El asalto –por una turba, un terrorista suicida o un grupo
armado- a una embajada o consulado de Estados Unidos empieza a ser todo un
subgénero de la violencia política en el mundo árabe y musulmán contemporáneo. No
es de extrañar que las sedes diplomáticas norteamericanas, auténticos búnkeres de
por sí, tengan allí aún más muros
exteriores, más bloques de cemento para dificultar el acceso de vehículos y más
marines armados que en cualquier otro lugar.
Diríase que, pese a los buenos deseos expresados por Obama en su histórico discurso en El Cairo, Estados Unidos parece estar condenado a tener siempre líos en el norte de África y Oriente Próximo. La cosa comenzó, de hecho, al poco de su independencia, durante la presidencia del mismísimo Thomas Jefferson.