Yoani Sánchez

Venezuela partida en dos mitades

Por: | 17 de abril de 2013

Resultados_elecciones_venezuela

Cuando se oculta y distorsiona sistemáticamente la información, puede ocurrir que cierto suceso deje al descubierto la tan prolongada manipulación noticiosa. Justamente es lo que ha pasado con las elecciones venezolanas y el tratamiento que de estas habían dado los medios de prensa oficiales en Cuba. Fallecido Hugo Chávez y comenzada la campaña presidencial, tanto la televisión como la prensa escrita de la Isla se volcaron en la tarea de demostrar cuán poca popularidad tenía el candidato opositor Henrique Capriles. Cada día, desde bien comenzada la mañana, la televisión nacional aseguraba que Nicolás Maduro arrasaría en las urnas. Una victoria contundente, nos vaticinaban por todos lados.

De manera que el domingo pasado en la noche, cuando finalmente se dieron a conocer los resultados electorales, la mayor parte de la audiencia cubana no entendió qué había pasado. La poca diferencia de votos entre Maduro y Capriles dejó confundidos a muchos que le habían creído al periódico Granma cuando alardeaba del inmenso apoyo popular con el que contaba el “presidente sustituto”. Sin embargo, la pequeña diferencia entre los dos candidatos, menos de un cuarto de millón de votos, no se correspondió con los pronósticos hechos por el oficialismo cubano. La realidad es que las urnas demostraron una Venezuela prácticamente dividida en dos, polarizada y donde tanto el gobierno como sus opositores tienen millones de ciudadanos que los apoyan. Una nación partida a la mitad, en la que el el enfrentamiento idoológico se exacerba y que parece abocada a una crisis de grandes proporciones.

A partir de ahora para la prensa cubana será más difícil hablar de Venezuela como un país de un solo color, de un solo partido. Ya hemos escuchado a las urnas y lo que han dicho dista mucho de la unanimidad -que nos quisieron hacer creer- y del apoyo total a Nicolás Maduro.

El mito

Por: | 26 de marzo de 2013

Hace frío en La Haya. Por la ventana se ve a una gaviota que ha encontrado un trozo de galleta tirado en la acera. En el cálido local de un bar varios activistas hablan de sus respectivas realidades. Desde una esquina de la mesa un periodista mexicano explica el riesgo de ejercer la profesión de informador en una realidad donde las palabras se pueden pagar con la vida. Todos escuchamos en silencio, imaginando la redacción de noticias baleada, los colegas secuestrados o asesinados, la impunidad. Después interviene el saharaui y sus palabras son como arena que se mete en los ojos, los enrojece y hace que las lágrimas afloren. También las anécdotas del norcoreano me estremecen. Nació en un campo de prisioneros del cual pudo escapar a los 14 años. Sigo cada una de esas historias, puedo vivirlas. Amén de las culturas y la geografía el dolor es dolor en cualquier parte. En pocos minutos paso de estar en medio de un tiroteo entre cárteles a una tienda en el desierto y después al cuerpo de un niño tras las alambradas. Logro ponerme en la piel de todos ellos.

Aguanto la respiración. Me llega el turno de hablar. Cuento de los actos de repudio, las detenciones arbitrarias, los fusilamientos de la reputación y de una nación en balsa que cruza el estrecho de La Florida. Les hablo de las familias divididas, de la intolerancia, de un país donde el poder se hereda por vía sanguínea y nuestros hijos centran sus sueños en escapar. Y entonces llegan todas esas frases que he oído cientos, miles de veces. Nada más decir las primeras palabras ya sé por dónde vienen: "pero ustedes no pueden quejarse, tienen la mejor educación del continente"... "sí, será así, pero no puedes negar que Cuba se ha enfrentado a Estados Unidos por medio siglo", "bueno no tienen libertad, pero salud pública no les falta"... y un largo repertorio más de estereotipos y falsas conclusiones sacadas de la propaganda oficial. La comunicación se ha roto, el mito se ha impuesto.

Un mito alimentado por cinco décadas de distorsión de nuestra historia nacional. Un mito que ya no apela a la razón, sino a la creencia ciega; que no acepta críticos, solo adeptos. Un mito que hace imposible que tantos nos entiendan, que se sintonicen con nuestros problemas. Un mito que ha logrado que a muchos les parezca bien para nuestra nación lo que nunca aceptarían para la suya. Un mito que ha roto el canal de la normal simpatía que genera en cualquier ser humano la víctima. Un mito que nos tiene atrapados con más fuerza que este totalitarismo bajo el que vivimos.

La gaviota se lleva su pedazo de dulce en el pico. En la mesa se vuelve a hablar de África del Norte y de México. Pierde sentido explicarles mi Isla. Para qué, si todo el mundo parece saberlo todo de nosotros, incluso sin nunca haber vivido en Cuba. Me estremezco de nuevo al escuchar la cruda vida de esos activistas, me coloco en su lugar otra vez. ¿Y quién se pone en el nuestro? ¿Quién deshace este mito en el que estamos atrapados?

Museo del Comunismo

Por: | 11 de marzo de 2013

La foto

Se me helaban las orejas en Praga y desde la ventanilla del tranvía 14 alcancé a ver el cartel con un osito Misha portando una Kaláshnikov. Recordé inmediatamente aquel ícono de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y toda la secuencia de dibujos animados que protagonizó después. Eran los tiempos en que los niños cubanos sabíamos más de la tundra rusa que de los campos de nuestro país, más de lobos que de jutías, de manzanas que de naranjas. La época en que el Kremlin hacía acto de presencia constante en nuestras vidas, con sus soldados, sus técnicos enviados desde miles de kilómetros de distancia y un subsidio tan abultado que permitió algunas antológicos despilfarros por parte de Fidel Castro. Todo eso pasó por mi mente en un segundo mientras leía el anuncio de aquella peculiar muestra que prometía un viaje al pasado a través de la estética promovida por la URSS.

Con el tiempo ajustado, como cada día que pasé en la República Checa, me fui hasta la calle Na Prikope 10 para echarle una ojeada al museo. La primera sorpresa fue en la entrada cuando la mujer que vendía los tickets tuvo la cortesía de dejarme pasar gratis, debido a que –según me explicó- yo venía de Cuba. Dada la cercanía de los objetos de aquellas salas con mi realidad, podía disfrutar de un recorrido sin costos, pues en fin de cuentas aquello se presentaba como un periplo por mi propia cotidianidad. ¿Por qué iba a pagar por lo habitual, por lo acostumbrado? Y exactamente así fue. Mientras percibía asombro y risitas en otros visitantes, yo miraba aquellas banderas rojas, escuchaba el himno de la Internacional y repasaba las estatuas en poses gloriosas, con una familiaridad a prueba de asombros. Era como asistir a una exposición de los enseres que tengo en mi cocina o de la ropa interior que guardo en la gaveta. O sea, nada de aquello tenía carácter museable para mí, en tanto habito un escenario donde cada uno de esos objetos o maneras de decir y presentar una imagen siguen vigentes. Un viaje a lo mismo, una excursión hacia lo conocido y tantas veces experimentado. Un museo del pasado, para esta viajera proveniente del mismo tiempo remoto.

Sin embargo, la cercanía no siempre es sinónimo de comodidad. De manera que a medida que avanzaba en las salas, una sensación de asfixia me surgía. Las medallas, el campesino de puño alzado y las feas latas de conservas con etiquetas sin colores. Todo fue contribuyendo a que un picor me empezara en la cara y se trasladara a todo el cuerpo debajo del abrigo. Apenas dos semanas después de salir de Cuba, ya percibía una marcada alergia a todo aquello. Allí estaban los uniformes militares con su gorra “de plato” que nuestros oficiales calcaron por décadas. Las insignias para trabajadores destacados y soldados muertos en la guerra, tan idénticas a las que se entregaban en nuestro país, que debía volverlas observar una y otra vez para percatarme que no decían “República de Cuba” sino “URSS” o “RDA”.

Así, avanzando entre carteles al peor estilo del realismo socialista llegué a la reproducción de una oficina de la KGB. El teléfono tosco, los archivos metálicos con cada cajón etiquetado con una letra y allí las fichas. Pequeñas cartulinas manchadas por el tiempo con los nombres de los vigilados. Aquel era el catálogo de los ciudadanos incómodos, de los críticos y de quienes alguna vez fueron objetivo de la policía política. Tuve la tentación de buscar la “Y” y hurgar en las fichas en busca de un nombre. Pero en ese momento la asfixia que me producía aquel Museo del Comunismo llegó a un punto insoportable y salí corriendo hacia la calle, a tomar una bocanada del aire frío y libre de Praga.

El final de Chávez

Por: | 06 de marzo de 2013

Hugo_chavez
Imagen tomada de www.lahora.com.ec

Era cuestión de fechas, de elegir un día en el calendario para anunciar lo que ya muchos imaginábamos. La noticia de la muerte de Hugo Chávez se ha producido en la tarde del pasado martes, pero desde hacía meses era predecible su pronto final. Los medios oficiales cubanos habían mantenido la versión de su lenta pero ascendente recuperación, para deslizar sólo en las últimas semanas los detalles de algunas complicaciones. Como un guión bien cuidado fue manejado el asunto, como un guión escrito en la Plaza de la Revolución de La Habana, por dos hermanos a los que el fallecimiento de su discípulo de Miraflores, los ha dejado en una situación muy delicada.

Sin embargo, no han podido demorar más el obituario, pues la información es tan difícil de guardar por estos días, como el agua en el cuenco formado por dos manos. Así que finalmente han encontrado un día para contarle al mundo el secreto mejor guardado de Cuba, sólo comparable en hermetismo con la propia enfermedad de Fidel Castro. Ahora vendrá el duelo, los crespones negros, los panegíricos sobre el difunto, pero también comenzarán a ventilarse las incongruencias entre los partes médicos que se publicaron y el fatal desenlace que ha tenido la situación clínica del Comandante. Las mentiras quedarán más en evidencia, las exageraciones se percibirán más burdas y la verdad le pasará factura a los líderes del chavismo dentro de Venezuela. También a los ancianos dirigentes cubanos les tocará su cuota de responsabilidad por la falta de transparencia con que manejaron la convalecencia de un presidente extranjero tratado en nuestro territorio nacional. Los ciudadanos venezolanos tienen derecho a exigir una explicación de cómo y cuándo fue realmente el deceso de su líder, habrá que ver si Raúl Castro está dispuesto a darla.

La ingrata tarea de un delfín

Por: | 25 de febrero de 2013

Miguel-diaz-canel_menu

Saber leer entre líneas es condición indispensable para entender la política cubana. El entramado del poder en la Isla resulta parco en detalles, de manera que se deben interpretar los silencios y también aquellos datos al parecer intrascendentes. La ascensión de Miguel Díaz-Canel (52 años) al cargo de primer vicepresidente del Consejo de Estado ha seguido un guión conocido, fácil de detectar por analistas y curiosos desde hacía meses. El aumento de su presencia en los medios de prensa nacionales y el haber acompañado a Raúl Castro a la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), ya auguraban su ascenso al segundo puesto de la élite cubana.

Díaz-Canel posee características que sin lugar a dudas influyeron en su designación. Hombre con muy poco brillo propio, al que no se le recuerda ni una sola frase de sus monótonos discursos, con una proyección de fidelidad a toda prueba, una buena presencia física y esa dosis de juventud (a sus 52 años) que tanto necesita Raúl Castro para mostrar que su gobierno se renueva generacionalmente. Comedido en público y de aspecto sobrio, parece conocer que el carisma sólo trae problemas cuando se está tan cerca de la nomenclatura histórica. Ha sorteado hábilmente todas las pruebas de lealtad y mansedumbre que le ha puesto en el camino el General Presidente, antes de dejarlo sentar en la silla del número dos.

Aunque el poder real sigue estando en manos de octogenarios, el reloj biológico ha forzado al régimen cubano a señalar públicamente quién es el delfín. Lo ha hecho de entre quienes han sobrevivido a las sucesivas purgas de años pasados, la última de las cuales terminó con la trayectoria del vicepresidente Carlos Lage y del entonces canciller Felipe Pérez Roque. La élite cubana ha elegido su sucesor espoleada más por el imperativo biológico que por los reales deseos de renovación o reforma. El tiempo apremiaba y ya no alcanzaba para moldear nuevos candidatos entre quienes seleccionar.

La escalada hacia la cima de Díaz-Canel ha sido breve, comenzó en las fuerzas armadas cubanas y después pasó a ser dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas. Se desenvolvió como primer secretario del Partido Comunista en la provincia de Holguín y también ocupó el cargo de ministro de Educación Superior. Su carta de triunfo ha sido la obediencia, esa habilidad para hacerle saber a sus superiores que en él tienen un hombre de continuidad y no de ruptura. Claro, esa podría ser también la estrategia del camaleón que prefiere mimetizarse con el entorno hasta llegar a colocarse en una verdadera posición de poder. Habrá que ver cómo se comporta cuando la mirada de Raúl Castro ya no esté sobre él.

Por lo pronto, a Miguel Díaz-Canel le aguarda un camino incierto y plagado de trampas. No sería la primera vez que algún delfín se creyó imprescindible y terminó acusado por sus propios creadores de hacerse adicto a las “mieles del poder”. Así que deberá ser cauteloso, solícito a cada orden y paciente.

Sobre los autores

. Una vez me gradué como filóloga, pero el periodismo y la tecnología me han subyugado más que la fonética y la gramática. Vivo en La Habana y fantaseo con que habito una Cuba a punto de cambiar.

TWITTER

Yoani Sánchez

Archivo

abril 2013

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
1 2 3 4 5 6 7
8 9 10 11 12 13 14
15 16 17 18 19 20 21
22 23 24 25 26 27 28
29 30          

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal