Cosas que importan

Cosas que importan

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad. En este espacio habrá mucho de búsqueda, de exploración, de reflexión sobre las cosas, pequeñas y grandes, que nos pasan. Y sobre algo que condiciona, cada vez más, la percepción que tenemos de lo que ocurre, la comunicación.

Miedo al absurdo

Por: | 26 de marzo de 2015

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La nuestra es una generación afortunada. Me refiero a la española que ahora tiene menos de setenta años. Y también a la europea de menos de sesenta. A diferencia de nuestros padres o abuelos, nosotros no hemos tenido que lidiar con la monstruosidad de una guerra, no hemos tenido que experimentar el terror de encontrarnos en primera línea de fuego ni de esperar con el estómago encogido el azaroso zarpazo de un bombardeo. Ni siquiera tenemos, como en otras regiones del mundo, la amenaza de grandes catástrofes naturales. Hasta la geografía nos obsequia con un trato benigno. De modo que nuestras vidas discurren en general con la apacible perspectiva de que todo discurra según nuestras previsiones. Lo cual no quiere decir que no tengamos contratiempos. Los tenemos. De hecho, vivimos la paradoja de que vivir plena e intensamente las posibilidades que nos ofrece el tiempo que nos ha tocado en suerte, comporta asumir cada vez mayores cotas de riesgo. De modo que gran parte de nuestro esfuerzo está destinado precisamente a tratar de controlar esos riesgos. Queremos vivir con riesgo, pero exigimos la máxima seguridad.

La movilidad es un buen ejemplo. Nuestro modelo social implica ampliar constantemente la capacidad para desplazarnos. Más incluso de lo estrictamente necesario. Viajamos por trabajo, por placer, por ocio. Y, puesto que podemos, recorremos 300 kilómetros en coche o 3.000 en avión para poder pasar un fin de semana en una ciudad desconocida. Pero moverse como lo hacemos implica correr unos riesgos que hay que tratar de controlar. Conforme hemos aumentado la distancia y la velocidad a la que podemos desplazarnos, hemos ido incorporando nuevas exigencias de seguridad, tanto en los vehículos como en las vías. Esa es la dinámica que rige en todos los ámbitos: optimizar al máximo las posibilidades y reducir al mínimo los posibles riesgos. Precisamente porque es la más arriesgada, la movilidad aérea es también la más segura: 2,3 accidentes por cada millón de vuelos.

Aceptamos, en general, la posibilidad de un accidente porque es el precio que hemos de pagar por el beneficio del viaje. Lo mismo ocurre con otros aspectos de la vida. Pero tenemos una relación muy ambivalente con el riesgo. En general, nuestra cultura muestra una gran intolerancia frente a los riesgos que dependen de otros y en cambio, una gran tolerancia con los que hemos asumido libremente. No toleramos un efecto adverso inesperado en un medicamento, un error médico o un fallo de seguridad en un servicio público, pero al mismo tiempo ponemos nuestra vida en peligro fumando, bebiendo, conduciendo a 160 kilómetros por hora o practicando deportes de aventura extrema.

Estamos preparados para asumir los riesgos derivados de nuestras elecciones y en menor medida, los que dependen de factores ajenos en la medida que nos reporten beneficios. Para lo que no estamos preparados en absoluto es para el riesgo absurdo, el que no tiene explicación posible, aquel que depende de otros y además es caprichoso. Cuando algo falla, emprendemos el ritual de la revisión y la mejora. Cada accidente se convierte en una oportunidad para incrementar la seguridad. Lo que, en algunos casos, puede tener también efectos ambivalentes: el mecanismo habilitado tras el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York para que los pilotos pudieran bloquear la entrada a la cabina frente a posibles intentos de secuestro es lo que ha permitido ahora al copiloto de Germanwing impedir la entrada del comandante y estrellar el avión.

Si el accidente se hubiera debido a un fallo humano o técnico, siempre hubiéremos tenido el consuelo de tener una causa racional susceptible de mejora y control. Pero una causa como la que ha derribado el avión de Germanwing nos deja desnudos ante la fatalidad más absurda. Allí donde precisamente todo está más controlado, allí donde se dan los mayores estándares de seguridad, es donde el absurdo, lo impredecible, es capaz de hacer estallar la fortaleza que creíamos mejor protegida. De repente nos encontramos con que el azar se cuela de nuevo por las rendijas de nuestro miedo. Ya sabemos que no existe el riesgo cero. Pero este riesgo es el que más miedo nos da, el que más nos perturba, porque es el que menos podemos controlar.

 

Imagen: Varios estudiantes encienden velas y dejan flores en memoria de los fallecidos en el accidente aéreo de los Alpes franceses frente al colegio Joseph- König de Halter am See. EFE/Rolf Vennenbernd

 

 

Romper el monopolio masculino

Por: | 12 de marzo de 2015

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Llega de nuevo el 8 de marzo, día Internacional de la Mujer, y de nuevo las estadísticas nos sitúan ante una realidad que no ofrece la más mínima posibilidad de complacencia. La brecha salarial entre hombres y mujeres no solo continúa siendo alta en toda la Unión Europea, sino que en algunos países como España, incluso se ha incrementado en los últimos años. Como ocurre con la desigualdad social, los costes de la crisis también se reparten de forma desigual entre los dos sexos.

Y no es por falta de normativa. Una directiva comunitaria obliga a la igualdad salarial desde 2006 y todos los países tienen normas que prohíben la discriminación salarial. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Conforme avanzamos por la senda de la desregulación y el salario se descompone en partes fijas y variables, en complementos, bonos, incentivos y pagos en especie, se multiplican las ocasiones de discriminación. Por esa creciente variabilidad se cuela la más vieja de las leyes de la selva, la del dominio del fuerte sobre el débil.

Las mujeres cobran en España, según el último informe de Eurostat, un 19,3% menos que los hombres por el mismo trabajo, frente al 16,6% de la zona euro. Pero si se tiene en cuenta el conjunto de la vida laboral, la brecha es aún mayor pues, en igualdad de capacitación, ellas ocupan con frecuencia puestos inferiores y permanecen en general más tiempo en la misma categoría. Dicho de otro modo, ellos se promocionan antes y escalan mucho más. Y cuando se jubilan, ellas se van a casa con una pensión un 40% inferior a la de los hombres.

Sociedad del conocimiento

Pese a vivir en la llamada sociedad del conocimiento, en la que se supone que ya no cuenta tanto la fuerza física, la testosterona o la habilidad para guerrear, el predominio masculino sigue fuertemente anclado en todos los procesos, y muy especialmente en las posiciones de decisión.

Pero la brecha salarial es crecientemente injusta en la medida en que las mujeres cobran menos a pesar de llegar al mercado laboral cada vez mejor preparadas y estar incluso, en muchas profesiones, más cualificadas que los hombres. En estos momentos, el 60% de los licenciados en la Unión Europea son mujeres. Y hay ámbitos tan importantes e intensivos en fuerza de trabajo como la sanidad, la enseñanza o la justicia — profesiones que exigen además una larga preparación— en los que no solo las mujeres son mayoría sino que pueden acreditar en conjunto mejores calificaciones académicas que los hombres. Y sin embargo, apenas se ven mujeres en puestos de dirección.

Más de treinta años después de que el feminismo lograra imponer leyes de igualdad, la situación no mejora para las mujeres en la medida que cabía esperar. Y en algunos casos, incluso se retrocede. En muchos ámbitos, están más preparadas y peor pagadas que los hombres, cuando tendrían que cobrar más. ¿Qué más tienen que hacer las mujeres para que definitivamente puedan ocupar el puesto que les corresponde y ser retribuidas de acuerdo a su valía y sus méritos?

Del discurso a la realidad

La política oficial ha asumido el discurso de la igualdad, pero ahora vemos que ese discurso es tan falso como cínico. La vieja política ha demostrado tener una gran capacidad de engaño. Ha logrado hacer creer que asume el imperativo de la igualdad, pero no hace lo necesario para alcanzarla. Habrá que ver si quienes invocan la necesidad de una nueva política son capaces de cambiar también estas premisas. Las políticas basadas en la voluntariedad y la recomendación ya se ha visto lo que dan de sí. Si la voluntariedad no funciona, habrá que probar con la obligación.

En estos momentos se discute en Europa sobre la forma de aumentar la presencia de mujeres en los consejos de administración y puestos directivos de las empresas. Las grandes corporaciones que cotizan en bolsa apenas tienen un 18,6% de directivas. En España, aún menos: el 15,1%. Solo los países que aplican políticas de igualdad desde hace tiempo y con probada convicción, como Finlandia o Noruega, han logrado alcanzar porcentajes del 30% y el 40% respectivamente. Y esa convicción incluye una política de cuotas obligatorias.

La presidenta de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), Elvira Rodríguez, ha dicho que la presencia de las mujeres en los consejos de administración de las empresas ha de ser por carrera y no por ser mujer. ¡Por supuesto! Que no se preocupe la señora Rodríguez por esta cuestión: en un sistema de cuotas obligatorias, la carrera por méritos está asegurada, puesto que hay mujeres de sobra con preparación suficiente para asumir el reto. De hecho, si fuera solo por carrera y cualificación, las mujeres ya serían mayoría en muchos ámbitos. Por ejemplo en los órganos de gobierno de las universidades, de los hospitales, en las altas estructuras de la administración pública, en las cúpulas de los centros de investigación y hasta en las salas de los Tribunales Superiores de Justicia. Pero ella sabe que si no es así, no es por carrera, sino porque son mujeres. De modo que, desmontada la falacia de la falta de preparación, ha llegado la hora de darle la vuelta a la tortilla y acabar de una vez con el monopolio que los hombres ejercen sobre los puestos de decisión, muchos de ellos no porque estén más preparados, sino porque son hombres.

Muchos ojos, pocas manos

Por: | 10 de febrero de 2015

Hace unos días, entrando en Barcelona por la Diagonal, me sorprendió una enorme pancarta colgada en la balconada de un edificio en la que se leía un mensaje ciertamente estridente: “Fora inútils polítics”. Ignoro los motivos, porque no se daban más pistas, pero la frase me resultó extremadamente inquietante. ¿Qué quería decir exactamente? Porque no es lo mismo pedir que se vayan los políticos inútiles, con lo que podríamos estar de acuerdo, que pedir que se vayan los inútiles de los políticos. Eso es otra cosa. La generalización implica un nivel de descrédito de la política que resulta peligroso. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Es cierto que la política no se agota, ni mucho menos, con la actividad de quienes la ejercen, pero la acción política siempre necesitará de intermediaciones más o menos profesionalizadas. Se puede y debe discutir si los actuales formatos y formas de ejercer la política sirven o no a los fines de la democracia, que es representar los intereses de la ciudadanía. Desde luego, hay razones sobradas para la crítica. El sistema surgido de la Transición primó el papel de los partidos políticos como instrumento central de la política. En una sociedad que llevaba décadas de dictadura tenía sentido reforzar el papel de los partidos como instrumento de participación política y como medio de reclutamiento y formación de líderes políticos. Pero con el tiempo y la ayuda de una ley electoral que ha favorecido el bipartidismo, los partidos que se alternan en el poder han aprovechado las ventajas que les otorgó la arquitectura diseñada en la Transición para colonizar todo el espacio institucional, de modo que aquellas estructuras creadas para canalizar y facilitar la pluralidad política, han acabado asfixiándola.

El resultado es que los partidos llamados “de gobierno” han evolucionado de tal manera que parecen más empresas destinadas a conquistar y retener el poder que instrumentos para canalizar la participación política. Reducidos a una maquinaria electoral, sus dirigentes se han venido eligiendo por un sistema en el que priman más los criterios de afinidad y lealtad, es decir, de sindicación de intereses personales, que en cualidades políticas y capacidad de liderazgo.
El resultado ha sido un empobrecimiento de las élites políticas. Lo que impera es un sistema que da a unas pocas personas situadas en las cúpulas de los partidos un poder casi absoluto sobre todos los niveles de la administración. Es decir, sobre los presupuestos que controlan esas administraciones. Los mecanismos de elección partidaria tienden a expulsar fuera del sistema a quienes se mueven por otros impulsos o no se avienen, por razones éticas o de exigencia política, a las reglas de ese ecosistema.

Mediocridad política y corrupción son, en realidad, dos caras de la misma moneda. Si se rebaja la exigencia ética y se evita cualquier rendición de cuentas, no es extraño que aquello que empezó siendo una conducta corrupta para favorecer al partido y asegurar su permanencia en el poder, acabe siendo un sistema que generaliza la corrupción en todos los niveles de la gestión pública. Y lo hace anulando la capacidad de los organismos de control y contrapesos creados para ejercer la vigilancia del poder, y propiciando una cultura de lo público que considera legítimo utilizar los resortes de la política para defender intereses privados. O para enriquecerse.

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No es casualidad que uno de los eslóganes del movimiento 15-M, que fue la primera reacción que surgió a este estado de cosas, fuera precisamente “no nos representan”. Una forma de defenderse por parte de quienes se consideran atacados es acusar a quienes les señalan como casta de ser también casta o aspirar a serlo. Hacen denodados esfuerzos por presentarlos como gente susceptible de ser corrompida que se mueve por ansia de poder. Es decir, de ser una copia de lo que ellos mismos son. Lo hemos visto con Syriza. Y también con Podemos. Un día se les acusa de practicar un extremismo suicida, y al día siguiente de traicionar los principios cuando se muestran dialogantes. Hoy son malos por ser radicales intransigentes y mañana por estar dispuestos a pactar. Como si no hubiera en realidad otra forma de ejercer la política.

Pero la hay. Tiene que haberla. Los corruptos han sustituido el sentido de la vergüenza por el de la impunidad. Ha de ser posible reinstaurar una cultura política basada en la exigencia de honradez. De recuperar el sentido de la vergüenza en el ejercicio de la acción política. Pero nada de eso llegará sin cambios profundos en los mecanismos de ascensión y ejercicio del poder. Hay que romper las inercias.
Sergio Fajardo, el que fuera alcalde carismático de Medellín (Colombia), encontró resistencias parecidas cuando se propuso transformar una de las ciudades con mayor criminalidad. Consiguió darle la vuelta al discurso imperante y acabó cambiando por completo la ciudad. Su fórmula es muy simple: “Muchos ojos, pocas manos”. Sobre el dinero público, se entiende. Justo lo contrario de lo que tenemos por aquí.

 

Imagen: Manifestación del movimiento 15-M. Foto: Álvaro García.

Incertidumbres

Por: | 28 de diciembre de 2014

El roto tiempoCualquiera que tenga más de 40 años habrá hecho alguna vez el cálculo de imaginar qué edad tendría y cómo sería su vida en el año 2000. Yo recuerdo haber imaginado la vuelta del milenio como algo muy, muy lejano. Hace ya 14 años que lo celebramos y ahora me parece también una fecha lejana, pero en el pasado. Pero necesitamos poner mojones en el futuro para poder imaginarlo y tratar así de conquistarlo. El próximo es el 2050. ¿Cómo será el mundo y nuestra vida cuando lleguemos a la mitad de este siglo XXI? En las últimas semanas he tenido la oportunidad de sumergirme en el interesante ejercicio de prospección que ha sido el ciclo Futurs, organizado por la Fundación La Caixa y el Ateneo de Barcelona. Desarrollaré en mi blog los detalles de las grandes tendencias que se vislumbran, pero ahora les expondré algunas de las ideas trasversales que se repitieron en los debates.

La primera es que la experiencia vital más común en las próximas décadas será —lo está siendo ya— la incertidumbre. Pero no una incerteza derivada de la coyuntura económica adversa, que puede cambiar, sino de las transformaciones profundas derivadas del cambio de época que estamos viviendo. Una las características de la que viene será la aceleración de los tiempos y de los procesos, algo que ya es visible en muchos ámbitos. Internet permite el sueño del cerebro de cerebros, es decir, un cerebro colectivo interconectado en tiempo real, lo que en sí mismo es ya un factor extraordinario de aceleración. Cuando comenzó su carrera, el investigador Manel Esteller revisaba las novedades de su área una vez a la semana. Ahora lo hace constantemente. Trabajar en red obliga a cualquier científico a situarse en cada momento en el punto en el que se encuentra el que ha llegado más lejos. Eso hace que la frontera del conocimiento se expanda a gran velocidad.

38-osacordais[1]Tendremos que adaptarnos pues a la experiencia de cambio acelerado y aprender a gestionar la complejidad en condiciones de incertidumbre, algo que no va ser fácil viniendo de una cultura que valora por encima de todo la seguridad y que necesita anticiparse y tenerlo todo controlado. Este tipo de cambios nos descolocan. Por eso nuestra relación con el futuro es ahora, como apuntó el filósofo Daniel Innerarity, más de precaución que de esperanza.

El malestar por un futuro que se percibe incierto es trasversal y afecta tanto a los jóvenes como a las generaciones mayores. Después de haber experimentado el ascensor social y haber luchado por consolidarlo, de repente se encuentran con que muchas cosas que daban por ciertas han dejado de serlo. Entre ellas, la idea de que el progreso es una línea siempre ascendente. Ahora sabemos que se puede retroceder, por ejemplo en bienestar y protección social. Y también se ha venido abajo la creencia de que las conquistas sociales eran irreversibles pues en un marco democrático siempre tendrían el apoyo de la mayoría. Al respecto, el economista Antón Costas dejó en el aire la siguiente paradoja: si el interés objetivo de la inmensa mayoría de la población es preservar esas conquistas y desarrollar políticas beneficiosas para el conjunto de la sociedad —por ejemplo las de igualdad— ¿cómo es posible que viviendo en democracia, las decisiones que toman los gobiernos elegidos sean justamente las que perjudican a la mayoría?

La relación entre desigualdad y democracia apareció numerosas veces. Las desigualdades sociales ya crecían antes de la crisis, pero esta las ha agrandado. Son muchas las voces que alertan de que la concentración de riqueza por parte de unas minoría cada vez más reducidas y más poderosas socava los fundamentos mismos de la democracia. Si lo que importa a la inmensa mayoría ya no se decide realmente a través de las urnas, lo que tendremos será una democracia ficticia incapaz de atender el interés general.

130110-el roto[1]También la idea del crecimiento ilimitado está en cuestión. Tenemos capacidad para seguir creciendo, y de hecho, se da por seguro que la tercera revolución industrial aumentará mucho la productividad gracias a la robotización de los procesos productivos y a la digitalización de muchas tareas.

El economista Jock Martin estimó que en 2050 la productividad habrá aumentado un 300% respecto de 2010. Pero se necesitará menos fuerza de trabajo, aunque más cualificada, lo cual planteará un nuevo dilema: si no hay empleo para todos, ¿qué distribuimos, el trabajo o la riqueza? ¿O no habrá reparto? En cualquier caso, podemos producir y consumir más, pero ¿podrá el planeta soportar un modelo de crecimiento como el que tenemos? Muchos economistas, entre ellos Lurdes Benería, piensan que no y que es preciso revisar los fundamentos mismos de la teoría económica porque llevan implícito un modelo que es del todo insostenible.

Una última cuestión: si ni la economía ni la política fueron capaces de prever ni evitar una crisis que comenzó siendo financiera y localizada en Estados Unidos y acabó siendo de toda la economía y global ¿cómo podemos confiar en que los mismos que erraron acertarán ahora en las recetas para superarla? ¿Es prudente dejar nuestro futuro en sus manos? De lo que se deriva otra cuestión trascendental: la necesidad de una gobernanza global. La mayor parte de los problemas que hemos de afrontar de aquí a 2050 trascienden la capacidad de decisión del Estado nación y requieren mecanismos globales de decisión que no tenemos. Y esa es, ahora mismo, la madre todas las incertidumbres.

 

Ilustraciones: Viñetas de El Roto, nuestro filósofo de cabecera, publicadas en El País.

El chantaje de BCN World o la debilidad de la política

Por: | 12 de diciembre de 2014

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De proyecto de país a fiasco de país. Así puede acabar el proyecto BCN World. De momento, el plazo que tenía la sociedad promotora Veremonte para ejecutar la opción de compra de los terrenos de La Caixa donde deben ubicarse los casinos ha vencido sin que haya sido formalizada. La sociedad tenía que depositar 277 millones, pero no lo ha hecho. Y ha anunciado que no hará ningún otro movimiento hasta que no conozca el contenido del Plan Director Urbanístico, que ha de fijar aspectos tan importantes como el volumen edificable o las alturas permitidas del complejo. Es un órdago que podemos calificar, sin miedo a exagerar, como un chantaje. Como una forma de obligar a la autoridad urbanística a plegarse a sus requerimientos. ¿Qué más pedirá Veremonte cuando haya conseguido lo que ahora exige?

De momento,  la Generalitat ya ha tenido que salir en misión de rescate del proyecto con un acuerdo con La Caixa para que el Incasol se quede con la reserva de los terrenos. Dice que esta operación no constará ni un duro al contribuyente. Sólo faltaría. Veremonte ha mantenido durante casi tres años la opción de compra de esos terrenos sin haber depositado ni un euro. El Gobierno catalán asegura que lo hace para evitar movimientos especulativos con los terrenos que, de producirse, podrían llegar a hacer inviable el proyecto. Ya se sabe que la voracidad de los mercados puede ser inagotable.  Pero eso de que no tendrá costos para las arcas públicas está por ver.

De momento el proyecto ya ha costado a la ciudadanía una parte de las expectativas de ingresos públicos puesto que la primera exigencia de los promotores de BCN Word fue que se modificara la tributación del juego. Y no una pequeña modificación: con la reforma que se aprobó en enero pasado, la fiscalidad del juego pasó en Cataluña del 55% al 10%. Una rebaja de la que, obviamente, se beneficia todo el sector, incluidos los casinos que ya funcionaban y que se supone que eran perfectamente rentables a pesar de pagar un 55% de impuestos sobre beneficios. La diferencia de tributación supone una cantidad muy importante que la Hacienda catalana dejará de ingresar, mientras servicios públicos como la Sanidad o la Educación continúan con sus penurias y recortes.

Lo más grave de todo este lamentable espectáculo de sumisión de la política a los dictados de la economía menos productiva es la opacidad con la que se están encubriendo todos estos movimientos y negociaciones. No se conocen las exigencias concretas de Veremonte sobre el plan urbanístico, ni los detalles de lo que la Generalitat está dispuesta a conceder para que se mantenga la inversión. Probablemente nos los encontraremos como un hecho consumado, paradigma de una manera de gobernar muy poco transparente.  

RuletaO quizá no, porque también es posible que el proyecto acabe como el rosario de la aurora. La actitud renuente de la de la sociedad promotora a la hora de facilitar información no permite vislumbrar que intenciones tiene ni cuáles son sus verdaderas posibilidades financieras. Pero lo que trasciende no parece muy alentador. Así empezó el fiasco de Eurovegas en Madrid. Cuando llegó la hora de desembolsar el dinero de las ingentes inversiones que se habían prometido, el promotor se esfumó. Las deslumbrantes expectativas que había levantado el proyecto se apagaron de golpe. Y el Gobierno que había ganado la partida de la ubicación en una subasta a la baja con la Generalitat catalana propiciada por el propio Sheldon Adelson, se encontró con la puerta en las narices. Al magnate del juego había dejado de interesarle el proyecto, pese a que las autoridades locales habían claudicado a todas sus exigencias.

Pocas veces hemos asistido a un ejercicio de miseria política como fue la peregrinación de consejeros y políticos, de Madrid y de Barcelona, al cuartel general del magnate del juego en Las Vegas. Cuando ya estaba claro que finalmente Adelson se inclinaría por Madrid, el Gobierno de Artur Mas se sacó de la chistera el conejito de BCN Word. Y lo hizo presumiendo además de que era mejor que Eurovegas y tendría menos costes sociales. A la hora de la verdad, sin embargo, no eran tan diferentes.

Cuando la relación entre política y economía se invierte, cuando son los promotores de un proyecto los que fijan las reglas del juego y se atreven incluso a condicionar incluso labor del poder Legislativo, algo más que la dignidad de la política se ha perdido en el camino. Se ha perdido poder real, capacidad de decisión. Y se ha entrado en una espiral peligrosa: cuanto más cede, más se debilita el gobierno que permite que se inicie la dinámica del chantaje. Si el sector del juego consigue imponer sus condiciones,  ¿por qué no habría de intentarlo cualquiera que quisiera invertir en Cataluña?

Sobre el autor

Milagros Pérez Oliva. Me incorporé a la redacción de EL PAÍS en 1982 y como ya hace bastante tiempo de eso, he tenido la oportunidad de hacer de todo: redactora de guardia, reportera todoterreno, periodista especializada en salud y biomedicina, jefe de sección, redactora jefe, editorialista. Durante tres años he sido también Defensora del Lector y desde esa responsabilidad he podido reflexionar sobre la ética y la práctica del oficio. Me encanta escribir entrevistas, reportajes, columnas, informes y ahora también este blog. Gracias por leerme.

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