Cosas que importan

Cosas que importan

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad. En este espacio habrá mucho de búsqueda, de exploración, de reflexión sobre las cosas, pequeñas y grandes, que nos pasan. Y sobre algo que condiciona, cada vez más, la percepción que tenemos de lo que ocurre, la comunicación.

Imágenes de guerra y terror

Por: | 07 de septiembre de 2014

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Parece que no nos demos cuenta, pero Europa tiene en estos momento una guerra no declarada en su interior, en Ucrania, y otra muy cerca, entre Siria e Irak, que amenzan con incendiar todo Oriente Próximo. De esas guerras nos llegan imágenes terribles de ciudades destrozadas y cadáveres en las calles, no muy distintas de aquellas que guardamos en la memoria como algo afortunadamente remoto: las de la Guerra Civil. Y sin embargo, es sorprendente lo mucho que se parecen las filmaciones que nos llegan de Alepo, por ejemplo, y las de los bombardeos de Barcelona, pese a los casi 80 años que las separan.

Si Barcelona fue, con Guernika, el banco de pruebas de lo que en la II Guerra Mundial se convertiría en una nueva frontera de la guerra, el bombardeo indiscriminado de ciudades con su población civil como blanco, lo que ocurrió con la propaganda fue el preludio de un fenómeno que años más tarde se llevaría al paroxismo en la Alemania nazi o la Rusia soviética: la utilización del cine como arma de guerra.

La sala Laya de la Filmoteca de Catalunya fue escenario el viernes del preestreno de un excelente documental, Cinema en temps de guerra, producido y dirigido por Bartomeu Vilà, que próximamente se proyectará en el cine Boliche. El documental recorre la filmografía que se rodó en Cataluña durante la Guerra Civil y lo primero que sorprende es lo mucho que se llegó a rodar: más de 350 títulos, que incluyen películas, noticiarios, documentales y hasta musicales y comedias. Y el alto grado de innovación que se alcanzó, tanto en formas como en contenido. Se trata de un cine eminentemente político, en el sentido fuerte de la palabra. Cine destinado a mostrar y ensalzar una revolución en marcha.

Los miembros del Sindicato de Espectáculos de la CNT sabían muy bien el irresistible poder de fascinación que tenía la imagen en movimiento. Entre ellos se encontraba un jovencísimo Joan Mariné, operador de cámara, cuyo vivaz testimonio vertebra el documental. Fue este sindicato el que llevó la iniciativa fílmica en la primera fase de la guerra, hasta que el Gobierno de la Generalitat decidió crear Laya Films, una productora destinada a integrar —y controlar— los diferentes colectivos que trabajaban en el sector.

Foto (2)Mariné ejerció en Laya como director de fotografía y es el último superviviente de aquel prolífico equipo de cineastas. Bajo la dirección de Jaume Miravitlles, comisario de Propaganda de la Generalitat, la misión de la productora era proveer de imágenes que reforzaran la cohesión interna y permitieran al mismo tiempo ganar apoyos para la causa republicana en la comunidad internacional.

A sus 94 años, Joan Mariné recuerda con nitidez cada detalle, cada escenario, cada imagen captada aquellos años y, como Clint Eastwood, parece haber conjurado a la muerte con una receta que ambos siguen a rajatabla: no dejar que la vejez entre en su casa. “Hace tiempo que el médico me dijo que dejara de trabajar, pero yo sigo haciéndolo desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde”, dijo en la presentación del documental. Su biografía daría, como apuntó Bartomeu Vilà, para varias películas más, incluidas sus vivencias en la guerra con quinta del biberón o su angustiosa huida del campo de refugiados de Argelès.

Muchos años después de que Laya Films fuera clausurada y sus materiales confiscados por las tropas franquistas, Joan Mariné vivió un momento sublime por el que todavía se le empañan los ojos: trabajaba para la Filmoteca Nacional en Madrid cuando recibió para su restauración abundante material procedente de Checoslovaquia. Para su sorpresa, entre aquellas deterioradas cintas se encontraban muchas de las que él había filmado.

La mayor parte de la producción fílmica de aquella época tenía una finalidad descaradamente propagandística. Era vehemente y combativa y su contenido estaba fuertemente ideologizado. Por supuesto no aparecen iglesias en llamas y sí en cambio muchos edificios bombardeados. Pero tanto los contenidos informativos como los de ficción buscan ante todo persuadir sobre las bondades del mundo que se está construyendo, incitar apoyos y adhesiones, primero a la revolución y luego a la causa republicana. Intentan, en general, provocar emociones positivas.

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El uso del cine como propaganda de guerra ha tenido desde entonces muchas ocasiones para mostrar su enorme capacidad de impacto. El último ejemplo todavía nos tiene agarrotados. Hasta ahora estábamos acostumbrados a que cada bando mostrara en imágenes lo perverso que podía ser el enemigo: coches bomba, ciudades devastadas, mujeres y niños destripados. Pero el Estado Islámico ha llevado la propaganda de guerra a un nuevo paradigma: mostrarnos lo perversos que pueden ser ellos mismos. Mostrando al mundo cómo fusilan a una hilera de prisioneros o degüellan a un periodista no pretenden infundir simpatía, ni siquiera entre sus seguidores, sino terror. No pretenden socializar el dolor, sino el horror. Pero también ellos cuidan hasta el más mínimo detalle. No es casualidad que los dos periodistas degollados llevaran blusones naranja, como los presos de Guantánamo. La imagen como arma.

Curiosa defensa de lo público

Por: | 21 de julio de 2014

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ener una Sanidad Pública de calidad, de acceso universal y gratuito, constituye un tesoro social de tal magnitud que pocos se atreven a atacarlo de frente. Saber que, te ocurra lo que te ocurra en esa lotería que es la salud, estarás cubierto por un sistema capaz de ofrecerte las mejores terapias disponibles al margen de cuál sea tu posición social es una fuente de tranquilidad que no siempre apreciamos suficientemente. Como la salud misma, puede que solo seamos capaces de valorar lo que tenemos cuando lo perdamos. Y lo podemos perder si no lo defendemos. Pero hay que acertar también en la forma de defenderlo.
En las últimas semanas hemos visto cómo las costuras del sistema parece que se estén descosiendo. Pacientes en Urgencias de Bellvitge o de Vall d’Hebrón esperando durante días una cama en la que poder ingresar; familiares y personal sanitario pertrechados en las unidades para que no se cierren camas en verano; médicos estresados por la sobrecarga asistencial y mucho malestar. Cuatro años de recortes hacen su mella.
Escuchando el jueves pasado las explicaciones que el consejero Boi Ruiz daba en Els Matins de TV-3, cualquiera pensaría que es el primero y el mejor de los defensores del sistema público. Todo lo que hace su departamento, incluido el cierre de más de 3.000 camas en verano, es en aras de una mayor eficiencia, que a su vez ha de garantizar la sostenibilidad del sistema. Todo está justificado. Todo tiene su explicación. Pero a poco que se afine el oído, el discurso tiene un doble fondo.
Lo tiene, por ejemplo, cuando se afirma que el cierre de camas y quirófanos no aumenta las listas de espera porque la actividad programada se sustituye por cirugía ambulatoria. Este tipo de cirugía es un gran avance que ahorra costes al sistema y molestias al paciente, pero no todo puede operarse en régimen ambulatorio. La cirugía compleja requiere quirófano e ingreso. La suspensión de operaciones programadas incrementa el tiempo de espera, lo que aumenta la probabilidad de que el estado del paciente se agrave y acabe en Urgencias. Operar de urgencia implica a su vez suspender intervenciones programadas, y así es como se hace una bola cada vez mayor. El colapso de pacientes en Urgencias de Bellvitge o de Vall d’Hebrón no son, pues, como se dijo, hechos puntuales. La realidad es tozuda: días después de esa explicación, 33 pacientes seguían esperando cama en Bellvitge.
PeticionImagenCANTU4A5Mientras el consejero aparece como paladín del sistema público, las imágenes de pacientes hacinados en los pasillos y los datos sobre el aumento de las listas de espera alimentan la idea de que la sanidad pública se deteriora gravemente y ello puede llevar a mucha gente a la conclusión de que tal vez sea mejor suscribir un seguro privado. Solo hay que ver los anuncios que hacen las compañías de seguros privados en televisión para darse cuenta de que ese es precisamente el target al que se dirigen.
Y mientras eso ocurre, asistimos en paralelo a otra curiosa forma de defender lo público: dar entrada a la iniciativa privada con el falaz argumento de que es más eficiente y permite ahorrar costes. EL discurso oficial juega con la ambigüedad a la hora de definir qué es gestión privada. Casi siempre se pone como ejemplo la cesión de servicios a asociaciones de médicos. Pero una cosa es la gestión privada de base asociativa, que puede ser positiva en la medida que implica más a los profesionales, y otra muy distinta la que se entrega a sociedades anónimas movidas por el voraz ánimo de lucro de los fondos especulativos que integran su capital. El argumento de la mayor eficiencia en boca de quien tiene la responsabilidad de gestionar la red pública tiene su gracia. Porque, o es una impostura, o es una declaración de incompetencia. El consejero tendría que explicar por qué sus gestores —cuyos salarios son los únicos que ha preservado de los recortes— no habrían de ser capaces de gestionar con la misma eficiencia que se le presupone en la iniciativa privada.
El resultado subliminal de este tipo de argumentos es el descrédito de lo público. Este es el juego. Así las cosas, convendría una reflexión sobre cómo incide en esta estrategia la lógica expresión de malestar por parte de los profesionales del sector público. Es evidente que si, pese a los recortes, la valoración de los ciudadanos sigue siendo alta es gracias a la entrega de muchos de sus profesionales, que suplen con esfuerzo y dedicación la sobrecarga y la falta de medios. Tampoco cabe dudar de que, cuando protestan, lo hacen en defensa de ese tesoro que es poder tener un sistema público que además de calidad ofrece equidad. Pero habría que ir con cuidado de que la forma de expresar el malestar no acabe contribuyendo a la estrategia de descrédito de lo público. Si los profesionales bombardean constantemente a los pacientes con sus quejas, dependiendo de cómo lo hagan, pueden acabar contribuyendo a la idea de que el sistema no funciona y mejor será ir pensando en un seguro privado.

 

Imágenes: Manifestación en defensa de la sanidad pública frente al hospital de Bellvitge. /ALBERT GARCÍA

Enfermos en los pasillos del Servicio de Urgencias de Bellvitge. 

Quiero ser millonario

Por: | 09 de julio de 2014

Ha caído por casualidad en mis manos un librito delicioso. Lo han hecho, como recuerdo de final de etapa, las profesoras, padres y niños de una clase de sexto de Primaria, la mayoría de los cuales ha compartido aula en la misma escuela desde 2005. Son 14 niños y 11 niñas de doce años que han dejado atrás la educación infantil y esperan septiembre con ilusión, pero también cierta aprensión, porque entrarán en la ESO y saben que eso es empezar a hacerse mayor. Se trata de un ejercicio vitalista y tierno, un ejemplo del buen hacer pedagógico de una escuela pública considerada modélica. La publicación incluye cartas de las maestras y los padres dirigidas a los niños, pero los protagonistas son ellos. Contiene, en forma de desplegable, dos fotos de cada niño, una actual y otra del primer curso, y un pequeño texto en el que cada uno expone sus preferencias sobre un país, un sueño, un recuerdo, un deseo y qué quiere ser de mayor. Y aquí es donde salta la gran sorpresa: de los 25, 12 quieren ser, expresado además de forma muy clara, millonarios. Y una constatación: pese a haberse educado en la misma escuela y el mismo entorno, hay enormes diferencias entre los niños y las niñas a la hora formular sus deseos y proyecciones de futuro.

El contenido induce a una inquietante constatación: por mucho que se esfuerce la escuela por transmitir determinados valores, la fuerza de los que emergen del entorno mediático es tan potente que acaban predominando. Este es el “deseo” que expresa cada uno de los 14 niños: que me toque la lotería (4), ser multimillonario (4), ser millonario, ser rico, ser jugador de fútbol en el Real Madrid, tener una mansión y tres Bugattis, tener una tabla Elements con ejes Santa Cruz y tener dinero para mantener a mi familia. Y este, el que expresan las 11 niñas: dar la vuelta al mundo con mis amigas (4), ser cocinera, ser muy feliz, aparecer en los libros de historia como una de las científicas más importantes, sacar buenas notas, que no haya problemas, que la amistad no se rompa por muchos años que pasen, y ser famosa.

PeticionImagenCAYPMRIHNo cabe duda de que en las respuestas hay un cierto factor de arrastre, de imitación, pero no deja de ser significativo que lo que arrastra, en el caso de los chicos, sea precisamente el sueño de hacerse millonario. En coherencia con estos deseos, los niños eligen profesiones cuyo éxito implica siempre ganar mucho dinero. De los 14, hay tres que eligen profesiones “normales” (ingeniero aeronáutico, cocinero y mecánico) y otros tres, profesiones de “acción” (policía secreta, soldado y marinero “como el novio de mi hermana”). Los ocho restantes quieren ser deportistas de élite: futbolista (3) –como Ronaldo, precisa uno-, jugador de la selección española de waterpolo, jugador profesional de hockey, piloto de moto GP, skater profesional y tenista. Entre las niñas, en cambio, se observa un mayor realismo y mayor variedad a la hora de elegir: actriz (3), diseñadora de moda (2), cocinera, psicóloga, periodista, profesora, dibujante y científica.

La muestra no tiene valor representativo, pero es un ejemplo muy elocuente de cómo el entorno influye en los niños. De cómo ciertos valores que aparecen como difusos en el ambiente mediático, pasan por encima de los que se trabajan en clase o aquellos que las familias tratan de inculcar. Estos niños no van a un colegio elitista, sino todo lo contrario: es una escuela pública que sigue un modelo de pedagogía activa con los pies bien anclados en la realidad. Sus familias pertenecen a ese amplio espectro de capas populares y clases medias que sortean como puede la crisis, unos mejor que otros. ¿De dónde salen pues esos sueños de grandeza, esos deseos imperiosos de hacerse rico?

No es difícil encontrar la respuesta: del modelo de éxito que de forma apabullante emerge a través de los medios de comunicación. De las noticias sobre las fichas millonarias de las estrellas del fútbol, de la increíble prima de 720.000 euros prometidos a los jugadores de la Roja si ganaban la copa del mundo, de la permanente exhibición de los rutilantes éxitos de figuras del deporte como Nadal, Alonso o los jovencísimos pilotos de las carreras de motos. Ese es el modelo que aparece. Un modelo atractivo y aparentemente sin esfuerzo. Nada de matemáticas, nada de física ni estadística. Y una idea de fondo muy peligrosa: el poder absoluto del dinero. Menos mal que ninguno ha dicho que quería hacerse político corrupto, que es otra vía muy transitada últimamente para hacerse millonario sin demasiado esfuerzo.

Los niños son tremendamente permeables a la publicidad. Y mucho más sensibles a la imagen que a las palabras. El mensaje que reciben en clase queda sepultado por un alud de imágenes relacionadas con el éxito, la fama y la gloria como fuente de poder y de felicidad. Es lógico que lo quieran para ellos. Lo preocupante, de este pequeño y entrañable retrato de anhelos, es cómo gestionarán estos niños y muchos otros como ellos la frustración de semejantes expectativas.

 

(Des)conectados

Por: | 26 de junio de 2014

Biblioteca fuster
Los vagones del metro o del tren siempre han sido lugares propicios al ensimismamiento. Pero ahora, parecen convoyes llenos de de gente hipnotizada. La mayor parte de los pasajeros están absortos ante una pantalla luminosa, ya sea el teléfono, la tableta o el e-book. La diferencia respecto de hace apenas unos años no es solo que se haya sustituido el papel por un soporte digital. Lo que ha cambiado es que, a través de esos artilugios, podemos estar permanentemente conectados. La conexión se ha convertido en una necesidad perentoria, hasta el extremo de que si olvidamos el teléfono móvil, tenemos una sensación, no importa dónde estemos, de aislamiento e incomunicación. Nos sentimos inquietos y extrañamente vulnerables.

Las nuevas tecnologías han cambiado nuestras vidas tanto como están cambiando el entorno económico y cultural. Se ha dicho muchas veces que información es poder. Nunca ha sido tan evidente como ahora. La revolución de las tecnologías de la comunicación ha creado un sistema que garantiza la difusión instantánea de ingentes cantidades de información a un coste muy reducido en comparación con el modelo anterior. Se produce tal cantidad de información que resulta imposible asimilar ni siquiera una pequeña parte de lo que se nos ofrece y puede llegar a interesarnos.

Tener toda esa información al alcance de un click nos da la falsa impresión de que estamos muy bien informados. Pero información no significa conocimiento. Es una condición necesaria pero no suficiente. De hecho, para alcanzar un buen conocimiento a partir de las muchas posibilidades que nos ofrece la Red hay que tener un alto nivel de conocimientos previos. Para saber qué sitios son fiables y qué noticias merecen crédito, e interpretarlas correctamente de acuerdo con el contexto, hay que tener elementos previos de valoración que solo se adquieren con educación.

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que nunca habíamos tenido tanta información a nuestro alcance, y sin embargo, nunca había sido tan complicado llegar a hacerse una idea de lo que realmente ocurre. Porque el mundo es complejo. Y porque el exceso de información lo complica aun más. Forma parte de la experiencia cotidiana de mucha gente sentirse angustiado y sobrepasado por acontecimientos que condicionan nuestra vida de un modo a veces radical e imprevisto, y que sin embargo no acabamos de comprender y mucho menos controlar.

Biblio arquitecLa crisis económica es un buen ejemplo. Se han publicado millones de artículos sobre el tema, la información está ahí, disponible para cualquiera. Y sin embargo, mucha gente no tiene una idea clara ni de sus causas ni del alcance de sus efectos. El mundo se parece cada vez más a una selva en la que no sabemos cómo movernos. Sabemos lo que nos pasa, pero muy poco de por qué nos pasa, y menos aún como evitar que nos pase.

La cuestión adquiere especial trascendencia en este momento de transición de un modelo de sociedad, el industrial, a otro que aun no está del todo definido, pero cuyo elemento diferencial es el incremento de las desigualdades. Los mecanismos de inclusión y exclusión social siempre han tenido que ver con el acceso a la información y el dominio de las tecnologías. En la sociedad que emerge de la tercera revolución industrial, las diferencias sociales no se medirán tanto en términos de capacidad económica como de acceso al conocimiento. En términos de conexión o desconexión.

Si quedamos desconectados —por una crisis personal, un trastorno mental, una incapacidad transitoria— o se rompe alguno de los vínculos que nos anclan en la vida social —los estudios, el trabajo, la vivienda— el camino a la exclusión puede ser muy corto, como hemos visto en esta crisis. Gente que hace muy poco se consideraba culta y acomodada, está en ahora paro tiene que recurrir al banco de alimentos. Nadie parece a salvo de un cambio de suerte.

En este contexto de incertidumbre, la educación emerge, más que nunca, como un elemento crucial. Pero no una educación acotada al primer tercio de la vida y entendida como un sistema de acumulación de conocimientos para un futuro productivo, sino una educación permanente y a lo largo de toda la vida, que nos permita adaptarnos a un mundo cada vez más complejo y acelerado. Se trata de aprender a aprender. Y de aprender a utilizar lo que hemos aprendido.

La necesidad está ya ahí pero carecemos de estructuras públicas que garanticen este modelo de educación a lo largo de la vida. De modo que su satisfacción queda en manos del mercado y ya sabemos que el binomio conocimiento/mercado tiende al elitismo, a la segregación social. El que puede pagarse el reciclaje, prospera. El que no, retrocede. Necesitamos estructuras que faciliten el acceso público al conocimiento a lo largo de la vida. Pero no a un conocimiento cualquiera, sino a un conocimiento relacional, basado en la realidad cambiante, que nos permita captar el contexto e interactuar con él. El conocimiento necesario para seguir conectados y ejercer una ciudadanía crítica, responsable y comprometida.

Esta reflexión surge al hilo de una iniciativa que me ha parecido muy interesante porque camina en esa dirección: la creación de la Fundación Biblioteca Social, promovida por Adela Alòs, cuyo objetivo es “contribuir a compensar los desequilibrios sociales apoyando proyectos de las bibliotecas públicas dirigidos a los sectores más vulnerables de la sociedad”. De nuevo la ciudadanía, poniendo su granito de arena.

 

Ilustraciones: Biblioteca municipal Jaume Fuster (arriba) y biblioteca Compte Urgell, ambas en Barcelona. Massimiliano Minocri/ Marcel.lí Sàenz.

Estallidos

Por: | 12 de junio de 2014

Y de repente la ciudad olímpica, una de las perlas mediterráneas del turismo de cruceros, la capital de ese trozo de España que ha saltado a la prensa internacional por la reivindicación pacífica de su derecho a independizarse, vuelve a ser noticia, pero esta vez con perturbadoras imágenes de fuego y furia. Durante cinco días, a ambos lados de la plaza de Sant Jaume cunde el pánico. Y no solo porque la imagen de Cataluña puede verse enturbiada y alterado el mismo proceso soberanista, sino porque en el retrovisor de la memoria aparecen de repente los coches quemados de la banlieu de París, los escaparates rotos de Tottemham y del centro de Londres, las humaredas de Estambul y las barricadas de Gamonal. El alcalde Xavier Trias lo tuvo pronto claro: hay que aplicar un cortafuego. Y en este caso, el cortafuego fue ceder en todo.

PeticionImagenCA0G52XFDe momento ha funcionado. Pero ¿qué tienen en común todos esos conflictos? Mucho. Son estallidos contagiosos de malestar, que derivan hacia formas violentas y que rápidamente se extienden alimentados por un descontento general cuyo poder inflamable los poderes institucionales no saben calibrar bien. Todos ellos han prendido por una chispa inesperada y todos han tenido una misma evolución: igual que se encienden, se apagan. Han durado relativamente poco tiempo y una vez que los equipos de limpieza han recogido los cristales rotos, todo parece volver a su cauce. Y sin embargo, en el aire ha quedado la certeza de que el agua puede volver a salirse de madre en cualquier momento.

La percepción de que la violencia puede estallar provoca efectos muy distintos según la posición ideológica. En las fuerzas conservadoras, un deseo compulsivo de extremar el control de la calle, imponiendo un modelo de seguridad en el que el orden público pasa por encima de todo, incluidas las libertades. Y en las fuerzas tradicionales de izquierda, una gran confusión sobre cómo actuar y cómo canalizar la rabia contenida.

Sin abonar ni justificar la violencia, las fuerzas progresistas tratan de analizar sus causas. Comprenden, por ejemplo, que esos jóvenes de las barriadas periféricas de París, tercera generación de inmigrantes, sientan rabia y se rebelen. Sus abuelos fueron explotados, pero vivían infinitamente mejor que antes de emigrar y eso les compensaba. Los padres eran ya franceses, y se esforzaron mucho, pero nunca salieron del gueto. Y ellos, sin ningún vínculo ya con el país de origen que pueda poner en valor lo mucho que ha ganado su familia, sienten que en el fondo no son “del todo” franceses, que nunca han tenido las mismas oportunidades, y no quieren seguir viviendo, como sus padres, de los subsidios públicos.

PeticionImagenCACQA6N5Comprenden también que, entre los malestares que se han expresado en el conflicto de Can Vies, está el de una generación de jóvenes que percibe que poco a poco las seguridades colectivas que construyeron sus padres y sus abuelos, el modelo social europeo, está siendo destruido y el que le sustituye les deja sin trabajo y a la intemperie. Y que la ciudad inclusiva de la que algún día se habló está transformándose en una metrópoli crecientemente polarizada.

Cuidado con las ilusiones rotas. Lo dijo el miércoles en Barcelona el arzobispo surafricano Desmond Tutu en un acto organizado por ECAS (Entidades Catalanas de Acción Social): “Todo el mundo sabe que la razón por la cual tenemos tanta violencia es, en gran parte, la desigualdad. Cuando la gente se siente desesperada y percibe que no tiene futuro, actúa desesperadamente. El germen de la violencia está ahí”. Lo ve en las grandes desigualdades de una Suràfrica que ha sabido vencer, gracias a gente como Mandela o él mismo, el terrible apartheid, pero no la gran brecha social, un abismo. “Cuando ves aquellas enormes barriadas pobres y ves a la gente que no tiene para alimentar bien a sus hijos, que baja por la mañana y se pelea por un puesto en un autobús atiborrado para ir al centro a servir a los ricos, y luego vuelve por la noche con el mismo autobús a la miseria en la que vive, te preguntas cómo es que todavía no han estallado. Hemos luchado mucho por la reconciliación, pero si no se acorta rápidamente la enorme distancia entre ricos y pobres, tendremos que decir adiós a la reconciliación”, advirtió.

La brecha también crece en las sociedades avanzadas. Como recordó en el mismo acto el sociólogo Sebastià Sarasa, las grandes metrópolis industriales han tenido que reconvertirse y buscar nuevas actividades que den suficientes ingresos fiscales. Las administraciones locales han tenido que recurrir a los mercados y competir en una subasta a la baja para ofrecer un “entorno amigable” a los capitales internacionales. El coste está siendo una polarización social creciente entre unas élites cada vez mejor retribuidas, instaladas en esos entornos confortables, y amplias capas populares con bajos salarios, precariedad y alto riesgo de exclusión, ubicadas en periferias o centros urbanos cada vez más degradados.

Todo eso está detrás de los estallidos sociales. Cualquier chispa puede encenderlos.

 
 

Sobre el autor

Milagros Pérez Oliva. Me incorporé a la redacción de EL PAÍS en 1982 y como ya hace bastante tiempo de eso, he tenido la oportunidad de hacer de todo: redactora de guardia, reportera todoterreno, periodista especializada en salud y biomedicina, jefe de sección, redactora jefe, editorialista. Durante tres años he sido también Defensora del Lector y desde esa responsabilidad he podido reflexionar sobre la ética y la práctica del oficio. Me encanta escribir entrevistas, reportajes, columnas, informes y ahora también este blog. Gracias por leerme.

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