Cosas que importan

Cosas que importan

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad. En este espacio habrá mucho de búsqueda, de exploración, de reflexión sobre las cosas, pequeñas y grandes, que nos pasan. Y sobre algo que condiciona, cada vez más, la percepción que tenemos de lo que ocurre, la comunicación.

PP y CiU: un giro social poco creíble

Por: | 13 de julio de 2015

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Resultaba algo chocante oír al consejero de Territorio y Sostenibilidad Santi Vila decir: “Tenéis razón: era incomprensible que hubiera tantos pisos vacíos donde hay necesitad habitacional, y que el Gobierno no hiciera nada”. Un poco tarde para darse cuenta. Llevamos siete años de crisis y cinco de desahucios inmisericordes, con miles de familias “lanzadas” de su casa. Y no sólo el gobierno de CiU no ha hecho nada por aliviar esa situación, sino que lo primero que hizo al llegar a la Generalitat en 2010 fue cambiar el artículo de la Ley de Vivienda aprobada por el tripartito de izquierdas que abría una posibilidad a la expropiación forzosa de viviendas por razones sociales.
 
Bien está lo que bien acaba, y por eso hay que celebrar el acuerdo alcanzado el jueves que permitirá tramitar como proyecto de ley en el Parlamento catalán la inciativa legislativa popular (ILP) de medidas urgentes para hacer frente a la emergencia habitacional y la pobreza energética, promovida por la PAH, la Alianza contra la pobreza energética y el Observatorio DESC. Que CiU apoyara en última instancia el proyecto permite tramitar la ley por la vía de urgencia, pero no deja de ser significativo que un asunto como este se haya dejado para el último pleno de la legislatura, si es que Mas acaba convocando las elecciones para el 27 de septiembre. Todos los partidos, excepto PP y Ciutadans, se comprometieron a votar el texto. Veremos si todos cumplen, aunque de momento el acuerdo ha servido también para mostrar cómo el partido de Rivera se alinea, una vez más, con las posiciones más conservadoras.
 
Pero los elogios que Santi Vila dirigió al movimiento ciudadano que ha impulsado la ILP y su reivindicación de la actuación del Gobierno sonaron a impostura. Es cierto que se han tomado algunas medidas en el último momento, pero si algo puede afirmarse sin temor al error es que este gobierno no ha tenido entre sus prioridades una política de vivienda digna de ese nombre.
 
PahEl día antes de tramitarse la ILP se había aprobado una norma que permite gravar los pisos vacíos de las entidades financieras, pero entre el anuncio de la medida, fruto del pacto con ERC, y su aprobación efectiva habían pasado más de dos años. También es cierto que a finales de abril se aprobó el cambio normativo que permite al Gobierno ejercer el derecho de tanteo y retracto en las ventas de pisos que los bancos hagan a fondos o gupos de inversión. Gracias a este cambio, la Generalitat pudo quedarse el lunes con 40 pisos de Bankia por el mismo precio por el que iban a ser vendidos. Pero desde que estalló la burbuja inmobiliaria, las entidades bancarias han vendido miles de pisos que habían llegado a sus manos por quiebra de inmobiliarias o por deshaucios, muchos de ellos a fondos especulativos que los compraron a precio de saldo. De haberse aprobado antes esta medida, la Generalitat hubiera tenido un parque de vivienda pública para alquiler social con el que hacer frente al drama de los desahucios.
 
La cuestión es: si ahora es posible, ¿por qué no antes? En los cinco años que lleva CiU en el gobierno ¿no pensó nunca en la oportunidad o la necesidad de aplicar este tipo de medidas? Parece que no. Pero llegan las elecciones y es hora de hacer un “giro social” que resulta tan poco creíble como el que proclama el PP en su estrategia de exhibir de repente una gran preocupación por los que sufren. Por mucho que Montoro las presente como “las medidas de devolución del esfuerzo a la sociedad que va a emprender el Gobierno en el último tramo de la legislatura”, difícilmente serán percibidas como algo distinto de lo que son: pura cosmética con fines electorales.
 
Ya resulta sospechoso que el PP se presente como “el partido del cambio” cuando la sociedad pide cambio, pero ni siquiera con la mayor de las ingenuidades se puede comulgar con ruedas de molino como la de la rebaja de luz “para afrontar la pobreza energética”. El Gobierno aprobó el viernes una rebaja del recibo doméstico del 2,2%. Desde luego peor sería que siguiera subiendo, pero algunos datos ponen en su sitio la medida: en el último mes la luz ha subido un 3,8% respecto del anterior; en el último año un 12% y en la última década, un 98%. La rebaja supondrá un ahorro medio de 1,5 euros por hogar, cuando en el último año el aumento ha sido de 12. Gran alivio no parece.
 
Hay que celebrar que tanto CiU como el PP hayan cambiado de opinión, aunque sea por razones meramente oportunistas, pero será difícil que eso haga olvidar lo mucho que pudieron hacer y no hicieron cuando podían y debían hacerlo.

 

Imágenes: La Plataforma de Afectados por la Hipoteca y la Crisis ocupa un bloque de 27 viviendas de obra nueva, en Sabadell. Foto: Cristobal Castro. Un representante de la PAH interviene en el Parlamento catalán en la tramitación de la ILP. Foto: Albert García.

Teresa Forcades y las vacunas

Por: | 15 de junio de 2015

No es pot matar tot el que és gras. No se puede matar todo lo que está gordo. En esta frase sintetiza la sabiduría popular la importancia que tiene saber distinguir entre lo accesorio y lo fundamental, entre la esencia y la apariencia. Y cuando se trata de señalar o apuntar, es fundamental no equivocarse de problema o de enemigo. Respeto la figura de Teresa Forcades, y alguna ocasión he tenido de defenderla públicamente de críticas injustas o exageradas, pero creo que su intervención en el caso del rebrote de la difteria en Olot merece una reflexión sobre la responsabilidad pública, especialmente ahora que acaba de postularse como candidata a gobernar este país.

Forcades ha defendido a los padres que no vacunan a sus hijos y ha pedido que no se les culpabilice “porque las vacunas están en manos de unas empresas que lo único que quieren es hacer negocio”. Es cierto que con escándalos como los de Lipobay o Vioxx — que tuvieron que ser retirados del mercado por los graves efectos secundarios que provocaban— la industria farmacéutica se ha hecho acreedora de una gran desconfianza. Que la gestión de la vacuna de la gripe A fue muy criticable y que desde el punto de vista del coste-oportunidad, también lo es la vacuna del papiloma virus.

Forcades
Se puede criticar a las farmacéuticas por las estrategias que siguen para que se recete más de lo necesario y combatir la presión que ejercen para medicalizar la vida y tratar como trastornos mentales el simple malestar de vivir. Se deben desenmascarar los intentos de forzar nuevas indicaciones terapéuticas para viejos medicamentos que pierden la patente y exigir cambios en el sistema de fijación de precios. Pero las críticas han de ser concretas y fundamentadas. Que las farmacéuticas quieran hacer negocio con las vacunas no es argumento para dejar de vacunar a los niños. Es una irresponsabilidad. También hacen negocio con los antibióticos o la quimioterapia, y no por ello proponemos dejar de tomarlos.

Confundir estos términos, para alguien que ha hecho un doctorado en salud pública, resulta sorprendente. Como también lo es el hecho de mezclar datos comprobados con puras especulaciones. De la vacuna de la difteria Teresa Forcades ha dicho que “está probada y funciona, pero no al cien por cien”, y ha añadido que los niños vacunados “corren el riesgo de sufrir efectos secundarios a causa del aluminio que contiene”. Lo primero es cierto: la vacuna tiene una eficacia del 95%. Hay pues, un 5% que no queda protegido. Y a pesar de ello hacía 28 años que no se diagnosticaba ningún caso en España. Luego la vacunación es efectiva. Lo segundo, en cambio, es una especulación alarmista. Hay estudios que indican que el aluminio causa problemas neurológicos a largo plazo, pero se refieren a trabajadores que respiran polvo de este producto durante años. Una dosis de vacuna contiene 0,5 milígramos de aluminio, cuando con la comida ingerimos cada día 8 milígramos sin problemas. En salud, la cuestión de las dosis es fundamental y Teresa Forcades lo sabe. Todo puede matar, hasta el agua. Depende de la dosis.

Comparto la idea de no culpabilizar a los padres. Hay que presumir que actúan de buena fe y que buscan lo mejor para sus hijos. Pero de buenas intenciones están los cementerios llenos. Lo primero que habría que plantearse es si los padres que no vacunan han tomado una decisión realmente informada. Y si han aquilatado bien las consecuencias de su decisión. Porque las tiene. En primer lugar, para sus propios hijos. Los padres del niño de Olot se han sentido engañados y con razón. Nunca pensaron que pusieran en juego la vida de su hijo, y sin embargo, ha estado en grave peligro. Y en segundo lugar, para la comunidad. Si hasta ahora no ha habido casos de difteria es porque más del 90% de los niños se vacunan desde hace años. Los niños no vacunados se benefician de la inmunidad de grupo, es decir, del hecho de que los otros padres sí que vacunen a sus hijos, asumiendo que puedan tener febrícula o molestias. En cambio, si hay niños sin vacunar y vuelve a circular la bacteria, la decisión de los padres antivacuna perjudica al resto de los niños vacunados, pues entre ellos hay un 5% que no han quedado completamente inmunizados.

Rechazar la vacuna no deja de ser una posición insolidaria, un egoísmo mal calculado porque cuantos más sean los padres que no vacunen, más riesgo correrán sus propios hijos de sufrir enfermedades como la difteria, el sarampión o la rubeola cuya erradicación perseguimos desde hace décadas. Los padres de los niños que en países pobres mueren por no tener acceso a estas vacunas difícilmente entenderán a los que, pudiendo tenerlas, rechazan beneficiarse de ellas.

Quienes están dispuestos a asumir responsabilidades públicas deben pensar ante todo en términos comunitarios. ¿Promovería Teresa Forcades las teorías antivacuna desde el Departamento de Salud?

 

Imagen: Teresa Forcades durante la presentación de su libro "Por amor a la justicia", tras ser elegida candidata de Procés Constituent.

 

Esos viejos dinosaurios

Por: | 17 de mayo de 2015

Tras cuarenta años de dictadura, sin cauces de participación política y un Estado autoritario todavía fuerte, era inevitable que los constituyentes de 1979 entronizaran a los partidos políticos como la clave de bóveda del nuevo sistema político español. No había habido ruptura, sino reconciliación, y para conjurar el riesgo de involución que todos los demócratas temían, se decidió proteger y reforzar el papel de los partidos políticos: se les garantizó financiación pública y se les entregó la llave de todo el edificio institucional.

En ese momento, la militancia reunía a la parte más dinámica de la sociedad. Allí estaban quienes habían luchado por la democracia y las élites intelectuales del país. Tenían una gran legitimidad. Cuarenta años después de morir el dictador, las encuestas del CIS sitúan a los partidos políticos en el último lugar en aprecio ciudadano y las siglas que han dominado la política española son vistas como viejos dinosauros al borde de la extinción.

El sistema ha funcionado durante diez legislaturas, las que van de 1979 a 2011. Pero ahora está claramente en crisis. Se ha escrito ya mucho sobre las razones de este deterioro. La ley electoral redujo la pluralidad inicial y derivó hacia un bipartidismo apabullante que llegó a acaparar el 83% de la representación política. En un sistema sin contrapesos externos —los partidos controlan incluso el Tribunal de Cuentas que les ha de fiscalizar— pronto se convirtieron en máquinas de gestión con poder para colonizar todo el aparato institucional.

PeticionImagenCATN23EXLa falta de democracia interna hizo que apenas un puñado de personas promovidas a la cúspide por cooptación interna controlara todo el poder. La estructura organizativa pasó a comportarse como una empresa (de colocación de sus cuadros y de ocupación del poder, entendido como mercado político), cada vez más cerradas y más impermeables a la crítica y la renovación. La vida interna se empobreció, los liderazgos se debilitaron y el ejercicio de la política se corrompió hasta niveles que los constituyentes no podían imaginar. La crisis ha acelerado un proceso de desafección que había comenzado mucho antes.

Ahora, todos los dinosaurios del viejo sistema se plantean estrategias de supervivencia. La desmembración del espectro político obligará a los que no desaparezcan a sustituir la competencia destructiva por formas más versátiles de relación con las demás fuerzas. Susana Díaz está aprendiendo esa lección. Saben que también a nivel interno han de evolucionar, pero no saben muy bien cómo ni en qué dirección. En el escenario vemos distintas fases de evolución.

En el extremo inmovilista está el PP, que ni siquiera ha hecho la más mínima concesión a la democracia interna, como elecciones primarias. El dedazo sigue siendo su sistema de legitimación interna. En una estructura vertical y cerrada como la del PP, los intentos de cambio solo pueden expresarse en forma de enconadas luchas internas, con las palabras fidelidad y traición como fetiche. En ello están. Como en Juego de Tronos.

El PSOE ha sido más atrevido, seguramente porque fue desalojado del poder de forma abrupta. A la fuerza ahorcan. Ha hecho la renovación generacional y ha introducido el mecanismo de las primarias, con lo que se ha democratizado y el poder interno ha pasado de los cuadros a la militancia. Es consciente de que las fronteras del partido han de ser más porosas, pero la vieja dinámica se resiste y no deja de ser paradójico que la decisión por la que Pedro Sánchez ha consolidado su liderazgo haya consistido en saltarse a la torera el resultado de las primarias en Madrid. Pero también la militancia ha perdido el significado original. Con los años, ha quedado limitada a una especie de tecnoestructura vinculada al poder, y tan alejada de la sociedad como el propio poder. Quien controla la mayor estructura territorial, está en condiciones de controlar el partido, como ocurre con Susana Díaz.

Ahora, el PSOE se plantea evolucionar de partido de militantes a partido de electores. Pero ¿qué es eso exactamente? Si la sociedad ya no se identifica con la verticalidad y oscurantismo de los viejos partidos, ¿qué formas organizativas surgirán como alternativa? La experiencia de Podemos, en tanto que fuerza emergente surgida de los nuevos movimientos ciudadanos, es interesante porque supone una prueba de concepto. Círculos abiertos a la participación de cualquiera, debate interno público y sin restricciones, búsqueda de la transversalidad y utilización de las tecnologías como instrumento de participación aportan elementos de renovación interesantes. Pero todavía no se vislumbra una solución para el paso siguiente: el de trasladar esa participación abierta y horizontal al ejercicio del poder.

 

Ilustración: EVA VAZQUEZ 

 

Un minuto de televisión

Por: | 11 de mayo de 2015

Monedero
Pese al tono amable y hasta laudatorio de su carta A mi amigo Pablo, la retirada de Juan Carlos Monedero de la dirección de Podemos tras criticar una deriva electoralista abre una interesante reflexión sobre la relación entre fines y medios en política. Otras políticas son, desde luego, posibles, de eso no hay duda. Pero ¿es posible otra forma de hacer política y tener opciones de gobernar? Esta es la cuestión a la que se enfrenta ahora Podemos.

Después de meses en que parecía que la movilización del 15-M había quedado en un mero rumor de fondo sin concreción política, la irrupción de Podemos en las europeas de 2014 cambió por completo el escenario político. Su fulgurante ascenso tuvo mucho que ver con la capacidad de sintonizar con el estado de ánimo que dominaba la calle. Era una fuerza nueva, con un discurso nuevo y nuevos canales de expresión. Sabía, sin embargo, que para crear un movimiento político extenso y transversal, capaz de interpelar al poder, las redes sociales no eran suficientes. Necesitaba la televisión como instrumento para posicionarse en el lugar donde se dirime la política, la esfera pública mediática. Pero este espacio tiene, como bien ha descrito el sociólogo John B. Thompson, dinámicas poderosas que acaban condicionando las conductas de los propios actores políticos.

Aunque Podemos ha demostrado capacidad para crear un potente discurso a través a las redes, al final Monedero se ha despedido lamentando amargamente que un minuto de televisión sea más importante para su partido que una discusión con uno de los círculos. Pero la posibilidad de gobernar no se dirime en los círculos, aunque estos sean muy importantes para la vitalidad interna, sino en la capacidad de posicionarse en el escenario mediático, donde la pugna política, no por virtual es menos cruenta.

Conforme escalaba en las encuestas, Podemos se convertía en una amenaza. Sus proclamas contra el sistema surgido de la Transición resultaban inquietantes, pero lo que más preocupaba era la potencialidad política que implicaba el hecho de ser la fuerza política más trasversal, con similar nivel de apoyos en todas las edades y segmentos sociales. De ahí la contundencia de la respuesta defensiva de las fuerzas y poderes amenazados y su unanimidad en la estrategia de presentarle como una especie de caballo de Troya del chavismo en la política española mientras se hurgaba en las cuentas y carreras de sus dirigentes.

Iglesias EFEEn la batalla mediática, todo cuenta, y especialmente aquello que tiene que ver con la imagen. La regularización que Monedero tuvo que hacer con Hacienda fue utilizada como un ariete contra el nuevo partido. El incidente permitió a sus adversarios insistir en que, pese a proclamarse diferentes, en realidad no lo eran. Aunque no cometió ninguna ilegalidad, la explicación de Monedero no fue satisfactoria y desde este punto de vista, su marcha puede ser más beneficiosa que perjudicial para Podemos. Pero sus dirigentes han podido comprobar, no solo lo vulnerables que son, sino la gran volatilidad que la dinámica mediática imprime a la política.

Las campañas de descrédito han hecho mella, pero lo que ha frenado sus expectativas electorales ha sido el encumbramiento de Ciudadanos como actor con opciones de gobierno. El partido de Rivera es un competidor del PP y del PSOE, pero lo que ha prevalecido en ese apoyo es su capacidad para disputarle a Podemos la representación de la nueva política. Es esta es una batalla genuinamente mediática. No hace falta recurrir a sesudos estudios de semiótica para comprobar que lo que para Podemos fue hostilidad y reserva, se ha convertido en elogio y apoyo en el caso de Ciudadanos. El partido de Rivera fue tratado como cuarto actor político en igualdad de condiciones mucho antes de que las encuestas le dieran esa posición. Al final, los titulares se convirtieron en profecía autocumplida. Y cumplida además en un tiempo récord. Es como si la política misma se hubiera contagiado del carácter compulsivo y oscilante de los medios de comunicación, que por su propia naturaleza tienden a focalizar y encumbrar con la misma rapidez con la que ignoran y olvidan.

A todo ello se añade la posibilidad de seguir al minuto la evolución de la opinión pública. En un sistema en el que cada semana hay una encuesta, resulta muy difícil que las fuerzas políticas puedan sustraerse al poder de arrastre que tiene la coyuntura y no caer en el tacticismo más cortoplacista. La posibilidad de escrutar cómo impacta en el ánimo del electorado cada nuevo acontecimiento no solo incide sobre los actores y partidos políticos, sino también, y cada vez más, sobre los propios electores. Las encuestas se han convertido en un poderoso factor de gregarismo electoral, lo que otorga a los sacerdotes demoscópicos que las interpretan una gran capacidad de influencia.

En este marco tan voluble y cambiante, resulta difícil transformar las demandas y esperanzas de cambio en políticas específicas. Concretar es arriesgar. Y este dilema afecta especialmente a las nuevas fuerzas políticas. De qué se trata, ¿de situarse en las posiciones donde se encuentra en un momento dado el segmento central que puede dar la mayoría, o de convencer al electorado para que se mueva y se sume a una política que se considera justa? Como toda cuestión compleja, crear una mayoría no es algo se pueda dilucidar en un minuto de televisión, pero sin ese minuto tampoco es posible.

Miedo al absurdo

Por: | 26 de marzo de 2015

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La nuestra es una generación afortunada. Me refiero a la española que ahora tiene menos de setenta años. Y también a la europea de menos de sesenta. A diferencia de nuestros padres o abuelos, nosotros no hemos tenido que lidiar con la monstruosidad de una guerra, no hemos tenido que experimentar el terror de encontrarnos en primera línea de fuego ni de esperar con el estómago encogido el azaroso zarpazo de un bombardeo. Ni siquiera tenemos, como en otras regiones del mundo, la amenaza de grandes catástrofes naturales. Hasta la geografía nos obsequia con un trato benigno. De modo que nuestras vidas discurren en general con la apacible perspectiva de que todo discurra según nuestras previsiones. Lo cual no quiere decir que no tengamos contratiempos. Los tenemos. De hecho, vivimos la paradoja de que vivir plena e intensamente las posibilidades que nos ofrece el tiempo que nos ha tocado en suerte, comporta asumir cada vez mayores cotas de riesgo. De modo que gran parte de nuestro esfuerzo está destinado precisamente a tratar de controlar esos riesgos. Queremos vivir con riesgo, pero exigimos la máxima seguridad.

La movilidad es un buen ejemplo. Nuestro modelo social implica ampliar constantemente la capacidad para desplazarnos. Más incluso de lo estrictamente necesario. Viajamos por trabajo, por placer, por ocio. Y, puesto que podemos, recorremos 300 kilómetros en coche o 3.000 en avión para poder pasar un fin de semana en una ciudad desconocida. Pero moverse como lo hacemos implica correr unos riesgos que hay que tratar de controlar. Conforme hemos aumentado la distancia y la velocidad a la que podemos desplazarnos, hemos ido incorporando nuevas exigencias de seguridad, tanto en los vehículos como en las vías. Esa es la dinámica que rige en todos los ámbitos: optimizar al máximo las posibilidades y reducir al mínimo los posibles riesgos. Precisamente porque es la más arriesgada, la movilidad aérea es también la más segura: 2,3 accidentes por cada millón de vuelos.

Aceptamos, en general, la posibilidad de un accidente porque es el precio que hemos de pagar por el beneficio del viaje. Lo mismo ocurre con otros aspectos de la vida. Pero tenemos una relación muy ambivalente con el riesgo. En general, nuestra cultura muestra una gran intolerancia frente a los riesgos que dependen de otros y en cambio, una gran tolerancia con los que hemos asumido libremente. No toleramos un efecto adverso inesperado en un medicamento, un error médico o un fallo de seguridad en un servicio público, pero al mismo tiempo ponemos nuestra vida en peligro fumando, bebiendo, conduciendo a 160 kilómetros por hora o practicando deportes de aventura extrema.

Estamos preparados para asumir los riesgos derivados de nuestras elecciones y en menor medida, los que dependen de factores ajenos en la medida que nos reporten beneficios. Para lo que no estamos preparados en absoluto es para el riesgo absurdo, el que no tiene explicación posible, aquel que depende de otros y además es caprichoso. Cuando algo falla, emprendemos el ritual de la revisión y la mejora. Cada accidente se convierte en una oportunidad para incrementar la seguridad. Lo que, en algunos casos, puede tener también efectos ambivalentes: el mecanismo habilitado tras el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York para que los pilotos pudieran bloquear la entrada a la cabina frente a posibles intentos de secuestro es lo que ha permitido ahora al copiloto de Germanwing impedir la entrada del comandante y estrellar el avión.

Si el accidente se hubiera debido a un fallo humano o técnico, siempre hubiéremos tenido el consuelo de tener una causa racional susceptible de mejora y control. Pero una causa como la que ha derribado el avión de Germanwing nos deja desnudos ante la fatalidad más absurda. Allí donde precisamente todo está más controlado, allí donde se dan los mayores estándares de seguridad, es donde el absurdo, lo impredecible, es capaz de hacer estallar la fortaleza que creíamos mejor protegida. De repente nos encontramos con que el azar se cuela de nuevo por las rendijas de nuestro miedo. Ya sabemos que no existe el riesgo cero. Pero este riesgo es el que más miedo nos da, el que más nos perturba, porque es el que menos podemos controlar.

 

Imagen: Varios estudiantes encienden velas y dejan flores en memoria de los fallecidos en el accidente aéreo de los Alpes franceses frente al colegio Joseph- König de Halter am See. EFE/Rolf Vennenbernd

 

 

Sobre el autor

Milagros Pérez Oliva. Me incorporé a la redacción de EL PAÍS en 1982 y como ya hace bastante tiempo de eso, he tenido la oportunidad de hacer de todo: redactora de guardia, reportera todoterreno, periodista especializada en salud y biomedicina, jefe de sección, redactora jefe, editorialista. Durante tres años he sido también Defensora del Lector y desde esa responsabilidad he podido reflexionar sobre la ética y la práctica del oficio. Me encanta escribir entrevistas, reportajes, columnas, informes y ahora también este blog. Gracias por leerme.

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