31 ene 2011

El arte de colgarse medallas

Por: José Yoldi

“Para ser un campeón tienes que creer en ti mismo cuando nadie más lo hace”. Esa era la fórmula del éxito de Sugar Ray Robinson, uno de los más grandes boxeadores de todos los tiempos. Y esa debe ser también la de Carlos Dívar, presidente del Supremo y del Poder Judicial, el único en la historia que no ha alcanzado todavía la categoría de magistrado de la institución que dirige.

Y, aunque los demás no creyeran en él, Dívar tenía fe en sí mismo, porque en su primer discurso de la apertura del año judicial, en 2009, -un novato frente al Rey y a toda la cúpula de la judicatura- se lanzó a explicar que la Sala de lo Contencioso del Supremo tenía bloqueados fondos por importe de más de seis mil millones de euros (un billón de las antiguas pesetas) en litigios pendientes. Indicó también que “esa ingente cantidad de dinero, que podría estimarse en varios miles de millones de euros más en el conjunto de todas las Salas”, se encontraba congelada y no revertía en el circuito económico, bloqueando múltiples expectativas. Y dejó caer que el engorroso embrollo podía tener “incidencia directa en el funcionamiento de la economía nacional”. Casi nada en plena crisis económica.

Seguramente, el lector pensará que, conscientes del problema, alguien haría algo para solucionarlo, como por ejemplo dar prioridad a los litigios con mayores fondos bloqueados, como se hace con las causas con preso. Lo siento, nada de lo que se tenga noticia.

Dívar, pleno de fe en sí mismo, lejos de predicar el esfuerzo o que determinados magistrados del Supremo cumplieran por fin con el horario laboral, avanzó su solución, que pasaba por diseñar “un ordenamiento jurídico que confíe en los jueces y que elimine tantos garantismos”. No lo precisó, pero todo parece indicar que su idea era limitar tanto a los ciudadanos la posibilidad de recurrir que los asuntos nunca podrían llegar al alto Tribunal. Un campeón como Sugar Ray.

Y como ya no es novato no ha vuelto a mencionar lo de los 6.000 millones congelados, ni en la siguiente apertura del año judicial ni en ningún otro sitio o momento que se conozca. Como si se los hubiera tragado la tierra. De modo que tampoco sabemos si, como parece, la cifra ha aumentado o si milagrosamente ha disminuido, aunque si hubiera sido así, probablemente alguien se habría colgado ya la medalla.

El caso es que esta semana –bendito sea Dios, que diría Dívar- el ministro de Justicia, Francisco Caamaño; el secretario de Estado de ese departamento, Juan Carlos Campo; el presidente de la Sala Tercera, José Manuel Sieira y el propio Dívar han dado una rueda de prensa para colgarse la medalla de que por fin se hace algo. Año y medio tarde, por lo menos.

Ocurre que el año que viene queremos celebrar el bicentenario de la institución, creada por las Cortes de Cádiz en 1812, y los millones congelados afean los fastos. Así que, para poner la casa al día, se nos ha anunciado un refuerzo de 19 magistrados y nueve letrados en la plantilla del gabinete técnico del Supremo, como apoyo a la Sala Tercera. Les puede parecer poco, pero el citado gabinete contaba hasta ahora con cuatro magistrados –que no tienen la categoría de magistrados del Supremo- y 29 letrados. La Sala Tercera, de lo Contencioso, está integrada por 33 magistrados titulares y tres eméritos. Es más del doble de grande que cualquiera de las otras, puesto que la Sala Civil tiene 10 magistrados; la Penal, 15 más cinco eméritos; la Social, 14 más cuatro eméritos y la Militar, ocho.

En el acto, Dívar señaló que la austeridad es una de las características de la Justicia, pero que  “no debe confundirse con la  pobreza”. No deja de ser curioso que lo diga Dívar, que no se caracteriza precisamente por la austeridad en sus viajes a América, acompañado de sus asesores conocidos en el Consejo como los paquestaníes, porque, ¿pa qué están?, y que lo diga en el Supremo, cuyos magistrados ganan bastante más que el presidente del Gobierno. Si lo hubiera dicho de otros juzgados y tribunales seguramente hasta tendría razón.

Algo está cambiando, porque antes las medallas se las ponían por los resultados de algo bien hecho, ahora basta con el anuncio de que se va a intentar. Como decía Alexander Pope, uno de los más grandes poetas del siglo XVIII, “bienaventurado el que nada espera, porque nunca sufrirá desengaños”.

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Sobre el autor

(Donostia-San Sebastián, 1954)
es periodista licenciado en la Universidad
de Navarra. Lleva en El País desde 1983, donde ha
sido corresponsal de Interior y miembro del equipo de
Investigación. Como redactor jurídico ha cubierto casi todos los
juicios importantes que ha habido en España, desde el 23-F, el
síndrome tóxico o el crimen de los Urquijo hasta los atentados del 11-M.

Sobre el blog

Este blog es un lugar de encuentro sobre temas jurídicos, pero no es para todo el mundo. Es muy recomendable tener mucho sentido común y ganas de sonreír, ya que el humor es síntoma de inteligencia. La única norma es el respeto a los demás. Si usted prefiere insultar es muy libre, pero le agradecería que no se molestase en seguir leyendo, yo también preferiría estar en la playa.
El blog se alimentará también -o principalmente- con la serie de artículos que bajo el título “El último recurso” se publican los lunes en El País

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El último recurso El último recurso. Los artículos que forman parte de este compendio fueron publicados en EL PAÍS bajo el epígrafe El último recurso durante los años 2010 y 2011. Todos ellos fueron escritos durante esas horas de la noche en la que todo parece estar parado y en silencio. Mi objetivo era centrar el foco o aportar un punto de vista particular hacia algunas noticias que me parecía que merecían mayor atención que la que se les había prestado. La otra finalidad, no menor, era que el lector se lo pasara bien y que, a ser posible, esbozara una sonrisa. Y ello, aunque el tema a tratar fuera tan tremendo como la rebaja de cinco años en la condena de un tipo que dejó a su mujer parapléjica a golpes.

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