BH211752

Foto: BMA

Texto: Bahia MH Awah 

(…) La bibliografía colonial registró muchas historias de viajes sobre el Sahara Occidental, que escribieron y protagonizaron destacados expedicionarios españoles y franceses. Tuvieron lugar en distintos periodos del dominio colonial y con anterioridad a éste; ninguno fue de índole estrictamente literaria, que investigara en exclusividad el verso saharaui, su historia y sus personajes. Ya hice mención a una conversación que tuve con Mohamed Uld Rahel[1] en la que me contaba que a principios del siglo XX se habló de un sabio que llegó a Tiris procedente del este, posiblemente un sabio de Sudán o Egipto, atraído por la historia de esta tierra y sus poetas. Pero es un mero dato que no aparece en ninguna bibliografía que no sea la de transmisión oral. Dicho esto, ‘Tiris, rutas literarias’ es un comienzo y un final, que me conduce al proverbio saharaui que reza “al viajero no se le pregunta cuánto tiempo ha tardado, sino qué es lo que ha traído [de beneficioso] de su viaje”.

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El ATS, “El médico del éxodo” Mohamed Embarec Facal-la

Por: | 28 de junio de 2018

MOH EMBAREC DAH

Texto: Bahia MH Awah

Foto, cedida por Hasana Emhamed

Corría el año 1976, principios de la guerra en el Sahara Occidental. España acaba de abandonar el territorio y Marruecos y la Mauritania de Mojtar Uld Dadah anexionaban militarmente al país.

Yo era menor de edad y me encontraba formando parte de los primeros flujos del éxodo huyendo hacía un lugar seguro, como me habían indicado mi madre y mi hermana. Un día después me recogió una unidad de combatientes del Frente Polisario, y me confiaron a una familia que me acogió en Gleibat Legleya;  me trasladó con ella pasando por el pueblo  de Gleibat El Fula, desde donde nos dirigimos a la localidad mártir de Um Draiga. En el tercer bombardeo de la aviación marroquí a esta localidad estábamos cerca del monte Ziza, y todos los miembros de la familia nos apresuramos a escondernos de los aviones debajo de unas frondosas acacias, momento en que me hirió el ojo derecho las afiladas espinas de una talha[1] donde buscaba protección. En aquellas circunstancias adversas no había ningún remedio para mi herida. Estuvo sin cura varias semanas durante la dificultosa huida hacia la ciudad argelina de Tinduf[2].

En una parada en las fronteras de Argelia, en un lugar conocido como Adam Soixante-quinze[3], recibí la primera atención de un sanitario. Me dijo “mañana cuando llegues a Rabuni, que te vea el médico Mohamed Embarec”. No sabía quién era el “médico”, me lo imaginaba como un especialista argelino que atendía a los primeros heridos y enfermos de los refugiados.

Ese día me presenté frente a unas tiendas de campaña de poliéster color azul, con el logo de Croissant-Rouge algérien. Allí estaba un hombre que frisaba los sesenta años, de barba medio canosa, bien poblada y con una sonrisa constante que no perdía a pesar de la pipa de tabaco saharaui que mordía entre sus dientes. Muchas mujeres se dirigían a él como Dah y otros hombres que trabajaban con él le llamaban Mohamed Embarec. Había unas enfermeras españolas con rostro de preocupación que constantemente consultaban con él en su ir y venir de tienda a tienda atendiendo una decena de pacientes. 

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Exilio II, [a los desamparados refugiados]

Por: | 18 de junio de 2018

PINTURA P-15

Texto: Bahia Mahmud Awah

Ilustración: Fadel Jalifa

 

Exilio II, [a los desamparados refugiados]

Van huyendo de la guerra

y en su evasión a la muerte

les guían a la entrada de una calle ciega.

A veces son confinados en las cloacas

de un viejo bergantín,

a veces caen en manos de inmundos

mercenarios del capital.

A veces en cayucos son rebotados a la mar

para deshacerse de sus mermados cuerpos.

Niños,

mujeres,

ancianos derrotados 

por el más triste dolor.

El hambre y el exilio que les aleja de la muerte

es la única recompensa en la vida.

Zahra

Fuente: Arma Poética. Por Elena Marqués

Es «una suerte» que el pueblo saharaui, tan maltratado en demasiados aspectos, recibiera el don de la palabra en español. Del mismo modo que esa lengua común nos permite escuchar las voces del otro lado del Atlántico, contactar con sus culturas antiguas y esa realidad maravillosa que los hace contar de un modo tan rico y diferente y enriquece nuestra visión (a veces provinciana o al menos demasiado occidental) del mundo, podemos conocer esta otra realidad olvidada sin necesidad de intermediarios. Así, entre El silencio de las nubes y a través de la palabra de Zahra El Hasmaoui Ahmed (El Aaiún, 1964), sabemos del exilio (del «enigma del exilio», «de los muchos exilios», del deseo de «espantar el exilio»; una palabra que, obviamente, se repite), de la extrañeza, de la amarga conmoción de sentirse por siempre nómadas o simplemente inexistentes. De mantener una «sed longeva» que quizás, en algunos aspectos, solo la poesía pueda paliar.

Con la delicadeza de las flores y la sal como continuos referentes, junto a los colores del recuerdo y sonoras palabras hasaníes que nombran en un prístino acto creativo la especial naturaleza de su tierra (qué hermosos los versos que cierran el poema «Los pozos de la vida»: «El desierto, / donde la fagonia hospitalaria / abre su flor al peregrino vespertino, / donde la arena se convierte en humo / y la montaña en tambor»), nos deslizamos por este libro con una extraña sensación mezcla de ternura y desengaño.

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  Muerte a la intemperie

Por: | 13 de mayo de 2018

                                                     BH262842

Texto: Ali Salem Iselmu

Ilustración: Fadel Jalifa, pintor saharaui

Cuando salió de su casa aquella noche de verano sabía que no iba a volver. En una pequeña caja llevaba sus  objetos de mayor valor y los guardaba para que nadie pudiera verlos. Antes de dejar su tierra, miró el horizonte para captar la luz de la luna con sus ojos. Las piedras afiladas de la llanura, eran extrañas estatuas que iba observando. El coche  que conducía, buscaba de forma desesperada un pequeño poblado en el que vio por primera vez un eclipse solar.

A medida que se alejaba, una extraña nostalgia lo dominaba. El paisaje cambiaba. Los árboles empezaban a escasear y las temperaturas subían unos cuantos grados. La brisa del mar que penetraba en su ciudad, estaba lejos. Aquellas flores con pétalos amarillos que solía regalar a sus amigos, las había dejado en su jardín, expuestas al paso inevitable del tiempo.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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