El Charco

Sobre el blog

El Charco. 1- Superficie de agua poco profunda que de no ser por los visitantes podría pasar totalmente desapercibido. 2- Coloq. Arg. Océano que separa el continente americano y el europeo.

Sobre el autor

Santiago Solari

Santiago Solari nació en Rosario, Argentina, en 1976. Jugó al fútbol en River Plate, Atlético de Madrid, Real Madrid, Inter de Milán, San Lorenzo de Almagro, Atlante y Peñarol.

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El bombo del superclásico

Por: | 16 de mayo de 2011

Fut 

Me acuerdo del entorno de mi primer clásico en La Bombonera de manera borrosa y general. Entre la responsabilidad, los nervios y esa inocencia juvenil acerca de la condición fugaz del tiempo, pasé por el momento sin sublimarlo. Concentrado solo en el partido.

Fuera del penal al palo de Diego, los goles de Caniggia y las acciones importantes, recuerdo detalles. Algún pensamiento aislado, como observar a Maradona y Francescolli y no entender muy bien por qué yo estaba allí. Alguna anécdota pintoresca, como la precisión milimétrica con la que los hinchas de Boca calculaban la expectoración de sus mucosidades para cruzarlas exactamente en mi camino mientras me preparaba en el callejón de los palcos.

Al envoltorio del partido, lo que tanto destaca a este enfrentamiento sobre el resto de derbis en el mundo, lo recuerdo como un vago ruido rítmico de fondo: el tronar del bombo y las banderas agitadas. Quince años después, el superclásico palpita con idéntico folclore y una actualidad deportiva devaluada.

River llega al partido con la mirada fija en la tabla porcentual, que es la que determina los descensos. Los promedios, instaurados en los años ochenta, se calculan con la suma de los puntos de las últimas tres temporadas divididos por la cantidad de partidos jugados. Un artilugio creado para la estabilidad que ahora pasa factura a las reiteradas gestiones deficientes de algunos clubes grandes.

Boca, el club que más gastó en fichajes, llega en un aletargado decimotercer puesto. Acarrea también la necesidad de sumar puntos para no padecer el año próximo dolencias similares a las de su máximo rival.

Una diferencia entre el presente de River y el de Boca es que los millonarios ya han asumido su papel de lucha. Su nuevo presidente, Passarella, inició un plan de austeridad para intentar enderezar el club. Su hinchada, concienciada ante el abismo, empuja al equipo sin reparar en gustos. Saben que son épocas de McDonalds y que para el caviar deberán esperar tiempos mejores.

Boca, en cambio, sin problemas tan angustiantes de descenso, todavía no se reconoce en su situación actual. Se piensa a sí mismo apenas en una coyuntura. En realidad la meseta de Boca se extiende mas allá de lo que muchos aficionados y algunos protagonistas están dispuestos a reconocer.

Entre estas tristezas del presente se habló poco de fútbol los días previos al derbi. No fueron noticia ni el discurso de los entrenadores, ni las hipotéticas formaciones, ni el compendio de récords de Palermo, ni la vigencia y el liderazgo de Almeyda ni el futuro europeo de Lamela. Tampoco interesó a la prensa sumergirse en los insondables sentimientos de Riquelme, que, traducidos al balón, pueden, como una canción de Portishead, enriquecernos la existencia desde la melancolía.

Fue noticia la posibilidad de que el Gobierno de la Ciudad prohibiera, por motivos de seguridad, la entrada al estadio de bombos y banderas. Esta medida provocó tal agitación popular que se terminó por desistir de la misma. Un síntoma de que el packaging del superclásico superó definitivamente a sus protagonistas.

Yo escribo y es domingo. El clásico está por empezar. Usted lee y es lunes. Como dijo William Gibson: “El futuro ya esta aquí”. Ojalá que en el clásico de ayer alguna jugada, alguna gambeta o algún gol hayan opacado por un rato el retumbar de los bombos y el temblor de las gargantas y de las banderas. Querrá decir que todavía hay fútbol en medio de toda esa pasión. Querrá decir que el superclásico no solo es un envase colorido y que todavía vale la pena el contenido.

Atocha-Sants, ida y vuelta

Por: | 08 de mayo de 2011

                A 

Un tren me lleva a 270 kilómetros por hora y parte el paisaje de una cuchillada. En la ventanilla: túneles, montes seccionados, dos encinares donde antes había uno, la roca horadada. Vestigios del atajo. En el Camp Nou la noche fue apacible para el Barça. La gente estaba inquieta porque el fútbol inquieta el corazón del hincha, pero casi nada alteró el ritmo cardiaco del observador neutral. Pudo ser diferente la segunda parte de subir al marcador el gol de Higuaín. Un claro error del árbitro que añade gasolina al fuego de las acusaciones.

El Real Madrid salió a la cancha como lo esperaba el hincha, con dos jugadores más ofensivos con respecto al partido de la ida. Una formación más natural y reconocible a la hora de la foto y los saludos. Ya en el partido, con las líneas 20 metros más adelantadas respecto al Bernabéu, los jugadores blancos se exigieron para competir de igual a igual, tratando de reducir con dignidad las distancias que aún les lleva el Barca a la hora de manejar la pelota.

El ejercicio desnudó las dificultades que supone ensayar una nueva partitura con instrumentos aún desafinados. Ni la falta de ritmo competitivo de Kaká ni la reciente recuperación de Higuaín excusan, mínimamente, carencias más profundas a la hora de cambiar el razonamiento e intentar mover el balón para jugar.

Este final de año, el Madrid profundizó sus esfuerzos en afinar los instrumentos para la percusión. Útiles, sin duda, en el plan de destrucción y golpe rápido, pero insuficientes cuando el libreto exige una producción sinfónica. Los futbolistas, al igual que los músicos, pulen su performance con la repetición.

El Barcelona, regulando el control de la pelota, colapsa el tiempo de posesión del Madrid hasta cifras imposibles, incluso para su descomunal contundencia. Los seis goles al Valencia y los seis goles al Sevilla que enmarcan el último clásico nos muestran claramente la brutal capacidad de percusión del Madrid. Capacidad que solo el Barça logra diluir al mínimo con sus interminables posesiones.

El año próximo, el Madrid deberá decidir, desde el comienzo, dónde pondrá el énfasis para enfrentarse al Barcelona. Las soluciones pasan por repensar su juego y moderarlo, con la intención de aumentar su volumen de juego a través del balón, o por reafirmarse en el plan de la final de la Copa del Rey.

Este año, el Madrid no se concedió el lujo del tiempo. Intentó alcanzar sus objetivos perfeccionando al máximo un juego directo y efectivo. La idea se radicalizó en los clásicos. Se convirtió en un corte de camino que deja un paisaje dividido. Hay posturas a favor de profundizar y otras a favor de moderar el discurso futbolístico y el extrafutbolístico.

Los atajos son senderos peliagudos. Es normal, al transitarlos, intervenir el entorno, dividir el terreno, dejar algunas rocas sueltas. Contra el Barça, el sesgo promovió ganar en efectividad a costa de horadar la idiosincrasia. Un atajo justifica su razón de ser solo si nos lleva al destino a tiempo. El tren de vuelta me dejó en Atocha en el minuto exacto que lo había prometido.

Jugando con Haydeé Lange

Por: | 01 de mayo de 2011

Fut 

Crucé el charco emocionado con la promesa de un partido histórico. Cuando llegué al Bernabéu, el bullicio se mezclaba con viejas imágenes de gambetas y de goles. Melancolía: volver a ver la conocida hierba y no poder pisarla. Constatar que el tiempo pasa y los dos hemos crecido.

Creo recordar que el tedio comenzó, más o menos, después del cuarto lanzamiento largo hacia Cristiano Ronaldo. En el demorado recorrido de otro pelotazo me sorprendió un recuerdo fugaz: en una conversación soñada de Borges con Haydée Lange, ella repetía cosas ya dichas que él ya sabía y le contestaba de manera mecánica. Después, antes de despertar, recordé que ella era un fantasma.

El Madrid decidió que sus posibilidades de ganar pasaban por lograr una réplica exacta del plan de Mestalla: otra exaltación de compromiso emocional y táctico para cubrir espacios y cabalgar a la contra. El Barcelona, esta vez, jugó a un juego diferente. Los contragolpes sufridos en la final todavía le dolían al equipo catalán, que, con un principio de cautela y algunas ausencias, propuso un partido más paciente y contenido.

El Barça tejió sin apuros utilizando solo recorridos seguros. Alves rara vez se atrevió a llegar a los tres cuartos de cancha. Con Puyol en el otro lateral y Keita en lugar de Iniesta, su juego fue, sin salir de su estilo, más estático y menos agresivo que el habitual. Alejado de las rotaciones posicionales de Rinus Michels.

El Madrid, en guardia constante, se cubría así de su propia sombra mientras los centrales del Barça se pasaban la pelota. Cuando tenía el balón en su poder, exploraba larguísimos trazos a espacios imaginados que luego no eran tales porque el rival no se había desplegado. O se atropellaba en el afán por desprenderse rápido de la pelota, como si le quemara en los pies.

Encerrado en su esquema, alejado de su idiosincrasia, con un plan inalterado y con cada jugador pendiente de su sitio, el Madrid parecía conversar con un fantasma. Ya era menos que el Barça cuando Pepe dejó el campo con una entrada evitable, entre la tarjeta roja y la amarilla. La razón que inclinó al colegiado fue la historia. El pasado de Pepe. Su costumbre de jugar en el filo, el recuerdo fresco del pisotón a Messi o del corte de mangas en la final de la Copa en Valencia.

A partir de ahí es historia conocida. Messi justifica mi viaje, el aforo y la existencia del fútbol. También explica, en parte, los temores en el punto de vista del entrenador del Madrid -ya de por sí proclive a jugar con gran seguridad defensiva- y por qué eligió en estos partidos cerrarse como un puño. Messi inventa en cualquier pequeño espacio una nueva dimensión. Otorga al armónico juego del Barça una llave maestra. Inyecta de sentido su sistema.

Los últimos clásicos nos dejaron dos lecciones importantes. Una es que se puede ser eficaz renunciando a la pelota. La otra, que para lograrlo un equipo no depende de sí mismo, sino de que el rival genere las condiciones idóneas.

Cuando se juega desde el control del balón, se obtiene la iniciativa. Sin el balón, uno se limita a dar respuestas al discurso de otro. La renuncia al balón es útil como recurso específico y circunstancial, como lo demostró el Madrid en el primer tiempo de la Copa, pero pierde sorpresa cuando se convierte en sistema.

Vimos también los límites de las adaptaciones. Le resulta viable a un equipo como el Barça, acostumbrado a desplegarse y tocar para atacar, pasar a defenderse. Incluso puede defenderse desde la posesión del balón. Más difícil es para un equipo habituado a estar siempre cerrado, para defenderse, abrirse y tocar para llegar al gol.

El último round nos deja otras preguntas. ¿Qué hará el Madrid? ¿Jugará con un delantero por delante de Cristiano y entrará un volante creativo por uno defensivo? ¿O se limitará a cubrir los cambios obligados? A esta altura del partido, al Madrid le toca vivir su propia paradoja. A su pragmatismo solo lo puede salvar un idealismo: morir o vivir es lo superficial, lo importante es hacerlo con las botas puestas.

Brillante renuncia de la pelota

Por: | 24 de abril de 2011

Fut 

- "Brilla por su ausencia", dicho popular.


En la final de la Copa del Rey, el Real Madrid escribió una original página para añadir a su insuperable leyenda: nos dio la posibilidad de verle brillar en una faceta históricamente desconocida para sí mismo.

El fútbol, deporte plural y generoso, ofrece una multitud de recursos a la hora de afrontar un partido. Uno de ellos es la posibilidad de ganarlo prescindiendo deliberadamente de la posesión de la pelota. Esta idea fue puesta en práctica por el Madrid durante 45 minutos con tanta fe, tanta precisión y tanta solvencia que, por momentos, daba la aterradora impresión de que el histórico invento de pasarse la pelota corría el riesgo de convertirse en un anacronismo.

La quirúrgica coreografía grupal y la inconmensurable voluntad desplegada por el Madrid en el primer tiempo de Mestalla potenció la intensidad emotiva de una final ya de por sí colmada de antagonismos. El Madrid asumió desde el principio y sin ruborizarse la imposibilidad de discutir el volumen de juego a través del balón. Dedicó todas sus energías, mentales y físicas, a la titánica tarea de comprimir, con la máxima agresividad permitida por el reglamento, todos los espacios que pudiera inventarse esta versión del Barcelona, una de las más creativas de su historia.

Los peligros de esta estrategia son conocidos. El Madrid sabe con certeza que es imposible sostener ese nivel de presión los 90 minutos. El esfuerzo físico y psicológico necesario para contrarrestar, desde la presión, el volumen de juego de un equipo que domina la pelota tres cuartas partes del partido es sumamente desgastador. Prueba de esto es el segundo tiempo, en el que el equipo perdió terreno y terminó defendiéndose, más con el corazón que con la brújula, al borde de su área.

En cambio, los jugadores del Barcelona, sin replegarse, habituados a posesiones largas, se juntan tanto para jugar que, ante la pérdida del balón, pueden seguir presionando con intensidad casi todo el partido. Sus temores pasan por otro lado. Los violentísimos contragolpes de Cristiano y Di María convierten las espaldas de sus centrales en una interminable llanura.

Ambos equipos y ambos entrenadores se conocen a la perfección. Todos saben ya que a Messi se le debe esperar con un volante incrustado en la defensa y otros tres rompiendo por delante. O que el maratoniano duelo entre Alves y Di María dirime buena parte de la profundidad que cada uno pueda lograr. O que permitir lanzamientos a Cristiano es encomendarse a las habilidades del portero.

También saben que en un choque entre equipos con estas características, tan especializadas y opuestas, el primer gol cobra un protagonismo sustancial. El que lo sufra deberá asumir los riesgos de su estilo. El Barcelona tendría que hacer más profundo su juego, otorgando aún más espacio a las flechas del Madrid. El Madrid debería transmutarse, desatando su compacto paquete defensivo, difícil opción cuando cuerpo y espíritu están preparados para otra cosa. Otra alternativa más a mano sería la poco distinguida maniobra del pelotazo sin escalas hacia un nueve de área.

Los próximos partidos repetirán el argumento. El Barcelona buscará alternativas para fisurar el muro. El Madrid seguirá con el mismo bote y los mismos remeros. Y rezará para que el brazo no se canse.

Por suerte para el fútbol, el final es siempre abierto.

El ingrediente criollo

Por: | 17 de abril de 2011

Fut 

Comprender el desarrollo de un partido de fútbol argentino puede resultar trabajoso para un espectador con el ojo habituado al fútbol europeo. Si bien Europa y Sudamérica contienen cada uno decenas de diversas formas de sentir e interpretar el juego, existen razones para validar la generalización si lo hacemos a través de las potencias representativas.

En el fútbol español, por ejemplo, las etapas de un partido resultan relativamente fáciles de percibir desde un enfoque estratégico. Dentro de las distintas interpretaciones que cada equipo hace del juego e intenta expresar en el campo, se logran distinguir rasgos que, en general, permiten leer sus intenciones iniciales más allá de las virtudes o limitaciones para llevarlas a cabo.

Incluso desde el acotado ángulo de visión de una transmisión televisada se logra advertir la disposición táctica de los equipos en las distintas fases de un partido. Se adivinan las intenciones en la circulación de la pelota y se hace manifiesta la determinación en los repliegues o en la presión. También se distingue sin mayor esfuerzo si existe una búsqueda deliberada de velocidad o de pausa en las transiciones.

Todos estos elementos, en mayor o menor medida, rigen el comportamiento de los equipos y le otorgan cierto orden general al juego. La posibilidad de percibir los contrastes y poder individualizar, con cierta frecuencia, los detalles que perfilan el pensamiento colectivo, nos sumerge de lleno en un plano más profundo del juego sin necesidad de esforzar la mirada.

Una percepción de previsibilidad reafirma a los espectadores en su conocimiento y que facilita y evidencia el trabajo del entrenador. Los partidos suelen poder explicarse más allá de las contingencias puntuales o los devaneos del azar.

Menos metódicas son, en general, las conclusiones que derivan de la observación de un partido de fútbol argentino. No es que no existan en él todas las pretensiones que hacen a la estrategia o a la táctica sino que estas son más vagas.

Arriesgaré algunos motivos. El estado de algunos campos de juego delimita formas de expresión. La costumbre de jugar con el césped seco no ayuda a aquellos equipos que intentan ser fluidos y hace inevitable un desarrollo más lento y trabado, donde se hace más frecuente que las buenas intenciones se diluyan entre el exceso físico o el uso reiterado de alternativas menos elegantes como la aérea.

Otra razón puede ser la manera de valorar las aptitudes futbolísticas en los procesos formativos, que refleja nuestra forma de ver el fútbol. Desde las divisiones inferiores, el criterio de medida de la técnica individual apunta, por encima de otros, a la capacidad de trasladar y gambetear. Una medición basada en características individuales más que en criterios de asociación. El resultado es una visión más individualista del juego.

No estoy hablando de egoísmo, ya que el coraje y la lealtad con el grupo son elementos que definen fuertemente al futbolista argentino, sino más bien una propensión a intentar resolver los problemas por cuenta propia. Una particular y arraigada visión de heroicidad que no advierte con precisión el valor de la interpretación conjunta y que se refleja en la forma en que los argentinos entendemos el fútbol y la vida. La puesta en práctica de las ideas grupales se vislumbra, así, de manera más interrumpida y los partidos suelen fluctuar entre lo emocional y lo coyuntural. El desarrollo de las fases del juego es menos previsible. Los vaivenes anímicos o jugadas aisladas suelen explicar con frecuencia los resultados de los partidos.

Claro que no todo lo explica la idiosincrasia o los niveles de humedad del pasto: los mejores jugadores sudamericanos emigran jóvenes al fútbol europeo. Allí, cuando a esa habilidad innata estimulada en todo el periodo de crecimiento se agrega la visión, más estratégica, del fútbol europeo, los futbolistas alcanzan su madurez y aportan lo mejor de sí mismos. Curiosamente, los más destacados y requeridos, son los gambeteadores irreverentes. Aquellos que solo pudieron formarse en un ecosistema que los contuviera y alentara en su individualismo. Capacidad que difícilmente hubieran potenciado en un proceso formativo con conceptos distintos, donde primara la valoración de los elementos técnicos que hacen a la función colectiva. Estos futbolistas se transforman en elementos clave a la hora de fracturar toda la ortodoxia táctica del fútbol moderno.

Dejan a su vez, con su marcha, un espacio que la continua exportación nunca permite llenar. Al este del charco, los entrenadores viven cubriendo súbitas ausencias y rara vez disponen del tiempo necesario para delinear sólidas tareas grupales.

Raúl, el mejor en todo sin ser el mejor en algo

Por: | 10 de abril de 2011


A 

En el paréntesis de tiempo que se abre cuando un jugador recibe el balón y se cierra cuando deja de tenerlo se condensan todas sus capacidades técnicas, pero el criterio para decidir sobre la relevancia de aquello que se intenta realizar es tan importante como la destreza necesaria para ejecutarlo.



Cuando a la técnica individual y a esta aptitud para dotar de sustancia cada decisión, se suma el sentido de la ubicación en el campo para transitarlo de manera inteligente, nos encontramos ante un futbolista en pleno dominio de su oficio. De todos los compañeros con los que he compartido mi carrera ninguno ha dominado tan bien el oficio del delantero centro como Raúl.



La efectividad de Raúl se apoya en muchos atributos pero especialmente en su sencillez. Curioso don para el que se precisan innumerables requisitos. La sencillez, en un juego de dinámica fluctuante, significa nada menos que saber elegir y ejecutar con soltura aquella opción que, a posteriori, es fácil juzgar como la correcta.

Raúl es un conspirador. Cuando toda la acción parece lejana, sin chances de generar algún tipo de peligro, estudia la posición de aliados y enemigos mientras planea minuciosamente dónde y cómo situarse. Se aprovecha de las lagunas del partido para encontrar las debilidades del rival. Cuando no logra superar a su adversario por mérito propio permanece agazapado esperando cualquier error, cualquier pequeña distracción.



No hay un momento del partido en que no esté tramando una manera de llegar al gol, sin embargo, por encima de los impulsos que generalmente guían lo instintivo, nunca sustentó su efectividad en las pequeñas miserias que surgen en el área: ese frecuente arranque de egoísmo que caracteriza a muchos de los grandes artilleros.

Raúl edificó su formidable carrera goleadora con otros instrumentos: a la inteligencia táctica, la técnica y el despliegue físico les sumó un inoxidable espíritu competitivo. Fundamental para cualquier equipo por generosidad, sacrificio y sentido colectivo. Un líder silencioso que contagia desde la acción, desde la certeza de saber que, mientras dure el partido, no se rendirá jamás.



Maneja todos los registros que definen al nueve y sin ser el mejor en ninguno de ellos —nunca contó con la potencia de Drogba, la velocidad de Eto’o, la habilidad de Henry, el cabezazo de Morientes, el disparo de Vieri o Batistuta— logró superar a todos sus competidores contemporáneos europeos.



Raúl no precisó ser el mejor en algo para ser el mejor en el todo. Para ello desarrolló hasta la perfección atributos menos evidentes para los despistados, como el desmarque y el anticipo. Siempre marca con su movimiento el pase más fácil y profundo a sus asistentes. Opera de manera magistral una dificilísima simetría: acoplar ubicación y tempo. Los dos factores que hacen del anticipo ofensivo un movimiento perfecto.



Su afán competitivo lo empujó a salir de la comodidad de Madrid y probar suerte en Alemania, desafió al que se sobrepone derribando con goles las barreras culturales que también erige el fútbol. Nadie hizo tantos goles en la historia de la Champions League y aún así, en el segundo tiempo en San Siro, se le pudo ver lejos del arco, ayudando y conteniendo como volante por derecha. Atareado, no en aumentar las cifras de su récord, sino en dar a su equipo lo que el partido requería. Gestos que definen personalidades.



En el paréntesis de tiempo que se abre cuando empieza el partido y se cierra con el último silbato del árbitro, el que mejor entendió lo que hay que hacer para marcar es Raúl.

TypePad Conversations » Answer this question!

Argentina y la identidad perdida

Por: | 03 de abril de 2011

Fut 
 

Desde aquella lejana Copa América ganada en Ecuador con Basile la selección ha incursionado en buena parte del espectro conceptual que permite la permeable cultura futbolística Argentina. La etapa de Passarella, del 94 al 98, fue un periodo europeizante. La mirada estaba puesta en la Italia física, en un quinquenio dominado por el Milan y la Juventus.

Entre el 99 y el 2004, Bielsa intentó un equipo ofensivo desde la presión sobre el despliegue inicial de los rivales. Acción a la que se le destinaban la mayor parte de las energías. Un fútbol de conceptos directos y revolucionado en la cancha que nos abrió camino fácilmente en Suramérica pero se agrietó en el Mundial de 2002, cuando el sorteo nos enfrentó a los equipos que históricamente practicaron esa misma estrategia que nosotros adaptamos. El ciclo terminó con la coronación en los juegos Olímpicos de 2004.

Entre 2004 y 2006 Pékerman dirigió la selección después de ser campeón repetidas veces con la sub 20. Fue un periodo de recambio generacional en el que se intentó trasladar a los mayores el enfoque pedagógico que obtuvo excelentes resultados con los juveniles.

Después del intento fallido en el retorno de Basile por guiarnos hacia nuevas conquistas llegó la etapa de Maradona, entre 2008 y 2010, signada más por el discurso de la pasión popular que por el discurso futbolístico. Una época emocional, sustentada en el frenesí que todavía provocan las proezas históricas de Diego.

El  Checho Batista inició su camino con una declaración significativa: "queremos jugar como el Barcelona". Fuera de contexto la frase puede resultar pretenciosa, sin embargo, tomada como una expresión de deseos, como una referencia luminosa para señalar un camino, se convierte en una prometedora declaración de intenciones.

De los dos partidos amistosos que jugó Argentina, el buen primer tiempo contra los Estados Unidos iluminó algunas pautas sobre las que Batista quiere empezar a construir su propósito. Colocó a Messi, flanqueado por Lavezzi y Di Maria, como eje gravitatorio de una línea ofensiva sin centrodelantero clásico. Otro guiño al futbol de  España y del Barca. Un mediocampo maduro y con calidad para la distribución: Cambiasso, Mascherano, Banega. Y una defensa sólida con buena salida: Rojo, Burdisso, Milito, Zanetti. Un equipo que captó rápidamente la dirección señalada por su entrenador e intentó desde el comienzo cuidar la pelota e hilar para avanzar.

Argentina cuenta hoy con futbolistas sobresalientes de donde elegir para emular una línea de tres atacantes como la de los catalanes: Messi, Agüero, Tévez, Higuaín, Di María, Pastore, Lavezzi, Milito.  Sin embargo a la hora de mirar hacia atrás parece improbable encontrar, en algún lugar del mundo, mediocampistas con la versatilidad de Iniesta, Xavi o Busquets -el único mediocentro  argentino que tiene llegada regular al gol entre los utilizados en estos amistosos fue Cambiasso- o laterales como Alves y Maxwell o Adriano. Mas allá de la extraordinaria vigencia de Zanetti, no es esperanzador que, a sus 37 años, todavía no vislumbremos un claro reemplazante.

Argentina esbozó sus intenciones. El comienzo es promisorio. Ahora deberá intentar, con el tiempo, incorporar los mecanismos que hacen que un engranaje como el del Barcelona sea, además de agradable al espectador, una maquinaria funcional. Interiorizar y plasmar los conceptos que marcan la diferencia entre una exposición retórica y un discurso articulado es la parte mas difícil de este deporte.

Sin embargo, la búsqueda de referencias de Argentina puede estar mas cerca de lo que aparenta. Quizá Batista nos señala a España y al Barca para ofrecernos una imagen actual que sea entendida por todos aquí y ahora, libre del borroso juicio del paso del tiempo y sus etiquetas. Pero no podemos olvidar que El Checho era uno de los armadores de la selección del 86. Un equipo equilibrado en despliegue, creación y variantes. Con referentes de gran temperamento e inteligencia como Ruggeri, Giusti, Valdano, Burruchaga y el mismo Batista, practicó un fútbol integral al que se le añadía la varita mágica de Maradona.

Esta Selección tiene lo mas difícil de conseguir: Messi es su Maradona. Quizá pueda juntar el resto de las piezas para encontrarse en el reflejo del Barcelona o, mejor aun, reencontrar una identidad propia.

Sobre ideas y métodos

Por: | 27 de marzo de 2011

Bielsa 

Por encima de las discusiones conceptuales, lo que más me ha fascinado a lo largo de mi carrera ha sido la observación de los métodos que eligen los distintos entrenadores para intentar plasmar sus ideas. He tenido dos grandes clases de buenos entrenadores: los que creen en los sistemas y los que creen en los futbolistas.

Los primeros organizan una estructura verticalista: ordenan, unifican, automatizan. El objetivo principal es intentar reducir al mínimo la cantidad de errores. Sus procedimientos se desarrollan con gran intervencionismo táctico y se hace un enorme esfuerzo por tratar de prever y controlar todo lo que pueda suceder durante un partido. Marcelo Bielsa y Claudio Ranieri se integran en este grupo, aunque con vocaciones distintas. Bielsa dedicaba su energía a sistematizar el ataque. Ranieri se concentraba en la defensa.

Es difícil, en este tipo de esquema, salirse del libreto. A favor se puede decir que hay poco lugar para el desorden y los vicios individuales. En la sucesión de automatismos que dotan de carácter a estas fórmulas se detectan fácilmente los errores posicionales de los jugadores en las distintas fases de un partido. Estos equipos pecarán antes de anodinos que de anárquicos.

El método verticalista en sí puede producir un peligroso proceso: una suerte de banalización de la responsabilidad individual. No me refiero a la responsabilidad en el error puntual, sino a aquella más trascendental que es la que acarrea el compromiso con las propias convicciones. Al recortar la iniciativa personal, se corre el riesgo de promover el desistimiento en el emprendimiento individual.

Si se produce una renuncia a intentar leer y entender desde dentro las necesidades de los partidos, los futbolistas quedan condenados a un papel meramente ejecutivo. Cuando esto sucede y el jugador solo se limita a realizar obedientemente aquello que se le ordenó, encuentra un cómodo refugio detrás del mandato del superior y se desentiende de su responsabilidad más importante: pensar.

En estos modelos, el jugador corre un riesgo inesperado. A veces, la presión autoimpuesta por cumplir a rajatabla con las imposiciones es la que termina desnaturalizándolo.

Por el contrario, los entrenadores que tienen fe en el jugador y le otorgan un margen de libertad, transitan caminos más heterodoxos. Del Bosque y Ramón Díaz entran en esta categoría. Más que imponer un orden premeditado, lo que buscan es moldear paulatinamente un esquema que respete las características naturales de los jugadores. El entrenador que prefiere este tipo de maneras resulta ser, por lo general, una persona más negociadora. Intentan guiar y convencer. Activan la autoestima tolerando espacios de libertad para que se desarrollen las iniciativas individuales. Es a través de estos espacios de no intervencionismo donde se promueve la creatividad. A los jugadores les resulta más fácil encontrar mecanismos de juego que no estaban previstos: asociaciones que crecen por la libre interacción del talento de los futbolistas y para las que no existe una fórmula estandarizada de estimulación.

Estos métodos dependen, en gran medida, de la capacidad y la inteligencia de los futbolistas con los que se cuenta para evitar caer en excesos que solo lleven a la dispersión o al caos.

En el ejercicio cotidiano de la profesión, cualquier persona que se precie a sí misma se siente más cómoda dentro de un esquema que le otorgue un margen para aportar decisiones propias.

Como juego colectivo que basa buena parte de sus posibilidades de éxito en la precisión y el engranaje del conjunto, en el fútbol es impensable despreciar la jerarquización de la autoridad, pero no podemos olvidar que la creatividad y la imaginación necesitan espacio para tomar vuelo.

La mágica labor de los grandes entrenadores es cuando, en ese brebaje, logran conjugar todos los pequeños ingredientes para que armonicen.

Mourinho y los recursos útiles

Por: | 20 de marzo de 2011

Blog 
Las fulgurantes transiciones del Real Madrid no son solo fruto de las características de algunos de sus futbolistas. Son, también, sistemáticas.

¿Cuán estricto debe ser lo metódico en el fútbol? ¿Cuán flexibles son ciertos conceptos? ¿Hay lugar en ellos para la interpretación?

La forma en que los equipos estructuran su manera de pensar el juego depende en gran parte de su entrenador. ¿De qué depende la flexibilidad de estas formas? ¿De la personalidad de los conductores o del grado de acatamiento o rebeldía de los jugadores?

Obligado por la ausencia de Cristiano Ronaldo, el Madrid, en Santander, produjo un juego coral imprevisto. Como si los jugadores, instintivamente, se hubieran sacudido preconceptos en cuanto al destino del balón y descubrieran, en ese nuevo espejo, una imagen más sosegada de ellos mismos.

Si bien el diseño de pensamiento colectivo y su propósito no pasa, en este Madrid, por las tenencias largas y horizontales, no parece haber sido el entrenador el que acordonaba estrictamente este tipo de iniciativa.

Los entrenadores ofrecen pautas acordes a su ideario, pero, ante la improvisación, rara vez se oponen a incorporar aquello que se les demuestra funcional, principalmente si esta elección es aplicada en el momento adecuado. Entonces, ¿por qué sólo una desafortunada ausencia nos hizo entrever un equipo menos ansioso?

Tan concluyente como los proyectos de juego y las características naturales de los intérpretes es la personalidad de los futbolistas. Estas determinan el devenir de los partidos y su cadencia. El Madrid volvió contra el Lyon al vértigo arrollador que, a esa pretensión premeditada, ofrecen el ajuste riguroso de las capacidades innatas de futbolistas como Di María o Cristiano Ronaldo. El Madrid se siente cómodo conduciendo los partidos a esa velocidad y arrolló al Lyon con tal firmeza que no cedió siquiera un solo contragolpe. Solo cuando Granero y Adebayor ingresaron por Cristiano y Di María el balón comenzó a moverse, más acompasado, entre la Castellana y Padre Damián.

Las líneas maestras de un sistema también están para ser interpretadas según los rivales, los momentos de los partidos, el estado de los campos... Los jugadores, a veces, nos imponemos obligaciones más rígidas que las que descienden de la propia estructura y terminamos siendo más papistas que el Papa.

El Madrid demostró contra el Racing y contra el Lyon que a su superioridad, a su firmeza defensiva y a su electrizante plan de devastadoras transiciones ofensivas puede agregarle un registro: una dosis de paciencia y composición cuando el momento lo requiera. Recursos útiles para casos en los que el vértigo no le alcance para desequilibrar o para evitar riesgos y salvar energías cuando los partidos estén encarrilados.

Sobre ideas y adaptaciones

Por: | 13 de marzo de 2011

Wengerok 

"La definición de la locura es continuar haciendo la misma cosa, una y otra vez, y esperar resultados diferentes".  Albert Einstein

En la vuelta de los cuartos de final de la Champions del año pasado, el Arsenal planteó un partido abierto. Parecía claro, en un enfrentamiento entre dos equipos que se expresan con ideas futbolísticas similares, que se impondría aquel que dominara en la posesión del balón. El Barcelona acaparó el protagonismo y aprovechó cada espacio con maestría para imponer su superioridad de manera aplastante: 4 a 1 

Desde hace muchos años el Arsenal se significa a través del balón. Sin embargo, esta versión del Barcelona ejerce la tiranía de la posesión. No le presta el balón a nadie salvo para que vuelva a sacar del medio. Arsène Wenger no solo lo sabe, sino que lo sufrió en carne propia. ¿Cómo hacer, entonces, para mantener la identidad si me despojan del elemento que me define? Este pareció ser el acertijo que tuvo que resolver Wenger esta semana.

Ante la titánica labor de superar al Barca en su casa y con el peso de la experiencia del año precedente, la mirada de Wenger se alejó de lo conceptual para centrarse en lo táctico: asumiendo que no tendría el control del balón, y con el sufrimiento a cuestas del pasado reciente, intentó adaptar su libreto. Más allá de la evidente cautela, Wenger optó por los creativos y plantó de entrada a tres futbolistas ofensivos de calidad (Van Persie, Rosicky, y Nasri) sostenidos por tres medios y una línea de cuatro defensas. El proyecto no era descabellado: exigir a los extremos atención con las incursiones de los laterales azulgrana e intentar mantener una línea defensiva alta. Una vez recuperado el balón, encontrar a Nasri y a Rosicky para hacer retroceder al Barcelona.

Pero el Barcelona no solo no cedió jamás la posesión del balón, sino que las pocas veces que lo hizo, lo recuperó antes de que el Arsenal pudiera siquiera pensar en desplegarse. Así, los talentosos extremos del equipo inglés, en un laborioso intento por frenar las subidas de los laterales rivales, jugaron de laterales desgastándose casi todo el partido y formando una populosa línea de seis defensores. 

Se hizo evidente la dificultad del Arsenal para asumir un papel secundario al que no esta habituado. Un equipo acostumbrado a jugar desplegado y a tener la posesión del balón, intentó hacerlo replegado y sin él. Las veces que lo recuperó fue presionado cerca de su área y pretendió escapar a esa marea con toques demasiado cortos y sin mecanismos visibles de desahogo. Más allá de la buena labor de la aceitada línea defensiva, el plan naufragó.

El Barcelona, en su actual superioridad, desnaturaliza a los rivales que pretenden imitarlo y a los que se atrincheran los arrincona hasta ahogarlos.

El Arsenal no perderá su esencia por plantear un partido de una forma  diferente a la que nos acostumbra. Tampoco lo hará por intentar, eventualmente, adaptarse a situaciones especiales. Por el contrario, los sistemas -y las ideas- se nutren y se perfeccionan en el ejercicio de la diversidad. Perdió el año pasado con un planteo más abierto y volvió a caer este año con uno más cerrado. Esto demuestra dos cosas: que el Barcelona es mejor equipo y que Wenger no es un loco.

El País

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