En 2010, junto a un grupo de investigadores sociales y de mercado, participé en un estudio sobre la percepción de la crisis entre los trabajadores del conocimiento: resumidamente, serían aquellos cuya materia prima de trabajo es la distribución de información: periodistas, diseñadores, profesionales del marketing y la web,...
Simplificando, su narrativa de la crisis venía a ser: "nos encontramos ante una crisis global de origen financiero pero con especificidades españolas (corrupción, burbuja y debilidad del sector productivo), en el que ningún actor despierta confianza (políticos, sindicatos, empresa, Estado, los "propios españoles"). Se ha llevado a cado una transición de crisis finaciera a crisis social, y ante la incapacidad/ineptitud de cualquiera de los actores y el carácter "inmanejable" de la crisis entramos en una actitud de desánimo, asumimos como inevitable el "coste social" de la crisis y únicamente podemos optar por salidas individuales ("mito del emprendedor" o emigración)".
En el discurso de los participantes observamos como una gran losa pesaba sobre cualquier posible proyecto de confrontación colectiva: el fantasma de la culpa. El discurso dominante en torno la crisis, aunque cita la crisis financiera estadounidense como origen "teórico", en la práctica identifica como origen efectivo una pauta previa de consumo desaforada y extendida en el conjunto de la sociedad. La crisis financiera se aleja y el origen de la crisis se atribuye a la suma de actos particualres de consumo. Así, se decían dos de los participantes en el estudio:
(A) “De todas formas, eso que estáis comentando de una burbuja de irrealidad de la que ahora nos estamos despertando, no sé si…. ¿nos hace eso a nosotros responsables de la… de crisis? Porque yo, personalmente, no me veo… [tono muy vacilante]… que yo haya sido responsable de la crisis…”
(B) “¿No te fuiste de viaje en los últimos 4 años? ¿Qué coche tienes?"
De este forma, cualquier acto de consumo, hasta el más normalizado y prácticamente irrenunciable en este contexto, culpabiliza. Al mismo tiempo, esta individualización máxima de de la crisis (si consumes, eres cúlpable), es un "arma de socialización masiva" que culpabiliza a todos y exime a actores específicos (como la banca). Así, los informantes decían:
“La culpa de estas cosas las tenemos todos los actores económicos, los de arriba y los de abajo, los más poderosos y los que menos”
“La culpa la tiene todo el mundo. Es una cuestión de intereses creados”
“Nosotros no somos responsables de que quiebren los bancos, seguramente, pero somos responsables, o sea, padecemos la crisis en mayor medida porque hemos generado parte de nuestra crisis. Hemos vivido en general por encima de…; o no hemos medido”
De esta forma, la posibilidad de abordar una confrontación explícita sobre la "responsabilidad" de la crisis, y sobre todo, quién debe "pagarla", se ve directamente atravesada por el consumo. La simple presencia en la sociedad supone consumir. Consumir ha venido significando para muchos, en los años de la burbuja, crédito. Y tanto crédito como compra significan decisión consciente. Decisión consciente significa responsabilidad. Y responsabilidad significa culpa. Cuando te sientes culpable, resulta difícil confrontar.
La culpa vinculada al consumo nos rodea: el catecismo católico, tan presente en la formulación de discursos sobre la crisis (de forma significativa, el vocabulario sobre la crisis remite permanentemente al universo de la religión punitiva: el castigo, la austeridad,..., ), hablaba de diversos tipos de culpa. Sea por acción o por omisión, por obra o por pensamiento, resulta imposible evitar el pecado. Como consumidores y ciudadanos, habríamos pecado de obra (vivir por encima de nuestras posibilidades), de pensamiento (aunque no siempre se lograba, se ha deseado incluso un consumo aún más intenso); se peca de palabra (mediante al voto a los políticos responsables de la crisis, pues el voto en democracia es la máxima expresión de "habla"); y se peca de omisión (por haber colaborado por dejación - a posteriori se entiende que la burbuja y su posterior estallido era previsible, y como ciudadano se reconoce no haber participado de ninguna opción de mínimo rechazo). Incluso se peca de omisión también por haber dejado de consumir, y paralizar así la economía.
Para abordar un ejercicio de rechazo como supone la Huelga General, el primer ejercicio es sacudirse la culpa: evitar la socialización masiva de la culpa, identificar responsables (banca o funcionarios; inmobiliarias o sindicatos; corruptos o parados sin prestación) y desde ahí definir quién debe pagar los costes sociales de la crisis.
La culpa de omisión tiene otra lectura interesante: somos culpables de consumir, cierto, pero somos culpables por dejarnos hacer. El contexto no es favorable a la movilización colectiva. Sin embargo, y esto es crítico en relación a la narrativa sobre el origen y desarrollo de la crisis, existe un claro juicio ético: los culpables principales de la crisis están saliendo de ella sin verse afectados mientras trasladan los costes al conjunto de la población. Así, nos encontramos con la paradoja de que a pesar de un marco discursivo que frena cualquier impulso de movilización, en los mismos informantes aparece a la vez un cierto sentimiento de culpa en torno a dicha falta de movilización.
(A) “Porque no vamos a tener pensión nadie”
(B) “Porque todo el mundo traga”
“(…) hay una pasividad interiorizada de muchos años (…)”
“(…) No entiendo lo que hacen los políticos, con lo cual entiendo la desidia”
“(…) somos individualistas hasta decir basta”
(A) “Hay una parte de responsabilidad nuestra muy importante. Al final lo que queremos es evitar conflictos y evitar movilizarnos. Porque eso supone conflictos, trabajo, tiempo, esfuerzo... y lo mejor es decir que éste es un corrupto, no sé qué, y me quedo en casa”
(B) “Al final hay un aburguesamiento que te cagas”
(C) “Pero aburguesamiento sin ser burgueses, porque si fuéramos suecos...”
(D) “Hay un aburguesamiento de Burger King”
“Está claro que somos muy cómodos y estamos esperando a que nos lo solucionen y no hacemos nada”
“El efecto neto [de no protestar] es que somos idiotas”
“Yo tengo sentimiento como de excusa. Tomadura de pelo, no sé qué [en relación a la convocatoria del 29S]… pero si todo el mundo es como yo...”
El 15M fue un gran ejercicio de rechazo colectivo de la culpa. Se rechazaron dos sensaciones de culpa: la culpa activa por consumir, la culpa por omisión por dejar hacer (dejar hacer la crisis, dejar hacer que sea el conjunto de la sociedad la que pague las consecuencias de la crisis). La pelea por la hegemonía ideológica entre los de arriba y los de abajo supone la pugna por definir al culpable de la crisis: la culpa, al igual que el consumo, originada por el encadenamiento al consumo, rodea a los de abajo. Si se logra romper esta sensación (que quizás no pase tanto por dejar de consumir, sino por redefinir la experiencia y la conceptualización de la compra y el crédito), el primer paso para enfrentarnos al coste social de la crisis estará dado.