Cosas que importan

Cosas que importan

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad. En este espacio habrá mucho de búsqueda, de exploración, de reflexión sobre las cosas, pequeñas y grandes, que nos pasan. Y sobre algo que condiciona, cada vez más, la percepción que tenemos de lo que ocurre, la comunicación.

Enseñando la patita...

Por: | 01 de abril de 2014

Colas caridad
¿Está asomando la patita la OCDE?, se preguntaba el pasado domingo 23 de marzo Joaquín Estefanía. Se refería al último informe de este organismo, que clama contra el aumento de la desigualdad en España y propone aplicar medidas específicas para los más desfavorecidos sin mencionar que han sido las políticas instigadas por el FMI o la propia OCDE las que las han exacerbado. Las desigualdades ya aumentaban en plena fase de euforia económica, pero han sido las políticas aplicadas durante la crisis las que han agrandado la brecha social.

España es el país en el que más crecen las desigualdades. La propia OCDE constata que las rentas del 10% de los españoles más ricos apenas se han reducido entre 2007 y 2010 un 1% anual, mientras que las del 10% más pobre han caído casi un 14% al año, lo que para estos supone una pérdida enorme pues no es lo mismo perder poco teniendo mucho que perder mucho teniendo poco. Estas cifras no incluyen el grueso de los recortes y bajadas salariales que se aplicaron a partir de 2010.

¿Y qué nos propone la OCDE? Que hay que focalizar la política de gasto social en las capas sociales más desfavorecidas. Cree que “las prestaciones asistenciales pueden ser orientadas de manera más precisa y eficiente, de tal modo que el gasto social vaya en ayuda de las personas más necesitadas”. Parece razonable. Otros organismos, como la Fundación Alternativas, han señalado la necesidad de aplicar programas “de rescate” de la población vulnerable como ancianos, parados de larga duración o jóvenes sin formación. Bienvenida pues la OCDE a la lucha contra las desigualdades que ella ha contribuido a crear.

Pero si vamos a las medidas concretas, lo que encontramos es la propuesta de... ¡Subir el IVA reducido! El argumento no tiene desperdicio: resulta que en España la comida, el transporte o la energía “gozan de tasas de IVA especiales debido a consideraciones sociales”, pero eso no es justo porque como los pobres consumen menos que los ricos, “las exenciones y rebajas del IVA los benefician menos”. Solución, que todos paguen más IVA y ya les daremos a los pobres una ayuda.

La trampa consiste en tratar de sustituir políticas de redistribución de carácter universal, por políticas sectoriales para los grupos marginales, y presentarlas como excluyentes. Y hacerlo de tal manera que cualquier oposición al cambio pueda ser calificada de retrógrada e incluso injusta, por defender privilegios frente a las perentorias necesidades de los que menos tienen.

Mas ColellNo es la primera vez que se oye este tipo de argumentos. Y a veces hasta suenan bien. Me vienen a la memoria un par de ejemplos. “No tiene sentido que el catalán de renta media subvencione la universidad de mi hija, como ahora es el caso”. Lo dijo el consejero de Economía Andreu Mas-Colell en 2011. Dicho de otro modo: es injusto que la hija del consejero, situado en la franja de las rentas altas, pague lo mismo que el hijo del conserje, situado en la franja de las rentas bajas. Parece razonable ¿no es cierto?

Parecido argumento utilizó el ministro Wert en 2012 para justificar una subida de las tasas universitarias de hasta el 66%. No era justo que, teniendo rentas diferentes, todos los estudiantes pagaran lo mismo. La matrícula sería más cara para todos, pero los pobres no tenían que preocuparse porque ellos tendrían beca. Dos años después, las matrículas han subido, el presupuesto de becas se ha encogido y miles de estudiantes se han quedado sin ayudas porque también se han endurecido los requisitos para obtenerlas.

En realidad la matrícula solo cubre alrededor del 25% del coste de los estudios. Pero para las familias con menos renta, esa primera barrera es la de la exclusión. Resulta que el restante 75% del coste de los estudios, incluidos los de la hija del consejero, los pagamos entre todos. Así que no debería preocuparse tanto por la equidad de la matrícula. Se supone que si, como nadie duda, cumple con sus obligaciones fiscales, en razón de su renta más elevada ya habrá pagado más impuestos y habrá contribuido en mayor proporción que el conserje al sostenimiento de la universidad pública.

El otro ejemplo lo proporcionó el consejero de Sanidad, Boi Ruiz, nada más llegar al cargo. En una conferencia vino a decir que, ante los crecientes problemas de sostenibilidad financiera, habría que explorar la posibilidad de reformar el sistema sanitario de tal manera que se garantizaran unas prestaciones básicas iguales para todos en el sistema público, y se obligara a las personas de rentas más altas a suscribir un seguro privado complementario. Se trata de conseguir más dinero para la sanidad. Los que más tienen, que paguen un seguro aparte. También parece razonable.

Pero ¿qué diferencia hay entre pagar más a través de los impuestos, o pagar más a través de un seguro privado complementario? Que si se recauda a través de los impuestos, el dinero revierte sobre el sistema sanitario público y se reparte de forma equitativa entre todos aquellos que lo necesitan. Por el contrario, si la aportación extra se hace a través de un seguro complementario privado, lo que en realidad se está haciendo es garantizar a las rentas altas que lo que paguen de más no se repartirá entre todos sino que revertirá en una mejora asistencial exclusiva para ellos. Eso ya no suena tan bien, ¿verdad que no?

Habría, efectivamente, que destinar muchos más recursos a rescatar a los más desfavorecidos, como se han dedicado a rescatar a los bancos. Pero cuidado con las fórmulas porque no son neutras. De entrada hay que sospechar de las que proponen ayudas para los pobres a costa de eliminar prestaciones universales, porque suelen llevar trampa.

 

Imágenes: Colas frente a la Casa de la Caridad de Valenica. El consejero Andreu Mas-Colell.

 

Lo que queda del ‘espíritu del 45’

Por: | 03 de marzo de 2014

Mujer pobre
Un estudio de la Joseph Rowntree Foundation de Londres ha observado que los votantes laboristas están cada vez más convencidos de que Estado de bienestar, al conceder subsidios a los más desfavorecidos, fomenta la dependencia y el abuso, y que la pobreza es fruto del fracaso personal más que de condiciones sociales adversas. El estudio analiza las actitudes de los ciudadanos ante la pobreza. Antes, en periodos de recesión, los que caían en la pobreza eran vistos por los laboristas como víctimas, con compasión y simpatía. Ya no es así.
 
Incluso después de muerta, la impronta neoliberal de Margaret Tatcher sigue ahí, en un discurso cuyas semillas han germinado en mutaciones culturales como esta. Lo que muestra este estudio poco tiene que ver con la actitud de aquella generación de jóvenes laboristas que, como explica el documental de Ken Loach El espíritu del 45, al volver de la Segunda Guerra Mundial decidieron tomar el destino del país en sus manos para crear un Estado social que protegiera a los más desvalidos frente a las adversidades de la vida. No habían ganado una guerra con tanto sacrificio y tantos muertos para volver a la miseria, la injusticia y la desigualdad del periodo de entreguerras.
 
Nacionalizaron las minas y el transporte, consolidaron y extendieron el sistema educativo y crearon ese inmenso monumento al progreso social que fue el National Health Service. Tras sufrir las reformas liberalizadoras de Thatcher y el posterior reciclaje ideológico de la Tercera Vía de Anthony Guiddens y Toni Blair, de aquel "espíritu del 45" queda ya tan poco como del primigenio NHS en el actual sistema sanitario, en el que se ha llegado a discutir la propuesta de obligar a los enfermos a suscribir un contrato, y si no cumplen la pauta médica, retirarles el tratamiento.
 
El estudio muestra hasta qué punto han penetrado la idea de que son las características personales de los individuos y su actitud, más que las estructuras sociales, las causas de la pobreza. Esta ha sido una premisa inmutable del pensamiento conservador. Lo que ha cambiado en los últimos años es que estos postulados han penetrado en el cuerpo social de votantes laboristas. Y eso los está convirtiendo en hegemónicos, para desgracia de los excluidos, que son vistos cada vez más como parásitos sociales. Según el estudio, solo el 27% de los votantes de partidos de izquierda citó la injusticia social como causa de la pobreza, frene al 41% de 1986. En este tiempo, el porcenteje de quienes culpan exclusivamente a la persona de su pobreza ha pasado, entre los votantes laboristas, del 13% al 22%. Es un cambio cultural importante y revela la preeminencia de un marco conceptual que puede ser utilizado para justificar recortes en las prestaciones sociales.
 
PeticionImagenCA75PH0YHace ya tiempo que estamos asistiendo a un intento de cambiar el discurso sobre la pobreza y la exclusión en toda Europa, incluida España. En paralelo a la profusión de estudios que proclaman la insostenibilidad del Estado de bienestar, con frecuencia se presenta a los perceptores de prestaciones sociales como sospechosos de vivir a costa de los demás. Y no solo por parte más extrema de la derecha. Lo hacen también algunas fuerzas del Main Stream y con argumentos que parecen razonables y hasta justos. Por ejemplo, cuando se magnifica el fraude o se dice que hay gente que prefiere cobrar el subsidio a trabajar. Como si los más pobres, que suelen ser los menos cualificados, pudieran encontrar fácilmente un trabajo.
 
Desde luego si hay fraude se ha de perseguir, pero resulta sospechoso que se haga tanto énfasis en el pequeño fraude del parado o del pobre y tan poco en el gran fraude del evasor fiscal.
 
Contribuye a la expansión de estos estereotipos la propia invisibilidad de la pobreza. Está ahí, pero puede pasar inadvertida porque ya no se presenta con la imagen de unos niños enfangados en la miseria de un barrio de barracas. No, los síntomas de la probreza son hoy menos aparatosos. En el caso de los niños, puede ser incluso la obesidad. Pero hay muchísima más pobreza de la que se ve bajo los cartones en algunos cajeros automáticos o en el deambular cansino de esos extranjeros que arrastran carritos de la compra llenos de desechos.

Hay una pobreza invisible salvo para los más allegados, una pobreza apática e invalidante, que paraliza en el sofá o en la cama por falta de esperanza. Y hay también una pobreza que se esconde. Como aquella viejecita que una madrugada rebuscaba en el contenedor de un restaurante. Disimulando, digna y diminuta debajo de un abrigo antiguo y demasiado grande para su enjuta humanidad, estuvo removiendo un rato hasta que por fin cogió algo, lo observó, lo olió disimuladamente y acabó llevándoselo al bolsillo. Ni siquiera me dio tiempo a preguntarle si podía ayudarla. Antes de que abriera la boca, ya me estaba explicando, de forma atropellada, que en realidad no era para ella, que gracias a Dios no le faltaba para comer, pero que tenía un conocido que lo necesitaba y se lo iba a llevar, que era una vergüenza ver cómo los restaurantes tiran comida en buen estado, cuando hay tanta gente que lo pasa mal. Podía haberme dicho que se llevaba comida para su perro, pero no. Su lógica no lo admitía. Probablemente esa mujer nunca debió imaginar que podría acabar sus días removiendo los contenedores. Por eso su dignidad le impedía reconocerlo. No podía aceptar la degradación de verse reconocida como pobre de solemnidad.
 
He ahí a una defraudadora.

Imágenes: Albert García y Mireia Comas.

 

 

El día que Évole volvió a hacer de Follonero

Por: | 24 de febrero de 2014

Evole 3
Jordi Évole se había ganado un merecido prestigio gracias a un programa que combinaba osadía, inteligencia y seriedad. Salvados había conseguido niveles muy altos de credibilidad con un tipo de periodismo inquisitivo, que no se contenta con la primera respuesta ni con la versión oficial de los hechos. Cierto que en el formato incluía en ocasiones ligeras concesiones a la “puesta en escena”, pero nunca habían llegado a comprometer el prestigio del programa pues servían a la eficacia narrativa sin distorsionar el contenido. Con el falso reportaje sobre el 23F, Jordi Évole ha traspasado una línea, ha dado un triple salto mortal del que es posible que no salga indemne.

Siempre quedará la duda de si la razón última del experimento era poner en cuestión la opacidad sobre lo ocurrido el 23F o más bien ganar audiencia a costa de uno de unos hechos que ha marcado la historia reciente de este país y sobre el que más se ha escrito y publicado. Con Operación Palace Évole logró encaramarse hasta el 23,9% de share, con 6,2 millones de espectadores en el momento de máxima audiencia. Todo un éxito. Pero el procedimiento seguido para lograrlo no es neutro. Tiene su iatrogenia. El propósito podía ser legítimo y hasta loable: mostrar hasta qué punto los medios son capaces de manipular, de mentir, de distorsionar la realidad. Generar un debate en la profesión y entre los espectadores sobre esta cuestión puede ser interesante y hasta necesario, pero me temo que no todo vale para generar polémica, igual que no todo vale para ganar audiencia. En periodismo, la forma, los medios, sí que importan. Se puede experimentar con los formatos, con los estilos, con la manera de narrar las noticias, siempre que no se ponga en cuestión lo más importante: la veracidad del contenido y la credibilidad del medio.

Evole2El procedimiento es lo que empaña el resultado. Y puede volverse contra sus creadores, no solo contra Évole, sino también contra quienes han participado en la pantomima. Porque lo que se puso en juego para lograr el propósito declarado era nada menos que la autoridad de las fuentes y la credulidad de los espectadores. Si políticos y periodistas pueden ser tan eficaces mintiendo, ¿cómo sabremos cuándo dicen la verdad? El resultado es una pérdida de confianza en todos los medios y todas las fuentes.

Solo la presencia de esas fuentes solvenes podía hacer verosímil una teoría tan descabellada como la de que, para anticiparse al golpe de Estado que se estaba preparando, el Gobierno de Suárez, con la complicidad de políticos y periodistas, había pergeñado una representación teatral “preventiva”, dirigida por el cineasta José Luís Garci, a la que se habría prestado incluso el Rey. Únicamente el coronel Tejero habría creído que se trataba de un golpe de Estado real. De no llegar arropada con el formato del periodismo de calidad, semejante versión hubiera conducido directamente a la hilaridad. Y sin embargo, muchas personas creyeron lo que estaban viendo y su única duda fue, durante buena parte del programa, como atestigua Twitter, cómo era posible que eso se hubiera podido mantener oculto durante tanto tiempo.

Si se quería suscitar un debate sobre la necesidad de permitir el acceso a documentos sobre el 23F que todavía están clasificados, podían haberse utilizado muchos otros procedimientos. No hay que matar para demostrar que la muerte es terrible. Y si de lo que se trataba era de hacer un experimento televisivo sobre el dilema de si es posible "conocer una verdad a través de una mentira" o, lo que es lo mismo, hasta qué punto se puede mentir para sostener una verdad, algo recurrente en el debate periodístico, debían saber que el procedimiento para hacerlo no suele ser neutral.

Operacion_luna__318x216[2]Como experimento televisimo para generar debate podía ser interesante, pero tampoco era innovador. Y eso es lo que contribuye a la sospecha de que lo que se pretendía en realidad era dar la campanada para ganar audiencia. Se han recordado los dos antecedentes más conocidos. El primero fue la adaptación radiofónica que hizo Orson Welle en 1938 de “La guerra de los mundos” en la cadena norteamericana CBS. El relato de cómo las naves marcianas estaban invadiendo el país era tan realista y verosimil, que muchos oyentes entraron en pánico. El segundo fue un documental titulado “Operación Luna”, emitido por el canal francés Arte el día de los Inocentes de 2004. En forma de documental, se sostenía, con testimonios trucados, que la misión Apolo XI que llevó a dos astronautas a la luna en 1968, había sido un montaje del Gobierno de Richard Nixon. Los paralelismos entre “Operación Luna” y “Operación Palace” son evidentes. Ambos adoptan el formato de documental, ambos se sostienen con falsos testimonios y ambos utilizan el mismo argumento: decir que un acontemiento muy importante, ampliamente difundido por los medios y seguido en directo por miles de ciudadanos, era un montaje, una pantomima. La única diferencia relevante es que en el caso de Arte, las declaraciones de los testimonios habían sido trucadas, mientras que en Operación Palace, los testimonios se han prestado a colaborar como actores en la falsa representación.

Pero el antecedente más próximo al de “Operación Palace” es el programa “Camaleón”, emitido por TVE en Cataluña en 1991. El propósito era exactamente el mismo: demostrar hasta qué punto los medios pueden engañar a la audiencia. Y también los medios utilizados fueron parecidos. El programa se iniciaba de tal modo que simulaba una interrupción de la programación ordinaria para conectar con la corresponsalía en Moscú. En esa conexión, el presentador habitual de los informativos explicaba que, según la agencia Reuters, se había producido un golpe de Estado en Rusia, que se veían tanques por las calles de Moscú y que corría el rumor de que Gorvachov había sido asesinado. Conexiones con otras corresponsalías, entre ellas de la Washington, con una crónica de Núria Ribó, daban cuenta de las reacciones en el resto del mundo.

Abril.jpgEl hecho de que el formato fuera el habitual en las conexiones de los informativos, y los protagonistas, los propios presentadores y corresponsales, es lo que daba verosimilitud a la falsa noticia. Hasta el punto de que otros medios la reprodujeron sin contrastarla y Felipe González fue sacado urgentemente de una reunión. Esa fue la razón por la que el experimento se saldó con el cese del jefe de programacion. La emisión provocó un amplio debate, del que quedó clara el menos una cosa: la precipitación con la que los periodistas se conducen en muchas ocasiones, y cómo la extrema competencia lleva a algunos medios a difundir una noticia espectacular sin contrastarla. ¿Qué aportaba de nuevo el experimento de Évole a este debate? 

Para que la farsa pudiera ser creída, para que el experimento pudiera ser eficaz, necesitaba utilizar elementos que le dieran credibilidad. De lo contrario, nunca hubieran podido penetrar en la credulidad de la audiencia. Sin el formato de documental y sin la colaboración de conocidos políticos y periodistas, pocos hubieran caído en la trampa del falso documental sobre el 23F. Pero ahí está, precisamente, el punto débil del experimento. Que para poder demostrar la tesis, necesita engañar a los espectadores con los instrumentos que habitualmente utiliza para ganar su confianza. Es como si un médico deliberadamente prescribiera un tratamiento nocivo a sus pacientes para decirles que estén alerta, porque se puede equivocar. Mentir de esta forma supone dar un golpe bajo a la credulidad de los espectadores. En la polémica posterior al progama, algunos incluso les han culpado de no ser tan listos como para darse cuenta del engaño. Pero ellos pueden sentirse, con razón, heridos por haber confiando una vez más en aquellos en quienes cada semana solían confiar, y ser tratados por ello de tontos.    

Al final, a lo que el experimento contribuye es a la teoría de que nada es fiable. De que todo puede ser  falso. Incluso aquello que en principio goza de la máxima presunción de veracidad. Es cierto que los medios tienen el poder de la manipulación. Y que lo utilizan. Que pueden distorsionar imágenes, ocultar hechos, cambiar la apariencia de las cosas. Pero precisamente porque pueden hacerlo, la única manera que tienen de seguir cumpliendo su función de intermediación y mantener la confianza de los ciudadanos es preservar a toda costa, como un capital intocable, la credibilidad. Ser dignos de la credulidad de la gente.

Ya en su faceta de Follonero en el programa de Andreu Buenafuente Jordi Évole nos caía muy bien. Tenía la virtud de darle la vuelta a las cosas, de incordiar, de poner el dedo en el ojo. Era una pieza fundamental de aquel espectáculo televisivo que tenía el sano atrevimiento de no considerar intocable ningún tema. Y que no engañaba a nadie, pues en ningún momento se presentaba como algo distinto de un programa de entretenimiento que utiliza la realidad como elemento esencial de su contenido. Más tarde, como incisivo periodista del programa Salvados, Évole logró también grandes cotas de popularidad y prestigio. Le admiramos y le apreciamos por ello. Pero ha de elegir. Los dos papeles a la vez no pueden ser. O hace espectáculo, o hace periodismo. 

 

Ciega y sumisa antes que culpable

Por: | 21 de febrero de 2014

Infanta cristina2.jpg
Es una lástima que después de tantos años de esfuerzo por consolidar la imagen de una mujer solvente, moderna y, por primera vez en la Casa Real, con una trayectoria profesional propia e independiente, la Infanta Cristina haya tenido que destruirla, de golpe y con sus propias manos. La estrategia diseñada por el acreditado equipo de abogados de la defensa la obligó a elegir entre lo malo y peor, y eligió el mal menor: antes ciega y sumisa que culpable. Pero al asumir esa estrategia de defensa la Infanta se convertía en colaboradora necesaria de una operación que iba a pulverizar su imagen pública.

Siendo ella uno de los miembros que mayor capital de modernidad aportaba a la Familia Real, la operación de salvamento diseñada por Miquel Roca, incluso en el caso de que resulte exitosa y evite el procesamiento de la Infanta, tendrá costes importantes en el terreno de lo simbólico.

La Infanta Cristina simbolizaba un modelo de mujer independiente, profesionalmente competente, preparada y capaz de asumir responsabilidades en una importante entidad financiera. No cabe duda de que las capacidades que tuviera las seguirá teniendo. El problema es que esa imagen casa muy mal con esa otra que, representada -hay que decirlo- con notables dotes de interpretación, emerge de las seis horas de evasivas, de sorprendentes lapsus de memoria y patéticas declaraciones de ignorancia. No, ella no sabía nada, no recordaba nada, no había visto nada. Ella vivía en la más completa de las ignorancias. Ella es una mujer sumisa, ciega de amor, que firma documentos y autoriza pagos sin saber lo que firma. Una mujer que, siendo propietaria de la mitad de una sociedad, firma las actas, toma fondos para sus gastos y los de su casa, pero ignora por completo las fuentes de ingresos y la forma en que estos son obtenidos. Una señora de su casa que nada se pregunta y nada ve de anormal en la sorprendente facilidad con la que su marido consigue ingresos para la sociedad que comparten. Una mujer de las de antes.

Se interpreta estos días en el Teatre Nacional de Cataluña una obra titulada Ocells i Llops (Pájaros y Lobos) de Josep María de Segarra, dirigida por Lurdes Barba, cuya protagonista es precisamente ese tipo de mujer que ya se daba por superado. La obra fue escrita en 1948 y pretende ser una crítica a los cánones culturales de la época. Lucrècia es una delicada señora de la alta burguesía, rica y cultivada, que sin embargo se comporta como la muñeca de porcelana que todos quieren que sea. Y pese a que el mundo se hunde a su alrededor, en la sordidez de la posguerra, por el egoísmo de unos hijos malcriados y carentes de valores, que la engañan y la esquilman, ella prefiere hacer ver que no ve para mantener la ficción de que sigue viviendo en un mundo ordenado y apacible.

El juego de las apariencias acaba siendo una trampa mortal para Lucrècia. En el caso de la Infanta, también se representa un juego de apariencias. Y ella ha quedado atrapada en el dilema de aparecer como tonta y salvarse, a costa de perder lo que ha sido y representado, o asumir su participación en unas actividades presuntamente delictivas que, además de ser susceptibles de sanción penal, ponen en evidencia una conducta muy poco ejemplar. Puede que la estrategia diseñada por Miquel Roca sea la que, si al final logra que quede exculpada, menos estragos cause a la imagen de la Casa Real. Pero la de la Infanta está definitivamente rota. Una persona que, según lo proyectado en su declaración ante el juez, es tan poco exigente y tan crédula, capaz de confiar tan ciegamente en alguien que se aprovechaba de su preeminente posición como consorte de un miembro de la Casa Real para obtener de las instituciones contratos y favores, ¿merece estar en la línea de sucesión a la Corona española? Aunque sea una posibilidad muy remota, dado el lugar que ocupa, ¿le confiaríamos una institución tan importante en nuestro sistema constitucional a una señora de su casa que mira para otro lado y se deja manejar de esa manera por un marido tan poco ejemplar?

Darwinismo laboral

Por: | 17 de febrero de 2014

Precariedad1.jpgAcaban de cumplirse dos años desde que entró en vigor la reforma laboral. El balance no puede ser más frustrante: ninguno de los objetivos con los que se justificó se ha cumplido. No solo no se han creado los puestos de trabajo anunciados, sino que se han destruido más de 600.000, el mercado laboral no es hoy menos dual sino más precario y peor pagado, y entre los nuevos contratos, los indefinidos son cada vez menos y los temporales cada vez más. Ahora se nos dice que sin la reforma hubiera sido peor.

Los dos grandes instigadores de este brutal retroceso, el FMI y la Comisión Europea, no paran de insistir en que el mercado de trabajo debe flexibilizarse todavía más. La siguiente andanada a los derechos laborales se centrará en los contratos de trabajo. Desde luego hay una forma rápida de acabar con la dualidad del mercado laboral: crear un único contrato de trabajo igual para todos. Igual de precario, claro está, y sin cargas sociales. Así se acabarán los privilegios laborales y las empresas podrán por fin ganar competitividad. Oiremos este tipo de argumentos. Forman parte de un discurso que pretende presentar los derechos laborales y las conquistas sociales como privilegios insoportables, como rémoras de un pasado a superar.

La realidad evoluciona bajo un mar de palabras engañosas destinadas a incidir sobre ella. No es casualidad que justo cuando más deprimida está la economía y menos posibilidades tienen los jóvenes de encontrar trabajo, el discurso se llene de encendidas apelaciones al espíritu emprendedor. A veces en términos perentorios: solo los emprendedores saldrán adelante. Y su reverso: si fracasas es porque no te has esforzado ni arriesgado lo suficiente. Se entiende por emprendedor alguien que es capaz de innovar, de abrir caminos, de tener ideas nuevas y materializarlas. Los hay, desde luego, que responden a este perfil, y la sociedad los necesita, pero sin capital propio, ¿quién puede emprender, con qué dinero? ¿Dónde está el crédito, dónde la financiación?

Necesitamos perfiles emprendedores, pero no son tantos y tampoco podemos pretender que todos los jóvenes que llegan al mercado laboral vayan a serlo. ¿De qué estamos hablando pues? En realidad, estamos hablando de autoempleo. De buscarse la vida. Lo que se les está diciendo a los jóvenes es que se lo monten, que se apañen como puedan, que se hagan autónomos, porque por cuenta ajena, pocas posibilidades tienen de encontrar trabajo.

Precariedad2.jpgEl discurso es coherente con los cambios que se están produciendo en la estructura económica. En los últimos 20 años la mayoría de las empresas han emprendido la externalización de parte de sus procesos productivos. Primero se externalizaron servicios completos a empresas especializadas y ahora se externalizan, uno a uno, puestos de trabajo. En realidad, lo que hacen es librarse de las cargas sociales. Podrás continuar trabajando para nosotros, pero como autónomo. Emprendedores a la fuerza.

Forma parte de las funciones del discurso hacer aparecer como aceptable, e incluso deseable, como una elección, lo que en realidad es una imposición. Mientras se argumenta que solo los muy preparados tendrán opciones y proliferan las ofertas de cursos y másteres, lo que ocurre en la realidad es que muchos jóvenes altamente cualificados rebajan su currículo para poder tener opciones a puestos de menor categoría; y muchos estudianes que podrían haberse licenciado, prolongan artificialmente los estudios para poder acceder a puestos en prácticas. Y así es como los comedores escolares de este país tienen el insólito privilegio de ser atendidos por monitores que son arquitectos o abogados. El discurso nos dice también que es bueno salir a trabajar al extranjero. Por supuesto que lo es, siempre que sea por libre decisión y para mejorar en la profesión elegida. Pero la realidad es que muchos van a hacer de camarero.

Precariedad 3.jpgSe está produciendo un cambio en el ecosistema en las relaciones laborales y, como en todo proceso de selección darwinista, una forma de sobrevivir en condiciones cambiantes adversas es desarrollar conductas adaptativas. Algunas pueden ser positivas. Otras no tanto. Si los empresarios son incapaces de valorar la importancia de tener un buen capital humano, estable y cohesionado, y tratan a sus empleados como calcetines de quita y pon, como pañuelos de usar y tirar, no deben extrañarse si sus empleados muestran un escaso compromiso. Si les pueden despedir cuando quieran sin coste alguno, si de todos modos les van a echar, ¿para qué implicarse? No deja de ser una respuesta adaptativa.

Pero más allá de estos “efectos secundarios” no deseados, lo que persigue el discurso que tanto apela a la necesidad de adaptarse a los nuevos requerimientos de la economía globalizada, es promover una respuesta adaptativa de sumisión, de renuncia a los sistemas de protección colectiva que nos amparan frente a las adversidades de la vida. Parece difícil que un propósito de esta naturaleza pueda prosperar, y sin embargo avanza. ¿Como es posible? Porque, por debajo de una idea en principio positiva y bienintencionada —la necesidad de adaptarse a los cambios— lo que hay es una realidad que fomenta el miedo y la inseguridad. Si este discurso se acaba imponiendo, las nuevas generaciones acabarán viéndole ventajas a eso de trabajar por cuenta propia, de no tener horario (ni salario) fijo, a vivir a salto de mata. Y puede que algún día la condición de "autónomo dependiente" llegue a ser presentado también como un privilegio, una rémora del pasado a superar. Como ahora el contrato indefinido con indemnización por despido.

 

Imágenes: Samuel Sánchez

Artículo publicado en la edición catalana de El País (16/02/2014)

 

Sobre el autor

Milagros Pérez Oliva. Me incorporé a la redacción de EL PAÍS en 1982 y como ya hace bastante tiempo de eso, he tenido la oportunidad de hacer de todo: redactora de guardia, reportera todoterreno, periodista especializada en salud y biomedicina, jefe de sección, redactora jefe, editorialista. Durante tres años he sido también Defensora del Lector y desde esa responsabilidad he podido reflexionar sobre la ética y la práctica del oficio. Me encanta escribir entrevistas, reportajes, columnas, informes y ahora también este blog. Gracias por leerme.

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