El minimalista Tadao Ando fue el encargado de dar la noticia. Habían elegido fuegos de artificio para anunciar al mundo uno de los últimos cartuchos de la candidatura de Tokio 2020. Zaha Hadid reconstruirá el antiguo estadio de la ciudad que, durante los Juegos Olímpicos de 1964, concentró las miradas del mundo.
Que el edificio levantado por Mitsuo Katayama hace 54 años haya quedado obsoleto –con 48.000 plazas que se convertirán en 80.000 en el ideado por Hadid- habla de la velocidad del mundo y de la voracidad de la fiesta olímpica. Que la voluptuosidad del proyecto de la Pritzker anglo-iraquí desbancara a la sutil topografía de Sanaa o a las transparencias de Toyo Ito delata también escenarios poco interesados por deshinchar las burbujas o por tranquilizar el espectáculo.