El mercado infinito

Por: | 09 de octubre de 2012

Decía Foucault en El nacimiento de la biopolítica que en la transición entre los siglos XIX y XX se consuma el ejercicio, iniciado por Kant y su afán legislador, de limitar el poder del gobierno. Según el francés, el gobierno de las naciones europeas tenía dos fronteras, dos interfaces conflictivos en los que ejecutar su poder: la exterior –los países vecinos, el mundo– y la interior –sus ciudadanos, nosotros. Y que ese poder gubernamental, y esa era una de las características de la modernidad, lejos de ser omnímodo se veía limitado en ambas fronteras por dos muros de contención casi inexpugnables.

En la frontera exterior, el gobierno veía limitada su acción –su poder– por la presión militar de los gobiernos vecinos. Los ejércitos, las armadas de los demás países eran los responsables de inacción invasora del gobierno. Si un gobierno pretendía invadir un territorio antes debía, al menos, considerar la capacidad de respuesta militar de los demás gobiernos. De esta manera, los tanques se convertían en embajadores de paz. Al menos en una Europa en que no existían poderes hegemónicos absolutos y las guerras tenían lugar en las colonias, pocas veces en la metrópoli.

Al mismo tiempo, en la frontera interior el poder gubernamental veía limitada su acción no tanto por la lógica militar –dentro de sus fronteras no existía ningún otro poder capaz de cuestionar el gubernamental por la vía castrense– sino por la ejecución de un fenómeno emergente: el mercado. El desarrollo del mercantilismo interno y la aplicación de sus dos brazos políticos, el laissez faire y el librecambismo, parecía más eficaz para el control de la revuelta que la acción militar directa. De esta manera, el intercambio y el consumo se convertían en embajadores de paz. Y, también al menos en una Europa en la aún tenía sentido creer y discutir la "paz eterna".

La teoría del poder gubernamental construída sobre la dialéctica dentro-fuera como ámbitos de control de la acción del gobierno perduró hasta bien entrado el s. XX, incluso resistió la embestida de las dos Guerras Mundiales, con su infinita nómina cadavérica y sus asfixiantes hornos crematorios. Es más, no es sólo que resistiera, es que es la base ideológica sobre la que se redactó la Constitución de la Alemania occidental tras la segunda gran Guerra: limitación del poder exterior con la prohibición de acciones militares fuera de sus fronteras; limitación del poder interior con la implantación de mecanismos de control monetario, inflacionario y mercantiles basados en el ordoliberalismo, el brazo político del capitalismo alemán de posguerra.

Sin embargo, la teoría tendría un final: aguantaría, sí, como ya observó el propio Foucault, hasta mediados de los años 70, cuando ambos muros de contención –los límites exteriores e interiores del poder gubernamental– se derrumbaron.

En el exterior, cayó, literalmente, el muro de Berlín. Y con él, la gran amenza exterior. O, dicho con más precisión, el único poder capaz de ejercer de contenedor militar del proyecto expansivo occidental. Con el desmantelamiento del Check Point Charly cayeron la amenaza de una guerra nuclear suicida y, aunque aquí tuviera menos eco, la posibilidad de una invasión soviética de Europa -recuerdo que, cuando yo vivía en Alemania, las autopistas tenían una señalética paralela, aplicable sólo en caso de guerra. En una palabra, bajo los escombros del muro yacía la Guerra Fría.

¿Y en el interior? El interior había dejado de existir. Con la desaparición de la frontera ya no tenían sentido los espacios, la diferencia ya no era tal. La dialéctica dentro-fuera había dejado de tener validez para el análisis político. Ya no existían dos ámbitos en los que el poder gubernamental ejecutara la acción ni existían barreras de contención para ese poder.

Fuera se había convertido en dentro; y dentro se había convertido en fuera.

Y como el vacío es lo que más ha temido siempre el poder, todas las formas de poder, fue ese el momento en que el mercado, el único contrapoder superviviente, tomó carrerilla y mutó para ocupar los espacios vacantes. El mercado dejó de ser aquel viejo "lugar de intercambio" à la Smith para convertirse en el "lugar de la competencia" à la Becker, donde agentes autónomos compiten en su lucha por la maximización de sus objetivos. Así, individuos (capital humano), familias (hijos-commodities) y nación-estado (la marca-país) pasaron a ser gestionadas, y consideradas, como empresas. Y las empresas, por inversión, en nación-estado, familias y, sobre todo, individuos, portadoras de derechos, claro está.

Había nacido el mercado infinito.

O Imperio, como lo bautizaron Hardt y Negri.

El poder omnímodo capaz de regularlo todo y de autorregularse.

Un conjunto de reglas suprahumanas capaces de conducir a la especie a la siguiente fase, fuera ésta cual fuera.

Una, todo hay que decirlo, extraña conclusión para más de 30.000 años de evolución homínida.

Y, enseguida, eso sí, salimos a las calles para celebarlo. Consumiendo. Autores como Fukuyama, que hoy se dedica al aeromodelismo, no dudaron en entonar un himno triunfal y declarar "el fin de la historia". O como Friedman –el periodista del New York Times, no el célebre economista neoliberal–, que, confundiendo diagnóstico con síntoma, no dudó en proclamar, en su libro The Lexus and the Olive Tree, que: "Nunca ha habido dos países que hayan tenido una guerra desde que McDonald´s se instaló en ellos".

Pero, para su desgracia, muy pronto esa misma historia se encargó de probar que estaba equivocado. Los conflictos de Las Malvinas, Georgia vs Rusia y, sobre todo, la guerra de Kosovo, en pleno corazon de Europa, todas posteriores a la formulación de la "Ley de los Arcos Dorados", demostró su falsedad.

No, la historia no acabó ahí, en guerras más o menos lejanas de los centros de poder. La ley de Friedman flaqueaba en otro flanco bélico, los conflictos civiles. Si fuera se había convertido en dentro, dentro se había convertido en fuera. De pronto, el mercado había dejado de ser útil como dispositivo de control político gubernamental. Y, al igual que había sucedido con anterioridad en el sudeste asiático, en latinoamérica o, ahora, en el sur de Europa, el consumo se revela incapaz de limitar la revuelta: los dispositivos policiales se han convertido en el brazo político de la imposición de una nueva forma de poder.

Como muestra de ello, basta comparar las nóminas de los ejércitos con las de los cuerpos policiales de los países más afectados por las "reformas estructurales", que no son sino el nombre que ese poder otorga a su propia imposición. Así, en este país del sur de Eurozona que somos nosotros, las Fuerzas Armadas cuentan con 179.000* profesionales, a los que hay que sumarles 50.000* reservistas (total 229.000 efectivos); mientas que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado cuentan con 238.000** agentes, a los que hay que sumarles 89.000** vigilantes privados (total 318.000 efectivos). Ochenta mil personas de diferencia quizá ayuden a definir quién y dónde está el nuevo enemigo.

Y quizá ayuden a explicar la lógica -o su ausencia- detrás de escenas como esta:

 

Y es que, parece ser, los agentes autónomos que pueblan el "mercado de la competencia" necesitan no sólo el acicate del mercado, sino también el de un nutrido ejército de esos otros agentes de seguridad, pública y privada.

 

* Fuente: Wikipedia.
** Fuente: Estudio de Seguridad Privada en España, Estado de la cuestión, 2012. Fundación ESYS, 2012. Descargable aquí.

Hay 4 Comentarios

primer comentario es el trio de periodistas que participan en la encuesta- uno de antena tres, otro del diario la razon y otro del diario el mundo. Entiendo que estos medios de comunicacion tienen todos los parabienes del sr. Expresidente del Gobierno, son columnas basicas de la ideologia conservadora y por consiguiente trataran por todos los medios en adoctrinar en dicha ideologia. Es decir, que hablamos de medios de comunicacion que no disponen de una independencia total, ni de una veracidad total en temas relacionados con ideologia conservadora.

¿Los gobernantes tien la capacidad de imprimir moneda a gusto? ¿Dónde? Me temo que eso no es así. Y me temo, también, que la acuñación de moneda privada tampoco es una solución. Ni económica –no lo fue en el pasado, mucho antes del nacimiento de los Bancos Centrales– y, afortunadamente, no volverá a darse en el futuro. Muchas gracias. Un abrazo.

¿Los gobernantes tien la capacidad de imprimir moneda a gusto? ¿Dónde? Me temo que eso no es así. Y me temo, también, que la acuñación de moneda privada tampoco es una solución. Ni económica –no lo fue en el pasado, mucho antes del nacimiento de los Bancos Centrales– y, afortunadamente, no volverá a darse en el futuro. Muchas gracias. Un abrazo.

Me resulta gracioso que se hable constantemente de lo que el imperio y la globalización están generando en occidente, y nadie se de cuenta de la raíz del problema: el dinero. El estado del bienestar no es nocivo cuando por lo menos está basado en el ahorro, pero cómo va a ser esto si los gobernantes tienen la capacidad de imprimir moneda a gusto? Creo que deberían reflexionar sobre ello.

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El consumo configura nuestro estar en el mundo. Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el planeta. Analizar nuestra relación con marcas y productos nos ayuda a comprender qué lugar ocupamos en la sociedad de consumo. Y, sobre todo, nos ayuda a no caer anestesiados cuando comience la revolución.

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Somos un grupo de personas que creemos que el modelo capitalista actual es insostenible, que el consumo es uno de los síntomas de lo que está pasando y que es una de las palancas de cambio.

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