Carlos Dada

Los niños viajeros

Por: | 08 de julio de 2014

Son niños. Niños. Como tus hijas o tus hijos. Están ahora durmiendo en unas enormes jaulas para inmigrantes detenidos en la frontera de Estados Unidos con México.

Vienen de atravesarse México, un país que solo comparte nombre con el que vos, que a lo mejor has estado en Los Cabos o Cancún o la Ciudad de México o Guadalajara cuando hay Feria del Libro, conocés. Ellos entraron por Tapachula, en la frontera con Guatemala, una ciudad sórdida y muy peligrosa;  y les tomó semanas caminar o montar la bestia por los más de 800 kilómetros que separan, en línea recta, la frontera sur mexicana del Distrito Federal. La Gran Ciudad de México.

Casi nada conocieron esos niños. Ni siquiera un pequeño tour al Museo del Niño ni al Castillo de Chapultepec para que les dijeran que allí se firmaron los Acuerdos de Paz que dieron forma a El Salvador de la posguerrra, ese país del que vienen huyendo.

Del D.F. ellos conocieron unos cuartos oscuros allá arriba (muy arriba) de Santa Mónica, pasando Satélite, donde ni se ve el resto de esa megalópolis, donde ni los taxis chilangos suben; o unos cuartos de azotea por las vías del tren. Esa fue su región más transparente, su albergue después del miedo, su parada de hidratación tras más de 800 kilómetros de un horror al que seguramente ni vos ni yo habríamos sobrevivido. Y caminaron otros 1,500 kilómetros hacia el norte para que apenas allí, pasando el río, comenzaran sus batallas en el desierto que fueron de verdad batallas y de verdad en el desierto.

El muroIlustraciones: Catalina del Cid. Tomadas del libro Entre Aquí y el Norte (UCA Ed.2012) con autorización de la autora.

 

Como vos, yo tampoco tengo ni idea de lo que vivió durante las últimas cinco semanas ese niño guatemalteco del que hoy apenas conocemos una foto de sus jeans con el dibujo de los Angry Birds, que fue todo lo que de él quedó fotografiable después de que lo encontraron muerto en el desierto en Texas. Dicen que estaba a poco más de un kilómetro de la casa más cercana. Lo dicen todos como si por mala suerte no encontró esa casa que estaba tan cerca y que le pudo haber salvado la vida. Yo me pregunto si el niño de Guatemala no andaba huyendo de esa casa, de algún ranchero texano con siete perros entrenados para perseguir a cualquier sudoroso, atemorizado y cansado que penetre su propiedad.

Son más de 50 mil los niños centroamericanos detenidos en lo que va del año por entrar indocumentados a Estados Unidos. Hay otros miles que sí entraron y que nadie los vio. Otros miles que han muerto en el camino. Otros que se perdieron. Otros que se desvanecieron. Otros que siguen en los cuartos de azotea en México o se quedaron esclavizados en Tapachula. De esos no hablamos ahora. Solo de los que llegaron y fueron detenidos por el servicio de inmigración de los Estados Unidos.

Los detenidos este año superan las cifras previas, y todos sospechan que hay algo que ha disparado la emigración de menores, algo que ha provocado esta masiva ola. Este tsunami de niños migrantes. Esta “crisis humanitaria”, como la ha llamado el presidente Obama.

Su gobierno la atribuye a que los coyotes están diciendo en las comunidades de Honduras, Guatemala y El Salvador que los gringos no deportan niños. Que los retienen unos días en un albergue y luego los entregan a sus familias. No problem. Es cierto, eso andan diciendo los coyotes por aquí.

El gobierno de Obama, para evitar que sigan llegando, dice que sí los va a deportar. A todos. Que no se vayan para el norte, que no tienen ninguna posibilidad de quedarse.

Coyotes dicen, Obama dice. Y los niños encerrados como delincuentes pero temerosos como liebres que cayeron en una trampa cuando huían del zorro. Cuando creían que ya había terminado la larga noche. Cuando ya estaban del otro lado. Y sus papás no aparecen.

La nación más poderosa del mundo deportará a unos niños que han pasado por caminos de ladrones, asesinos y violadores huyendo de países pobres y violentos e intentando reunirse con sus padres. Es una declaración: No nos haremos cargo de sus problemas. Auque sean menores de edad.

Mañana llegarán otros miles intentando lo mismo.

Centro de detención

El vicepresidente estadounidense y el secretario de Estado han sostenido dos reuniones en diez días con los gobernantes de El Salvador y Guatemala y con representantes hondureños para tratar el asunto.¿Para tratar qué? ¿Qué puede hacer el presidente de El Salvador? ¿prohibirles que se vayan mediante un decreto ejecutivo? Ni por decreto se van ni por decreto dejarán de irse. Ni los niños ni sus papás. Los políticos se reúnen para dar la apariencia de que están haciendo algo, pero no están haciendo nada. Porque ninguna de esas reuniones ha aportado nada a solucionar un problema que es estructural.

Los niños no se van porque piensen que no los van a deportar. Se van porque sus papás no quieren que vivan aquí. Porque no es vivir así como viven aquí.

Los papás de muchos de ellos ya están en territorio estadounidense y han pagado para que un coyote se los lleve. O sus padres en El Salvador, en Honduras o en Guatemala quieren mandarlos lejos de las escuelas en las que no se puede estudiar porque el segundo piso es de la pandilla; lejos de los parques en los que no se puede jugar porque los narcotraficantes se agarran a balazos; lejos de un futuro sin futuro. Para que empiecen una nueva vida sin las privaciones que han enfrentado sus padres, que por eso se fueron, atravesando un camino infernal como es el territorio mexicano para los indocumentados, con la ilusión de limpiar ventanas o reparar techos en Long Island, en el Valle de San Fernando o en Maryland. Es una vida mucho más digna que la que les ha ofrecido América Central.  

Un repartidor de pizzas en Nueva York, un lavaplatos en Los Angeles o una mucama de hotel en Washington gana más por hora que un profesor universitario en San Salvador. La diferencia mensual es mayor porque los profesores no tienen ocho horas diarias de clase.

Esos son los menos. Si te hubiera tocado, como a muchos de esos niños, nacer en alguna zona rural de El Salvador, Guatemala u Honduras, tus probabilidades de ser profesor universitario, o siquiera de ser universitario, son tan bajas que ni siquiera superan el error muestral.

En El Salvador apenas la quinta parte de la población económicamente activa tiene lo que Naciones Unidas llama un empleo digno -es decir, que labora bajo contrato y que cuenta con prestaciones sociales como el seguro médico público, aunque sea de pésima calidad; y cotiza en un fondo de pensiones, aunque estos fondos estén a punto de quebrar (y de quebrar al Estado entero).

Detenciones

Gráfico elaborado por Washington Office for Latin America, WOLA

Guatemala, Honduras y El Salvador se encuentran entre los países más violentos del mundo. Una violencia extendida por el narcotráfico y por las pandillas. En Honduras, los políticos ya ni siquiera se toman la molestia de aparentar que están haciendo algo para combatir la violencia. Nada.

Ambos fenómenos, las pandillas y el narcotráfico, tienen relación directa con decisiones tomadas en Washington: la primera fue, desde el fin de los conflictos armados en la región, la de deportar a miles de pandilleros formados en las calles de Los Angeles o Washington que regresaron a países que no conocían, pero que se caracrerizaban por la impunidad, el exceso de armas, falta de institucionalidad y escasez de recursos. Y los siguen deportando.

En sentido contrario, más de la mitad de los profesionales ya emigraron y hoy lavan platos, reparten pizzas o arreglan camas en alguna ciudad estadounidense.

La segunda decisión tiene que ver con la estrategia estadounidense de combate al narcotráfico… en América Latina. Con haber forzado a los cárteles de la droga a abandonar la ruta del Caribe y trasladar el corredor a América Central donde supongo que calcularon que los podrían combatir mejor.  Y más lejos de su propio territorio.

Entonces los combaten aquí, donde el narcotráfico ha encontrado un paraíso en estructuras sociales y políticas corruptas; en sociedades con una criminal desigualdad; con algunos de los millonarios más trogloditas, provincianos e incultos de América (un continente de millonarios trogloditas). Aquí, en países sin recursos ni económicos ni institucionales ni humanos, es donde intentan detener el indetenible flujo de las drogas que llega hasta el mayor consumidor del mundo: Allá, donde sí tienen todos esos recursos; pero donde no quieren derramar una sola gota de sangre. Por eso todos salen corriendo para allá.  

Los millonarios trogloditas, los políticos corruptos y los gobernantes ingenuos, harían bien en releer las homilías de Monseñor Óscar Romero. La culebra ya no solo muerde al descalzo, se ha crecido tanto que se lo está tragando todo. Y de ella huyen nuestros emigrantes y por eso se van sus niños viajeros.

Los migrantes seguirán subiendo por ese camino al norte. Por más muros, por más riesgos, por más decretos, por más campañas. Seguirán llegando a la frontera y pasarán por los ranchos de esos rancheros del sur de Estados Unidos, racistas y criminales, que los cazan con escopetas y perros.

Los migrantes no saben si llegarán. No saben si sus hijos llegarán. Pero albergan una esperanza: si lo logran, encontrarán la posibilidad de una vida digna. Eso es todo lo que quieren. Una vida digna. ¿Acaso es mucho pedir? Sí. Es mucho.

Cruces del camino

La mitad de la presidencia

Por: | 13 de marzo de 2014

Ottoelectoral

 

Probablemente esto es lo que los cientistas políticos podrían definir como una crisis: Tres días después de la segunda vuelta electoral, un país con democracia incipiente y con instituciones débiles aun no tiene presidente electo. Los dos candidatos se han declarado ganadores y el opositor denuncia fraude, llama a sus simpatizantes a defender con su vida “la victoria” y a la Fuerza Armada a vigilar el proceso, se declara en pie de guerra y dice no confiar en el Tribunal Supremo Electoral.

Hay gente en las calles; y el Tribunal Supremo Electoral, que todavía no ha proclamado a ninguno como ganador, lleva a cabo en estos momentos un recuento acta por acta de todas las juntas receptoras de votos.

Como si faltara algo más, el ministro de Defensa nos da un momento retro: se enfunda en su traje de campaña y se rodea de oficiales uniformados para decirle al país que los militares no están fraguando un golpe de Estado y que respetarán los resultados. (¡Gracias, general, por permitirnos seguir jugando a la democracia!).

Los dos partidos en contienda son la extrema izquierda, el Fmln, y la extrema derecha, Arena; dos organizaciones que nacieron durante la guerra y para la guerra; y que casi cinco lustros después continúan combatiéndose a muerte… pero ahora política. El de izquierda ha colocado anuncios felicitando a su “presidente electo”. El de derecha pide la nulidad de la elección. El presidente, omnipresente durante toda la campaña, ha desaparecido desde el domingo electoral con el país entero en vilo por el resultado electoral.

Bienvenidos a El Salvador, un país que acaba de despertar totalmente dividido en dos. La mitad de los votos para la extrema izquierda, la mitad para la extrema derecha. Y también en la geografía nacional: siete departamentos para el Fmln, siete para Arena. Así que el que resulte proclamado después del recuento definitivo ya lo sabe: la mitad de El Salvador rechaza su proyecto.

 ¿Qué salidas quedan entonces? Solo veo tres:

 1.- Los dos presidentes

El peor de los escenarios. Un perdedor que desconozca los resultados y deslegitime el gobierno del ganador, que prolongue la crisis hasta donde le alcance y se autoproclame el presidente no reconocido. Es la salida más dañina para un país que tiene hoy problemas urgentes que atender como crimen organizado, violencia, pobreza, un magro crecimiento económico, una complicada situación fiscal, corrupción y un débil sistema judicial.

 2.- La institucional

Que los partidos agoten todos los recursos legales y, al final, admitan los resultados. Esto retrasaría aun más la proclamación de un ganador, pero al menos garantizaría una salida a la crisis.

3.- Un pacto político.

Que se impongan las voces más sensatas en ambas extremas y que, asumiendo que necesitan incluir a la otra mitad de la población en cualquier proyecto de nación, alcancen un pacto político que incluya acuerdos mínimos para darle viabilidad al país.

Si este escenario se materializa, toda esta crisis que hoy atravesamos terminará siendo el doloroso pero feliz parto de una convivencia política más madura y apropiada para avanzar.

La polarización, que se ha traducido en la continuación de la guerra por otros medios, ha enterrado muchas oportunidades para la consecución de una nación más justa y más digna. Los dos partidos han sacrificado las necesidades del país en aras de su mejor posicionamiento frente a su enemigo. Es hora de cambiar la relación política y probablemente este escenario es oportuno e idóneo.

Entonces, por absurdo que a esta hora parezca, la crisis política sería lo mejor que pudo habernos pasado, porque lograría que los antagonistas se percaten de que no son ellos dos repúblicas en conflicto. Somos una sola.

Quemar la memoria

Por: | 15 de noviembre de 2013

Cerca de las 5 de la mañana de ayer tres hombres armados forzaron su entrada a las oficinas de Probúsqueda, en San Salvador; amordazaron a dos empleados que ya estaban en la oficina; quemaron varios archivos y se llevaron equipo informático; destruyeron pruebas de ADN; rociaron gasolina en varios cuartos y les prendieron fuego. Los empleados lograron desamarrarse y controlar el incendio pero la destrucción fue grande.

Aun no sabemos quién lo hizo pero no es difícil adivinarlo: los crueles, los perversos, los torturadores, los asesinos, los secuestradores de niños. Los que mantienen escondidos los cadáveres para que un pueblo oficialmente amnésico les llame héroes. Los que antes vivían de provocar miedo. Hoy son ellos los que tienen miedo. Miedo a que sepamos lo que hicieron. A que el daño a su lugar en la historia sea irreparable. A que la historia oficial cambie. Ellos fueron.

ProbusquedaOficinas de Probúsqueda después del ataque. Foto de Mauro Arias. Cortesía El Faro.

Probúsqueda es la organización fundada por el padre jesuita Jon Cortina para dar con el paradero de miles de niños desaparecidos durante el conflicto armado salvadoreño (1980-1992). Han recibido más de 1,200 denuncias de menores desaparecidos, y ya han logrado encontrar a 387, algunos adoptados por familias extranjeras o por oficiales del Ejército salvadoreño.

Muchos de esos menores desaparecieron durante operativos militares. Algunos fueron raptados por soldados y posteriormente oficiales del Ejército los entregaban a redes de adopción de menores o los conservaban en sus propios hogares. O los mataban.

Por ejemplo: En mayo de1982, en un operativo militar al norte de Chalatenango, el Batallón de Infantería Belloso capturó ilegalmente a 53 menores después de matar a cientos de campesinos desarmados. (Cientos. Campesinos. Desarmados.). Marina López Rivera y tres de sus hermanos están entre los 53 niños que el ejército se llevó. Sus padres están entre los cientos de campesinos desarmados que los soldados asesinaron en ese operativo.

Tres décadas después Probúsqueda encontró a los niños. Marina vive en Hawai, donde también vive el matrimonio estadounidense que la adoptó cuando tenía tres años. Dos de sus hermanos están en Francia. Francisca, la más pequeña, en España. El lunes pasado Marina regresó a Arcatao, el pueblo de donde se la llevaron. Y se reencontró con lo que quedó de su familia. Marina lloró en inglés.

De los 53 niños desaparecidos en aquel operativo, Probúsqueda ya encontró a 20. Lo ha hecho investigando por cuenta propia porque el Ejército, dos décadas después, aún se niega a proporcionar información o abrir sus archivos. El Estado salvadoreño tampoco ha hecho mucho por investigar estas redes de adopción; y nada por castigar a los responsables, como le ordenó ya la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Probúsqueda sigue buscando. Presentó una denuncia ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia que sostuvo en su primera fase con testimonios de sobrevivientes. El lunes pasado, mientras Marina se reencontraba en Arcatao con su familia, la Sala de lo Constitucional suspendió la audiencia porque no se presentó nadie en representación de la Fuerza Armada. Ni siquiera respondieron a las notificaciones. La audiencia se reprogramó para este próximo lunes, 18 de noviembre. Ahí serían presentados documentos destruidos ayer en el ataque a las oficinas. Ahí estaban incluidos nombres de militares retirados, acusados de desapariciones forzosas. Así que a quemar la memoria. A borrar evidencia como en los viejos tiempos.

Pero no lograron su cometido. Hay copia de los documentos, hay testigos de las masacres, hay pruebas de ADN, hay testimonios de soldados.

El de ayer es el peor ataque contra una organziación vinculada a derechos humanos en El Salvador desde la firma de los Acuerdos de Paz. Pero no es el único. Se da y debe ser leido en el marco de una serie de acciones que pretenden obstaculizar el derecho de los salvadoreños a la verdad y a la justicia, dinamitado poco después de los Acuerdos de Paz con las leyes de amnistía que garantizaron protección e impunidad a los criminales de guerra.

Ahora esa impunidad está siendo revisada. Este año la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia admitió una demanda de inconstitucionalidad contra la amnistía. Derogar la amnistía, dicen sus defensores, es contrario a la estabilidad nacional. Eso dicen también los criminales de guerra, que cuentan con el apoyo de sus compañeros de armas. Los activos.

Paradójicamente, ha sido un presidente que llegó al poder con el partido de izquierda, Mauricio Funes, el que más poder y protagonismo político le ha dado al Ejército desde el fin de la guerra. Y fue su ministro de defensa (y luego de seguridad pública), el general David Munguía Payés, quien dio refugio en guarniciones militares a los generales y coroneles acusados por la Audiencia Nacional Española por el asesinato de seis sacerdotes jesuitas.

Hace apenas tres semanas, varios jefes militares activos rindieron homenaje público a los dos principales responsables de la masacre de El Mozote. Y no hubo una sola palabra de recriminación ni del presidente ni de su ministro de Defensa.

En las redes sociales, muchos salvadoreños comenzaron a expresar su visto bueno al homenaje a los asesinos. ¿Solo los guerrilleros puede homenajear a sus héroes? preguntaban. Señal inequívoca de lo poco que hemos entendido la diferencia entre el Estado y los bandos. El Ejército no es un bando. Eso al menos es lo que acordaron las partes en Chapultepec. El Ejército es una institución del Estado que no puede tener sus propios héroes si estos no son los de la patria entera. Y la patria entera no puede reconocer como héroes a quienes masacraron a más de mil civiles desarmados en El Mozote. La mitad de ellos niños. (Más de mil. Civiles. Desarmados. Niños.)

¿Pero cómo van a comprender eso los salvadoreños cuando el presidente y su ministro de Defensa callan ante tal agravio contra las víctimas? A quemar la memoria. No vaya a ser que a los coroneles Monterrosa y Azmitia, los responsables de El Mozote, la nación les quite sus medallas póstumas y sus altares erigidos en los museos militares.

Mozote

Memorial a las víctimas en El Mozote, Morazán. Foto del autor.

Hay más. Por estos mismos días el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, mejor conocido por haber destruido el mural que adornaba la catedral, ordenó el cierre de Tutela Legal del arzobispado, la oficina fundada por monseñor Óscar Romero e institucionalizada por monseñor Arturo Rivera y Damas para atender a las víctimas y que documentó durante todo el conflicto armado violaciones a derechos humanos; asesinatos; desapariciones forzosas; torturas; masacres. Los archivos de esa oficina están ahora en el limbo, para regocijo de los criminales y vergüenza del arzobispo actual.

Los otros archivos que podrían ser determinantes, si acaso no han sido ya destruidos o purgados, son los de las Fuerzas Armadas. Pero abrirlos depende de dos personas que no tienen la volntad, o el poder, de hacerlo: el Comandante General de las Fuerzas Armadas, Mauricio Funes, y su ministro de Defensa, el general David Munguía Payés. Su abrumador silencio alrededor de toda esta cadena de hechos solo revela su ignorancia con respecto a la necesidad infranqueable de restituir la dignidad de las víctimas y proteger la memoria, como requisito para avanzar en la construcción de una sociedad funcional; o su debilidad ante las fuerzas más radicales.

Pero hay algo en lo que afortunadamente se equivocan los enemigos de la memoria: esta no podrá ser quemada. Ha persistido y sobrevivido a peores tiempos, cuando los gobiernos exigieron olvido. Cuando los criminales se sentían seguros. Cuando las víctimas no tenían visibilidad. La lucha por sacar a la memoria de la clandestinidad terminará venciendo y no habrá manera de evitar la divulgación de los registros de la infamia. Registros que se siguen engrosando con los estertores de los criminales y que escribirán, al final, nuestra verdadera historia. No importa cuánto intenten quemarla. Esa será nuestra narrativa.

El fútbol corrupto como el país

Por: | 25 de agosto de 2013

Aficion

Amaños es la palabra más repetida estos días en todo El Salvador. Es el nombre que la agenda mediática ha dado al escándalo de partidos vendidos por seleccionados salvadoreños a apostadores internacionales y dados a conocer por el periódico deportivo El Gráfico y el canal internacional ESPN.

22 jugadores de la selección mayor han sido suspendidos por la Federación Salvadoreña de Fútbol. Al menos medio centenar podrían estar implicados. Pero la federación tampoco se escapa. El destape comienza a aflojar las gargantas y ya comienzan también las acusaciones que alcanzan a los máximos dirigentes del futbol salvadoreño. 

La fiscalía allanó las casas de doce jugadores y tiene en la mira a entrenadores y directivos de la federación. Vendieron no solo la derrota sino el resultado y en algunos casos, según las primeras pesquisas, hasta el tiempo en que se registrarían los goles. Vendieron partidos amistosos y también partidos oficiales. Incluso eliminatorias mundialistas. Y apenas comenzamos a enterarnos de esto. "Originalmente pensábamos que podía tratarse de una travesura o un grupo aislado", ha dicho el fiscal general, "pero nos estamos dando cuenta de que aquí ya trasciende otro tipo de estructuras de mafias internacionales".  

La afición, con sobradas razones, está molesta y decepcionada del equipo de sus amores. La Azulita. La Selecta. Lo único, desde que el tiempo es memoria, que ha unido a un país dividido, en todo lo demás, por clases sociales, por afinidades ideológicas, por ilusiones, por expectativas, por su ideal de país, por su condición de víctimas o victimarios. Por las deudas de muertos.

Que los jugadores de un país como El Salvador hayan vendido partidos es un acto de corrupción asqueroso. Esta ha sido la afición más agradecida del mundo, llenando estadios para apoyar a un equipo que nunca ganó nada. Gente con pocos recursos dormía en las puertas del estadio esperando que abrieran la taquilla para alcanzar un boleto y apoyar a su Selecta. Si el Cuscatlán ha sido una piedra en el camino de los demás equipos de Concacaf, cuando lo ha sido (cuando no vendieron los partidos), es debido más a la entrega apasionada -y no siempre correcta, es cierto- de los aficionados. Lo único que el salvadoreño pidió siempre a cambio fue entrega, fue que quienes portaban la camiseta nacional lo hicieran con la misma pasión y orgullo que aquellos que desde la grada demostraron una y otra vez ser incondicionales.

Es un acto de corrupción asqueroso. En Washington vendieron otro partidito, contra el DC United, con las graderías llenas de salvadoreños escupidos por su propio país que aun viviendo allá lloran todavía cantando el himno nacional. Antes de un partido que ya había sido vendido. Eso tiene que ser un acto de orfandad. Sin madre ni patria. 

Así como de artero y doloroso es el golpe, así también es normal. La corrupción en El Salvador es normal. La norma. Lo que hacen hasta los que norman. ¿Por qué entonces nos sorprende tanto? ¿Qué tiene de extraño que los jugadores sucumban ante las mismas tentaciones que sus dirigentes, que sus representantes, que sus autoridades?

Aquí tenemos dirigentes deportivos vinculados al narcotráfico; diputados que cobran viáticos por viajes que no hacen; diputados presos en otros países por narcotráfico y lavado de dinero; un presidente de la República que ha decretado en reserva sus viajes y hasta la publicidad de Casa Presidencial; un presidente de la Asamblea que ha decretado en reserva hasta las obras de arte que compró con dinero público; alcaldes vinculados al narcotráfico; magistrados de la Corte de Cuentas involucrados en actos de corrupción; magistrados de la Corte Suprema involucrados en compras ilegales de tierras; diputados que viven en la impunidad a pesar de haber baleado policías, golpeado mujeres, presidido borrachos sesiones parlamentarias, aprobado leyes a medida de grandes empresarios, aprobado tratados de libre comercio sin haberlos leido (lo confesó el presidente de la Asamblea, lo juro), obtenido tierras destinadas a campesinos pobres, que cobran en dependencias públicas en las que no trabajan y que ni siquiera quieren dar a conocer sus gastos en asesorías; ministros corruptos y cómodos en su casa; asesinos y criminales de guerra impunes y millonarios; pandilleros condenados por asesinatos y torturas ahora convertidos en figuras políticas mientras el ministro de seguridad (ahora de defensa) justifica las extorsiones; periodistas que a la vez son asesores de políticos; jueces que trabajan para el crimen organizado; policías que trafican contrabando. 

Otto
Caricatura de Otto Meza. Cortesía El Faro

¿A quién le extraña, pues, que en este mismo país los jugadores vendan un partidito a cambio de diez mil dólares? ¿No son acaso también producto de esta misma sociedad cuyos líderes son los primeros en violar las leyes y cometer actos de corrupción?

La fiscalía y la policía han comenzado a investigar la corrupción en el fútbol. Es un buen comienzo. Ojalá lleguen al fondo del asunto y limpien de una buena vez este grave caso. No es un asunto deportivo. Es una urgencia política. La Selecta es nuestro mayor referente de identidad y unión nacional. 

Los políticos deberían ser los más preocupados, porque la ola de indignación que ha creado este escándalo amenaza con extenderse a todo el sistema."No queremos más corruptos", dice una frase que vuela por las computadoras operadas por salvadoreños en todo el mundo.

Las redes sociales comienzan a llenarse de reclamos contra los corruptos y eso ya trasciende partidos de fútbol. Si las protestas se salen de Twitter y Facebook, en plena campaña electoral, el sistema enfrentará un verdadero problema. Es posible, pero poco probable que suceda en una sociedad que desde el fin de la guerra ya no protesta. La corrupción no se elimina por decreto y menos en un país con memoria de muy corto plazo. A eso apuestan hoy los políticos. Pero ya se sabe que las cosas son como son hasta que un día dejan de serlo. A lo mejor, por ahí, a alguien le da de verdad por arreglar el país.

La calentura ha subido a tal grado que los mismos políticos comienzan a exigir depuración. El presidente Mauricio Funes le recomendó al fiscal general, por la radio, que además de jugadores investigue a ex presidentes que hoy están involucrados en la campaña de sus rivales. En Twitter, un dirigente del partido ultraderechista ARENA le pidió al fiscal que allane también las oficinas de un magistrado electoral que le ha dado la espalda a su partido. El magistrado respondió por la misma vía pidiendo que también se allane a "expresidentes roba bancos, traficantes, vendepatrias, usureros..." y comienzan a soltarse todas las acusaciones de los otros amaños. Los de fuera de la cancha. Los que mantienen un país de corruptos mientras los hospitales no tienen medicinas y no hay suficiente personal para las consultas.Ojalá se abra del todo la caja de los amaños. Que hablen todos. Que se pongan el dedo. Que se acusen y que se investiguen. Que supure el paisito de tanto foco de infección.    

¿Y si la fiscalía y la policía obedecieran el llamado de todos los políticos y comenzaran a atender con la misma diligencia los casos de corrupción perpetrados por nuestras autoridades? Eso sí que sería el mayor favor a la patria. Y que caigan todos los que han estado vendiendo el país. En la cancha, en las alcaldías, en la Asamblea, en la Corte Suprema, en la Contraloría o en el gabinete o en Casa Presidencial. Todos. No más amaños.

Los ixiles inauguran el futuro de Guatemala

Por: | 13 de mayo de 2013

El sábado pasado, un especial sobre Beyoncé ocupaba más espacio en la portada de uno de los periódicos más importantes de El Salvador que la condena por genocidio contra el ex dictador guatemalteco Efraín Ríos Montt. En otro, que se las arregla para meter diez noticias en portada, la hstórica condena ocupaba la séptima posición; era apenas una ventanita en la portada del tercer matutino de distribución nacional. 

En Honduras dos periódicos ni siquiera lo consideraron noticia digna de entrar en portada, y otro apenas le otorgó el más pequeño de sus llamados de primera plana. 

En la jerarquía informativa tradicional de estos dos países, la sentencia por 80 años a Ríos Montt, encontrado culpable de genocidio y crímenes contra la humanidad, pasó desapercibida.

Estas omisiones no son casuales. Son el resultado deliberado de las preocupaciones de sectores conservadores por evitar que la gente se entere, que el virus se expanda, que se crean que ese “accidente” guatemalteco puede intentarse también en otros países. Hay que esconder la noticia. Los medios tradicionales parecen no haber aprendido aún la gran lección periodística de la revolución tecnológica: las noticias ya no se pueden esconder. Y menos esta, una de interés universal generada aquí al lado cuyas consecuencias tendrán, tarde o temprano, que publicar en sus primeras planas.    

***

Ixiles

Llegaron desde sus aldeas a esa gran torre a contar su pasado de muerte y persecución. Hombres y mujeres ixiles desfilaron frente al dictador Efraín Ríos Montt y a la jueza Yassmín Barrios para narrar el horror del genocidio, el dolor de la muerte de los hijos, el agotamiento de la huida, la usurpación de sus tierras. 

Esperaron treinta años para caminar a la capital guatemalteca y rendir testimonio. Nos recordaron que entre 70 y 90 por ciento de sus aldeas fueron destruidas y que casi la tercera parte de su pueblo desapareció en manos de hombres armados. Su visión de los vencidos elevada a un manifiesto de dignidad. Después se quedaron para ver al ex dictador enfrentar su juicio. 

A los ixiles, y a las organizaciones que acompañaron su denuncia, los acusaron de atentar contra la paz, de mirar al pasado para reabrir heridas y amenazar la estabilidad política y la reconciliación de la sociedad guatemalteca. No es bueno mirar al pasado, les dijeron, como nos han repetido en Centroamérica una y otra vez los que se mancharon de sangre y luego amenazaron con boicotear la paz si no les garantizaban impunidad; y luego pretendieron que se olvidara todo.  

Pero los ixiles no han olvidado. Ellos tejen su historia de otra manera. “Hemos venido aquí porque cuando nos muramos esto ya no se podrá contar”, me dijo Domingo Raimundo, un sobreviviente ixil que asistió al juicio. Los ixiles hablan del pasado pero miran al futuro. Al de todos nosotros. Un futuro sin espacios para la impunidad ni el racismo y con igualdad de derechos y de justicia para todos. Con su búsqueda de justicia, metieron a un genocida a prisión, en su propio país, por primera vez en la historia de la humanidad. 

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Durante el mes que duró el juicio a Ríos Montt, algunos periódicos guatemaltecos publicaron suplementos enteros redactados por veteranos militares negando el genocidio y acusando a fuerzas de la izquierda nacional e internacional de querer manchar el nombre de Guatemala y de dividir a la sociedad. Un grupo de firmantes de los Acuerdos de Paz publicó también un comunicado en el que advertían que, de seguir ese juicio, se ponía en riesgo la paz que tanto había costado y que temían por el retorno de la violencia política, como si el problema fuera el juicio o el legítimo derecho a la justicia y no los matones poderosos que aún amenazan con volver empuñando macanas y pistolas si se les sigue provocando. ¿Qué tipo de paz es esta, sometida al chantaje y la impunidad de los criminales de guerra? ¿Qué tipo de nación es Guatemala si aún le asusta el enfado de los criminales?

Es una Guatemala que ha comenzado a cambiar desde el pasado viernes. Quien pretenda de ahora en adelante perpetrar nuevas atrocidades sabrá ya que nada garantiza que terminará sus días tranquilo. A sus 86 años, el otrora hombre más poderoso de Guatemala, un dictador de manual, ha pasado ya tres noches en prisión, condenado a 80 años por genocidio y crímenes contra la humanidad. Las posibilidades transformadoras de este juicio son enormes, porque ha puesto en entredicho todos los soportes de una de las sociedades más racistas y desiguales de América Latina.   

***

Las experiencias de la justicia transicional y de los procesos de reconciliación nos indican que es falsa la premisa de que a cambio de la paz debemos sacrificar la justicia. Todas las experiencias, de Alemania a Sudáfrica, Ruanda y la ex Yugoslavia, confirman que no fue correcto pensar en una verdadera reconciliación sin el establecimiento de la verdad y la inequívoca institucionalización de las lecciones: ni el racismo, ni las dictaduras ni los crímenes de lesa humanidad serán permitidos nunca más.  

Centroamérica, cuyos procesos de paz fueron considerados modélicos en el mundo entero, es hoy un buen lugar para evaluar los errores cometidos. En El Salvador, por ejemplo, los Acuerdos de Paz detuvieron la guerra, pero fueron tan incapaces de modificar sustancialmente las estructuras de poder y la impunidad que la violencia política simplemente mutó a la violencia criminal. El mensaje que enviaron los acuerdos fue nefasto: con justicia no habrá paz. Fue la premisa de los firmantes, casi todos ellos potenciales sujetos de juicios por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. 

Quien alega que no había otra forma de lograr la paz, porque las partes nunca aceptarían ser enjuiciadas, tiene un gran argumento, pero eso no significa que sea correcto. 

La amnistía, la amnesia, la desmemoria y la impunidad como narrativas nacionales terminan boicoteando todo intento por crear sociedades más dignas, más justas y más felices, lo cual es paradójico porque precisamente la construcción de estas sociedades es a lo que, en los terrenos del deber ser, está llamado a aspirar todo pacto político.  

***

El regalo de los ixiles es una nueva posibilidad de futuro. Una que se ha abierto ya con la revisión de la historia oficial guatemalteca y el cuestionamiento de los valores que la han mantenido como la sociedad disfuncional que es ahora (como lo son también las de Honduras y El Salvador). 

Difícilmente el juicio cambiará la manera de ver las cosas de los hijos de militares que han estado manifestándose en las calles con camisetas que portan eslóganes como “Los guatemaltecos no somos genocidas”. Pero las nuevas generaciones, ajenas a la guerra y mucho más expuestas a las ideas del resto del mundo, crecerán marcadas por un juicio y unos testimonios que se han integrado ya, y para siempre, a la narrativa guatemalteca. 

De aquí vendrán nuevas generaciones con nuevos paradigmas y nuevas lecciones. Que abren las puertas para transformar el racismo enraizado como una tradición y avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más incluyente, más civilizada. Por eso los ixiles, al reabrir el pasado, nos han descubierto el futuro. 

El resto de América Central, independientemente de las intenciones mediáticas de restar importancia a este acto, terminará más pronto de lo que se imaginan  contaminada por el virus. 

Los tres Chávez

Por: | 18 de marzo de 2013

 

Chavez

1.-El conciliador

Este Chávez no era tal. En aquel año 2000, la primera vez que lo vi, tenía apenas un año de haber enterrado al bipartidismo venezolano y creía aún en humanizar un capitalismo que había olvidado a los pobres en su país. Todos conocíamos su sorpresivo e histórico triunfo que terminó con el sistema político dos años antes, pero Chávez llegó discreto a la Cumbre Iberoamericana de Panamá, entre un ejército de cámaras fotográficas y reporteros boquiabiertos que seguíamos a Fidel Castro de conferencia en conferencia.

Dos días antes, la policía panameña, guiada por la omnipresente inteligencia cubana, había capturado al terrorista anticastrista Luis Posada Carriles y desmantelado un compló más para asesinar a Fidel. Así que Chávez y los demás mandatarios de América Latina, España y Portugal, llegaron sin que nadie les pusiera más atención que la que requerían las fotos obligadas en los cables de agencias noticiosas. Fidel concentraba todas las miradas, que aprovechaba para denunciar las actividades de Posada Carriles y los años que había vivido protegido por las autoridades salvadoreñas (llegó a Panamá con un pasaporte salvadoreño) conspirando junto al exilio cubano de Miami. Y luego pasó algo sin precedentes.

Los mandatarios se reunieron a puerta cerrada. La versión oficial dice que fue un error técnico, pero lo cierto es que mientras escribíamos notas sobre la declaración final de la cumbre en el salón de prensa, se encendieron los monitores y presenciamos un acalorado enfrentamiento entre Fidel y el presidente salvadoreño, Francisco Flores. Castro acusaba a Flores de darle protección a Posada Carriles, y el presidente salvadoreño respondió culpándolo de haber financiado al FMLN en los años ochenta y de ser responsable de miles de muertes en la guerra civil salvadoreña etcétera etcétera. Intentó mediar la discusión algún presidente sudamericano y Fidel lo calló y dictó una cátedra de historia salvadoreña del Siglo XX que cerró acusando al partido de Flores, ARENA, de haberse fundado sobre los Escuadrones de la Muerte y de conspirar con el anticastrismo cubano de Miami para poner bombas en hoteles de La Habana.

Entonces Chávez tomó el micrófono, contó un chiste sobre españoles y venezolanos y las deudas heredadas desde la colonia que provocó risas y liberó las tensiones de los otros jefes de Estado. Luego les pidió a ambos que terminaran la discusión y que conversaran la siguiente semana, en privado, en la toma de posesión del presidente mexicano Vicente Fox. Se ganó el reconocimiento unánime de todos los asistentes (Comenzando por el Rey Juan Carlos I de España, el mismo que doce años después le disparó aquel “¿Por qué no te callas?”) y el agradecimiento eterno de la presidenta panameña por haberle salvado la reunión presidencial más tensa de que se tenga memoria. Aquella fue la última cumbre a la que asistió Fidel Castro.

Hugo Chávez salió de Panamá con las cámaras siguiéndolo. Era el gran conciliador. Dos días después visitaba San Salvador y se retrataba abrazado con Francisco Flores. ¿Y Fidel? “Ya me prometió que se dará un abrazo con Francisco la próxima semana, en México”. En México, la siguiente semana, no hubo tal abrazo con Francisco Flores. (Luis Posada Carriles, el terrorista, fue liberado años después, tras recibir el perdón de la presidenta Mireya Moscoso la mañana del último día de su gestión presidencial).

Por aquellos días, ya siendo presidente, Chávez no hablaba de socialismo. El periodista venezolano Albinson Linares rescató recientemente, en su libro Nuestro Enfermo en La Habana, una entrevista concedida por Chávez al chileno Manuel Cabieses en 2005, en la que mirando al pasado le confiesa: “Estaba confundido, hacía lecturas equivocadas, tenía unos asesores que me confundían todavía más. Llegué a proponer un foro en Venezuela sobre la Tercera Vía de Tony Blair. Hablé y escribí mucho sobre un ‘capitalismo humano’. Hoy estoy convencido de que eso es imposible; llegué a la conclusión de que el único camino para salir de la pobreza es el socialismo”.

2.-El sobreviviente

En 2001 Chávez aprobó las llamadas leyes habilitantes que incluían una reforma agraria, una nueva ley de hidrocarburos y una ley de pesca que podrían ser consideradas conservadoras por cualquier país desarrollado, pero intolerables para la rancia elite venezolana.

El desprecio de las elites económicas y el odio de la corrupta dirigencia sindical venezolana les impidieron dimensionar a Chávez. Confundieron el mesianismo del presidente con estulticia y decidieron poner punto final al atrevimiento de aquel advenedizo. Entre los empresarios, los sindicalistas y algunos militares le montaron un golpe de Estado con la mirada complaciente de Estados Unidos (y la España de Aznar); el golpe dio paso a su captura y a la instalación de un gobierno presidido por el líder empresarial Pedro Carmona y reconocido de inmediato por el presidente Flores (luego se dijo que Estados Unidos, España y Colombia también hicieron gestiones para reconocerlo pero nunca hubo más reconocimiento oficial en todo el mundo a aquel gobierno golpista que el de El Salvador).

Chávez regresó dos días después en los hombros de su pueblo, y entonces se dio cuenta de que ya no podía seguir jugando al malabarista. Le declaró la guerra a los golpistas, a Estados Unidos y a todo lo que tuviera que ver con ellos y consolidó para siempre su comunión con ese pueblo que le había dado más fuerza que todos los poderes que intentaron derrocarlo.

La oposición, cercada y aún ciega, intentó un último embate y en diciembre de ese mismo año le montó un paro general que dejó a Venezuela sin productos básicos. Los principales medios de comunicación se unieron abiertamente al paro; la empresa privada paralizó la producción y la distribución de bienes mientras los sindicatos frenaron al sector petrolero. Chávez, mermado, apeló a la resistencia de su pueblo.

En aquel diciembre visité por primera vez Caracas que era un manifestódromo. Cientos de miles de manifestantes chavistas y antichavistas se cruzaban en las principales avenidas. Parecía una caricatura de la división de clases sociales, pero era el retrato de las pasiones divididas alrededor del presidente. La comida escaseaba. En los hoteles más lujosos ya no quedaba ni leche y en las calles apenas se conseguían arepas. Era casi imposible conseguir un boleto de avión porque miles de venezolanos de las clases medias y altas hacían colas para abandonar el país. A manera de premonición, uno de los simpatizantes chavistas me dijo: “Esta la ganamos nosotros porque estamos acostumbrados a vivir sin comida. Ellos se van a desesperar más rápido”.

Entre cacerolazos y en pleno pulso con el sector productivo venezolano, Chávez se refugió en su púlpito. Sin eco en los medios de comunicación arremetió con su Aló Presidente y recibió a la prensa extranjera. Cada día del paro, en vez de doblegarlo, parecía acrecentar la figura del presidente.

Un domingo de aquel diciembre presencié en Miraflores seis horas de monólogo chavista junto a docenas de periodistas internacionales. A la medianoche, tres periodistas nos sentamos a entrevistar al presidente en el balcón de su residencia. “No me gustan las entrevistas, prefiero las conversaciones así que conversemos y luego ustedes escriben lo que quieran”.

Nunca supe cuál era su secreto para no dormir. Aquella noche habló de su infancia, de su paso por la academia militar, de los héroes de la historia venezolana, de lo injusta de la distribución de la riqueza en Venezuela y de lo grosera que era la oposición que enfrentaba. Justificaba sus acciones y sus decretos autocráticos con la necesidad de resistir a las poderosas fuerzas que conspiraban en su contra. A pesar de la presión que enfrentaba aquellos días, Chávez era un hombre encantador. Afable, dicharachero y con un carisma que seguía intacto en horas de la madrugada.

Cinco horas después me disculpé y le dije que tenía que retirarme para tomar el único avión en el que pude conseguir asiento. Se levantó, entonó la garganta y comenzó a cantar: “Hermano salvadoreño, viva tu sombrero azul”.

Chávez no solo volvió a imponerse a una oposición torpe, estúpida y prepotente, sino que se encargó de que nunca tuvieran suficiente poder para volver a desafiar el suyo. Eso fue en 2002.

3.-El pueblo es Chávez es el pueblo

La noche de su reelección, en diciembre de 2006, Chávez la celebró anunciando, ante un mar de personas vestidas de rojo, el comienzo del Socialismo del Siglo XXI. Sus ministros y funcionarios, temerosos de terminar destituidos en cualquier domingo de Aló Presidente, se pusieron nerviosos. Nadie sabía a ciencia cierta qué quería decir el comandante.

El Estado venezolano era ya una enorme burocracia en función de lo que ordenara el presidente. Una que no tenía más estándares de calidad en materia de recursos humanos que la que dictaran los hombres más cercanos al comandante, usualmente funcionarios ineficientes pero envalentonados que amenazaban con llevar el proyecto chavista al fracaso.

La alcaldía de la capital era gobernada por un profesor universitario de apellido Barreto que escupía a sus adversarios después de insultarlos y para el cual el socialismo era una nueva oportunidad para depurar los círculos bolivarianos y hacerse de más recursos.

El alcalde organizaba tomas de edificios para dejarlos en manos de familias enteras y al siguiente día del mensaje presidencial apareció en televisión advirtiendo que purgarían al Estado y al partido. “Aquí somos comunistas y marxistas y el que no lo entienda tiene que irse”. El presidente le corrigió después la plana, como había hecho tantas veces antes.

Los chavistas más radicales, como el comando de Lina Rhon, que organizaban a los comités en los barrios marginales, acusaban de corrupción al alcalde y le advertían que él no era el chavismo. “El chavismo solo es Chávez”, le recordó uno de los organizadores de las milicias chavistas. “Esto no es Cuba, ni el 67. Esto es Venezuela, y en el Siglo XXI. ¿Dónde estaba (el alcalde) Barreto cuando salimos a defender a nuestro presidente el día del golpe? En las calles no andaba, así que mejor que cierre la boca”.

Chávez era el hombre fuerte, pero su círculo de poder no parecía, y nunca fue, suficiente para que los ambiciosos planes de revolución social del presidente se conviertieran en realidad. La corrupción, la ineficiencia y la desorganización frenaron ese proceso.

Pero en los barrios venezolanos Chávez se convirtió en una figura religiosa. Los pobres lo veneraban porque les había otorgado dignidad. Porque su presidente luchaba contra las naciones más poderosas del mundo y contra los hombres más ricos de Venezuela por ellos.

En las inumerables ventas ambulantes del centro de Caracas se vendían por decenas muñecos con la figura de Chávez Made in China, que al apretarles la espalda pronunciaban un discurso con la voz del presidente (“Ahora es que viene lo bueno, candanga con burundanga”).

En los barrios más pudientes de la ciudad, en cambio, muy pocos entendían por qué había sido reelecto ese hombre al que odiaban tanto. Los barrios populares, como el 23 de Enero o Catia, eran apenas unas lucecitas al fondo del paisaje desde sus balcones. Ahora aquellos pobres, que nunca habían existido, se atrevían a decidir quién mandaba en el país.

En su afán por dar la estocada final a sus opositores Chávez sustituyó a las elites tradicionales con nuevos beneficiarios del Estado. Cerró medios de comunicación e instaló los propios, tan llenos de mentiras y de vulgaridades y de insultos y de prepotencia como los que había cerrado.

En Miami, un cubanoamericano, propietario de una peletería, me confesó lo contento que estaba con el presidente venezolano: los antiguos ricos venezolanos se habían mudado a Miami y seguían siendo buenos clientes, pero ahora venían todas las semanas, desde Caracas, los nuevos ricos que compraban más mercancías. Los petroburgueses chavistas, los boliburgueses.

Es innegable que Chávez volcó grandes recursos a atender a las clases más necesitadas. En un país con desigualdades históricas insultantes, dedicó las rentas del petróleo a los pobres venezolanos. Pero el comandante, a pesar de su aparente omnipresencia que se extendía a América Latina entera, construyó un aparato burocrático corrupto e ineficiente paralelo a su culto personal. Se endiosó tanto, y lo endiosaron tanto, que terminó gritando que todos los venezolanos eran Chávez.

Su pecado no fue, como dicen sus críticos, haber terminado con la institucionalidad en Venezuela, porque esa tampoco existía antes. Sino creer que podía construirse un proyecto sostenible y un modelo social sin construir esa institucionalidad. Él era el soberano, él era el justo juez, él era el pueblo y el gobierno. Él era el socialismo del Siglo XXI.

Chávez ha sido el líder más emblemático de América Latina en este siglo. Un hombre que dio un nuevo rumbo a la izquierda revolucionaria latinoamericana, que abanderó la unidad regional y que se convirtió en el estandarte de la resistencia a la tremenda influencia estadounidense en el resto del continente.

Ha sido también el autócrata que pervirtió la institucionalidad para mantener control sobre todo el aparato del Estado venezolano, que censuró medios de comunicación y se vengó de sus opositores atropellando el Estado de Derecho. De la mano de Ejército y de los cuadros políticos que se formaron bajo su liderazgo, copó todos los espacios y asfixió a sus detractores.

Redujo significativamente la pobreza en Venezuela, pero se quedó muy lejos de sus ambiciones. A su muerte, Venezuela sigue siendo un país con desigualdad y violencia. Mucha violencia.

La historia se encargará de ponerlo en su lugar. Pero el mundo ha perdido a uno de sus personajes más fascinantes. Un hombre complejo, de marcados contrastes, de enormes luces y sombras. Un hombre carismático, utópico, mesiánico y vanidoso. Un venezolano singular y universal. El movimiento bolivariano está hoy huérfano, pero tiene también su primer mártir. Y con él intentará ganar las próximas elecciones.

13 Baktun y el fin del mundo maya

Por: | 21 de diciembre de 2012

Nosotros venimos del Brujo Lunar y de La de la Mansión de las Guacamayas. Del Brujo Envoltorio y La de la Blanca Mansión del Mar; de Guarda-Botín y La de la Mansión de los Colibríes; del Brujo Nocturno y La de la Mansión de los Bogavantes. Ellos engendraron a los hombres, a las tribus pequeñas, a las tribus grandes. A los hombres de maíz. Y a sus mujeres de nubes, selvas, volcanes y costas.

Falta apenas un sol para que se cierre otro ciclo. El 13 Baktun. Lo que equivale a cinco mil 128 años. Hasta acá llega el calendario porque es unidad que se reproduce en cuenta larga. Porque los mayas miden el cielo y la tierra de trece en trece. Pero vendrán más katunes y más baktunes. El fin del mundo maya no comienza mañana.

Comenzó, dice el Chilam Balam, cuando entró la tristeza.

Solamente por el tiempo loco, por los locos sacerdotes, fue que entró a nosotros la tristeza, que entró a nosotros el “cristianismo”. Porque “los muy cristianos” llegaron aquí con el verdadero Dios; pero ese fue el principio de la miseria nuestra, el principio del tributo, el principio de la limosna, la causa de que saliera la discordia oculta, el principio de las peleas con armas de fuego, el principio de los atropellos, el principio de los despojos de todo, el principio de la esclavitud por las deudas, el principio de las deudas pegadas a las espaldas, el principio de la continua reyerta, el principio del padecimiento. Fue el principio de la obra de los españoles y de los “padres”, el principio de usarse los caciques, los maestros de escuela y los fiscales.

Esto dice el Chilam Balam de Chumayel.

13baktun


 

 ***

A principios de esta semana, un ex director de Patrimonio Cultural de El Salvador publicó una disculpa en un periódico de circulación nacional –para cumplir con una orden judicial- por no haber protegido bienes arqueológicos. Hace algunos años (El Faro lo denunció en 2007) otorgó permisos de construcción para lotificar una zona arqueológica conocida como Sitio El Cambio, justo donde se creía que estaba un cementerio de los mayas que habitaron toda la zona de Zapotitán, que incluye Joya de Cerén y San Andrés. Los tractores comenzaron a emparejar la tierra. Sacaban una gran cantidad de cerámicas, de ofrendas, de huesos. “Basura arqueológica”, les llamó ese director de Patrimonio Cultural. Su jefe, el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, aclaró: “No se puede impedir una urbanización por unos tiestos”. Y siguió la tristeza.

Esa misma administración cultural hizo un convenio para que la privada Fundación Arqueológica Salvadoreña, FUNDAR, administrara los principales sitios arqueológicos registrados en Patrimonio Nacional. Nunca pensó el encargado nacional de la cultura, supongo, que podía haber un pequeño conflicto de intereses o riesgos para el patrimonio nacional: Algunos de los miembros de FUNDAR son los mayores coleccionistas privados de piezas arqueológicas, conseguidas pagando a campesinos para que desentierren en lugares donde el Estado no puede costear investigaciones y pagando a obreros de la construcción para que rescaten todas las piezas que los tractores dejen en buen estado en las construcciones que se llevan a cabo en zonas arqueológicas de El Salvador desde que llegó la tristeza. Piezas que terminan en sus manos privadas. Por eso en las casas de algunos miembros de FUNDAR hay mejores y mayores colecciones que las del Museo Nacional de Antropología e Historia. (En este país, donde hasta lo más público es privado, los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra civil en 1992 están colgados en la sala del ex Presidente Alfredo Cristiani).

Desde aquí escribo ahora. Desde el Valle de las Hamacas, cuna de los mayas que lo habitaron en el preclásico y que se sitúa junto al gran señorío de Cuscatlán de los pipiles, hoy convertido en centros comerciales, residenciales cerradas y una embajada. Una gran embajada del gran país del norte. Construidos sobre el centro cívico religioso de esa gran ciudad. Pero igual pasaron los tractores hace más de dos décadas, porque la geopolítica era más importante que unos tiestos viejos. De Cuscatlán no queda nada más que el nombre y las ruinas y figurillas soterradas a gran profundidad esperando que pasen los tiempos de los dioses escarabajos que todo lo corrompen y todo lo destruyen.

En el resto del país, de testimonio de aquel pasado nos quedan apenas unas pirámides maltrechas, recubiertas de monte o de cemento junto a montículos que prometen más pirámides que no pueden ser descubiertas por falta de presupuesto. Junto a promesas, pues, de hallazgos arqueológicos que nos ayuden a entender mejor cómo funcionaban las sociedades que habitaban el corredor maya desde aquí hasta el sureste mexicano, y cómo convivían, se comunicaban y hacían la guerra contra otras culturas mesoamericanas nahuas, toltecas, olmecas…

Por encima y por debajo de esas piedras, de esos grandes monumentos, escribió Carlos Fuentes en su maravilloso Espejo Enterrado, “existía en Mesoamérica una sociedad vivaz y sensible, circulando alrededor de las pirámides y creando los valores de la continuidad cultural de las Américas”. Y el hombre de esa sociedad se encuentra hoy en esos tiestos viejos. En esos artefactos que los tractores siguen arrasando; destruyendo la humanidad retratada en figurines y en vasijas; en pedernales y hachas; en muñequitas para acompañar a los muertos.

Algunos de esos que sobrevivieron, porque nadie necesitaba tractores en una hacienda agrícola ganadera en el Valle de Zapotitán llamada San Andrés, fueron un pedernal y una piedra ceremonial que permitieron a los arqueólogos determinar que el centro político religioso que ahí encontraron era maya y Joya de Cerén lo era también. Y también, por supuesto, el Sitio El Cambio, destruido con la venia de las autoridades encargadas de velar por el patrimonio nacional.

Ese ciclo, el de la destrucción del mundo maya y del mundo indígena por extensión, aún no termina. Sigue vivo en el tremendo racismo arraigado en la estructura de la sociedad guatemalteca y chiapaneca; sigue vivo en la ausencia de nuestra herencia indígena en la construcción de nuestras identidades nacionales; en el saqueo y destrucción de nuestras piezas arqueológicas; en la histórica erradicación de las lenguas y las tradiciones indígenas, en la negación cotidiana de nuestros orígenes.

Hace algunos años, conversando con el gran cronista mexicano Carlos Monsiváis, le pregunté por qué en México eso era tan distinto; por qué oficialmente México asumía con orgullo la grandeza de su pasado y no así los países de América Central. Me dijo que no siempre fue así. Que todo cambió cuando, en los años sesenta, inauguraron el monumental Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad de México. El mexicano, creía Monsiváis, se topó de frente contra su propia grandeza que había despreciado oficialmente durante muchos años. Y esa grandeza fue utilizada hábilmente por los gobiernos priistas mexicanos como carta de presentación mundial y como centro de la construcción interna de la identidad mexicana.

Hasta eso, y hasta en México, está cambiando. La semana pasada, una investigación del New York Times demostró cómo Wal-Mart sobornó a alcaldes, burócratas y autoridades arqueológicas mexicanas para poner un almacén en las pirámides de Teotihuacán. Pocas cosas ilustran mejor lo poco que respetamos la herencia de ese mundo del que venimos los mesoamericanos.

Pocas, pero las hay: la venta de una isla arqueológica en el Lago de Güija, llamada Igualtepec, con la mayor concentración de petrograbados de toda Centroamérica. A la venta en un anuncio clasificado para disfrute exclusivo del afortunado que la pueda comprar.

 

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Los historiadores creen que alrededor del 90 por ciento de la población maya y nahua (o nahuatl) desapareció en el primer siglo de la colonia debido, más que a las guerras, a pandemias ocasionadas por nuevas enfermedades traidas por los europeos. Estos también, para someter a las poblaciones, se instalaron en las principales ciudades de cada región, abonando así a la destrucción. Por eso, dice el Chilam Balam, es que llegó la tristeza. Por esto renunció Bartolomé de las Casas a sus posesiones y denunció la “destrucción de las Indias”.

Déjenme compartir las impresiones de John Lloyd Stephens, aquel viajero estaodunidense que recorrió Mesoamérica en la primera mitad del Siglo XIX junto al dibujante Catherwood, al descubrir la ciudad maya en la zona de Palenque, en el sureste mexicano:

Lo que teníamos frente a nuestros ojos era grandioso, curioso y extraordinario. Aquí estaban los restos de un pueblo cultivado, pulido y peculiar, que había pasado por todas las etapas incidentes al surgimiento y caída de las naciones; alcanzó su edad dorada y murió enteramente desconocida. Los eslabones que los conectaban con la familia humana fueron cortados y perdidos, y estas eran las únicas memorias de sus huellas en la tierra. En medio de la desolación y la ruina miramos al pasado, apartamos la densa selva y apreciamos cada edificio perfecto, con sus terrazas y pirámides, sus ornamentos esculpidos y pintados, grandioso, noble e imponente, sobremirando una planicie inmensa y deshabitada; llamamos a la vida a esa gente extraña que nos miraba con tristeza desde las paredes; los imaginamos en trajes elegantes y adornados con plumas, ascendiendo a las terrazas del palacio y las gradas que llevan a los templos. Nada me impresionó jamás con tanta fuerza como el espectáculo de esta alguna vez grande y adorable ciudad, ahora desolada, vencida y perdida; descubierta por accidente, rebasada por árboles en varias millas alrededor, y sin siquiera un nombre que la distinga.

1519 fue el año en que dejaron de llamarse mayas. El séptimo año del Once Ahau Katun. Entonces comenzaron a llamarse mayas cristianos. Eso dice el Chilam Balam.

Hemos llegado al final del 13 Baktun.

Oh say! can you see...

Por: | 05 de noviembre de 2012

En noviembre de 2004 los estadounidenses fueron a las urnas a reelegir a George W. Bush, un presidente que polarizó a la nación más poderosa del mundo y, en alguna medida, al resto del planeta también. Yo vivía en esos días en el área de la Bahía de San Francisco, probablemente la región más liberal de Estados Unidos, y ahí nadie creía en las encuestas: el candidato demócrata, John Kerry, seguramente ganaría las elecciones porque la gente en San Francisco prácticamente no conocía a nadie que expresara preferencias por Bush. 

Ese año el presidente fue reelecto pero no con el voto de la Bahía. (En San Francisco, Kerry obtuvo 83 por ciento). Lo mismo le sucedió en la mayoría de las grandes urbes: Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Boston y Washington amanecieron de luto el día siguiente. Su convicción y su percepción local les había hecho creer a sus habitantes que podían sacar a Bush de la Casa Blanca, pero cometieron el error de olvidarse del resto del país.  

Poco después, con un amigo polaco, emprendimos un viaje en carro desde San Francisco hasta Nueva York, atravesando toda la masa continental de Estados Unidos. Pasamos por pueblos enteros a los que no llegan los periódicos y en los que sus habitantes ni siquiera saben qué estado colinda con el suyo, mucho menos dónde queda Irak o por qué su país tiene tropas en Afganistán. En un pueblo de mineros en Nevada entramos a la única cantina local y se acercaron curiosos a hablar con nosotros. No sabían en qué continente quedaba El Salvador, aunque habían escuchado sobre ese país por algunos trabajadores. Tampoco sabían que Polonia era un país. Esa información no tenía ninguna utilidad en sus vidas. Cantineros de entre semana, eran todos devotos religiosos de domingo y expresaban con orgullo su defensa de los valores familiares, su rechazo a los homosexuales y al aborto. Por eso, decían, votarían por el presidente que hacía campaña con Jesús en la boca y no por un demócrata que “arruinaría” su manera de vivir. Tampoco sabían, ni habrían entendido, que la hija del vicepresidente Dick Cheney era abiertamente lesbiana. Igual le dieron a Bush esa elección y las grandes ciudades amanecieron calladitas y tristes. 

Estados Unidos no es un país como tradicionalmente los conocemos. Es una colección de burbujas que tienen muy pocas cosas en común pero suficientes como para preservar la Unión y, sobre todo, para tener derecho a elegir al hombre más poderoso del mundo. Quienes viven en Palo Alto, la “capital” de Silicon Valley, apenas hablan el mismo idioma que los habitantes de Lost Cabin, Wyoming. En casi todo lo demás son distintos.  Salvo en algo más: su vida está ordenada, sostenida por una “idea” de nación libre y democrática que trajeron los primeros colonizadores de Nueva Inglaterra y que sigue guiando la narrativa de los Estados Unidos de América. Esa tierra que encandiló a Alexis de Tocqueville y a la que describió como el país que nació ya con las semillas de la democracia, en el más modesto de sus adjetivos dirigidos hacia Estados Unidos. Oh say! can you see… 

Pero los diversos intereses de los estadounidenses raras veces trascienden sus fronteras, salvo cuando tienen que ver con sus vecinos políticos que no son México ni Canadá sino Israel y el Reino Unido. 

La elección del presidente de Estados Unidos afecta más la vida diaria de un habitante de Kerbala, en Irak, que la del minero de Nevada. Más la de un agricultor salvadoreño que la de un agricultor en Idaho. Pero el iraquí no puede votar para elegir al hombre cuyas decisiones serán tan influyentes en su propia vida.  Ni el salvadoreño. Eso, hoy, está en manos de millones de estadounidenses que irán a las urnas pensando en su economía, en sus valores, en su bienestar. Muchos de ellos ni siquiera saben por qué a los demás habitantes del mundo nos importa tanto. Y por qué nos preocupa que esa decisión pueda terminar en manos de personas que ni saben que existimos. 

Mitt Romney y los Escuadrones de la Muerte

Por: | 02 de octubre de 2012

Titular A: El candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos hizo su fortuna con capital centroamericano.

O más o menos. Mitt Romney era en los años ochentas un ejecutivo a cargo de un fondo de inversiones llamado Bain Capital que reclutó a millonarios centroamericanos para que pusieran dinero en la aventura, y el negocio le salió de maravilla. Entre ellos se encontraban miembros de algunas de las familias más adineradas de El Salvador. 

La historia fue rescatada hace unas semanas por algunos medios de comunicación en Estados Unidos, que encontraron, en plena campaña electoral, un ángulo distinto. Uno que relacionaba a los inversionistas salvadoreños de Bain con los Escuadrones de la Muerte que operaban en El Salvador.  

 Titular B: Mitt Romney hizo su fortuna con dinero de financiadores de los Escuadrones de la Muerte.

O más o menos. Así lo aseguró El Huffington Post (publicado en español por El País). La aseveración se basaba en que Bain recibió fondos de millonarios salvadoreños pertenecientes a familias como De Sola o Salaverría; apellidos que aparecen en documentos desclasificados e informes de prensa por su pertenencia, como financiadores y/o ejecutores, de las actividades de los Escuadrones de la Muerte.

En 1981, el periódico The Pittsburgh Press, interesado en conocer al exilio salvadoreño en Miami, entrevistó a algunos de ellos.

Alfonso Salaverría, un hacendado cafetalero salvadoreño y pistolero de conocidas credenciales entre los grupos de ultraderecha que formaron los escuadrones de la Muerte en los años ochenta, declamó esta joya:  "No comemos niños. No somos salvajes. No somos oligarcas en el sentido de explotadores. Desarrollamos nuestro país, penetramos sus junglas y sembramos café. Somos como los pioneros de Estados Unidos. No queremos privilegios injustos. Solo queremos que nuestro país regrese a un régimen democrático".  

Desde un par de años antes, decenas de millonarios salvadoreños comenzaron a mudarse a Miami, donde tenían su segunda casa, para huir del conflicto armado y orquestar, desde la comodidad de Florida, su aporte a la lucha anticomunista que libraba el Ejército con ayuda militar estadounidense. 

Salaverría, junto a otro cafetalero llamado Orlando de Sola que también había abierto brecha entre los grupos radicales de ultraderecha, tomaron la vocería del grupo. Formaban parte de una organización llamada "The Freedom Foundation" fundada poco antes en Florida por el propietario del periódico El Diario de Hoy, Enrique Altamirano (que aún lo dirige), y el comerciante Roberto Daglio. Ambos, Altamirano y Daglio, junto a otros dos miembros de la familia Salaverría, aparecen mencionados en cables del Departamento de Estado como integrantes de un grupo llamado "The Miami Six" que financiaba los Escuadrones de la Muerte. Según la diplomacia estadounidense, entregaban dinero y listas de víctimas y atentados a Roberto D'Aubuisson, un ex oficial de inteligencia que fundó el partido ARENA, y quien ordenó el asesinato de nuestro Monseñor Oscar Arnulfo Romero. 

Algunos salvadoreños de Miami pusieron millones de dólares en otras actividades menos macabras, como invertir en el fondo de inversiones que dirigía Romney. Y de ese primer encuentro surgió una amistad que treinta años después mantiene el candidato presidencial republicano. El Huffington Post cita una cena de 2007 en la que Romney recolectaba fondos para su primera campaña presidencial, en la que mencionó a cuatro latinoamericanos a los que les debía "mucho", entre ellos dos salvadoreños: Ricardo Poma y Miguel Dueñas. 

Ambos están entre los salvadoreños más ricos, en un país con altísimas tasas de desigualdad y en la que empresarios como ellos han sido muy "exitosos" controlando gobiernos, dictando políticas públicas y evitando reformas fiscales que les obliguen a pagar impuestos y a aceptar políticas de mejor redistribución del ingreso. El Los Angeles Times asegura que los inversionistas de Romney se manejaban con empresas off shore, registradas en Panamá. Una práctica común entre los empresarios centroamericanos. 

El Huffington Post tituló así su nota: Mitt Romney fundó Bain Capital con dinero de familias ligadas a los escuadrones de la muerte de El Salvador

Poma, cuyo hermano fue asesinado por un comando guerrillero que lo intentó secuestrar (y que negoció rescate cuando su víctima ya había muerto), tenía suficientes razones para buscar una vía de combate a los insurgentes. Se involucró en la política y llegó incluso a ser presidente de ARENA, el partido fundado por D'Aubuisson. Pero lo fue muchos años después de la guerra, cuando ARENA era ya el principal partido político de El Salvador y, al contrario de lo que sugieren los reportes de prensa estadounidenses, no hay ningún documento o testimonio que lo vincule directamente con actividades de los Escuadrones de la Muerte. No, al menos, que yo conozca. 

Titular C: Romney hizo fortuna con dinero de salvadoreños que tenían parientes vinculados a los Escuadrones de la Muerte.

Bueno, pues… Sí. Mejor. El Huffington Post aplicó una lógica que no funciona en El Salvador: en casi todos los conflictos las familias, las tribus y los clanes suelen uniformarse con algún bando. 

En El Salvador la guerra se hizo entre gente de todos los sectores y como el país es tan pequeño pasaron cosas impensables en otras partes. Aquí, literalmente, hermanos peleaban contra hermanos y guerrilleros luchaban contra familias que daban empleo a sus madres.

Alguna vez la ultraderecha se trajo a unos asesores argentinos para enseñarles prácticas contrainsurgentes (educaron a la Guardia Nacional para que aprendiera a torturar con métodos "eficientes" y a secuestrar). Los periodistas estadounidenses Craig Pyes y Laurie Becklund, que investigaban a los Escuadrones de la Muerte, narran una conversación con la señora Alicia Llovera, vinculada a la ultraderecha, que les contó un episodio con los argentinos: "Nos sugirieron matar a las familias de los izquierdistas para que aprendieran la lección. Les dijimos que no, porque en El Salvador todos estamos emparentados".   

Shafick Handal, el líder comunista y comandante del FMLN, tenía parientes ultraconservadores que también aportaron a las actividades de grupos paramilitares o "escuadrones".

Enrique Álvarez Córdoba, uno de los más grandes hacendados de El Salvador, entregó sus propiedades a una cooperativa de campesinos, se vinculó a un grupo político de izquierda y fue asesinado por elementos de las fuerzas de seguridad del Estado que actuaban en coordinación con los Escuadrones de la Muerte. Cuerpos de seguridad que siempre habían tenido entre sus funciones cuidar las propiedades de la familia Álvarez. 

Al contrario de lo que se piensa, D'Aubuisson no era el líder de los Escuadrones de la Muerte. Era apenas uno de sus directores ejecutivos. El más visible y el más bocón. Un mayor del Ejército que se robó los archivos de inteligencia después del golpe de Estado de 1979 y  que recibía dinero, documentos, órdenes y listas negras de manos de algunos de los empresarios que estaban en Miami. Les hacía el trabajo sucio y les organizó el partido político del que nunca se separaron ni grandes empresarios ni escuadroneros, la ultraderecha salvadoreña. A cambio, D'Aubuisson aceptó de buena gana ser el rostro del anticomunismo, el depositario de todas las acusaciones de crímenes de guerra, Escuadrones de la Muerte y desapariciones forzosas.   

D'Aubuisson y sus hombres no actuaban solos, sino en coordinación con oficiales activos del Ejército, de la Guardia Nacional y de equipos privados de seguridad proporcionados por los empresarios, para salir de cacería todas las noches. 

Ciertamente D'Aubuisson dio la orden para matar a Monseñor Romero. Se la dio a los ejecutores. Pero eso no significa que él tomó la decisión. En eso participaron varios. Todo parece indicar que formaron parte de esta conspiración algunos de los que estaban en Miami, probablemente  invirtiendo en el fondo de Romney y enviando dinero a los grupos paramilitares salvadoreños y a la Liga Anticomunista. Probablemente.  

Pero esas nunca fueron decisiones familiares, sino individuales. Que Alfonso Salaverría, o que sus parientes Julio y Juan Ricardo, se hayan involucrado en operaciones de este tipo, no significa que toda la familia Salaverría estaba involucrada. Lo mismo aplica a la familia De Sola. A todas las familias salvadoreñas. 

La hermana menor de Roberto D'Abuisson, Marisa, era una religiosa izquierdista que años después fundó la Fundación Romero en memoria del arzobispo asesinado por su hermano, y aún hoy mantiene un programa radial, todos los sábados, dedicado a leer y reflexionar sobre las homilías de Monseñor. Entienden la idea. 

Titular D: Estados Unidos financió a los Escuadrones de la Muerte

Es muy posible que algunos "escuadroneros" hayan invertido en Bain, pero no lo sabemos. Ninguna de las publicaciones aparecidas en las últimas semanas en Estados Unidos ha establecido con precisión la inversión de un escuadronero en los fondos de Romney. El candidato republicano dice que investigaron a los inversionistas y que se aseguraron de que estuvieran "limpios".

De cualquier manera, la publicación en Estados Unidos obedece no al interés por esclarecer la historia y aportar a develar los nexos entre la ultraderecha latinoamericana y el "establishment" estadounidense. La intención es meramente coyuntural.  

Algunos de los personajes que sí aparecen directamente vinculados a Escuadrones de la Muerte acabaron invitados a la toma de posesión de Ronald Reagan. Para eso se requería apoyo de gente con mucho poder en Washington que sabía perfectamente lo que hacía la ultraderecha salvadoreña. Gente poderosa en Washington, en Florida...

Pero los vínculos eran más amplios. Los Escuadrones de la Muerte solo podían funcionar con la participación de los cuerpos de seguridad salvadoreños, los mismos a los que el gobierno de Estados Unidos, con aprobación del Congreso, destinó cientos de millones de dólares. Algunas audiencias y reportes del Congreso confirman que en Washington estaban al tanto de que las fuerzas de seguridad salvadoreñas eran responsables de asesinatos, desapariciones forzosas y torturas. 

En 2005, un grupo de abogados logró abrir un juicio civil en Memphis contra el ex viceministro de Defensa Nicolás Carranza, que vivía en esa ciudad desde el fin de la guerra. A medio juicio, Carranza hizo una sorpresiva revelación: dijo que de lo úncio que se arrepentía era de haber sido empleado de la CIA durante toda su carrera. Carranza fue encontrado culpable de torturas y desapariciones forzosas. 

Después del 1 de noviembre, y sobre todo si, como indican las últimas encuestas, Romney es el candidato perdedor, la historia de los escuadroneros y el fondo de inversiones quedará enterrada. Ya no habrá interés en la prensa de Estados Unidos por descubrir cómo y por qué quienes financiaban los escuadrones de la muerte se organizaban, justamente, en territorio estadounidense. Eso ya no importa. 

 

 

El gran Solalinde

Por: | 13 de agosto de 2012

Solalinde

El problema no es si existe Dios. Sino si actúas con la suficiente entereza y te colocas a la altura de los más nobles valores del ser humano como para ganarte todos los cielos, en caso de que existan. Y si no, tu sacrificio será el de los héroes que enaltecen y hacen avanzar a la mejor parte de la humanidad. 

Esta es la posición mayor del agnóstico, aquel que sin ser ateo dice no tener suficientes capacidades como para garantizar la existencia de Dios. Y es acaso la mejor perspectiva para hablar de un religioso muy, pero muy creyente en la palabra y el ejemplo de Jesús, que se entrega con amor a mortales que acaban de perder argumentos para creer en un Dios misericordioso mientras aún se desangran del dolor. Y de un obispo muy, pero muy practicante de los ritos de la Iglesia al que le incomoda un subalterno que es mucho más grande que una catedral.

El sacerdote católico Alejandro Solalinde ha sobrevivido a los Zetas, a corruptos policías federales mexicanos (que los hay, aunque lo duden), a asaltantes, secuestradores de migrantes y pobladores recelosos de su trabajo y de sus visitantes. Ha resistido a todo para mantener su albergue para migrantes en Ixtepec, Oaxaca. Pesan sobre su cabeza varias amenazas de muerte, pero él sigue, con una fe fanática -que no hay otra forma de calificar la alegría con la que ha entregado su vida a los centroamericanos en ruta hacia Estados Unidos-. 

Su albergue es ya un santuario. Un lugar de recuperación de migrantes violadas, de migrantes asaltados, de migrantes abusados por las autoridades mexicanas, de migrantes agotados. Venid a mi, ha repetido incansablemente el gran Alejandro Solalinde con la humildad que no caería nada mal a muchos de los obispos en la Iglesia Católica a la que él le da vida. Y esto no es bueno para los conservadores amantes de la Iglesia al servicio de los más bendecidos en la vida terrenal. 

Uno de ellos, el obispo de Tehuantepec, le ordenó hace unos días a Solalinde que se dedique a la vida parroquial y no a la pastoral. Que deje de salvar vidas para dedicarse a reclutar almas para el Señor. 

Full disclosure: En El Faro, a Alejandro Solalinde le llamamos el Monseñor Romero de los migrantes (y cualquiera que conoce algo de El Salvador y algo de El Faro sabe lo que significa que le llamemos así). Conocemos su trabajo, lo hemos visto arriesgar su vida por seres humanos a los que no conoce; darles de comer; protegerlos; aleccionar a pobladores que culpan a su albergue de los crímenes en comunidades aledañas.

Lo vi hablar con humildad, en un pueblo salvadoreño, a mujeres hartas de una iglesia que les dice que se resignen a tener maridos que no les han llamado en cinco años ni enviado un centavo desde el norte. "La Iglesia no se ha portado bien con ustedes", les dijo, y ellas se echaron a llorar. Después se fue a la iglesia del pueblo y habló con el sacerdote. "La Iglesia son ellas", le dijo. Y luego ellas no lo querían dejar ir. 

Hace algunos años, cuando lo conocí, me contó de su encuentro en Ixtepec con otro periodista de El Faro. El periodista le preguntó si no le parecía una locura creer en un Dios que se portaba tan mal con los migrantes y en una iglesia que se había alejado tanto de los más necesitados. Él le preguntó al periodista si creía en Dios. No, le respondió. Con la de barbaridades que veo es difícil creer en Dios. Soy ateo. "Pues hijo, la Iglesia necesita muchos ateos como tú". Me contaba la historia emocionado. Es la emoción de un hombre que ha curtido sus verdades en la experiencia; y que carga una iglesia móvil que solo excluye a los que no practican su amor por los más necesitados. 

El periodista, que lo vio llegar a medio operativo policial contra migrantes bajando los rifles de los agentes mientras les decía que no debían apuntar sus armas contra sus hermanos, al menos cree en la congruencia de Solalinde. En la valentía y la fortaleza de un ser humano que profesa verdadero amor por su prójimo en un mundo en el que eso, cuando es acompañado con acciones, le puede costar a uno la vida.  

Hasta hace poco, las estadísticas, esas listas frías que solo cuentan números y no historias, indicaban que el 70 por ciento de las mujeres que llegaban al albergue de Solalinde habían sido violadas o abusadas sexualmente en el camino. Y aún estaban en el sur de México. 

Solalinde fue ganando visibilidad y se convirtió en un estorbo para los criminales, porque llamaba demasiado la atención sobre los migrantes. Y se convirtió en un estorbo para los obispos, que vieron en él a un vocero independiente al que no controlaban, pero que hablaba más fuerte que todos ellos. Solalinde se hizo famoso.

Desde hace años denuncia secuestros sistemáticos de migrantes; asesinatos; desapariciones; la existencia de redes criminales compuestas por fuerzas de seguridad del Estado y narcotraficantes que han convertido los ataques a migrantes centroamericanos en un negocio. No es el único sacerdote que hace esto. Los miembros de la llamada Pastoral de la Movilidad Humana son varios, y son todos igual de valientes, de humildes, de heroicos. Administran 35 albergues para migrantes en todo el territorio mexicano. 

Debido a que los migrantes se encuentran en una situación de extrema debilidad jurídica, el registro de denuncias es bajísimo. Por eso, las organizaciones mexicanas de atención a migrantes o de defensa de derechos humanos se refieren a los albergues de la Pastoral para dimensionar los crímenes contra migrantes. En 2009, por ejemplo, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México publicó un informe en el que consignaba el secuestro de casi diez mil migrantes centroamericanos en territorio mexicano en apenas seis meses. La Comisión, sin embargo, aclaró que estos eran apenas los casos que había logrado registrar, pero que seguramente eran muchos más. El informe se hizo con el apoyo de la Pastoral y de los sacerdotes que administran los albergues, desde Tapachula hasta Tijuana. Casi todos con niveles de riesgo similares al de Alejandro Solalinde y su albergue de Ixtepec. Solalinde es solo el más visible de ellos.  

Cuando comenzó a recibir amenazas, el gobierno mexicano le asignó seguridad del Estado, que él dejó cuidando el albergue y a los migrantes. Son cosas, estas del prójimo, que aprendió hace muchos años, después de su "conversión". Porque él también, alguna vez, fue un hombre radicalmente conservador, intolerante, nefasto. 

Poco antes de que asesinaran a Monseñor Romero (24 de marzo de 1980), Solalinde coincidió con él en un encuentro eclesiástico. Dice que ese encuentro lo marcó para siempre. Yo digo que no solo lo marcó, sino que le inspiró para seguir su ejemplo. Como a Samuel Ruiz, el Tatic, que fuera obispo de San Cristóbal. Como a Sergio Méndez Arceo, que fuera obispo de Cuernavaca. Son todos de la misma estirpe. 

Pero estas son experiencias privilegiadas, que probablemente no ha vivido el obispo de Tehuantepec. Ese que hoy le prohibe al padre Solalinde recibir a una violada en su puerta, o a un desesperado. Así respondió Solalinde a su orden: “No me parece muy evangélico. Me dijeron que mi tiempo libre lo dedique a los pobres, pero a los pobres no se les deben dar las sobras. Así que no acepto tomar una parroquia”. El albergue, dice, lo entregará con informes notariales. Pero a la resignación se antepone la denuncia del criminal y la solidaridad y el amor por los más débiles; la compasión; la pasión. Esas, se supone, fueron las enseñanzas de Jesús de Nazareth, el fundador de su Iglesia.

Solalinde no ha estado en su albergue en los últimos dos meses. Recibió amenazas tan serias que el gobierno mexicano le exigió salir de Ixtepec un tiempo porque no podía garantizar su seguridad. Hoy, que escribo esta nota, está hospitalizado por dengue. Que aproveche para descansar, porque bien sabemos que pronto volverá a entrar en acción. Que ni un obispo, ni su propia Iglesia, lo apartarán de su misión, que es más importante. Que es la de salvar vidas.

P.D.: El obispo de Tehuantepec, Óscar Campos Contereras, emitió el fin de semana un comunicado en el que niega haber ordenado a Solalinde entregar el albergue. Se trató, dice, de una "confusión". Oj-Alá. 

 

 

 

 

Sobre el autor

Carlos Dada, periodista salvadoreño, es fundador y director de El Faro (www.elfaro.net), un medio reconocido por su independencia y su alta calidad. Dada ha trabajado en prensa, radio y televisión cubriendo noticias en más de 20 países. Es Knight Fellow por la Universidad de Stanford y ha sido galardonado con el LASA Media Award 2010 y el Maria Moors-Cabot de la Universidad de Columbia.

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