La diva egocéntrica se entrega al escaparate, a su público, y así nos entrega su vida, despojándose de secretos o de la intimidad -que desprecia porque no le permite ser diva- hasta quedarse, en realidad, sin vida, por lo menos privada. En su actitud egocéntrica, la diva resulta paradójicamente generosa: gastando su esfuerzo y dinero en la representación de su imagen, alimentando su ego, la diva nos entretiene y nos fascina.
Adam Bresnick ha trazado una posible historia de la arquitectura del capricho y el egocentrismo que es, sin embargo, un sobresaliente, fascinante y académico estudio de parte de la historia de la vanguardia arquitectónica doméstica.