Preguntas y quejas sobre elpais.cat y Cataluña en EL PAÍS

Por: | 27 de octubre de 2014

La nueva edición digital en catalán de este diario, elpais.cat, no ha pasado desapercibida para los lectores, que me han planteado preguntas y quejas sobre el tema. Quiero abordar estos mensajes junto a los recibidos a finales de septiembre, en plena resaca del caso Pujol, y en plena efervescencia de la polémica por la consulta del 9-N, y que no he podido tratar antes debido a la acumulación de temas urgentes.

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Todos conocemos casos de enfermos que han perdido la vida al serles aplicada una terapia de choque demasiado fuerte. Temo que, salvando las distancias, algo así ocurrió el jueves 23 de octubre con el sistema de comentarios a la edición digital de EL PAÍS. Para evitar que el diálogo en los foros alcanzara niveles demasiado agresivos, el equipo que los gestiona optó por una nueva fórmula: requerir la identidad real a cada usuario de Eskup. La intención era buena, pero se puso en práctica sin avisar a los interesados que han reaccionado con lógica indignación. A mediodía del viernes, el buzón de esta Defensora comenzó a llenarse de mensajes de queja. Quiero reproducir algunos aunque omitiré los nombres para evitar nuevos agravios.

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Los lectores de EL PAÍS opinan sobre los contenidos del diario tanto en las noticias abiertas a comentarios en la edición digital, -donde es frecuente que se utilicen alias-, como enviando cartas y mensajes electrónicos, -identificándose- a la sección de Cartas al Director. O a esta defensora, en el que caso de que sientan que se ha quebrado alguna norma esencial del diario. El País Semanal, la revista dominical, tiene su propio buzón en el que recibe cartas de sus lectores, y publica semanalmente una selección de las mismas.

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Paseo ‘clandestino’ con polémica

Por: | 19 de octubre de 2014

El lunes 6 de octubre, la noticia de que una auxiliar de enfermería de Madrid, Teresa Romero, se había contagiado con el virus del ébola, tuvo repercusión mundial al ser el primer caso registrado en Europa. La redacción de este periódico se movilizó para cubrir exhaustivamente un suceso con implicaciones sanitarias, políticas y sociales. También periodísticas, a juzgar por las muchas cartas de protesta que he recibido. Los lectores critican que hayamos publicado una foto privada de la auxiliar de enfermería, de la que decimos, erróneamente, que es enfermera en algunos textos.

La información que más protestas ha motivado ha sido, no obstante, la publicada el 10 de octubre en la sección de España, bajo el título, “Paseo clandestino por la quinta planta”, firmada por Pilar Álvarez y Elisa Silió. El artículo ocupaba una página y en él se relataba una visita furtiva a la planta del centro donde están ingresadas personas que tuvieron contacto con Romero. Lo que venía a demostrar que el acceso a esa zona especial carecía de vigilancia.

“Colarse en el Carlos III no es periodismo”, señala en un mensaje Mercedes Munárriz. “Es difícil relacionar este ‘artículo’ con los conceptos ‘información’ o ‘investigación’. No se han informado de nada”. Laura Cruz me escribe: “Quiero expresar, como lectora, mi total rechazo a ese artículo, no sólo falto de ética periodística (yo también soy periodista y duele leer este tipo de ‘informaciones’), sino también irresponsable por parte de quien haya encargado que se hiciese”. Quejas parecidas remite Jenaro Álvarez: “No se puede criticar a las autoridades por improvisación o falta de celo en la aplicación de los protocolos de seguridad y al mismo tiempo violarlos deliberadamente con acciones como esta”. Nicolás Lupo no ve el interés de la información, “más allá del posible sensacionalismo de entrar en una planta que supuestamente está restringida, como si fueran dos niños que entran en una casa de campo abandonada”.

Otro lector, Paco Rubio, hace su propia reflexión sobre el artículo a la vista de la doble firma y del pie de página en el que figuran otros dos nombres más: “se describe cómo, burlando al vigilante de seguridad, El PAÍS, o sea, una o varias personas: ¡No se sabe quiénes son!,  merodean irresponsable y temerariamente por un lugar por el que no se puede andar, poniendo en peligro su salud y la de los demás”.

En realidad sólo una persona, Pilar Álvarez, entró en la planta quinta del Carlos III. Otra compañera se quedó en la cuarta, y dos redactoras más aportaron datos al texto sin moverse de la redacción. Álvarez describe así su visita: “El recorrido por la quinta planta se limitó al acceso a través del ascensor y a un primer pasillo. Entré por mi propio pie, sin llevar ninguna indumentaria que condujera a error, sin que nadie me pidiera identificación y sin que nadie me parara en ningún momento”. 

Jorge A. Rodríguez, redactor-jefe de Noticias, asume su responsabilidad, ya que fue él quien tomó la decisión de entrar en la quinta planta, “a sabiendas de que era un lugar seguro, de la imposibilidad de contagio y sin tener contacto con nadie”, dice. Si la quinta planta era tan segura y carente de riesgos, ¿por qué damos por sentado que la situación de los pacientes que alberga exige vigilancia especial, inexistente el día de la visita?

En cuanto al por qué se entró en ese zona del Carlos III, Rodríguez explica: “Entramos en el hospital porque creemos que era nuestra obligación como periodistas, del mismo modo que hemos ido a los hospitales de Liberia o Sierra Leona (donde hemos entrevistado a enfermos), hemos entrado en escenarios de atentados, hemos subido a barcos susceptibles de ser secuestrados por piratas o vamos a lugares de riesgo (guerras, etcétera). Creemos que aportaba información y que era un asunto relevante y noticioso para los lectores. Queríamos mostrar que no había seguridad suficiente y que cualquier ciudadano podía entrar. El resultado es que al día siguiente fue reforzada la seguridad”.

Los periodistas vamos a las guerras o a los hospitales de Liberia y Sierra Leona para contar lo que ocurre allí. No vamos para decir que hemos ido, como parece ser el caso del “Paseo por la quinta planta”, una crónica en la que el objeto informativo es nuestra propia aventura, posible gracias a la falta de vigilancia que denunciamos. Y cuyo `botín’ informativo apenas da para unas líneas en el texto publicado.

Ante una crisis como la del ébola, que ha provocado gran alarma social y ha desatado una psicosis generalizada, nuestra obligación es ofrecer a los lectores una información veraz, completa y de alta calidad.       

Existe un subgénero periodístico que apuesta por violar normas y leyes para conseguir información cuyo conocimiento público justifica tal conducta a ojos de quienes lo practican. Algunos lo llaman ‘periodismo encubierto’ y ha dado grandes periodistas, como el alemán Günter Wallraff, que fue su adalid entre 1970 y 1990. Pero el modelo, además de discutible, pierde su razón de ser cuando todo lo que se persigue es un titular. Creo que entrar en la quinta planta del Carlos III ha sido un error.

Quiero abordar también otra polémica relacionada con el ébola. La que ha provocado el reportaje “Los charlatanes del ébola”, firmado por Javier Salas, que se publicó en la edición digital de este diario, el 8 de octubre, en la sección de Ciencia|Materia. El autor repasa los distintos remedios, en algunos casos dañinos, que se están proponiendo para curar el ébola, entre ellos el que publicita en un vídeo Josep Pàmies, que cuenta con el apoyo de la conocida monja Teresa Forcades, cuya foto, sacada de uno de sus vídeos, ilustra el texto. Varios lectores me han escrito quejándose del reportaje.

Patricia de la Cruz señala: “La monja Teresa Forcades, que además de monja es licenciada en medicina por la universidad de Nueva York y doctora en salud pública por la de Barcelona, no ha afirmado en ningún momento que el ébola se pueda curar ni ha aconsejado el uso del MMS [siglas de ‘Miracle Mineral Solution’, el dióxido de cloro] en relación con dicha enfermedad”. Para Juan Fernando Sánchez, el texto es “insultante desde el título hasta el final. ¿Dónde queda el auténtico periodismo? Cabe preguntarse si se ha propuesto este periódico reeditar su estilo de hace cinco años, cuando, con ocasión de la “gripe A”, llamó a Teresa Forcades ‘la monja bulo’”.

Xavier Lalaguna no entiende que el artículo se ilustre con una foto de Forcades porque, afirma: “He visto el vídeo que aparece en y no dice nada sobre el ébola. Considero que el periodista no ha hecho bien su trabajo y por ello solicito su intervención”.

El autor del texto explica por qué incluyó a Forcades: “[ella] es quien está consiguiendo llevar el peligroso mensaje de Pàmies más allá de los círculos de convencidos en los que él se mueve: el vídeo en el que asegura que habría que probar si el agua de mar cura el ébola lleva casi 650.000 reproducciones. Aunque en este caso su papel sea el de difusora de las proclamas de Pàmies, es finalmente su imagen la que proyecta la confianza necesaria para que cale este mensaje que pone en riesgo la salud pública”. Aún así, me parece que no está justificada la fotografía de Forcades junto a un título tan descalificador (‘Charlatanes del ébola’). Su utilización puede suscitar dudas, además, sobre si la razón última de haber elegido su imagen es la de hacer más visible el artículo.

Periodistas y lectores

Por: | 10 de octubre de 2014

Me presento hoy en este blog como nueva Defensora del Lector, con apenas cinco días en este puesto. Se trata de una figura que tiene su origen en los comités especiales creados por algunos diarios japoneses en los años veinte del siglo pasado para recoger e investigar las quejas de los lectores. Inicialmente, era una tarea que se resolvía con total discreción, hasta que un par de diarios de Kentucky decidieron que la misión requería la máxima transparencia. Así se creó el primer Ombusdman de los medios de comunicación, en 1967. EL PAÍS introdujo esta figura en 1985, con la misma intención: aportar transparencia al trabajo periodístico.

La Defensora tiene la misión de atender las quejas y las dudas de los lectores y de velar por que los contenidos del diario se mantengan dentro de las normas profesionales y éticas que constituyen su ideario. Tengo abundante ‘literatura’ en la que apoyarme porque me han precedido once personas en esta tarea, tres de ellas mujeres. Y he podido observar la evolución que ha sufrido este trabajo, a medida que cambiaba el diario. En los años ochenta y noventa, el periodismo estaba de moda. Atraía a miles de estudiantes. Hoy, la profesión atraviesa una profunda crisis. La identidad de los diarios se ha visto afectada por las transformaciones a las que nos obliga la revolución tecnológica. Si en un tiempo los medios formaban (o deformaban, según los casos) a la opinión pública, hoy es ese mismo público, a través de las todopoderosas redes sociales, el que parece arrastrarnos, marcando a menudo nuestra agenda informativa.

Los lectores también han cambiado y muchos pertenecen a  una cultura periodística diferente, basada en soportes digitales en vez de papel impreso. El resultado es cierta confusión en quienes vieron nacer el periódico y han seguido siendo fieles a él. Puede que muchos de ellos, acostumbrados sólo al papel, no conozcan este blog, que existe desde hace unos pocos años, pero les animo a consultarlo, porque a él pienso dedicarme con todas mis energías, dado que permite un contacto inmediato con los lectores y la posibilidad de abordar temas urgentes. Y, por supuesto, estaré también, al menos quincenalmente, en las páginas de Opinión del domingo, a partir de este 12 de octubre.

Espero que me concedan algún tiempo de margen para adaptarme al desafío que supone esta nueva tarea. Por mi parte, les prometo que procuraré seguir el consejo que nos daba un lector de Ciudad Real en una carta llegada a mis manos estos días. Santiago Alonso Marín, lector habitual de EL PAÍS, quejoso de la baja calidad de los diarios impresos incluido éste, escribía: “Criticamos a los políticos por desconocer el mundo real en el que vivimos el resto de mortales. A muchos periodistas les pasa lo mismo y con la misma frecuencia. Esa autocrítica que los periodistas exigen al resto de profesiones y profesionales no estaría nada mal que comenzaran a aplicársela a sí mismos, lo antes posible. Entre unos y otros pueden acabar por aburrimiento y superficialidad, con los pocos lectores que quedan”.

Animo a los lectores a que me ayuden a practicar esa autocrítica, enviándome cartas y mensajes con sus objeciones, sus dudas y sus quejas sobre el contenido del diario.

defensora@elpais.es

 

Defensora del Lector

Sobre el blog

La figura del Defensor del Lector fue creada por la Dirección de EL PAIS para garantizar los derechos de los lectores, atender a sus dudas, quejas y sugerencias sobre los contenidos del periódico, así como para vigilar que el tratamiento de las informaciones es acorde con las reglas éticas y profesionales del periodismo. Puede intervenir a instancia de cualquier lector o por iniciativa propia.
Principios éticos del diario EL PAÍS

Defensora del lector

Lola Galán

se incorporó a la plantilla de EL PAÍS en 1982, tras una etapa como colaboradora del diario. Ha sido redactora de las secciones de España y Sociedad, y reportera de la sección Domingo. Entre 1994 y 2003 ha ocupado las corresponsalías de Londres y Roma. En los últimos años ha trabajado para los suplementos del fin de semana, incluida la revista cultural Babelia. Madrileña, estudió Filosofía en la Universidad Complutense y Periodismo en la Escuela Oficial de Madrid.

Contacto

Los lectores pueden contactar con la Defensora del Lector:

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