
Rojo, blanco y verde. / AINHOA GOMÀ
La compota de manzana siempre fue un clásico navideño en casa de mis padres. Espero que no se enfaden en el más allá por que diga esto en público, pero a mí siempre me pareció un rollazo monumental de postre. No entendía cómo a alguien le podía gustar la manzana cocida con ciruelas pasas, orejones y (argh) canela, que como acompañamientos no azucarados para un pavo o un cerdo, vale, pero así en dulzón, me sonaban a la más triste de las comidas viejunas.


