En memoria de Marie Colvin y Juan Carlos Gumucio
Las malas noticias ya las conocen. La primera es muy vieja: la situación de las mujeres en Egipto, especialmente en el mundo rural y los sectores urbanos más pobres, deja mucho que desear. La segunda es más reciente: las mujeres, pese a que tantas de ellas, con o sin velo, combatieron valientemente en la revolución de Tahrir no han conseguido avances significativos en el último año; al contrario hay razones para temer que el peso político y social demostrado por los islamistas en este período pueda traducirse en intentos de retroceso.
Permítanme ahora ofrecerles la buena noticia: las mujeres -decenas, cientos de miles de ellas- que combatieron en la revolución no están dispuestas a dar un paso atrás. Comparten con sus hermanas y hermanos de tantas otras partes la idea de que en el Valle del Nilo no podrá hablarse de una democracia mínimamente homologable si no hay serios progresos en la igualdad entre las mujeres y los hombres.
“Esto no está terminado, es demasiado pronto para emitir un veredicto”, me dice la socióloga y bloguera Mayar Gueissa cuando le menciono algunos de los episodios siniestros de los últimos tiempos: las llamadas “pruebas de virginidad” a las que fueron sometidas por la soldadesca de la Junta Militar algunas manifestantes revolucionarias tras la caída de Mubarak; la poca presencia femenina en el Parlamento elegido el pasado otoño; el acoso al que fue sometido la que es universalmente conocida como “la chica del sujetador azul”, aquella joven vestida al modo islámico que fue arrastrada y semidesnudada por los uniformados cuando protestaba contra el poco entusiasmo democratizador de la Junta.
Hablo con Mayar en su hogar cairota, lo que en estos tiempos no quiere decir exactamente su casa, sino el rincón de su casa en el que no para de subir fotos y videos a Internet desde un portátil con conexión ADSL. Le acompaña una amiga llamada Omneya. Las dos tienen unos treinta años, las dos son activistas por la democracia, las dos tienen estudios universitarios y hablan inglés, las dos se declaran gente religiosa, una, Mayar, no lleva velo, la otra, Omneya, sí. Así son las cosas en Egipto, amig@s. Lo vestimentario, que tanto preocupa al otro lado del Mediterráneo, es aquí pecata minuta. “Hay cosas más graves en juego”, dice Mayar. “Por ejemplo, conseguir que sean detenidos y juzgados los que ordenaron las humillantes “pruebas de virginidad” a las detenidas”.
Tales “pruebas”, al igual que el caso de “la chica del sujetador azul”, pretendían, añade Omneya, “meternos el miedo en el cuerpo a las mujeres para que no salgamos a la calle a protestar”. Pero, a tenor de la actitud de Mayar y Omneya, de lo que me han dicho otras chicas en El Cairo, de lo que me han confirmado no pocos varones y de las pancartas y los murales que he visto en la ciudad –con “la chica del sujetador” golpeando a un antidisturbios o una niña cacheando a un uniformado- no es seguro que la Junta lo haya conseguido.
Son tiempos duros para la revolución egipcia, para el conjunto de la Primavera Árabe. Pero Mayar tiene razón: nadie dijo que iba a ser fácil y rápido, que los/as árabes iban a superar décadas, siglos de atasco en un periquete. Y por eso la buena noticia es que nadie ha logrado aún volver a meter en la lámpara al genio que consiguió escaparse de allí hace un año. Mayar lo dice así: “Ahora hay muchísima más gente que habla libremente y, por supuesto, también muchísimas mujeres”. Es lo que los/as chavales/as árabes llaman “la caída del Muro del Miedo”.
Las chicas cairotas son guerreras. Y si hay que rememorar un thriller, el que me viene ahora a la cabeza es Death Proof, de Quentin Tarantino.