La salida de Grecia del euro ha dejado de ser un tema tabú. Si hace unos meses la mera posibilidad de que algún miembro pudiera abandonar la unión monetaria no se podía ni siquiera debatir, ahora son las autoridades europeas las que piden planes de contingencia nacionales para prevenir en la medida de lo posible los catastróficos efectos de esa posibilidad. La fecha del 17 de junio, cuando se celebran las nuevas elecciones en Grecia, aparece marcada en rojo en el calendario de todos los analistas de mercado por la posibilidad de que el resultado electoral desate un pánico bancario que termine en última instancia con la salida de Grecia del euro.
Los expertos de Economismo advierten que ese proceso no beneficia a nadie, no hay ningún ganador con el abandono de Grecia de la moneda única, pero admiten que la posibilidad cobra peso día a día y que el futuro más inmediato se presenta incierto. Una espiral de incierto final que solo mayores avances hacia la unión fiscal y bancaria podrían compensar. La salida de Grecia del euro aparece así como un síntoma de las fuertes tensiones que atraviesa la unión monetaria y de las deficiencias de diseño y concepción de esta, que ahora afloran con más intensidad.
Es la teoría que defiende el profesor de la Universidad de Granada, Santiago Carbó, que admite que la salida del euro de Grecia “no es un escenario descartable” y que ahora hasta la propia Grecia puede adoptar, con consecuencias muy duras para el resto de la eurozona. Si los peores augurios se cumplen, Carbó defiende que “lo importante será si en la Unión Europea se han establecido ya de una vez los mecanismos adecuados para que el resto de socios actúen de forma más coordinada y solidaria”. Es decir, que si Grecia sale del euro o entrara en una espiral desastrosa “podría tener efectos muy duros en el resto de economías y acelerar la huida de capitales de Europa”. El alcance de esa reacción, subraya el también asesor de la Reserva Federal de Chicago, dependerá de que se haya avanzado en temas como un verdadero cortafuegos para la deuda soberana, una mayor unión bancaria con mecanismos de resolución de crisis financieras y una estrategia de consolidación fiscal en plazos razonables. Pero Carbó es muy crítico con la respuesta de las autoridades europeas. “Si a Grecia no se le deja abandonar finalmente el euro será por el problema de reputación que supone para la eurozona no haber podido solventar los problemas de una economía de representatividad reducida”.
José Luis Martínez, estratega jefe para España de Citigroup, llama a una cierta tranquilidad. “Un resultado en las elecciones del 17 de junio incapaz de formar Gobierno o con un Gobierno que no quiera cumplir los compromisos de ajuste acordados con la troika dejaría al país sin recursos, en quiebra al sector público y a las entidades financieras pero no implicaría una salida automática del euro”. Incluso sugiere que podría haber escenarios alternativos a la salida, aunque en todo caso complicados. Para Martínez, lo peor es que “el euro no está preparado en este momento para la salida de un país”. En su opinión, “no hay la suficiente coordinación financiera, ni fiscal, menos política para amortiguar el efecto”. De hecho, hoy en día, solo el Banco Central Europeo (BCE) tendría capacidad suficiente —dice— para asumir el papel de barrera mientras se aceleran los procesos para lograr “la deseada integración financiera y fiscal”. El analista del Citi considera, en todo caso, que “es importante tener planes de contingencia, que precisamente nos sirven para valorar lo costoso y doloroso que puede ser un escenario límite que cuestione la supervivencia de la moneda única”.
Una de las consecuencias más importantes de una posible salida del euro la apunta Santiago Fernández de Lis, economista jefe de Sistemas Financieros y Regulación de BBVA Research. “La salida del euro no interesa a nadie, ni a Grecia ni al resto de sus socios. En el diseño de la unión monetaria la irreversibilidad era una condición necesaria para la credibilidad”, condición que tendría su fin con la salida de Grecia. Fernández de Lis admite que los costes de permanecer en el euro para las economías periféricas han ido aumentando a medida que las autoridades europeas se han mostrado incapaces de resolver los problemas derivados de la ausencia de unión fiscal y unión bancaria. Si nada cambia, “el euro quedaría limitado a un régimen de tipos de cambio fijo, similar al patrón oro, al cual los países deciden ligarse o desligarse”. El economista del BBVA advierte que “si ahora se abre la puerta de la salida del euro, la expectativa de devaluación se incorporará al riesgo-país de los Estados miembros, consolidándose la incipiente ruptura del mercado financiero único de estos últimos años”. Una prueba evidente de esos problemas de funcionamiento son los diferenciales actuales “incompatibles con un mercado financiero integrado”. En su opinión, “independientemente de si se termina produciendo la salida de Grecia, Europa debe dar pasos decididos para detener la fragmentación del mercado financiero de la eurozona, lo que exige poner en común aspectos importantes de soberanía fiscal y avanzar hacia una unión bancaria”.
El profesor José García Solanes, de la Universidad de Murcia, recuerda que el abandono de la moneda única supondría para los ciudadanos griegos unas pérdidas de riqueza y unos costes sociales “difícilmente soportables”. En su opinión, el contagio a otros países sería inmediato, afectaría especialmente a España y pondría al euro en gravísimo peligro. “Estamos ante una situación excepcional que requiere medidas contundentes y urgentes. Sin demora, el BCE debería comprar deuda y crear liquidez para salvar la situación momentáneamente”. A la vez, insiste García Solanes, las autoridades europeas tendrían que avanzar hacia la integración política, con el objetivo de “ mutualizar los costes de la crisis y crear una unión bancaria europea para que situaciones como la actual no vuelvan a producirse”.