El consumo es una celebración del presente. Sí. ¿Pero qué es, exactamente, ese presente que tanto celebramos?
Sin rodeos:
El presente del consumo es el instante de satisfacción que genera el mercado.
El presente es el ámbito temporal al que accedemos mediante la inversión en nuestro Capital Humano. Es el resultado de la inversión que hacemos en nuestro propio rendimiento: en la mejora del medio de producción que somos; en los beneficios obtenidos a través del consumo. Cada nuevo título adquirido en nuestro afán infinito por perfeccionar el inglés, cada mejora en el equipamiento de nuestro coche, cada punto regalado del plan de fidelización de la aerolínea con la que viajamos.
El presente del consumo es la plusvalía de nuestras inversiones en nosotros mismos como agentes económicos autónomos.
Así de claro.
Somos los capitalistas del presente.
(En sus dos acepciones).
Así, por primera vez en la historia, el presente, además de ser un hecho ontológico, se convierte en la medida de valor económico. Esa satisfacción que es el presente se convierte en la respuesta, no ya a la pregunta sobre la que se levanta la modernidad, quiénes somos, sino sobre esa otra pregunta sobre la que se alza el mercado: cuánto valemos. Mediante la satisfacción accedemos a un presente, que pasa de ser el ámbito temporal donde se realiza la acción al ámbito temporal donde se realiza la transacción. La trans-acción. El presente, entonces, se transforma desde el ámbito donde el sujeto construye su identidad, en aquel del intercambio y la competencia.
La satisfacción de ese momento presente, constituido en la medida del valor, se convierte en el criterio de validación. Porque estoy satisfecho, este momento es mi momento. Y desde él me reafirmo. En en mi reafirmación me constituyo en validador de mi mismo, de esas acciones, de esas transacciones que han generado mi satisfacción y, desde la cual, además construyo un criterio de validación para el otro. La satisfacción no sólo cimenta mi subjetividad, sino que filtra mi intersubjetividad, la valida.
El presente aparece, de pronto, como un mecanismo de autojustificación al que se accede por el simple hecho de acudir al mercado. Y, al revés: el presente es la puerta principal del gran Centro Comercial.
Y es que, por primera vez en la historia, ya no es un presente que se consigue: es un presente que se adquiere.
Que se consume.
La satisfacción ya no es sólo una ontología que nos ancla en lo que somos, es que además se redime en términos mercantiles.
Accedemos al presente vía contrato.
Y, ese mismo contrato, marca los límites de la satisfacción del presente.
Esa satisfacción se alcanza mediante la transacción y, por tanto, esta regulada por un contrato mercantil, sujeta a leyes mercantiles y susceptible de ser inscrita en un registro, también mercantil. Esto es, la satisfacción no es libre, no puede ser cualquier satisfacción, sino que, otra vez el bucle infinito, tiene que ser paquetizada, para que, metafóricamente, pueda ser expuesta en el lineal correspondiente del gran hipermercado del mundo.
Una satisfacción que sólo es posible por y para las posibilidades de estar en el presente que genera el mercado. O dicho de otra manera, el mercado es el límite de la satisfacción obtenida. Y, por tanto, es el límite del presente.