El deyar y la montaña

Por: | 07 de marzo de 2014

Sahara10

                                                                                                                        Ilustración de Roberto Maján

Esta entrada ha sido escrita por Mohamed Salem Abdelfatah, Ebnu, miembro del grupo de escritores la Gerenación de la Amistad Saharaui.

Aquella mañana, todo estaba en calma, el cielo limpio, la arena intacta, las piedras relucientes, los árboles y arbustos verdes y olorosos, era como si el mundo acabase de nacer. No había huellas, ni señales, solo un paisaje inexplorado, desconocido.
La tormenta de arena, Errih1, había borrado todas las huellas, no dejó rastro alguno sobre la tierra.
Si se pronuncia su nombre, decía mi abuela, hay que poner los dedos en el suelo, mirar hacia el cielo y rogarle a Dios que la aleje y la mande por otros senderos. Ella, decía, es una creación maléfica, oscura, pertenece a los innombrables, a los dueños de las tinieblas y el tormento.
Pero es nuestro sino, es nuestra vida: hermosamente dura.
Inexplicable belleza que un día aparece radiante y otro, de repente, se esfuma.
Es nuestra vida, donde se juntan dos ingredientes que los seres humanos necesitan para sobrevivir, amor y paciencia. Si no puedes amar la aridez yerma de la inmensidad de un espejismo, ni no tienes paciencia para esperar que llegue la sombra o que amaine la tormenta, entonces éste no es tu mundo.
La arena forma parte del ser, de la piel, está en los ojos, en el pelo, en el pan de cada día. Somos también de arena, porque corre por nuestras venas, anida en nuestros pulmones y cicatriza nuestras heridas y además, de algún modo, un poco también,  somos tormenta.

 


Las huellas del deyar y de su camello eran el único signo de que había alguien sobre la faz de la tierra.
Se encaminaron hacia la montaña, que a lo lejos, oteaba los cuatro puntos cardenales. La mañana era fresca y luminosa y la montaña se alzaba sobre el horizonte, como si estuviese suspendida en el aire, flotando sobre una alfombra de plata.
A mediodía estaban a los pies de la montaña y sin bajarse del camello el deyar preguntó:

Por Alá !Oh, Turarin3! Decidme
si sabes de unas camellas Ashar4
que hace, tal vez, uno o dos días ante
tu indeleble mirada tuvieron que pasar.

Y la montaña respondió:

¡Oh, deyar! Por favor, detente,  
acércate y pregúnteme por lajbar5
Pero te juro por el Señor que bajo
este cielo me construyó de piedra,
que no he oído nada sobre tus
extraviadas camellas ¡Oh, deyar!


El dromedario es un símbolo de  libertad, es el dueño de la inmensidad, señor de la distancia; por eso, a veces, se aparta, quién sabe buscando qué caminos, persiguiendo qué aromas, siguiendo qué rastros. Debe ser que el instinto aconseja, que el sentido ordena: moverse, caminar, ir en busca del horizonte…aunque la tormenta de arena muchas veces tiene la culpa, porque confunde, aleja, desorienta.
Cuando “se pierde” un camello y no es posible dar con sus rastro, ni tener noticias de su paradero, el dueño lo espera en el pozo, donde acostumbra beber. Cuando aprieta el calor y el dromedario necesita agua, vuelve siempre al pozo, al abrevadero donde aplacó su última sed.
Pero no siempre se puede esperar a que el camello regrese, no siempre el dromedario encuentra a su deyar, y más, cuando se trata de camellas preñadas. Es, entonces, cuando el deyar comienza su labor de búsqueda, de investigación, haciendo un exhaustivo análisis de las señales que se manifiestan entre el cielo y la tierra, un indicio, una huella que lo lleve al objetivo, aunque sólo sea una osamenta. Una rama de acacia quebrada, una retahíla de bosta, o el graznido de un cuervo en la lejanía, aunque sólo lleve al esqueleto de un dromedario vencido por la sequía.


La  montaña no tenía las respuestas que buscaba, sin embargo, el deyar, se quedó toda la tarde a su lado, mirando la soledad, buscando los signos de un pasado que siempre se restablece, se repite; una marca en la memoria que nunca desaparece.
El deyar recuerda su primera ausencia, sus primeros pasos, sus alegrías y sus derrotas. Siempre vuelve la mirada hacia un pasado sin edad, cuando partió por primera vez siguiendo el rastro de un dromedario, porque su destino es un continuo viaje entre el principio y el final.

Se despidió y se fue a preguntar a otras montañas, a los pozos, a los cauces de ríos secos y las viajeras dunas por sus camellas ashar.

  1 Errih:  tormenta de arena.
  2 Deyar: buscador de camellos
  3 Turarin: conocida montaña del Sahara Occidental.
  4 Ashar: nombre que reciben las camellas durante los cuatro primeros meses de gestación.
  5 Lajbar: noticias, información.


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Un relato delicioso que nos conduce hasta la hermosa y dura tierra de los saharauis.

Un relato delicioso que nos conduce hasta la hermosa y dura tierra de los saharauis.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

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Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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