Tal vez por esta búsqueda de legitimidad -aunque sea un poco falsa- ayude a que la
figura de Santa Cruz es intocable en Bolivia. Está considerado por los
historiadores bolivianos y muchos peruanos como un gran líder militar y
un hábil político y administrador. Para muchos fue el caudillo que llevó
a Bolivia a una época de apogeo que jamás volvió a repetirse. Es tal la
admiración que se profesa por Santa Cruz, que la propia autora confiesa
en una nota a pie de página que el ex presidente Carlos Mesa le pidió
que no lo calificara como caudillo. Evidentemente, para Mesa, el término
es siempre negativo y no se ajusta a la personalidad y obra de su
héroe. La autora sí coincide con la historiografía general que define al
caudillo como un producto de las guerras de la independencia
hispanoamericanas, pero se reserva la idea de diferenciarlos
geográficamente.
En el Río de la Plata la imagen de los caudillos que combatieron por expulsar a los invasores ingleses de Buenos Aires en 1806 y 1807 fue positiva, pero la popularidad de los que les sucedieron tras la independencia, fue mayormente negativa o al menos disputada. La connotación negativa se afianza y generaliza tras la publicación en 1845 del libro de Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, que describe la vida de un líder regional que gobierna bajo el terror. Más tarde, las obras Los caudillos letrados (1922) y Los caudillos bárbaros (1929), del boliviano Alcides Arguedas redunda en la idea de que los caudillos evolucionaron de la ilustración a la barbarie.
Más tarde, el revisionismo histórico -al que adhieren hoy muchos de los gobernantes suramericanos- se orientó fundamentalmente a la defensa de la figura del caudillo u hombre fuerte local que surgió tras las guerras de la independencia, considerada por la historiografía oficial como símbolo del atraso político y cultural. Es curioso que cuanto más populista parece un gobierno, más se empeña en abusar de la manipulación de los hechos para reinterpretar la historia a favor del caudillo -el asociado a la barbarie, para entendernos- y de las conmemoraciones de acontecimientos históricos. Es difícil saber que hubo caudillos buenos y malos, pero lo cierto es que la historiografía latinoamericana todavía se debe a sí misma muchas biografías en las que se hable de sus próceres sin ideologías ni prejuicios -o con los menos posibles-.
El libro de Natalia Sobrevilla busca ese equilibrio y esto ya la hace recomendable. No es una biografía al uso del prócer boliviano (nace, estudia, participa y se muere en…) sino un trabajo más ambicioso que reflexiona sobre el caudillismo andino y explica la creación de la Confederación Perú-Boliviana, el segundo proyecto de integración regional postindependentista más ambicioso después de la Gran Colombia. Santa Cruz vivió para ese sueño y lo convirtió en una realidad desde 1836 y hasta 1839, año en que fue vencido por un ejército de peruanos contrarios al proyecto, apoyados por Chile y Argentina, y lideradas por Agustín Gamarra, otro hijo de español e indígena como Santa Cruz, que intentó a su vez reanexar Bolivia a Perú. Los dos tenían el mismo objetivo, uno como federación y el otro como Estado único centralizado en Lima, y se entorpecieron lo suficiente como para que ninguno lo lograse. Cosas de América Latina.
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