Yoani Sánchez

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. Una vez me gradué como filóloga, pero el periodismo y la tecnología me han subyugado más que la fonética y la gramática. Vivo en La Habana y fantaseo con que habito una Cuba a punto de cambiar.

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Veinte años después: del dólar a Internet

Por: | 05 de junio de 2013

Elpais_nauta

En 1993 Fidel Castro se vio contra las cuerdas de la crisis económica y aceptó la circulación del dólar en territorio cubano. Hasta ese momento, la tenencia de divisas extranjeras podía pagarse con varios años de cárcel. “La moneda del enemigo” entró para quedarse, aunque años después sería reemplazada por un sucedáneo llamado peso convertible. Entre los detalles más llamativos del decreto que autorizaba la dualidad monetaria, estaban los motivos para hacerlo. En la Gaceta Oficial se reconocía que esta medida “contribuye positivamente a disminuir el número de hechos caracterizados como punibles lo cual aliviará y favorecerá el trabajo de la policía y los tribunales de justicia”. O sea, para ahorrarle trabajo a instructores y jueces se permitía portar dólares. Sin embargo, la clave principal radicaba en la fecha elegida para que la nueva legalidad entrara en vigencia: el 13 de agosto, día del cumpleaños del Máximo Líder.

Han pasado dos décadas de ese momento y aún la sociedad cubana sigue atenazada a la esquizofrenia monetaria. Ya Fidel Castro no ocupa el cargo de presidente pero parece que su hermano también es dado a mezclar las flexibilizaciones legales con el calendario familiar. El 3 de junio ha conmemorado no sólo sus 82 años de vida, sino que ha puesto fin a una estrategia de control excesivo sobre el acceso a Internet. Apenas pocas horas de terminar esa jornada abrían las 118 salas de navegación con conexión pública a la web. Un regalo de cumpleaños un tanto amargo para el General que había estado demorando todo lo posible la conversión de los cubanos en internautas. Muy probablemente a este pequeño paso hacia la flexibilización informática le ocurrirá lo mismo que a la despenalización del dólar: no tendrá marcha atrás.

Desde la mañana de hoy martes comenzaron a funcionar los nuevos locales públicos con servicio de Internet e Intranet. Por el costo de 4.50 pesos convertibles (CUC), alrededor de 3,50 euros, el usuario cuenta con una hora de acceso al ciberespacio. También se puede optar por una navegación en la intranet nacional por 0.60 CUC o en su lugar utilizar solo el correo electrónico “.cu” a un precio de 1,50 CUC la hora. En varias pruebas realizadas no se detectó –hasta el momento- ninguna página censurada por considerandos políticos. Con una velocidad mínima de conexión de 512 Kbps, la interfaz que da la bienvenida al usuario nada más encender el ordenador lleva el nombre de Nauta. Aunque todo el funcionamiento y los programas instalados discurren sobre Microsoft Windows.

En la primera jornada de apertura eran accesibles desde los nuevos locales de Internet portales como El Nuevo Herald, sitio de noticias al estilo de Diario de Cuba y varios blogs críticos con el gobierno hechos desde dentro de la Isla. El costo elevado del servicio, en un país donde el salario medio mensual ronda los 17 euros, parece ser la limitante fundamental. Lo cual contradice al viceministro de comunicaciones quien recientemente había declarado que “no será el mercado quien regule el acceso al conocimiento en nuestro país”. Hasta el momento quienes tienen la moneda fuerte –autorizada a circular por el otrora presidente- podrán costearse la entrada a redes sociales, a sitios de clasificados y las apetecidas bolsas de empleo o becas para inscribirse e intentar emigrar.

Curiosamente ambas medidas: la despenalización del dólar y esta tímida apertura a Internet, han sido fruto más de la presión que del deseo aperturista del gobierno. Permitir que los cubanos pudieran portar moneda convertible, fue una decisión tomada ante la evidencia de que en el mercado informal los llamados “verdes” circulaban cada día con más fuerza a finales de los años ochenta y principio de los noventa. Similar situación ocurre ahora con la información que circula desde la gran telaraña mundial. Las conexiones piratas a la web por una lado y el avance de las redes clandestinas de distribución de audiovisuales por otro, confirman lo inútil de poner puertas al campo de los kilobytes.

Los primeros usuarios que probaron las salas de navegación esta mañana se sorprendieron ante la velocidad de la conexión pero lamentaron los excesivos costos de la misma. Varios periodistas oficiales revoloteaban alrededor de las mesas de un céntrico local del barrio del Vedado tratando de captar la instantánea de los habaneros lanzándose en masa sobre los teclados. En lugar de eso, unos pocos y cautelosos clientes tanteaban los límites del nuevos servicio. Cada uno debía mostrar su documento de identidad y firmar un contrato antes de sentarse siquiera frente a la pantalla del ordenador. En el mismo se aclaraba que no debe usarse el servicio para “acciones que puedan considerase (…) dañinas o perjudiciales para la seguridad pública”. Una espada de Damocles que podría ser interpretada también a partir de considerandos políticos e ideológicos.

De cumpleaños en cumpleaños, así van los cambios en Cuba. Hace veinte años fue el dólar… hoy Internet.

Venezuela partida en dos mitades

Por: | 17 de abril de 2013

Resultados_elecciones_venezuela

Cuando se oculta y distorsiona sistemáticamente la información, puede ocurrir que cierto suceso deje al descubierto la tan prolongada manipulación noticiosa. Justamente es lo que ha pasado con las elecciones venezolanas y el tratamiento que de estas habían dado los medios de prensa oficiales en Cuba. Fallecido Hugo Chávez y comenzada la campaña presidencial, tanto la televisión como la prensa escrita de la Isla se volcaron en la tarea de demostrar cuán poca popularidad tenía el candidato opositor Henrique Capriles. Cada día, desde bien comenzada la mañana, la televisión nacional aseguraba que Nicolás Maduro arrasaría en las urnas. Una victoria contundente, nos vaticinaban por todos lados.

De manera que el domingo pasado en la noche, cuando finalmente se dieron a conocer los resultados electorales, la mayor parte de la audiencia cubana no entendió qué había pasado. La poca diferencia de votos entre Maduro y Capriles dejó confundidos a muchos que le habían creído al periódico Granma cuando alardeaba del inmenso apoyo popular con el que contaba el “presidente sustituto”. Sin embargo, la pequeña diferencia entre los dos candidatos, menos de un cuarto de millón de votos, no se correspondió con los pronósticos hechos por el oficialismo cubano. La realidad es que las urnas demostraron una Venezuela prácticamente dividida en dos, polarizada y donde tanto el gobierno como sus opositores tienen millones de ciudadanos que los apoyan. Una nación partida a la mitad, en la que el el enfrentamiento idoológico se exacerba y que parece abocada a una crisis de grandes proporciones.

A partir de ahora para la prensa cubana será más difícil hablar de Venezuela como un país de un solo color, de un solo partido. Ya hemos escuchado a las urnas y lo que han dicho dista mucho de la unanimidad -que nos quisieron hacer creer- y del apoyo total a Nicolás Maduro.

El mito

Por: | 26 de marzo de 2013

Hace frío en La Haya. Por la ventana se ve a una gaviota que ha encontrado un trozo de galleta tirado en la acera. En el cálido local de un bar varios activistas hablan de sus respectivas realidades. Desde una esquina de la mesa un periodista mexicano explica el riesgo de ejercer la profesión de informador en una realidad donde las palabras se pueden pagar con la vida. Todos escuchamos en silencio, imaginando la redacción de noticias baleada, los colegas secuestrados o asesinados, la impunidad. Después interviene el saharaui y sus palabras son como arena que se mete en los ojos, los enrojece y hace que las lágrimas afloren. También las anécdotas del norcoreano me estremecen. Nació en un campo de prisioneros del cual pudo escapar a los 14 años. Sigo cada una de esas historias, puedo vivirlas. Amén de las culturas y la geografía el dolor es dolor en cualquier parte. En pocos minutos paso de estar en medio de un tiroteo entre cárteles a una tienda en el desierto y después al cuerpo de un niño tras las alambradas. Logro ponerme en la piel de todos ellos.

Aguanto la respiración. Me llega el turno de hablar. Cuento de los actos de repudio, las detenciones arbitrarias, los fusilamientos de la reputación y de una nación en balsa que cruza el estrecho de La Florida. Les hablo de las familias divididas, de la intolerancia, de un país donde el poder se hereda por vía sanguínea y nuestros hijos centran sus sueños en escapar. Y entonces llegan todas esas frases que he oído cientos, miles de veces. Nada más decir las primeras palabras ya sé por dónde vienen: "pero ustedes no pueden quejarse, tienen la mejor educación del continente"... "sí, será así, pero no puedes negar que Cuba se ha enfrentado a Estados Unidos por medio siglo", "bueno no tienen libertad, pero salud pública no les falta"... y un largo repertorio más de estereotipos y falsas conclusiones sacadas de la propaganda oficial. La comunicación se ha roto, el mito se ha impuesto.

Un mito alimentado por cinco décadas de distorsión de nuestra historia nacional. Un mito que ya no apela a la razón, sino a la creencia ciega; que no acepta críticos, solo adeptos. Un mito que hace imposible que tantos nos entiendan, que se sintonicen con nuestros problemas. Un mito que ha logrado que a muchos les parezca bien para nuestra nación lo que nunca aceptarían para la suya. Un mito que ha roto el canal de la normal simpatía que genera en cualquier ser humano la víctima. Un mito que nos tiene atrapados con más fuerza que este totalitarismo bajo el que vivimos.

La gaviota se lleva su pedazo de dulce en el pico. En la mesa se vuelve a hablar de África del Norte y de México. Pierde sentido explicarles mi Isla. Para qué, si todo el mundo parece saberlo todo de nosotros, incluso sin nunca haber vivido en Cuba. Me estremezco de nuevo al escuchar la cruda vida de esos activistas, me coloco en su lugar otra vez. ¿Y quién se pone en el nuestro? ¿Quién deshace este mito en el que estamos atrapados?

Museo del Comunismo

Por: | 11 de marzo de 2013

La foto

Se me helaban las orejas en Praga y desde la ventanilla del tranvía 14 alcancé a ver el cartel con un osito Misha portando una Kaláshnikov. Recordé inmediatamente aquel ícono de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y toda la secuencia de dibujos animados que protagonizó después. Eran los tiempos en que los niños cubanos sabíamos más de la tundra rusa que de los campos de nuestro país, más de lobos que de jutías, de manzanas que de naranjas. La época en que el Kremlin hacía acto de presencia constante en nuestras vidas, con sus soldados, sus técnicos enviados desde miles de kilómetros de distancia y un subsidio tan abultado que permitió algunas antológicos despilfarros por parte de Fidel Castro. Todo eso pasó por mi mente en un segundo mientras leía el anuncio de aquella peculiar muestra que prometía un viaje al pasado a través de la estética promovida por la URSS.

Con el tiempo ajustado, como cada día que pasé en la República Checa, me fui hasta la calle Na Prikope 10 para echarle una ojeada al museo. La primera sorpresa fue en la entrada cuando la mujer que vendía los tickets tuvo la cortesía de dejarme pasar gratis, debido a que –según me explicó- yo venía de Cuba. Dada la cercanía de los objetos de aquellas salas con mi realidad, podía disfrutar de un recorrido sin costos, pues en fin de cuentas aquello se presentaba como un periplo por mi propia cotidianidad. ¿Por qué iba a pagar por lo habitual, por lo acostumbrado? Y exactamente así fue. Mientras percibía asombro y risitas en otros visitantes, yo miraba aquellas banderas rojas, escuchaba el himno de la Internacional y repasaba las estatuas en poses gloriosas, con una familiaridad a prueba de asombros. Era como asistir a una exposición de los enseres que tengo en mi cocina o de la ropa interior que guardo en la gaveta. O sea, nada de aquello tenía carácter museable para mí, en tanto habito un escenario donde cada uno de esos objetos o maneras de decir y presentar una imagen siguen vigentes. Un viaje a lo mismo, una excursión hacia lo conocido y tantas veces experimentado. Un museo del pasado, para esta viajera proveniente del mismo tiempo remoto.

Sin embargo, la cercanía no siempre es sinónimo de comodidad. De manera que a medida que avanzaba en las salas, una sensación de asfixia me surgía. Las medallas, el campesino de puño alzado y las feas latas de conservas con etiquetas sin colores. Todo fue contribuyendo a que un picor me empezara en la cara y se trasladara a todo el cuerpo debajo del abrigo. Apenas dos semanas después de salir de Cuba, ya percibía una marcada alergia a todo aquello. Allí estaban los uniformes militares con su gorra “de plato” que nuestros oficiales calcaron por décadas. Las insignias para trabajadores destacados y soldados muertos en la guerra, tan idénticas a las que se entregaban en nuestro país, que debía volverlas observar una y otra vez para percatarme que no decían “República de Cuba” sino “URSS” o “RDA”.

Así, avanzando entre carteles al peor estilo del realismo socialista llegué a la reproducción de una oficina de la KGB. El teléfono tosco, los archivos metálicos con cada cajón etiquetado con una letra y allí las fichas. Pequeñas cartulinas manchadas por el tiempo con los nombres de los vigilados. Aquel era el catálogo de los ciudadanos incómodos, de los críticos y de quienes alguna vez fueron objetivo de la policía política. Tuve la tentación de buscar la “Y” y hurgar en las fichas en busca de un nombre. Pero en ese momento la asfixia que me producía aquel Museo del Comunismo llegó a un punto insoportable y salí corriendo hacia la calle, a tomar una bocanada del aire frío y libre de Praga.

El final de Chávez

Por: | 06 de marzo de 2013

Hugo_chavez
Imagen tomada de www.lahora.com.ec

Era cuestión de fechas, de elegir un día en el calendario para anunciar lo que ya muchos imaginábamos. La noticia de la muerte de Hugo Chávez se ha producido en la tarde del pasado martes, pero desde hacía meses era predecible su pronto final. Los medios oficiales cubanos habían mantenido la versión de su lenta pero ascendente recuperación, para deslizar sólo en las últimas semanas los detalles de algunas complicaciones. Como un guión bien cuidado fue manejado el asunto, como un guión escrito en la Plaza de la Revolución de La Habana, por dos hermanos a los que el fallecimiento de su discípulo de Miraflores, los ha dejado en una situación muy delicada.

Sin embargo, no han podido demorar más el obituario, pues la información es tan difícil de guardar por estos días, como el agua en el cuenco formado por dos manos. Así que finalmente han encontrado un día para contarle al mundo el secreto mejor guardado de Cuba, sólo comparable en hermetismo con la propia enfermedad de Fidel Castro. Ahora vendrá el duelo, los crespones negros, los panegíricos sobre el difunto, pero también comenzarán a ventilarse las incongruencias entre los partes médicos que se publicaron y el fatal desenlace que ha tenido la situación clínica del Comandante. Las mentiras quedarán más en evidencia, las exageraciones se percibirán más burdas y la verdad le pasará factura a los líderes del chavismo dentro de Venezuela. También a los ancianos dirigentes cubanos les tocará su cuota de responsabilidad por la falta de transparencia con que manejaron la convalecencia de un presidente extranjero tratado en nuestro territorio nacional. Los ciudadanos venezolanos tienen derecho a exigir una explicación de cómo y cuándo fue realmente el deceso de su líder, habrá que ver si Raúl Castro está dispuesto a darla.

La ingrata tarea de un delfín

Por: | 25 de febrero de 2013

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Saber leer entre líneas es condición indispensable para entender la política cubana. El entramado del poder en la Isla resulta parco en detalles, de manera que se deben interpretar los silencios y también aquellos datos al parecer intrascendentes. La ascensión de Miguel Díaz-Canel (52 años) al cargo de primer vicepresidente del Consejo de Estado ha seguido un guión conocido, fácil de detectar por analistas y curiosos desde hacía meses. El aumento de su presencia en los medios de prensa nacionales y el haber acompañado a Raúl Castro a la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), ya auguraban su ascenso al segundo puesto de la élite cubana.

Díaz-Canel posee características que sin lugar a dudas influyeron en su designación. Hombre con muy poco brillo propio, al que no se le recuerda ni una sola frase de sus monótonos discursos, con una proyección de fidelidad a toda prueba, una buena presencia física y esa dosis de juventud (a sus 52 años) que tanto necesita Raúl Castro para mostrar que su gobierno se renueva generacionalmente. Comedido en público y de aspecto sobrio, parece conocer que el carisma sólo trae problemas cuando se está tan cerca de la nomenclatura histórica. Ha sorteado hábilmente todas las pruebas de lealtad y mansedumbre que le ha puesto en el camino el General Presidente, antes de dejarlo sentar en la silla del número dos.

Aunque el poder real sigue estando en manos de octogenarios, el reloj biológico ha forzado al régimen cubano a señalar públicamente quién es el delfín. Lo ha hecho de entre quienes han sobrevivido a las sucesivas purgas de años pasados, la última de las cuales terminó con la trayectoria del vicepresidente Carlos Lage y del entonces canciller Felipe Pérez Roque. La élite cubana ha elegido su sucesor espoleada más por el imperativo biológico que por los reales deseos de renovación o reforma. El tiempo apremiaba y ya no alcanzaba para moldear nuevos candidatos entre quienes seleccionar.

La escalada hacia la cima de Díaz-Canel ha sido breve, comenzó en las fuerzas armadas cubanas y después pasó a ser dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas. Se desenvolvió como primer secretario del Partido Comunista en la provincia de Holguín y también ocupó el cargo de ministro de Educación Superior. Su carta de triunfo ha sido la obediencia, esa habilidad para hacerle saber a sus superiores que en él tienen un hombre de continuidad y no de ruptura. Claro, esa podría ser también la estrategia del camaleón que prefiere mimetizarse con el entorno hasta llegar a colocarse en una verdadera posición de poder. Habrá que ver cómo se comporta cuando la mirada de Raúl Castro ya no esté sobre él.

Por lo pronto, a Miguel Díaz-Canel le aguarda un camino incierto y plagado de trampas. No sería la primera vez que algún delfín se creyó imprescindible y terminó acusado por sus propios creadores de hacerse adicto a las “mieles del poder”. Así que deberá ser cauteloso, solícito a cada orden y paciente.

¿Es el habano un producto para nacionales?

Por: | 10 de febrero de 2013

Idolo del Tabaco (1)
El abuelo mascaba tabaco, lo mordía y lo humedecía con su saliva en un rito obsesivo que lo acompañaba durante todo el día. Tenía también aquella pipa, a la que agregaba la picadura preparada por él mismo y que usaba sólo después de las comidas. Pertenecía a esa generación que creció viendo a las más famosas estrellas de Hollywood fumar en la gran pantalla y las había imitado desde las lunetas de los cines. Mi abuelo no se parecía en nada a Humphrey Bogart con su cigarrillos de galán irresistible en Casablanca; tampoco a un Marlon Brando envuelto en el dañino humo de la nicotina y de la sensualidad.  Porque, a diferencia de aquellos hombres glamorosos, Basilio Eliseo era un isleño hosco, con manos llenas de callos e incapaz de escribir una oración completa. Pero, eso sí, compartía con tan célebres personajes el gozo ante un buen puro. El olor que emanaba –casi vuelvo a sentirlo- era una mezcla de sudor con nicotina que se quedaba en el aire horas después de haberse marchado.


Para los cubanos que aún gustan de los habanos, se ha vuelto complicado satisfacer tal preferencia. El mercado en pesos convertibles ha absorbido la mayor parte de la producción que ahora se comercializa a precios estratosféricos en lujosas tiendas especializadas. Ante los atónitos transeúntes, cuyos sueldos mensuales apenas si superan los veinte euros, se muestran en los escaparates cajas de Romeo y Julieta por el salario de todo un año o un solo Cohiba por el costo de veinte días de trabajo. La oferta de puros en moneda nacional, a un precio asequible para los del patio, está prácticamente en extinción. En parte, porque los hábiles comerciantes del mercado ilegal los acaparan, les cambian los cintillos y se los venden a los turistas como si fueran de mayor calidad. Pero también porque el Estado ha perdido interés en venderle a sus ciudadanos un producto que prefiere exportar, obteniendo así más jugosos dividendos.


Sin embargo, más allá de las consideraciones mercantiles o incluso médicas, lo cierto es que esa imagen del viejito cubano con un puro entre los labios se va convirtiendo en cosa de afiches publicitarios y propaganda comercial. Ni un jubilado, ni un profesional activo –sea cual sea su especialidad- puede darse el lujo de adquirir tabacos de cierta calidad a un precio que guarde alguna relación con sus entradas legales. Se trata de un renglón nacional que ha pasado a ser de consumo internacional; un símbolo de cubanía transmutado en trofeo para visitantes foráneos. Salvo los cultivadores que reservan unas hojas para su propio consumo o el de su familia, cada vez menos compatriotas pueden decantarse por este tipo de “fuma”. Y no se trata ahora de defender un hábito nocivo a los pulmones y perjudicial para el bolsillo, sino de reconocer que el llamado habano,  al contrario de lo que creen tantos extranjeros , ya no es un producto para los que viven en esta Isla. La estampa de mi abuelo Eliseo masticando las hojas o sirviendo la picadura en la pipa es sólo eso… una imagen llena de anacronismos en estos días que corren.


La cinta infinita

Por: | 30 de enero de 2013

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Imagen del sitio www.tribecafilm.com

Quienes alguna vez hayan tomado una tira de papel y pegado sus extremos, después de dar media vuelta a uno de ellos, saben que lograran una figura única. Se hace llamar la Cinta de Moebius en honor a uno de los matemáticos alemanes que la descubrió. Pero más allá de un entretenimiento o de un homenaje a las ciencias, el objeto que tendremos entre las manos resultará un desafío para nuestra comprensión de las formas y del espacio. Si deslizamos la yema de un dedo por una de las caras del papel comprobaremos que no existe un afuera ni un adentro, sino que la cinta sólo tiene un único lado. Recorrerlo nos llevará una y otra vez al mismo lugar, nos hará empezar invariablemente por el inicio de un idéntico camino.

Al filme Una Noche, de la directora inglesa Lucy Mulloy, le ha ocurrido como a esa extraña figura de la geometría. Comenzó inspirado en una historia real, posteriormente saltó a la pantalla grande, para concluir saliéndose de ella y provocando una realidad similar a la de sus orígenes. Los jóvenes de carne y hueso cuyas vivencias narra la película fueron interpretados a su vez por dos nóveles actores que terminaron realizando el sueño de aquellos protagonistas reales. El punto de partida -una y otra vez- de esta peculiar Cinta de Moebius ha sido la emigración. El deseo de escapar de Cuba, que aunque frustrado para los personajes, se logró concretar en el caso de sus intérpretes. Cuando Anailín de la Rua y Javier Nuñez decidieron no llegar al Tribeca Film Festival y quedarse en Miami para acogerse a la Ley de Ajuste Cubano, ese día estaban pegando las puntas de dos dimensiones bien diferentes: la ficción y la realidad. Convirtiéndolas así en un mismo y continúo lado de sus propias vidas.

A pesar de la ausencia de parte de su elenco, Una Noche salió de ese festival con tres premios. A la mejor directora novel, al mejor actor –compartido por los dos protagonistas masculinos- y también el galardón a la mejor fotografía. Este último merecidísimo, dado el retrato veraz que se logra de los interiores y exteriores que sirven de marco a la narración. La crudeza y la miseria en una Habana que muy poco se parece a esa urbe de los anuncios turísticos, que invariablemente muestran el Capitolio, el hermoso Focsa o la espigada Plaza de la Revolución. En lugar de eso, la visualidad es la de la decadencia arquitectónica y urbanística de los barrios pobres, olvidados por los procesos de restauración y por las rutas de los visitantes extranjeros.

Las locaciones han sido elegidas para que formen parte inseparable de la fatalidad de la historia, de manera que el escenario es protagonista esencial. Incluso algunos personajes secundarios se ven superados por la fuerza de su entorno. Entre ellos, el hombre que vende medicinas ilegales y esconde su preciado tesoro de fármacos en una cama simulada; o el travesti de vestido ajustadísimo que espera en uno de esos portales habaneros llenos de polvo y olvido. También la mujer enferma de VIH cuya casa transita al igual que ella por una agonía. Nada es exagerado a propósito, ninguna pared despintada con intención o la mugre de utilería puesta frente a la cámara. Es decrepitud auténtica, de la que duele cuando se le toca.

Así, el medio físico va acrecentando esa atmósfera opresiva que lleva a los protagonistas a escapar. En un momento, el espectador siente que también quisiera subirse a una balsa rústica y lanzarse al mar con tal de dejar de ver tanta depauperación física y moral. No hay manera de permanecer impávido en la butaca del cine, porque la historia que cuenta Una Noche es como esas tragedias griegas que desde el principios se presiente que sobrevendrá el drama. Una desdicha a la que los personajes principales son arrastrados casi sin poder hacer nada. Atrapados en las circunstancias, empujados por ellas.

La Noche es, desde su primer minuto, una película sin tapujos, centrada especialmente en una generación. Esa misma generación que cada día repitió en los matutinos escolares la consigna “¡Pioneros por el Comunismo! Seremos como el Che” y que, sin embargo, hoy busca desesperadamente algo en que creer. Son justamente esos jóvenes menores de treinta años los que han terminado viviendo en una Cuba de deterioro ético donde el ideal más compartido es emigrar. El filme se separa así de buena parte de la filmografía rodada por extranjeros en la Isla, pues no busca la carcajada ni se deja meter en los estereotipos del ron, la salsa y las mulatas. Todo eso, de una manera u otra, está en la historia, pero con una agobiante carga dramática, más como mecanismos de enajenación que de disfrute. Aunque vale decir que tampoco se logra evadir de todos los esquemas. Como el del músico que improvisa en la calle mientras un grupo de personas baila junto a él, imagen demasiado cercana a las visiones foráneas que se tienen de la Isla.

El amor tratado como desahogo, cual balsa a la que aferrarse en alta mar. Coitos fugaces, la traición en forma de senos o de penes, la mentira escondida bajo la ropa y las alusiones sexuales como parte inseparable del lenguaje urbano. Descarnada forma de representar la lujuria nacional. Muy lejos de esa mezcla de potencia y romanticismo en la que tantas veces se ha intentado encerrar la pasión de los cubanos. Y el guiño también del afecto dulce, que apenas si pasa de un beso, casi imposible, dado en las circunstancias más adversas en las que se mueven los personajes.

La vida de varias familias se entrecruza en sus miembros más jóvenes, en sus retoños. Seres moviéndose todo el tiempo entre la legalidad y la ilegalidad. La excelente actuación de Dariel Arrechada en el papel de Raúl confirma que la escuela cubana de actuación sigue dando al mundo un sinúmero de talentos. Se agradece también el uso de rostros prácticamente desconocidos para las pantallas, pues en las producciones nacionales se repiten excesivamente los mismos nombres. También en la selección de la música se rehuye de los lugares comunes. Los espectadores asisten a una verdadero privilegio auditivo, con canciones que van desde el hip hop y el reggaetón hasta los géneros más tradicionales. Ritmos más modernos que sirven de partitura a muchas de las escenas.

La directora inglesa ha asegurado que su intención no era enviar un mensaje político, sino “contar una historia sobre las emociones”. Pero en Cuba, narrar la realidad, retratar la vida actual es peor que gritar una consigna contestaria o redactar centenares de documentos opositores. De manera que Una Noche es un golpe durísimo a la ilusión, a esos vestigios de paraíso ubicado en el Caribe que todavía quedan en la mente de muchos que no lo viven. También es un puntillazo para la esperanza. No en balde el final de la historia podría interpretarse como una nueva oportunidad para empezar, aunque poco haya cambiado.

Noventa millas entre Cuba y La Florida. Tan cerca, pero tan lejos. Tan fácil cuando se imagina cruzarlas en una rústica embarcación, pero tan suicida cuando se intenta. Todo eso parecieran decir las olas que recorren la franja de mar entre Cuba y Estados Unidos. Un mar que incita y asusta y que en el filme está  presente desde la primera escena. A punto de aparecer los créditos del final también está ese mar rompiendo en una playa, quizás para enfatizar en el viaje de regreso al punto de partida. El círculo que se cierra, la cinta de Moebius que nos devuelve al mismo lugar. A una Isla que nos atrae hacia ella como un fatídico imán. 

Del mundo virtual al mundo real

Por: | 23 de enero de 2013

  Expresarse2

Imagen tomada de http://www.flickr.com/photos/ervega/532592865/

La pantalla ilumina su rostro mientras sus dedos se deslizan veloces sobre el teclado. Afuera la vida transcurre, los autos tocan el claxon y un perro pasa de prisa frente a la puerta. Tal pareciera que al cruzar el umbral de la casa la vida tecnológica tendría que ceder ante la realidad, pero a principios de este tercer milenio ya es imposible deslindar el mundo virtual de este otro concreto y físico que nos rodea. Caminar por las aceras, asomarse a las esquinas, intercambiar palabras con los amigos, siempre tiene algún que otro componente anclado a ese universo de píxeles y kilobytes.

Un blogger es una criatura mestiza, parada entre dos dimensiones: la superficie donde habita y un ciberespacio de infinitas posibilidades para la expresión y la creación. Es un eslabón perdido entre tantos fenómenos: el periodismo y la escritura digital; la era de los expertos de Internet y la de los advenedizos de la red; la protesta de adoquín en mano y las nuevas demandas cívicas vía Facebook o Change.org. El dilema entre vivir o narrar lo que nos pasa vía Twitter; observar o hacer clic con la cámara del iPhone; amar o enviar un emoticón de rostro sonriente al móvil de nuestra pareja. La disyuntiva de si comportarnos sólo como ciudadanos en la gran telaraña mundial o hacerlo también en este mundo de cláxones que suenan, perros que pasan y cuerpos que sienten.

Cuando hablamos de ser un internauta en este siglo XXI, estamos incluyendo en esa palabra el concepto de responsabilidad. La responsabilidad de asumir una voz pública aunque nos escondamos detrás de un seudónimo. La responsabilidad de exponer nuestras opiniones a la mirada de millones de potenciales lectores. El costo personal y social de tamaña osadía comienza a sentirse de inmediato en mayor o menor grado. El vecino que nos dice “te leí” mientras esboza una sonrisa de complicidad, el contrincante que desvirtúa nuestras palabras para presentarlas como lo contrario y hasta los aludidos en nuestro escrito que dirán “¿y a ti por qué te ha dado por contar todo eso?” Una vez que pasamos esa línea sutil entre el silencio y la expresión en la red de redes ya no habrá paz… pero tampoco aburrimiento.

Si encima de eso nuestra voz en la web incomoda a algún poderoso, dígase un gran grupo empresarial o un gobierno autoritario, entonces los efectos pueden ser más serios todavía. Tendemos a ser el eslabón más frágil por el que se rompe la cadena. Aunque presentarnos sólo como víctimas no se ajusta siempre a la verdad. Ver al blogger como un pequeño David enfrentado a la fuerza descomunal del Goliat del oficialismo o de los monopolios corporativos ha generado un esquema del que es necesario salirse. La tecnología no tiene una ética en sí misma, de ahí que adopte parte de la personalidad y del comportamiento de quien la usa.  En los blogs encontramos de todo: desde loables proyectos altruistas hasta las más bajas pasiones humanas. Hemos hecho el ciberespacio a nuestra imagen y semejanza, plagado de claros y oscuros que retratan nuestras bajezas y nuestros más elevados gestos de bondad.

  Expresarse1

Imagen tomada de http://www.flickr.com/photos/ervega/532497170/

Ciudadanos 2.0 versus regímenes 0.2

Dedos deformados de tanto teclear, pensamientos que se expresan en trozos de 140 caracteres, multitasking, habilidad para leer en diagonal y una mirada extraviada si la vida no se comporta como ventanas que se cierran y abren, con papelera de reciclaje incluida. Cualquiera que sea un internauta consumado se ha transformado en una suerte de mutante, en un ser atrapado entre la universalidad de sus espacios virtuales y la condición local de su existencia.

Los blogs constituyen hoy un conglomerado de pluralidad temática y formal difícil de definir y clasificar. Desde fabulosos coleccionistas de recetas de cocina, pasando por escritores frustrados que colocan cada semana textos sublimes o ridículos, fanáticos del beisbol que defienden en cada post las jugadas de su equipo preferido, hasta los olvidadizos que un día crearon un sitio en Blogger.com o en WordPress y apenas tienen colgado en él un “Hola Mundo”. Y sobre todo, hay blogs en los que nos jugamos la vida y la libertad; blogs del todo por el todo, del riesgo que crece con cada palabra publicada.

En países donde existe un férreo monopolio gubernamental sobre la prensa, los informadores independientes somos tomados por la propaganda oficial como enemigos, apátridas, mercenarios. Coincidentemente, en esas sociedades suele ocurrir que el acceso a Internet está restringido y severamente controlado. Son, en su mayoría, naciones donde la conectividad es un privilegio que se otorga a los más confiables o donde la web termina siendo un esperpento de sitios filtrados, cortafuegos sofisticados y disciplinados soldados tecnológicos que pesquisan en foros y portales. Nos queda la impresión de que exponerse a tener un blog informativo o de opinión en regímenes de naturaleza totalitaria sería como dispararse uno mismo un tiro en la sien; como señalarse al propio rostro cuando pasa cerca el policía y gritarle: ¡Sí, he sido yo! Sin embargo -vaya paradoja- en países así, expresarse en el ciberespacio puede tener más probabilidades de éxito que en la vida real.

La reprimenda contra los bloggers disidentes tiende a ocurrir,  la mayoría de las veces, en el mundo físico. Vigilancia, persecución, cárcel y, en los casos más dramáticos, la muerte como castigo por la osadía de opinar o informar. También hay otras estrategias para intentar destruirnos en vida: fusilamiento mediático en la prensa oficial, lapidación de nuestra imagen pública a través de la difamación, intimidación a los amigos que nos rodean para que no se acerquen y ciertas amenazas dichas al oído de la personas que más queremos tienden a completar el cuadro “disuasorio” que ha llevado al cierre de más de un sitio contestatario. Donde las policías del pensamiento se han hecho especialmente sofisticadas es en la batalla en el ciberespacio. Allí contratacan, lanzando sobre los ciberactivistas oleadas de kilobytes descalificatorios en respuesta a nuestras críticas y denuncias.

Es en ese punto en que podemos ceder al impulso de responder al insulto con insultos, al grito con gritos y con esa estrategia los intolerantes nos habrán arrastrado al sendero de la violencia verbal. Puede ocurrir que en lugar de acudir al ataque como protección, empecemos a dedicar una buena parte de los textos que escribimos a justificarnos y tratar de limpiar nuestra imagen. Los anónimos acusadores habrán logrado entonces sacarnos del camino social para encerrarnos en el laberinto de la autodefensa. La responsabilidad se impone con más fuerza en dicho caso. Muchos hemos pasado por circunstancias de ese tipo, sabemos que se convierten en momentos en los que nos preguntamos realmente para qué y por qué un día nos asomamos a un ordenador, tecleamos un par de frases y publicamos nuestro primer post. Instantes que se volverán cada vez más frecuentes a medida que los ciberactivistas seguimos reportando. Cada día nos cuestionaremos si vale la pena pagar tan alto precio público y personal en aras de contar lo que ocurre en nuestros respectivos países. Más de un fragmento de ese camino de dudas y miedos lo transitaremos en solitario. Miles de bitácoras abandonadas o con el cartel de “cerrado” -colgado en su portada- dan fe de ello. Bloguear es una carrera de resistencia colmada de obstáculos. Es más frecuente quedar enredado en uno de esos escollos que seguir en la pista. Se necesitará una buena dosis de voluntad para lograrlo, pero la solidaridad de otros será determinante.

Cada vez se le hace más difícil a los regímenes autoritarios emprenderla contra los disidentes y defensores de derechos humanos sin provocar con ello la repulsa en la web. Una etiqueta repetida hasta el cansancio en Twitter, una petición que llegue a miles de firmas por la liberación de un individuo, un aluvión de mensajes de demandas en las webs oficiales de cierto gobiernos, son estrategias que están dando resultado. Las herramientas virtuales inciden en la realidad y la hacen cambiar. La Plaza de Tahrir en Egipto tal vez sea el ejemplo más acabado de esa conexión. La insatisfacción ciudadana con un gobierno autoritario de tres décadas encontró en las redes sociales, los blogs y los teléfonos móviles las herramientas vitales para aglutinar y convocar.

En las revoluciones árabes, las pantallas y los teclados fueron un canal para la rebeldía, pero el punto de ebullición se alcanzó codo a codo, cuerpo a cuerpo, en las calles. El mundo virtual arrojó a todos esos jóvenes de vuelta a la realidad, más fortalecidos, más ciudadanos.

 

 

En la línea de arrancada

Por: | 10 de enero de 2013

Paraiso
En la misma cama duermen los cuatro. Debajo del colchón hay un par de maletas y en una esquina de la habitación se alza la percha con muy poca ropa. Cada día compran pizzas o bocaditos, porque ya ni siquiera cuentan con útiles para cocinar, ni platos, ni cucharas. Lo han vendido todo, o casi todo. La casa, el auto de los años cincuenta y los equipos electrodomésticos que una vez tuvieron. Remataron también el panteón familiar en el cementerio, los jarrones de porcelana y una casilla postal -en el correo del barrio- que apenas si usaban. A los parientes del campo le regalaron lo que nadie quiso comprarles: los vestidos usados, los juguetes despintados y la vieja máquina de coser. Después alquilaron la pequeña habitación donde están ahora, a la espera de que el próximo lunes entre en vigor la reforma migratoria.

Como tantos cubanos, esta pareja ha aguardado por años para poder emigrar junto a sus dos hijos menores de edad. Sólo cuando empiecen a regir las nuevas flexibilizaciones se permitirán finalmente los viajes temporales para quienes aún no han cumplido los 18 años. Parece un detalle intrascendente, pero conozco numerosos padres atados a esta tierra por no dejar atrás a sus pequeños. Gente que tuvo que elegir entre radicarse en otro lugar del planeta en solitario o quedarse aquí acompañada pero frustrada. Durante décadas, los únicos niños que lograron viajar fueron aquellos pocos privilegiados cuyos padres cumplían una misión oficial o aquellos que salían de forma definitiva, sin retorno. No había términos medios cuando de infantes se trataba.

Así que, como ansiosos corredores en la línea de arrancada, muchos esperan la señal para enrumbar hacia el aeropuerto con sus hijos de la mano. Mientras tanto, viven en cuartos alquilados y tratan de cambiar sus pesos convertibles en una moneda que funcione por allá afuera. Desde que en octubre pasado se publicara el Decreto-Ley 302, esta fiebre de escapar se ha expandido. Nada más saberse la noticia, aumentaron los anuncios clasificados con ofertas de casas y otras propiedades en los sitios digitales. Parte del capital para pagar boletos y comenzar una nueva vida en otro lugar se está obteniendo a través de la liquidación del patrimonio en territorio nacional. Desprenderse de todo para irse, deshacerse para ser. Una tendencia que comenzó con la autorización de la compra y venta de viviendas a finales de 2011, pero que ahora se agudiza.

A pesar de que varias embajadas han reforzado los requisitos para obtener una visa, no debe subestimarse el ingenio y los mil y un trucos de los que hacen gala los cubanos. Incluso anda circulando por ahí una lista de naciones que no exigen visado para esos pasaportes con el escudo de la palma solitaria. Aunque, lamentablemente, hacia la mayoría de esos destinos no hay vuelos directos y por tanto se necesita el permiso del país donde el avión realice la escala. Pero eso no es motivo suficiente para desestimular a quienes quieren emigrar. Han aguardado con paciencia este momento y ningún obstáculo les va a destruir su ilusión. Cuentan los días, vegetan a media máquina. El 14 de enero puede empezar para ellos una nueva vida. ¿La alcanzarán?

El País

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