
Dharavi (Bombay) Foto: Prashanth Vishwanathan/Bloomberg/ Getty Images
¿Qué es la ciudad sino su propia gente? La pregunta la hizo William Shakespeare. Y hoy ni el urbanista más ciego ignora que las ciudades están hechas de carne y no de hormigón. “El contacto cara a cara conduce a una mayor confianza, una mayor generosidad y una mayor cooperación”, señala Glaeser. Somos las personas y nuestras rutinas las que llevamos vida a la calle y así seguridad y vitalidad a los barrios y futuro a las ciudades. Es cierto que la tecnología hace posible un alto grado de comunicación sin contacto. Sin embargo. “Para superar la necesidad humana de contacto cara a cara, nuestras maravillas tecnológicas tendrían que superar millones de años de evolución humana que nos han convertido en máquinas de aprender de la gente que tenemos al lado”, apunta el economista. Una urbe inteligente no puede construir fortalezas, no puede separar a la gente de la calle. Una ciudad que no crece corre el riesgo de expulsar a su población. Lo que sucede con la que crece demasiado depende de cómo esté organizada la comunicación entre la gente. Son los medios de transporte los que dibujan la forma de las ciudades.