Tengo la sensación de que me han robado un par de días de la semana pasada. Recuerdo haberme pasado en vela la madrugada del lunes, salir para la parroquia de El Salvador del Mundo donde velaban el cuerpo de Oswaldo Payá y a partir de ahí las horas se me empastan. Los momentos se me superponen y ya no sé si algo ocurrió el martes o el miércoles, si fue el jueves cuando por fin regresé a casa o sólo volví a dormir en mi cama el viernes. No puedo precisarlo, porque el dolor tiene la capacidad de relativizar los minutos, hacer correr al reloj o demorar sus manecillas. Nunca se sabe. Así que desde el domingo 22 de julio hasta ahora sólo puedo organizar el tiempo por grupos de sucesos. El largo aplauso que estalló cuando el féretro entró en la capilla, los gritos de “libertad” frente al altar, la salida del cortejo fúnebre, la llegada al cementerio y el arresto de varios amigos en el camino hacia la necrópolis de Colón. Destellos de lo que fue, aglomeración de imágenes que no logro insertar en un marco temporal.
En medio de toda esa desorientación, evoco con mucha claridad el primer informe oficial explicando lo ocurrido al líder del Movimiento Cristiano Liberación. Fue apenas una escueta nota sobre un accidente cercano a la ciudad de Bayamo, donde se narraba que habían fallecido dos ciudadanos cubanos. Después vino un minucioso reporte en la televisión nacional, sobre como el Hyundai Accent había impactado contra un árbol debido a que su conductor habría perdido el control. El locutor leyó la información haciendo hincapié en las frases que declaraban la responsabilidad del chófer. Y entonces empecé a sentir, junto a la consternación por la familia de Oswaldo Payá, una gran preocupación por Ángel Carromero. Lo imaginé en un frío cuarto, rodeado de hombres uniformados y tratando de reconstruir lo que había acontecido en aquel lugar cercano a la comunidad de La Gabina. Me estremecí al imaginar a ese joven de 27 años bajo una luz intensa, sin un abogado presente, a sabiendas de que cada palabra que dijera lo inculparía. Una situación de verdadera pesadilla.
Después de las declaraciones de los tres testigos presenciales y del sueco Aron Modig, creo que si Angel Carromero fuera responsable del homicidio involuntario de Oswaldo Payá y de Harold Cepero, debe sentirse ahora mismo el hombre más desafortunado de la tierra. No sólo le aguarda un juicio que será un escarmiento público y que el gobierno utilizará contra la oposición, sino que deberá cargar el resto de su vida con el pesado fardo en su consciencia. Aunque cualquier ser humano puede terminar aplicando los frenos en exceso o superando la velocidad exigida en cierto tramo de carretera, lo que se ha perdido aquí es demasiado trascendente para evaluarlo con generalizaciones. Los neumáticos resbalando sobre la grava, la polvareda en el camino y el principal líder opositor cubano perdiendo la vida a la par que la nación se privaba de uno de sus más prometedores políticos del mañana. En aquella cañada por la que discurría un pequeño arroyo, no sólo terminaba el automóvil donde expiró el promotor principal del Proyecto Varela, sino que pereció también uno de los actores más importantes de la necesaria transición cubana.
Este martes, el periódico Granma anunció que Carromero será instruido por homicidio bajo el artículo 177 de nuestro código penal. Podría ser condenado a una pena que oscila entre 1 y 10 años de privación de libertad. El juicio contra él quizás empiece cuanto antes, pues en ciertos casos se realiza un proceso sumarísimo para reducir el plazo antes de llegar al tribunal. Ésta puede convertirse en la causa judicial más sonada de los últimos años en Cuba y no hay que descontar que algunas de sus vistas sean retransmitidas en la televisión nacional. Por el momento ya circula un video donde el acusado pide a la comunidad internacional que se centre en sacarlo de Cuba y "no en utilizar un accidente de tránsito, que podría haberle pasado a cualquier persona, con fines políticos”. En su declaración hizo énfasis también en que no habían sido golpeados por ningún otro vehículo antes del siniestro.
Pero supongamos que esas son palabras obtenidas bajo presión. Y que Ángel Carromero es alguien atrapado en una maquinaria policial, culpado por error -o malicia- e imposibilitado de contar su historia. Entonces, me siento también muy triste por él. Pues se habría convertido así en la tercera víctima de lo sucedido a las 13:50 horas de aquel fatídico domingo. Responsable real o simple chivo expiatorio, la vida de este joven se torció en un segundo que nunca olvidará, que bajo la relatividad con la que apreciamos el tiempo se le volverá infinito, eterno.