Carlos Dada

Los ixiles inauguran el futuro de Guatemala

Por: | 13 de mayo de 2013

El sábado pasado, un especial sobre Beyoncé ocupaba más espacio en la portada de uno de los periódicos más importantes de El Salvador que la condena por genocidio contra el ex dictador guatemalteco Efraín Ríos Montt. En otro, que se las arregla para meter diez noticias en portada, la hstórica condena ocupaba la séptima posición; era apenas una ventanita en la portada del tercer matutino de distribución nacional. 

En Honduras dos periódicos ni siquiera lo consideraron noticia digna de entrar en portada, y otro apenas le otorgó el más pequeño de sus llamados de primera plana. 

En la jerarquía informativa tradicional de estos dos países, la sentencia por 80 años a Ríos Montt, encontrado culpable de genocidio y crímenes contra la humanidad, pasó desapercibida.

Estas omisiones no son casuales. Son el resultado deliberado de las preocupaciones de sectores conservadores por evitar que la gente se entere, que el virus se expanda, que se crean que ese “accidente” guatemalteco puede intentarse también en otros países. Hay que esconder la noticia. Los medios tradicionales parecen no haber aprendido aún la gran lección periodística de la revolución tecnológica: las noticias ya no se pueden esconder. Y menos esta, una de interés universal generada aquí al lado cuyas consecuencias tendrán, tarde o temprano, que publicar en sus primeras planas.    

***

Ixiles

Llegaron desde sus aldeas a esa gran torre a contar su pasado de muerte y persecución. Hombres y mujeres ixiles desfilaron frente al dictador Efraín Ríos Montt y a la jueza Yassmín Barrios para narrar el horror del genocidio, el dolor de la muerte de los hijos, el agotamiento de la huida, la usurpación de sus tierras. 

Esperaron treinta años para caminar a la capital guatemalteca y rendir testimonio. Nos recordaron que entre 70 y 90 por ciento de sus aldeas fueron destruidas y que casi la tercera parte de su pueblo desapareció en manos de hombres armados. Su visión de los vencidos elevada a un manifiesto de dignidad. Después se quedaron para ver al ex dictador enfrentar su juicio. 

A los ixiles, y a las organizaciones que acompañaron su denuncia, los acusaron de atentar contra la paz, de mirar al pasado para reabrir heridas y amenazar la estabilidad política y la reconciliación de la sociedad guatemalteca. No es bueno mirar al pasado, les dijeron, como nos han repetido en Centroamérica una y otra vez los que se mancharon de sangre y luego amenazaron con boicotear la paz si no les garantizaban impunidad; y luego pretendieron que se olvidara todo.  

Pero los ixiles no han olvidado. Ellos tejen su historia de otra manera. “Hemos venido aquí porque cuando nos muramos esto ya no se podrá contar”, me dijo Domingo Raimundo, un sobreviviente ixil que asistió al juicio. Los ixiles hablan del pasado pero miran al futuro. Al de todos nosotros. Un futuro sin espacios para la impunidad ni el racismo y con igualdad de derechos y de justicia para todos. Con su búsqueda de justicia, metieron a un genocida a prisión, en su propio país, por primera vez en la historia de la humanidad. 

***

Durante el mes que duró el juicio a Ríos Montt, algunos periódicos guatemaltecos publicaron suplementos enteros redactados por veteranos militares negando el genocidio y acusando a fuerzas de la izquierda nacional e internacional de querer manchar el nombre de Guatemala y de dividir a la sociedad. Un grupo de firmantes de los Acuerdos de Paz publicó también un comunicado en el que advertían que, de seguir ese juicio, se ponía en riesgo la paz que tanto había costado y que temían por el retorno de la violencia política, como si el problema fuera el juicio o el legítimo derecho a la justicia y no los matones poderosos que aún amenazan con volver empuñando macanas y pistolas si se les sigue provocando. ¿Qué tipo de paz es esta, sometida al chantaje y la impunidad de los criminales de guerra? ¿Qué tipo de nación es Guatemala si aún le asusta el enfado de los criminales?

Es una Guatemala que ha comenzado a cambiar desde el pasado viernes. Quien pretenda de ahora en adelante perpetrar nuevas atrocidades sabrá ya que nada garantiza que terminará sus días tranquilo. A sus 86 años, el otrora hombre más poderoso de Guatemala, un dictador de manual, ha pasado ya tres noches en prisión, condenado a 80 años por genocidio y crímenes contra la humanidad. Las posibilidades transformadoras de este juicio son enormes, porque ha puesto en entredicho todos los soportes de una de las sociedades más racistas y desiguales de América Latina.   

***

Las experiencias de la justicia transicional y de los procesos de reconciliación nos indican que es falsa la premisa de que a cambio de la paz debemos sacrificar la justicia. Todas las experiencias, de Alemania a Sudáfrica, Ruanda y la ex Yugoslavia, confirman que no fue correcto pensar en una verdadera reconciliación sin el establecimiento de la verdad y la inequívoca institucionalización de las lecciones: ni el racismo, ni las dictaduras ni los crímenes de lesa humanidad serán permitidos nunca más.  

Centroamérica, cuyos procesos de paz fueron considerados modélicos en el mundo entero, es hoy un buen lugar para evaluar los errores cometidos. En El Salvador, por ejemplo, los Acuerdos de Paz detuvieron la guerra, pero fueron tan incapaces de modificar sustancialmente las estructuras de poder y la impunidad que la violencia política simplemente mutó a la violencia criminal. El mensaje que enviaron los acuerdos fue nefasto: con justicia no habrá paz. Fue la premisa de los firmantes, casi todos ellos potenciales sujetos de juicios por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. 

Quien alega que no había otra forma de lograr la paz, porque las partes nunca aceptarían ser enjuiciadas, tiene un gran argumento, pero eso no significa que sea correcto. 

La amnistía, la amnesia, la desmemoria y la impunidad como narrativas nacionales terminan boicoteando todo intento por crear sociedades más dignas, más justas y más felices, lo cual es paradójico porque precisamente la construcción de estas sociedades es a lo que, en los terrenos del deber ser, está llamado a aspirar todo pacto político.  

***

El regalo de los ixiles es una nueva posibilidad de futuro. Una que se ha abierto ya con la revisión de la historia oficial guatemalteca y el cuestionamiento de los valores que la han mantenido como la sociedad disfuncional que es ahora (como lo son también las de Honduras y El Salvador). 

Difícilmente el juicio cambiará la manera de ver las cosas de los hijos de militares que han estado manifestándose en las calles con camisetas que portan eslóganes como “Los guatemaltecos no somos genocidas”. Pero las nuevas generaciones, ajenas a la guerra y mucho más expuestas a las ideas del resto del mundo, crecerán marcadas por un juicio y unos testimonios que se han integrado ya, y para siempre, a la narrativa guatemalteca. 

De aquí vendrán nuevas generaciones con nuevos paradigmas y nuevas lecciones. Que abren las puertas para transformar el racismo enraizado como una tradición y avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más incluyente, más civilizada. Por eso los ixiles, al reabrir el pasado, nos han descubierto el futuro. 

El resto de América Central, independientemente de las intenciones mediáticas de restar importancia a este acto, terminará más pronto de lo que se imaginan  contaminada por el virus. 

Los tres Chávez

Por: | 18 de marzo de 2013

 

Chavez

1.-El conciliador

Este Chávez no era tal. En aquel año 2000, la primera vez que lo vi, tenía apenas un año de haber enterrado al bipartidismo venezolano y creía aún en humanizar un capitalismo que había olvidado a los pobres en su país. Todos conocíamos su sorpresivo e histórico triunfo que terminó con el sistema político dos años antes, pero Chávez llegó discreto a la Cumbre Iberoamericana de Panamá, entre un ejército de cámaras fotográficas y reporteros boquiabiertos que seguíamos a Fidel Castro de conferencia en conferencia.

Dos días antes, la policía panameña, guiada por la omnipresente inteligencia cubana, había capturado al terrorista anticastrista Luis Posada Carriles y desmantelado un compló más para asesinar a Fidel. Así que Chávez y los demás mandatarios de América Latina, España y Portugal, llegaron sin que nadie les pusiera más atención que la que requerían las fotos obligadas en los cables de agencias noticiosas. Fidel concentraba todas las miradas, que aprovechaba para denunciar las actividades de Posada Carriles y los años que había vivido protegido por las autoridades salvadoreñas (llegó a Panamá con un pasaporte salvadoreño) conspirando junto al exilio cubano de Miami. Y luego pasó algo sin precedentes.

Los mandatarios se reunieron a puerta cerrada. La versión oficial dice que fue un error técnico, pero lo cierto es que mientras escribíamos notas sobre la declaración final de la cumbre en el salón de prensa, se encendieron los monitores y presenciamos un acalorado enfrentamiento entre Fidel y el presidente salvadoreño, Francisco Flores. Castro acusaba a Flores de darle protección a Posada Carriles, y el presidente salvadoreño respondió culpándolo de haber financiado al FMLN en los años ochenta y de ser responsable de miles de muertes en la guerra civil salvadoreña etcétera etcétera. Intentó mediar la discusión algún presidente sudamericano y Fidel lo calló y dictó una cátedra de historia salvadoreña del Siglo XX que cerró acusando al partido de Flores, ARENA, de haberse fundado sobre los Escuadrones de la Muerte y de conspirar con el anticastrismo cubano de Miami para poner bombas en hoteles de La Habana.

Entonces Chávez tomó el micrófono, contó un chiste sobre españoles y venezolanos y las deudas heredadas desde la colonia que provocó risas y liberó las tensiones de los otros jefes de Estado. Luego les pidió a ambos que terminaran la discusión y que conversaran la siguiente semana, en privado, en la toma de posesión del presidente mexicano Vicente Fox. Se ganó el reconocimiento unánime de todos los asistentes (Comenzando por el Rey Juan Carlos I de España, el mismo que doce años después le disparó aquel “¿Por qué no te callas?”) y el agradecimiento eterno de la presidenta panameña por haberle salvado la reunión presidencial más tensa de que se tenga memoria. Aquella fue la última cumbre a la que asistió Fidel Castro.

Hugo Chávez salió de Panamá con las cámaras siguiéndolo. Era el gran conciliador. Dos días después visitaba San Salvador y se retrataba abrazado con Francisco Flores. ¿Y Fidel? “Ya me prometió que se dará un abrazo con Francisco la próxima semana, en México”. En México, la siguiente semana, no hubo tal abrazo con Francisco Flores. (Luis Posada Carriles, el terrorista, fue liberado años después, tras recibir el perdón de la presidenta Mireya Moscoso la mañana del último día de su gestión presidencial).

Por aquellos días, ya siendo presidente, Chávez no hablaba de socialismo. El periodista venezolano Albinson Linares rescató recientemente, en su libro Nuestro Enfermo en La Habana, una entrevista concedida por Chávez al chileno Manuel Cabieses en 2005, en la que mirando al pasado le confiesa: “Estaba confundido, hacía lecturas equivocadas, tenía unos asesores que me confundían todavía más. Llegué a proponer un foro en Venezuela sobre la Tercera Vía de Tony Blair. Hablé y escribí mucho sobre un ‘capitalismo humano’. Hoy estoy convencido de que eso es imposible; llegué a la conclusión de que el único camino para salir de la pobreza es el socialismo”.

2.-El sobreviviente

En 2001 Chávez aprobó las llamadas leyes habilitantes que incluían una reforma agraria, una nueva ley de hidrocarburos y una ley de pesca que podrían ser consideradas conservadoras por cualquier país desarrollado, pero intolerables para la rancia elite venezolana.

El desprecio de las elites económicas y el odio de la corrupta dirigencia sindical venezolana les impidieron dimensionar a Chávez. Confundieron el mesianismo del presidente con estulticia y decidieron poner punto final al atrevimiento de aquel advenedizo. Entre los empresarios, los sindicalistas y algunos militares le montaron un golpe de Estado con la mirada complaciente de Estados Unidos (y la España de Aznar); el golpe dio paso a su captura y a la instalación de un gobierno presidido por el líder empresarial Pedro Carmona y reconocido de inmediato por el presidente Flores (luego se dijo que Estados Unidos, España y Colombia también hicieron gestiones para reconocerlo pero nunca hubo más reconocimiento oficial en todo el mundo a aquel gobierno golpista que el de El Salvador).

Chávez regresó dos días después en los hombros de su pueblo, y entonces se dio cuenta de que ya no podía seguir jugando al malabarista. Le declaró la guerra a los golpistas, a Estados Unidos y a todo lo que tuviera que ver con ellos y consolidó para siempre su comunión con ese pueblo que le había dado más fuerza que todos los poderes que intentaron derrocarlo.

La oposición, cercada y aún ciega, intentó un último embate y en diciembre de ese mismo año le montó un paro general que dejó a Venezuela sin productos básicos. Los principales medios de comunicación se unieron abiertamente al paro; la empresa privada paralizó la producción y la distribución de bienes mientras los sindicatos frenaron al sector petrolero. Chávez, mermado, apeló a la resistencia de su pueblo.

En aquel diciembre visité por primera vez Caracas que era un manifestódromo. Cientos de miles de manifestantes chavistas y antichavistas se cruzaban en las principales avenidas. Parecía una caricatura de la división de clases sociales, pero era el retrato de las pasiones divididas alrededor del presidente. La comida escaseaba. En los hoteles más lujosos ya no quedaba ni leche y en las calles apenas se conseguían arepas. Era casi imposible conseguir un boleto de avión porque miles de venezolanos de las clases medias y altas hacían colas para abandonar el país. A manera de premonición, uno de los simpatizantes chavistas me dijo: “Esta la ganamos nosotros porque estamos acostumbrados a vivir sin comida. Ellos se van a desesperar más rápido”.

Entre cacerolazos y en pleno pulso con el sector productivo venezolano, Chávez se refugió en su púlpito. Sin eco en los medios de comunicación arremetió con su Aló Presidente y recibió a la prensa extranjera. Cada día del paro, en vez de doblegarlo, parecía acrecentar la figura del presidente.

Un domingo de aquel diciembre presencié en Miraflores seis horas de monólogo chavista junto a docenas de periodistas internacionales. A la medianoche, tres periodistas nos sentamos a entrevistar al presidente en el balcón de su residencia. “No me gustan las entrevistas, prefiero las conversaciones así que conversemos y luego ustedes escriben lo que quieran”.

Nunca supe cuál era su secreto para no dormir. Aquella noche habló de su infancia, de su paso por la academia militar, de los héroes de la historia venezolana, de lo injusta de la distribución de la riqueza en Venezuela y de lo grosera que era la oposición que enfrentaba. Justificaba sus acciones y sus decretos autocráticos con la necesidad de resistir a las poderosas fuerzas que conspiraban en su contra. A pesar de la presión que enfrentaba aquellos días, Chávez era un hombre encantador. Afable, dicharachero y con un carisma que seguía intacto en horas de la madrugada.

Cinco horas después me disculpé y le dije que tenía que retirarme para tomar el único avión en el que pude conseguir asiento. Se levantó, entonó la garganta y comenzó a cantar: “Hermano salvadoreño, viva tu sombrero azul”.

Chávez no solo volvió a imponerse a una oposición torpe, estúpida y prepotente, sino que se encargó de que nunca tuvieran suficiente poder para volver a desafiar el suyo. Eso fue en 2002.

3.-El pueblo es Chávez es el pueblo

La noche de su reelección, en diciembre de 2006, Chávez la celebró anunciando, ante un mar de personas vestidas de rojo, el comienzo del Socialismo del Siglo XXI. Sus ministros y funcionarios, temerosos de terminar destituidos en cualquier domingo de Aló Presidente, se pusieron nerviosos. Nadie sabía a ciencia cierta qué quería decir el comandante.

El Estado venezolano era ya una enorme burocracia en función de lo que ordenara el presidente. Una que no tenía más estándares de calidad en materia de recursos humanos que la que dictaran los hombres más cercanos al comandante, usualmente funcionarios ineficientes pero envalentonados que amenazaban con llevar el proyecto chavista al fracaso.

La alcaldía de la capital era gobernada por un profesor universitario de apellido Barreto que escupía a sus adversarios después de insultarlos y para el cual el socialismo era una nueva oportunidad para depurar los círculos bolivarianos y hacerse de más recursos.

El alcalde organizaba tomas de edificios para dejarlos en manos de familias enteras y al siguiente día del mensaje presidencial apareció en televisión advirtiendo que purgarían al Estado y al partido. “Aquí somos comunistas y marxistas y el que no lo entienda tiene que irse”. El presidente le corrigió después la plana, como había hecho tantas veces antes.

Los chavistas más radicales, como el comando de Lina Rhon, que organizaban a los comités en los barrios marginales, acusaban de corrupción al alcalde y le advertían que él no era el chavismo. “El chavismo solo es Chávez”, le recordó uno de los organizadores de las milicias chavistas. “Esto no es Cuba, ni el 67. Esto es Venezuela, y en el Siglo XXI. ¿Dónde estaba (el alcalde) Barreto cuando salimos a defender a nuestro presidente el día del golpe? En las calles no andaba, así que mejor que cierre la boca”.

Chávez era el hombre fuerte, pero su círculo de poder no parecía, y nunca fue, suficiente para que los ambiciosos planes de revolución social del presidente se conviertieran en realidad. La corrupción, la ineficiencia y la desorganización frenaron ese proceso.

Pero en los barrios venezolanos Chávez se convirtió en una figura religiosa. Los pobres lo veneraban porque les había otorgado dignidad. Porque su presidente luchaba contra las naciones más poderosas del mundo y contra los hombres más ricos de Venezuela por ellos.

En las inumerables ventas ambulantes del centro de Caracas se vendían por decenas muñecos con la figura de Chávez Made in China, que al apretarles la espalda pronunciaban un discurso con la voz del presidente (“Ahora es que viene lo bueno, candanga con burundanga”).

En los barrios más pudientes de la ciudad, en cambio, muy pocos entendían por qué había sido reelecto ese hombre al que odiaban tanto. Los barrios populares, como el 23 de Enero o Catia, eran apenas unas lucecitas al fondo del paisaje desde sus balcones. Ahora aquellos pobres, que nunca habían existido, se atrevían a decidir quién mandaba en el país.

En su afán por dar la estocada final a sus opositores Chávez sustituyó a las elites tradicionales con nuevos beneficiarios del Estado. Cerró medios de comunicación e instaló los propios, tan llenos de mentiras y de vulgaridades y de insultos y de prepotencia como los que había cerrado.

En Miami, un cubanoamericano, propietario de una peletería, me confesó lo contento que estaba con el presidente venezolano: los antiguos ricos venezolanos se habían mudado a Miami y seguían siendo buenos clientes, pero ahora venían todas las semanas, desde Caracas, los nuevos ricos que compraban más mercancías. Los petroburgueses chavistas, los boliburgueses.

Es innegable que Chávez volcó grandes recursos a atender a las clases más necesitadas. En un país con desigualdades históricas insultantes, dedicó las rentas del petróleo a los pobres venezolanos. Pero el comandante, a pesar de su aparente omnipresencia que se extendía a América Latina entera, construyó un aparato burocrático corrupto e ineficiente paralelo a su culto personal. Se endiosó tanto, y lo endiosaron tanto, que terminó gritando que todos los venezolanos eran Chávez.

Su pecado no fue, como dicen sus críticos, haber terminado con la institucionalidad en Venezuela, porque esa tampoco existía antes. Sino creer que podía construirse un proyecto sostenible y un modelo social sin construir esa institucionalidad. Él era el soberano, él era el justo juez, él era el pueblo y el gobierno. Él era el socialismo del Siglo XXI.

Chávez ha sido el líder más emblemático de América Latina en este siglo. Un hombre que dio un nuevo rumbo a la izquierda revolucionaria latinoamericana, que abanderó la unidad regional y que se convirtió en el estandarte de la resistencia a la tremenda influencia estadounidense en el resto del continente.

Ha sido también el autócrata que pervirtió la institucionalidad para mantener control sobre todo el aparato del Estado venezolano, que censuró medios de comunicación y se vengó de sus opositores atropellando el Estado de Derecho. De la mano de Ejército y de los cuadros políticos que se formaron bajo su liderazgo, copó todos los espacios y asfixió a sus detractores.

Redujo significativamente la pobreza en Venezuela, pero se quedó muy lejos de sus ambiciones. A su muerte, Venezuela sigue siendo un país con desigualdad y violencia. Mucha violencia.

La historia se encargará de ponerlo en su lugar. Pero el mundo ha perdido a uno de sus personajes más fascinantes. Un hombre complejo, de marcados contrastes, de enormes luces y sombras. Un hombre carismático, utópico, mesiánico y vanidoso. Un venezolano singular y universal. El movimiento bolivariano está hoy huérfano, pero tiene también su primer mártir. Y con él intentará ganar las próximas elecciones.

13 Baktun y el fin del mundo maya

Por: | 21 de diciembre de 2012

Nosotros venimos del Brujo Lunar y de La de la Mansión de las Guacamayas. Del Brujo Envoltorio y La de la Blanca Mansión del Mar; de Guarda-Botín y La de la Mansión de los Colibríes; del Brujo Nocturno y La de la Mansión de los Bogavantes. Ellos engendraron a los hombres, a las tribus pequeñas, a las tribus grandes. A los hombres de maíz. Y a sus mujeres de nubes, selvas, volcanes y costas.

Falta apenas un sol para que se cierre otro ciclo. El 13 Baktun. Lo que equivale a cinco mil 128 años. Hasta acá llega el calendario porque es unidad que se reproduce en cuenta larga. Porque los mayas miden el cielo y la tierra de trece en trece. Pero vendrán más katunes y más baktunes. El fin del mundo maya no comienza mañana.

Comenzó, dice el Chilam Balam, cuando entró la tristeza.

Solamente por el tiempo loco, por los locos sacerdotes, fue que entró a nosotros la tristeza, que entró a nosotros el “cristianismo”. Porque “los muy cristianos” llegaron aquí con el verdadero Dios; pero ese fue el principio de la miseria nuestra, el principio del tributo, el principio de la limosna, la causa de que saliera la discordia oculta, el principio de las peleas con armas de fuego, el principio de los atropellos, el principio de los despojos de todo, el principio de la esclavitud por las deudas, el principio de las deudas pegadas a las espaldas, el principio de la continua reyerta, el principio del padecimiento. Fue el principio de la obra de los españoles y de los “padres”, el principio de usarse los caciques, los maestros de escuela y los fiscales.

Esto dice el Chilam Balam de Chumayel.

13baktun


 

 ***

A principios de esta semana, un ex director de Patrimonio Cultural de El Salvador publicó una disculpa en un periódico de circulación nacional –para cumplir con una orden judicial- por no haber protegido bienes arqueológicos. Hace algunos años (El Faro lo denunció en 2007) otorgó permisos de construcción para lotificar una zona arqueológica conocida como Sitio El Cambio, justo donde se creía que estaba un cementerio de los mayas que habitaron toda la zona de Zapotitán, que incluye Joya de Cerén y San Andrés. Los tractores comenzaron a emparejar la tierra. Sacaban una gran cantidad de cerámicas, de ofrendas, de huesos. “Basura arqueológica”, les llamó ese director de Patrimonio Cultural. Su jefe, el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, aclaró: “No se puede impedir una urbanización por unos tiestos”. Y siguió la tristeza.

Esa misma administración cultural hizo un convenio para que la privada Fundación Arqueológica Salvadoreña, FUNDAR, administrara los principales sitios arqueológicos registrados en Patrimonio Nacional. Nunca pensó el encargado nacional de la cultura, supongo, que podía haber un pequeño conflicto de intereses o riesgos para el patrimonio nacional: Algunos de los miembros de FUNDAR son los mayores coleccionistas privados de piezas arqueológicas, conseguidas pagando a campesinos para que desentierren en lugares donde el Estado no puede costear investigaciones y pagando a obreros de la construcción para que rescaten todas las piezas que los tractores dejen en buen estado en las construcciones que se llevan a cabo en zonas arqueológicas de El Salvador desde que llegó la tristeza. Piezas que terminan en sus manos privadas. Por eso en las casas de algunos miembros de FUNDAR hay mejores y mayores colecciones que las del Museo Nacional de Antropología e Historia. (En este país, donde hasta lo más público es privado, los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra civil en 1992 están colgados en la sala del ex Presidente Alfredo Cristiani).

Desde aquí escribo ahora. Desde el Valle de las Hamacas, cuna de los mayas que lo habitaron en el preclásico y que se sitúa junto al gran señorío de Cuscatlán de los pipiles, hoy convertido en centros comerciales, residenciales cerradas y una embajada. Una gran embajada del gran país del norte. Construidos sobre el centro cívico religioso de esa gran ciudad. Pero igual pasaron los tractores hace más de dos décadas, porque la geopolítica era más importante que unos tiestos viejos. De Cuscatlán no queda nada más que el nombre y las ruinas y figurillas soterradas a gran profundidad esperando que pasen los tiempos de los dioses escarabajos que todo lo corrompen y todo lo destruyen.

En el resto del país, de testimonio de aquel pasado nos quedan apenas unas pirámides maltrechas, recubiertas de monte o de cemento junto a montículos que prometen más pirámides que no pueden ser descubiertas por falta de presupuesto. Junto a promesas, pues, de hallazgos arqueológicos que nos ayuden a entender mejor cómo funcionaban las sociedades que habitaban el corredor maya desde aquí hasta el sureste mexicano, y cómo convivían, se comunicaban y hacían la guerra contra otras culturas mesoamericanas nahuas, toltecas, olmecas…

Por encima y por debajo de esas piedras, de esos grandes monumentos, escribió Carlos Fuentes en su maravilloso Espejo Enterrado, “existía en Mesoamérica una sociedad vivaz y sensible, circulando alrededor de las pirámides y creando los valores de la continuidad cultural de las Américas”. Y el hombre de esa sociedad se encuentra hoy en esos tiestos viejos. En esos artefactos que los tractores siguen arrasando; destruyendo la humanidad retratada en figurines y en vasijas; en pedernales y hachas; en muñequitas para acompañar a los muertos.

Algunos de esos que sobrevivieron, porque nadie necesitaba tractores en una hacienda agrícola ganadera en el Valle de Zapotitán llamada San Andrés, fueron un pedernal y una piedra ceremonial que permitieron a los arqueólogos determinar que el centro político religioso que ahí encontraron era maya y Joya de Cerén lo era también. Y también, por supuesto, el Sitio El Cambio, destruido con la venia de las autoridades encargadas de velar por el patrimonio nacional.

Ese ciclo, el de la destrucción del mundo maya y del mundo indígena por extensión, aún no termina. Sigue vivo en el tremendo racismo arraigado en la estructura de la sociedad guatemalteca y chiapaneca; sigue vivo en la ausencia de nuestra herencia indígena en la construcción de nuestras identidades nacionales; en el saqueo y destrucción de nuestras piezas arqueológicas; en la histórica erradicación de las lenguas y las tradiciones indígenas, en la negación cotidiana de nuestros orígenes.

Hace algunos años, conversando con el gran cronista mexicano Carlos Monsiváis, le pregunté por qué en México eso era tan distinto; por qué oficialmente México asumía con orgullo la grandeza de su pasado y no así los países de América Central. Me dijo que no siempre fue así. Que todo cambió cuando, en los años sesenta, inauguraron el monumental Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad de México. El mexicano, creía Monsiváis, se topó de frente contra su propia grandeza que había despreciado oficialmente durante muchos años. Y esa grandeza fue utilizada hábilmente por los gobiernos priistas mexicanos como carta de presentación mundial y como centro de la construcción interna de la identidad mexicana.

Hasta eso, y hasta en México, está cambiando. La semana pasada, una investigación del New York Times demostró cómo Wal-Mart sobornó a alcaldes, burócratas y autoridades arqueológicas mexicanas para poner un almacén en las pirámides de Teotihuacán. Pocas cosas ilustran mejor lo poco que respetamos la herencia de ese mundo del que venimos los mesoamericanos.

Pocas, pero las hay: la venta de una isla arqueológica en el Lago de Güija, llamada Igualtepec, con la mayor concentración de petrograbados de toda Centroamérica. A la venta en un anuncio clasificado para disfrute exclusivo del afortunado que la pueda comprar.

 

                                                                            ***

CatherwoodP1

Los historiadores creen que alrededor del 90 por ciento de la población maya y nahua (o nahuatl) desapareció en el primer siglo de la colonia debido, más que a las guerras, a pandemias ocasionadas por nuevas enfermedades traidas por los europeos. Estos también, para someter a las poblaciones, se instalaron en las principales ciudades de cada región, abonando así a la destrucción. Por eso, dice el Chilam Balam, es que llegó la tristeza. Por esto renunció Bartolomé de las Casas a sus posesiones y denunció la “destrucción de las Indias”.

Déjenme compartir las impresiones de John Lloyd Stephens, aquel viajero estaodunidense que recorrió Mesoamérica en la primera mitad del Siglo XIX junto al dibujante Catherwood, al descubrir la ciudad maya en la zona de Palenque, en el sureste mexicano:

Lo que teníamos frente a nuestros ojos era grandioso, curioso y extraordinario. Aquí estaban los restos de un pueblo cultivado, pulido y peculiar, que había pasado por todas las etapas incidentes al surgimiento y caída de las naciones; alcanzó su edad dorada y murió enteramente desconocida. Los eslabones que los conectaban con la familia humana fueron cortados y perdidos, y estas eran las únicas memorias de sus huellas en la tierra. En medio de la desolación y la ruina miramos al pasado, apartamos la densa selva y apreciamos cada edificio perfecto, con sus terrazas y pirámides, sus ornamentos esculpidos y pintados, grandioso, noble e imponente, sobremirando una planicie inmensa y deshabitada; llamamos a la vida a esa gente extraña que nos miraba con tristeza desde las paredes; los imaginamos en trajes elegantes y adornados con plumas, ascendiendo a las terrazas del palacio y las gradas que llevan a los templos. Nada me impresionó jamás con tanta fuerza como el espectáculo de esta alguna vez grande y adorable ciudad, ahora desolada, vencida y perdida; descubierta por accidente, rebasada por árboles en varias millas alrededor, y sin siquiera un nombre que la distinga.

1519 fue el año en que dejaron de llamarse mayas. El séptimo año del Once Ahau Katun. Entonces comenzaron a llamarse mayas cristianos. Eso dice el Chilam Balam.

Hemos llegado al final del 13 Baktun.

Oh say! can you see...

Por: | 05 de noviembre de 2012

En noviembre de 2004 los estadounidenses fueron a las urnas a reelegir a George W. Bush, un presidente que polarizó a la nación más poderosa del mundo y, en alguna medida, al resto del planeta también. Yo vivía en esos días en el área de la Bahía de San Francisco, probablemente la región más liberal de Estados Unidos, y ahí nadie creía en las encuestas: el candidato demócrata, John Kerry, seguramente ganaría las elecciones porque la gente en San Francisco prácticamente no conocía a nadie que expresara preferencias por Bush. 

Ese año el presidente fue reelecto pero no con el voto de la Bahía. (En San Francisco, Kerry obtuvo 83 por ciento). Lo mismo le sucedió en la mayoría de las grandes urbes: Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Boston y Washington amanecieron de luto el día siguiente. Su convicción y su percepción local les había hecho creer a sus habitantes que podían sacar a Bush de la Casa Blanca, pero cometieron el error de olvidarse del resto del país.  

Poco después, con un amigo polaco, emprendimos un viaje en carro desde San Francisco hasta Nueva York, atravesando toda la masa continental de Estados Unidos. Pasamos por pueblos enteros a los que no llegan los periódicos y en los que sus habitantes ni siquiera saben qué estado colinda con el suyo, mucho menos dónde queda Irak o por qué su país tiene tropas en Afganistán. En un pueblo de mineros en Nevada entramos a la única cantina local y se acercaron curiosos a hablar con nosotros. No sabían en qué continente quedaba El Salvador, aunque habían escuchado sobre ese país por algunos trabajadores. Tampoco sabían que Polonia era un país. Esa información no tenía ninguna utilidad en sus vidas. Cantineros de entre semana, eran todos devotos religiosos de domingo y expresaban con orgullo su defensa de los valores familiares, su rechazo a los homosexuales y al aborto. Por eso, decían, votarían por el presidente que hacía campaña con Jesús en la boca y no por un demócrata que “arruinaría” su manera de vivir. Tampoco sabían, ni habrían entendido, que la hija del vicepresidente Dick Cheney era abiertamente lesbiana. Igual le dieron a Bush esa elección y las grandes ciudades amanecieron calladitas y tristes. 

Estados Unidos no es un país como tradicionalmente los conocemos. Es una colección de burbujas que tienen muy pocas cosas en común pero suficientes como para preservar la Unión y, sobre todo, para tener derecho a elegir al hombre más poderoso del mundo. Quienes viven en Palo Alto, la “capital” de Silicon Valley, apenas hablan el mismo idioma que los habitantes de Lost Cabin, Wyoming. En casi todo lo demás son distintos.  Salvo en algo más: su vida está ordenada, sostenida por una “idea” de nación libre y democrática que trajeron los primeros colonizadores de Nueva Inglaterra y que sigue guiando la narrativa de los Estados Unidos de América. Esa tierra que encandiló a Alexis de Tocqueville y a la que describió como el país que nació ya con las semillas de la democracia, en el más modesto de sus adjetivos dirigidos hacia Estados Unidos. Oh say! can you see… 

Pero los diversos intereses de los estadounidenses raras veces trascienden sus fronteras, salvo cuando tienen que ver con sus vecinos políticos que no son México ni Canadá sino Israel y el Reino Unido. 

La elección del presidente de Estados Unidos afecta más la vida diaria de un habitante de Kerbala, en Irak, que la del minero de Nevada. Más la de un agricultor salvadoreño que la de un agricultor en Idaho. Pero el iraquí no puede votar para elegir al hombre cuyas decisiones serán tan influyentes en su propia vida.  Ni el salvadoreño. Eso, hoy, está en manos de millones de estadounidenses que irán a las urnas pensando en su economía, en sus valores, en su bienestar. Muchos de ellos ni siquiera saben por qué a los demás habitantes del mundo nos importa tanto. Y por qué nos preocupa que esa decisión pueda terminar en manos de personas que ni saben que existimos. 

Mitt Romney y los Escuadrones de la Muerte

Por: | 02 de octubre de 2012

Titular A: El candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos hizo su fortuna con capital centroamericano.

O más o menos. Mitt Romney era en los años ochentas un ejecutivo a cargo de un fondo de inversiones llamado Bain Capital que reclutó a millonarios centroamericanos para que pusieran dinero en la aventura, y el negocio le salió de maravilla. Entre ellos se encontraban miembros de algunas de las familias más adineradas de El Salvador. 

La historia fue rescatada hace unas semanas por algunos medios de comunicación en Estados Unidos, que encontraron, en plena campaña electoral, un ángulo distinto. Uno que relacionaba a los inversionistas salvadoreños de Bain con los Escuadrones de la Muerte que operaban en El Salvador.  

 Titular B: Mitt Romney hizo su fortuna con dinero de financiadores de los Escuadrones de la Muerte.

O más o menos. Así lo aseguró El Huffington Post (publicado en español por El País). La aseveración se basaba en que Bain recibió fondos de millonarios salvadoreños pertenecientes a familias como De Sola o Salaverría; apellidos que aparecen en documentos desclasificados e informes de prensa por su pertenencia, como financiadores y/o ejecutores, de las actividades de los Escuadrones de la Muerte.

En 1981, el periódico The Pittsburgh Press, interesado en conocer al exilio salvadoreño en Miami, entrevistó a algunos de ellos.

Alfonso Salaverría, un hacendado cafetalero salvadoreño y pistolero de conocidas credenciales entre los grupos de ultraderecha que formaron los escuadrones de la Muerte en los años ochenta, declamó esta joya:  "No comemos niños. No somos salvajes. No somos oligarcas en el sentido de explotadores. Desarrollamos nuestro país, penetramos sus junglas y sembramos café. Somos como los pioneros de Estados Unidos. No queremos privilegios injustos. Solo queremos que nuestro país regrese a un régimen democrático".  

Desde un par de años antes, decenas de millonarios salvadoreños comenzaron a mudarse a Miami, donde tenían su segunda casa, para huir del conflicto armado y orquestar, desde la comodidad de Florida, su aporte a la lucha anticomunista que libraba el Ejército con ayuda militar estadounidense. 

Salaverría, junto a otro cafetalero llamado Orlando de Sola que también había abierto brecha entre los grupos radicales de ultraderecha, tomaron la vocería del grupo. Formaban parte de una organización llamada "The Freedom Foundation" fundada poco antes en Florida por el propietario del periódico El Diario de Hoy, Enrique Altamirano (que aún lo dirige), y el comerciante Roberto Daglio. Ambos, Altamirano y Daglio, junto a otros dos miembros de la familia Salaverría, aparecen mencionados en cables del Departamento de Estado como integrantes de un grupo llamado "The Miami Six" que financiaba los Escuadrones de la Muerte. Según la diplomacia estadounidense, entregaban dinero y listas de víctimas y atentados a Roberto D'Aubuisson, un ex oficial de inteligencia que fundó el partido ARENA, y quien ordenó el asesinato de nuestro Monseñor Oscar Arnulfo Romero. 

Algunos salvadoreños de Miami pusieron millones de dólares en otras actividades menos macabras, como invertir en el fondo de inversiones que dirigía Romney. Y de ese primer encuentro surgió una amistad que treinta años después mantiene el candidato presidencial republicano. El Huffington Post cita una cena de 2007 en la que Romney recolectaba fondos para su primera campaña presidencial, en la que mencionó a cuatro latinoamericanos a los que les debía "mucho", entre ellos dos salvadoreños: Ricardo Poma y Miguel Dueñas. 

Ambos están entre los salvadoreños más ricos, en un país con altísimas tasas de desigualdad y en la que empresarios como ellos han sido muy "exitosos" controlando gobiernos, dictando políticas públicas y evitando reformas fiscales que les obliguen a pagar impuestos y a aceptar políticas de mejor redistribución del ingreso. El Los Angeles Times asegura que los inversionistas de Romney se manejaban con empresas off shore, registradas en Panamá. Una práctica común entre los empresarios centroamericanos. 

El Huffington Post tituló así su nota: Mitt Romney fundó Bain Capital con dinero de familias ligadas a los escuadrones de la muerte de El Salvador

Poma, cuyo hermano fue asesinado por un comando guerrillero que lo intentó secuestrar (y que negoció rescate cuando su víctima ya había muerto), tenía suficientes razones para buscar una vía de combate a los insurgentes. Se involucró en la política y llegó incluso a ser presidente de ARENA, el partido fundado por D'Aubuisson. Pero lo fue muchos años después de la guerra, cuando ARENA era ya el principal partido político de El Salvador y, al contrario de lo que sugieren los reportes de prensa estadounidenses, no hay ningún documento o testimonio que lo vincule directamente con actividades de los Escuadrones de la Muerte. No, al menos, que yo conozca. 

Titular C: Romney hizo fortuna con dinero de salvadoreños que tenían parientes vinculados a los Escuadrones de la Muerte.

Bueno, pues… Sí. Mejor. El Huffington Post aplicó una lógica que no funciona en El Salvador: en casi todos los conflictos las familias, las tribus y los clanes suelen uniformarse con algún bando. 

En El Salvador la guerra se hizo entre gente de todos los sectores y como el país es tan pequeño pasaron cosas impensables en otras partes. Aquí, literalmente, hermanos peleaban contra hermanos y guerrilleros luchaban contra familias que daban empleo a sus madres.

Alguna vez la ultraderecha se trajo a unos asesores argentinos para enseñarles prácticas contrainsurgentes (educaron a la Guardia Nacional para que aprendiera a torturar con métodos "eficientes" y a secuestrar). Los periodistas estadounidenses Craig Pyes y Laurie Becklund, que investigaban a los Escuadrones de la Muerte, narran una conversación con la señora Alicia Llovera, vinculada a la ultraderecha, que les contó un episodio con los argentinos: "Nos sugirieron matar a las familias de los izquierdistas para que aprendieran la lección. Les dijimos que no, porque en El Salvador todos estamos emparentados".   

Shafick Handal, el líder comunista y comandante del FMLN, tenía parientes ultraconservadores que también aportaron a las actividades de grupos paramilitares o "escuadrones".

Enrique Álvarez Córdoba, uno de los más grandes hacendados de El Salvador, entregó sus propiedades a una cooperativa de campesinos, se vinculó a un grupo político de izquierda y fue asesinado por elementos de las fuerzas de seguridad del Estado que actuaban en coordinación con los Escuadrones de la Muerte. Cuerpos de seguridad que siempre habían tenido entre sus funciones cuidar las propiedades de la familia Álvarez. 

Al contrario de lo que se piensa, D'Aubuisson no era el líder de los Escuadrones de la Muerte. Era apenas uno de sus directores ejecutivos. El más visible y el más bocón. Un mayor del Ejército que se robó los archivos de inteligencia después del golpe de Estado de 1979 y  que recibía dinero, documentos, órdenes y listas negras de manos de algunos de los empresarios que estaban en Miami. Les hacía el trabajo sucio y les organizó el partido político del que nunca se separaron ni grandes empresarios ni escuadroneros, la ultraderecha salvadoreña. A cambio, D'Aubuisson aceptó de buena gana ser el rostro del anticomunismo, el depositario de todas las acusaciones de crímenes de guerra, Escuadrones de la Muerte y desapariciones forzosas.   

D'Aubuisson y sus hombres no actuaban solos, sino en coordinación con oficiales activos del Ejército, de la Guardia Nacional y de equipos privados de seguridad proporcionados por los empresarios, para salir de cacería todas las noches. 

Ciertamente D'Aubuisson dio la orden para matar a Monseñor Romero. Se la dio a los ejecutores. Pero eso no significa que él tomó la decisión. En eso participaron varios. Todo parece indicar que formaron parte de esta conspiración algunos de los que estaban en Miami, probablemente  invirtiendo en el fondo de Romney y enviando dinero a los grupos paramilitares salvadoreños y a la Liga Anticomunista. Probablemente.  

Pero esas nunca fueron decisiones familiares, sino individuales. Que Alfonso Salaverría, o que sus parientes Julio y Juan Ricardo, se hayan involucrado en operaciones de este tipo, no significa que toda la familia Salaverría estaba involucrada. Lo mismo aplica a la familia De Sola. A todas las familias salvadoreñas. 

La hermana menor de Roberto D'Abuisson, Marisa, era una religiosa izquierdista que años después fundó la Fundación Romero en memoria del arzobispo asesinado por su hermano, y aún hoy mantiene un programa radial, todos los sábados, dedicado a leer y reflexionar sobre las homilías de Monseñor. Entienden la idea. 

Titular D: Estados Unidos financió a los Escuadrones de la Muerte

Es muy posible que algunos "escuadroneros" hayan invertido en Bain, pero no lo sabemos. Ninguna de las publicaciones aparecidas en las últimas semanas en Estados Unidos ha establecido con precisión la inversión de un escuadronero en los fondos de Romney. El candidato republicano dice que investigaron a los inversionistas y que se aseguraron de que estuvieran "limpios".

De cualquier manera, la publicación en Estados Unidos obedece no al interés por esclarecer la historia y aportar a develar los nexos entre la ultraderecha latinoamericana y el "establishment" estadounidense. La intención es meramente coyuntural.  

Algunos de los personajes que sí aparecen directamente vinculados a Escuadrones de la Muerte acabaron invitados a la toma de posesión de Ronald Reagan. Para eso se requería apoyo de gente con mucho poder en Washington que sabía perfectamente lo que hacía la ultraderecha salvadoreña. Gente poderosa en Washington, en Florida...

Pero los vínculos eran más amplios. Los Escuadrones de la Muerte solo podían funcionar con la participación de los cuerpos de seguridad salvadoreños, los mismos a los que el gobierno de Estados Unidos, con aprobación del Congreso, destinó cientos de millones de dólares. Algunas audiencias y reportes del Congreso confirman que en Washington estaban al tanto de que las fuerzas de seguridad salvadoreñas eran responsables de asesinatos, desapariciones forzosas y torturas. 

En 2005, un grupo de abogados logró abrir un juicio civil en Memphis contra el ex viceministro de Defensa Nicolás Carranza, que vivía en esa ciudad desde el fin de la guerra. A medio juicio, Carranza hizo una sorpresiva revelación: dijo que de lo úncio que se arrepentía era de haber sido empleado de la CIA durante toda su carrera. Carranza fue encontrado culpable de torturas y desapariciones forzosas. 

Después del 1 de noviembre, y sobre todo si, como indican las últimas encuestas, Romney es el candidato perdedor, la historia de los escuadroneros y el fondo de inversiones quedará enterrada. Ya no habrá interés en la prensa de Estados Unidos por descubrir cómo y por qué quienes financiaban los escuadrones de la muerte se organizaban, justamente, en territorio estadounidense. Eso ya no importa. 

 

 

El gran Solalinde

Por: | 13 de agosto de 2012

Solalinde

El problema no es si existe Dios. Sino si actúas con la suficiente entereza y te colocas a la altura de los más nobles valores del ser humano como para ganarte todos los cielos, en caso de que existan. Y si no, tu sacrificio será el de los héroes que enaltecen y hacen avanzar a la mejor parte de la humanidad. 

Esta es la posición mayor del agnóstico, aquel que sin ser ateo dice no tener suficientes capacidades como para garantizar la existencia de Dios. Y es acaso la mejor perspectiva para hablar de un religioso muy, pero muy creyente en la palabra y el ejemplo de Jesús, que se entrega con amor a mortales que acaban de perder argumentos para creer en un Dios misericordioso mientras aún se desangran del dolor. Y de un obispo muy, pero muy practicante de los ritos de la Iglesia al que le incomoda un subalterno que es mucho más grande que una catedral.

El sacerdote católico Alejandro Solalinde ha sobrevivido a los Zetas, a corruptos policías federales mexicanos (que los hay, aunque lo duden), a asaltantes, secuestradores de migrantes y pobladores recelosos de su trabajo y de sus visitantes. Ha resistido a todo para mantener su albergue para migrantes en Ixtepec, Oaxaca. Pesan sobre su cabeza varias amenazas de muerte, pero él sigue, con una fe fanática -que no hay otra forma de calificar la alegría con la que ha entregado su vida a los centroamericanos en ruta hacia Estados Unidos-. 

Su albergue es ya un santuario. Un lugar de recuperación de migrantes violadas, de migrantes asaltados, de migrantes abusados por las autoridades mexicanas, de migrantes agotados. Venid a mi, ha repetido incansablemente el gran Alejandro Solalinde con la humildad que no caería nada mal a muchos de los obispos en la Iglesia Católica a la que él le da vida. Y esto no es bueno para los conservadores amantes de la Iglesia al servicio de los más bendecidos en la vida terrenal. 

Uno de ellos, el obispo de Tehuantepec, le ordenó hace unos días a Solalinde que se dedique a la vida parroquial y no a la pastoral. Que deje de salvar vidas para dedicarse a reclutar almas para el Señor. 

Full disclosure: En El Faro, a Alejandro Solalinde le llamamos el Monseñor Romero de los migrantes (y cualquiera que conoce algo de El Salvador y algo de El Faro sabe lo que significa que le llamemos así). Conocemos su trabajo, lo hemos visto arriesgar su vida por seres humanos a los que no conoce; darles de comer; protegerlos; aleccionar a pobladores que culpan a su albergue de los crímenes en comunidades aledañas.

Lo vi hablar con humildad, en un pueblo salvadoreño, a mujeres hartas de una iglesia que les dice que se resignen a tener maridos que no les han llamado en cinco años ni enviado un centavo desde el norte. "La Iglesia no se ha portado bien con ustedes", les dijo, y ellas se echaron a llorar. Después se fue a la iglesia del pueblo y habló con el sacerdote. "La Iglesia son ellas", le dijo. Y luego ellas no lo querían dejar ir. 

Hace algunos años, cuando lo conocí, me contó de su encuentro en Ixtepec con otro periodista de El Faro. El periodista le preguntó si no le parecía una locura creer en un Dios que se portaba tan mal con los migrantes y en una iglesia que se había alejado tanto de los más necesitados. Él le preguntó al periodista si creía en Dios. No, le respondió. Con la de barbaridades que veo es difícil creer en Dios. Soy ateo. "Pues hijo, la Iglesia necesita muchos ateos como tú". Me contaba la historia emocionado. Es la emoción de un hombre que ha curtido sus verdades en la experiencia; y que carga una iglesia móvil que solo excluye a los que no practican su amor por los más necesitados. 

El periodista, que lo vio llegar a medio operativo policial contra migrantes bajando los rifles de los agentes mientras les decía que no debían apuntar sus armas contra sus hermanos, al menos cree en la congruencia de Solalinde. En la valentía y la fortaleza de un ser humano que profesa verdadero amor por su prójimo en un mundo en el que eso, cuando es acompañado con acciones, le puede costar a uno la vida.  

Hasta hace poco, las estadísticas, esas listas frías que solo cuentan números y no historias, indicaban que el 70 por ciento de las mujeres que llegaban al albergue de Solalinde habían sido violadas o abusadas sexualmente en el camino. Y aún estaban en el sur de México. 

Solalinde fue ganando visibilidad y se convirtió en un estorbo para los criminales, porque llamaba demasiado la atención sobre los migrantes. Y se convirtió en un estorbo para los obispos, que vieron en él a un vocero independiente al que no controlaban, pero que hablaba más fuerte que todos ellos. Solalinde se hizo famoso.

Desde hace años denuncia secuestros sistemáticos de migrantes; asesinatos; desapariciones; la existencia de redes criminales compuestas por fuerzas de seguridad del Estado y narcotraficantes que han convertido los ataques a migrantes centroamericanos en un negocio. No es el único sacerdote que hace esto. Los miembros de la llamada Pastoral de la Movilidad Humana son varios, y son todos igual de valientes, de humildes, de heroicos. Administran 35 albergues para migrantes en todo el territorio mexicano. 

Debido a que los migrantes se encuentran en una situación de extrema debilidad jurídica, el registro de denuncias es bajísimo. Por eso, las organizaciones mexicanas de atención a migrantes o de defensa de derechos humanos se refieren a los albergues de la Pastoral para dimensionar los crímenes contra migrantes. En 2009, por ejemplo, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México publicó un informe en el que consignaba el secuestro de casi diez mil migrantes centroamericanos en territorio mexicano en apenas seis meses. La Comisión, sin embargo, aclaró que estos eran apenas los casos que había logrado registrar, pero que seguramente eran muchos más. El informe se hizo con el apoyo de la Pastoral y de los sacerdotes que administran los albergues, desde Tapachula hasta Tijuana. Casi todos con niveles de riesgo similares al de Alejandro Solalinde y su albergue de Ixtepec. Solalinde es solo el más visible de ellos.  

Cuando comenzó a recibir amenazas, el gobierno mexicano le asignó seguridad del Estado, que él dejó cuidando el albergue y a los migrantes. Son cosas, estas del prójimo, que aprendió hace muchos años, después de su "conversión". Porque él también, alguna vez, fue un hombre radicalmente conservador, intolerante, nefasto. 

Poco antes de que asesinaran a Monseñor Romero (24 de marzo de 1980), Solalinde coincidió con él en un encuentro eclesiástico. Dice que ese encuentro lo marcó para siempre. Yo digo que no solo lo marcó, sino que le inspiró para seguir su ejemplo. Como a Samuel Ruiz, el Tatic, que fuera obispo de San Cristóbal. Como a Sergio Méndez Arceo, que fuera obispo de Cuernavaca. Son todos de la misma estirpe. 

Pero estas son experiencias privilegiadas, que probablemente no ha vivido el obispo de Tehuantepec. Ese que hoy le prohibe al padre Solalinde recibir a una violada en su puerta, o a un desesperado. Así respondió Solalinde a su orden: “No me parece muy evangélico. Me dijeron que mi tiempo libre lo dedique a los pobres, pero a los pobres no se les deben dar las sobras. Así que no acepto tomar una parroquia”. El albergue, dice, lo entregará con informes notariales. Pero a la resignación se antepone la denuncia del criminal y la solidaridad y el amor por los más débiles; la compasión; la pasión. Esas, se supone, fueron las enseñanzas de Jesús de Nazareth, el fundador de su Iglesia.

Solalinde no ha estado en su albergue en los últimos dos meses. Recibió amenazas tan serias que el gobierno mexicano le exigió salir de Ixtepec un tiempo porque no podía garantizar su seguridad. Hoy, que escribo esta nota, está hospitalizado por dengue. Que aproveche para descansar, porque bien sabemos que pronto volverá a entrar en acción. Que ni un obispo, ni su propia Iglesia, lo apartarán de su misión, que es más importante. Que es la de salvar vidas.

P.D.: El obispo de Tehuantepec, Óscar Campos Contereras, emitió el fin de semana un comunicado en el que niega haber ordenado a Solalinde entregar el albergue. Se trató, dice, de una "confusión". Oj-Alá. 

 

 

 

 

Un país con dos Cortes Supremas

Por: | 02 de julio de 2012

 

Amaneció El Salvador, este 2 de julio, con dos Cortes Supremas de Justicia. Mientras escribo estas notas, ambas cortes sesionan paralelamente, en el mismo edificio, cada una deslegitimando a la otra. Es el retrato perfecto de una crisis de Estado, sin seguridad jurídica, en la que el garante constitucional normalmente conocido de hecho y de derecho hoy no es reconocido unánimemente.

Es el último capítulo de una pugna entre el estamento político tradicional permeado por la corrupción y el crimen organizado y una Sala de lo Constitucional que se atrevió a emitir resoluciones que ponían en riesgo la cómoda posición incontestable de medios de comunicación, partidos y del presidente de la República.  

Entre los decretos emitidos por esa sala de la CSJ se encuentran la declaración de inconstitucionalidad de la partida secreta de Casa Presidencial; la aprobación de candidaturas independientes y, recientemente, la declaración de inconstitucionalidad de la elección adelantada, por la anterior legislatura, de nuevos magistrados para sustituirlos. Esos magistrados, cuya elección fue declarada inconstitucional por la Sala, tomaron posesión de sus cargos el domingo 1 de julio gracias a un decreto transitorio de la Asamblea que les faculta a sesionar sin convocatoria del presidente de la Corte. En otras palabras: tenemos hoy dos Cortes Supremas, y cada una desconoce a la otra. 

Cuando se agotan los recursos institucionales, los conflictos entre poderes se resuelven por medio de negociaciones o por la fuerza. Aquí queda ya poco espacio para resolver el conflicto por la vía institucional, porque los partidos políticos han agotado, manipulado y minado este recurso. Tampoco parece haber espacio para la negociación, porque los partidos encabezados por el presidente de la Asamblea, y el Presidente de la República, han jurado destruir a la Sala de lo Constitucional. Si lo que queda, como ya amenazó el presidente de la Asamblea, es la fuerza, sabemos todos quiénes y cómo la impondrán. Como siempre. 

Hemos retrocedido a los tiempos en que la institucionalidad del Estado se acomodaba a los caprichos de los gobernantes. Y esto es de tal manera que la Sala de lo Constitucional está facultada para resolver sobre la constitucionalidad de las decisiones estatales siempre y cuando no resuelva en contra de los intereses de los nuevos caprichosos. Porque si no, ya demostraron hasta dónde son capaces de llegar. Pero en el camino, por eliminar a unos magistrados incómodos, están destruyendo el sistema.  

El presidente de la Asamblea, el ex guerrillero Sigfrido Reyes, se escuda en que la Sala obedece a los intereses de la derecha representada por ARENA. Mera demagogia, dirigida además a amnésicos. Porque fue ARENA, hace apenas un año, la que abrió el conflicto contra la Sala empujando un decreto para amarrarles las manos a los magistrados, del que después tuvieron que retractarse. Si hoy ARENA no acompaña al Presidente en esta jugarreta es porque no lo necesita, porque ya el FMLN y los otros partidos de la derecha le están haciendo el trabajo sin necesidad de pagar el costo del enorme desgaste político. 

"Nuestra intención -dijo hace poco el diputado Reyes- es salvar a la Corte Suprema de su propia destrucción, producto de sentencias inconstitucionales". Es decir, el presidente de la Asamblea califica de inconstitucionales las sentencias resueltas por el máximo órgano encargado de determinar la constitucionalidad de cualquier hecho demandado. 

La actual Sala de lo Constitucional se conformó como resultado de una intensa negociación entre todas las fuerzas políticas, en 2009, para elegir magistrados. Debido a que las extremas FMLN (izquierda) y ARENA (derecha) vetaron a varios candidatos que consideraban afines a sus rivales políticos, terminaron eligiendo a manera de composición equilibrada a los que hoy son nombrados enemigos de la patria por los mismos diputados. 

Pero en países como las centroamericanos, con nacientes y dolorosos procesos democráticos, con debilidad institucional endémica; penetrados por la corrupción y el crimen organizado; con legisladores en venta y con una clase empresarial obsoleta, acostumbrada a ordenar y redactar políticas de Estado, la conformación de una Sala de lo Constitucional como esta es un mero accidente, de la misma manera que lo es la designación de la actual fiscal guatemalteca. Accidentes felices, sí, pero que pronto topan con la resistencia de un sistema político acostumbrado a vivir de las prebendas del poder chiquito. 

Cuando la democracia está en riesgo, siempre queda un último recurso para su defensa y es la sociedad civil organizada. Pero esto tampoco existe aquí, porque los esfuerzos de organización han sido también secuestrados por la derecha y por la izquierda. 

  Otto Corte copy

Cortesía www.elfaro.net

Periodistas que piden pistolas

Por: | 26 de mayo de 2012

Los 30 balazos que acabaron con la vida de Miguel Ángel López Velasco, la madrugada del 20 de junio de 2011, fueron distribuidos con macabra precisión en tres puntos: cráneo, tórax y abdomen. Cerca quedaron también los cuerpos de su esposa Agustina y uno de sus hijos, Misael.

López Velasco era subdirector del periódico Notiver, en Veracruz, México. Escribía ahí, durante veinte años y hasta su muerte, una columna que firmaba como Milo Vela, en la que versaba regularmente sobre crimen organizado, corrupción y narcotráfico. Su hijo era fotógrafo del mismo periódico. La noticia de su asesinato, sin embargo, no se publicó en Notiver. A manera de protesta, el periódico no sacó edición al siguiente día.

El Procurador de Veracruz señaló como responsable intelectual al presunto narco Juan Carlos Saavedra, El Ñaca, aunque nunca dio a conocer los motivos por los que habría cometido el crimen. 

Sospechosa de la versión oficial, la colaboradora más cercana de Milo Vela, Yolanda Ordaz, comenzó a investigar. No llegó muy lejos. Un mes después, su cuerpo decapitado y con signos de tortura  apareció junto a una nota que vinculaba su muerte con los asesinatos de la familia López. 

Hasta ahora, ninguno de estos casos ha sido resuelto. 

Huir hasta que te atrape la noche 

A principios de esta semana, durante un foro organizado por el Centro Knight en Austin, Texas, que congregó a periodistas latinoamericanos y organizaciones dedicadas a la protección de periodistas, conocí a Miguel Ángel López Solana (hijo sobreviviente de Milo Vela). Él también trabajaba en Notiver. Era periodista policial. Ahora vive en Estados Unidos, donde solicita asilo.

"Durante el entierro de mi familia, una colega me dijo que me traía un recado del dueño del periódico. Me mandaba a decir que no volviera a la redacción porque me podían hacer algo". Y esa fue la única comunicación que obtuvo del propietario, Alfonso Salces. "De Notiver no recibí ninguna ayuda. Solo La Jornada -el periódico de la capital- se movió por mi. Todavía estoy peleando que me paguen el último mes que trabajé en Veracruz".

Miguel Ángel pasó seis meses esperando ayuda, hasta que, desesperado, sacó una visa para Estados Unidos, tomó a su esposa y manejaron hasta pasar la frontera con Estados Unidos. "Hui, hui hasta que la oscuridad de la noche me atrapó".

Es un caso ejemplar, pero no extraordinario, en un país secuestrado por la guerra que liberan los carteles de las drogas y el gobierno federal, en el que la prensa ha sido también una baja. 

Un centenar de periodistas y trabajadores de medios han sido asesinados en México en una década. Los medios o se vuelven cómplices de las bandas criminales o son expuestos a ataques armados, de los que se registran casi doscientos en solo dos años. Una guerra en la que los más vulnerables son esos periodistas locales que no cuentan siquiera con la protección de su propio medio. Una en la que no es extraño que aquellos que son amenazados reciban, después, la nota de despido en sus redacciones."Desde que mataron a mi familia las cosas debieron haber cambiado -dice Miguel Ángel-. No tendríamos que lamentar más muertes en Veracruz".

Dos fotógrafos del mismo medio, Gabriel Huge y Guillermo Luna, fueron amenazados de muerte y despedidos. "Gabriel Huge es despedido después de la muerte de Yolanda Ordaz. El dueño del periódico le dice que ya no lo quiere ver. Se va sin liquidación ni nada", cuenta Miguel Ángel. "Viaja a Tabasco, intenta hacer una vida en otro Estado de la República y no lo logra. regresa a Veracruz, pide trabajo en otros medios de comunicación y no encuentra". Según López, las autoridades del Estado advirtieron a otros medios que si los contrataban perderían la publicidad estatal.

Gabriel Huge y Guillermo Luna fueron asesinados hace tres semanas junto a otro fotoperiodista, Esteban Rodríguez, del diario AZ. Los tres habían recibido amenazas. Los tres habían sido separados de sus puestos de trabajo. Pocos días antes fue asesinada también la corresponsal de la revista Proceso en Veracruz, Regina Martínez. Estos casos también permanecen impunes.

"La prensa mexicana en muchos territorios del país está arrinconada, silenciada, con miedo y zozobra. Las líneas editoriales ya pasan por el temor a publicar. La violencia ha impuesto la censura como medida de protección para periodistas, reporteros, editores y medios de comunicación", escribió hace poco Darío Ramírez, director para México de la organización de defensa de la libertad de expresión Artículo 19. 

La semana pasada, el periódico El Mañana, de Reynosa, Tamaulipas (una ciudad fronteriza con Estados Unidos), anunció que dejaría de escribir sobre crimen organizado y narcotráfico después de sufrir un ataque armado. Es el silencio total, que sigue al silencio parcial que ya habían pactado hace años varios periódicos del norte de México, según el cual no harían investigaciones de narcotráfico.

La periodista mexicana Marcela Turati pasó mucho tiempo investigando estas y otras historias de las víctimas de la guerra que ha sumido a México en la etapa más violenta de su historia contemporánea. El resultado es el libro Fuego Cruzado, en el que describe así la relación entre el narcotráfico y los medios de comunicación en los Estados más "calientes" de México: "Aquí los narcos llaman directamente a los jefes o a los reporteros, marcan la línea editorial, llevan a reporteros -a la fuerza- a sus conferencias, dan órdenes, regañan. Hacen "encargos" de que fotografíen una narcomanta o la cabeza de un rival que dejaron en algún punto de la ciudad. Reclaman por una noticia difundida que les disgustó... Los periodistas atraviesan todos los días este campo minado, con reglas cambiantes, fijadas por grupos enfrentados, y en el que algunos no se dan cuenta de que cometieron un error hasta que les explota el cuerpo". Hasta que les explota el cuerpo.

Cada periodista asesinado, cada crimen impune, cada medio silenciado es un triunfo para las mafias y para los corruptos que las sostienen. En el mundo, el 75 por ciento de los periodistas muertos no son por bombas o en fuego cruzado enmedio de una guerra. Son asesinados. 8 de cada 10 de estos son periodistas locales. El nivel de impunidad es de casi 90 por ciento.

Muchos de esos muertos los estamos poniendo en América Latina, particularmente en ese corredor que va de Colombia a México, atravesando Centroamérica. Entre los responsables hay casi siempre autoridades del Estado. Policías, alcaldes, soldados involucrados con el crimen organizado. O fiscales y jueces que no investigan, cuyo trabajo es alterar los juicios y liberar a los criminales. "Los que ahora operan con los malos en Veracruz, antes eran agentes policiales, o de tránsito, de seguridad pública", dice Miguel Ángel. 

El 15 de mayo pasado fue asesinado en Tegucigalpa Alfredo Villatoro, director de Radio Noticias HRN de Honduras. La presión internacional obligó al presidente Porfirio Lobo a ordenar directamente una investigación, la que determinó que el autor intelectual era policía. En Honduras los policías son sinónimo de criminales. Villatoro es el sexto comunicador asesinado en ese país en lo que va del año. Una situación que se ha venido deteriorando desde el golpe de Estado que derrocó en 2009 al presidente Manuel Zelaya. Y que coincide con el incremento de aterrizajes de narcoavionetas provenientes de Colombia y Venezuela.

FOTOS CEIBA 050 e

Policías hondureños custodian la escena de un crimen en La Ceiba. Foto: Daniel Valencia. Cortesía El Faro.

 

Hoy México y Honduras son los países más peligrosos del continente para ejercer periodismo. "El periodismo de primera línea, que permitiría a sus ciudadanos y líderes entender y combatir a sus enemigos, está en peligro de extinción", dice Joel Simon, director del Centro para la Protección de Periodistas, en un informe sobre la situación de la prensa en México.

Daniela Pastrana, una de las asistentes al Foro de Austin y miembro del grupo mexicano Periodistas de a Pie, se reunió con un grupo de periodistas locales en un estado mexicano. Les preguntó qué pedirían a organizaciones internacionales para ayudarles a hacer mejor su trabajo. Varios respondieron: "Una pistola". Cuando Pastrana comentó que una pistola no serviría de mucho para hacer frente al poder de fuego de los narcos, uno de ellos explicó: "La pistola la quiero para que no me agarren vivo". 

No estoy exiliado

Por: | 12 de abril de 2012

Ayer por la mañana, justo antes de llegar al aeropuerto de Comalapa, en El Salvador, me enteré de que Reporteros Sin Fronteras me estaba enviando al exilio. El comunicado de la organización, titulado "Precipitado exilio del director de un diario digital, víctima de amenazas atribuidas a las pandillas", comenzó a correr a tal velocidad por las redes sociales que cuando llegué al mostrador de la aerolínea el representante me dijo: "dicen que se va usted exiliado". Pues no. A Panamá me vine, a una reunión de libertad de expresión organizada por Naciones Unidas. 

Dos días antes, el corresponsal de Reporteros Sin Fronteras me llamó y me sugirió reunirnos el miércoles. No puedo, le dije, me voy de viaje. Justo ese día. Hablamos entonces por teléfono. Hablamos de una situación especial de seguridad que hemos estado viviendo en El Faro en los últimos meses y que se intensificó desde que publicamos la noticia sobre la negociación entre el gobierno salvadoreño y las pandillas, que no gustó nada ni al gobierno ni a las pandillas y que nos mereció de ambas partes, del gobierno y de las pandillas, recordatorios de lo peligroso de nuestro trabajo y de que puede costarnos la vida. De eso hablamos.

No sé cómo la parte de No puedo reunirme porque me voy de viaje ese día terminó en este párrafo, que abrió el comunicado de RSF: "El director del periódico digital El Faro, Carlos Dada, confió a Reporteros sin Fronteras que este 11 de abril de 2012 se irá del país, por un tiempo, dado que no recibió protección del Ministerio de Justicia y Seguridad tras las graves amenazas de las que ha sido víctima. El periodista no quiso precisar el lugar a donde se dirige ni la duración de su exilio". A Panamá. Tres días. Y no, esto no es un exilio. Yo ya pasé por uno y no duran tres días. Aquel duró suficiente para comenzarlo niño y terminarlo con una segunda patria. Esa y la mía. Pero es otra historia.

Esta tiene que ver con otras cosas. Con un lamentable error de RSF en un momento delicado en el que no fue difícil creer que mi exilio era cierto. Porque se da en el contexto de advertencias, de amenazas y de amedrentamientos contra El Faro que hemos denunciado en las últimas semanas. Es una situación que, lo sabemos bien, no se registraba en El Salvador desde el final de aquel exilio. Y de la que también estamos aprendiendo.

Cuando un periodista o un medio están en problemas de este tipo necesitan reacciones inmediatas, redes de apoyo, solidaridad internacional y grupos de periodistas valientes que sepan más que uno de estas situaciones, lectores que envíen mensajes reconfortantes y voces que hablen por uno en todos lados. 

En las últimas semanas hemos contado con un gran apoyo de mucha gente. De colegas preocupados, de lectores solidarios, de organizaciones que han seguido de cerca la situación en El Salvador y la nuestra en particular. De ciudadanos salvadoreños preocupados unos, indignados otros, generosos todos. En este mismo ánimo actuó Reporteros Sin Fronteras, y en este mismo ánimo necesitamos todos los periodistas del mundo que siga actuando. "Fue un error cometido de buena fe", me escribió anoche uno de sus directores. Y estoy seguro de eso. 

Pero no son ellos, ni el error, la historia que queremos contar. Tampoco nosotros somos la historia. Eso es otra cosa que tenemos muy clara. La historia es la que intentamos narrar y que en ese intento desata las amenazas, los amedrentamientos, las advertencias. Esas amenazas no son la historia, sino la consecuencia de nuestro afán por contarla. 

Por contar esa y la del hombre torturado por policías cómplices de pandilleros; esa y la del diputado corrupto que se robó unas tierras; esa y la del Cartel del noroccidente de El Salvador que tiene entre sus miembros a empresarios, políticos, policías, jueces, alcaldes; esa y la de las comunidades que viven en la marginalidad y la pobreza; esa y la de los migrantes centroamericanos en su paso por un mundo de violadores, secuestradores, ladrones, narcos. Esa y la del hombre desesperado porque sus hijos se le mueren de hambre y la del vecino que mató al otro por estacionarse frente a su casa, averiguar cómo consiguió el arma y de dónde le sale tanta furia y tanto desprecio por la vida en uno de los países más violentos del mundo. 

Esa y la conspiración para asesinar a los sacerdotes jesuitas y la otra, la de Monseñor Romero. Y cómo llegaron los zetas a estas tierras y cómo se vive en las cárceles más jodidas del mundo. Y cómo se muere. La impunidad que tiene a este istmo por territorio desde que la memoria alcanza. Esa es la historia. Esa en la que también cabe la ilusión por países mejores. Y el triunfo de la selección de fútbol de playa. Y el último concierto de Serrat. Esa es la historia. Y se encuentra preguntando y preguntando hasta que uno comienza a incomodar y entonces se acuerda de que saber no puede ser lujo y sigue preguntando. Hasta encontrar la historia. Hasta contarla. 

De lo que se trata es de que nuestro empeño por contar esa historia no se vea distraído por amenazas ni problemas de seguridad. De que no terminemos nosotros siendo la historia. 

De esto, justamente, me invitaron a conversar en Panamá el relator de Naciones Unidas para la libertad de Expresión y la Relatora de la OEA. Y a eso vine. No estoy exiliado. 

Apéndice Cultural

Antes de conocer el comunicado de RSF, tenía pensado hablar en este blog de un documental extraordinario de Tatiana Huezo llamado El Lugar Más Pequeño. Prometo hacerlo pronto. En tanto, muchas gracias a los que en tan poco tiempo me ofrecieron valientemente su casa, sus recursos, sus consejos y su apoyo. Sé que cuento con ellos. Y con ustedes, faltaba más. 

Dime por quién votas

Por: | 10 de marzo de 2012

1 940

Poster de candidatos en San Salvador. Foto de Mauro Arias, Elfaro.net

La cantante de rancheras Karina Mendoza se quita un saco y salta al ruedo con un trajecito que deja mostrar sus virtudes físicas, y que atrapa una mirada estilo Doctor Cándido que Juan Carpio, el candidato a alcalde por San Isidro, Cabañas, no puede contener. Es día de jaripeo, una fiesta celebrada en un rodeo que mandó a instalar el candidato para su mitin en este pequeño pueblo, al norte de El Salvador, la parte más bronca del país. Los asistentes llegan en camionetas, con sombreros y botas adornados con hojas de mariguana y hebillas con revólveres de plata. Karina Mendoza comienza a cantar corridos mientras otro cantante, anunciado como El Potro de Sinaloa (pero que en realidad es un imitador del mexicano que canta El Cargamento del Diablo, Chapo Guzmán y El Hueso del Perrón), se ajusta las botas para su presentación. Más tarde los hombres más recios del pueblo intentarán montar por más tiempo una de las vaquillas que ha traído Juan Carpio; o probar suerte con el lazo o hacer bailar a sus caballos.  

Juan Carpio, claro está, tiene dinero. Mucho dinero. Suficiente para comprar esas gruesas cadenas de oro que le cuelgan del pecho, suficiente para montar este espectáculo, suficiente para prometer a su pueblo ganadero que lo va a volver próspero. Cuenta que ha vuelto a San Isidro después de muchos años de vivir en Estados Unidos, donde amasó su fortuna en el negocio de la construcción. Ahora ha venido para reclamar la autoridad del pueblo. A su lado, en la fiesta, uno de los candidatos a diputado por el departamento de Cabañas, Lorenzo Rivas. Si este país tuviera un mayor tamaño, aquí sería El Salvador profundo. Ese que vive a otro ritmo, a miles de kilómetros culturales de San Salvador, con el que comparte pocos espacios comunes. Aunque en realidad baste con manejar una hora y media desde la capital para llegar aquí. 

2
Juan Carpio, candidato a alcalde de San Isidro, y la cantante Karina Mendoza. Foto de Mauro Arias, Elfaro.net 

 

Uno de esos espacios comunes tendrá lugar este domingo, cuando San Isidro celebre junto al resto del país elecciones municipales y legislativas. A cambiar alcaldes y diputados o a dejar a los mismos. 

Las campañas políticas, en todo el país, serían el delirio de los comediantes si no fuera de verdad dramática la situación. Entre los que buscan la reelección se encuentra, por ejemplo, un diputado que hace algunos años se pasó de copas y se pasó también un control policial, y ante la insistencia de los agentes sacó su arma y disparó, hiriendo a una policía. 

Su partido, según nos reveló recientemente el presidente del Banco Central, votó a favor de la dolarización de la economía salvadoreña a cambio de que no le quitaran la inmunidad parlamentaria al diputado agresor. Y desde entonces la moneda oficial de El Salvador es el dólar. 

Hay otro diputado que se anuncia así: "Cuide su bolsillo, vote por El Grillo". El candidato debió haber puesto mejor: "Cuide MI bolsillo…": pasó varios años sin pagar impuestos y cuando el caso salió a la luz simplemente dijo que todo era culpa de su contador y que bueno, que el delito ya había prescrito. 

Otro, que ofrece salud para todos, ocupaba plazas de médico a tiempo completo, en instituciones del Estado, mientras ejercía como diputado y miembro de la Directiva de la Asamblea. Otro ha faltado el 97 por ciento de las sesiones de una de las comisiones parlamentarias de las que es miembro. Dice que él solo asiste cuando tratan temas importantes. Otro faltó al 70 por ciento de las sesiones de su comisión legislativa porque estaba enfermo, pero se curó justo a tiempo para pedir el voto para un periodo más. 

Otro cobró viáticos por viajes que nunca hizo.  

Hay otro que hace algunos años presidía la Corte de Cuentas, el organismo contralor del Estado, y la Asamblea lo destituyó por corrupto. Después fue presidente de la Asamblea (¡¡¡!!!) y entre muchas otras cosas será recordado por presidir ebrio una sesión plenaria. Ahora pide el voto solo con una sonrisa debajo de su bigote negro, tupido, a pesar de sus casi 70 años. 

Tres más -incluyendo al que hirió a la agente policial- se quedaron con tierras del Estado destinadas a campesinos pobres.  Al ser interrogado, uno de ellos dijo: "Lo legal y lo ético no siempre son lo mismo, jajaja". La carcajada fue toda suya. ¿Más? Varios candidatos a alcaldes o alcaldes electos están vinculados al crimen organizado. Reparten dinero en sus comunidades y los votantes, pobres pobres pobres, se sienten beneficiados por el patrón del pueblo. 

10

Solo hablo aquí de este tipo de candidatos, para no alargar eternamente la lista de aquellos que piden el voto con los eslóganes más crípticos que usted pueda imaginar. Como un diputado que solo anuncia su rostro sonriente junto a un eslogan que dice: "Las cosas como son". ¿Le entiende usted? 

Para consuelo de los que se ofenden porque uno "expresa una imagen negativa del país en el extranjero", apunto que esto pasa en toda América Latina. Eso, se trata de un mal de muchos.

Los políticos latinoamericanos se han encargado de convertir la política en lo que es actualmente en América Latina: un espacio que los cínicos y los inescrupulosos le han devorado a los pocos que aún resisten intentando transformar de verdad las condiciones de vida de los ciudadanos. En el que la corrupción y el crimen organizado marchan cómodos y sin mayor resistencia del sistema. 

La de los partidos políticos es una sensibilidad moral distinta a la que expresan todos los escritos fundamentales de nuestra nación: la justicia, la dignidad, la seguridad pública y la seguridad social son derechos de todos; y por tanto garantizar estos derechos debe ser prioritario. Pero garantizarlos es labor de las autoridades del Estado. Incluyendo esas que vamos a elegir el domingo. Aún quedan unos pocos, en todos los partidos, que de verdad quieren transformar las condiciones de vida de los salvadoreños. Pero esos que resisten son cada vez menos populares. Los jaripeos son mucho más efectivos para conseguir un voto que una propuesta elaborada, en un país de ciudadanos que no tienen responsabilidad política, y que por eso volverán a elegir a los mismos. 

APÉNDICE CULTURAL

Menos común será que en un país tan violento, tan desigual, con tanta corrupción y tanta pobreza, el gran debate nacional la semana previa a las elecciones no sea por qué los partidos permiten este tipo de candidatos o cuál es la agenda de los candidatos para combatir la corrupción. No. El gran debate nacional en El Salvador la semana pasada era qué partido apoyaba o no a la familia salvadoreña y estaba dispuesto a demostrarlo aprobando una reforma constitucional que prohibe los matrimonios homosexuales. 

Hasta aparecieron los directivos de la Cámara de Comercio rodeados de un grupo de mujeres envueltas en la moral y las buenas costumbres advirtiendo que los homosexuales amenazan con destruir la familia. Y que de eso se trata, de proteger a la familia contra esos monstruos. Uno supondría que tienen suficiente capacidad para encontrar información que les permita ver que la familia salvadoreña ya está destruida, y no precisamente por los homosexuales; que la emigración, la violencia, la pobreza, irresponsabilidad de los padres y la falta de educación y salud la han destruido desde que registra la memoria de la república. Y que es patético que en vez de plantear seriamente un debate nacional aprovechen con oportunismo una campaña electoral para apuntar con el dedo del castigo divino a todos aquellos que se nieguen a reformar la constitución para prohibir los matrimonios gays y no para exigir a sus propios partidos (o a los de los maridos de las señoras de las buenas costumbres) que expulsen a los corruptos, que aprueben una ley de financiamiento de campañas para que sepamos que el narcotráfico no está financiando su campaña y que no se sigan oponiendo a reformas fiscales que darían al Estado más recursos para proteger a las familias. Probablemente ese Dios que castiga apunta el dedo hacia otro lado. Quién sabe. 

 

 

Sobre el autor

Carlos Dada, periodista salvadoreño, es fundador y director de El Faro (www.elfaro.net), un medio reconocido por su independencia y su alta calidad. Dada ha trabajado en prensa, radio y televisión cubriendo noticias en más de 20 países. Es Knight Fellow por la Universidad de Stanford y ha sido galardonado con el LASA Media Award 2010 y el Maria Moors-Cabot de la Universidad de Columbia.

TWITTER

Carlos Dada

Archivo

mayo 2013

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31    

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal