Cosas que importan

Cosas que importan

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad. En este espacio habrá mucho de búsqueda, de exploración, de reflexión sobre las cosas, pequeñas y grandes, que nos pasan. Y sobre algo que condiciona, cada vez más, la percepción que tenemos de lo que ocurre, la comunicación.

La ciudad, la tribu y la utopía

Por: | 17 de noviembre de 2014

Burbujas
Hace ahora 24 años se celebró en Barcelona el primer congreso de ciudades educadoras, germen de la asociación del mismo nombre que se creó cuatro años más tarde. Ahora, el congreso ha vuelto a la ciudad que lo alumbró y entre las cuestiones abordadas, una esencial: ¿qué significa hoy ser una ciudad educadora? Aunque en este tiempo han cambiado muchas cosas, hay algunas que sin duda permanecen, porque están en la base de todo. Permanece, por ejemplo, una idea del filósofo norteamericano John Dewey que hizo suya la pedagogía activa: la educación tiene que preparar para la vida. Y lo que mejor prepara para la vida es la vida misma.

El pedagogo Fiorenzo Alfieri, exconcejal de Turín y uno de los impulsores del movimiento, recuerda cómo al principio las escuelas llevaron a la práctica esta idea tratando de reproducir en su interior las condiciones de la vida. La escuela debía incorporar la cultura, el ocio, el contacto con la naturaleza y por eso introdujo el teatro, organizó colonias y hasta creó huertos en el patio. Pronto se vio que la escuela no era suficiente para reproducir las condiciones de la vida. Se planteó entonces que la ciudad —sus teatros, sus bibliotecas, su urbanismo— se pusiera al servicio del sistema educativo en esa labor de educar para la vida.

Como Alfieri en Turín, muchos otros gestores aplicaron en sus ciudades políticas basadas en la idea de que todo puede educar —o deseducar— y que para educar bien, se ha de implicar toda la tribu. Esa sigue siendo la principal divisa de una ciudad educadora, como se ha visto en las muchas experiencias presentadas en el congreso. Pero todo muta. También la ciudad. Si tuviera que definir los tiempos en que vivimos, diría que están marcados por la experiencia, en cierto modo angustiosa, de cambio acelerado. Y lo que más rápidamente cambia es, precisamente, el conocimiento. De modo que ahora preparar para la vida significa preparar para estar en condiciones de aprender constantemente y a lo largo de toda la vida. Preparar para poder adaptarse a un mundo altamente competitivo e inestable, en el que no hay horizontes definidos, sino incertidumbres.

Niña ordenadorEso es lo que marcará la frontera entre la inclusión y la exclusión social. Y aquí llegamos al meollo de la cuestión. Una ciudad que educa es, sobre todo, una ciudad que incluye. Y para eso hace falta, como señala Joan Manuel del Pozo, profesor de Filosofía y síndic de greuges de la Universidad de Girona, más compromiso y menos delegar en otros las propias responsabilidades; hace falta fortalecer el espacio público y el sentido de comunidad. Ser ciudad educadora va a requerir además un esfuerzo de resistencia a la oleada privatizadora que nos invade y a la cultura del individualismo nihilista que se abre paso conforme los postulados del economicismo neoliberal van colonizando el discurso público. Buena parte de las movilizaciones ciudadanas de los últimos tiempos son resistencias. Y, como ha señalado la filósofa Marina Garcés, no es casualidad que se expresen con ideas como stop desahucios o slow moviment. En el rechazo va implícita la demanda de otro modelo de sociedad, de ciudad, de desarrollo.

Una ciudad educadora ha de poner todos sus recursos al servicio de un objetivo: construir ciudadanía. La pedagoga Angélica Sátiro, presidenta de la asociación Creamundos BCN, condensa en unas pocas ideas, tremendamente sugerentes, su propuesta, que se resume en una palabra: utopía. La ciudad educadora, dice, ha de ser concebida como una utopía que se pone en el horizonte para seguir avanzando. Un ideal siempre renovado de lo que quiere llegar a ser. Un ideal emancipador, que adopta una mirada problematizadora en el sentido de mirar para actuar, de querer ver los problemas para gestionarlos y permitir que surjan nuevas energías. En resumen: “La ciudad educadora convoca y provoca la acción”. Pocas veces he oído tantas metáforas juntas y tan sugerentes, pero una la define con claridad: “La ciudad educadora es una ciudad embarazada de muchas ciudades”. Es decir, que acepta como hijos propios a todos sus integrantes y se enriquece con la diversidad.

Una ciudad educadora es, para Sátiro, la que combate la soledad urbana y el cansancio del mundo hiperactivo tejiendo redes de complicidad y compromiso. Y es aquella que fomenta la creatividad que surge del roce, del contacto, del encuentro, y es capaz de inventar el futuro a partir del No y es capaz de convertir la exclusión en inclusión porque en los márgenes hay mucha energía y mucha creatividad desperdiciada. La creatividad y la innovación social como elemento de inclusión. Barcelona ha sido una de las impulsoras del movimiento de ciudades educadoras. Como muchas otras, sufre ahora peligrosas transformaciones. La privatización del espacio público, la segmentación social, el aumento de la desigualdad amenazan con quebrar su cohesión social. Tendrá que repensar de nuevo su función educadora.

La felicidad de las empleadas

Por: | 21 de octubre de 2014

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Sillicon Valley es la cuna de grandes empresas tecnológicas que no solamente son punteras en informática y comunicación. En sus dominios se gestan innovaciones sociales que son a la vez reflejo y motor de otros cambios más profundos. Cuando Esteve Jobs trataba de convencer a los empresarios para que regalaran a sus empleados portátiles y teléfonos móviles, no estaba solo tratando de aumentar la cuota de mercado de sus productos. Estaba definiendo un nuevo modelo de relación laboral en el que frontera entre trabajo y vida privada se difumina por completo. Su argumento era que facilitarles la conexión permanente no solo fideliza a los trabajadores y permite que se identifiquen más con la causa de las empresa, sino que les hace mucho más productivos. Al fin y al cabo, una buena idea puede surgir en cualquier momento.

Algunos directivos se han tomado tan en serio este nuevo paternalismo propio de patronos liberales pero sumamente posesivos que han teorizado la necesidad de velar por el bienestar integral de sus empleados y algunos han incorporado incluso la figura del Chief Happiness Officer, algo así como un responsable de la felicidad de la plantilla, lo cual, por cierto, no les impide la más despiadada aplicación de la flexibilidad laboral, es decir, despedir sin contemplaciones cuando les conviene. Solo los mejores tienen derecho a ser felices.

En esta línea de innovaciones, dos de las grandes marcas tecnológicas, Facebook y Apple, han incluido en su catálogo de incentivos ayudas económicas para la “maternidad extendida”, eufemismo abstruso donde los haya pues la maternidad es un hecho biológico que ocurre o no ocurre, pero no se extiende. En realidad lo que ofrecen a sus empleadas es la posibilidad de posponer la maternidad sufragándoles un tratamiento de congelación de óvulos.

A primera vista, suena bien. La empresa se preocupa por el bienestar psicológico de las empleadas que tienen ansias de maternidad pero que no acaban de encontrar el momento porque piensan que tienen que dedicar toda su energía a su carrera. Y hasta generoso, porque el tratamiento cuesta 8.000 euros más una cuota de mantenimiento de 400 euros mensuales. Pero en realidad es mucho más que todo eso. Es el resultado de un modelo en el que la maternidad no solo es un incordio para las empresas, como muy bien nos ha recordado hace poco Mónica Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios, sino que las propias mujeres comienzan a percibirla como un obstáculo a su progreso profesional.

Justo cuando se encuentran en el momento más exigente de sus carreras, sienten el apremio del reloj biológico. En entornos de alta competitividad, muchas mujeres renuncian a ser madres y otras apuran tanto que ya no llegan a tiempo. Así es como la edad de la primera gestación se ha ido retrasando en España hasta más allá de los treinta años y la tasa de natalidad se encuentra entre las más bajas del mundo: 1,4 hijos por mujer.

PeticionImagenCAL0WZI1Apple y Facebook ayudan ahora a sus empleadas a posponer la decisión, con la promesa engañosa de que podrán intentarlo más adelante. Engañosa, porque la congelación de óvulos es una técnica muy reciente que no asegura en absoluto que se vaya a producir un embarazo. En el mundo apenas han nacido 2.000 niños a partir de óvulos congelados y no sabemos cuántos intentos han fracasado. Hay que tener en cuenta que para conseguir un embarazo, además de que el óvulo sobreviva a la congelación, ha de ser fecundado in vitro y la tasa de éxito de esta última técnica no llega al 30%.

Sospecho que en el fondo, lo que Apple y Facebook hacen es facilitar que las mujeres en edad fértil no se distraigan con los deseos de maternidad, con la falsa ilusión de que no necesitan renunciar a ella, sino solo posponerla. Sin aclarar que, en la práctica, lo más probable es que acabe siendo una renuncia. Como bien advierte Eugene Morozov en su crítica al solucionismo, la idea de que la técnica nos sacará de todos los aprietos es errónea. Las tecnologías no pueden resolverlo todo. Pero la cuestión tiene más enjundia de la que parece. Es una expresión de los cambios que el neoliberalismo económico está introduciendo en el modelo de relaciones sociales, y que dan lugar a lo que el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han define como la sociedad del rendimiento.

Como el modelo tradicional de relaciones laborales —sujetas a normas disciplinarias, con jornada laboral y condiciones de trabajo pactadas— no permitía aumentar la productividad, el sistema ha inventado un nuevo modelo en el que es el propio individuo el que fija sus objetivos. Y lo hace en un entorno cultural de máxima competitividad en el que siempre puede hacer algo más para triunfar. El sujeto de rendimiento interioriza de tal modo el sistema de autoexplotación que, como Prometeo, acaba encadenado a una rueda que le hace responsable único de su éxito o su fracaso.

Las empresas tecnológicas se han convertido en las abanderadas de esta nueva filosofía que convierte a cada empleado en un emprendedor de sí mismo. “Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley", dice Han. “El inconsciente social pasa del deber al poder”. No se trata solo de hacer lo que se tiene que hacer y lo que se espera que uno haga, sino de hacer más. Siempre más. En esa espiral, cualquier distracción, por ejemplo la maternidad, puede ser letal para una prometedora carrera.

Todo eso y mucho más es lo que subyace en el simpático incentivo de los óvulos congelados.

Sentimientos y emociones

Por: | 22 de septiembre de 2014

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Se oye con cierta frecuencia descalificar al nacionalismo en general y al movimiento soberanista catalán en particular como una fuerza que basa su capacidad de convocatoria en la manipulación de las emociones. Que busca deliberadamente anteponer el sentimiento a la razón. De ello se infiere que si los catalanes analizaran la situación de Cataluña en términos estrictamente racionales, no se dejarían arrastrar a aventuras identitarias que solo conducen al enfrentamiento y la división. Es una forma de ver la relación entre emociones y razón que no se ajusta a la realidad.

De la misma forma que Spinoza rompió con la dicotomía hasta entonces vigentes entre cuerpo y alma (mente), hace ya tiempo que la neurobiología ha permitido superar la pretendida frontera entre emoción y razón. Antonio Damasio dedicó dos de sus obras —En busca de Spinoza y El error de Descartes (Ed. Crítica, 2005 y 2006)— a explicar que emoción, raciocinio y sentimiento forman parte de un mismo proceso mental. La observación mediante resonancia magnética funcional de los circuitos cerebrales no ha hecho sino corroborar que no hay razón sin emoción y que la mejor decisión racional es aquella que está modulada —en un proceso de ida y vuelta— por la emoción.

Las emociones son necesarias para vivir. Sin el miedo, por ejemplo, no habríamos sobrevivido como especie. El miedo es también una fuerza que mueve los procesos sociales. En la reciente campaña del referéndum escocés, por ejemplo, se utilizaron amenazas nada veladas desde los poderes económicos e institucionales para provocar miedo, en una estrategia desesperada, motivada por el temor a perder los beneficios de la unión. Pero también en la campaña del sí, mucho más ilusionante y positiva, había miedo: a perder la identidad y la capacidad de decisión bajo el rodillo de la globalización, a que las políticas neoliberales destruyan el Estado de Bienestar.

La función del cerebro emocional es procesar los estímulos que recibimos y generar respuestas. Como sostiene Ignacio Morgado en Emociones e Inteligencia Social (Ariel, 2010), solo el equilibrio entre emoción y razón garantiza el bienestar. De la fuerza de las emociones, pasadas por el tamiz de la racionalidad, surgen sentimientos que tienden a perdurar hasta que otra emoción consigue desplazarlos. Así, ilusión y esperanza pueden dar paso a frustración e impotencia, tanto a nivel individual como colectivo.

Quienes acusan a los nacionalismos de cultivar las emociones más primarias suelen ignorar que ellos hacen exactamente lo mismo, pero desde otras posiciones. De hecho, es difícil pensar que pueda haber un movimiento político libre de sentimientos y emociones. De la misma manera que a nivel individual no conviene ahogar los sentimientos si no queremos que aparezcan más tarde en forma de dolorosas somatizaciones, tampoco es bueno ignorarlos a nivel colectivo.

PeticionImagenCA8Q4IEJAlgunos articulistas han señalado como un síntoma peligroso el hecho de que cientos de miles de personas acudieran a la Diada aceptando una forma de encuadramiento gregario que los degradaba a la condición de masa acrítica. Que estaban allí por una suerte de lavado de cerebro masivo. Es una forma —insultante— de verlo. Pero también se puede ver en la extraordinaria movilización de la Diada una contundente y masiva exigencia de reconocimiento. Un desafío a quienes, desde una supuesta racionalidad, se permiten menospreciar e ignorar la legitimidad de unos sentimientos compartidos por mucha gente en Cataluña. Es precisamente la reacción emocional a esa falta de respeto y reconocimiento la que, pasada por el tamiz de la racionalidad, alimenta el sentimiento de pertenencia que da fuerza al proceso soberanista. Asistir a la Diada permite a los manifestantes identificase a sí mismos como parte de un proyecto colectivo que, por encima de las muchas diferencias internas, les da fuerza y esperanza.

André Comte-Sponville explica lo importante que sigue siendo en nuestros días una emoción que ha jugado un papel fundamental en la historia de la humanidad, muchas veces a través del sentimiento religioso: la necesidad de comunión que, como sostiene el filósofo francés, no ha desaparecido ni siquiera entre los ateos. Al contrario, es una emoción que se revaloriza en los procesos de lucha social y que todavía puede jugar un papel importante como reactivo frente al individualismo nihilista, cuya única pulsión es satisfacer los deseos más egoístas. Comulgar con otros es una emoción muy gratificante, especialmente cuando se perciben amenazas individuales o colectivas. Por el contrario, el predominio del cálculo y del interés por encima del compromiso y la comunión en unos ideales compartidos explica en parte la crisis actual de la política.

Las emociones son, por otra parte, altamente contagiosas. Las hay positivas y negativas, se pueden utilizar para construir o para destruir, como hemos visto tantas veces a lo largo de la historia. Pero no podemos vivir ni razonar sin ellas. Lo que si podemos hacer es alimentar aquellas que mejor contribuyen al entendimiento y la convivencia. La empatía, por ejemplo. Se define como la capacidad para percibir e interpretar los sentimientos de los demás, de ponerse en lugar del otro. La humanidad ha necesitado cantidades ingentes de empatía para progresar. Un poco más de empatía no nos iría nada mal.

Imágenes de guerra y terror

Por: | 07 de septiembre de 2014

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Parece que no nos demos cuenta, pero Europa tiene en estos momento una guerra no declarada en su interior, en Ucrania, y otra muy cerca, entre Siria e Irak, que amenzan con incendiar todo Oriente Próximo. De esas guerras nos llegan imágenes terribles de ciudades destrozadas y cadáveres en las calles, no muy distintas de aquellas que guardamos en la memoria como algo afortunadamente remoto: las de la Guerra Civil. Y sin embargo, es sorprendente lo mucho que se parecen las filmaciones que nos llegan de Alepo, por ejemplo, y las de los bombardeos de Barcelona, pese a los casi 80 años que las separan.

Si Barcelona fue, con Guernika, el banco de pruebas de lo que en la II Guerra Mundial se convertiría en una nueva frontera de la guerra, el bombardeo indiscriminado de ciudades con su población civil como blanco, lo que ocurrió con la propaganda fue el preludio de un fenómeno que años más tarde se llevaría al paroxismo en la Alemania nazi o la Rusia soviética: la utilización del cine como arma de guerra.

La sala Laya de la Filmoteca de Catalunya fue escenario el viernes del preestreno de un excelente documental, Cinema en temps de guerra, producido y dirigido por Bartomeu Vilà, que próximamente se proyectará en el cine Boliche. El documental recorre la filmografía que se rodó en Cataluña durante la Guerra Civil y lo primero que sorprende es lo mucho que se llegó a rodar: más de 350 títulos, que incluyen películas, noticiarios, documentales y hasta musicales y comedias. Y el alto grado de innovación que se alcanzó, tanto en formas como en contenido. Se trata de un cine eminentemente político, en el sentido fuerte de la palabra. Cine destinado a mostrar y ensalzar una revolución en marcha.

Los miembros del Sindicato de Espectáculos de la CNT sabían muy bien el irresistible poder de fascinación que tenía la imagen en movimiento. Entre ellos se encontraba un jovencísimo Joan Mariné, operador de cámara, cuyo vivaz testimonio vertebra el documental. Fue este sindicato el que llevó la iniciativa fílmica en la primera fase de la guerra, hasta que el Gobierno de la Generalitat decidió crear Laya Films, una productora destinada a integrar —y controlar— los diferentes colectivos que trabajaban en el sector.

Foto (2)Mariné ejerció en Laya como director de fotografía y es el último superviviente de aquel prolífico equipo de cineastas. Bajo la dirección de Jaume Miravitlles, comisario de Propaganda de la Generalitat, la misión de la productora era proveer de imágenes que reforzaran la cohesión interna y permitieran al mismo tiempo ganar apoyos para la causa republicana en la comunidad internacional.

A sus 94 años, Joan Mariné recuerda con nitidez cada detalle, cada escenario, cada imagen captada aquellos años y, como Clint Eastwood, parece haber conjurado a la muerte con una receta que ambos siguen a rajatabla: no dejar que la vejez entre en su casa. “Hace tiempo que el médico me dijo que dejara de trabajar, pero yo sigo haciéndolo desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde”, dijo en la presentación del documental. Su biografía daría, como apuntó Bartomeu Vilà, para varias películas más, incluidas sus vivencias en la guerra con quinta del biberón o su angustiosa huida del campo de refugiados de Argelès.

Muchos años después de que Laya Films fuera clausurada y sus materiales confiscados por las tropas franquistas, Joan Mariné vivió un momento sublime por el que todavía se le empañan los ojos: trabajaba para la Filmoteca Nacional en Madrid cuando recibió para su restauración abundante material procedente de Checoslovaquia. Para su sorpresa, entre aquellas deterioradas cintas se encontraban muchas de las que él había filmado.

La mayor parte de la producción fílmica de aquella época tenía una finalidad descaradamente propagandística. Era vehemente y combativa y su contenido estaba fuertemente ideologizado. Por supuesto no aparecen iglesias en llamas y sí en cambio muchos edificios bombardeados. Pero tanto los contenidos informativos como los de ficción buscan ante todo persuadir sobre las bondades del mundo que se está construyendo, incitar apoyos y adhesiones, primero a la revolución y luego a la causa republicana. Intentan, en general, provocar emociones positivas.

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El uso del cine como propaganda de guerra ha tenido desde entonces muchas ocasiones para mostrar su enorme capacidad de impacto. El último ejemplo todavía nos tiene agarrotados. Hasta ahora estábamos acostumbrados a que cada bando mostrara en imágenes lo perverso que podía ser el enemigo: coches bomba, ciudades devastadas, mujeres y niños destripados. Pero el Estado Islámico ha llevado la propaganda de guerra a un nuevo paradigma: mostrarnos lo perversos que pueden ser ellos mismos. Mostrando al mundo cómo fusilan a una hilera de prisioneros o degüellan a un periodista no pretenden infundir simpatía, ni siquiera entre sus seguidores, sino terror. No pretenden socializar el dolor, sino el horror. Pero también ellos cuidan hasta el más mínimo detalle. No es casualidad que los dos periodistas degollados llevaran blusones naranja, como los presos de Guantánamo. La imagen como arma.

Curiosa defensa de lo público

Por: | 21 de julio de 2014

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ener una Sanidad Pública de calidad, de acceso universal y gratuito, constituye un tesoro social de tal magnitud que pocos se atreven a atacarlo de frente. Saber que, te ocurra lo que te ocurra en esa lotería que es la salud, estarás cubierto por un sistema capaz de ofrecerte las mejores terapias disponibles al margen de cuál sea tu posición social es una fuente de tranquilidad que no siempre apreciamos suficientemente. Como la salud misma, puede que solo seamos capaces de valorar lo que tenemos cuando lo perdamos. Y lo podemos perder si no lo defendemos. Pero hay que acertar también en la forma de defenderlo.
En las últimas semanas hemos visto cómo las costuras del sistema parece que se estén descosiendo. Pacientes en Urgencias de Bellvitge o de Vall d’Hebrón esperando durante días una cama en la que poder ingresar; familiares y personal sanitario pertrechados en las unidades para que no se cierren camas en verano; médicos estresados por la sobrecarga asistencial y mucho malestar. Cuatro años de recortes hacen su mella.
Escuchando el jueves pasado las explicaciones que el consejero Boi Ruiz daba en Els Matins de TV-3, cualquiera pensaría que es el primero y el mejor de los defensores del sistema público. Todo lo que hace su departamento, incluido el cierre de más de 3.000 camas en verano, es en aras de una mayor eficiencia, que a su vez ha de garantizar la sostenibilidad del sistema. Todo está justificado. Todo tiene su explicación. Pero a poco que se afine el oído, el discurso tiene un doble fondo.
Lo tiene, por ejemplo, cuando se afirma que el cierre de camas y quirófanos no aumenta las listas de espera porque la actividad programada se sustituye por cirugía ambulatoria. Este tipo de cirugía es un gran avance que ahorra costes al sistema y molestias al paciente, pero no todo puede operarse en régimen ambulatorio. La cirugía compleja requiere quirófano e ingreso. La suspensión de operaciones programadas incrementa el tiempo de espera, lo que aumenta la probabilidad de que el estado del paciente se agrave y acabe en Urgencias. Operar de urgencia implica a su vez suspender intervenciones programadas, y así es como se hace una bola cada vez mayor. El colapso de pacientes en Urgencias de Bellvitge o de Vall d’Hebrón no son, pues, como se dijo, hechos puntuales. La realidad es tozuda: días después de esa explicación, 33 pacientes seguían esperando cama en Bellvitge.
PeticionImagenCANTU4A5Mientras el consejero aparece como paladín del sistema público, las imágenes de pacientes hacinados en los pasillos y los datos sobre el aumento de las listas de espera alimentan la idea de que la sanidad pública se deteriora gravemente y ello puede llevar a mucha gente a la conclusión de que tal vez sea mejor suscribir un seguro privado. Solo hay que ver los anuncios que hacen las compañías de seguros privados en televisión para darse cuenta de que ese es precisamente el target al que se dirigen.
Y mientras eso ocurre, asistimos en paralelo a otra curiosa forma de defender lo público: dar entrada a la iniciativa privada con el falaz argumento de que es más eficiente y permite ahorrar costes. EL discurso oficial juega con la ambigüedad a la hora de definir qué es gestión privada. Casi siempre se pone como ejemplo la cesión de servicios a asociaciones de médicos. Pero una cosa es la gestión privada de base asociativa, que puede ser positiva en la medida que implica más a los profesionales, y otra muy distinta la que se entrega a sociedades anónimas movidas por el voraz ánimo de lucro de los fondos especulativos que integran su capital. El argumento de la mayor eficiencia en boca de quien tiene la responsabilidad de gestionar la red pública tiene su gracia. Porque, o es una impostura, o es una declaración de incompetencia. El consejero tendría que explicar por qué sus gestores —cuyos salarios son los únicos que ha preservado de los recortes— no habrían de ser capaces de gestionar con la misma eficiencia que se le presupone en la iniciativa privada.
El resultado subliminal de este tipo de argumentos es el descrédito de lo público. Este es el juego. Así las cosas, convendría una reflexión sobre cómo incide en esta estrategia la lógica expresión de malestar por parte de los profesionales del sector público. Es evidente que si, pese a los recortes, la valoración de los ciudadanos sigue siendo alta es gracias a la entrega de muchos de sus profesionales, que suplen con esfuerzo y dedicación la sobrecarga y la falta de medios. Tampoco cabe dudar de que, cuando protestan, lo hacen en defensa de ese tesoro que es poder tener un sistema público que además de calidad ofrece equidad. Pero habría que ir con cuidado de que la forma de expresar el malestar no acabe contribuyendo a la estrategia de descrédito de lo público. Si los profesionales bombardean constantemente a los pacientes con sus quejas, dependiendo de cómo lo hagan, pueden acabar contribuyendo a la idea de que el sistema no funciona y mejor será ir pensando en un seguro privado.

 

Imágenes: Manifestación en defensa de la sanidad pública frente al hospital de Bellvitge. /ALBERT GARCÍA

Enfermos en los pasillos del Servicio de Urgencias de Bellvitge. 

Sobre el autor

Milagros Pérez Oliva. Me incorporé a la redacción de EL PAÍS en 1982 y como ya hace bastante tiempo de eso, he tenido la oportunidad de hacer de todo: redactora de guardia, reportera todoterreno, periodista especializada en salud y biomedicina, jefe de sección, redactora jefe, editorialista. Durante tres años he sido también Defensora del Lector y desde esa responsabilidad he podido reflexionar sobre la ética y la práctica del oficio. Me encanta escribir entrevistas, reportajes, columnas, informes y ahora también este blog. Gracias por leerme.

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