Cosas que importan

Cosas que importan

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad. En este espacio habrá mucho de búsqueda, de exploración, de reflexión sobre las cosas, pequeñas y grandes, que nos pasan. Y sobre algo que condiciona, cada vez más, la percepción que tenemos de lo que ocurre, la comunicación.

Los "lobbys" no hacen escraches

Por: | 20 de abril de 2013

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Tanto escándalo con los escraches, y ya se ha visto el poder de coacción que tiene este denostado procedimiento de protesta. Nulo. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca los había convocado para presionar a los diputados del PP para que adoptaran las propuestas contenidas en la iniciativa legislativa popular que había presentado en el Congreso de los Diputados con el aval de casi un millón y medio de firmas. El movimiento había cosechado un primer éxito al torcer la pretensión inicial del PP de no tomar siquiera en consideración el proyecto legislativo. La rectificación hizo albergar esperanzas de que, con la ayuda de la oposición parlamentaria y la presión ciudadana, las propuestas de la plataforma pudieran tener recorrido legislativo. Ya se ha visto que no. El PP ha aplicado el rodillo de su mayoría absoluta no solo para evitar que la iniciativa legislativa popular llegara a votarse, sino para que el proyecto de ley refundido, en cuyo contenido no se reconocen ni la plataforma ni los partidos de la oposición, pueda salir adelante sin tener siquiera que ser debatido en el pleno del Parlamento.

A este proceder, en puridad, no se le puede llamar coacción, porque es legal, pero es una afrenta para los ciudadanos que apoyaron la iniciativa y supone el desprecio prepotente de este procedimiento de participación ciudadana en las tareas legislativas. Semejante burla no deja de ahondar la crisis de intermediación en la que ha caído la política representativa. 

Toda la polémica creada en torno a los escraches ha sido utilizada además para distraer la atención de lo fundamental: el colosal conflicto de intereses que se dirime en esta ley. Lo que se decide es quién y en qué medida ha de pagar esta parte del desaguisado de la burbuja inmobiliaria. Si los costes derivados de la crisis financiera se han de repartir de forma más equitativa entre el deudor y el acreedor, o ha de recaer fundamentalmente como hasta ahora sobre el desahuciado.

PolisCada parte ha sacado sus mejores armas. Y ya se ha visto que eran muy desiguales. Simplificando: lobbys contra escraches. Pese al escándalo que ha rodeado el “acoso” público a los políticos en la puerta de sus casas, los escraches han demostrado infinitamente menos poder de persuasión e intimidación que el que ha logrado ejercer, con la discreción de las serpientes, el sistema bancario. La “presión de los pobres” como se ha bautizado a estos escraches, es alborotadora y molesta. El lobby de mantel en cambio es discreto y no solo es mucho más agradable para sus señorías, sino también mucho más efectivo. Y sobre todo, no perturba la paz de las calles, no rompe las reglas del juego.

Ocurre sin embargo que estas reglas son cada vez más discutidas. Cada vez hay más gente dispuesta a saltar por encima de ellas, dada la nula efectividad de los canales previstos para defender sus legítimos intereses. Se podrán discutir las formas y los límites que han de tener los escraches, pero no cabe duda de que son una respuesta defensiva frente a la insensibilidad de los gobernantes. Y si han causado tanta incomodidad es por lo que rtienen de transgresión de unas reglas percibidas como tramposas por quienes no tienen otro modo de presión que llevar a la calle su desesperanza

Se puede  acosar y oprimir por decreto, llevar a las personas a la miseria sin que hayan tenido nada que ver con la crisis financiera que les ha sentenciado, se puede indultar con descaro a los poderosos y hasta cambiar toda una legislación para beneficiar a una sola persona si es un banquero, pero no se puede “señalar” a quienes cometen tales atropellos. Y por supuesto, no se puede someter a escarnio público a quienes, con el poder que les ha concedido la ciudadanía, lo permiten.

Resulta sorprendente la vehemencia que han puesto en la defensa de la esfera privada de los políticos unos cargos electos que comparten escaño y hasta consejo de ministros con quienes no solo no hacen esos distingos a la hora de relacionarse con el poder económico, sino que en su vida privada aceptan confetis y prebendas a través de los vasos comunicantes que han establecido entre sus cargos públicos y sus cuentas corrientes.

TresLos escraches han puesto en evidencia las enormes carencias de un sistema de representación política que no contempla la rendición de cuentas más allá de las elecciones que se celebran cada cuatro años. Un sistema que permite que los cargos electos puedan transgredir el contrato que establecieron con el ciudadano a través del programa electoral cada vez que le convenga sin tener que dar explicaciones a nadie más que a quien les ha colocado en las listas.

Los escraches son perturbadores, ciertamente, pero ni son "nazismo puro" como sostiene Dolores de Cospedal, ni la expresión de un "anarquismo disolvente" como dice Felipe González. Quienes los califican con tanta severidad deberían preguntarse por qué estas protestas han tenido y siguen teniendo tanto apoyo ciudadano. Hasta un 89% de quienes respondieron hace un mes a la encuesta de Metroscopia para EL PAÍS expresaron su apoyo a ellas. Y a pesar de la feroz campaña de criminalización lanzada por el PP contra la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y su líder, Ada Colau, el poyo seguía siendo hace unos días del 78%.

La Plataforma de Afectados por la Hipoteca valora suspender de momento la campaña de los escraches. Pero la crisis se ha cerrado en falso. Puede que de momento este modo cínico de ejercer el poder se haya salvado, pero también puede ocurrir que el deteriorado sistema de representación que lo ampara no sobreviva mucho tiempo para contarlo. Y hasta es deseable que esto suceda.

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La vida en tres tercios

Por: | 21 de marzo de 2013

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Un tweet de Antonio Caño me condujo a un artículo publicado en el dominical del The New York Times en el que Erin Callan, que había sido directora financiera del banco de inversiones Lehman Brothers, exponía sus amargas reflexiones sobre su vida de alta ejecutiva. El título me enganchó inmediatamente pues planteaba una cuestión que, tras cinco años de inmisericorde crisis económica, ha pasado a formar parte del paisaje cotidiano. "Is there life after work?" "¿Hay vida después del trabajo?"

Erin Callan explicaba en ese artículo que cuando trabajaba para Lehman Brothers, su vida entera giraba en torno al trabajo y era tan entusiasta y tenía tanta energía que cuando alguien le preguntó a su marido qué hacía el fin de semana, imaginando que habría estado escalando o algo por el estilo, él contestó la verdad: dormir. Dormir para recargar baterías y afrontar con energía la muy estresante, competitiva y absorbente vida entre las cristaleras de Leman Brothers, repletas de "amos del universo" dispuestos a todo para aumentar la cuantía de sus "bonus".

Mientras leía su testimonio venían a mi cabeza las terribles primeras escenas de la película Margin Call, en las que puede verse cómo un equipo de "ejecutores" llega de repente a la sede del banco y va llamando, por sorpresa y sin previo aviso, uno a uno, a los que ese día tendrán que pasar por el pelotón de ejecución de un despido fulminante. La notificación es irreversible y conforme las palabras que lo materializan salen de boca de los tecnocráticos verdugos, se van cortando materialmente los hilos del cordón umbilical que hasta ese momento les unía a la empresa: la cuenta del teléfono móvil, el acceso al servidor, la tarjeta corporativa....

Erin Callan no explica si a ella también la despidieron de esa gélida manera, ni si le dieron el ignominioso panfleto psicológico destinado a hacerle ver, por si en ese momento de shock le faltaba clarividencia, que el despido no era un asunto "personal" y que lo mejor que podía hacer era tomárselo como una "oportunidad". La oportunidad de un "nuevo comienzo", como se decía ambién en los muy profesionales y expeditivos despidos que habíamos visto en la película Up in the air.

Lo que sí explica Erin Callan es que se sintió devastada. Hasta ese preciso momento, su vida había girado por entero en torno a su carrera profesional y, aunque tenía familia y amigos, apenas era consciente "del resto de su vida". Ahí estaba el problema. Después de 20 años de entrega absoluta, de no vivir su vida, había sido declarada redundante, prescindible, en algún remoto despacho. En el aturdimiento que siguió a la brusca ruptura de esquemas, tenía dificultades incluso para saber siquiera quién era. Porque ella, hasta ese momento, solo era "lo que hacía".

ImagesCAK8EUECLe costó sobreponerse. Ahora, Erin Callan parece haber encontrado el sentido del "conjunto" de su vida, pero se da cuenta de que muchos de los deseos del tiempo perdido son ya irrecuperables. Y otros tal vez no, pero en todo caso serán difíciles de alcanzar. Por ejemplo, la oportunidad, a sus 47 años, de ser madre. Su testimonio ha avivado un debate que antes habían planteado otras altas ejecutivas, como Sheryl Sandberg, diectora de operaciones de Facebook, o Marissa Mayer, CEO de Yahoo, sobre el desequilibrio entre la vida y la profesión

Pero creo que, para llegar a sus últimas consecuencias, a Erin Callan le falta dar un paso más en su reflexión. Porque no es solo una cuestón personal. Le falta preguntarse por qué ella y tantos otros se han visto abocados a esa situación. Si, pese a que seguramente en todo momento se sintió libre de tomar las decisiones que tomó y de hacer las renuncias que hizo, era realmente tan libre como creía.

Ciertamente nadie le impedia vivir de otro modo. De hecho, mucha gente decide dar un vuelco a su vida de ejecutivo estresado y abandona en mitad de la carrera. Pero el ejercicio de esa libertad exige una decisión muy radical: renunciar a todo. Estar o no estar en el sistema. Esa es la cuestión. Porque en el modelo profesional que rige, dominado por una competitividad extrema, no se puede estar medias. Quien no esté dispuesto a entregarse en cuerpo y alma, difícilmente sobrevivirá.

Steve Jobs, el creador de Apple, en un discurso dirigido a directivos de las grandes corporaciones les aconsejaba regalar a sus subordinados ordenadores y móviles de última generación, sin reparar en gastos, porque eso redundaría en beneficio de la empresa. De lo que se trataba era de facilitar que todos sus cuadros pudieran trabajar "en todo momento". “A veces una idea genial surge estando en la bañera”, argumentaba. Las empresas no solo exigen una dedicación total a sus cuadros
directivos. Quieren también una identificación total.

Pero las condiciones de este tipo de relación vienen determinadas, en último término, por un modelo productivo general que tiende a dividir la vida en tres tercios, desconexos y hasta antagónicos. El primer tercio, que ya casi llega hasta los treinta, es de preparación. De acumulación de conocimiento, habilidades y destrezas profesionales orientadas a la fase productiva. En este tiempo, en general dependiente, son la familia y el Estado quienes asumen el coste.  

El segundo tercio es el de realización. Comienza al entrar, de forma más o menos estable, en el mercado laboral. Cuando eso ocurre, hay por delante, si hay suerte, treinta años de profesión. Al principio parecen muchos, pero pasan rápido. Enseguida se percibe que hay que ir deprisa y a por todas, porque el tiempo vuela y no se puede perder ninguna oportunidad. Hay que darlo todo en esa etapa que es también de acumulación, pero en este caso de bienes materiales.

Margin-call-pelicula-5[1]La competencia es feroz y si se quiere progresar y llegar profesionalmente vivo a los 60, no se puede descuidar ni un segundo porque, como dice Zygmunt Bauman, en estos tiempos líquidos, “el progreso se ha convertido en algo así como un persistente juego de las sillas en el que un momento de distracción puede comportar una derrota irreversible, una exclusión inapelable”. La amenaza de perder la silla está siempre ahí, omnipresente, de manera que “en lugar de grandes expectativas y dulces sueños, el progreso evoca un insomnio lleno de pesadillas en las que uno sueña que se queda rezagado, pierde el tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad, y que no deja de acelerar”, dice Bauman. La entrega, pues, ha de ser total, y más ahora, sabiendo que a los 55, el profesional más brillante puede ser declarado prescindible. 

Al tercer tercio de la vida pocos entran de forma plácida. Muchos son arrojados a ella abruptamente: o los han despedido o se han ido a pique con la propia empresa. Con suerte, quedan por delante otros treinta años. Pero la jubilación anticipada no supone solo la muerte profesional. En muchos casos puede significar también la muerte civil. Y en aquellos que durante el tercio productivo han confundido el ser con el hacer, tal vez un pasaje a la depresión. Treinta años improductivos, cualquiera que sea la experiencia y la sabiduría acumulada, de caída forzosa de los ingresos y sin otro horizonte que esperar el declive final.  

La vida en tres tercios. Este es el modelo y no resulta fácil escapar de él. El primero de preparación y espera para llegar al segundo, tan absorbido por el trabajo que se dejará de lado “el resto de la vida” para poder alcanzar en buenas condiciones el tercero, al que de todos modos se llegará exhausto. En esta cultura mercantilista en que todo tiene un precio, ¿qué valor contable le damos a la vida que hemos dejado de vivir? ¿Qué sentido económico tiene explotar hasta hasta anularla la vida de una persona, y tirar después por la borda sus altas capacidades sin la menor consideración? 

¿No sería mejor un poco más de armonía vital, unas transiciones más suaves en las diferentes etapas y un mejor balance entre vida y profesión? Para eso haría falta cambiar muchas cosas.

 

Imágenes: Cartel publicitario de Margin Call; Eric Callan, alta ejecutiva de Lehman Brothers, y Demi Moore, actriz que encarna a una directiva del mismo banco en la película.

La pendiente resbaladiza del socialismo

Por: | 01 de marzo de 2013

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Por primera vez desde que en 1977 decidieron unir sus destinos políticos, la cuestión territorial ha abierto una brecha entre el PSC y el PSOE que puede tener importantes consecuencias sobre la política española. Aunque la tensión viene de lejos, la crisis ha estallado después de que 13 diputados catalanes votaran en el Congreso a favor de una propuesta sobre el derecho de Cataluña a decidir su relación con España. Rompían así, por primera vez, la disciplina de voto del grupo parlamentario socialista, en un claro desafío político que obliga a revisar las relaciones que ambos partidos mantienen. Pero en esta crisis no se dirime solo una cuestión de autoridad, de quien debe lealtad a quien. La fractura que divide a los socialistas españoles y catalanes es una consecuencia directa de los cambios que se han producido en las relaciones entre Cataluña y España y por tanto, va mucho más allá de una mera cuestión interna.

El nudo del problema está en que, siendo dos partidos diferentes, cada uno de ellos percibe las posiciones del otro como una amenaza. El PSC sufre en Cataluña una fuerte presión para posicionarse en favor de una agenda soberanista que no ha elegido y que tampoco dirige, pero que puede determinar su futuro, pues depende de cómo se posicione, puede incluso dejar de ser una fuerza política relevante en Cataluña. Al PSOE, por su parte, la tensión territorial provocada por el órdago catalán le coloca en una situación incómoda y teme que cualquier gesto que pueda ser interpretado como una concesión a la agenda soberanista, le penalice electoralmente en el resto de España. Esa es la tensión que ha estallado con la votación del pasado martes. La cuestión está ahora en ver si ambos partidos serán capaces de buscar un punto de encuentro que pueda ser satisfactorio para sus respectivos y antagónicos intereses. 

Las primeras reacciones no invitan al optimismo. De momento ambas direcciones están de acuerdo en revisar el marco de relación establecida hasta ahora, pero con objetivos antagónicos. Mientras importantes sectores del PSOE quieren aprovechar esta revisión para atar en corto al PSC, incluso repecto de sus posiciones en Cataluña, los socialistas catalanes no solo quieren preservar su condición de partido soberano, sino que reclaman una mayor capacidad de decisión y autonomía cuando se voten en el congreso de los Diputados cuestiones relativas a Cataluña. Y si puede, recuperar el grupo parlamentario propio que tuvo al comienzo de la transición.

Aunque ambas direcciones hacen votos por el diálogo, el riesgo de ruptura no es desdeñable. Después de la polémica votación, algunos destacados dirigentes socialistas esgrimido la amenaza de que el PSOE se presente en Cataluña al margen del PSC si este no abandona sus posiciones. No es la primera vez que eso ocurre, pero el hecho que ahora se explicite sin tapujos la amenaza indica que hay sectores del PSOE dispuestos a pasar el Rubicón y que ya han calculado los costes. No es un detalle menor que Fernández Vara planteara esta posibilidad en TVE después de afirmar que perdió las elecciones en Extremadura por culpa del Estatut.

PeticionImagen[2]Adentrarse en este tipo de cálculos supone situar al socialismo en una pendiente resbaladiza muy peligrosa. Fernández Vara puede pensar que una ruptura con el socialismo catalán tal vez pueda beneficiarle electoralmente en Extremadura, pero la división del voto socialista en Cataluña haría mucho más difícil que el PSOE pudiera gobernar de nuevo en España. Quienes contemplan la posibilidad de una ruptura deben meditar mucho sus consecuencias sobre la posición en que quedaría el propio PSOE frente al problema territorial. Los cambios operados en la sociedad catalana respecto de su valoración del proceso autonómico son una realidad que desde luego se puede ignorar, pero no sin consecuencias. Un PSOE polarizado sobre la última letra de su sigla supondría, paradójicamente, alinear al socialismo con la posición que ha venido combatiendo, la de los nacionalismos excluyentes. Supondría asumir que el PSOE es ante todo un partido nacionalista español confrontado con los nacionalismos llamados periféricos. Y si el PSOE se deja arrastrar al negacionismo del pacto territorial que abandera el PP, España perderá una fuerza política capaz de mantener los puentes de diálogo con Cataluña y ofrecer a todos, incluidos los catalanes, un proyecto de España integrador.

La ruptura tendría también consecuencias para el PSC y el ecosistema político catalán. Si en Cataluña entra en crisis la fuerza política que desde el inicio de la transición ha vertebrado la cohesión social de los catalanes de diferentes orígenes, la fractura política puede derivar en fractura social. Y si el socialismo catalán pierde su capacidad de influencia e interlocución con el PSOE, el resultado solo puede ser una mayor debilidad para el socialismo y una mayor tensión en favor del independentismo.

De una fractura como esta, ni el socialismo ni España saldrían bien parados. Y se reforzaría la estrategia del PP de revisar los pactos de la transición por la vía de imponer de facto una interpretación de la Constitución tan restrictiva que suponga un retroceso a planteamientos preconstitucionales.

Son pues los pactos de la transición los que están en juego. Y en este escenario, quien más puede perder es el socialismo. En Cataluña y en España. Y quien más tiene a ganar, en Cataluña y en España, son los nacionalismos radicales, que se retroalimentan con su propio enfrentamiento. El PSOE puede presentarse en Cataluña con sus propias siglas, desde luego. Pero cómo, ¿enfrentado al socialismo catalán? ¿Con el discurso del nacionalismo españolista? Ese espacio está ya muy bien defendido por el PP y Ciutadans. De la división del socialismo el PSOE solo puede esperar una pérdida, que puede ser dramática, de votos y de fuerza en Cataluña. Y ni siquiera es seguro que esa maniobra le diera más votos en Extremadura o en Andalucía. Porque puestos a defender el nacionalismo españolista, el PP siempre será también más convincente y atrevido.

En el PSOE se ha instalado la idea de que el PSC ha dejado de ser un socio fiable y que la culpa de todo la tienen unos líderes socialistas catalanes que se han dejado arrastrar a posiciones nacionalistas. El PSC por su parte considera que el PSOE no ha sabido defender a tiempo y con suficiente convicción una propuesta federal y que ya no es capaz de resistir el arrastre del nacionalismo españolista del PP. Que ya no piensa en “los pueblos de España” sino de la unidad de España.

PeticionImagen[6]En cuanto al motivo que ha dado lugar a la actual crisis, la petición de que el Gobierno de España negocie con la Generalitat la convocatoria de una consulta en las que los catalanes puedan expresar sus preferencias sobre su relación con España, no es algo nuevo ni coyuntural. Ya los Pactos de Abril que dieron lugar a la candidatura única de los diferentes partidos socialistas en las legislativas de 1977 y posteriormente a su unificación en una sola sigla, la del PSC (PSC-PSOE), entre los seis acuerdos de principio en los que se basa el proceso de unidad figuraba, en quinto lugar, “El reconocimiento del derecho a la autoderminación a las nacionalidades y pueblos del Estado español”. El acuerdo precisa que el nuevo "partido plenamente soberano configurará la organización política del socialismo en Cataluña y su articulación con el PSOE”, y añade que “en su propio ámbito, las organizaciones socialistas de las diferentes nacionalidades y regiones tendrán soberanía plena”.

El PSOE se articuló en España como una organización federal y el PSC tuvo durante los primeros años de la transición su propio grupo parlamentario, igual que los socialistas vascos, y en todo ese tiempo, nunca votó diferente del PSOE. Si ahora, treinta años después, lo ha hecho por primera vez es porque la brecha que ha crecido entre Cataluña y España alcanza también al interior del propio socialismo.

El drama es que, al defender la consulta, el PSC sintoniza plenamente con su ADN y con las preocupaciones mayoritarias de la sociedad catalana expresadas en las urnas. Y que el PSOE, por su parte, cree que para sintonizar con lo que considera que pueden ser las posiciones mayoritarias en España, tiene que someter al PSC y dejar de hacer suya la reivindicación del catalanismo. Una vez instalados en esta terrible dicotomía, de poco sirve plantearse quién traiciona a quién. Lo que importa es que si rompen, los dos van a perder. 

El discurso del camaleón

Por: | 11 de febrero de 2013

Camaleones-del-madagascar_45087[1]Una parte de la crisis de confianza que vive la política española tiene que ver con las palabras. Y más concretamente, con la banalización de las palabras. Con la facilidad con la que se adueña de la esfera pública un discurso cínico y hasta camaleónico, que despoja a las palabras de su significado. La metamorfosis del relato, en función de la coyuntura, tiene mucho de impostura y en ocasiones incluye una reinterpretación del propio discurso. El objetivo de quienes practican esta forma de distorsión semántica es hacer creer que las cosas no son como son, sino como ellos dicen que son. Y resulta descorazonador observar que muchas veces lo consiguen. Desenmascarar este tipo de distorsiones solo requeriría hacer una pequeña incursión por la hemeroteca, pero estamos tan atrapados en la vorágine de un mundo en permanente aceleración, que apenas tenemos ganas ni fuerzas de mirar atrás. Y si lo hacemos, de poco sirve. Nuevos acontecimientos y nuevas polémicas ocupan ya la esfera pública y así es como el discurso camaleónico puede conseguir sus objetivos sin apenas resistencia.

El discurso del Gobierno sobre la reforma laboral es un buen ejemplo. Un año después de su aprobación en Consejo de Ministros, está claro que la reforma está lejos de dar los frutos que se le atribuyeron. No solo no se ha reducido el paro, sino que ha aumentado. Rozamos, según la última EPA, los seis millones de parados y la tasa de desempleo ha llegado al 26%, igual que en la quebrada Grecia. Un año después, pese a la bajada general de salarios, la contratación sigue bajo mínimos y los pocos contratos contratos que se hacen no son indefinidos, sino tan precarios como los de antes. A pesar de lo cual, el presidente del Gobierno ha dicho que “la reforma laboral está funcionando muy bien”, y la ministra de Trabajo, Fátima Báñez, que se siente “muy moderadamente satisfecha” (sic) por los resultados. 

La realidad, pues, no ha cambiado. Sigue tozudamente igual de mal. Lo que sí está cambiando es el discurso. Lentamente, como se mueve el camaleón

El primer paso consiste en negar la posición anterior. Ahora resulta que nadie del Gobierno dijo nunca que la reforma laboral iba a crear empleo. Nadie dijo tampoco que con un despido mucho más barato, perdón, con mayores facilidades para la salida del mercado laboral, las empresas iban a contratar más. Ni que la reforma serviría para acabar con la terrible injusticia de un mercado laboral dual, en el que una parte de los trabajadores, aquellos que aún tenían contrato indefinido, podían mantener sus privilegios a costa de la precariedad de los más jóvenes, que enlazaban un contrato tras otro porque las empresas no podían soportar los costes laborales de convenios tan onerosos y abusivos. 

Chamaeleo_calyptratus_female[1]Como no ha ocurrido, ahora resulta que tampoco dijo nadie que concediendo a los empresarios, gente emprendedora y constructiva, una mayor discrecionalidad para cambiar las condiciones de trabajo, preferirían ajustar horarios y salarios antes que despedir. Claro que para ello era imprescindible limitar la capacidad negociadora de los sindicatos, cuyo inmovilismo estaba llevando a la ruina a las empresas y al país. Y tampoco se dijo que, si podían reducir plantilla de forma rápida y barata, sin autorización administrativa y sin necesidad de acreditar pérdidas, los empresarios recuperarían la confianza y volverían a invertir y a contratar. Y ya no con contratos temporales, sino indefinidos.

Como nadie del Gobierno dijo nada de todo eso, nadie es ahora responsable de que no haya ocurrido. Aprobada la reforma y sin peligro ya de marcha atrás, el discurso puede entrar en fase de metaformosis para adaptarse a la realidad y, si es necesario, preparar el siguiente paso: lamentablemente, como ya es sabido, una reforma laboral no crea empleo en el corto plazo, y menos en una situación de recesión económica. Ya se sabe que hasta que no se alcanza un crecimiento de por lo menos el 2% del PIB, no es posible crear empleo neto. Habrá que esperar a que la nueva burbuja especulativa, perdón, a que la económía entre en un nuevo ciclo expansivo para que la reforma laboral pueda dar todos sus frutos. Hay que tener paciencia, las reformas de calado requieren su tiempo. Hemos de persistir en el camino emprendido, que sin duda es el correcto, y si realmente dentro de un tiempo observáramos que aún no se crea suficiente empleo, será una señal de que la normativa no es todavía lo suficientemente flexible como para que los empresarios se animen a contratar. En ese caso, habría que revisar de nuevo la ley. En realidad, lo que animaría de verdad a los empresarios es que el despido, perdón, que la salida del mercado de trabajo fuera completamente libre y sin coste alguno. Eso sí que crearía puestos de trabajo.
 
Este tipo de metamorfosis del discurso político implica siempre cierta voluntad de engaño y, como la mentira o la falsedad, daña algo muy importante en democracia: la confianza. El antropólogo Lluís Duch, autor de trabajos de investigación sobre el  valor simbólico del lenguaje, observa en La banalización de la palabra (Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona) que “es fácilmente perceptible, en diversos ámbitos de la sociedad, una profunda y en cierto modo irreparable crisis gramatical, una perversión o al menos una devaluación muy amplia e intensa de la palabra”. "En nuestras sociedades occidentales, la intensa banalización de la palabra humana se origina a partir de una especie de cinismo militante, muy frecuente hoy, que, como una poderosa epidemia, infecta todas las formas de presencia".

Camaleon[1]La desestructuración simbólica, que afecta a muchos ámbitos, desde la religión a la política, corroe según Duch, la confianza perceptiva, que es aquella que “exige una afinada e incansable capacidad crítica, acompañada de una reposada reflexión, ponderación y contextualización”. A diferencia de la confianza espontánea, que se establece a priori y se basa en una fuerte corriente de empatía gratuita, la confianza perceptiva se establece a posteriori y está basada, según Duch, "en el arte de la crítica”.

Este es el tipo de confianza que modula las relaciones profundas de la política, como la adhesión a un proyecto o a una causa. Y esta es la que resulta dañada por la distorsión cínica del lenguaje. El discurso del Gobierno sobre la reforma laboral carece de credibilidad, pero tampoco encuentra ya oposición. La degradación del lenguaje conduce a una desestructuración simbólica que elimina la capacidad crítica y el juicio moral. Si el cinismo se impone, no hay comunicación; los ciudadanos quedan incapacitados para emitir juicios críticos. ¿Cómo criticar algo que se niega que se haya dicho? ¿Como se critica un posicionamiento que cambia en función de la coyuntura? Además, qué parte del discurso se puede criticar ¿la explícita, la implícita, la de antes, la de después?

Discutir ahora sobre las falacias en las que se basó la justificación de la reforma, como las que en su día se utilizaron para justificar la modificación de la ley del suelo que dio lugar a la burbuja inmobiliaria, aparece como un ejercicio inútil, condenado a la melancolía. En realidad, el discurso cínico no busca ocultar la realidad, sino ocultarse. No le importa que se descubran sus falsedades, sus ambigüedades.Lo que busca es aniquilar, por la vía de destruir la comunicación, la capacidad de reacción.

 

Adelson o el síndrome de la racionalidad malsana

Por: | 04 de enero de 2013

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La Asamblea de Madrid aprobó el pasado 27 de diciembre ceder 6 hospitales y 27 centros de salud de la red sanitaria pública Madrid a empresas privadas, para que los gestionen con cargo al presupuesto público. La razón esgrimida para justificar semejante medida es que permitirá un importante ahorro en el presupuesto sanitario pero, tras no poca resistencia a cuantificarlo, el Gobierno de Madrid estimó finalmente que serían unos 200 millones de euros al año. La cifra no es desdeñable en estos tiempos de crisis y las razones del Gobierno podrían ser creíbles si no fuera porque en la misma sesión parlamentaria, y sin que nadie pareciera ruborizarse, se aprobaron reducciones fiscales al juego por valor de 1.800 millones de euros.

¿Hay que hacer semejante movida en la sanidad para ahorrar 200 millones y se perdonan al mismo tiempo y de una tacada miles de millones a un sector tan improductivo y socialmente corrosivo como es el juego? ¿Dónde está la racionalidad económica de esta política? Porque el traje a medida que el gobierno regional ha hecho al magnate del juego Sheldon Adelson para que instale Eurovegas en Madrid incluye rebajar del 45% al 10% el tipo impositivo de las ganancias del juego, que se calcularán sobre una base imponible también rebajada, además de bonificaciones de hasta el 95% en los impuestos de bienes inmuebles, actividad económica y transacciones patrimoniales. ¿Cómo es
posible mantener que hay que privatizar hospitales para conseguir un ahorro que se presenta como ineludible y hacerle al mismo tiempo un regalo económico de esa magnitud al magnate del juego?

Ambas medidas se han presentado como beneficiosas para la sociedad, cuando en realidad esconden una escandalosa transferencia de recursos públicos a grandes corporaciones privadas. Y ambas tienen consecuencias son irreversibles.

En el caso de la sanidad, la decisión implica un cambio de modelo que introduce de forma generalizada la lógica del lucro privado en la gestión de la sanidad pública. Esto supone la ruptura de un sistema que ha demostrado poder ofrecer muy buenos resultados con un coste moderado en comparación con los que se aplican en los países de nuestro entorno. La medida se ha aprobado sin aportar ningún estudio concluyente que demuestre, no ya el ahorro estimado, sino la supuesta mejora en la gestión que se atribuye a la iniciativa privada. La lógica indica que a ese ahorro de 200 millones habrá que añadir el margen de beneficio que las empresas adjudicatarias querrán obtener por su actividad, de lo contrario no optarían al concurso. ¿En cuánto podemos estimar ese margen: un 10%, un 15% del presupuesto gestionen, tal vez? ¿De dónde saldrán esos dividendos? Vista la experiencia británica tras las grandes privatizaciones realizadas bajo el Gobierno de Margaret Thatcher, no resulta difícil deducir de dónde saldrán: de la calidad asistencial.

En el caso de Eurovegas, lo que se ha perdido es la dignidad de la política. Y eso también es irreparable. Es un precedente que instaura un modelo de gestión de la cosa pública con grandes dosis de arbitrariedad. El mensaje que se lanza es que cualquier normativa, ya sea fiscal, laboral o urbanística, puede ser sacrificada en aras a unos supuestos beneficios económicos. ¿Hasta dónde podemos llegar en la aplicación de esta lógica perversa? ¿Qué otros sacrificios se podrán pedir mañana? ¿Ha calculado la Comunidad de Madrid cuánto le va a costar al erario público cada uno de los empleos prometidos en Eurovegas? ¿Ha calculado cuál va a ser el beneficio neto de Adelson y cuánta riqueza se llevará a otra parte gracias a esos privilegios?

Lo ocurrido en esa sesión parlamentaria es un excelente ejemplo de cómo se pueden aprobar medidas contrapuestas con el mismo argumento y cómo se puede apelar a la racionalidad económica para justificar decisiones que no la tienen en absoluto.

Jordi PigemEn un pequeño opúsculo sobre Psicopatología de la racionalidad económica, el filósofo Jordi Pigem traslada al funcionamiento de la economía conceptos acuñados por la neuropsiquiatría pueden ayudar a explicar lo ocurrido en Madrid porque aborda las patologías que afectan al pensamiento económico ultraliberal, que es el que ahora rige en el Gobierno regional. La primera de estas patologías sería el denominado “síndrome de la negligencia”. Se trata de un trastorno de la conciencia que podría definirse como la incapacidad para ver una parte de la realidad. La neurología describió inicialmente este trastorno en personas que, a causa de una lesión en el hemisferio derecho del cerebro, eran incapaces de percibir aquella parte de su cuerpo controlada por el hemisferio izquierdo. Los afectados identificaban como suya, por ejemplo, la mano izquierda, pero percibía la derecha y todo lo que ella hacía como algo ajeno. 

Trasladada a la economía, esta patología explicaría por qué, pese a la abrumadora evidencia de los efectos de determinadas políticas, las estructuras con capacidad de decisión e influencia insisten en ignorarlos o en negarlos. “Es notable”, dice Pijem, “el paralelismo entre el síndrome de negligencia que describe la neuropsiquiatría y las negligencias del pensamiento tecnocrático. Hay muchas cosas que la mirada tecnocrática no ve, por mucho que las tenga a su lado”. Este síndrome, unido a la ofuscación que produce la codicia, explicaría por qué la estructura economía no es capaz de frenar ciertas dinámicas destructivas de su funcionamiento, como la desregulación financiera. O el cambio climático. Se sabe lo que ocurre, pero se ignora.

A este síndrome de la negligencia añade Pigem otra patología no menos perversa, la del "racionalismo malsano" o exceso de racionalismo, que explica, según el autor, por qué la mirada tecnocrática, “a pesar de su culto a la eficiencia, no es un ejemplo de realismo”; por qué “una mentalidad que pone tanto énfasis en la abstracción y en la racionalidad, puede actuar de manera tan irracional”. La teoría del racionalismo malsano como patología surge a partir de los trabajos del psiquiatra Eugène Minskowsy, autor de numerosas obras de referencia sobre la esquizofrenia y los comportamientos esquizoides, y cobra cuerpo a partir de los años noventa con las aportaciones de John Cutting (Principles of Psichopatohology. Oxford University Press 1997), Luois A. Sass (Madness and Modernism. Harvard University Press 1992) y Giovani Stanghellini (Disembodied Spirits and deanimated bodies: the psicopathology of common sense. Oxford University Press, 2004).

El síndrome de la racionalidad malsana, también denominado "ultraracionalidad" ha infectado, según Pijem, el pensamiento económico, sobre todo a partir de Milton Friedman y la Escuela de Chicago. Es una patología caracterizada por la progresiva separación del pensamiento económico respecto de la realidad que gestiona, la constante fuga por los caminos de la abstracción matemática, hasta acabar creando una ficción económica desvinculada de la realidad y ajena a los intereses de la comunidad a la que dice servir. La economista Naomi Klein ha explicado muy bien en su documental La doctrina del shock cómo el pensamiento de Milton Friedman coloniza primero la academia y
luego, de la mano de la política -y a veces de la criminalidad política, como en Chile-, se adueña de los gobiernos de EEUU y Reino Unido y de los organismos económicos internacionales, hasta convertirse, como muestra también el documental Inside Job, en una ortodoxia económica con voluntad de pensamiento único que trata de imponerse en todo el mundo.

La patología de la racionalidad malsana es visible también en las políticas que se aplican en España. Se han emprendido recortes y reformas legales que suponen un cambio de modelo en el Estado de Bienestar, y todas estas medidas se han justificado en la necesidad de salir de la crisis. Todo vale con tal de crear empleo, se dice. Pero ni se sale de la crisis ni se crea empleo. Y si algún día cambia el ciclo y se crea empleo se dirá que ha sido gracias a estas medidas, pero no se dirá que ha sido al precio de renunciar a un modelo cuyos evidentes beneficios sociales la economía ultraliberal ignora por completo porque solo ve lo que le interesa.

En la imagen: Jordi Pigem

 

 

Sobre el autor

Milagros Pérez Oliva. Me incorporé a la redacción de EL PAÍS en 1982 y como ya hace bastante tiempo de eso, he tenido la oportunidad de hacer de todo: redactora de guardia, reportera todoterreno, periodista especializada en salud y biomedicina, jefe de sección, redactora jefe, editorialista. Durante tres años he sido también Defensora del Lector y desde esa responsabilidad he podido reflexionar sobre la ética y la práctica del oficio. Me encanta escribir entrevistas, reportajes, columnas, informes y ahora también este blog. Gracias por leerme.

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