Bangladesh, dos días después

Por: | 03 de mayo de 2013

Algunos lectores han preguntado escuetamente a este defensor por qué la edición impresa no publicó ninguna información sobre la tragedia en unos talleres textiles de Bangladesh hasta el día 27 cuando la edición digital hizo un permanente seguimiento desde las 20.00 horas del día 24. Ciertamente el diario impreso debió recoger con más prontitud lo sucedido. Fue un error de valoración no hacerlo. La primera noticia sobre el derrumbe de un edificio de ocho plantas en Dacca cifraba en, al menos, 110 los fallecidos y en 600 los heridos. Se daba, además, la circunstancia agravante de que las autoridades habían advertido sobre la existencia de grietas en las instalaciones y habían pedido a los propietarios que paralizasen la actividad  hasta comprobar la seguridad de las instalaciones. Los propietarios ignoraron la advertencia y, según varios trabajadores, les obligaron a acudir a los talleres.

 La edición impresa prestó por primera vez atención a lo sucedido el día 27 y lo hizo destacando un aspecto realmente significativo: la relación de estos talleres con empresas textiles occidentales. Ello encabezó el titular de la noticia (“El derrumbe de Bangladesh eleva la presión sobre las empresas occidentales”) y fue la foto de portada. Aquel día, la cifra de muertos ya superaba los 300. El día 1 de mayo se publicaba un reportaje de The New York Times sobre las tareas del rescate y el drama de quienes todavía esperaban poder recuperar con vida a sus familiares. La misma edición publicaba un editorial donde se sostenía que las empresas textiles occidentales, clientes de estas industrias, deben intensificar la supervisión directa en el terreno, “pero eso no basta. También es su obligación presionar a unas autoridades que no han mostrado hasta ahora ningún interés en poner coto a los abusos. Y los propios Gobiernos no pueden quedar al margen”. Este drama y su vinculación con determinada “moda a precios increíbles”, como se titulaba la carta de un lector en la edición impresa, también estuvo presente en las manifestaciones del 1 de mayo (“Este es el resultado de la globalización económica sin la globalización de derechos”). El día 2, Lluís Bassets dedicaba su artículo de opinión al tema. “La desregulación y el Estado mínimo, al igual que la prohibición de los sindicatos, que tanto gustan a los conservadores occidentales, son la guadaña de la muerte para los obreros de la confección.”, escribía.

    Es lógico que la edición digital pueda estar más atenta a la evolución diaria del recuento de víctimas, una cifra que sigue en aumento. El diario, en su versión impresa, erró al no reaccionar informativamente los dos primeros días a la noticia del derrumbe. Pero, aunque inevitablemente de forma tardía, ha recuperado el tema centrándolo en la cuestión que seguramente tendrá mayor alcance político y social, al margen de la enorme tragedia humana.

Se trata, además, de una tragedia que no es inédita. Lo explicaba un reportaje publicado por este diario en diciembre del año pasado: “Más de 600 muertos y 2.000 heridos en seis años. Podrían ser las estadísticas de un conflicto armado, pero es solo la lista de trabajadores afectados por los incendios que se han declarado desde 2006 en fábricas textiles (…) De los muertos por otros accidentes de trabajo, y de quienes se dejan la salud practicando técnicas como el sandblasting -el disparo de un chorro de arena para desgastar los vaqueros-, no hay datos. "Son las víctimas colaterales de la codicia de multinacionales y de Gobiernos", dispara Amirul Haque Amin, presidente de la Federación Nacional de Trabajadores del Textil de Bangladesh (NGWF). "Su vida es el verdadero precio de la etiqueta made in Bangladesh ".

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Más, mucho más que la escasa información que dieron ustedes de lo ocurrido en Bangladesh -como el resto de medios de comunicación, por cierto-, fue el brutal contraste entre dicha información, rácana, sobre una tragedia anunciada con resultado de 110 fallecidos y 600 heridos, y la sobre abundante y hasta asfixiante sobre la explosión de unas bombas en la maratón de Boston. Es lo de siempre, razón por la que USA y todos ustedes terminan siempre por indignar, no comulgamos de eso, lo que sea y como quiera que se llame, que distingue entre víctimas VIP y morralla. Lo refleja a la perfección una carta al director escrita por Marc Cebrià Fondevila, que titula 'Víctimas de primera y de primera y de segunda', en la edición del pasado 24 de abril.

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Tomàs Delclós

(Barcelona, 1952) es licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona y en Periodismo, por la Autónoma de Barcelona, de cuya facultad fue profesor. Se incorporó a EL PAÍS en 1982. Fue miembro del equipo fundador de Babelia y antes de su nombramiento como Defensor del Lector fue el subdirector responsable de Ciberp@ís. Perteneció a la Junta del Colegio de Periodistas de Cataluña.

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