Mufida

Por: | 03 de marzo de 2017

Reparto_butano - Marcello Scotti                                                                                                                           Fotografía de Marcello Scotti

Esta entrada ha sido escrita por el periodista y escritor Limam Boisha, miembro de la Generación de la Amistad Saharaui.

Mufida miró el cielo y vio cómo resbaló aquella nube tostada y cómo se precipitó riendas abajo, rodó y se volvió un aguacero de langostas que devastó lo que encontró a su paso. Vio cómo en pocos minutos, miles, millones de insectos depilaron las plantas y dejaron las ramas de las acacias en los puros huesos. Y en los puros huesos quedó la Badía, el desierto fértil, que en aquel momento era como un manto verde antes de su barrido. En los sucesivos meses varias tormentas rojas asolaron toda la región y le siguió una sequía que forzó a numerosas familias a abandonar los lugares de pasto  donde siempre habían nomadeado. Mufida resistió hasta que su ganado agotado, enfermo, víctima de la sed y el hambre, diezmó. Estaba sola como nunca lo había estado anteriormente, y ya no era joven como años atrás antes de la picadura de la serpiente por la que tuvieron que amputarle una pierna.


Una noche en medio de aquella adversidad, con su voluntad ya quebrada tomó la decisión de ir a los campos de refugiados en el sur de Argelia donde vivía su hermana Salka. Desde que llegó se sintió perdida. Añoraba el desierto fértil donde siempre ha vivido y pronto descubrió que era alérgica al polvo de aquella tierra inhóspita. Pasaba la mayor parte del tiempo recluida en su jaima y cuando salía caminaba balanceándose con su pie ortopédico de palo que le daba un aire siniestro.

Meses después de su llegada circuló un rumor, primero como susurro de boca en boca y entre pocos, después se expandió de jaima en jaima. La frecuencia se dispersó como si alguien hubiese humedecido el aire de todo el campamento con el rocío de aquél rumor. Durante días no se hablaba de otra cosa: en las colas del reparto de alimentos, junto a los depósitos de agua, en el hospital, en medio de los caminos polvorientos que llevaban al todas partes y a ninguna, y sobre todo, en las ceremonias alrededor del té en el barrio donde Mufida se había instalado.

La nueva vecina del barrio, la que acababa de llegar de la profunda badía, la hermana de Salka, era Selala, decían.

Algunas personas revelaban que todo empezó con la muerte de Naama, una mujer de edad avanzada que vivía en una de las jaimas próximas a Mufida.

"Fue ella quien desangró a nuestra madre y la dejó como un papel blanco” – señaló una de las hijas de la víctima, más de una vez.

Hubo quienes nada más escuchar aquella acusación empezaron a evitar el camino que pasaba cerca de donde vivía. Algunas veces cuando Mufida entraba en una jaima vecina, había individuos que se cubrían el rostro con disimulo con sus melhfas o turbantes para no cruzar sus ojos con los de ella por miedo a que los desangre en el acto. Salka se quejaba de esos rumores e intentaba contrarrestarlos:

"Mi hermana quiere mucho a los niños y siempre les está regalando caramelos y ningún niño ha sido desangrado", dijo una tarde a su amiga en el mercado.

Días después, al mediodía de una jornada calurosa, Mufida se cruzó con un hombre que venía de dar de comer a sus cabras en los corrales que estaban a las afueras del campamento, este saludó a la mujer y ella le devolvió el saludo sin apenas parar, cuando el hombre alcanzó su jaima se desmayó. Una señora dijo que les había visto conversar y que fue ella. Aunque el médico diagnosticó que la causa de la pérdida de conocimiento fue por una fuerte insolación, algunas personas no acabaron de creerse aquella versión.

Durante varios meses los rumores subían y bajaban según la frecuencia y el ánimo de la gente, hasta que cesaron por completo. Aquél día Mufida recogió sus pertenencias y se fue. Nadie, excepto su hermana, supo dónde había ido.

A las afueras de otro campamento muy lejano llegó Mufida e instaló una jaima, pequeña y harapienta y empezó a vivir allí en compañía de dos o tres cabras que le regaló su hermana antes de irse. Otras gentes que Mufida jamás había visto se le acercaban y trataban de persuadirla para que abandone aquél lugar y fuera a vivir en uno de los barrios cercanos, pero a pesar de su insistencia, ella no aceptaba el ofrecimiento y cuando algunos le llevaban el reparto de la ayuda humanitaria, Mufida agarraba en su mano una botella de aceite y vaciaba su contenido sobre su cabeza y abría las bolsas de lentejas o harina y se embadurnaba el cuerpo con los alimentos y el resto lo arrojaba a las cabras y se encerraba en su jaima.

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Gracias, Doc. Un abrazo.

Hay mucha fuerza en este relato, el narrador desnuda sus palabras y nos deja sin argumentos. Gracias Limam por esta historia.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

Nueina Djil_Christine Spengler
Nueina Djil en 1976, por Christine Spengler

Esta entrada ha sido escrita por la periodista y escritora Conchi Moya.

Desde tiempos inmemoriales los poetas saharauis en hasania han desarrollado una curiosa forma de componer un poema. Se llama tetlaa al gaf y consiste en que un poeta escribe un verso corto, gaf, y reta a otros poetas a continuarlo, haciéndolo más bonito, lo que se conoce como “subirlo”. Acaba cuando llegan a la culminación o clímax poético, en lo que se conoce como agar al gaf, es decir, “esterilizar” el verso, ya que se entiende que nadie podrá componer un verso mejor para añadir al poema.

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