La fortaleza del mercado

Por: | 15 de marzo de 2012

La arquitectura de los Grandes Almacenes El Corte Inglés (y los de la extinta Galerías Preciados también, ya puestos) es la arquitectura de una fortaleza. Un bunker en pleno centro de nuestras ciudades. Un fortín racionalista, sin ventanas, tragaluces ni aperturas al exterior. Como una fortificación, protegida frente a cualquier agresión externa, cuyos muros no ofrecen ni la más mínima rendija por la que escurrir una fugaz mirada fisgona. Incluso los escaparates, esa frontera que en cualquier otro comercio permite al transeúnte vislumbrar el interior, promesa de lo que le espera dentro, en El Corte Inglés son opacos. Reservados. En ECI los escaparates son un espacio fronterizo tan sólo poblado por extraños seres de plástico disfrazados de maniquí. 

Dentro, bajo el calor de esas murallas, vive resguardado un espacio sin sobresaltos. Ajeno al ruido de la cuidad. Sin bocinas ni frenazos, sin atascos ni semáforos. Donde las señales de tráfico se han sustuido por la señalética comercial. Liberado de las inclemencias de la meteorología, con una temperatura constante de 22°, es un espacio atemporal, sin amaneceres ni ocasos. Y, sobre todo, sin relojes. Un espacio en el que el ahora, el presente, es eterno. Un espacio desterrado, libre de agresiones. Un espacio sin tiempo. Un no-espacio. 

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¿Por qué?

Se me ocurren dos respuestas. (Seguro que hay más; me encantaría leerlas en los comentarios)

La primera, histórica. Porque cuando, en 1962, ECI acometió los primeros pasos de su proceso de expansión con la construcción de los Grandes Almacenes de Preciados en Madrid y Plaza de Catalunya en Barcelona, no lo hizo emulando el estilo arquitectónico del Gran Almacén histórico, el modelo Bloomingdales, cuyos establecimientos tradicionalmente ocupaban edificios ya existentes, un edificio más rodeado de otros edificios iguales, todos tan plenamente integrados que sumados constituyen la ciudad; sino que siguió la tendencia que entonces empezaba a predominar en todo el mundo: El Centro Comercial. Lo que más tarde se conocería como el modelo Walmart: un bloque geométrico, aislado. Inconmovible. Pero a diferencia de los Mall, diseminados siempre por las afueras de las grandes ciudades, ECI decidió copar los centros urbanos, áreas aquí todavía vírgenes.

La segunda, más interesante, política. Porque cuando, en 1962, ECI acometió los primeros pasos de su proceso de expansión, lo hacía en un país todavía no mercantilizado. El mercado, entonces, era una cosa frágil que había que proteger de un entorno que no siempre acompañaba -una zona fronteriza semejante, salvando las distancias, a muchas zonas del extrarradio de las grandes cuidades de Estados Unidos. De ahí el modelo Centro Comercial y sus muros fortificados. De ahí esos mamotretos blindados de la Sociedad Civil. Por eso, frente a Sears o Macy’s, que siempre estuvieron integrados en la arquitectura de sus ciudades anfitrionas, ECI es una nave especial diseñada como un oasis de paz y tranquilidad en medio del caos, amenazante por irracional, de las ciudades que ocupa. Un espacio que había que diferenciar de excesos y tribulaciones del espacio exterior. 

Como si sólo dentro de aquellas paredes pudiera incubarse el mercado. Como si sólo en ese no-espacio pudiera desarrollarse en toda su plenitud.

Y tenían razón.

Eran, en versión local, los primeros escarceos de esa tendencia que no parará hasta convertir en Las Vegas a todo el planeta: espacios en los que no rige ni el tiempo ni la biología, un espacio enajenado en el que sólo transcurre una cosa: el acto para el que fueron diseñados. El hecho mercantil. El comercio. Bienvenidos a la lógica del casino. Bienvenidos a la arquitectura del presente.

Pero pasaron las décadas y llegamos a los año 80. El mercado empezó a expandirse por todo el país. Se estiró. Aparecieron los primeros Centros Comerciales, y con ellos los hipermercados de las multinacionales francesas de la distribución, Pryca, Alcampo y Contiente. Y, aunque con diferencias, sobre todo en cuanto a la localización -los centros urbanos ya eran tierra conquistada mientras que ahora resplandecía el territorio virgen de las nuevas periferias-, emularon el mismo proceder. Volvieron a proliferar los búnkeres, las estructuras monolíticas sin ventanas, sin otra apertura que las entradas, esta vez, para coches.

Pasaron aún más décadas y nos plantamos en el 2.000 (¿Siempre son años pares?). El mercado lo ha empapado todo. Tiendas y sucursales bancarias por todas partes. Cajeros automáticos y bolsas, de plástico antes, reciclables ahora, pero siempre con el eterno logotipo, han pasado a ser omnipresentes. La ciudad se ha convertido en un Centro Comercial Abierto. En Madrid, ese espacio que empieza en el Barrio de Salamanca y llega hasta el nuevo parque del Manzanares, pasando por Sol, Fuencarral y ese vaciado que llaman Triball. Ya no hay que preservar el mercado porque el mercado lo ha invadido todo. Ya no hay diferencias entre dentro y fuera. El modelo ha triunfado.

De la arquitectura del presente hemos pasado al urbanismo del presente. Cascos históricos sin historia, artificiales, restaurados a toda velocidad, de los que se ha erradicado cualquier vestigio del pasado, incluida su población autóctona, en los que el ahora, el presente se repite inmutable bajo el amparo de las nuevas leyes liberalizadoras de los horarios comerciales y en los que la idea de frontera, de escaparate se ha diluido porque están habitados por extraños seres de carne y hueso disfrazados de maniquí. 

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Así, no es de extrañar, un ECI por fin ha abierto ventanales, que no escaparates -eso siempre hubo, único interfaz con el ciudadano además del escaparate publicitario-, a través de los cuales compradores y paseantes pueden intercambiar miradas. Cómplices. Amigas. 

Un adelanto, supongo, de lo que se van a convertir nuestras ciudades en las próximas décadas, si es que no lo son ya. Será el asalto final del mercado a nuestro entorno. Las Vegas definitiva. Un no-espacio planetario.

 

Hay 10 Comentarios

Hola Santi, es cierto que la respuesta más sencilla suele ser la verdadera. Y es cierto que buscan más espacio. La cosa es qué tipo de espacio. Muchas gracias.

Otra de las respuestas a este espacio cerrado de los centros comerciales puede ser una más sencilla: más espacio para los propios productos.

Buenas noches.

Eloy→Me encanta tu lectura psicoanalítica. Me parece brillante. Es cierto que el vientre materno es el no-espacio definitivo. Sólo me chirría una cosa, que es el espacio del no-ser definitivo.

Clara→Gran lectura. Esa es la definición de un no-espacio.

Volveremos. Y ganaremos.

A mi no me gustan esos espacios ni su forma de atraerte , la gente parece alienada , como si les hubieran puesto un chip y borrado su capacidad de elección, es el lugar ideal para no pensar y dejarse llevar por los colores, los aromas, la música y la diversidad de gente, toda igual. El sitio perfecto para ocupar los ratos libres, para no tener que mantener una conversación con la pareja,la excusa perfecta para no tener que jugar con tus hijos, el plan es ir a pasar allí las tardes de los fines de semana, evitando toda comunicación familiar , la gente ya no sabe entretenerse, se aburren de si mismos y del entorno que han adquirido , seguramente en uno de esos espacios. El Centro Comercial les aporta anonimato y aunque nadie les ve desde fuera, ellos quieren verse entre ellos, así se reconocen por el número de bolsas acarreadas y sobre todo por el logo de la misma.

La lástima es que esa postura de consumidor estupido se la están transmitiendo a sus hijos, no dejandoles más opciones que participar en esa voragine, puedas o no permitirte consumir.........

Veo los grandes almacenes como inmensos úteros primordiales que crean la ilusión de la vuelta a la unidad originaria: esa temperatura, esas sensaciones que estimulan y narcotizan simultaneamente, esa música de fondo que impide cualquier momento de silencio -horror vacui-, y, sobre todo, lo que describes tan bien: el tiempo inmóvil que tiene como consecuencia el ser liberado de las tensiones de lo contingente.

También, creo, el centro comercial es la síntesis perfecta de dos opuestos: la necesidad de todo lo superfluo; y, además, la puesta en escena de varias fantasías fundamentales de nuestro tiempo: recursos materiales infinitos conseguidos sin esfuerzo, la comodidad elevada a rango de categoría política y la idea subyacente de un "orden natural de las cosas" (que sólo se alcanza cuando "lo artificial" los satura todo).

Buenas noches.

Felizísima→ Es cierto que a muchos nos producen rechazo los Centros Comerciales; pero también es cierto que a muchos más les satisface enormemente. Tanto que se gastan lo que no tienen. Supongo que es un misterio que nos obliga a reflexionar.

Joana→ Es curioso cómo se repite el discurso victimista alrededor del mercado una y otra vez. Y, sin embargo, como decía antes, mucha gente lo encuentra altamente satisfactorio. No creo que se deba, simplemente, a que nosotros somos inmunes; creo que responde a cambios más profundos. Saludos desde el escaparate mesetario.

Felipe→ Como siempre, has puesto el dedo en dos aspectos claves. El primero es, a mi entender, fundamental. La implantación del mercado es, sobre todo, un hecho político. Mucho más que económico, aunque también.

El segundo, hace referencia a algo que pensaba comentar dentro de dos ó tres posts. Porqué, siendo tan banal, el mercado, y su vertiente más personal, el consumo se han convertido en el primer vector de satisfacción individual. Pero eso ya es casi ontología. O sin el casi.

Pilar→ Muchísimas gracias por las referencias. A Marc Augé lo leí cuando apareció. Y, si bien es cierto que se puede decir que coincidimos en muchos puntos, creo que su crítica es más sistémica, más cultural, si quieres, mientras que la mía es más orgánica, casi biológica. Eso sí, sigue siendo un libro fundamental.

A Giandomenico Amendola no lo conocía. Mañana me acerco a ver qué encuentro suyo.

Muchísimas gracias a todos.

Os doy dos pistas muy buenas que puede que os ayuden a descubrir el misterio de los no-lugares:

-Giandomenico Amendola: "La ciudad postmoderna". Madrid: Celeste Ediciones, 2000. El capítulo XI no tiene desperdicio, ya desde el título: "Los shopping malls: del flaneur al buyer".
-Marc Augé: "Ficciones de fin de siglo". Barcelona: Gedisa, 2001. En especial el capítulo 2.

Quizás sea dispersar, pero una lucha social y vecinal que está ya olvidada, y encaja con cierto momento de la evolución de este proceso que cuentas fue la lucha vecinal contra La Vaguada, entonces un arroyo, y como el PSOE (el mitificado Tierno) traicionó a las asociaciones vecinales.
Por otro lado, desde la perspectiva del consumidor (o ciudadano, o..), ¿qué es lo que hacía atractivo un espacio de este tipo? La atemporalidad y suspensión de las sensaciones? La vivencia de seguridad? Sentirse parte de la "corte" del Rey consumo, dentro de su fortaleza, separados y distantes del poblacho/el pueblo?

El MERCADO, en singular o en plural, nos domina. Primero como oasis y paraíso relajante, cuando ya teníamos el vicio, han pasado a ser el gran hermano que te domina, esos anuncios omnipresentes, esa forma de vender en estructura construida o en publicidad idealizante.. nos inocularon de forma casi inadvertida una necesidad constante de comprar,comprar,comprar... hay gente que se va al centro comercial más próximo a pasar la tarde con su prole y se encierran en espacios donde lo único que reluce es el lujo de lo superficial...
Enhorabuena por el artículo, Sr. Montero. Mi aplauso desde BCN, escaparate abierto.

Esos "molotes" no sólo son feismo hecho ladrillo; además gozan de un aire acondicionado de edificio enfermo a toda pastilla con un calor insoportable, la electricidad estática te pone los pelos de punta, te duele la cabeza por la cantidad de gente que sube y baja por las escaleras mecánicas y hay tantas cosas dentro que te mareas.
Si por un despiste acabas devorado por el monstruo, por lo menos no compres lo que no necesitas.

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Consumidos

Sobre el blog

El consumo configura nuestro estar en el mundo. Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el planeta. Analizar nuestra relación con marcas y productos nos ayuda a comprender qué lugar ocupamos en la sociedad de consumo. Y, sobre todo, nos ayuda a no caer anestesiados cuando comience la revolución.

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Somos un grupo de personas que creemos que el modelo capitalista actual es insostenible, que el consumo es uno de los síntomas de lo que está pasando y que es una de las palancas de cambio.

Alberto Knapp Bjerén, fundador de una consultora de internet, inversor en startups, enemigo del crédito.

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