Contrapuntos

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Anotaciones y controversias sobre la educación y el desarrollo en Latinoamérica y el Caribe. Un recorrido por la realidad educativa latinoamericana, sus avances y sus persistentes desigualdades. Aportes para entender las contradicciones en las que anida el futuro de esta región, en un complejo contrapunto de conquistas y derrotas, de frustraciones y desencantos, de sueños y esperanzas.

La infancia palestina y la evocación del Holocausto (2)

Por: | 30 de julio de 2014

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Muerte, dolor y destrucción en Gaza. Fuente: NYT

 

Gaza es un enorme gueto, una ciudad sitiada, amurallada, que sobrevive, como Cisjordania, en un régimen carcelario que se agrava cada vez que Israel, bajo el argumento de su auto-defensa, inicia un proceso de destrucción masiva de la ya deteriorada infraestructura urbana palestina. Escuelas y hospitales, edificios públicos y calles, la red eléctrica y las cañerías son destruidas sistemática e intencionalmente por las bombas israelíes. Los ataques dejan a cielo abierto los desagües y vertederos, acabando con el agua limpia, siempre escasa, de los territorios. Las consecuencias del ataque seguirán cuando terminen las bombas. Algún día, los tanques israelíes se retirarán, esperando el nuevo ataque. Pero en Palestina seguirán muriendo niños y niñas por enfermedades que podrían haberse evitado. La muerte permanece en Gaza y Cisjordania. La muerte permanece, siempre.

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La infancia palestina y la evocación del Holocausto (1)

Por: | 28 de julio de 2014

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Mahmud Hams / AFP

 

Las principales víctimas de todo conflicto armado son los niños y las niñas. Son ellos quienes pagan las consecuencias más dolorosas de guerras producidas por un odio cuya herencia reciben como un legado de dolor y desconsuelo. Las guerras no las hacen los niños, nunca las hicieron, pero será sobre ellos que descargarán su pulsión de muerte y destrucción. Siempre ha sido así y así es hoy, en Palestina, en Sudán del Sur, en la República Centroafricana, en Irak, en Siria, en Ucrania o donde quiera que sea. La muerte de cualquier niño, de cualquier niña genera un daño irreparable a la humanidad. Expresa de forma brutal y absurda el desprecio que buena parte de la humanidad se rinde a sí misma. Cuando la infancia muere en las guerras, bajo la prepotencia de las armas, el hambre, las enfermedades o el abandono, toda la humanidad muere con ellas. Muere una muerte lenta y, como toda muerte, irremediable, irreversible, inimaginable. Mueren los niños y las niñas en las guerras. y, aunque no escuchemos sus llantos, también morimos nosotros con ellos. Aunque nada nos haya pasado, aunque siquiera sepamos de su existencia o nada nos importe su lejana presencia, todos morimos de a poco cuando muere un niño o una niña por el desprecio que algunos seres humanos le dispensan a la vida de otros seres humanos.

Palestina sangra la sangre de cientos de niños y niñas asesinados por el Estado israelí en cada una de las acciones y operaciones militares llevadas a cabo en Gaza y Cisjordania. No deja de llamar la atención el nombre que el gobierno de Israel le ha dado a su última escalada de violencia sobre los territorios palestinos: “Margen Protector”. Desde el inicio de la nueva operación militar, hace casi tres semanas, cerca de 200 niños y niñas han sido asesinados. Y muchos más morirán. Los matarán desde los tanques, con lanza-misiles, desde los barcos o desde modernos aviones no tripulados. Los matarán en sus escuelas, mientras juegan, en los hospitales, acurrucados debajo de sus camas, abrazados a sus madres, a sus padres o a sus hermanos. A Yasmin la mataron mientras trataba de proteger a su muñeca. Tenía ocho años. A Elias mientras dormía y soñaba quién sabe qué. Acababa de cumplir cuatro años y tenía cuatro hermanos: Ibrahim, de doce, Sawsan, de once, Yasin, de nueve, y Yasser, de ocho. Todos murieron con él. Un F16 israelí lo hizo. No creo que haya sido por error. No hay errores en las guerras.

A los niños y a las niñas palestinas los matarán antes de que mueran de miedo o de tristeza. Los matarán antes de que se den cuenta que su vida, como la de cualquier niño o niña, es sagrada y milagrosa para las dos religiones que justificarán o llorarán su muerte. Los matará uno de los ejércitos más poderosos del mundo, para “proteger” a sus propios niños y niñas, para que ellos puedan jugar y correr libremente, sin peligros por sus plazas, bañarse en el mar, ir a la escuela, o abrazarse tranquilamente con sus madres y sus padres, con sus hermanos, con sus muñecas. Para que puedan dormir serenamente, soñando quién sabe qué. Los matarán para que otros niños y niñas puedan reír.

No habrá kaddish que consuele su llanto. No habrá plegaria u oración que reconforte sus almas. ¿Dónde se habrá escondido Yahvé? ¿Es que no se da cuenta de todo esto? No fue la cultura ni la revolución, no fue la civilización ni la ciencia, no fue la tecnología ni el arte. Fue el odio. En la Tierra Prometida, a Dios lo mató el odio y la indiferencia.

 

Desde Río de Janeiro

 

(*) Primera de cinco notas sobre la infancia palestina.

Postales de la tierra del dolor

Por: | 08 de julio de 2014

 A Suzy Castor, con infinito amor...

 

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 Buscando agua en Canaán, Haití. Foto: P. Gentili

 

Maldito sea Canaán. Siervo de siervos será a sus hermanos, dijo Noé.

(Génesis 9:20-27)

 

Amanece en Canaán, el mayor campamento de refugiados de Puerto Príncipe. Allí se estableció Sophie, junto a su familia, meses después del terremoto en el que murieron más de 200 o 300 mil personas. Nadie lo sabe. Tenía en aquel momento 6 años. Ahora tiene 10. Desde entonces, ese emplazamiento no ha parado de crecer. Y lo seguirá haciendo. Se expande hacia Jerusalén, otro inmenso territorio de casas precarias, apenas construidas o casi destruidas, difícil es saberlo. Algunas de ladrillos, otras de madera, chapas, cartón y lonas en las que se lee la inscripción USAID.

No se sabe cuánta gente vive en Canaán, pero viven miles, más de 100 mil, o 150 mil personas, gran parte de ellas pequeñas, niñas y niños, como Sophie, de ojos inmensos y una risa que, cuando aparece, ilumina el cielo polvoriento de ese pedazo de isla que alguna vez inventó promesas de libertad.

Amanece en Canaán y Sophie debe buscar agua antes de ir a la escuela. No tienen agua las casas de Canaán, ni luz, ni desagües. Todos saben que si la tierra vuelve a temblar, Canaán se derrumbará, como una frágil escenografía preparada para un nuevo desastre que algunos llamarán “natural”.

Sophie busca agua. Son los niños y las niñas quienes deben hacerlo, bombeando uno de los pocos pozos que hay en ese campamento de refugiados que nació provisorio y será permanente, como la miseria que les ha sido impuesta a casi todos los haitianos, especialmente a los más pequeños, a los que no pueden defenderse, a los más frágiles, a los que deberán acostumbrarse a escuchar las promesas de felicidad que les regalan sus indolentes y casi siempre corruptos gobernantes, las agencias de ayuda internacional o las iglesias evangélicas que se multiplican en Canaán como el cólera, la diarrea y los puestos de lotería.

Amanece en Canaán, mientras Sophie bombea agua y sueña lo que sueñan las niñas en Haití, a cuatro años del terremoto que mató 200 o 300 mil personas. Nadie lo sabe.

Amanece en Canaán y una bandera haitiana flamea, resistiendo al viento que se empecina en deshilacharla, como a la tenacidad y a la paciencia de los que habitan ese pedazo de isla que alguna vez se atrevió a derrumbar la esclavitud y parece seguir pagando por ello.

Canaán, la tierra prometida. Canaán, el nieto maldito de Noé, el siervo infinito.

 

Bandera.Haiti.CanaanBandera flameando en Canaán, Haití. Foto: P. Gentili

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Entender el fútbol, sumergirse en la contradicción

Por: | 15 de junio de 2014

 

Un nuevo Mundial ha comenzado.

Durante un mes, millones de personas en todo el planeta estarán pendientes de los avatares y resultados de 32 selecciones de los cinco continentes, reunidas en 8 grupos, cuyos miembros irán, fatalmente, reduciéndose. Unos ganarán, despertando pasiones y ansiedades incontrolables, un inmenso amor a la camiseta que quizás sea confundido con un gigantesco amor a la patria. Otros perderán, probablemente mucho antes de lo esperado, derrumbando sueños, incendiando esperanzas, dinamitando promesas de amor eterno a 11 “traidores” incapaces de haber cumplido el mandato que les fue encomendado: hacer feliz a su pueblo.

Un nuevo Mundial ha comenzado y a nadie le será indiferente. Nadie, en su sano juicio, podrá decir que éste, el mayor espectáculo, el mayor negocio, el mayor evento deportivo, el mayor y más prepotente atropello de una organización de mafiosos, el mayor y más esperado momento de felicidad de una nación sobre todas las demás; éste, el gran juego del odio y del deseo, de la aspiración sublime a la victoria y la postración sombría de la derrota, le es indiferente. Pobres los espíritus indolentes a los que el fútbol no los lleva ni a la repugnancia ni al amor.

Hay muchas formas de entender el fútbol. Creo que la menos importante es aquella que nos regalan, día a día, los comentaristas deportivos o los especialistas en estrategia futbolera, aspirantes a directores técnicos de equipos que jamás tocarán una pelota. Al fútbol se lo vibra en los estadios, pero se lo entiende fuera de ellos. Al fútbol, como a la política, se lo entiende en la calle, en los barrios de arriba y en los de abajo, en el barro de los “potreros”, de los estadios improvisados donde juegan y sueñan los hijos de los más pobres. Al fútbol se lo debe entender en las lujosas oficinas donde despachan los dueños del dinero con el que se administra el negocio de comprar y vender atletas cuyas piernas harán felices a millones de personas. Al fútbol se lo entiende, como a la política, en la arena movediza de la contradicción.

¿Cómo ser indiferentes al Mundial?

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 Fútbol en una calle de Cidade de Deus / Marco Ferreira dos Santos (AFP)

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Racismo, fútbol y bananas

Por: | 04 de mayo de 2014

 

El racismo constituye una de las más poderosas prácticas de discriminación y humillación que persiste en nuestras sociedades. A pesar de los esfuerzos por reducir sus efectos, el racismo parece sobrevivir a todo tipo de campañas, a las acciones pedagógicas, las condenas públicas y a un cada vez más diversificado arsenal jurídico creado para combatirlo. Así, el racismo penetra capilarmente en casi todas las relaciones sociales, creando máscaras, ocultándose en la aparente banalidad de bromas cotidianas, en sarcasmos nada inocentes acerca del otro, del portador de ciertos rasgos que lo tornan inferior, que lo menoscaban y desprecian ante la mirada indiferente de quien se cree superior porque supone que su piel revela una jerarquía genética que expresa el más alto eslabón de la evolución humana. El racismo es una práctica social de maltrato y exclusión que se traduce siempre en diversos tipos de violencia, en la necesidad brutal de exterminar, silenciar, apagar, invisibilizar o negar la identidad y la existencia misma de quienes son portadores de un estigma, una marca, un color que los vuelve sujetos de la ofensa, el abandono y la injuria. El racismo es poderoso porque se imbrica, se agarra, coloniza nuestras instituciones, porque se solapa en consideraciones que suelen disminuir sus efectos cotidianos y colocan siempre afuera y lejos de cada uno de nosotros sus efectos más perversos.

El deporte, como no podría ser de otra manera, está también atravesado por el racismo. Su presencia no se reduce a la existencia de personas despreciables como Donald Sterling, dueño de Los Angles Clippers, cuya figura ganó fama mundial por las ofensas proferidas contra los jugadores negros de la NBA y el maltrato a su joven pareja. El caso de Sterling no deja de ser paradigmático, es verdad. Ocupa el número 981 en la lista mundial de millonarios, con una fortuna de más de 1.900 millones de dólares y es portador de un doctorado en jurisprudencia en la Southwestern Law School. Sin embargo, las justas reacciones provocadas por sus ideas, no pueden reducir el racismo a ciertos casos personales o ejemplares, especialmente, en un deporte jugado por negros y dominado totalmente por hombres de negocios blancos, de enormes fortunas e ilustrada formación. El problema parece ser mucho más grave y nuestra atención debe orientarse hacia los miles de Sterlings que comparten su pasión por el baloncesto, aunque no posean ni la riqueza material ni los diplomas que adornan el despacho del ahora repudiado empresario californiano.

Banana

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Sobre el autor

Pablo Gentili

Pablo Gentili. Nació en Buenos Aires en 1963 y ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro. Ha escrito diversos libros sobre reformas educativas en América Latina y ha sido uno de los fundadores del Foro Mundial de Educación, iniciativa del Foro Social Mundial. Su trabajo académico y su militancia por el derecho a la educación le ha permitido conocer todos los países latinoamericanos, por los que viaja incesantemente, escribiendo las crónicas y ensayos que publica en este blog. Actualmente, es Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Coordina el Observatorio Latinoamericano de Políticas Educativas (FLACSO/UERJ/UMET).

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