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Contrapuntos

Mujeres Invisibles - Poder económico

Por: | 28 de agosto de 2012

La participación de las mujeres en el mercado de trabajo no ha parado de crecer durante las últimas décadas. El acceso a puestos cada vez más cualificados y el progresivo aumento en las oportunidades educativas de las mujeres, han permitido que el sistema de relaciones laborales se haya vuelto más diversificado y hoy dependa del trabajo femenino para su propia reproducción. La creciente expansión del mercado laboral estuvo vinculada a que las mujeres se volcaran del hogar o de la producción rural familiar a las fábricas y a las más diversas actividades del comercio y los servicios. Inclusive en países donde la discriminación femenina siempre ha sido una marca de integridad religiosa y de pureza moral, las cosas parecen estar cambiando paulatinamente. Arabia Saudí, por ejemplo, está construyendo una ciudad industrial exclusivamente para mujeres y planea construir cuatro más. La noticia, aunque quizás no constituya un modelo recomendable para la promoción de la equidad de género en el mercado de trabajo, revela cómo, un reino petrolero apegado a creencias ultra-conservadoras, homofóbicas y misóginas ha debido rendirse a la evidencia de que las mujeres son necesarias para el aumento de la producción y del progreso económico. El Banco Mundial, una de las agencias que más ha contribuido con sus recomendaciones a multiplicar las desigualdades sociales en todos los países del mundo, no ha dejado tampoco de reconocer que la igualdad de género es un objetivo loable y necesario para el progreso humano. En su último Informe sobre el Desarrollo Mundial (2012) expone las razones que explican las ventajes de promover la igualdad entre hombres y mujeres: el aumento de la productividad económica y el perfeccionamiento de la especie humana, derivado de reducir la tasa de natalidad y propiciar los valores de la competitividad, el esfuerzo educativo y el cuidado de la salud. El Banco Mundial, no se ha dado por enterado de la existencia de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, menos aún de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Sea como fuera, por conveniencia o no, parece ser evidente que a las mujeres, del mercado de trabajo, no hay quién se anime a sacarlas.

Largada - competencia laboral entre géneros

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Mujeres Invisibles - Presentación

Por: | 27 de agosto de 2012

 

El feminismo y la lucha de las organizaciones de mujeres han permitido limitar los efectos antidemocráticos de la discriminación sexual y de las relaciones patriarcales que han marcado el desarrollo de las sociedades modernas. Actualmente, sin embargo, las desigualdades de género persisten en todos los campos de la vida social. Resulta obvio que han habido grandes avances en la reducción de la distancia que separa las oportunidades de hombres y mujeres en el mercado de trabajo, el sistema escolar, la representación política y los derechos sociales. Entre tanto, hay un efecto paradojal en la percepción generalizada que discriminar a las mujeres debe ser considerado un hecho negativo en las comunidades democráticas: nuestras sociedades han creado una serie de estrategias lingüísticas, así como un conjunto de prácticas y de relaciones sociales que han tenido un efecto bastante modesto en limitar las desigualdades de género, pero un gran poder en volverlas difusas. El machismo nunca ha dejado de ser una práctica extendida y sustentada en un conjunto de valores y convicciones morales que, con extraordinaria eficacia, penetra capilarmente en nuestras instituciones y prácticas sociales, volviéndose imperceptible, aparentemente inofensivo o irrelevante. El establecimiento de ciertos códigos lingüísticos no sexistas, así como la solidaridad que expresan casi todos los hombres de negocios, representantes políticos, jueces y comunicadores sociales ante las demandas de igualdad de género, parecen no haber sido suficientes para desmontar las bases morales e institucionales que garantizan la persistencia de la discriminación de las mujeres en el mundo del trabajo, la educación, la política, la cultura y en todas las esferas de poder donde se definen los destinos de nuestras sociedades. Las desigualdades entre hombres y mujeres se han vuelto hoy menos evidentes, aunque no por eso, menos efectivas. Naturalmente, en los países más pobres, estos procesos de discriminación de género son más intensos y profundos, aunque las naciones más ricas y poderosas del planeta tampoco tienen mucho de que galardonarse en esta materia.

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La Batalla de los Niños

Por: | 22 de agosto de 2012


A Beto Riart, ex ministro de educación de Paraguay...    


Fue la guerra más sangrienta de América. La más cruel y sin sentido. Fue quizás, la madre de todas las guerras. Y lo fue, porque fue una guerra entre hermanos. La llamaron la Guerra de la Triple Alianza, donde Argentina, Brasil y Uruguay se unieron para trabar batalla contra un país que, en el corazón del Sur americano, comenzaba a trazar en el horizonte su efímero destino de progreso y autonomía, de desarrollo y libertad. La han llamado también “Guerra del Paraguay”, aunque debería habérsela llamado “Guerra contra el Paraguay”. Duró cinco interminables años, entre 1865 y 1870. Como en todas las guerras, hubo mártires y héroes. También cobardes. Ganaron los que casi siempre ganan con las guerras, los poderosos, los imperios, los que no tienen razón, aunque sí fuerza, mucha fuerza, la suficiente como para arrasar un país entero y, junto con él, sus esperanzas de justicia e igualdad. Ganaron, los que siempre ganan cuando los pueblos pierden las guerras.

Fue la guerra más repugnante de América, la más dolorosa y vengativa. Los derrotados fueron aplastados, humanamente destrozados, deshechos junto con su país. Pretendieron que sus consecuencias fueran para siempre. Casi lo lograron. El Paraguay contaba antes del conflicto con 500 mil habitantes, cinco años más tarde su población no pasaba de 116 mil, de los cuales, más de 100 mil eran mujeres, niños y niñas. 90% de los hombres adultos paraguayos murieron en la guerra o a causa de ella.

Niños con General
NIños paraguayos, durante la Guerra de la Triple Alianza.

 

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Una historia de amor

Por: | 05 de agosto de 2012

 

Conocí a Christian Baudelot el viernes 5 de abril de 1984. Yo tenía sólo 20 años y estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Tres días antes, Cecilia Braslavsky, profesora de la Cátedra de Historia General de la Educación y, durante los diez años siguientes, mi maestra y consejera, había puesto contra las cuerdas mi petulancia juvenil: “si querés ser un buen marxista deberás esforzarte mucho, leer y estudiar a los seguidores de Marx y, especialmente, a sus críticos”. Decidido a empezar por los primeros, la noche húmeda de ese viernes de abril, fui a visitar a mi amigo Ezequiel, que trabajaba en la célebre Librería Hernández, en la Avenida Corrientes.

Cecilia había sido cariñosa y dura, como siempre lo sería conmigo, amable y exigente, amorosa, distante, maternal, hermética. Yo había ingresado en la universidad cuando la dictadura militar se retorcía en el poder, después de la derrota de Malvinas. Una de las pocas cosas que tenía claro era que quería ser marxista, aunque no tenía la menor idea por dónde empezar. Cecilia había estudiado en la Universidad Karl Marx de Leipzig y había comenzado a dar clases en Filosofía y Letras, algunos meses antes, con el inicio del gobierno de Raúl Alfonsín. Tenía 33 años, hablaba alemán. ¿Quién más que ella podría ayudarme? Cuando me animé a decirle que yo también quería ser marxista, dejó de lado cualquier balsámica condescendencia y me mandó a estudiar. Al notar mi desazón, agregó: “si querés, empezá por Bowles y Gintis, dos norteamericanos, muy buenos”. “¿Son marxistas?”, pregunté. “Leelos”, respondió.

Y ahí fui yo, a que la Avenida Corrientes me ayudara a curar esa incontrolable ansiedad materialista histórica.

Av. Corrientes
Av. Corrientes, Buenos Aires.

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Sobre el autor

Pablo Gentili

Pablo Gentili. Nació en Buenos Aires y desde hace más de 20 años ejerce la docencia y la investigación social en Río de Janeiro. Ha escrito diversos libros sobre reformas educativas en América Latina y ha sido uno de los fundadores del Foro Mundial de Educación, iniciativa del Foro Social Mundial. Es Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ). Coordina el Núcleo de Política Educativa de la Universidad Metropolitana de la Educación y el Trabajo (UMET) y el Observatorio Latinoamericano de Políticas Educativas (UMET/FLACSO/UERJ).

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