, y, con ella, la superación del tiempo como algo compartido.

O, dicho aún de otra manera, dejo aquí un estudio realizado por tres científicos sociales estadounidenses, Twenge, Catanese y Baumeister, de título farragoso pero de contenido esclarecedor: Social Exclusion and the Deconstructed State: Time Perception, Meaninglessness, Lethargy, Lack of Emotion, and Self-Awareness, en el que afirman que socially excluded individuals enter a defensive state of cognitive deconstruction that avoids meaningful thought, emotion, and self-awareness, and is characterized by lethargy and altered time flow.

Así, hoy, si fuera posible trazar un continuo de consumo temporal en el que en un extremo se encontraran aquellos cuyo nivel de vida (esto es, de ingresos) les permite acceder a cualquier presente posible y, en el otro extremo, aquellos cuyos sueldos, si es que perciben alguno, están excluídos de cualquier consumo temporal, no sería difícil establecer una dicotomía entre la 'nueva riqueza' y la 'nueva miseria'. En un lado estaría, por ejemplo, ese arquitipo pop en el que se ha convertido el Emilio Botín que puebla los medios, cuyos presentes transcurren entre Consejos de Administración y asesores personales, jets privados y paraísos, físicos y fiscales, entre casinos y la zona VIP de cualquier circuito de Fórmula 1, accediendo así a innumerables posibilidades identitarias; en el otro estaría el desheredado cuyo presente, único, se limita a rebuscar comida por las noches en los contenedores de basura. En un lado, estarían quienes rozan el 'paradigma de vida publicitario' –y digo rozan porque la naturaleza del tiempo de consumo es huidiza por definición: quienes disfrutan de todas las satisfacciones posibles de un mundo que ofrece multitud de personalidades posibles, simultáneas; frente a ellos, estarían aquellos que no pueden permitirse consumir nada. Ni siquiera presente.

 

(En el próximo capítulo: La integración de la temporalidad en el mercado)

 

Hay 4 Comentarios

Y los que estamos en el medio de los botines y de los que llegan a la fortaleza occidental huyendo del infierno de sus condiciones materiales de existencia? Qué va a ser de nosotros que aspiramos secretamente a vivir como Botines pero que vemos por el rabillo del ojo como el suelo se va deshaciendo a nuestros pies? Creo que lo fundamental sería dejar ya de lado la aspiración tóxica de pertenecer a ese engranaje de experiencias de múltiples presentes y recuperar los viejos hábitos de cierto tipo de inmovilidad que convierte al tiempo en el cemento de un lazo social real y vigoroso. Pero temo que ya es demasiado tarde para eso: predicar la inmovilidad, el estar vinculado a un lugar y a un empleo de forma duradera, es ahora mismo pretender volver a la otra orilla de un puente que se está derrumbando mientras corremos despavoridos hacia un otro lado en el que no sabemos qué nos aguarda.

La sociedad de Consumo refleja la enfermedad en que vive Europa. Síndrome de Diógenes cultural en que se consume por consumir, se adquieren artículos inútiles ( basura ) y los vamos acumulando ya que cuanto más cosas mejor. No les suena de algo? ( síndrome de Diógenes ) Leer artículo completo: Europa Enferma, diógenes cultural.


http://hoteltierra-psicoterapiabreve.blogspot.com.es/2011/02/europa-enferma-diogenes-cultural.html

O visitar este estuio: Los Europeos, cuanto más ricos, más problemas mentales tienen.

http://hoteltierra-psicoterapiabreve.blogspot.com.es/2011/01/los-europeos-cuanto-mas-ricos-mas.html

Felizisima→A todos nos formatean. A todos.

"Exclusión social y estado de Deconstrucción: percepción del tiempo, sinsentido, letargo, falta de emoción y de autoconciencia, los individuos excluidos socialmente entran en un estado defensivo de deconstrucción cognitiva que evita el pensamiento con significado, la emoción y la autoconciencia y se caracteriza por letargo y alteración del flujo de tiempo".
Parece la Deconstrucción algo así como un FORMATEO.

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Consumidos

Sobre el blog

El consumo configura nuestro estar en el mundo. Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el planeta. Analizar nuestra relación con marcas y productos nos ayuda a comprender qué lugar ocupamos en la sociedad de consumo. Y, sobre todo, nos ayuda a no caer anestesiados cuando comience la revolución.

Sobre los autores

Somos un grupo de personas que creemos que el modelo capitalista actual es insostenible, que el consumo es uno de los síntomas de lo que está pasando y que es una de las palancas de cambio.

Alberto Knapp Bjerén, fundador de una consultora de internet, inversor en startups, enemigo del crédito.

Luis Montero. Autor de Artrópodos, Feliz Año Nuevo y Clon. Consultor en Cero23.

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