El mercado en el cuerpo

Por: | 01 de mayo de 2012

La relación entre el cuerpo y el individuo siempre ha sido dicotómica. Acotada, por un lado, por el canon corporal, que definía, no ya la estética, sino también la salud; y, por otro, por lo real, lo dado: la biología. El canon, siempre ha habido un ideal corporal al que aspirar, era la excusa para generar políticas corporales más o menos violentas, mientras que la biología es el umbral sobre el que se ejercen. Y la evolución de esa relación entre biología y canon es la evolución de las políticas con respecto al cuerpo. 

Grande

Sin pretender hacer una genealogía del cuerpo, así, rápido, como casi todo en este blog, se pueden distinguir cuatro momentos históricos de esa relación:

Al principio, el cuerpo era el hambre.

 El hambre, lo biológico, era el canon. Y era el cuerpo sano el que, tras sentir sentía el aguijón en el estómago, conseguía salir de la cueva para ir a cazar y recolectar. El cuerpo y su administración se relacionaban, fundamentalmente, con la alimentación. Con comer, no tanto con lo que se comía. El hambre era el motor principal de la relación con el cuerpo. Y el hambre definía el canon. Si no comías, si no colaborabas en la obtención de comida, malo. Si uno nacía con el cuerpo ajustado a ese canon, el cuerpo era el cuerpo que le acompañaba hasta la tumba. Si uno nacía con un cuerpo “incapaz”, ese viaje solía ser mucho más corto.  

El cuerpo redentor.

Pero como el cuerpo no es sólo hambre, las formas del poder se diversificaron. La religión, incapaz de explicar los misterios de la biología, enseguida lo convirtió en símbolo. El cuerpo sano mutó en medio, en vano recipiente de un espíritu inmaterial cada vez más predominante mientras el deforme, el mutilado, el tarado era explicado en términos de condena. Si el hambre fue la primera forma de exclusión, el primer canon, la supervivencia pronto dio paso a la transcendencia y su hermana terrenal, la sumisión. Por un lado, el cuerpo era el camino para alcanzar la gloria más allá de uno mismo –las momias o el cuerpo de Cristo– mientras era sometido a disciplinas de control como el ayuno de carne o la abstinencia carnal. Frente al hambre, que al menos construye comunidad a su alrededor, aunque sólo sea como forma de combatir la necesidad, las religiones implantaron la negación cuerpo. Sí, porque las religiones fueron las primeras en aprender que el cuerpo y su fisiología son un enemigo inexorable. Ya lo decía Foucault: contradecir al cuerpo es empezar a morir.  

Pienso, luego soy el propietario de mi cuerpo.

Siglos más tarde, cuando ya las penurias empezaban a no serlo tanto, al menos en Occidente, y el poder político comenzó a desplazar al religioso, el cuerpo pasó a ser el centro desde el que se construía una trascendencia que empezaba por él (eso sí, acababa por ese trasunto del alma que es la mente, el nuevo traje del emperador): el cuerpo, como extensión de la naturaleza, florecía en pleno amanecer (pre)romántico. El cuerpo, el sano al menos, empezó a ser entendido como un hecho natural. La Naturaleza, con mayúscula, era el canon. El cuerpo era el cuerpo dado. Lo real. Aunque las formas de exclusión continuaban, el cuerpo y sus atributos se convirtieron en parte irrenunciable de la firma de sus portadores. Si el dueño de la malformación tenía talento, la malformación se convertía en acompañante irrenunciable de su dueño y pasaba a ser parte de su recuerdo. El cojo Byron, el sordo Beethoven. Si no tenía talento, a sufrir en silencio, el propio cuerpo y el desprecio de los demás. Con el cuerpo y sus fallos había poco que hacer. Uno aceptaba su cuerpo o, todo lo más, lo soportaba. 

El mercado en el cuerpo. 

Sobre los cimientos racionalistas anteriores, hoy el individuo se constituye en sujeto de derechos y el cuerpo pasa a ser su propiedad, sobre la cual construirá su identidad y subjetividad. Todo individuo es propietario de su cuerpo –su propio cuerpo– y esa posesión constuiría la base de los llamados Derechos naturales que son, a su vez, la base sobre la se construye esa ideología propulsora del mercado, el neoliberalismo. Así lo expone Murray N. Rothbard, economista de la escuela de Chicago, en su libro A New Liberty. The Libertarian Manifesto (1973): “The most viable method of elaborating the natural-rights statement of the libertarian position is to divide it into parts, and to begin with the basic axiom of the “right to self-ownership.”.” O, dicho de otra manera, el Derecho natural es constituyente del Yo como poder ejecutivo, cimentado en el autogobierno del propio cuerpo. Un cuerpo que, no hace falta decirlo, seguirá ceñido a un canon y sometido a la biología.

Pequeña

La conjunción de los desarrollos del mercado, la ideologia neoliberal y la biotecnológía nos han llevado a la ilusión de poder gestionar nuestro cuerpo a nuestro capricho. A nuestra voluntad. Que para eso es nuestro. Pero no se trata sólo de que nuestros cuerpos estén inmersos en el mercado de carne, que sean la principal moneda de intercambio, sino que, además, nosotros tratamos a nuestro como si de un mercado más se tratara. De hecho, para alcanzar ese cuerpo único, sano y atemporal que hoy constituye el canon aplicamos al cuerpo muchas de las técnicas que aplicaríamos en cualquier otro mercado. O, siendo más críticos, no dudadamos en aplicar al cuerpo muchas de las violencias que aplicaríamos a cualquier mercado.

El informe de un simple reconocimiento médico se convierte en una auditoría financiera. Un P&L de glóbulos blancos, colesteroles y dioptrías con sus amortizaciones, impuestos y rentabilidades. Hacer deporte para asegurarnos unas ciertas cuotas de salubridad no es muy distinto que comprar acciones de una petrolera. Ir al médico se ha convertido en algo indistinguible de ir al asesor bursátil. Administramos nuestro cuerpo. Negociamos con él. Hemos dejado de vivir nuestro cuerpo, lo contabilizamos. Nos hemos convertido en los contables de nuestra propia vida. Vivimos con visera y manguitos intentando rentabilizar una vida de pequeños pacientes. Como los pequeños burgueses, que prefieren la certidumbre de su pequeña propiedad ante la promesa libertadora de la revolución, el miedo al cáncer nos hace entrar en pánico ante la posibilidad de un catarro. Tan convencidos estamos de nuestra identidad que si uno llega a morirse por enfermedad, antes lo achaca a un fallo en la negociación que a esa cosa indómita que, a veces, aún guarda la naturaleza.

 

(Algunos lectores me han comentado que no quedaba del todo clara la entrada. Me he tomado la libertad de corregirla. El contenido sigue siendo el mismo, eso sí. Muchas gracias)

Hay 5 Comentarios

Pues sí. El cuerpo como consumo, el aspecto como consumo, la mirada de los otros y la propia como consumo, la emoción que aparentemente despierta, también consumo. ¿Hay algo más, en algún lugar?

obsesión corporal...

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Todo para el cuerpo pero sin el cuerpo.

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El consumo configura nuestro estar en el mundo. Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el planeta. Analizar nuestra relación con marcas y productos nos ayuda a comprender qué lugar ocupamos en la sociedad de consumo. Y, sobre todo, nos ayuda a no caer anestesiados cuando comience la revolución.

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