
Orgía de pescado con verduras. / EL COMIDISTA
Mi viaje de julio por Cádiz me ha devuelto las ganas de comer atún. El que tomé por allí, capturado en almadraba y cocinado con maestría, logró derribar todos mis prejuicios. Le había cogido un poco de manía a este pescado por culpa de su omnipresencia en los restaurantes españoles, que al parecer han considerado que si no tienes un tataki o un tartar en la carta, eres un mindundi. Da igual que el atún en cuestión no sepa absolutamente a nada, sea congelado o llegue a la mesa cual suela de alpargata labriega: lo importante es que no requiere el ímprobo esfuerzo de quitar espinas y por eso le gusta a todo quisqui.


