Marx era esencialmente un humanista (por favor, léase este término sin el desdén que a veces ocasiona, como una simple enunciación): hacía algo tan básico como incorporar lo que tenía de peculiar el ser humano en su objeto de estudio. Y esto, que tan obvio parece, al trasladarse a cualquier plano de análisis, es lo que hace su reflexión revolucionaria. Así, por ejemplo, introducir la peculiaridad del factor trabajo dentro de la descripción del proceso productivo, frente al resto de factores implicados (capital –cristalizado o circulante- y tierra – materias primas-) pasa por incidir en su gran diferencia: se trata del único factor que posee subjetividad y conciencia de sí. Y el mismo Marx, tras esta obviedad, encadena otras muchas, todas ellas obvias a la vez que preñadas de carácter rupturista: si posee subjetividad, posee voluntad. Si posee voluntad, posee poder. Y capacidad de desobedecer, de enfrentarse, de distanciarse, de cuestionar. Su subjetividad ni resulta inerte ni puede estar domesticada durante el tiempo destinado a la generación de plusvalía: ni por ser “humano” hacerlo, ni por ser, como vieron de inmediato muchos gestores, eficiente. No es, por tanto, un factor de producción comparable a los restantes. Tan es así que dice Marx que el capitalismo como sistema tiene dos tareas: gestionar la producción, y gestionar su propia reproducción, basada en la aceptación (alienación) por parte del factor trabajo de su cosificación (y es aquí donde juega su rol el despliegue ideológico de las élites: religión, discurso de la “meritocracia”, desconfianza ante lo común, fin de la historia y descrédito de las alternativas…)
Esta trampa básica (igualar factor trabajo a los restantes factores) a nivel teórico ya fue desmontada por el tío Carlos hace tiempo. Pero, como siempre, el capitalismo, tiene nuevos recursos, y los despliega en numerosos ámbitos. En primer lugar, el más obvio y fácil es ignorar en la práctica lo que argumenta a nivel ideológico: y ahí, en la gestión cotidiana de las organizaciones, cualquier gestor sabe perfectamente que no puede tratar del mismo modo al factor trabajo que a cualquier otro factor (y más, o menos, cuanto más conocimiento exige el proceso productivo). Pero lo más meritorio, y sorprendente, es la capacidad de recuperarse en el ámbito ideológico y de la construcción de discurso. Si el factor trabajo no se adecúa al modelo explicativo, no cambiemos el modelo explicativo ni mucho menos aceptemos sus implicaciones: mejor que eso, cambiemos la constitución de la subjetividad del propio factor trabajo.
Aquí, como decía Luis Montero, el liberal y Nobel Gary Becker es la referencia (y una lectura recomendable): su constructo del Capital Humano reconoce la obviedad señalada por Marx. Correcto, el factor trabajo es distinto: en vez de recoger las implicaciones de esta diferencia, gestionémoslo, como haríamos con cualquier otro factor de producción. No solo eso, sino que de inmediato, como han venido haciendo los profesionales de la gestión de recursos humanos (del capital humano, de la gestión del talento, o de cualquier otro término sinónimo que encontremos en los manuales de gestión), se realiza una propuesta a la subjetividad del factor trabajo. Es cierto, no eres como cualquier otro recurso. Pero podrás obtener beneficios, rendimientos, réditos, si te comportas como tal. Cosifícate y dosifícate, conviértete en capital, en un factor más de la producción, invierte en ti esperando obtener beneficios a largo plazo (ya mañana, cadáver, gozarás: ese locución clásica del catolicismo actualizada bajo la narración de la “inteligencia emocional”). Renuncia a tu capacidad de disenso y poder. Optimízate. Domestícate: como te percibes como capital, y no trabajo, ya no hace falta que otro te domestique. Eres igual que cualquier otra mercancía. Más aún, y más lejos, y en más ámbitos: no hace falta que seas capital para otros, puedes serlo para ti mismo. Cambia al de recursos humanos por tu coach personal: no pienses en tu carrera, piensa en tu Personal Branding. Eres capital, eres marca, eres producto, posiciónate, define tus fortalezas y atributos. Eso sí, tu subjetividad ya no es tuya, ya que la modulas para optimizar tu inversión. Eres capital flotante.
pd: desde otra perspectiva, el concepto de Capital Humano es interesante como representativo de otro momento social. En los 60-70´s, mientras desde el discurso liberal se rescataba su argumentación meritocrática (quién tenía éxito era que había sabido gestionar su capital disponible: de hecho, en última instancia de ahí nace la argumentación del cheque escolar), una cierta perspectiva socialdemócrata argumentaba la inversión generalizada en educación como un elemento que potenciaba la competitividad de los países a la vez que, al dar un mismo acceso a recursos a todas las clases (educación pública y gratuita) garantizaba la igualdad de oportunidades: lástima que, frente al voluntarismo socialdemócrata, numerosos estudios mostrasen que factores de clase, raza y género impedían que eso se trasladase a una efectiva movilidad social. En fin, otro momento social.