Por qué un directivo debería ser humilde

Por: | 01 de agosto de 2013

ANTONIO ARGANDOÑA, profesor de Economía y Ética Empresarial

De entre todas las virtudes que se esperan de un directivo ético, hay una que resulta especialmente importante para aquellas personas que ocupan posiciones de gobierno o de dirección y que, sin embargo, ha sido ignorada en la ciencia económica: la humildad.

Antonio ArgandoñaEsto se debe probablemente a una visión incompleta o mal enfocada de lo que significa ser humilde, de las razones por las que un buen directivo debería serlo y de la contribución de una actitud modesta al éxito y a la reputación tanto de la empresa como del directivo. El objetivo de mi documento "Reputación y humildad en la dirección de empresas" es corregir esa visión sesgada y aportar nuevos elementos de reflexión acerca de esta virtud.

¿Qué significa ser humilde?
Se tiende a pensar que la humildad es, o puede ser, incompatible con la reputación que el líder merece y con la autoridad que necesita para llevar a cabo su tarea. Pero es justamente todo lo contrario: el directivo humilde, si lo es de verdad y consigue que los demás le perciban así, ejerce una mayor autoridad que el líder arrogante. La autoridad moral está asociada a una reputación mucho más sólida, tanto de sí mismo como de la organización que representa.

La primera y más importante de las manifestaciones de la humildad desde el punto de vista intrapersonal es el autoconocimiento. El humilde ni sobrevalora sus virtudes ni se menosprecia. Y la autoestima no le hace ser pretencioso. Además, se autoevalúa constantemente y es consciente de que se puede equivocar. Este autoconocimiento también incluye reconocer lo que debe a los demás: el humilde no se atribuye todo el mérito de sus fortalezas y resultados, sino que valora y agradece lo que le han aportado los demás.

Cómo reconocer la humildad en un directivo
El directivo humilde se da a conocer a quienes le rodean tal y como es. No alardea de sus puntos fuertes, pero tampoco los niega ni oculta. Como tampoco oculta o disimula sus defectos, carencias y errores. En consecuencia, no procura que los demás le alaben ni se siente herido por sus críticas. Y agradece que le hagan saber cómo le ven, ya que así puede mejorar su autoconocimiento.

En la valoración sobre los demás, el humilde es consciente de que probablemente todos sean mejores que él en algún sentido y su juicio sobre ellos suele ser menos riguroso que el que hace de sí mismo, pues no conoce las fortalezas y las posibilidades de los demás como las suyas. Este tipo de líder también tiende a evitar las comparaciones entre sus cualidades, méritos, conocimientos y resultados y los de los demás. Y si se ve obligado a hacerlas, trata de no valorarse como superior a ellos. Los juzga cuando debe hacerlo, pero buscando aspectos positivos siempre que sea posible.

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© Antonio Argandoña. Profesor de Economía y titular de la Cátedra "La Caixa" de Responsabilidad Social Corporativa y Gobierno Corporativo en el IESE-Universidad de Navarra. Doctor en Economía por la Universidad de Barcelona. Conferenciante, autor de numerosos libros y artículos y es titular del 'Blog de Antonio Argandoña'.

 

Hay 3 Comentarios

creo que el profesor, con un criterio muy atinado, nos está intentando hacer ver otro tipo de humildad, que no tiene nada que ver con posturas o imposturas: humildad para asumir que uno no es infalible, imprescindible, el más inteligente. que se puede fallar y que se va a fallar, y que se debe aceptar errar y aprender de los errores.... etc etc...humildad para dirigir correctamente una origanización

El tema no es nada sencillo. La humildad es lo contrario de la vanidad. Y como siempre, en todos los asuntos de la Vida hay que estar en equilibrio, ni mucho ni poco. En efecto, demasiada humildad es pura tontería, y demasiada vanidad es puro despotismo.

Señor Argandoña, ¿conoce usted a algún directivo humilde? Yo no, y de verdad que conozco a unos cuantos y a unos pocos los considero amigos. De chavales algunos sí, pero el colmillo se va retorciendo. Impostura sí que hay, y se suele manifestar en una sonrisa dentona que cuando la conoces ves que es más rictus que otra cosa. Lo de que un directivo se muestre a los demás tal cual es debe ser una broma. Así se llega a muchos sitios, pero no a dirigir nada que no sea la propia vida, que no es poco.

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